No me gustan las multitudes. La última vez que fui a un concierto, me encontré de pronto luchando por quitarme una pulsera que me habían regalado al entrar y me había puesto ingenuamente, cuando me percaté de que el cantante nos invitaba a moverla pendularmente al compás de una emotiva y bella melodía con cuya letra discrepaba frontalmente. Hay en mí como una resistencia natural, casi atávica: ya desde niño, la incitación de un payaso o de un conductor de espectáculo a chillar mas fuerte (¡no os oigo!), me producía el efecto contrario, como una invitación al silencio.
Tampoco me siento cómodo entre los codazos y urgencias por ser el primero en ver, tocar o simplemente acercarse al líder o al famoso que convoca a la multitud, ni entre ciertos movimientos preliminares de los días o minutos previos para conseguir el mejor lugar. Algo leí en su día acerca de los últimos y los primeros que me convenció bastante.
Pero, bueno, hay muchas otras cosas que no me gustan y las hago, por mí mismo o por los demás, como levantarme esta mañana muy temprano después de haber dormido pocas horas tras haber pasado una inolvidable tarde y noche con el papa León y 40.000 personas más.
Sigue leyendo