Gentleman Jack

El teniente Jack Cambria, que se jubiló el año pasado, ha dedicado más de treinta años de su vida, como experto en negociación del New York Police Department’s (NYPD’s), a liberar rehenes y convencer a suicidas y atracadores para que desistan de su propósito. Su brillante carrera ha suscitado un reconocimiento general y, recientemente, le entrevistaron en el Wall Street Journal. Sus declaraciones las comenta Katie Shonk en el blog del Programa de Negociación de la Harvard Law School y nos pueden ayudar a nosotros, padres de familia, a “negociar” con nuestros hijos. Pienso, especialmente, en los adolescentes.

Predisposición. Cambria explica que, cuando accedió al cuerpo de policía, tenía preconcebidos a los homeless como ‘sucios’, ‘violentos’ y ‘mentalmente enfermos’. Un día, inspeccionando la mochila de uno de ellos, encontró una obra de teatro en la que el homeless explicaba sus luchas por mejorar en la vida. “Esos dos minutos, explica Cambria, bastaron para transportarme desde el homeless que llevaba en mi mochila hasta el dramaturgo que encontré en la suya”, y su visión cambió totalmente. A partir de ese día, su mirada prevenida y desconfiada se transformó en una sonrisa que le hizo ganar el sobrenombre de ‘Gentleman Jack’ en los suburbios neoyorquinos. Descubrió que la sonrisa era mucho más eficaz que la desconfianza. Partiendo de esta premisa, Jack Cambria da tres consejos para cualquier negociación:

  1. Tratar primero las emociones. Cualquier actitud de aparente agresividad responde a emociones y relaciones, por lo que ellas son las primeras que hay que gestionar. Sea lo que sea lo que pidan los secuestradores, detrás de ello hay una preocupación emocional subyacente (deseo de respeto, de atención, de amor). Por lo tanto, antes de dar una respuesta racional, es conveniente intentar conectar emocionalmente y descubrir el sentimiento que hay detrás de la acción. De esta manera es más fácil tratar el asunto con calma y comprensión mutua.
  2. Aprender a escuchar. Tanto a nivel emocional como a nivel racional, la escucha atenta y sin prejuicios es fundamental. En lugar de introducirse, desde la razón, en un debate sin salida con reflexiones del estilo “pero, hombre, si tiene usted toda la vida por delante”, Cambria aconseja escuchar mucho, intentar descubrir las ansiedades del secuestrador y utilizar frases de soporte, del tipo “entiendo que se sienta incomprendido”. Es más importante comprender sus motivaciones que preparar nuestra respuesta, para lo cual hay que escuchar con todos los sentidos puestos en ello. El lema del equipo de Cambria es: “talk to me”.
  3. Construir la confianza con pequeñas concesiones. No es difícil encontrar pequeñas concesiones que pueden ayudar a facilitar una solución que no era la inicialmente querida por el atracador, pero que era previsible si su plan fallaba. Por ejemplo, dejarle elegir el distrito de policía al que ir (por lo visto, para él tiene su pequeña importancia). Katie Shonk, en su artículo, traslada la cuestión a la negociación profesional y sugiere, por ejemplo, conceder que la reunión tenga lugar en la oficina de nuestro interlocutor, como deferencia hacia él.

Diría que en los anteriores consejos hay suficiente materia como para replantear la relación con nuestros hijos, y sigo pensando especialmente en los adolescentes, que están sumidos en esa confusión temperamental de no fácil manejo.

Por ejemplo, nuestro hijo no ha terminado los deberes, tal como habíamos convenido, y nos dice que se va a poner a jugar un rato a Fortnite (o cualquier juego de ordenador online) con sus amigos, lo que significa, con toda probabilidad, que ya difícilmente los terminará.

Nuestra predisposición puede ser: “ha faltado a su palabra y no quiere hacer los deberes”, pero también podría ser: “quiere hacer los deberes, pero le cuesta y le atrae más jugar con sus amigos”. La primera incorpora un juicio de intenciones que pone a la defensiva y aleja. La segunda, más comprensiva, aproxima.

Nuestra reacción puede ser estrictamente racional: “Has dicho que harías los deberes antes de jugar. Has de ser consecuente con tus decisiones. No puedes jugar hasta que los termines”.

La reacción Cambria podría ser más bien algo así: “la verdad es que este juego no lo acabo de entender: ¿en qué dices que consiste?” o algo similar, y, al rato: “hummm…, pues sí parece divertido…, y, dime, ¿los deberes cuándo los harás, ahora, en un momento, y así ya están, o dentro de un rato? No te queda mucho tiempo, ¿los haces ahora o fijamos una hora para terminarlos? ¿Qué prefieres? Eso sí, ¡con la condición de que ganes a tus amigos!”. Y aquí viene lo más difícil: creerle y que lo note, aunque estemos convencidos de que no los va a hacer. Y avisarle cuando llegue la hora, claro.

