Espacio vital

Siempre me ha llamado la atención la expresión ‘espacio vital’. Más que la expresión, el sentido que se le da. Escuchas a alguien quejarse de que necesita su ‘espacio vital’ y te preguntas: ¿a qué se referirá? Indagas y pronto caes en la cuenta de que en realidad no está hablando de espacio vital, sino de espacio personal.

Recuerdo muy bien un comentario de Josep Argemí, Catedrático de Pediatría que fue Rector de la Universitat Internacional de Catalunya y, sobre todo, padre de familia numerosa y brillante moderador de los cursos de Family Enrichment (www.iffd.org), en el primer curso al que asistí, para padres con hijos entre menos nueve meses y tres años. Él, probablemente, no se acordará, pero comentó que no resulta extraño en padres con familias grandes y corazón generoso guardar la raqueta un día y recuperarla al cabo de unos años llena de telarañas. Era un ejemplo, claro, porque la raqueta es compatible con cualquier tipo de familia. Ya se entiende lo que quería decir.

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La soledad sonora

Este verano estábamos Loles y yo haciendo una pequeña excursión cuando, desde la ladera de la montaña, pudimos escuchar con todo detalle la conversación de dos ciclistas que subían por una carretera secundaria en la ladera del otro lado de un estrecho valle, a no menos de 500 metros de distancia en línea recta.

Uno de los grandes misterios que encierra la montaña es el silencio. El mar es un rumor que no se oye y la montaña, un silencio que se escucha.

Estas vacaciones me ha dado por rezar con el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, un poema largo, exigente y difícil de entender, más aún para un ciudadano del siglo XXI, si no se siguen las explicaciones del autor (muy recomendables, por cierto), que yo ya no recordaba porque las leí hace no menos de 25 años.

Sin embargo, como la poesía son imágenes y música escritas, basta a veces la lectura reposada de una estrofa para captar la esencia de lo que el poeta quería transmitir.

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La tarea del amor

Como he dicho en anteriores posts siguiendo la propuesta de José Noriega (El Destino del Eros), la tarea del noviazgo es verificar el amor: en síntesis, que hemos descubierto y vamos en pos de la misma verdad y que tenemos o hemos adquirido las virtudes mínimas para hacerla realidad.

Pero, ¿cuál es la tarea del amor? ¿Para qué nos prepara el noviazgo?

Una de las grandes dificultades de cualquier relación, que no es de hoy pero se ha acentuado en estos tiempos, es el compromiso. Llega un momento en que la incertidumbre propia de lo provisional no basta y se busca una cierta seguridad. Pero el compromiso para toda la vida, que es el propio del amor con mayúsculas, asusta, da vértigo. Siempre lo ha dado, no nos vamos a engañar.

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Dureza de corazón

Cuando tenía treinta años, una persona próxima a mí, felizmente casada y que se aproximaba a los sesenta, hablando consigo mismo pero con la clara intención de que yo la escuchara, soltó esta frase: “las mujeres siempre piensan que sus maridos son los más tontos”. No le di más importancia porque la persona que la pronunció era brillante e inteligente y resultaba evidente que era la reacción a un enfado matrimonial, pero la frase se grabó en mi memoria. Con el tiempo he podido comprobar que aquel desahogo escondía más verdad de la que aparentaba.

Algunos matrimonios, en efecto, evolucionan inadvertidamente hacia la dureza de corazón. Marido y mujer se conocen tanto que rechazan cualquier posibilidad de sorpresa. “Ahora dirá…”, “seguro que no ha…”, “qué va a saber él/ella, si nunca…”, “no sé ni porqué se lo pregunto…”, “ya está, otra vez…”

Los que están alrededor apenas lo perciben, pero las respuestas, los comentarios, los gestos suelen ser menospreciativos, duros, rutinarios en el mejor de los casos. Esta cerrazón de espíritu se condimenta a veces con la comparación…, y los o las demás acaban pareciendo siempre más atentos, más interesantes, más atractivos.

Se instaura entonces una especie de rutina de la decepción y se frustra un elemento esencial en el amor: la admiración. No se espera nada nuevo. Se renuncia a profundizar en la insondable personalidad del otro porque se ha decidido previamente que está ya agotada, de modo que, aunque pueda haberlo, no se percibe ningún cambio. No hay progreso. Las energías se vierten entonces hacia fuera, en otra dirección: hacia el trabajo, los o las amigas, el deporte, las aficiones… y se acaban viviendo vidas paralelas. Y, claro, cuando no se espera nada bueno ni nuevo de alguien, uno se acaba fijando solo en lo malo, y eso es lo que ve. Las muestras de cariño se espacian y acaban desapareciendo…

No sigo. Si se percibe un mínimo síntoma de esta deriva, y las vacaciones han sido a buen seguro un tiempo apto para ello, hay que reaccionar. ¿Cómo? Tres ideas sencillas:

