Es curioso cómo el léxico, que está diseñado para comunicar, puede llegar a alejar cuando se usa como arma arrojadiza. Estos días postelectorales lo vemos en España a niveles casi esperpénticos. Las palabras pierden su sentido y se aplican, con o sin razón (¡qué importa la verdad en esta época de propaganda y frivolidad desbocadas!), con la sola intención de herir y desacreditar al contrario.

Sin embargo, con un mínimo de buena intención y de comprensión (aquello tan manido y tan poco practicado de intentar ponerse en el lugar del otro), es fácil descubrir la realidad que se oculta tras las palabras. Uno de los problemas que dificulta el entendimiento es el arraigo inevitable de un léxico propio en las diferentes culturas y grupos familiares, empresariales, sociales o religiosos.

Sin ir más lejos, hoy mismo hablaba con una persona formada, inteligente y sensata (e intuyo que de procedencia cultural diferente a la mía), especializada en la consultoría de organizaciones, que ha utilizado una serie de expresiones que, en principio, me resultaban ajenas y de difícil comprensión, pero que he ido identificando progresivamente.

Por ejemplo, en un momento determinado de la conversación, ha dicho que para él era importante tener métricas, que rápidamente he interpretado como sistemas de medición, lo cual es muy propio de la empresa: lo que no se mide, no se conoce y no puede evaluar.

Sin embargo, ha vuelto a utilizar la palabra en otro contexto totalmente diferente. Hablábamos de la gestión del tiempo y ha comentado que su primera métrica eran sus hijos, de modo que, si durante unos días no podía acompañarlos al colegio, podía saber que estaba fallando y siendo incoherente. Me ha encantado la expresión porque, en su concepción de la métrica, esta se elevaba casi a la categoría de principio: si no consigo llevarles al colegio, es que no me importan tanto como creo y antepongo otras cosas menos importantes a ellos. La métrica se convierte en jerarquía, o en su medición, y esto, por alguna razón ignota, suele repeler al entorno familiar, donde pensamos que todo ha de ser espontáneo y no evaluado. Nos empeñamos en sofocar la inteligencia y luego nos sorprenden las rupturas y desencuentros familiares.

Pero lo que más me ha gustado ha sido el ejemplo que ha puesto. El otro día hablaba del ordo amoris de San Agustín, el orden o jerarquía de los amores. Mi interlocutor ha comentado que lleva a sus hijos en autobús a un colegio de una zona más bien acomodada de su ciudad, donde tiene la oportunidad de coincidir con todas las niñeras que llevan a los niños al colegio, y no ha podido reprimir un comentario: “si pudiera enviar un vídeo cada mañana a las madres y padres de esos niños, muchos de ellos harían un esfuerzo por llevar a sus hijos al colegio”

Me ha recordado la anécdota que circulaba, cuando mis hijos eran pequeños, acerca de un niño cuyos padres estaban preocupados porque, en lugar de hablar, farfullaba unos sonidos ininteligibles que solo parecía entender la señora que lo cuidaba, que resultó ser filipina y lo que el niño hablaba…, tagalo. Aunque también podría haber sido un abuelo noruego. Todo menos la lengua de los padres, que apenas escuchaba.

Cada uno tiene su organización familiar y su jerarquía de valores, y no voy a dar consejos gratuitos, pero he de admitir que lo de la métrica me ha gustado. Hay que poner un poco de profesionalidad en esto de educar y de amar porque, como decía un conocido mío: lo que no se concretiza, no se realiza. Nuestra vida de familia está demasiado contaminada de vaguedad e impresiones no contrastadas. Si alguien me pregunta si llego tarde a mi casa, yo diré: “no mucho, lo normal”. Si le preguntan a mi mujer, probablemente diga: “normalmente, sí”. Pero, ¿qué es ‘tarde’? Si, en cambio, me preguntan: “¿a qué hora llegas a tu casa? ¿Te queda tiempo para hablar con los tuyos y que te cuenten cosas?” Ahí hay ya una métrica que permite actuar.

Hay muchas áreas delegables en nuestra actividad cotidiana doméstica, en función de nuestras posibilidades, pero hay algunas tareas que son indelegables: el amor a los nuestros es una de ellas, y el amor, aunque se da sin medida, se puede medir, sobre todo cuando es escaso.

¿La prueba del 9?: preguntar a quienes amamos. Un amigo mío aconsejaba el otro día a un grupo de padres hacer la siguiente pregunta a sus hijos pequeños, los menos maleados: ¿tú qué crees que es lo más importante para mí? Aquí sí me atrevo a dar un consejo: mejor no hacerla un día de fútbol después del partido.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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