En fin, que nadie lo tome como receta. Es una propuesta y no siempre será el mejor camino. Cada uno conoce a los suyos y es el más indicado para afrontar la situación concreta en que se encuentra. Pero sí aconsejo dar alguna vuelta a las recomendaciones de ‘Gentleman Jack’: nos pueden ayudar a descubrir nuevos y fructíferos caminos que explorar. Al fin y al cabo, nuestros adolescentes nos ponen muchas veces en situaciones de estrés que poco tienen que envidiar a un robo con rehenes.

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Amor que bosteza

En los posts anteriores he hablado de lujuria y de ira. Ahora le toca a la pereza, que también amenaza al amor.

El secreto de la desgracia del ser humano -enseñaba Armando Segura en una conferencia a la que tuve ocasión de asistir hace unos años- es considerar el punto de partida como punto de llegada. Y el secreto de su felicidad, considerar el punto de llegada como punto de partida.

En efecto, seguía explicando, el ser humano, para ser esencialmente lo que es, vive fundamentalmente de lo que no existe. Lo que existe, lo que conoce, lo que tiene es siempre punto de partida, y el hombre que se limita a conservarlo (el conservador por naturaleza) es un desgraciado, pues no tiene tarea. O, peor aún, se tiene a sí mismo como tarea.

El hombre sin tarea, sin misión, concluía, es el mayor desgraciado del mundo. Es el hombre que sólo se tiene a sí mismo, que no sueña, que no avanza, que sólo se repite. Es el drogadicto, el alcohólico, el adicto al sexo, para quien su tarea es la repetición y su punto de partida es siempre punto de llegada, ya conoce el final, siempre conoce el final al que está irremisiblemente atado.

Es curioso cómo el amor inteligente, activo, imaginativo y sagaz, tan característico de la época de conquista, puede llegar a degradarse en un amor tonto, perezoso, romo y obtuso, incapaz de activar ningún resorte de atracción. Suele suceder cuando el amante consigue el amor tan deseado y lo confunde con un apéndice de sí mismo en lugar de verlo como su propio proyecto de vida.

Hay parejas que se separan por aburrimiento. El aburrimiento suele tener dos causas: la autocontemplación y la pereza. La primera es evidente: si me centro en mí mismo, me aburro porque ya me conozco mucho. La segunda, también: si no activo mis neuronas y mis músculos emocionales para actualizar mi amor, acabo, por defecto, centrado en mí mismo. Y me acaba dando pereza salir de mí.

Otras, al contrario, se separan por exceso de cambio. ¡Es que ha cambiado tanto!, dicen, con sorpresa, como si de repente cayeran en la cuenta de que no se casaron con un mueble, sino con una persona, que crece y decrece y va y vuelve y se mueve y evoluciona, que es dinámica, proyectiva y futuriza. Normalmente, lo que sucede no es que el otro haya cambiado mucho, sino que yo no he estado atento a su evolución y me he quedado atrás, en mi pobre y aburrido mundo personal.

Hay que vivir el amor en ‘modo conquista’. ¿Quién no recuerda aquella época en que el amor era activo, diligente y perspicaz? ¿Aquellos días, semanas, meses o años en que lo único importante era ella/él y nada costaba esfuerzo porque el sentimiento nos llevaba en volandas?

Esa es una de las grandes virtudes de la fase de enamoramiento, enseña José Pedro Manglano en Construir el Amor: que nos enseña al principio el final. Aquella actitud pronta y decidida, dispuesta a enfrentarse al mundo entero para conquistar a la persona amada es la que hemos de recordar y actualizar. Hay que volver la vista atrás y sacudirse esa pereza existencial que amenaza con instalarse en nuestro matrimonio. ¿Qué puedo hacer? ¡Lo que sea! ¡Todo menos estar parado, estancado! ¡Es mejor equivocarse por exceso que por defecto! ¿Qué hacíamos? ¿Qué le atraía de mí? ¿Qué espera? ¿Qué puedo darle?

¡No hemos llegado! ¡Partimos ahora! Poco importa la mochila que llevemos, los años que tengamos ni lo torpes que hayamos podido llegar a ser en el pasado. ¡Ahora es el momento de comenzar de nuevo! No mañana; ¡hoy! Ahora mismo me pongo a erradicar aquella erosionante rutina de la crítica, a fortalecer el músculo atrofiado del cariño, a recuperar aquel hábito perdido de la delicadeza o a generar de nuevo la confianza ciega que he ido minando yo mismo con mi constante escepticismo…

Contra pereza, diligencia, decían nuestras abuelas cuando no se tenía vergüenza de llamar a las cosas por su nombre. Nuestra mujer, nuestro marido lo merecen. Y nosotros, también, porque, incluso cuando somos incapaces de verlo, allí está nuestra felicidad: en nuestro amor de siempre.

Solo queda una advertencia: dejarse amar. Todo un aprendizaje. Si tu marido o tu mujer intenta algo nuevo o viejo o torpe o ingenuo, pero lucha por amarte más y mejor, no frustres su iniciativa. Déjate amar. Acepta el don, el regalo. ¡Son tantas las veces que ahogamos el amor antes de que pueda acabar de expresarse!

