Hace menos de una semana anunciaba que iba a espaciar mis posts a una frecuencia quincenal, salvo que alguna circunstancia excepcional me impulsara a escribir. Y llegó el coronavirus. No voy a contribuir a la confusión reinante y me abstendré de hablar de un virus del que no sé nada, pero sí quiero hacerlo de una de sus derivaciones.

Una de las imágenes que me ha causado más tristeza estos días es la de los estantes vacíos de los supermercados. Comprendo que, en estas circunstancias, las desinformaciones y una discutible gestión de la crisis pueden generar miedos infundados, y admito que mi tristeza puede ser más emocional que racional, pero no he podido evitar que me viniera a la cabeza la expresión de Tertuliano que titula este post y que he contextualizado sin dificultad en internet:

«Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros lo que nos atrae el odio de algunos, pues dicen: «Mirad cómo se aman», mientras ellos sólo se odian entre sí. «Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro», mientras que ellos están más bien dispuestos a matarse unos a otros”. Esta admiración ponía Tertuliano en boca de los paganos, asombrados ante el espíritu de los primeros cristianos.

Otro escritor de los primeros tiempos de la era cristiana, Arístides de Atenas, lo expresaba así: “el que posee da, sin esperar nada a cambio, al que no posee. Cuando ven forasteros, los hacen entrar en casa y se gozan de ello, reconociendo en ellos verdaderos hermanos”.

Y, de pronto, con la mirada utópica que a veces me caracteriza, me he imaginado a los ciudadanos o, por lo menos, a los cristianos del siglo XXI pensando: “no iré al supermercado a arrasar con los bienes para acumularlos para mí y mi familia porque otros pueden necesitarlos y no encontrarlos cuando acudan a comprarlos”.

Es un síntoma, pequeño, sí, pero síntoma, del gran virus que nos amenaza y que esta situación inesperada quizás nos ayude a prevenir en el futuro: el individualismo. Yo procuro por mí y por los míos…, los otros, que se apañen. Eso sí, si me sobra, una vez me haya asegurado de que ni yo ni los míos vamos a sufrir privación alguna, entonces compartiré con los demás.

No hablo de los demás. Hablo de mí mismo. Así pensaba intuitivamente cuando me mandaron la primera foto de un supermercado arrasado: “¡he de apresurarme!”. Pero, de pronto, un hálito de tristeza me invadió y me trajo a la memoria la frase de Tertuliano.

Y pensé…, si hubiera un cataclismo, una persecución, una pandemia realmente mortífera, ¿me gustaría ‘sobrevivir’ a costa de ‘vivir sobre’ los demás o preferiría, como los primeros cristianos, ‘morir por el otro’? Y este pensamiento ha vuelto a poner ante mis ojos lo exigente que es ser cristiano cuando la fe pone en juego la vida.

Lo de los estantes arrasados no deja de ser anecdótico, y estoy convencido de que esta situación difícil que nos va a tocar vivir va a sacar lo mejor de nosotros porque, sea cual sea nuestra filosofía de vida, el espíritu de los primeros cristianos está mucho más arraigado en el ser humano de lo que a veces puede percibirse en una primera y tantas veces irreflexiva reacción.

Para que nadie me sobrestime, confieso que al llegar a casa y ver que teníamos vino suficiente para pasar una breve cuarentena, me he quedado tranquilo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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