Cuando tengo que acostar a mis nietos, les cuento siempre el mismo cuento, que, con distintas variantes, según funcione mi memoria ese día, ya contaba a mis hijos: el de un caracol que perdió su casita porque se la habían robado las hormigas para protegerse del oso hormiguero (este personaje es una incorporación reciente; lo digo por mis hijos) y va recabando ayuda de sus primos y de los distintos animales del bosque para recuperarla. Como el bosque tiene muchos animales y mis nietos comienzan a tener muchos primos, la extensión del cuento es ilimitada, según lo que tarde el sueño en llegar. Al final, el águila convence al oso hormiguero de que coma hojas de los árboles, el caracol recupera su casita y todos contentos.
En unos días, vendrán los Reyes Magos, una tradición que, en algunos adultos, genera algún reparo moral: es un gran embuste creado por los adultos para los niños.
