Soneto de Sábado Santo

¿Y si la muerte todo no acabara
y su silencio no prevaleciera?
¿Y si la Cruz el tiempo detuviera
y mañana Jesús resucitara?

¿Y si a mi puerta un día Dios llamara
y yo por sepultado lo tuviera?
¿Y si tocar sus llagas yo pidiera
por no creer que tanto Dios me amara?

¿Y si yo fuera apóstol por un día
y huyera y le negara y sospechara
por miedo, cerrazón y cobardía?

¿Y si Jesús después me confortara
y yo anduviera al lado de María?
¿Y si en amor la Cruz me transformara?

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Un encuentro semanal

Como sucede en tantas familias, cuando mis cinco hermanos y yo empezamos a volar y mis padres se quedaron con el nido vacío, mi madre (q.e.p.d.) nos pidió que fuéramos un día a la semana a comer, cosa que, naturalmente, hacíamos de muy buen grado. De hecho, durante los primeros años de vida independiente, más de uno intentaba colarse a diario para comer gratis en casa de nuestros padres. A pesar de ser seis varones, cinco casados, las nueras estaban encantadas porque mi madre fue siempre una suegra muy poco ‘suegra’.

Después, vinieron los nietos y a la comida de los martes se añadió otra los sábados, para que los abuelos pudieran disfrutar de hijos y nietos. De hecho, el sábado devino pronto el día principal de encuentro. Como somos algo prolíficos, la comida con tanta gente se fue haciendo complicada y mi madre decidió transformarla en merienda-cena, más informal. Mis padres cuidaban todo al mínimo detalle para que nos encontráramos cómodos y pudieran disfrutar de nosotros, y nosotros de ellos. Los bocadillos, quesos y demás comida que sabían nos gustaban, las pastas de las pastelerías favoritas, las bebidas que cada uno prefería… y, con el tiempo, una canguro (babysitter, para los de fuera de España) que atendiera a los más pequeños y a los más gamberros de los nietos.

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Lo profundo de la vida

Como ya saben los lectores asiduos de mis posts, mi hermano pequeño es monje de la Comunidad del Cordero. Su carisma es ser contemplativo en medio del mundo de la pobreza. No tiene nada propio y pide cada día su comida. Si no se la dan, come en los comedores públicos, en los de la Madre Teresa o donde pueda… o no come. Otras veces, me contaba, les toca comer arroz durante una semana entera, porque es lo que hay. En mi casa, en cambio, cuando se ha comido pasta se procura cenar algo distinto y si, a veces, muy pocas, por error o por descuido, se repite, no es raro escuchar alguna protesta.

Como es un hombre místico y muy metido en Dios, mi hermano pronuncia ciertas frases enigmáticas, que cuesta descifrar. En un post antiguo mencioné, como de pasada, un comentario que me hizo mi hermano un día, hablando de sus hermanos los pobres: “los pobres viven en lo profundo de la vida”, me dijo. Después de mucho tiempo de dar vueltas a la frase, fui captando la verdad honda que encerraba. En efecto, las decisiones diarias de los pobres son de tal calado que pueden significar la vida o la muerte, la salud o la enfermedad, el hambre o la alimentación…

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In… ¡movilizado!

Me decía una persona que hoy lo que mueve son los testimonios, así que he pensado que voy a transmitir el mío. Quiero contar una experiencia extraordinaria, casi mística, que tuve la fortuna de vivir ayer.

Cuando salí de casa todavía ignorante del tremendo descuido que acababa de tener y me subí a mi bicicleta, tuve una visión premonitoria. Un grupo de estudiantes miraban asombrados y hacían todo tipo de comentarios respecto de un raro espécimen de la raza humana que se aproximaba a ellos. Yo le veía de espaldas y, al principio, no observé nada extraño: caminaba, como todos, la cabeza levemente inclinada hacia el móvil. Pero, cuando le adelanté, una imagen espeluznante, inédita e imprevisible azotó mi todavía dormida retina: se trataba de un tipo corriente (ya dijo Ricardo Yepes que hoy la gente corriente es gente corriendo) que caminaba plácidamente, como todos, pero lo que sujetaban sus manos y captaba poderosamente su atención no era un móvil, era… ¡un libro!

