Cuando iba a primaria, las monjas de mi cole premiaban la buena conducta con medallas de disciplina, de aplicación y de honor. En primero tuve la fortuna de ganar una medalla de honor y el premio consistía en una estatuilla de la Virgen. Las había de todos los tamaños. Unas brillaban en la noche, otras estaban llenas de agua bendita y otras estaban pintadas de vivos colores. Pero a mí me atrajo la atención una pequeñita, de plástico color marfil y, ante la sorpresa de la monja y la alegría del que escogía detrás de mí, la elegí.

Desde ese día fue mi virgen preferida y me acompañó incluso en mis años de olvido y menosprecio, cuando no la miraba ninguna noche o la arrinconaba en un cajón. Alrededor de mis treinta años, la perdí. Por suerte, poco tiempo antes de perderla, le hice una foto, la que reproduzco en este post, y pasó a compartir mi cartera con el DNI. Ahora, además, tiene un lugar seguro en la nube. A lo largo de los más de cincuenta años que han pasado desde que la elegí, ha habido temporadas, a veces largas, en que no la he atendido como debiera, pero siempre ha estado ahí. Ha sido, podríamos decir, la imagen de la Virgen María que ha quedado grabada en mi retina y que me viene espontáneamente a la memoria cuando pienso en ella.

La virgen no tenía ningún valor material. Al correr de los años fue amarilleando. Como se aprecia en la foto, en alguna caída perdió las manos orantes. Pero yo la he querido siempre como es. Es ‘mi virgen’. Y la sigo queriendo, aunque ya no tenga su presencia material.

Muchas veces la he comparado con otras representaciones de vírgenes en apariencia más bellas y valiosas desde el punto de vista artístico y material, pero ninguna me parecía mejor que ella. A pesar de mis abandonos y olvidos, ha llegado a formar parte de mi vida, de mí mismo.

Una de las grandes tentaciones en la vida matrimonial y familiar es compararnos con los demás. Dejar de vivir en uno mismo para vivir en los demás. No es lo mismo vivir para los demás que vivir en los demás.

Es importante vivir la propia vida y hacer de ella una aventura. Y esto es muy difícil cuando uno tiende a compararse con los demás. La comparación procede casi siempre de la envidia y del recelo, que son malas compañeras: nos alumbran solo lo bueno de los demás y ocultan lo bueno de nuestras vidas. Lo habitual es que nos comparemos con los que vemos mejor que nosotros: ¡Qué familia tiene! ¡Qué suerte tener esos hijos! ¡Ojalá tuviera yo una mujer como la suya! ¡Con su dinero yo también sería feliz!… Y tendemos a ver a los demás siempre en mejor situación que nosotros.

Hay que enamorarse de la propia vida, de la propia familia, incluso con sus defectos, aunque nos parezca de plástico y le falten las manos, como le pasaba a mi virgen, y no compararla nunca con las demás. ¿Por qué? Porque es la nuestra y no es comparable a nada, ¡a nada! Es, ha de ser, nuestra vida, nuestro sueño.

Y, hablando de vida y de sueño, me han venido a la cabeza los versos de “La Vida es Sueño” en que Calderón de la Barca expresó magistralmente la paradoja de la autocompasión:

“Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó”.

Pues eso, que no hay familia mejor que la tuya. ¡Feliz domingo!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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