En el post pasado hablaba del vértigo ante la decisión de amar para siempre. Hoy quiero hablar del día después, el día siguiente a haber decidido entregar la vida.

En las últimas semanas he tenido la fortuna de asistir o seguir más o menos de cerca dos tomas de hábito, una decisión de entrar en el seminario, algunas bodas y varias invitaciones a futuros casamientos. También he vivido de cerca varios casos de voluntad decidida de salvar una relación en peligro. Con distintos matices, todas son decisiones de amor, de amor auténtico que no pone fecha de caducidad.

Y estoy muy contento porque veo que el amor para siempre tiene mucha más vitalidad de la que indican las estadísticas y los agoreros del amor.

En más de una ocasión he utilizado la imagen del salto en paracaídas como alegoría de la decisión de amar para siempre, pero me he detenido en la decisión de saltar. Si decides saltar, has tenido valor para hacerlo. Si no lo decides, no lo has tenido. No hay vuelta de hoja. Y yo sostengo que con la decisión de amar para siempre sucede algo parecido: si lo decides, puedes hacerlo; si no, difícilmente lo harás.

Cualquier compromiso de por vida produce, antes de tomarlo, una sensación de desasosiego, una cierta perturbación y, ¿por qué no decirlo? de miedo…, porque nos vemos muy poca cosa y creemos que no seremos capaces de honrar nuestro compromiso.

Pero, hoy, ya hemos tomado la decisión, hemos vencido la zozobra previa y hemos quemado las naves, como hacían algunos conquistadores para que sus hombres no pudieran echarse atrás. Hemos formalizado nuestra determinación con la solemnidad que requiere una entrega de esta naturaleza y la hemos hecho pública para que todo el mundo lo sepa y nos ayude en el camino (sobre esta responsabilidad comunitaria hablaré otro día). A los hijos de la luz les gusta la luz y no hacen las cosas a escondidas.

Ya, pero…, ahora, ¿qué? Estamos solos ante nuestra nueva realidad (hablo desde una perspectiva estrictamente humana, de tejas abajo, ya se entiende). ¿Qué hay que hacer?

¡Abrir el paracaídas!

Has saltado del avión, no hay vuelta atrás. De nada sirve arrepentirse. El viento no te va a devolver a la portezuela del avión para que vuelvas a tomar la decisión que tanto habías pensado y sopesado… y que acabaste tomando con un poco de locura, porque el amor siempre lo es, una sana locura sin la que no podemos vivir.

Lo que ahora te corresponde es olvidarte del avión, de tus dudas y escrúpulos, ¡y de ti mismo!, y concentrarte en el paracaídas, es decir, en él o en ella, sea un ser espiritual o corporal —¡o ambos!— el que ha despertado tu amor

Abrir el paracaídas y disfrutar del paisaje, porque este acto de soberana libertad en que ha consistido tu decisión de amar para siempre te ha abierto un nuevo horizonte de libertad mucho más hondo, profundo y colmado que el que tenías antes. Es “tu” ámbito de libertad, el que “tú” has escogido y por eso es el mejor para ti. Y está esperando a que le cuides.

Olvídate ahora de los otros paracaídas que dejaste en el avión, del aire caliente que te daba confort y te hacía creer que ese encierro fuera de ti, fuera de tus propias decisiones, era la libertad. No pienses más en lo que dejaste al escoger y céntrate en lo que has ganado. ¡No compares! Desarrolla tu propio proyecto, vuestro propio proyecto, el que tendrá tu huella y nadie, si tú no quieres, te podrá arrebatar.

Agudiza la vista y no te pierdas nada de este nuevo escenario de tu vida. Escudriña, observa, mira, aprende. Revisa el paracaídas de vez en cuando, no se vaya a dañar, mímalo y, ahora que no te oye nadie, grítale… a él, a las montañas, al mar, a los campos y a la ciudad, allá por donde pases, que esta es tu nueva vida, la que tú has escogido, la mejor de todas. Y no dudes más. Duda, sí, de ti mismo para luchar por ser mejor, pero no permitas que nadie introduzca en tu nueva vida la cizaña de tu vida vieja, que decidiste abandonar para crear algo nuevo, inédito e incomparable.

Para mí, un amor así es la prueba definitiva de la eternidad y la vida después de la muerte: ¡es tan breve esta vida para amar!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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