Como ya saben los lectores asiduos de mis posts, mi hermano pequeño es monje de la Comunidad del Cordero. Su carisma es ser contemplativo en medio del mundo de la pobreza. No tiene nada propio y pide cada día su comida. Si no se la dan, come en los comedores públicos, en los de la Madre Teresa o donde pueda… o no come. Otras veces, me contaba, les toca comer arroz durante una semana entera, porque es lo que hay. En mi casa, en cambio, cuando se ha comido pasta se procura cenar algo distinto y si, a veces, muy pocas, por error o por descuido, se repite, no es raro escuchar alguna protesta.

Como es un hombre místico y muy metido en Dios, mi hermano pronuncia ciertas frases enigmáticas, que cuesta descifrar. En un post antiguo mencioné, como de pasada, un comentario que me hizo mi hermano un día, hablando de sus hermanos los pobres: “los pobres viven en lo profundo de la vida”, me dijo. Después de mucho tiempo de dar vueltas a la frase, fui captando la verdad honda que encerraba. En efecto, las decisiones diarias de los pobres son de tal calado que pueden significar la vida o la muerte, la salud o la enfermedad, el hambre o la alimentación…

Hace unas pocas semanas puede contrastar el crudo realismo de esta afirmación. Conocí a un australiano nacido en Ghana y me habló de su familia de origen, aún en ese país. La conversación derivó hacia el contraste de la riqueza entre la mayoría de las familias de nuestros países occidentales (Australia y España) y las familias de su país de origen, adonde intentaba ir cada año a visitar a su familia. Le solté la frase de mi hermano y, asintiendo con la cabeza, me dijo: “es fácil que, en Ghana, una madre de siete hijos con 20 dólares en el bolsillo tenga que decidir si alimenta ese día a sus seis hijos mayores o paga el tratamiento de Malaria del pequeño”.

Estoy ahora escribiendo en el avión que me trae de vuelta a casa. He estado tres días en Nueva York viendo cómo pedir dinero para una fundación, la Fundación IFFD (International Federation for Family Development), dedicada a ayudar a la gente a encontrar su felicidad personal en el seno de la familia (el lugar del ser humano) y a sensibilizar a las Naciones Unidas, donde organizamos un interesante evento, y otros organismos internacionales acerca de la importancia de la familia. Entre otras cosas, la IFFD (www.iffd.org) tiene un programa, Familias sin Barreras, dedicado a procurar la cohesión de familias con pocos recursos o en riesgo de exclusión social o simplemente diversas, porque pensamos que la unión familiar les dará también estabilidad personal.

Aunque ya conocíamos Nueva York, a mi mujer y a mí nos ha vuelto a sorprender la opulencia y los contrastes de la sociedad neoyorquina, donde te topas con solo andar por la calle con el lujo más extremo y la pobreza más dura y abandonada. Y, sin embrago, nos hemos reunido allí gente de varios países no solo por nuestra labor en la ONU (www.familyperspective.org), sino también porque la sociedad americana tiene una cultura de la donación que no tiene ninguna otra sociedad. Paradojas de la vida.

La conversación con mi amigo australiano de Ghana derivó hacia la educación de nuestros hijos. “Hay que llevarles a lo profundo de la vida –me decía, parafraseando a mi hermano-, tienen que conocer y ‘vivir’ de alguna manera esa otra existencia en que las acciones y decisiones diarias se instalan en lo profundo de la vida”. Me vino a la cabeza otra frase, esta de Leonardo Polo: “la escasa entidad de las decisiones deprime la libertad”. La mayoría de nuestras decisiones diarias no tienen profundidad alguna: coca-cola o cerveza, en coche o en autobús, como ahora o dentro de un rato. Ya está bien que así sea, la vida necesita una cierta holgura. Pero también conviene, de vez en cuando, llevar a nuestros hijos y a nosotros mismos a ese mundo donde se vive en lo profundo y donde las decisiones, pocas normalmente, pueden ayudar a cambiar trayectorias personales o sociales.

Cada uno verá dónde puede dar algo más de profundidad a su vida, pero, gracias a Dios, hay muchas instituciones como la IFFD que luchan cada día en las profundidades, intentando hacer de este un mundo mejor y más humano. En ellas, nosotros y nuestros hijos podemos dignificar nuestra libertad tomando decisiones que van más allá del pequeño mundo de nuestro bienestar personal.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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