En la mili[1], más tarde o más temprano, todo el mundo se topaba con un sargento chusquero. Naturalmente, había sargentos de todo tipo: algunos íntegros y con gran calidad humana, otros mediocres y otros malos, como sucede en cualquier profesión. Pero, en todo cuartel que se preciase, solía haber un personajillo oscuro y resentido, soberbio y resabiado, con sagaz dominio de la vida cuartelera y poca formación humana, que se las hacía pasar canutas a los soldados. Su norma de actuación parecía ser que los demás sufrieran todo lo que él había sufrido para llegar a ser sargento. La figura del chusquero se reproducía con relativa facilidad porque siempre había un aspirante a aprendiz que tomaba el testigo de su maestro.

Hoy en día, los chusqueros se han desplazado y pululan por las grandes organizaciones profesionales y empresariales: consultoras, auditoras, bancos, grandes y no tan grandes firmas de abogados, multinacionales, instituciones públicas, etc.

Tienen alguna nota definitoria que difiere del clásico chusquero militar, pero el perfil psicológico es el mismo. Me atrevería a decir que las únicas diferencias esenciales son que los de ahora han estudiado una carrera, hablan idiomas y no huelen a esa mezcla de hierro y sudor tan característica del entorno militar.

En todo lo demás son muy parecidos.

Algunos de sus rasgos más destacados son: una irremisible tendencia a colocarse por encima de los demás, ellos son los importantes; una instrumentalización, a veces burda, a veces sofisticada, de los otros; una incapacidad absoluta de servicio a los demás; una ineptitud evidente para reconocer y agradecer el trabajo ajeno; una ignorancia supina sobre las preocupaciones, anhelos y dificultades de los miembros de sus equipos; en muchos casos, no en todos, una enfermiza veneración al trabajo y una tendencia innata a apropiarse de los éxitos ajenos, ente otras.

No todos estos rasgos son siempre fáciles de detectar porque se combinan con una aguda inteligencia que sabe cómo manejar los hilos, los tiempos y las personas para hacer carrera en la organización que les emplea y, muchas veces, también con unas suaves y hasta educadas formas externas. Sin embargo, hay una prueba irrefutable de la presencia de un chusquero: el menosprecio de la vida personal de sus subordinados, a quienes no ven como personas sino como piezas de una máquina.

¿Y en qué se nota? Yo destacaría dos manifestaciones muy comunes al jefe chusquero: los horarios absurdos e inhumanos, que obligan a muchos jóvenes a llegar a sus casas, con carácter habitual, después de la medianoche tras 14 o más horas de trabajo y la falta de respeto a la agenda de sus subordinados, que han de interrumpir cualquier cosa que estén haciendo a la mínima insinuación del chusquero. Es decir, la prohibición o gran dificultad de desarrollar una vida personal plena e integral que incluya relación social (a veces, incluso de pareja), familia, vida cultural, solidaridad o voluntariado, vida interior y trascendente, etc.

Luego esta realidad se disfraza de formación, de entrenamiento para la vida, de preparación para la presión del trabajo de manager y otras excusas, pero la razón de fondo es la chusquería, y se resume en un par de frases: ‘yo pasé por esto y tú también has de pasar por ello’ y ‘aprende que, hasta que llegues adonde yo he llegado, no eres nadie’. Aunque, en no pocas ocasiones, se añade otra razón: el ahorro de mano de obra para que los socios y jefes puedan seguir ganando lo que apetecen. Y, claro, como les sucedía a los sargentos chusqueros, los roles profesionales se repiten y reproducen con tremenda facilidad, pues el que logra llegar no va a ser menos que sus predecesores.

Termino con una expresiva cita de Carl Gustav Jung, el padre de la psicología analítica, que ya transcribí en otro post:  “[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”

Ah, y una confesión final: iba a titular este post ‘Esclavos y Negreros’. Otra aproximación posible al tema.

[1] Para los más jóvenes, una aclaración: la mili, término coloquial de Servicio Militar Obligatorio, era un período de desarrollo de la actividad militar que los jóvenes varones hacíamos en la reciente antigüedad durante aproximadamente un año.

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