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~ Ser y vivir en clave de familia

Familiarmente

Archivos mensuales: octubre 2017

Corazones tiránicos

28 sábado Oct 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad, Hijos

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Hace unos días leí un magnífico artículo de Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco, escrito a propósito del independentismo catalán, cuyo título era toda una declaración de intenciones: “Los sentimientos son cuestionables”.

El autor salía al paso del erróneo pero generalizado prejuicio de considerar a los sentimientos como algo natural, inmune a la razón y que se ha de respetar siempre, como si el odio valiera lo mismo que el amor, la envidia que la admiración y la benevolencia que la venganza. “Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento”, concluye el autor, sobre todo si tenemos en cuenta que los sentimientos no viven al margen de la razón, “como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos”. De los sentimientos, en efecto, surgen convicciones y, de estas, actuaciones; y viceversa. Como explica el profesor Arteta, “somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de cultivar o rechazar las ideas que alientan esos sentimientos y sus consecuencias”.

Estas interesantes reflexiones me han traído a la cabeza un libro de otro filósofo que leí hace tiempo y supuso para mí un auténtico descubrimiento: “El corazón”, de Dietrich Von Hildebrand. En él distingue entre los sentimientos psíquicos y los espirituales.

Los primeros son los que nos generan una película, una canción, una pieza musical…, incluso una noticia sesgada y adecuadamente ‘dramatizada’. Pueden llegar a ser muy intensos y, sin embargo, muy artificiales: el llanto que provoca una película, por ejemplo, procede de una representación que sabemos es irreal y, a pesar de ello, no somos capaces de sustraernos a la profunda emoción que nos invade. El autor nos pone en guardia contra el ‘corazón tiránico’, aquel que ocupa el lugar de la razón y acaba decidiendo por ella: es la persona dominada por el sentimiento, que no es capaz de negarle una botella de whisky a un borracho porque le puede más la compasión que experimenta ante su petición conmovedora que el daño que sabe le causará.

Frente a ellos hay que desarrollar un espíritu crítico, aprender a distinguir la realidad del sentimiento, pues pueden ser cauce de transmisión de aberraciones éticas y morales. En no pocas películas, por ejemplo, las proezas del protagonista, con quien enseguida nos identificamos llegando a ‘sentir’ sus mismas emociones, están motivadas por un sentimiento de venganza, que hacemos nuestro acríticamente, como si fuera un móvil justo de actuación.

Los sentimientos espirituales, en cambio, aclara Von Hildebrand, son la respuesta auténtica de un corazón noble y profundo. Sé que esto es bueno y reacciono, respondo a ello con el sentimiento adecuado. Soy capaz de alegrarme del logro de un amigo que consigue lo que yo también pretendía y no he alcanzado porque me doy cuenta de que he de alegrarme con él por su triunfo; soy capaz de experimentar alegría por la recuperación de un amigo o tristeza por la muerte del padre de un conocido al que veo en contadas ocasiones.

Los sentimientos espirituales proceden de nuestra parte más auténtica, y hemos de ser capaces de generarlos a fuerza de vivir la realidad… con intensidad, sí, pero siempre desde la verdad. Es triste que sintamos mayor pena por la muerte de nuestro perro que por la de cincuenta personas en un atentado terrorista en un país musulmán. Es la inercia emocional, pero hay que vencerla por elevación, con un sentimiento más alto que nos enseñe a salir de nosotros mismos para contemplar la realidad desde fuera de nuestro propio y tantas veces pequeño mundo personal.

Cuando razón y emoción están bien armonizados en el ser humano, ni la primera agosta la segunda ni esta nubla la primera. Estamos viviendo en España tiempos difíciles, en que la pugna entre estas dos dimensiones del ser humano adquiere tintes a veces casi dramáticos. Es una buena ocasión para poner en cuestión nuestras pasiones, armonizarlas con la razón y el sentido común y, desde el respeto a la opción del otro y a las reglas de convivencia y orden jurídico que nos hemos dado, buscar lugares de encuentro desde donde poder volver a construir ese espacio común en el que todos, con esfuerzo y concesiones, nos podamos sentir como en casa.

