En los posts anteriores sobre la dinámica de la mente femenina he deslizado algunos consejos a los varones: escúchala, conquístala. Hoy quiero insistir en esto.

Recordaba también que hay un lugar común entre los hombres que consiste en pensar que las mujeres son ininteligibles.

Pero no basta con escuchar, querer y conquistar, hay que intentar entender porque hay siempre una razón detrás. El reto es descubrirla.

Has llegado a casa tarde, a la hora de cenar, contento porque has ganado el campeonato de pádel. Has comprado unas patatas por el camino y, al llegar, has propuesto hacer un aperitivo para poner un poco de alegría y camaradería familiar y rebajar la tensión de la semana de exámenes. Has notado que tu mujer no ha participado con mucha alegría. Te vas a la cama y notas que está mal… Le preguntas si le sucede algo y su respuesta es: “nada, nada, estoy bien”.

Tú percibes que no, pero como ella dice que sí, pues te metes en cama y a dormir. Dicen que los hombres somos poco intuitivos, pero en esta ocasión hay que seguir nuestra intuición. “Estoy bien” no es suficiente. Tampoco lo es “no te preocupes, ya se me pasará”.

Es aconsejable seguir estos pasos:

  1. Si te parece que está enfadada o dolida, asume que existe una razón legítima. Solo cuando las hormonas están especialmente sensibles puede faltar esa razón, pero ella sabe cuándo eso sucede… y no suele engañarse. Y tú deberías saberlo también si has puesto un poco de interés en conocer la naturaleza femenina.
  2. Tómate tu tiempo para insistir en descubrir cuál es la razón del malestar que percibes.
  3. Prepárate para descubrir y aceptar humildemente que el culpable (incluso sin ser consciente de ello) puedes ser tú, y no te pongas a la defensiva ni te enfades.
  4. Asume que “estoy bien”, “no te preocupes”, “ya se me pasará” no es el final. Es probable que no sea culpa tuya, pero pregúntale si hiciste algo mal. Solo si su respuesta es concluyente y te convence, puedes olvidar el asunto.
  5. Insiste hasta que te revele su sentimiento, porque no estará tranquila hasta que te hable de él. Y, una vez lo haga, disfruta de la dicha de conocer mejor a la mujer que amas.

Si esto haces, es probable que, finalmente, se dé la vuelta en la cama y te diga: “he llegado cansada del despacho para estar pronto con los niños porque están de exámenes, llevo toda la tarde luchando para que estudien, he castigado primero a María porque ha pegado a Pepe y después a Pepe porque no dejaba estudiar a sus hermanas. Pensaba pedirte cuando llegaras que les dijeras que me pidieran perdón para poder levantarles yo el castigo y no ser siempre la mala de la película, pero tú has llegado y, sin preguntarme nada ni saber qué estaba pasando en casa, les propones un aperitivo para celebrar que has ganado el campeonato de pádel. Ni siquiera te has preguntado qué demonios hacía Pepe cara a la pared en el recibidor”.

La típica respuesta racional del varón ante la reticencia frecuente de la mujer a expresar abierta y honestamente sus sentimientos es: “pero ¿por qué no me lo dice? ¿Por qué he de descubrirlo yo?” La respuesta más directa y que más nos fastidia a los hombres es: porque les hemos entrenado a no decirlo al reaccionar mal, a la defensiva, con enfado o con orgullo cuando nos dicen obviedades de nuestra conducta que nos cuesta reconocer.

Por lo tanto, nuestra tarea es aceptar la crítica constructiva. La de ellas, darnos tiempo para hacerlo (como decíamos en el post pasado).

Hasta la próxima

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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