El tema del trabajo es sensible como pocos. Los roles clásicos del hombre y la mujer están en evolución, aunque muchas veces se percibe falta de autenticidad: hay un discurso social y político puertas afuera, y una conducta bien distinta puertas adentro.

En su libro For Women Only, Shaunti Feldhahn aborda un tema muy interesante: la tendencia inercial de la mayoría de los hombres a proveer las necesidades materiales de la familia. Y lo hace no desde una preconcepción ideológica que distorsione la realidad, sino desde la ciencia estadística, sobre la base de miles de encuestas. Y no con la intención de asentar un statu quo determinado, sino con la de ayudar a las mujeres a entender algo mejor a sus maridos para poder construir juntos un matrimonio más unido.

Las constataciones que hace y las conclusiones que alcanza nos podrán gustar más o menos, pero parten de la realidad, al margen de sus causas y juicios de valor.

Así, sus principales descubrimientos son los siguientes:

  1. Con independencia de lo que gane o deje de ganar su mujer, el hombre siente que proveer es su trabajo. No es un deseo ni una distracción, sino una carga que siente pesar sobre sus hombros, un deber ineludible. “Proveer” implica dotar a su familia de la seguridad material y económica adecuada al estatus que le corresponde y se extiende a la protección y cobertura en todos los órdenes sociales. Según se deduce de las encuestas, forma parte (todavía) de la identidad masculina.
  2. El varón asocia este deber con el amor, de modo que, acertada o equivocadamente, identifica el trabajo con un modo de amar. “Trabajo mucho porque os quiero”. Naturalmente, esta manifestación es compatible con la atención familiar, y es consciente de que estar presente es una mejor forma de amar, pero en la práctica le cuesta jerarquizar adecuadamente. Una de las quejas frecuentes es: “mi mujer me pide que esté más en casa, pero quiere vivir mejor: o una cosa o la otra”.
  3. La gran mayoría no trabajan duro porque sí ni por ellos mismos, sino por su familia y por la seguridad que les da la estabilidad económica. Y no trabajan solo por el presente, sino por el futuro de la familia, pensando en la jubilación o en la eventualidad de que ellos puedan faltar en un futuro próximo.
  4. Al mismo tiempo, el trabajo es, especialmente para el varón, el terreno de juego de su éxito o fracaso, incluso del familiar. Si la familia sufre problemas financieros, aunque la disminución de ingresos obedezca a causas ajenas a él y aunque la responsabilidad económica sea totalmente compartida con su esposa, el hombre sufre intensamente y experimenta una sensación de fracaso. Sobre todo, si la familia ha tenido que ajustar el estilo y ritmo de vida como consecuencia de ello.
  5. A los hombres les cuesta ceder el rol principal de proveedor a las mujeres y, aunque sea la distribución lógica en muchos matrimonios por la mayor capacidad de la mujer de generar ingresos, el varón ha de luchar contra sí mismo. Lo entiende con la cabeza, pero se le rebela el corazón y, aunque haga de buen grado los trabajos domésticos, tiende a minusvalorarse si no es capaz de proveer el suficiente bienestar material y económico.

Insisto, no son juicios de valor, sino resultados mayoritarios de encuestas. Y creo que ayudan bastante a comprender el estado de la situación.

La autora, después de analizar los resultados de estas encuestas, da los siguientes consejos, que se han de adaptar a las distintas circunstancias familiares:

  1. Apreciar lo que hace tu marido en el trabajo. Que no estés de acuerdo con su visión de la relación entre trabajo y familia no impide que le reconozcas lo que hace. A partir de ese reconocimiento, que le dará seguridad, es más fácil afrontar el tema.
  2. No poner más presión. Cuando la mujer hace un comentario tipo: “tenemos la cocina fatal” o “en esta casa no cabemos”, lo más fácil es que el marido interprete: “no ganas lo suficiente”, y ello aunque el sueldo principal lo aporte ella. No es una interpretación racional, sino emocional. Claro que, aquí, los hombres también hemos de aprender a interpretar a nuestras mujeres, que, como dije en otro post, comparten sus sentimientos no necesariamente en busca de soluciones sino de empatía.
  3. Transmitir confianza. Mostrarle que crees en él y estás convencida de que logrará o lograréis entre los dos que vengan tiempos mejores. Ofrecerle ayuda y, luego, rezar por él, para que experimente la fuerza necesaria.
  4. Y, sobre todo, agradecerle mucho todo el esfuerzo que hace, cuando las cosas van bien y cuando no van tan bien.

Bueno, hoy tocaba hablar a las mujeres. En el próximo, a los hombres. Hasta entonces.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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