Hace unos meses leí un magnífico post de José Fernando Calderero, La mirada que sana (y nos sana), en el que recordaba una escena de la película My Fair Lady. En ella, Eliza Doolittle, la humilde florista que el profesor Higgins quiere convertir en dama, explica por qué el coronel Pickering había influido mucho más en su vida que el profesor. Sus palabras son estas:
«Una de las cosas que he podido aprender es que la diferencia entre una dama y una florista no está en su comportamiento sino en cómo la tratan. Siempre seré una florista para el profesor Higgins porque siempre me ha tratado y me tratará como a una florista. Pero para el coronel Pickering siempre seré una dama porque como a una dama me ha tratado y siempre lo hará así.»
En 1913, año en que Bernard Shaw escribió Pigmalión, la obra en que se basa el musical My fair lady, parecía imposible que una florista pudiera transformarse en una dama. Pero todos acabamos pareciéndonos, en alguna medida, a la mirada con la que somos contemplados.
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