  • Volver la vista atrás. La fase de enamoramiento tiene la virtud de mostrar al principio el final. ¿Qué hacíamos de novios, de recién casados? ¿Qué le gustaba? ¿Qué nos hacía reír? ¿Qué nos atraía mutuamente?
  • No esperar a que cambie el otro. Cambiar yo. En algo sencillo. ¿Qué le gustaría? ¿Qué espera? ¿De qué se queja? Sin olvidar que las quejas en el matrimonio no suelen ser tanto reproches (que también) como peticiones.
  • Disponerme a la sorpresa, a la admiración. Bucear en su personalidad y descubrir algo nuevo o algo viejo y ya olvidado. Abrir en casa, en mi familia, en mi corazón un ámbito de reconocimiento y admiración. Redescubrir aquella cualidad que me enamoró un día… ¡y decírselo en algún momento!

Todo esto para el caso de que solo uno perciba los síntomas. Si los vemos los dos y queremos salvar la relación, entonces hay que añadir el diálogo y, si no avanzamos, la humildad de pedir consejo.

Y, sobre todo, prohibido enviarle este post a él o ella, salvo que sea junto con un mea culpa, que las indirectas no son propias del amor.

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes

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Del enamoramiento al amor…, también en vacaciones

Las vacaciones consisten, sobre todo, en cambiar de actividad. Y yo, a los que estéis por La Cerdanya, os propongo encontrarnos en esta conferencia. Intentaré hacer un recorrido por las profundidades del amor entre un hombre y una mujer desde sus comienzos hasta la felicidad de una vida compartida que quiere reescribir cada día conjuntamente ese amor…

Matrimonios, novios, parejas y los que aún no la tenéis…, todos estáis invitados

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Imagine

Las vacaciones son un buen tiempo para soñar, dejar volar la imaginación y hacer grandes planes, incluso en un post sobrevenido como este, escrito cuando ya me había despedido hasta septiembre…

El impulso de escribir me ha llegado esta vez de la letra de una famosa canción que he escuchado estos días en el coche, en una de las listas de mis hijas. Probablemente sea una de las canciones más escuchadas de la historia de la música, pero nunca antes había prestado suficiente atención a su letra. Esto pasa mucho con las canciones, sobre todo si son en una lengua que no es la propia.

¿Quién no ha escuchado Imagine, de John Lennon? Es una canción bonita y esperanzada que invita a soñar en un mundo mejor. Un mundo, dice el cantautor, sin países ni fronteras, sin posesiones, sin codicia ni hambre, fundado en una gran hermandad de hombres y mujeres compartiendo todo lo que tienen y viviendo en paz.

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Felices vacaciones

Hace un tiempo leí una entrevista a un lord inglés que ostentaba un alto cargo en la administración del Reino Unido. Ante el desconcierto de la entrevistadora, que no podía entender cómo alguien de su responsabilidad podía hacer un mes entero seguido de vacaciones, el lord, con toda su flema, le contestó: ‘Mire, señorita, ¿sabe qué me sucede? Que lo que puedo hacer en once meses no soy capaz de hacerlo en doce’.

Como hoy mismo me voy de vacaciones y no pienso perder un minuto en debatir si es mejor tomarse las vacaciones un mes seguido o varios días diseminados a lo largo del año, os dejo con este sugerente pensamiento y el regalo de un post breve. Y me despido hasta dentro de unas semanas.

¡Felices vacaciones!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Bodas y lluvias

Ayer, cuando volvía a casa, me encontré a una persona que, como es habitual en estos días de julio, hizo algún comentario sobre el calor. “Sí, pero dicen que va a llover”, le dije. “Sí, ¡pobres novios! -me dijo- Mañana tengo una boda”. “¡Anda, pues yo también, qué casualidad!”, pero, la verdad, en aquel momento no había pensado en las bodas, que, por cierto, eran diferentes. Y eso que, ahora que se me casa una hija, tendría que estar más sensibilizado con el tema…

Ahora mismo estoy sentado delante de la ventana. Mi mujer y mis hijas andan trajinando con todo lo necesario para la boda de esta tarde, que es de una buena amiga de mis hijas e hija de unos buenos amigos nuestros. Y, ahora sí, he pensado en la boda. La última a la que asistí fue también bendecida con una lluvia copiosa. Y hoy ha caído en Barcelona el diluvio universal. En este momento, el cielo parece haberse serenado y se ha refrescado el ambiente.

Me ha traído a la memoria la boda de un hermano mío, que todo el mundo recuerda por lo bien que se lo pasó, pues a la alegría y desinhibición propias de una fiesta grande se sumó la especial unión que las circunstancias excepcionales suelen generar que, en ese caso, fue una tormenta espectacular.

