Los buenos amigos

Ayer cenamos tres matrimonios amigos. Los maridos nos conocimos en las milicias universitarias, aquel tiempo dedicado a la formación militar que los más jóvenes desconocen, que a nosotros nos parecía una pérdida de tiempo y que, finalmente, resultó ser la oportunidad para fraguar algunas de las amistades más profundas, intensas y duraderas de nuestras vidas. Todos llevamos en torno a 35 años casados. Hemos hecho muchos planes juntos: cenas, excursiones, eventos familiares varios (primero bautizos, después comuniones, ahora bodas de nuestros hijos), cursos de orientación familiar para formarnos como padres y como esposos…

Tenemos maneras de ser muy diferentes. Hemos ido a colegios distintos. Nuestras mujeres se conocieron a medida que cada uno fuimos teniendo novia. Congeniaron enseguida. Cada cual ha pasado sus avatares personales, profesionales, familiares…, y siempre ha encontrado a los demás ahí, sin entrometerse innecesariamente, sin hacer ruido, con discreción, pero aportando todo lo que tenía y proponiendo lo mejor, siempre dispuestos.

Cuando volvíamos a casa después de la cena, Loles y yo comentábamos: ¡qué suerte haber encontrado unos amigos como estos… y tantos otros que nos han ayudado a amarnos más cada día! ¿Y realmente es así? ¿Los amigos te ayudan a amar más a tu mujer, a tu marido?

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La fuerza de la palabra

Hace algunos años me contaron esta anécdota. Subían un padre y su hijo pequeño por la escalera de un parking y, detrás de ellos, un señor con acento extranjero se ofreció a llevar la bolsa del pequeño, que pesaba mucho. Cuando llegaron a la puerta de salida, le devolvió la bolsa, le sujetó la puerta para que pudiera pasar y se despidió amablemente. El niño dijo a su padre: papá, ¿ese señor era francés? Creo que sí, hijo, contestó el padre. Y el niño apostilló: Qué raro, porque era muy simpático. A partir de aquel día, aquel padre revisó los comentarios que hacía en su casa sobre los franceses.

Me acordé de esta anécdota al leer la recomendación de David Neuhaus, superior de los jesuitas en Tierra Santa, en una entrevista: “una de las cosas más importantes que tenemos que hacer es vigilar nuestras lenguas. Que cada palabra que hablemos promueva la justicia y la paz, el perdón y la reconciliación. Nuestras palabras crean los mundos en los que vivimos nosotros y nuestros hijos”.

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Es de bien nacido ser agradecido

El viernes pasado subíamos con nuestro hijo Pablo, el último adolescente, a una casa que tenemos mi mujer, el banco y yo en la montaña. En mis oídos aún retumbaba la amenaza que habíamos recibido una de las veces que habíamos ‘invitado con firmeza’ (por utilizar un eufemismo al uso) a un hijo adolescente a disfrutar de un idílico fin de semana en la naturaleza solo con sus amados padres: subió al coche y, antes de abrocharse el cinturón de seguridad, dijo en tono apocalíptico, casi a modo de despedida: “Este va a ser el peor fin de semana de vuestras vidas”. Como en el fondo son buenos chicos, se apiadó de nosotros y no cumplió su amenaza.

El viaje transcurrió plácidamente y, al llegar a nuestra casa, entendí por qué Pablo no había ofrecido la resistencia que yo esperaba: mi familia me había preparado una sorpresa para celebrar mis sesenta años, que cumplí este lunes pasado, y estaban todos nuestros hijos, nieto incluido, esperándome para hacerme el mejor regalo que podía imaginar: ¡un fin de semana todos juntos! Y, lo que es mejor, estando todo el mundo atento a mí, sin discutir mis decisiones. Incluso pude escoger yo la excursión (de entre las dos que me dijo mi mujer, claro, tampoco hay que exagerar) ¡y nadie protestó en ningún momento! Esta semana, cuando lo explicaba a un grupo de amigos, uno me dijo: ¡Ah, ¿es a los sesenta cuando se logra esto?!

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La primera papilla

Esta semana han coincidido tres eventos sin aparente conexión: en el Congreso se ha aprobado la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, un Conseller iluminado ha dicho que en el siglo XXI no se puede financiar la educación diferenciada y hemos dado la primera papilla a mi primer nieto.

