Cuando tenía treinta años, una persona próxima a mí, felizmente casada y que se aproximaba a los sesenta, hablando consigo mismo pero con la clara intención de que yo la escuchara, soltó esta frase: “las mujeres siempre piensan que sus maridos son los más tontos”. No le di más importancia porque la persona que la pronunció era brillante e inteligente y resultaba evidente que era la reacción a un enfado matrimonial, pero la frase se grabó en mi memoria. Con el tiempo he podido comprobar que aquel desahogo escondía más verdad de la que aparentaba.

Algunos matrimonios, en efecto, evolucionan inadvertidamente hacia la dureza de corazón. Marido y mujer se conocen tanto que rechazan cualquier posibilidad de sorpresa. “Ahora dirá…”, “seguro que no ha…”, “qué va a saber él/ella, si nunca…”, “no sé ni porqué se lo pregunto…”, “ya está, otra vez…”

Los que están alrededor apenas lo perciben, pero las respuestas, los comentarios, los gestos suelen ser menospreciativos, duros, rutinarios en el mejor de los casos. Esta cerrazón de espíritu se condimenta a veces con la comparación…, y los o las demás acaban pareciendo siempre más atentos, más interesantes, más atractivos.

Se instaura entonces una especie de rutina de la decepción y se frustra un elemento esencial en el amor: la admiración. No se espera nada nuevo. Se renuncia a profundizar en la insondable personalidad del otro porque se ha decidido previamente que está ya agotada, de modo que, aunque pueda haberlo, no se percibe ningún cambio. No hay progreso. Las energías se vierten entonces hacia fuera, en otra dirección: hacia el trabajo, los o las amigas, el deporte, las aficiones… y se acaban viviendo vidas paralelas. Y, claro, cuando no se espera nada bueno ni nuevo de alguien, uno se acaba fijando solo en lo malo, y eso es lo que ve. Las muestras de cariño se espacian y acaban desapareciendo…

No sigo. Si se percibe un mínimo síntoma de esta deriva, y las vacaciones han sido a buen seguro un tiempo apto para ello, hay que reaccionar. ¿Cómo? Tres ideas sencillas:

  • Volver la vista atrás. La fase de enamoramiento tiene la virtud de mostrar al principio el final. ¿Qué hacíamos de novios, de recién casados? ¿Qué le gustaba? ¿Qué nos hacía reír? ¿Qué nos atraía mutuamente?
  • No esperar a que cambie el otro. Cambiar yo. En algo sencillo. ¿Qué le gustaría? ¿Qué espera? ¿De qué se queja? Sin olvidar que las quejas en el matrimonio no suelen ser tanto reproches (que también) como peticiones.
  • Disponerme a la sorpresa, a la admiración. Bucear en su personalidad y descubrir algo nuevo o algo viejo y ya olvidado. Abrir en casa, en mi familia, en mi corazón un ámbito de reconocimiento y admiración. Redescubrir aquella cualidad que me enamoró un día… ¡y decírselo en algún momento!

Todo esto para el caso de que solo uno perciba los síntomas. Si los vemos los dos y queremos salvar la relación, entonces hay que añadir el diálogo y, si no avanzamos, la humildad de pedir consejo.

Y, sobre todo, prohibido enviarle este post a él o ella, salvo que sea junto con un mea culpa, que las indirectas no son propias del amor.

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.