El salmo 68 de las Sagradas Escrituras reza así:

Tú derramaste una lluvia generosa, Señor:
tu herencia estaba exhausta y tú la reconfortaste;
allí se estableció tu familia,
y tú, Señor, la afianzarás
por tu bondad para con el pobre.

En efecto, en la tradición bíblica y también en la humana de todos los tiempos, la lluvia es una bendición y cuando Dios promete vida, evoca a los manantiales, a la lluvia y a las fuentes.

Una hermosa manera de comenzar una familia, ¿no os parece? Porque una boda es precisamente eso: una lluvia generosa de entrega y unión; un manantial de agua que riega una tierra bien abonada; una fuente de alegría, de ilusión y de futuro.

La lluvia es algo más que un signo. Es una bonita manera de compartir con los demás el origen de la vida, para que todos los invitados puedan recoger alguna gota de esa energía vital que los novios han ido acumulando durante los meses previos a su entrega y hoy, con sol, con nubes o con lluvia, qué más da, irradiarán a todos los invitados.

Una boda es la oportunidad perfecta para crecer en el propio matrimonio, volverse a enamorar, recordar las promesas matrimoniales, pasárselo bien, reír y llorar y bailar (a quien le guste) y hablar y recordar y reencontrarse. En una boda hay que estar muy pendiente de lo esencial cuidando lo suficiente (sin obsesiones) lo accesorio.

Por lo tanto, mi consejo es: si hoy vas a una boda y llueve, aprovecha y recoge algunas gotas que rieguen tu propia vida. Yo ya lo he hecho, por si acaso no llueve esta tarde. Y si no llueve, no pasa nada, las gotas de agua pueden también ser espirituales.

¡Muchas felicidades a todos los novios de hoy, M y N, y de siempre!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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La familia, el rostro de lo humano

El fin de semana del 19-20 de octubre, la IFFD (International Federation for Family Development) celebra su congreso internacional sobre la familia bajo el título “La familia, el rostro de lo humano”, un congreso abierto a todo aquel que crea en la familia como hábitat humano. Quedan pocas plazas y un fin de semana en Londres es “familiarmente” muy aconsejable. Aquí os dejo el link: www.iffd.org.

Y, en efecto, desde cualquier punto de vista que se contemple, la familia es el rostro de lo humano.

La perspectiva biológica lo confirma cuando, sabiamente, permite que el cachorro de hombre, tan indigente en sus primeros años de vida, nazca del seno de una madre que lo ha llevado con amor consciente y muchas veces esforzado, y se encuentre con un padre dispuesto a ofrecer el mismo cuidado y mantener en la vida a ese ser que tardará años en ser autónomo y subsistente.

También la aproximación antropológica y pedagógica corroboran la necesidad de la familia, el entorno en que la naturaleza se hace cultura y donde el ser humano, como decía Karl Jaspers, puede llegar a serlo cabalmente. El padre y la madre tienen, en este sentido, afirma Fabrice Hadjadj, una autoridad sin competencia. El hijo tiene derecho a ellos, a recibir su formación humana de quienes un día decidieron darle la vida y están a priori en las mejores condiciones para hacerlo. Y tiene también derecho a que se formen y adquieran esa competencia que les transforme, en verdad, en los primeros, preferentes y mejores educadores.

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Familia sostenible

Una de las definiciones de sostenibilidad más citadas es la que propuso Brundtland en el ya lejano año de 1987: satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades.

Han hecho falta muchos años para que fraguara una conciencia verdadera sobre la necesidad de hacer de nuestro mundo un mundo sostenible. Y aquí he de entonar el mea culpa, porque quizás yo soy de los retrasados en adquirirla. Y eso que esfuerzo ponía, pero a veces no acababa de cerrar el círculo. Por ejemplo, en nuestra casa, durante un largo tiempo, hemos estado discriminando la basura. Ha costado no poco esfuerzo. Incluso una de nuestras hijas dibujó un esquema de las basuras, que imantamos en la nevera, el punto de encuentro de toda familia numerosa. Poco a poco fuimos aprendiendo que aquello de nuestros padres de guardar cada cosa en su sitio había que completarlo con lo de tirar cada cosa en su lugar. Al final lo logramos. ¡Primer paso! Ah, pero el segundo fue mucho más arduo. No bastaba con echar cada desecho en su bolsa…, ¡había que llevar después cada bolsa a su contenedor! Eso nos costó un poco más y, durante un tiempo francamente paradójico, segregábamos en casa y agregábamos fuera. Esperpéntico, lo admito. Pero, lo hemos conseguido. La virtud no se suele adquirir en un día.

En cambio, en otros aspectos de nuestra vida, hemos intentado siempre ser muy sostenibles, y no nos va mal. Creo que, desde el punto de vista familiar, lo conseguimos en un alto grado.

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