Ayer, cuando volvía a casa, me encontré a una persona que, como es habitual en estos días de julio, hizo algún comentario sobre el calor. “Sí, pero dicen que va a llover”, le dije. “Sí, ¡pobres novios! -me dijo- Mañana tengo una boda”. “¡Anda, pues yo también, qué casualidad!”, pero, la verdad, en aquel momento no había pensado en las bodas, que, por cierto, eran diferentes. Y eso que, ahora que se me casa una hija, tendría que estar más sensibilizado con el tema…

Ahora mismo estoy sentado delante de la ventana. Mi mujer y mis hijas andan trajinando con todo lo necesario para la boda de esta tarde, que es de una buena amiga de mis hijas e hija de unos buenos amigos nuestros. Y, ahora sí, he pensado en la boda. La última a la que asistí fue también bendecida con una lluvia copiosa. Y hoy ha caído en Barcelona el diluvio universal. En este momento, el cielo parece haberse serenado y se ha refrescado el ambiente.

Me ha traído a la memoria la boda de un hermano mío, que todo el mundo recuerda por lo bien que se lo pasó, pues a la alegría y desinhibición propias de una fiesta grande se sumó la especial unión que las circunstancias excepcionales suelen generar que, en ese caso, fue una tormenta espectacular.

El salmo 68 de las Sagradas Escrituras reza así:

Tú derramaste una lluvia generosa, Señor:
tu herencia estaba exhausta y tú la reconfortaste;
allí se estableció tu familia,
y tú, Señor, la afianzarás
por tu bondad para con el pobre.

En efecto, en la tradición bíblica y también en la humana de todos los tiempos, la lluvia es una bendición y cuando Dios promete vida, evoca a los manantiales, a la lluvia y a las fuentes.

Una hermosa manera de comenzar una familia, ¿no os parece? Porque una boda es precisamente eso: una lluvia generosa de entrega y unión; un manantial de agua que riega una tierra bien abonada; una fuente de alegría, de ilusión y de futuro.

La lluvia es algo más que un signo. Es una bonita manera de compartir con los demás el origen de la vida, para que todos los invitados puedan recoger alguna gota de esa energía vital que los novios han ido acumulando durante los meses previos a su entrega y hoy, con sol, con nubes o con lluvia, qué más da, irradiarán a todos los invitados.

Una boda es la oportunidad perfecta para crecer en el propio matrimonio, volverse a enamorar, recordar las promesas matrimoniales, pasárselo bien, reír y llorar y bailar (a quien le guste) y hablar y recordar y reencontrarse. En una boda hay que estar muy pendiente de lo esencial cuidando lo suficiente (sin obsesiones) lo accesorio.

Por lo tanto, mi consejo es: si hoy vas a una boda y llueve, aprovecha y recoge algunas gotas que rieguen tu propia vida. Yo ya lo he hecho, por si acaso no llueve esta tarde. Y si no llueve, no pasa nada, las gotas de agua pueden también ser espirituales.

¡Muchas felicidades a todos los novios de hoy, M y N, y de siempre!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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