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Amor airado

Cuentan que Julián Marías se dirigía en una ocasión a la universidad con un amigo, se detuvo a comprar el diario en su quiosco habitual y el quiosquero, malhumorado, le trató a cajas destempladas. Julián Marías, en cambio, le respondió con exquisita educación, como si aquello no fuera con él. El amigo, entre sorprendido e indignado, le preguntó después si aquel hombre era siempre así y quiso saber por qué él no le pagaba con la  misma moneda. Julián Marías le explicó entonces que no le compensaba: había decidido hacía ya tiempo que no iba a permitir que aquel hombre malcarado decidiera su propio estado de ánimo, de modo que, fuera cual fuera el que él tuviera esa mañana, nunca lo variaba como consecuencia de las provocaciones del quiosquero, que era, ciertamente, un hombre amargado.

Afirma Aaron Beck en alguno de sus libros: “cuando las parejas se pelean, se establece una progresión: primero, perciben que han sido agraviados de alguna manera; segundo, se enojan; después se sienten impulsados a atacar; y, por último, atacan. Es posible interrumpir esta secuencia en cualquier etapa”.

En efecto, en cualquier momento de la estructura psíquica del enfado podemos intervenir eficazmente…, aunque cada paso lo hace más difícil.

Mi consejo, por lo tanto, es centrarse en el primero, que somos nosotros mismos. Es evidente que, si no hay agravio, no hay enfado. Es un ejercicio interesante. Demasiadas veces estamos tensos por alguna razón que no acertamos a concretar y esa tensión intensifica nuestra susceptibilidad y magnifica los agravios.

Creo que el primer paso para mejorar en nuestra gestión del enfado es conocer los enemigos de nuestra paz emocional. Y me refiero al enfado interior o exterior, porque, aunque en determinadas personas no se manifieste, sigue estando ahí. No hace falta ser psiquiatra. Con el tiempo y un poco de entrenamiento, uno acaba conociéndose.

Por ejemplo, yo tengo comprobado que, cuando me espera un acto público, sea una conferencia, un juicio oral, un speech o una simple charla, lo que, por mi profesión y ocupaciones habituales, sucede con bastante frecuencia, tengo riesgo de especial susceptibilidad. Pero también tengo contrastado que, si las preparo con antelación (lo que no siempre es posible), soy capaz de reducir y hasta eliminar la tensión aneja a la inminencia de estos eventos.

Comprendo que, para muchos de los lectores, lo que acabo de decir resulta una Perogrullada, pero a mí, que debo de ser un poco tocho en esto de la gestión de las emociones, me ha costado años llegar a esta conclusión y descubrir que la gran mayoría de mis enfados (interiores, porque no suelo exteriorizarlos) durante esos períodos obedecen a esa causa.

Y, solo por el hecho de saberlo, puedo (no siempre lo logro) conseguir dos interesantes efectos: desasociar la conducta de los otros de mi propio enfado, es decir, no atribuir mi estado de ánimo a los demás, y llegar a no percibir esos agravios que antes me irritaban.

Esto segundo es muy interesante y puede extenderse a todos los periodos de nuestra existencia, sin limitarse a los de especial tensión. Consiste en aquello tan simple y tan difícil de olvidarse de uno mismo, reclamar el derecho a no tener derechos, del que creo haber hablado ya en algún otro post. Si uno no se cree con derecho a nada, no hay nada que le moleste, porque todo se convierte en un regalo.

Quizás este nivel es pedir demasiado (aunque yo conozco a un par o tres que parecen haberlo alcanzado), pero ir eliminando agravios tontos, que no son tales y que obedecen a nuestra tantas veces exagerada autoestima, léase soberbia, que tanto nos molesta rebajar, tampoco es tan complicado. Eso sí, requiere lápiz y papel, agenda digital o una buena memoria.

Por ejemplo, a partir de ahora, no me enfadará que mi hijo adolescente utilice conmigo expresiones habituales que usa con sus amigos. Le corregiré, naturalmente, pero no alterará mi humor. Tampoco me enfadaré ni me desanimaré cuando mi mujer o mi marido vuelva a informarme tardíamente de un plan que nos compromete a los dos. Se lo diré y le pediré más delicadeza y el uso de los recursos que la tecnología ha puesto a nuestro alcance para suplir la falta de memoria, pero no alterará mi estado de ánimo.

¿Y por qué no me alterará?, podríamos preguntarnos. Porque lo he decidido de antemano y mi mente lo ha procesado. Hacerme de nuevo cada día. Sencillo y apasionante, como el amor. Un verdadero reto. Casi un atrevimiento.

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Amor y lujuria

En algunos posts anteriores he insistido en la importancia de entregar el espíritu junto con el cuerpo porque, siendo la persona humana una e indivisible, no es posible la entrega cabal del primero sin la del segundo. Al estar el cuerpo y el espíritu inescindiblemente unidos, allá donde uno va el otro le acompaña.

