Su primer encuentro con la vida no fue precisamente fácil. Nació muy prematura y requirió constantes cuidados durante muchos meses. Su madre se convirtió casi en ella misma, lo dejó todo y lucharon juntas, minuto a minuto, por la vida. Su padre batalló también con ellas. “Tu padre fue el corcel en que tú yo cabalgábamos hacia la vida –le decía siempre su madre-. Tú has sido el mejor regalo de nuestras vidas, un don, un milagro… y todo, todo ha valido la pena por ti”.

Creció en un entorno de belleza y de respeto. Sus padres le transmitieron los valores propios de una buena ciudadana, una persona cabal. Las flores se cuidan, no se pisotean. Los animales merecen nuestro respeto. Hay que cuidar la naturaleza, que nos ha sido dada, como la vida, sin pedirla ni buscarla. Un buen ciudadano es respetuoso con las leyes, que aseguran la convivencia y la paz a la familia humana. La ley es honesta y mira por nuestro bien.

Pero, en plena juventud, su madre enfermó y ella tuvo que postergar planes y proyectos. Se dedicó a ella en cuerpo y alma… y alma.

Un embarazo imprevisto se cruzó en su camino. La confusión se apoderó de su conciencia. Este hijo ahora, y yo sola, y mi madre pendiente de un hilo. Ella es ahora la prioridad. Pero ella dejó todo por mí, para que yo viviera. Y yo…, mi hijo. Pero la ley es buena, es lo ético. Y el médico me invita al aborto… y la ley lo permite… y parece declararlo un derecho. Ahora, no. Ahora esta vida no procede. Mi madre es ahora mi vida. Fuera.

A partir de ese día, esa vida que no fue la acompañó en sus pensamientos como si quisiera gestarse de nuevo en su cabeza.

Ahora, después de una larga vida vivida con pasión, le tocaba a ella. A sus 88 años se encontraba sola. La enfermedad avanzaba implacable. Le parecía estar volviendo a sus orígenes, a esa agotadora lucha por la vida, la que había visto en su madre, la que ella misma había emprendido… No podía recordarla, le insistía el doctor, imposible, era demasiado pequeña, días, meses de vida frágil, imperceptible. Pero ella la sentía, sentía la mano de su madre acariciándola en la incubadora, los brazos y la firme voz de su padre dando ánimos a las dos. Los enigmas de la mente.

¡Cómo le hubiera gustado, ahora que su vida se apagaba tan lentamente, haber tenido aquella hija que no fue! ¡Volver a sentir la caricia de su madre, el ánimo imperturbable de su padre! Pero no estaban. Ni su hija…, ni su madre. Sola. Y de nuevo la ley, el derecho la acechaba. ¿Por qué ser una carga pudiendo aliviar al mundo? ¿Consumir energías de otros que tendrán sus vidas y querrán vivirlas plenamente? La ley te otorga de nuevo una oportunidad, un derecho…, y todo derecho conlleva un deber: ejercerlo cuando se dan las condiciones. ¿Quién le diría esto? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? La ley, lo ético, lo humano…

Sí. Mejor quitarse de en medio. Aquí solo estorbo. Soy una carga. Mayor. Enferma. Terminal. Sin nadie que cuidarme, sin un hogar verdadero donde una madre como la que arrancó, ¡sí, arrancó la vida para mí!, pueda cuidarme y quererme y mimarme hasta el último soplo de vida. Sin una hija… La ley tiene razón. Quién soy yo para ponerlo en duda. De acuerdo. Firmo. Adiós.

Este relato es imaginario, pero así actúa la cultura de la muerte.

Algo más dije aquí: Más digna es la vida

Hasta la próxima.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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