Recuerdo que, cuando mis hijos eran pequeños, un amigo que tenía solo niñas me dijo: de vez en cuando pido prestado algún sobrinito para que mis hijas vayan conociendo de manera natural la diferencia entre hombre y mujer. Hablo de edades muy tempranas, cuando los niños todavía viven en la que San Juan Pablo II llamó la “inocencia originaria”.

Me pareció una forma ingeniosa de ponerles ante la realidad de la condición sexuada del ser humano. Al fin y al cabo, la única manera de entender el cuerpo del varón es a través del cuerpo de la mujer, y viceversa.

Si hiciéramos el ejercicio mental de situarnos ante la hipótesis de una humanidad de un solo sexo, el cuerpo humano resultaría incomprensible. ¿Qué sentido tiene un miembro que cuelga entre las piernas, es delicado e incómodo y crece y decrece inopinadamente? ¿Está ahí para fastidiar? ¿Tanta complicación solo para expulsar líquidos del cuerpo? ¿No había otra forma más fácil? ¿Y qué sentido tendría, en una humanidad solo femenina, una cavidad interior, también delicada y oculta, sujeta a infecciones y sin que se pueda guardar nada en ella? ¿O unas protuberancias pectorales altamente sensibles que hay que proteger de cualquier golpe, por leve que sea?

Es evidente, desde una perspectiva biológica, que un cuerpo está abocado al otro y solo en función de él cobra sentido. Solo ese ‘otro’ cuerpo, complementario al propio, lo hace comprensible. Y también le indica un camino: está llamado a salir de sí mismo, a darse y acoger, a hacerse donación, entrega. Los cuerpos femenino y masculino están diseñados para unirse.

Ahora bien, el cuerpo humano está inescindiblemente unido al espíritu; es, además, alma. El cuerpo es reflejo de ese ‘dentro’, expresión de una verdad interior que no se ve, pero que todo el mundo sabe que existe y que “es” -tiene realidad- solo con ese y en ese cuerpo. Si el cuerpo es la expresión de la persona y está diseñado para darse, también la persona entera lo está. Por eso, hay quien elige darse por entero a Dios y a lo demás sin entregar su cuerpo a otra persona humana, pero esto es harina de otro costal…

Hoy quería detenerme en esa unión hombre-mujer. Primero viene la unión, después el fruto. Es cierto que cada unión, sea biológicamente estéril o fecunda, genera en sí misma múltiples y variados frutos llamados a fortalecer la unión misma (¡una sola carne!): atracción, compenetración, delicadeza, cariño, comprensión y tantos otros.

De hecho, como explica Fabrice Hadjadj, el hijo no es, no debería ser, fruto de una intención directa, sino de un acto de amor entre un hombre y una mujer, lo que introduce una diferencia radical que evita la tentación de posesión, de dominación del hijo por sus padres. El hijo no es el objetivo del amor de sus padres, sino el regalo, el don que ese amor recibe —”hijo, yo a quien primero amé fue a tu madre, tendría que poder decir cualquier padre, y fue ese amor el que te puso a ti en mis manos”—. El hombre no ama —no debería amar— a la mujer, y viceversa, por razón del hijo. Si así fuera, el padre y la madre se transformarían en instrumentos, medios de concepción y no sujetos destinatarios de amor. Y el hijo, con razón, devendría un producto pensado, decidido y elaborado, “sería una pieza más de un dispositivo, una etapa en un proyecto y no el acontecimiento único de la vida que comienza y que siempre nos excede”, afirma el mismo autor.

Por eso, el tradicional consejo de los padres a sus hijos casaderos: ¿has pensado en ella como madre de tus hijos… o en él como padre de tus hijos?, requiere ser revisado. Bien está que reúna las condiciones para ser una buena madre o un buen padre, pero la experiencia enseña que se fracasa más en ser amante que en ser padre. Muy poca gente descuida su amor paterno o materno, pero no pocos acaban desatendiendo y malogrando su amor matrimonial.

Por lo tanto, el consejo es: piensa en él o en ella más como compañero y amante (en el sentido recto y propio de la palabra) para toda la vida que como padre o como madre. Y, cuando sea necesario, relega a tus hijos para dedicarte preferentemente a él o ella, a vosotros dos. No lo olvides: tus hijos, un regalo que no te pertenece, han venido al mundo para dejarte; pero ella -él-, un don que no te mereces, llegó a tu vida para ser tu misma vida.

¡Feliz fin de semana!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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