Por esta razón, la persona toda sufre cuando se trata al cuerpo como un mero objeto de placer, pues el espíritu no es ajeno ni queda al margen de esa infrautilización, de esa cosificación y le acaba afectando todo lo que sucede al cuerpo.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿cómo sabemos que no estamos infrautilizando nuestro cuerpo o el de otra persona? ¿Cuál es el indicador que permite distinguir un uso adecuado del cuerpo en la relación sexual? Porque, exteriormente, el acto sexual es el mismo entre dos que se acaban de conocer, dos que dicen buscar quererse y dos que se quieren de verdad. ¿Cuándo y en qué circunstancias el acto sexual, placentero por naturaleza, es o deja de ser lujurioso?

Una de las diferencias entre el ser humano y las cosas es que estas pueden ser un medio para alcanzar un fin, mientras que aquel tiene una dignidad que impide (moralmente hablando) su utilización solo como medio, como instrumento para un fin. No puedo (debo) burlarme de una persona por el placer de ver reír a mis amigos. Ni usurpar el trabajo de un compañero para subir un peldaño en mi empresa. Las personas no son instrumentos a mi servicio.

Por la misma razón, no puedo (debo) utilizar un cuerpo humano como mero objeto de placer, como si de un manjar o de un objeto de consumo se tratase. Primero, naturalmente, he de respetar su voluntad. Pero no basta con eso: hay más. Ninguna voluntad humana puede (debe) decidir acerca de su propia dignidad. Una voluntad que, por ejemplo, decidiera esclavizarse y venderse como objeto, estaría tratándose indignamente, estaría equivocada.

Del mismo modo, una voluntad que decidiera tratarse a sí misma -es decir, a su cuerpo inescindiblemente unido- como mero objeto de placer, se estaría tratando indebidamente porque la persona merece ser amada por sí misma y no solo por el mero placer o satisfacción (incluso afectivo) que genera. Y si dos decidieran usar recíprocamente sus cuerpos de esta forma, los dos estarían tratándose, a sí mismos y al otro, inadecuadamente. El reproche moral, podríamos decir, se duplicaría, porque aquí son dos, y no uno solo, los que se tratan indignamente.

Entonces, ¿cuándo se tiene la certeza moral de que no se utiliza el cuerpo, sino que se ama a la persona? Cuando hay una decisión de amar para siempre. En ese momento, deja de ser mi interés, mi satisfacción personal la que reclama la entrega del cuerpo en lo más íntimo. La otra persona puede tener la certeza de que no es mi intención utilizar su cuerpo como mero objeto de placer sexual ni contemplarla a ella como medio para mi satisfacción personal, por la sencilla razón de que se lo he dicho: he prometido amor para siempre a su persona. Le he demostrado con mi promesa que su persona y no mi satisfacción es lo que me mueve a amarle, y, precisamente por eso, puedo amarle para siempre con independencia de mi propio interés. Me pongo a su servicio y le ofrendo todo lo que soy.

En ese momento, la contemplación y entrega de los valores sexuales se transforman en una invitación a la dación mutua: no es una utilización, un préstamo; sino un regalo, una donación.

En el matrimonio, el pudor sexual no es necesario porque tenemos la seguridad de que nuestro marido, nuestra mujer, que nos ha prometido amor para siempre, no nos ve como un mero objeto de placer. En el matrimonio, el pudor corporal se sublima, se transforma en delicadeza. Y, a partir de este momento, esta delicadeza se convierte en el nuevo indicador que determina la bondad de nuestros actos sexuales.

El resquicio por el que la lujuria se introduce en el matrimonio no es ya la búsqueda del placer sexual, que es lo propio y lo que enriquece y humaniza las relaciones sexuales en un contexto de amor verdadero, sino la falta de respeto y delicadeza. Cuando un marido o una mujer abordan la relación sexual en el matrimonio sin tener en cuenta la circunstancia, el deseo y el estado de ánimo de su cónyuge, buscando solo su propia satisfacción sexual, cuando no buscan la unión sino la utilización, entonces le está degradando a mero objeto de placer. Y en eso consiste la lujuria en el matrimonio: no en experimentar el placer unitivo que fortalece la relación, sino en buscarlo de manera egoísta por sí mismo y con olvido, menosprecio o desprecio del otro.

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El triunfo del macho

El verdadero éxito en cualquier negociación, suele decir un buen amigo mío, es que el enemigo se salga con la nuestra. Es decir, que lo que a nosotros nos gustaría lo proponga él. Difícil. Aquí no voy a hablar de enemigos, sino más bien de amigos, amigos complementarios. Traigo este comentario a colación porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que, en algunos ámbitos de nuestra sociedad, el ‘macho’ (o sea, el hombre en crudo), normalmente mucho más torpe que la mujer en el manejo de lo humano, ha logrado llevar a la mujer a su terreno en lo que a relación sexual se refiere, y ha acabado imponiendo los modos masculinos de experimentar esta relación.

