Hace unos años, una conocida de mi mujer que acababa de empezar a trabajar en un entorno laboral masivamente masculino le hizo este comentario: “Antes estaba rodeada de mujeres y ahora, de hombres. Es un cambio espectacular. ¡No se enteran de nada! Te preguntan qué tal estás, les dices que bien y ya está. ¡Se lo creen sin más! Aunque no hayas dormido esa noche y tengas la peor cara del mundo, se lo creen y nadie te pregunta nada”.

Me costó un poco de tiempo entender su sorpresa, con la que mi mujer se identificó ipso facto.

Como tantos hombres, siempre había pensado que era un perfecto escuchador. Había leído no poco sobre las distintas escuchas, la escucha atenta, asertiva, sin enjuiciar, etc., pero la amiga de mi mujer estaba hablando de algo distinto. Pretendía que los hombres con quienes trabajaba no escucharan sus palabras, sino su corazón, sus sentimientos.

Y me temo que este error está muy extendido entre los de mi sexo. Vemos que nuestra mujer necesita ser escuchada, preguntamos, nos explica, escuchamos atentamente, nos preocupamos, intentamos ayudar buscando una solución al problema y, sorpresa, ella se enfada o decepciona. No es lo que esperaba.

Y no me refiero a hombres despreocupados, sino a aquellos que luchamos por amar bien y ya hace tiempo aprendimos que cuando una mujer te cuenta sus problemas no está buscando que se los resuelvas. El 95% de las mujeres, según el libro de constante referencia en los últimos posts, piensan que la solución que les ofrece su marido cuando le plantean un problema no resuelve el problema.

¿Un 95%? ¿En serio? ¿Tan malos solucionadores de problemas somos los hombres? Alguna vez acertaremos, digo yo, porque en nuestras cosas solemos ser bastante eficaces.

Nuestro problema, valga la redundancia, es que no captamos “su” problema, sino “el” problema.

“No sé qué hacer con Pepe. No estudia, me contesta mal, pierde el tiempo sin sentido y está todo el día conectado al dichoso móvil”.

¿Cuál es el problema aquí para un hombre? Que Pepe está adolescente. ¿Y la solución? Buscar la mejor manera de ayudarle sin perder los nervios, por decir algo, porque quien tenga la solución para los adolescentes, por favor, ¡que nos la pase ya!

¿Cuál es el problema para una mujer? Que Pepe le desborda y no puede más. ¿Y la solución? Que alguien le comprenda y le apoye.

Algunas pautas para los varones:

  1. No escuches solo con los oídos porque solo oirás lo que dice; escucha también con el corazón y podrás oír lo que siente. Hemos sido educados para poner en sordina los sentimientos con el fin de enfocar fría y objetivamente el problema y encontrar la mejor solución. Pero esta técnica no sirve cuando el problema es, en primer término, una emoción, y hay muchos problemas que son precisamente emociones. La lavadora no funciona es un problema técnico; lo puedes resolver. No sé qué hacer con Pepe es un problema emocional. El problema aquí no es qué hay que hacer con Pepe, sino cómo comprender y empatizar con tu mujer para, después, con ella, intentar resolverlo.
  2. Por lo tanto, ignora el problema objetivo y céntrate en escuchar. Pon tu mente masculina en blanco y, mientras escuchas, ¡no pienses en soluciones! No apartes las emociones para centrarte en el problema. Al revés, filtra el problema, olvídate de él y escucha las emociones. No le digas a tu mujer lo que puede hacer cuando Pepe contesta mal ni le recuerdes las virtudes que tiene y ella parece no ver, que lo sabe perfectamente e interpretará que no estás escuchándola.
  3. Los sentimientos no se pueden escuchar haciendo otra cosa a la vez. Muy pocos hombres pueden hacerlo y, aunque tú, en particular, fueras capaz, a ella siempre le quedará la sensación de no ser lo suficientemente importante como para merecer toda tu atención.
  4. Demuestra que captas sus sentimientos y los comprendes, y manifiéstalo en voz alta (“es verdad, te entiendo perfectamente, está insoportable últimamente, no hay quien lo aguante”). Si no, ella no sabrá que la has comprendido y que puedes ponerte en su piel.
  5. Empatiza con sus sentimientos aunque te parezcan inadecuados para la situación y no intentes alejarla de ellos quitándoles importancia. El momento de las soluciones llegará, no lo anticipes. Y si su queja tiene que ver con vuestra relación, convéncete de que no te está atacando, sino que quiere que progreséis los dos razonando en voz alta, aunque a ti te cueste más esta dinámica.
  6. Ahora, sí, ofrécele buscar juntos una solución al problema. Si así lo haces, en este preciso momento y no antes, descubrirás en tu propia carne que la razón por la que ese 95% de mujeres pensaba que las soluciones de sus maridos no resolvían el problema era que no lo sabían abordar. Y este porcentaje se transformará en el 80% que consideran muy acertadas las soluciones de sus maridos cuando antes han sabido escucharlas a ellas con el corazón, las han comprendido y han buscado juntos el problema.

Hasta la próxima.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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