El lunes fui a comprar el pan a la panadería habitual. Era bastante pronto y no había amanecido. La calle estaba desierta. Desde lejos, me pareció ver el escaparate cubierto en gran parte por una gran mancha gris oscuro. ¿Les habrán atracado?, pensé. Aunque a esa hora mis gafas todavía no parecían haber despertado del todo, a medida que me acercaba, la mancha parecía adoptar la forma de una gran telaraña. Incluso creí vislumbrar una enorme araña negra que trepaba por ella. Por fin, llegué a una distancia más conveniente a mi deteriorada visión matutina y… la araña resultó estar acompañada por un vampiro, ambos de goma, mientras que la telaraña era una especie de trampantojo adherido al cristal: “¡El dichoso Halloween!”

La verdad es que me había olvidado de la estandarización comercial de la fiesta de Todos los Santos. Supongo que nadie será tan iluso como para pensar que la mercantilización de lo truculento en estos días es fruto de una corriente libre y espontánea de la humanidad entera. Hoy es 31 de octubre, y mi visión espectral del lunes se ha confirmado con los niños disfrazados de ultratumba que he ido viendo por la calle.

En mi casa, los días anteriores, como anunciando esta preciosa fiesta de Todos los Santos, habíamos tomado ya panellets (el pastelito de mazapán y piñones típico en Cataluña para estos días) y, pese a que el calor no se había decidido a marcharse hasta este fin de semana pasado, las castañeras (y castañeros) habían ido tomando posiciones en las esquinas de las calles. La verdad, a mí lo de las calabazas siempre me ha sonado a suspensos. No hay más que verlas para confirmarlo.

Mañana, día 1, recordaremos a todos aquellos familiares y amigos que se fueron, y rezaremos por ellos. Y el viernes, 2, día de los difuntos, haremos esencialmente lo mismo porque aún no sabemos quiénes están en el Cielo y quiénes en camino. Al fin y al cabo, la separación del alma y el cuerpo después de la muerte no es una aportación cristiana. Los sabios anteriores a Cristo, y, con ellos, toda la población, tenían pocas dudas acerca de la existencia del alma humana y su permanencia más allá de la vida corporal. Lo que no tiene materia no se degrada y, por lo tanto, permanece, razonaban.

Qué quieren que les diga, en este asunto me alegro de ser cristiano, porque si ya pasar estos días disfrazado de araña, cucaracha, vampiro o zombi me parece una desdicha, hacerlo de Freddie Krugger me suena casi a maldición.

Yo debía de ser un niño raro porque me gustaba disfrazarme de policía, de soldado, de indio, de cowboy o de aviador. Vamos, del lado luminoso de la fuerza. Aunque admito que, cuando jugábamos a “policías y ladrones”, prefería ser ladrón y esconderme.

De todos modos, me parece que es una lástima que la fiesta de mañana pierda su entraña familiar y su origen católico y acabe convirtiéndose en una especie de celebración de la muerte y lo macabro. Creo que, como padres, perdemos una magnífica ocasión de crear tradiciones nuestras, familiares, que vayan generando esa biografía familiar de la que ya he hablado otras veces, tan necesaria para estructurar una familia fuerte, con personalidad propia y bien conectada con sus ancestros.

Me parece una buena iniciativa la que promovió hace unos años el obispado francés de proponer a los niños que se disfracen de santos. Le han llamado, creativamente, Holywins (lo santo gana), y puede dar mucho juego. Pero, ahora hace falta que los párrocos pongan también un poco de imaginación y no disfracen a todos los niños de monjas, papas y angelitos regordetes.

Hay santos muy sugerentes para los disfraces. Por ejemplo, los soldados Francisco de Asís, Ignacio de Loyola (que lo fueron antes de colgar las armas), Martín de Tours (el que partió la capa con un necesitado) o nuestro apóstol Santiago, pasando por Juana de Arco, que llegó a dirigir al ejército francés y, cómo no, Judit, Raquel y la reina Ester, grandes heroínas de la Biblia.

Y si a alguien le gusta algo más extremo no tiene más que leer el martirologio. Comprendo que aparecer como Sebastián, cosido a flechazos, no resulta muy estético, aunque en realidad el pobre sobrevivió a la flechada gracias a los cuidados de una buena cristiana y murió de azotes después de volver (¡eso sí son narices!) ante el emperador para afearle su conducta con los cristianos.

Otras opciones más radicales son quienes murieron bajo las fauces de las fieras, como Perpetua, o decapitadas, como Inés. Aunque quizás la que se lleva la palma (nunca mejor dicho) es Lorenzo, que fue quemado en la parrilla y preservado milagrosamente del dolor para exasperación de sus verdugos. Algún aragonés socarrón le compuso aquella jota: “San Lorenzo en la parrilla/les decía a los judíos:/dadme la vuelta cabro…/que tengo los huevos fríos”. Lo de los judíos no se lo tengan en cuenta; me temo que no tiene mayor malicia que la ineptitud del “poeta” para encontrar una palabra que rimara con “fríos” porque los pobres judíos no tuvieron arte ni parte, quienes le asaron fueron los romanos. ¡Así se escribe la historia! Lo mismo que pasa hoy: cualquier día nos dicen que Todos los Santos se inventó en Hollywood.

En el fondo, volviendo a los disfraces, el abanico de posibilidades es inagotable si contamos a todos esos santos anónimos que han ocupado todas las profesiones que existen, pues la santidad, como se sabe, sí está abierta a todo el mundo. O sea, que, si eliminamos lo macabro, todos los disfraces pueden ser de santos y podemos darle la vuelta a la fiesta para devolverle su sentido.

¡Feliz día de Todos los Santos!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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