Esos modos los explica bien Juan de Dios Larrú cuando confronta la vivencia de la sensualidad del varón y de la mujer: el varón tiene una sensualidad más fuerte y acentuada, más impetuosa, y experimenta una tendencia espontánea hacia la posesión del cuerpo femenino desgajado de la persona (si eso fuera posible), como mera carne que sacie un impulso sexual. Gracias a Dios, es solo una tendencia y es reversible. Pero ahí está. Se puede hacer un experimento: si uno se sienta en cualquier calle o plaza concurrida, sobre todo, ahora, en verano, y se fija en la mirada del varón a la mujer, en especial de ciertos varones, observará sin dificultad que, tendencialmente, se trata de una mirada, digámoslo así, ‘anatómica’. Una mirada que repasa el cuerpo… o se detiene en él, unas veces con descaro, otras con disimulo. Ya después descubre la persona, pero lo primero que avista es el cuerpo.

En cambio, la mirada de la mujer al varón es una mirada ‘psíquica’, no analiza tanto el cuerpo como las intenciones, los sentimientos, el estado interior. Se detiene más en el vestido que en el cuerpo porque el vestido expresa la personalidad, mientras que el cuerpo, en lo que tiene de más material, es casi siempre estandarizable. En síntesis, como explica el autor citado, la mujer experimenta una sensualidad más afectiva, menos corporal, más espiritual, si se quiere. Edith Stein lo explica de manera mucho más poética: “yo pienso que la relación entre alma y cuerpo no es completamente la misma, que la unión natural al cuerpo es de ordinario más íntima en la mujer. Me parece que el alma de la mujer vive y está presente con mayor fuerza en todas las partes del cuerpo y que queda afectada interiormente por todo aquello que ocurre al cuerpo”.

La consecuencia de esta diferente vivencia de la sexualidad es que a la mujer le resulta más extraño que al varón entregar su cuerpo a otro sin entregar su persona, es decir, sin sentir, no solo emocional sino también espiritual, vitalmente, una unión más plena, mientras que el varón es más capaz de separar cuerpo y alma. O eso piensa, porque la verdad es que son inescindibles y todo lo que al cuerpo le sucede acaba afectando a la persona.

Simplificando, y siguiendo la terminología de Edith Stein, se podría decir que, cuando la mujer entrega el cuerpo, entrega también su alma, mientras que el varón es más capaz de separarlos, aunque esto suponga una degradación de su condición de persona, que es una e indivisible. Por esta razón, es fácil y frecuente toparse con mujeres jóvenes rotas por dentro porque han cedido a la insistencia de su pareja o de cualquiera que se les ha insinuado en una discoteca para que anticipe la entrega del cuerpo y la separe de la entrega verdadera y verificada de los afectos y del espíritu. Muchas jóvenes acaban cediendo y terminan dándose cuenta de que, como leí en otro lugar que ahora no recuerdo, han acabado “entregando todo a nadie”.

Una lástima. Justamente en este terreno en que la mujer podría ayudar al varón a experimentar de manera más cabal y humanizada la sensualidad, se ha dejado engañar y ha acabado ‘masculinizando’ su experiencia sexual. No todas, lo sé. Como tampoco todos los hombres tienen una visión tan primitiva de la sexualidad. ¡Faltaría más! Termino, pues, interpelando a estas y estos últimos para que feminicen sin miedo esta parcela de las relaciones humanas. Todos saldremos ganando.

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Gracias I WiL

En esta ocasión, me limito a poner el link al blog de Nuria Chinchilla, donde podréis encontrar un perfecto resumen y el vídeo de la conferencia que tuve ocasión de dar en el foro Iese Women in Leadership.

Agradezco especialmente a Nuria esta oportunidad, y también a Cristina Moreno y a Ana Amat por su cálida y profesional acogida. Es una maravilla poder compartir el anhelo por la verdad del ser humano con profesionales de esta talla.

Y, naturalmente, mi agradecimiento también a todas las asistentes al acto y a la comida posterior. Fue muy motivador comprobar en primera persona que el interés por los temas de fondo sobre la familia y la persona está presente en la agenda de tantas empresas.

Muchas gracias.

https://goo.gl/m99sVu

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¿Casarse por amor?

El uso de las preposiciones en la lengua española es uno de los grandes retos que afronta cualquier escritor, en especial los que son de algún territorio bilingüe, como es mi caso. En muchas ocasiones no es la influencia del segundo idioma la que distorsiona el uso correcto, sino la frecuencia de ciertas composiciones gramaticales que van arraigando hasta integrarse en el modo de hablar propio de un grupo o de un tiempo.

Recuerdo que, en mis primeros años de dedicación al Family Enrichment, cuando moderaba casos del curso Primeros Pasos, para padres con hijos de 0 a 3 años, era muy frecuente oír la expresión “disfrutar de mis hijos”. Esta inocente frase me daba pie para introducir un interesante debate: ¿es lo mismo disfrutar “de” tus hijos que “con” tus hijos? ¿Qué es mejor? Porque también se puede disfrutar “contra” o “a pesar” de tus hijos. Al final, una anécdota gramatical permitía ahondar un poco en la dignidad del hijo como ser autónomo y no como una pertenencia de sus padres.

Algo parecido sucede con la expresión “casarse por amor”, que tiene una fuerza innata que parece expulsar cualquier otra motivación para el matrimonio. La pregunta “¿tú por qué te casas?” remite de manera espontánea a la respuesta “porque le/la quiero”. Y, sin embargo, siendo muy loable, es una razón insuficiente para casarse.

