Mi padre me contaba una anécdota que siempre me ha hecho pensar. Conocía a dos hermanos que vivían muy justos de dinero. Su padre, en cambio, tenía una gran fortuna, pero no quería ayudarles en vida. Cuando el padre falleció, uno de los hermanos estaba fuera y el otro le envió un telegrama —eran tiempos sin WhatsApp— con un mensaje tan escueto como elocuente: “Papá ha pasado a mejor vida; nosotros, también”.
La historia provoca una sonrisa, pero encierra una mentalidad que hoy sigo comprobando con frecuencia. En mi ejercicio profesional como abogado, he escuchado en no pocas ocasiones una frase que se repite casi como un eslogan cuando surgen conflictos entre hermanos tras el fallecimiento de los padres: “lo hago por mis hijos”, “se lo debo a mis hijos”. Se dice con convicción, incluso con cierto tono moral, como si esa apelación cancelara cualquier debate. Y, sin embargo, muchas veces esa lógica acaba desembocando en largos pleitos, en reproches irreparables y en hermanos que dejan de hablarse durante años.
