Unos años atrás, cuando nuestro hijo Pablo estaba inmerso en la profunda adolescencia, que, gracias a Dios, va remitiendo poco a poco, tenía una curiosa manera de pedirnos las cosas que él sospechaba no le íbamos a conceder. Decía, por ejemplo: “ya sé que esta tarde no me vais a dejar salir con mis amigos. ¡Siempre me decís que no a todo!” Y cuando le preguntábamos si eso significaba que quería salir con sus amigos, apostillaba: “¡Claro, pero ya sé que no me vais a dejar!” Entonces, yo, con poca inteligencia emocional, he de admitirlo, le decía: “pues, si tú mismo te contestas…” Y ahí empezaba el crescendo: “¿Lo ves? ¡Lo sabía! ¡Nunca me dejáis hacer nada! ¡Sois unos rancios!” y no sé cuántas cosas más que no cabrían en este post, hasta enfadarse y encerrarse, con un sonoro portazo, en su habitación.

Parece una deformación adolescente, pero se trata de un pensamiento automático, una distorsión de la mente que nos afecta a todos: la adivinación de pensamiento. En el matrimonio está más presente de lo que pensamos, y consiste en atribuir a nuestro cónyuge intenciones, pensamientos o motivaciones que inventamos nosotros mismos.

Estás pasando una mala época, has ganado unos kilos, no te encuentras bien contigo mismo, estás especialmente irritable y has percibido que los últimos días tu mujer parece rehuir las relaciones sexuales. Piensas: “se está alejando de mí. Parece que ya no le atraiga”, e intensificas tu baja autoestima encerrándote en ti mismo e incrementando tu irritabilidad. Tu mujer lo percibe y parece cada vez más distante. “Nuestra relación se enfría, piensas, ¿estará pensando que no estoy a la altura?”, y vas espaciando tus muestras de cariño.

Si le hubieras preguntado por su aparente desgana sexual, habrías sabido que tenía la zona vaginal dolorida y sospechaba tener una infección de orina, pero no se atrevía a decírtelo porque te veía muy sensible y no quería preocuparte, además de que aún no se lo había confirmado el ginecólogo.

Cuántas veces, en el matrimonio, procedemos así. Interpretamos un silencio como un desinterés o un reproche, cuando puede ser un simple ensimismamiento, un cansancio o una preocupación efímera. O malinterpretamos unas palabras o una manera de decir por no preguntar el significado: ¿lo que quieres decir es que…? ¿Estás callado por algo en particular? Te veo muy taciturno, ¿ha pasado algo en la oficina?

En la mayoría de las ocasiones, lo que dispara el pensamiento que asignamos erróneamente a nuestro cónyuge es nuestra propia disposición personal del momento, y sucede a menudo que acabamos confirmando nuestras propias sospechas y recelos, muchas veces alejados de la realidad. Si tu jefe te dice un viernes, antes de marcharse, que el lunes quiere hablar contigo y has tenido un mal día en que todo te ha salido al revés, pasarás el peor fin de semana de tu vida antes de saber que la razón de la convocatoria era anunciarte un ascenso por tu buena evolución del último año.

Propósito: no pensar ni juzgar; confiar y preguntar para salir de dudas.

Buen fin de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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