No le di más importancia y me fui a Misa (ya saben, esa costumbre tan humana de intentar ver cada día a los que más amas). Al terminar, metí la mano en el bolsillo de la chaqueta en busca de mi móvil. Vacío. Mantuve la calma. Estará en el pantalón. Esta mañana lo he usado en casa antes de ponerme la chaqueta. Vacío. No puede ser… Palpé todos mis bolsillos, y tampoco. ¡Ah, la mochila! Claro, lo habré metido sin querer junto con el portátil. Ya me pasó una vez.

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Happycondríacos

Hace unos años publiqué un libro breve bajo el título “A las alfombras felices no les gusta volar”. Quería ser una sencilla respuesta a los clásicos y autorreferenciales libros de autoayuda, muchos de los cuales defienden una filosofía de vida centrada en uno mismo e invitan a pensar que la felicidad consiste en ir apartando de tu vida todo aquello que impide tu propia expresión personal. Y, desde esta perspectiva, hay muchos factores a purgar: un marido o mujer que ya no aporta, unos hijos que robarán tiempo, los amigos pesados, los aspectos rutinarios del trabajo, un ser dependiente que molesta y mil ataduras más que no nos dejan volar a nuestro libre albedrío.

Por eso, el subtítulo del libro era: “un libro de autoayuda a los demás” y la conclusión, una poco original y antigua verdad que fue revelada hace ya más de veinte siglos: hay más alegría en dar que en recibir.

Ahora, recibo la agradable sorpresa de la publicación en España, por parte de socióloga israelí Eva Illouz y el psicólogo español Edgar Cabanas, de su obra “Happycracia, cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas”, que ha tenido un notable éxito editorial en Francia.

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Christchurch: Dios no es poder

Hoy no me tocaba escribir, pero he recibido un mensaje y no he podido evitarlo. Tengo varios amigos neozelandeses, y mi segundo hijo, Javi, todavía más. Pasó varios meses precisamente en Christchurch, ciudad de bello y hoy paradójico nombre, en un intercambio universitario. Ahora vive en México y nos ha explicado que varios de sus amigos musulmanes han perdido familiares y amigos o se han salvado de milagro de morir bajo las balas del terror incomprensible.

Las escalofriantes imágenes de la matanza asustan sobre todo por lo ordinario y anodino. La banalidad del mal, como advertía Hannah Arendt. Si cualquiera de nosotros hubiéramos pasado por el salón de nuestra casa y nos hubiéramos encontrado a nuestro hijo de doce años ante una pantalla viendo las crudas imágenes que grabó el asesino, probablemente nos habríamos limitado a decirle: “Hola, hijo, ¿a qué estás jugando?

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Inmortales por amor

Desde una perspectiva estrictamente química, un ser humano que pesara 70 kilos estaría compuesto de los siguientes elementos:

45,5 kg de oxígeno (65%)
12,6 kg de carbono (18 %)
7kg de hidrógeno (10%)
2,2 kg de nitrógeno (3.14%)
1,05 kg de calcio (1.5%)
770 g de fósforo (1.1%)
245 g de potasio (0.35%)
175 g de azufre (0.25%)
105 g de sodio (0.15%)
100 g de cloro (0.14%)
3 g de hierro (0.004%)
3,5 g de magnesio (0.005%)
2 g de zinc (0.0028%)
0,2 g de manganeso (0.00028%)
0,15 g de cobre (0.0002%)
0,03 g de yodo (0.000004%)
Y pequeñas trazas de:
Boro
Bromo
Cromo
Cobalto
Flúor
Hierro
Manganeso
Molibdeno
Níquel
Selenio
Silicio
Vanadio

Francamente desilusionante. Todo materia, todo caduco. Se comprende que quienes tienen esta visión del ser humano encuentren dificultades insalvables para prometer amor para siempre. No es fácil localizar en esta composición el lugar en que la persona amada puede albergar nuestra promesa de amor. Menos aún dar con el núcleo de su correspondencia: ¿me amará con el oxígeno?, ¿cuánto azufre pondrá en nuestra relación?, ¿brillará su amor como el fósforo o el nitrógeno lo hará explosivo?

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Vegetarianos por amor

Hubo un tiempo en que parecía estar de moda definirse como católico no practicante. Y a mí, que era (y sigo siendo) católico, me parecía una contradicción. La primera imagen que me venía a la cabeza era la de una persona zampándose un gran filete de buey que dijera: soy vegetariano no practicante. Un contrasentido. Nadie le tomaría en serio. No resulta muy coherente ser vegetariano y engullir un entrecot.