Nadie duda de que es muy bueno querer a alguien. De hecho, todos queremos a muchas personas y nunca nos hemos planteado casarnos con ellas. Aun admitiendo que solo a una de ellas la amamos de verdad, con todos nuestros afectos, nuestra voluntad y con todo lo que somos, ¿por qué casarnos? ¿Por amor? ¿Por el amor que le dispensamos ahora?

Desde luego, el amor que experimentamos hoy es el motor que nos impulsa a querer estar con esa persona, pero no puede asegurar el éxito de nuestro matrimonio. Hay que casarse no por amor, sino “para amar”. Este es el enfoque correcto: me caso “para” amar siempre y en todo momento a esta persona. O, si se quiere, me caso porque quiero quererla, amarla para siempre.

Si no, más vale no casarse. Por amor puedes hacer mil y una tonterías: cantar en la ducha, dar saltos por la calle, sonreír a todo el que te mire, hurtar unas flores en un parterre municipal o gastarte el sueldo de un mes en un regalo extraordinario…, pero ¿casarte? ¿Solo por amor? Es poco.

En posts anteriores he tratado la importancia de poner todos los dinamismos en el amor (afectos, voluntad, inteligencia, memoria, imaginación…), y seguiré haciéndolo. Hoy quería invocar solo la ilusión, el entusiasmo, la convicción de que os vais a amar para siempre y de que esa es la razón (y el corazón) por la que os casáis. ¡Sí! ¡Me caso para amar! ¡Y lo haré siempre, pase lo que pase! No basta el amor que os tenéis en el presente. Si descansáis solo en él, estáis perdidos, vuestro matrimonio fracasará inevitablemente. Pensáis que es mucho, pero yo os digo, desde la experiencia de casi 35 años de matrimonio y 5 de novios, que vuestro amor de ahora, ese que os impulsa a casaros para asegurar vuestra unión y que os parece insuperable, no es nada comparado con la intensidad que puede alcanzar en el futuro, en la fragua de una vida bien acrisolada. Hay que atreverse a amar. Sin miedo. Sin red. Lanzarse a la mayor aventura que existe sin volver la vista atrás. Enamorándose cada día. Volviendo a empezar una y otra vez.

Si el vuestro es un corazón avejentado y mustio que no cree en el amor para siempre…, de verdad, mejor que no os caséis. Pero si el vuestro es un corazón enamorado, joven y resuelto, que se ve poca cosa y desconfía de sí mismo y de su pasado, pero tiene una fe grande en el futuro que el amor es capaz de construir con las fuerzas propias y ajenas (¡Dios incluido!), entonces, si queréis ser felices de verdad, en la profundidad del corazón humano, no lo dudéis: casaos, haceos vulnerables y poneos en manos de quien quiere edificar una vida nueva con vosotros. Y tened la valentía de poner todos los medios, divinos y humanos, para hacer de esa unión el destino de vuestras trayectorias personales, calibrando una y otra vez la brújula sin admitir otro puerto al que arribar que no seáis vosotros dos, aunque soplen vientos contrarios.

¿Veis adónde nos ha llevado una inocente y discutible cuestión gramatical?

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Chusqueros

En la mili[1], más tarde o más temprano, todo el mundo se topaba con un sargento chusquero. Naturalmente, había sargentos de todo tipo: algunos íntegros y con gran calidad humana, otros mediocres y otros malos, como sucede en cualquier profesión. Pero, en todo cuartel que se preciase, solía haber un personajillo oscuro y resentido, soberbio y resabiado, con sagaz dominio de la vida cuartelera y poca formación humana, que se las hacía pasar canutas a los soldados. Su norma de actuación parecía ser que los demás sufrieran todo lo que él había sufrido para llegar a ser sargento. La figura del chusquero se reproducía con relativa facilidad porque siempre había un aspirante a aprendiz que tomaba el testigo de su maestro.

Hoy en día, los chusqueros se han desplazado y pululan por las grandes organizaciones profesionales y empresariales: consultoras, auditoras, bancos, grandes y no tan grandes firmas de abogados, multinacionales, instituciones públicas, etc.

Tienen alguna nota definitoria que difiere del clásico chusquero militar, pero el perfil psicológico es el mismo. Me atrevería a decir que las únicas diferencias esenciales son que los de ahora han estudiado una carrera, hablan idiomas y no huelen a esa mezcla de hierro y sudor tan característica del entorno militar.

En todo lo demás son muy parecidos.

Algunos de sus rasgos más destacados son: una irremisible tendencia a colocarse por encima de los demás, ellos son los importantes; una instrumentalización, a veces burda, a veces sofisticada, de los otros; una incapacidad absoluta de servicio a los demás; una ineptitud evidente para reconocer y agradecer el trabajo ajeno; una ignorancia supina sobre las preocupaciones, anhelos y dificultades de los miembros de sus equipos; en muchos casos, no en todos, una enfermiza veneración al trabajo y una tendencia innata a apropiarse de los éxitos ajenos, ente otras.

