Abrir el paracaídas

En el post pasado hablaba del vértigo ante la decisión de amar para siempre. Hoy quiero hablar del día después, el día siguiente a haber decidido entregar la vida.

En las últimas semanas he tenido la fortuna de asistir o seguir más o menos de cerca dos tomas de hábito, una decisión de entrar en el seminario, algunas bodas y varias invitaciones a futuros casamientos. También he vivido de cerca varios casos de voluntad decidida de salvar una relación en peligro. Con distintos matices, todas son decisiones de amor, de amor auténtico que no pone fecha de caducidad.

Y estoy muy contento porque veo que el amor para siempre tiene mucha más vitalidad de la que indican las estadísticas y los agoreros del amor.

En más de una ocasión he utilizado la imagen del salto en paracaídas como alegoría de la decisión de amar para siempre, pero me he detenido en la decisión de saltar. Si decides saltar, has tenido valor para hacerlo. Si no lo decides, no lo has tenido. No hay vuelta de hoja. Y yo sostengo que con la decisión de amar para siempre sucede algo parecido: si lo decides, puedes hacerlo; si no, difícilmente lo harás.

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Media naranja

Las dos semanas pasadas he impartido, primero a jóvenes solteros y después a los padres de un colegio, una conferencia parecida sobre los fundamentos del amor, el noviazgo y el matrimonio, enfocada al amor para siempre, que es como yo lo concibo.

Entre que era tarde, el asunto es delicado y me extendí demasiado, no hubo preguntas al final, pero, después, en los corrillos que se iban formando cuando me venían a saludar algunos salieron temas interesantes.

Uno de ellos lo planteó una joven que se acercó con sus amigas, y venía a ser así: ¿cómo sé que él es el hombre de mi vida? Y añadió: si no tienes un sentimiento hacia él muy fuerte, pero estás bien con él, ¿cómo puedes estar segura de casarte con él?

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Cada uno de todos

Estoy todavía navegando en la estela que ha dejado el congreso de Family Enrichment celebrado en Londres hace dos semanas cuando me llegan dos informaciones relacionadas.

Por un lado, una estadística que se anuncia así: “57 de cada 100 matrimonios terminan en divorcio en España”.

Por otro lado, una petición de un seguidor del blog, que solicita “razones para animar a los matrimonios a formarse y fortalecer su relación”.

Confieso que, de manera intuitiva, siempre he desconfiado de las estadísticas. No porque no las crea, que lo hago, sino porque, a pesar de ser el método más científico y aséptico de aproximarse a muchas realidades, olvidan el aspecto humano de la cuestión.

En alguna ocasión, cuando algún cliente me ha preguntado el porcentaje de probabilidad de ganar el pleito, le he contestado: yo creo que, estadísticamente, un 75%; lo que no le puedo asegurar es si usted está en el 75 o en el 25.

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Family Enrichment culture (Eng.)

In one of my July posts I wrote about the IFFD’s International Family Enrichment Congress (www.iffd.org) that we were going to hold on October 18-20. It was entitled: Family, the Face of Humanity, and it is the good cause that prevented me from writing for two weeks in a row. How fulfilling life is when you manage to forget a little about yourself!

We left Barcelona on Thursday in full social convulsion, we arrived in London in full political turmoil and, shortly after arriving, we met our Ecuadorian and Chilean friends, who are also experiencing moments of political and popular agitation. Afterwards, we greeted many others, up to the 70 countries of the five continents members of IFFD. Although not everyone could be physically there, everyone was in spirit.

Boarding the plane back last night, I began to check whatsapps and I found a sentence from my dear sister-in-law and neighbor, who has accompanied us to London to present a precious social action project, Families without Barriers, and which definitely inspired me this post: “Let the politicians take off and let the families do!”

