En la mesa en la que escribo habitualmente cuando estoy en casa tengo ante mis ojos el cristal pintado que aparece en este post. Representa lo que celebramos en el día de hoy: la manifestación de Dios a toda la humanidad. Los Reyes Magos no eran judíos, pero vinieron de lejos a adorar a un Niño. Y le demostraron su amor trayéndole regalos.

Gary Chapman, en su libro “Los cinco lenguajes del amor”, identifica uno de sus lenguajes del amor con hacer y recibir regalos. Ha comprobado en sus estudios e investigaciones que un buen porcentaje de gente percibe el amor por los regalos que les hacen. Naturalmente, no tienen que ser grandes regalos, con un pequeño detalle bien pensado y cargado de ilusión se colma el deseo que todos tenemos de ser regalados. En el fondo, lo que nos gusta es que se acuerden de nosotros.

Los Reyes Magos no ahorraron esfuerzos. Viajaron desde lejos en una época en que viajar significaba jugarse la vida. Pensaron bien sus regalos: oro para el Rey, incienso para el Dios y mirra para el hombre que había de curar a los demás y morir en la Cruz. Perseveraron hasta dar con ese Rey escondido, preguntando a quien conviniera.

Es natural que hagamos regalos a quienes más queremos. Es, qué duda cabe, una forma de amor. Los regalos a los niños tienen, además, un trasfondo educativo, y hay que pensarlos bien porque pueden convertirse en un boomerang e ir más destinados a satisfacer lo que Von Hildebrand llamaba nuestro “corazón tiránico” que a demostrar el amor de padres. Aún así, no deja de ser comprensible que haya algún exceso de vez en cuando.

Yo soy de los que pienso que estos excesos del amor son muy convenientes en el matrimonio. Pueden ser de tiempo, de detalles, de servicio, de atención, de cariño… y también, ¿por qué no?, de regalos. Hoy es un día propicio.

Más de una vez he hablado de mi hermano pequeño, el monje. Su comunidad (Comunidad del Cordero) es pobre y mendicante. Viven de lo que les dan y comparten su pan con los pobres. Sin embargo, no escatiman gastos cuando se trata del amor. El amor de su vida, Jesucristo, recibe siempre lo mejor, y todos los objetos que rodean su presencia en este mundo, es decir, la Eucaristía, son preciosos y cuidados hasta el mínimo detalle.

Cuando falleció mi madre, también madre del hermanito Issac (mi hermano), vinieron al funeral más de veinte hermanitos y hermanitas. Querían acompañar a su hermanito (petit frère) y a mi madre, que tanto había ayudado y rezado por la comunidad, y nos acompañaron a todos con sus cánticos celestiales. Como son pobres, normalmente viajan en autostop, pero ese acontecimiento no lo permitía. Tenían que estar cerca de mi hermano y apoyarle con su presencia, sus rezos y sus cantos en la vela del cuerpo de mi madre y en el funeral. Era importante -¡la fuerza del amor!-, por lo que lo material, lo económico, pasaba a un segundo plano. Así que vinieron en coches, trenes y aviones desde Navalón (en Valencia), Carcassonne (en Francia) y algún lugar más lejano.

Judas habría pensado que era un despropósito: ¡tanto dispendio en una comunidad pobre para ir a un funeral cuando se puede rezar igualmente desde el monasterio de cada uno! Pero, como dijo Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Y el corazón de mi hermano, y los nuestros y de nuestro padre agradecieron enormemente ese gesto, que generó también una estela de admiración y agradecimiento en quienes asistieron al funeral y pudieron compartir ese momento especial con los hermanitos y hermanitas.

Un buen criterio para los gastos y regalos: los bienes al servicio de las personas…, y no al revés.

¡Feliz día de los Reyes Magos!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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