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13-O

13 viernes Oct 2017

Posted by javiervq in Matrimonio

≈ 17 comentarios

Nos conocimos el año previo a entrar en la universidad. Procedíamos de un entorno social similar y, tanto nosotros como nuestras familias, teníamos amigos en común y muchos más puntos de unión que de separación.

Sin embargo, la biografía de cada uno, el estilo particular, las diferentes fortalezas y debilidades, las pequeñas manías que el tiempo podía intensificar, el peso e influencia de cada cual en el perfil familiar que tendríamos que construir, esa tendencia -¡tan difícil de vencer!- a pensar que lo ‘mío’ es siempre mejor que lo ‘suyo’, las dificultades e inesperadas sorpresas que el futuro depara, las sugestiones y los aparentes destellos que ciegan por momentos desde fuera… y tantas otras fuerzas y desafíos estaban ahí, agazapadas, amenazando con enfriar y enturbiar la relación hasta desfigurarla, como, por desgracia, les ha sucedido a tantos que han emprendido un camino en común.

Sin mucha formación específica más allá de las propias experiencias familiares sobre lo que significa estar casado, teníamos claro que queríamos querernos para siempre, lo cual no atenúa un ápice el vértigo que se experimenta ante cualquier decisión de vida y de por vida.

Los primeros meses, y aun años, fueron de acomodamiento: “en mi casa lo hacemos así”, “anda, pues en la mía no”, “¿tú crees que esto es lo correcto?”, “es que mi padre siempre…”, “ya, y mi madre nunca…” Y así, paso a paso, construyendo un proyecto propio, impregnado de influencias externas e internas, pero, sobre todo, “nuestro” y de nadie más. Sin premisas que condicionen, sin imposiciones, sin apriorismos ni prejuicios. Poniendo todo, ¡todo!, en el tamiz de nuestro matrimonio, para contrastarlo, decantarlo y asumirlo como propio, sin dejar entrar a nadie sin permiso de los dos. A nadie más que fuera humano, claro, porque Dios siempre formó parte de nuestro proyecto.

Desde el principio, gracias a los buenos ejemplos recibidos, procuramos movernos en la lógica de la gratuidad y no en la lógica de los equivalentes. Nos propusimos (¡aunque no siempre lo lográramos!) desterrar el cálculo y la comparación. Dos lavadoras no equivalen a tres lavaplatos, ni se cargan las maletas a cambio de hacerlas, porque los dos quisimos poner todo lo que éramos, por poco que fuera. Y, así, sin contar ni sumar ni restar, procuramos dar todo lo que teníamos, tan distinto, tan igual. Y cuando, por cualquier circunstancia, uno no podía dar (¡qué compleja y azarosa puede llegar a ser la vida!) el otro luchaba, aunque le costara, por seguir dando y supliendo, sin limitarse a esperar y exigir. ¡Ah!, y el perdón, un perdón pedido, dado, y recibido una y otra vez.

Cuando fueron llegando, ¡y creciendo!, nuestros hijos, hubo que adaptarse a circunstancias inéditas, negociando mucho, previendo, formándose con lecturas, con amigos, con experiencias y cursos de orientación familiar, escribiendo incluso pequeños objetivos para nosotros y para nuestros hijos, revisando planteamientos, levantando la cabeza en las derrotas, bajándola en los éxitos, aprendiendo con afán de mejora, equivocándonos y acertando, pidiendo ayuda, preguntando, acercándonos a quienes veíamos avanzar por un camino seguro… y, sobre todo, hablando, hablando siempre para construir nuestra propia biografía familiar.

Y el trabajo, ¡los trabajos!, el de casa, los de fuera, procurando integrarlos en la familia sin separarlos ni enfrentarlos, compartiendo todo y cada día, intentando poner siempre por delante a la familia, conscientes de que familia y trabajo no están al mismo nivel porque perder el trabajo es una seria adversidad, pero perder la familia es una tragedia.