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Family Enrichment culture

En uno de mis posts del mes de julio escribí sobre el congreso internacional de Family Enrichment de la IFFD (www.iffd.org) que íbamos a celebrar los días 18 a 20 de octubre. Ha llevado por título: La Familia, el Rostro de lo Humano, y es la feliz causa que me ha impedido escribir durante dos semanas seguidas. ¡Qué plena es la vida cuando logras olvidarte un poco de ti mismo!

Salimos de Barcelona el jueves en plena convulsión social, llegamos a Londres en plena sacudida política y, al poco de llegar, nos encontramos con nuestros amigos ecuatorianos y chilenos, que están también viviendo momentos de agitación política y popular. Después, fuimos saludando a muchos otros, hasta los 70 países de los cinco continentes que forman parte de la IFFD. Aunque no todos pudieron estar físicamente, todos lo estuvieron en espíritu.

Subiendo anoche al avión de vuelta, me puse a revisar whatsapps y me encontré con una frase de mi querida cuñada y vecina, que nos ha acompañado a Londres para presentar un precioso proyecto de acción social, Familias sin Barreras, y que definitivamente me inspira este post: “que se quiten los políticos y dejen hacer a las familias!!!”

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Modos de decir

El fin de semana pasado, estaba en una casa particular con un grupo de jóvenes que jugaban a cartas cuando una de las chicas le dijo a su novio: “¿Te apetece una copita de vino blanco?

El chico declinó amablemente. Yo miré primero a su novia, después a él y le dije: “Creo que no la has entendido: te está pidiendo una copa de vino blanco. Es a ella a quien le apetece”. Se miraron, ella asintió, se generó una carcajada general y el novio se levantó solícito a buscar la copa de vino blanco mientras decía: ¡Es verdad…, cómo no he caído!

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Espacio vital

Siempre me ha llamado la atención la expresión ‘espacio vital’. Más que la expresión, el sentido que se le da. Escuchas a alguien quejarse de que necesita su ‘espacio vital’ y te preguntas: ¿a qué se referirá? Indagas y pronto caes en la cuenta de que en realidad no está hablando de espacio vital, sino de espacio personal.

Recuerdo muy bien un comentario de Josep Argemí, Catedrático de Pediatría que fue Rector de la Universitat Internacional de Catalunya y, sobre todo, padre de familia numerosa y brillante moderador de los cursos de Family Enrichment (www.iffd.org), en el primer curso al que asistí, para padres con hijos entre menos nueve meses y tres años. Él, probablemente, no se acordará, pero comentó que no resulta extraño en padres con familias grandes y corazón generoso guardar la raqueta un día y recuperarla al cabo de unos años llena de telarañas. Era un ejemplo, claro, porque la raqueta es compatible con cualquier tipo de familia. Ya se entiende lo que quería decir.

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La soledad sonora

Este verano estábamos Loles y yo haciendo una pequeña excursión cuando, desde la ladera de la montaña, pudimos escuchar con todo detalle la conversación de dos ciclistas que subían por una carretera secundaria en la ladera del otro lado de un estrecho valle, a no menos de 500 metros de distancia en línea recta.

Uno de los grandes misterios que encierra la montaña es el silencio. El mar es un rumor que no se oye y la montaña, un silencio que se escucha.

Estas vacaciones me ha dado por rezar con el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, un poema largo, exigente y difícil de entender, más aún para un ciudadano del siglo XXI, si no se siguen las explicaciones del autor (muy recomendables, por cierto), que yo ya no recordaba porque las leí hace no menos de 25 años.

Sin embargo, como la poesía son imágenes y música escritas, basta a veces la lectura reposada de una estrofa para captar la esencia de lo que el poeta quería transmitir.

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La tarea del amor

Como he dicho en anteriores posts siguiendo la propuesta de José Noriega (El Destino del Eros), la tarea del noviazgo es verificar el amor: en síntesis, que hemos descubierto y vamos en pos de la misma verdad y que tenemos o hemos adquirido las virtudes mínimas para hacerla realidad.