Y es que ser católico y no ponerlo en práctica es perderse lo mejor de ser católico. Sobre todo hoy en día, que ser católico no tiene muy buena prensa, mientras que practicar lo propio del catolicismo sí la tiene (sobre todo si no se asocia con ser católico): ayudar a los demás, ser solidario, dar dinero a los que lo necesitan, ser austero en el uso de los medios y no esquilmar los recursos naturales, amar a todos sin distinción, practicar la meditación personal, participar en asambleas (en griego, ἐκκλησία, es decir ecclesia)…, en fin, lo característico del catolicismo. A no ser que uno haya tenido la mala suerte de conocer a pocos católicos y que todos practiquen mal su fe, que ya es mala suerte, con la de millones que hay.

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Prejuicios

Estaba satisfecho: hacía tan solo unos meses que se había incorporado a una de las firmas de mayor prestigio del país. Tenía ante sí una brillante carrera y era consciente de lo mucho que podía aportar. Era un joven abogado con una familia incipiente, cinco años ya de ejercicio profesional, una depurada educación y formación académica y, además, profesor universitario. 

Bastaron dos o tres reuniones con el director de la oficina, unos treinta años mayor que él, para darse cuenta de que el hombre estaba ya un tanto desfasado. Aunque el director podía aportar el peso de su experiencia y veteranía, algunos jóvenes asociados no parecían reconocer en esas cualidades otra cosa que el paso del tiempo: “¿Acaso es esto un Ministerio, en que la gente progresa por quinquenios? Aquí lo que cuenta es la eficacia y la rentabilidad -le había dicho un compañero al joven abogado, criticando al director-, a este le queda un telediario”.

Además, su vida personal tampoco era una maravilla. Estaba divorciado. No como él, que tenía una familia creciente y unida.

Una tarde, el joven y -según algunos decían- brillante abogado entró en el despacho del director para preparar la estrategia a seguir ante una eventual demanda judicial con la que habían amenazado a un cliente. Se trataba de elucubrar acerca de las posibles acciones que emprendería el contrario y preparar una estrategia defensiva que mejorara la posición del cliente.

Cuando estaban reunidos delante del ordenador del director analizando los documentos enviados por su cliente, el aviso de un email entrante saltó a la pantalla. El asunto del email era: “estrategia procesal”.

-Qué raro… -se extrañó el director-. Es del abogado contrario de este asunto. A ver si quiere llegar a un acuerdo…

El email adjuntaba un archivo en formato Word con el mismo título. Lo abrió y se encontró con un regalo inesperado: el informe que el abogado contrario dirigía a su cliente y que, como se deducía de las primeras líneas del índice, contenía la propuesta de ejercicio de acciones judiciales detallada hasta el extremo.

-¡Has visto! ¡Se ha equivocado! Nos ha mandado a nosotros el email dirigido a su cliente… ¡Lo tenemos! ¡Qué fuerte! –exclamó el joven abogado.

El director le miró sin inmutarse, pulsó las teclas mayús+supr y eliminó el email permanentemente. Acto seguido, envió un email al abogado contrario advirtiéndole de su error y asegurándole que, naturalmente, no había accedido al contenido del archivo adjunto y lo había eliminado de forma definitiva.

Después, sin dar explicación alguna, se dirigió al joven y supuestamente brillante abogado y le invitó a reflexionar aún con más ahínco y perspicacia sobre la estrategia defensiva a seguir, ahora que tenían la certeza de que una acción judicial bien estudiada iba a ser presentada en breve.

El joven y ya menos brillante abogado no acertó a decir nada. Acababa de recibir de la manera más natural y delicada una de las lecciones profesionales más extraordinarias que recibiría en su vida. Y, junto a la profesional, una todavía más profunda lección humana. En escasos diez segundos había podido calibrar la hondura moral de alguien a quien, con cuatro datos mal interpretados, había tenido la tentación de mirar por encima del hombro.

La verdad es que cuando, hace ya unos 25 años, me sucedió esto, no existían los emails, el informe lo recibimos por fax, el director (que ya ha fallecido) lo hizo trizas ante mis narices, lo tiró a su papelera y acto seguido contestó con otro fax indicando al remitente el error que había cometido, pero he pensado que valía la pena modernizar la anécdota, que tanto me sirvió en el futuro para reprimir los juicios temerarios y para orientar mi conducta profesional, a fin de que los lectores de cualquier edad la pudieran entender en la primera lectura.

¡Qué injustos pueden llegar a ser los prejuicios!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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