Y llegaron éxitos y fracasos, fallecimientos, enfermedades, dificultades, alegrías, metas cumplidas y también amigos, muchas y nuevas amistades, trayectorias vitales que se fueron y se van entrelazando en nuestras vidas hasta crear una gran comunidad de amistad y cercanía que percibimos siempre a nuestro lado, esté o no físicamente próxima. ¡Qué tranquilidad saberse querido, mimado por tanta gente, tantas personas que forman ya parte de nuestra biografía matrimonial y a quienes poder acudir en cualquier circunstancia!

Y, a pesar de este largo recorrido, aquí solo esbozado, que tantos que conozco podrían suscribir y que hoy cumple 33 años (¡más 5 de novios, que ya ni recuerdo haber sido soltero!), no soy capaz de detallar mucho más el pasado…, y no solo por mi mala memoria, sino, muy especialmente, porque sigo teniendo la vista puesta en el futuro. ¡Qué importante es no confundir nunca el punto de partida con el punto de llegada!

Ese amor un poco tosco de los comienzos, empujado por una pasión apenas incoada y en el que no era siempre fácil distinguir la entrega del interés, lejos de menguar ha ido creciendo y enriqueciéndose, aquilatándose con los mil matices y tonalidades que la vida vivida proyecta sobre todo lo humano, hasta adquirir una intensidad y una calidad absolutamente insospechadas cuando, a mis 22 años, me casé convencido de que era imposible amar con más pasión que la que en aquel momento me invadía.

Y ahora, asomándome a estos 33 años, no veo la hora de escribir y publicar este post para clamar a los cuatro vientos lo que tantos como yo sentimos y tantos otros se empeñan en negar; y también para animar a los matrimonios jóvenes a que quemen de verdad las naves y se atrevan a descubrir que a los 33 años de matrimonio les espera un grado de felicidad que, lo siento, por más que se empeñen, no pueden ni siquiera soñar; y, por último, escribo también para sosegar mi alma, inquieta solo con pensar adónde es capaz de llegar esta locura, este delirio hecho realidad de un amor para siempre hecho una carne.

¡Si esto es así a los 33 años, me digo, qué no será a los 50!

Javier Vq

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2-O

02 lunes Oct 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad

≈ 10 comentarios

YO ME ACUSO…

De pensar que la culpa era siempre de los gobernantes y nunca mía.

De no haber hecho el esfuerzo suficiente para entender al otro, para ponerme en su lugar y comprender sus anhelos, preocupaciones, esperanzas y aspiraciones.

De haber entablado conversaciones con una predisposición y un prejuicio que me impedían siquiera entender lo que el otro estaba diciendo.

De haberme alegrado interiormente cuando a los que no pensaban como yo se les cerraban caminos y aspiraciones legítimas.

De haber pensado que la única vía posible era siempre la mía.

De haber considerado que muchas de las cuestiones puestas a debate, siendo, como son, opinables y mudables, eran inmutables e intocables.

De haber hurgado en el pasado y en las redes sociales en busca de argumentos que poder lanzar contra quienes no opinan como yo.

Y ME PROPONGO…

Asumir mi parte de culpa y no mirar a otro lado.

Acercarme a quienes no piensan como yo e intentar comprender sus sentimientos, sus miedos, sus anhelos e inquietudes.

Fomentar foros de opinión plural en que cada uno pueda expresar lo que piensa y todos respeten la opinión contraria.

Sufrir cuando el otro, que no piensa como yo, sufre, y alegrarme cuando se alegra, aunque yo no experimente esos sentimientos.

Contemplar con mente y corazón abiertos el sendero por el que el otro camina en busca de atajos que acerquen y comuniquen nuestros destinos.

Revisar aquellos de mis planteamientos que estén rígidos y anquilosados.

Olvidar el pasado, dejar de buscar culpables y mirar hacia adelante, también con la mirada del otro.

Y, sobre todo, de todo esto me acuso y todo esto me propongo sin condición alguna y sin esperar siquiera que los demás, los que piensan igual o diferente a mí, decidan emprender este camino.

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