No todos estos rasgos son siempre fáciles de detectar porque se combinan con una aguda inteligencia que sabe cómo manejar los hilos, los tiempos y las personas para hacer carrera en la organización que les emplea y, muchas veces, también con unas suaves y hasta educadas formas externas. Sin embargo, hay una prueba irrefutable de la presencia de un chusquero: el menosprecio de la vida personal de sus subordinados, a quienes no ven como personas sino como piezas de una máquina.

¿Y en qué se nota? Yo destacaría dos manifestaciones muy comunes al jefe chusquero: los horarios absurdos e inhumanos, que obligan a muchos jóvenes a llegar a sus casas, con carácter habitual, después de la medianoche tras 14 o más horas de trabajo y la falta de respeto a la agenda de sus subordinados, que han de interrumpir cualquier cosa que estén haciendo a la mínima insinuación del chusquero. Es decir, la prohibición o gran dificultad de desarrollar una vida personal plena e integral que incluya relación social (a veces, incluso de pareja), familia, vida cultural, solidaridad o voluntariado, vida interior y trascendente, etc.

Luego esta realidad se disfraza de formación, de entrenamiento para la vida, de preparación para la presión del trabajo de manager y otras excusas, pero la razón de fondo es la chusquería, y se resume en un par de frases: ‘yo pasé por esto y tú también has de pasar por ello’ y ‘aprende que, hasta que llegues adonde yo he llegado, no eres nadie’. Aunque, en no pocas ocasiones, se añade otra razón: el ahorro de mano de obra para que los socios y jefes puedan seguir ganando lo que apetecen. Y, claro, como les sucedía a los sargentos chusqueros, los roles profesionales se repiten y reproducen con tremenda facilidad, pues el que logra llegar no va a ser menos que sus predecesores.

Termino con una expresiva cita de Carl Gustav Jung, el padre de la psicología analítica, que ya transcribí en otro post:  “[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”

Ah, y una confesión final: iba a titular este post ‘Esclavos y Negreros’. Otra aproximación posible al tema.

[1] Para los más jóvenes, una aclaración: la mili, término coloquial de Servicio Militar Obligatorio, era un período de desarrollo de la actividad militar que los jóvenes varones hacíamos en la reciente antigüedad durante aproximadamente un año.

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El bien del otro

Como prueba de lo poco que hemos cambiado los seres humanos en los últimos siglos, una de las definiciones de amor que ha tenido más aceptación en la historia del pensamiento tiene una antigüedad de más de 2.300 años: “amar es querer el bien del otro en cuanto otro”. Y se la debemos, cómo no, a Aristóteles.

Querer el bien del otro es, en efecto, lo propio del amor, pero no basta. Es una premisa necesaria pero no suficiente. Con un ejemplo se ve enseguida. Había previsto un plan especial con mi mujer esta noche y me llama a media tarde diciéndome que su madre no se encuentra bien, que tiene que ir a cuidarla y que, si no la ve bien, tendrá que quedarse a dormir con ella, que me llama en un rato y me dice. Tras la llamada, yo deseo intensamente la inmediata curación de mi suegra, incluso rezo por ella. Quiero su bien, diría Aristóteles, pero por no en cuanto ella (por razón de ella) sino en cuanto yo (por razón de mí). Es decir, su bien es un medio para conseguir el mío. Probablemente, Kant añadiría aquí que, al no tratar a mi suegra como un fin en sí misma, sino como un medio, la estoy degradando como persona, lo que también me hace a mí indigno de esta condición. ¡Qué barbaridad! ¿Todo esto solo por querer estar con mi mujer?

Es normal que nuestras intenciones no sean siempre puras, sino que estén transidas de emociones e intereses propios, pues, como dijo Enrique Rojas, nadie que no sea una almeja piensa en el vacío emocional. No hay que preocuparse. Son reacciones humanas. Pero también es humano, incluso más, enmendarlas y, aunque la primera reacción pueda tener un tinte egocéntrico, se puede enderezar rectificando la intención. No pasa nada, es un buen ejercicio que nos irá perfeccionando como personas. Con la suegra a lo mejor no es tan fácil, pero no hay que desesperar, todo es posible… En mi caso, por ejemplo, sí era fácil. Y lo sigue siendo, porque, desde que está en el Cielo, solo hago que pedirle ayuda.

Pero la definición de Aristóteles da mucho más juego. ¿Qué es querer el bien de otro? Hay muchos amores que se quedan en la persona del otro, lo cual está muy bien, pero hay que trascenderla. No solo hay que amar a la persona sino también los bienes (se entiende que me refiero preferentemente a bienes espirituales) que está llamada a poseer. Su bien y sus bienes.

Los amores que se detienen en la persona y se encierran en ella corren el riesgo de transformarse en amores posesivos y de acabar viendo al otro como una pertenencia. Esta actitud está detrás de muchos actos de violencia matrimonial o de pareja. Y nuestros jóvenes están especialmente expuestos porque la sociedad les presenta con demasiada frecuencia una parodia de amor que consiste en la posesión inmediata del cuerpo como un objeto de placer, sin contemplar a la persona en toda su profundidad.

