El año pasado por estas fechas narré mis experiencias como experto en hacer colas en los grandes almacenes (Colas). La verdad, yo ya estaba contento con mi especialización y grado de responsabilidad, pero mi mujer apreció tan buena disposición en mí que me ha ascendido. Este año he sido family shopper assistant. Y también he aprendido mucho.

Si el mayor aprendizaje del año pasado fue la paciencia, este año he trabajado especialmente la virtud de la obediencia. Y no una obediencia cualquiera. Recuerdo haber leído en uno de sus libros una tesis interesante de Leonardo Polo: el que sabe obedecer acaba decidiendo lo que le mandan. Tiene su lógica: si obedeces bien, e inteligentemente, ya no te vuelven a mandar lo mismo porque ya sale de ti, de modo que tú vas decidiendo qué es lo que quieres que te manden. Si he de ser sincero, a mí no me sale muy bien. Me encanta obedecer, pero a veces no es tan fácil.

Cuando estás en modo shopper assistant te surgen dilemas de gran calado que tienes que resolver en pocos segundos, con la presión que implica tener gente detrás esperando a que decidas. Por ejemplo, el otro día mi mujer me pidió que comprara una bolsa de barquillos (neules, en Cataluña). No había posibilidad de error. Los habíamos visto en el escaparate y la orden fue muy clara: “compra una bolsa de esas neulas” (aquí lo españolizo porque con mi mujer hablo castellano; es que el plural catalán es con “e”).

Pero, lo que parecía sencillo, se complicó. Cuando llegué, ufano, a la caja con mis neulas de dos euros, la cajera me dio otra orden que no admitía dudas: “Compre dos -me dijo- por tres euros. Hay una oferta”. Dudé por un instante. Mire a la señora de detrás, interrogándola con la mirada, como preguntándole: “¿Es normal que una cajera dé órdenes…, debo obedecerla?” La señora comprendió inmediatamente y asintió con la cabeza.

Por un momento, pensé en Leonardo Polo. Si obedezco a ciegas a mi mujer, pierdo una oferta. Pero si la desobedezco, ella puede enfadarse, destituirme y mandarme de nuevo a hacer colas, lo que tampoco me disgustaría tanto porque era mucho más fácil. Por otro lado, si obedezco la orden sobrevenida de la cajera, habré hecho de la obediencia un acto libre e inteligente.

En esas estaba cuando me traicionó mi subconsciente y saqué el móvil del bolsillo con la clara intención de llamar a mi mujer. Entonces, se oyó una voz masculina tres colistas más allá: “¡Oiga, por un paquete de neulas! ¡Déjese de consultas y decida de una vez!” Después de unos momentos de gran tensión interior, guardé el móvil, fui decidido al estante, agarré otro paquete de neulas y me llevé los dos aprovechando la oferta. “¡Sí, señor! ¡Así se hace! ¡Con decisión!”, me animó otro marido desde la cola.

Bueno, ya se ve que he puesto un poco de salsa al incidente de las neulas. En realidad, quería hablar de la importancia de una obediencia inteligente, que es la que hemos de pedir a nuestros hijos para que vayan desarrollando su personalidad. Obediencia inteligente como la de San José, que, a su vuelta de Egipto, adonde había huido para evitar que Herodes matara al Niño, decidió no regresar a Israel sino quedarse en Galilea a pesar de las instrucciones claras del Ángel porque supo que a Herodes le había sucedido su hijo Arquelao, que era tan cruel como su padre.

Eso sí, para lograr esa obediencia de nuestros hijos es importante que las órdenes o instrucciones sean claras y expresadas con un vocabulario inteligible para ellos. No es mala idea confirmar que la han entendido pidiéndoles que nos la expliquen.

Por ejemplo, el mismo día de las neulas, solo entrar en el centro comercial, mi mujer me dijo que tenía que comprar unos pitillos para una de nuestras hijas. Me sorprendió mucho porque mi mujer insiste cada día a nuestros hijos para que dejen de fumar y nunca les ha comprado tabaco. Además, según mi memoria (francamente mejorable en lo doméstico), la hija en cuestión no fuma. Anduve un rato dándole vueltas al tema y buscando algún estanco, hasta que, con otro comentario sobre el color y tejido de los pitillos, mi mujer me sacó del error y supe que se trataba de unos pantalones.

El colofón del día de compras lo puso el susto que me dio el “bebé” que aparentemente dormía en el cochecito de una señora a la que amablemente dejé pasar. De pronto, se incorporó y resultó ser un perro que amenazaba con morderme la nariz. No sabía que habíamos llegado a ese grado de hominización de los animales. Para compensar un poco, adjunto esta foto de la Sagrada Familia, que me envió un buen amigo, de cuando los animales aún eran lo que eran y se limitaban a obedecer a los humanos, que todavía eran sus amos… y no al revés.

¡Feliz año nuevo!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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