Pero, ¿cuál es la tarea del amor? ¿Para qué nos prepara el noviazgo?

Una de las grandes dificultades de cualquier relación, que no es de hoy pero se ha acentuado en estos tiempos, es el compromiso. Llega un momento en que la incertidumbre propia de lo provisional no basta y se busca una cierta seguridad. Pero el compromiso para toda la vida, que es el propio del amor con mayúsculas, asusta, da vértigo. Siempre lo ha dado, no nos vamos a engañar.

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Dureza de corazón

Cuando tenía treinta años, una persona próxima a mí, felizmente casada y que se aproximaba a los sesenta, hablando consigo mismo pero con la clara intención de que yo la escuchara, soltó esta frase: “las mujeres siempre piensan que sus maridos son los más tontos”. No le di más importancia porque la persona que la pronunció era brillante e inteligente y resultaba evidente que era la reacción a un enfado matrimonial, pero la frase se grabó en mi memoria. Con el tiempo he podido comprobar que aquel desahogo escondía más verdad de la que aparentaba.

Algunos matrimonios, en efecto, evolucionan inadvertidamente hacia la dureza de corazón. Marido y mujer se conocen tanto que rechazan cualquier posibilidad de sorpresa. “Ahora dirá…”, “seguro que no ha…”, “qué va a saber él/ella, si nunca…”, “no sé ni porqué se lo pregunto…”, “ya está, otra vez…”

Los que están alrededor apenas lo perciben, pero las respuestas, los comentarios, los gestos suelen ser menospreciativos, duros, rutinarios en el mejor de los casos. Esta cerrazón de espíritu se condimenta a veces con la comparación…, y los o las demás acaban pareciendo siempre más atentos, más interesantes, más atractivos.

Se instaura entonces una especie de rutina de la decepción y se frustra un elemento esencial en el amor: la admiración. No se espera nada nuevo. Se renuncia a profundizar en la insondable personalidad del otro porque se ha decidido previamente que está ya agotada, de modo que, aunque pueda haberlo, no se percibe ningún cambio. No hay progreso. Las energías se vierten entonces hacia fuera, en otra dirección: hacia el trabajo, los o las amigas, el deporte, las aficiones… y se acaban viviendo vidas paralelas. Y, claro, cuando no se espera nada bueno ni nuevo de alguien, uno se acaba fijando solo en lo malo, y eso es lo que ve. Las muestras de cariño se espacian y acaban desapareciendo…

No sigo. Si se percibe un mínimo síntoma de esta deriva, y las vacaciones han sido a buen seguro un tiempo apto para ello, hay que reaccionar. ¿Cómo? Tres ideas sencillas:

  • Volver la vista atrás. La fase de enamoramiento tiene la virtud de mostrar al principio el final. ¿Qué hacíamos de novios, de recién casados? ¿Qué le gustaba? ¿Qué nos hacía reír? ¿Qué nos atraía mutuamente?
  • No esperar a que cambie el otro. Cambiar yo. En algo sencillo. ¿Qué le gustaría? ¿Qué espera? ¿De qué se queja? Sin olvidar que las quejas en el matrimonio no suelen ser tanto reproches (que también) como peticiones.
  • Disponerme a la sorpresa, a la admiración. Bucear en su personalidad y descubrir algo nuevo o algo viejo y ya olvidado. Abrir en casa, en mi familia, en mi corazón un ámbito de reconocimiento y admiración. Redescubrir aquella cualidad que me enamoró un día… ¡y decírselo en algún momento!

Todo esto para el caso de que solo uno perciba los síntomas. Si los vemos los dos y queremos salvar la relación, entonces hay que añadir el diálogo y, si no avanzamos, la humildad de pedir consejo.

Y, sobre todo, prohibido enviarle este post a él o ella, salvo que sea junto con un mea culpa, que las indirectas no son propias del amor.

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes

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