Querer el bien del otro consiste, por el contrario, en ayudarle a que se desarrolle como persona, en presentarle los bienes culturales, profesionales, personales o espirituales que le están esperando para hacer de él o ella mejor persona y en invitarle a luchar por ellos. Es animarle y empujarle, si hace falta, a alcanzar las grandes cotas que Dios tiene pensadas para ella. Es allanarle en lo posible el camino de su desarrollo personal sin renunciar a mostrarle sus carencias y puntos de mejora. Es confiar en él o ella en todo lo que haga. Y es pensar siempre en su bien antes que en el nuestro, sabiendo que su crecimiento personal será nuestra mayor conquista, pues, si nuestra naturaleza y nuestro destino es el amor, cuanto más amemos más nos amaremos.

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Tengo a mis hijos…

“El miércoles no puedo, tengo a mis hijos por la tarde”, me contestó el otro día un abogado cuando le propuse tener una reunión. Estaba separado y esa tarde recogía a sus hijos en el colegio y la dedicaba a ellos, pues el resto de la semana convivían con su madre. No era la primera vez que me daban esa razón para descartar un horario de reunión. Como las otras veces, lo encontré muy natural. ¡Faltaría más! Lo primero es lo primero. Y la familia está por encima del trabajo. Pero esta vez me dio que pensar.

Es una experiencia común darse cuenta de lo que uno tiene cuando percibe el riesgo de perderlo. Con la familia también sucede. Tu mujer, tu marido, tus hijos están ahí. No siempre tenemos conciencia actual de su existencia ni de la influencia que ejercen en nuestro bienestar. No se quejan mucho de nuestras ausencias, de nuestras desatenciones, de nuestra falta de disponibilidad. Y, de pronto, un día, por la razón que sea, percibimos su ausencia, el riesgo de perderlos, de que se alejen de nuestras vidas… y reaccionamos.

¿Alguien ha recibido alguna vez una respuesta como esta al convocar una reunión?: “Lo siento, el jueves no puedo, tengo a mi mujer y a mis hijos por la tarde”. Sonaría extraña. Claro que podría cambiarse por: “lo siento, el jueves no puedo, lo dedico a mi marido y a mis hijos”, porque, claro, tenerlos, lo que se dice tenerlos, los tenemos siempre. Y acaso ese sea el problema. Están ahí y nos cuesta percibir el riesgo de perderlos.

Escuché una vez a un experto en gestión de tiempo protestar vehementemente contra la conciliación familia-trabajo, contra el balance, el equilibrio entre estas realidades. “¡Cómo vamos a conciliar o equilibrar realidades que están en un nivel tan diferente de importancia!  Podemos arriesgarnos a perder el trabajo, es duro, pero es sustituible. ¡Pero no podemos arriesgarnos a perder la familia!”, argumentaba. Y defendía que podemos estar engañándonos toda la vida buscando términos soft que disimulen la distinta entidad de estas realidades, pero hasta que alcancemos la conclusión de que la única relación posible es la subordinación del trabajo a la familia, no encontraremos la felicidad en este ámbito. Creo que, últimamente, los más expertos prefieren hablar de ‘integración’ de la vida laboral y la vida de familia. Mucho mejor.

Hay trabajos muy exigentes. Y también mucha gente que se engaña a sí misma acerca de la importancia del trabajo o la profesión, cuya relación con la persona y la familia, aunque a veces nos cueste verlo, es de medio a fin.

Y no creo que sea solo una cuestión de horas (que también), sino de prioridades. He conocido personas que han pasado temporadas de durísimo trabajo, con exigencias de dedicación casi sobrehumanas y no han dejado de llevar consigo a su familia ni de volver a ella una y otra vez, creativa y perseverantemente, en cuanto podían.

No me cuesta admitir que en este terreno la mujer suele ir por delante del varón. Ella lleva siempre a su familia consigo con tremenda naturalidad. Nunca se olvida. No tiene vergüenza alguna de hablar de su familia en cualquier reunión, por encopetada que sea. A nosotros nos cuesta más. ¡Y cuánto ayuda a humanizar las relaciones meter la familia en la conversación!

Vuelvo al principio. La respuesta de aquel abogado me ha hecho reflexionar. ¿No deberíamos, precisamente los que estamos casados, es decir, los que hemos hecho profesión de amar, ser más explícitos acerca del amor a nuestra mujer o marido y a nuestros hijos?  ¿No tendríamos que evidenciar más palmariamente la preferencia, una tarde o una mañana cualquiera, de nuestra familia sobre el trabajo o, simplemente, hablar de ellos en cualquier ocasión?

Soy consciente de que es una realidad muy compleja. Hay grandes expertos, trabajos muy diferentes, algunos con sujeción horaria inevitable (lo que no excluye la ‘presencia’ de la familia), y no se puede generalizar. Solo quería apuntar una reflexión personal y lanzar al aire una pregunta que me hago a mí mismo: ¿es mi familia realmente prioritaria? Y, ya puestos, sugerir un camino: hacer más visibles a nuestras familias; visibilizarlas, como se dice ahora.

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