Esta tarde me he encontrado a un viejo amigo, algo mayor que yo, que hacía tiempo que no veía. Habíamos coincidido, primero, dando clases de derecho en los años noventa y, después, en algún juicio, él como magistrado y yo como abogado. El reencuentro ha sido realmente sorprendente. Me lo he encontrado detrás de un altar, celebrando misa. A medida que ha ido avanzando la celebración, me he dado cuenta de que no era una misa, sino una liturgia de la palabra y distribución de la comunión, y mi amigo no era sacerdote sino diácono permanente.

Al terminar, le he ido a saludar, nos hemos dado un gran abrazo y ha compartido conmigo su gran alegría por la vocación al diaconado. Sus primeras palabras han sido: “He dicho sí al Señor, Javier”.

Cuando volvía al despacho, sonriéndome a mí mismo en medio de la calle por la alegría del encuentro, mi cabeza ha vuelto a su vocación de siempre, el matrimonio.

Y he pensado que uno de los grandes obstáculos que dificultan hoy día la decisión de casarse para siempre es la resistencia que hay a ver en el matrimonio una vocación. Y no me refiero ahora necesariamente a la vocación como llamada divina, que también, sino como mera inclinación humana. El diccionario de la RAE, después de la acepción primera, más sobrenatural, define la vocación como la “inclinación a un estado, una profesión o una carrera”.

Belén, nuestra sexta hija, está en sexto de medicina, y todos hemos podido comprobar que la carrera de medicina no puede ser solo una elección. O es vocación o está condenada al fracaso. O genera una ‘inclinación’ de toda la persona o no es posible perseverar, y eso que aún no ha empezado a ejercer.

Algo parecido sucede con el matrimonio a nivel meramente humano. Si se contempla como una elección seguida de una decisión, tiene mal pronóstico, porque una elección difícilmente será capaz de despertar a toda la persona. Quizás moverá el sentimiento, acaso la voluntad, incluso la inteligencia, pero raramente todas a la vez.

Si se contempla como una vocación, todo es diferente. Una vocación es una ‘inclinación’ de toda la persona, una inclinación que compromete a todos los dinamismos: inteligencia, voluntad, sentimientos, cuerpo, memoria, imaginación…

Cuando uno logra inclinarse hacia el amor, no necesita pensar mucho. De pronto, se encuentra ‘participado’ por la persona amada. Su mujer (su marido) se transforma en parte constitutiva de su identidad. Ya no añora el tiempo pasado ni sueña con la persona que fue y que ya no existe. Incluso, ante las dificultades, no ve ningún sentido en encerrarse de nuevo en ella misma, huyendo de la relación, porque se da cuenta de que esa misma relación es parte constitutiva de su ser.

Cuando uno se inclina hacia la persona amada de verdad, renuncia a cualquier aislada conversación interior consigo mismo porque sabe que “la relación con su mujer es constitutiva de su identidad de marido, y viceversa” (Pier Paolo Donati).

Cuando uno vive inclinado, volcado en el otro, logra aquella premisa de la felicidad que tan difícil es de establecer: el olvido de sí. Y, paradójicamente, al olvidarse de sí y centrarse en el otro, se hace más capaz de generar la respuesta entrecruzada del amor que colmará su ardiente deseo de felicidad. Es aquello que decía Kierkegaard y que ya he recordado varias veces, que la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, hacia los otros. Ahora bien, la puerta del matrimonio tiene doble bisagra y se puede abrir hacia los dos lados, con la ventaja de que, si se abre con cariño hacia donde está el otro, siempre vuelve a nosotros con más ternura todavía.

Feliz fin de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

[blog_subcription_form]