Bueno, vuelvo a la carga. Me he tomado el fin de semana de descanso, entre otras cosas, porque me he dedicado a grabar videos breves (menos de dos minutos) sobre comunicación matrimonial para aportar algunas ideas que nos ayuden en este tiempo de relación intensa (si alguien tiene interés, se irán subiendo a la lista de reproducción  del canal de youtube de la IFFD cuyo enlace inserto al final del post).

Una de las experiencias frecuentes que vivo en mi despacho es la diferente manera de afrontar algunas cuestiones que tenemos hombres y mujeres. No siempre ni todos, que, como ya he dicho, no somos arquetipos, sino personas.

Pero es bastante habitual que una compañera de despacho me plantee una duda que le asalta y pretenda que la resolvamos entre los dos sobre la marcha en una especie de brainstorming jurídico. El debate suele terminar siempre igual: conmigo pidiendo un poco de tiempo para pensar en el tema con el fin de volverlo a contrastar más adelante.

Cuando esto pasa en el matrimonio, la cosa se complica. La sobrecarga emocional que rodea la relación conyugal genera efectos indeseados. Cuando una pareja discute sobre cualquier cuestión y el hombre, desbordado por los datos y emociones, se va o pide un tiempo muerto, la mujer interpreta con frecuencia que está rehuyendo la realidad y lo puede considerar incluso una afrenta. ¿No nos dijeron en el curso de matrimonio que había que comunicar, especialmente en los desacuerdos y enfados?

Sucede que la mujer está mejor diseñada que el varón para pensar hablando. Su proceso de reflexión es más verbal. Verbalizar le ayuda a pensar. El hombre rehúye esa dinámica normalmente por dos razones: no es su modo de operar habitual y teme decir algo inconveniente que hiera a su mujer y la discusión acabe en el terreno de los sentimientos, donde se encuentra en inferioridad de condiciones.

Al varón no le gusta descubrir verdades ni llegar a conclusiones a través de la comunicación, del razonamiento dialogado sin preparación previa porque se queda con la sensación de haber olvidado matices importantes que no ha podido pensar antes.

Los hombres quieren comunicar, ¡por supuesto que queremos!, pero lo hacen de manera diferente. Su proceso de reflexión es más meditativo. Pueden pensar dialogando, claro, pero les cuesta más. Normalmente, prefieren pensar primero, sentir después (o viceversa, que aquí el orden no importa mucho) y hablar en tercer lugar.

Si un hombre ha de hablar de algo importante, necesita saberlo con antelación, saber que ha de hablar y saber de qué ha de hablar. Por eso decía en un anterior post que el anuncio de su mujer “tenemos que hablar”, sin más información, es una tremenda amenaza que hace temblar a cualquier marido.

No se trata de eludir el problema sino de afrontarlo eficazmente, en especial cuando hay emociones entre medio. Michael Gurian, en su obra What could he be thinking? afirma que el varón necesita hasta siete horas más que la mujer, cuando se trata de emociones complejas, para asimilarlas y gestionarlas debidamente. Tiene que procesarlo, analizarlo y validarlo o rechazarlo antes de poder hablar de él.

El sistema operativo del varón le lleva, además, a pensar acerca de todo, aunque es cierto que a veces lo hace sin tener información suficiente y se equivoca. Pero, aunque a veces sus acciones puedan aparentar lo contrario y desconcierten a las mujeres, hay siempre un razonamiento detrás de ellas. Shaunti Feldhahn pone un ejemplo gráfico en su libro For Women Only (que, por cierto, está también en versión española: Solo para mujeres).

Estando ella en casa de unos amigos contempló cómo, ante la sorpresa y enfado de su mujer, el marido se limpió el barro de su zapato con un trapo de cocina después de limpiar los mármoles. Antes de que la mujer se le lanzara a la yugular ante tan absurdo acto, Shaunti Feldhahn, que estaba en proceso de escribir su libro, pidió al marido que explicara por qué lo había hecho, y dio una explicación perfectamente coherente: “pues he pensado que este trapo estaba ya muy viejo, de modo que podía utilizarlo para limpiarme el zapato y después lo echaría a lavar y lo utilizaría como trapo para secar el coche,dado que me he quedado sin”. Solo había olvidado un pequeño detalle: era el trapo favorito de su mujer porque había sido un regalo de su madre. Pero lo cierto es que no había sido un gesto caprichoso e inconsciente: existía una razón.

Por último, la famosa ‘nothing box’, el vacío mental en que el varón se refugia a veces, existe. Cuando la mente masculina se satura, necesita vaciarse o, mejor dicho, ubicarse en el vacío. Y, sí, es capaz de no pensar en nada mirando el horizonte, zapeando sin sentido o cortando el césped una y otra vez si tiene la suerte de tener jardín. Una vez descomprima su psique de datos y emociones, estará de nuevo disponible.

Conclusión: de la misma manera que el hombre ha de esforzarse en entender el proceso mental femenino y escucharla y apoyarla emocionalmente (ver el post del jueves pasado), la mujer ha de intentarlo también respecto del varón.

Para ello, tres consejos muy sencillos:

  • Dale tiempo antes.
  • Créele cuando te da razones, aunque no las compartas: no es una excusa elaborada a posteriori.
  • Dale tiempo después.

¡Hasta mañana!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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