Empezaré por lo más importante. Las primeras cucharadas parecían disgustarle un poco, pero, a fuerza de insistir, ha ido cogiendo el sabor y ha tomado bastante. Su madre confía que en las próximas tomas vaya aceptando la fruta porque, aunque él no lo sabe, es lo que le conviene.

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Una sola carne

Empecé a salir con mi mujer a los 17 años, nos casamos a mis 22 y llevamos casi 37 años de matrimonio. A nadie extraña que, a veces, entre bromas y veras afirme que no recuerdo haber sido soltero. En serio, no soy capaz de imaginarme a mí mismo sin ella.

A los teólogos les cuesta explicar la expresión “una sola carne” con que el Génesis, y después el mismo Cristo, definen el matrimonio. San Juan Pablo II escribió más de seiscientas páginas para desarrollar esta idea. A un esposo unido a su mujer le basta un pensamiento en voz alta de ella para captar la idea. “Cariño, tendríamos que cambiar estas bombillas”, dice su mujer. Y él, después de 37 años, oye: “cariño, ¿puedes cambiar esas bombillas? Y, lo mejor de todo, va y lo hace. Una sola carne.

La matrimonialidad es otra de las dimensiones de la familiaridad. Y de ella, aunque esté siempre presente en este blog, voy a hablar hoy brevemente.

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¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?

Mi padre me explicó una vez una anécdota muy curiosa. Tenía un amigo que pasaba penurias económicas cuyo padre era muy rico y no quería dejar nada a los hijos en vida. El hombre vivía a la espera de la herencia. Cuando murió el padre, uno de los hermanos se encontraba fuera de España, y el amigo de mi padre le mandó el siguiente telegrama para informarle del triste suceso (entonces, no existía el whatspp y había que ahorrar palabras): “Papá ha pasado a mejor vida… ¡Nosotros, también!

Me ha venido a la cabeza este recuerdo, por contraste, al afrontar la siguiente dimensión de la familiaridad, la fraternidad, porque, en la anécdota, el fallecimiento del padre parece actuar como espoleta de la unión entre hermanos (un poco materialista en este caso), mientras que muchas veces sucede lo contrario.

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De padres a hijos… ¡y a nietos!

Una de las tácticas de las ideologías para disfrazar la realidad es la utilización de eufemismos. Por ejemplo, desde la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo celebrada en El Cairo en 1994 se insistió en la salud reproductiva como “la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos, y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia” (CIPD, El Cairo). Una descripción con la que es fácil estar de acuerdo. De hecho, muchos matrimonios lo intentan vivir a diario: con la fidelidad procuran eliminar riesgos para su salud reproductiva y con la libertad y el conocimiento de sus cuerpos procuran tener una vida sexual rica y satisfactoria y decidir cuándo tener cada hijo. Nada nuevo bajo el sol.

Sin embargo, en muchas políticas, el aborto, cuyo fin inmediato es terminar con la salud y la vida de un ser humano, se acaba colando como un derecho de la salud reproductiva de la mujer. No voy a entrar hoy en el tema del aborto; era a título de ejemplo. Quiero hablar de la tercera dimensión de la familiaridad: la progenitorialidad o fecundidad, que, naturalmente, no se agota con la reproducción.

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Andrógino versus Adán y Eva

En su obra El Banquete, Platón, tratando de explicar la atracción sexual, concibió el mito del andrógino. El andrógino era un ser con cuatro piernas, cuatro brazos, dos rostros en una sola cabeza y dos sexos, diferentes o repetidos. Los andróginos se rebelaron contra los dioses del Olimpo, y Zeus, para debilitarlos, los partió por la mitad, dejando solo hombres y mujeres. Desde entonces, buscan su otra mitad. Esto explicaría la atracción de los sexos, y también la homosexualidad, pues algunos andróginos tenían el mismo sexo en las dos mitades.

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¿Tú quién eres?

Ante la pregunta “tú quién eres”, la respuesta inmediata es personal y familiar: soy Javier Vidal-Quadras Trías de Bes. Lo personal se expresa en el nombre; lo familiar, en los apellidos. En otras épocas importaba más la tribu o el lugar (soy Pablo de Tarso), pero hoy nadie se identifica así, a pesar de que estamos inmersos en una cultura identitaria, que tiende a confundir la parte con el todo y a construir identidades sobre aspectos parciales de la persona (la nacionalidad, la ideología política, las tendencias sexuales…).

El nombre es importante, lo más importante, porque yo he de construirme como persona y desarrollar mi propio ser, pero la familia es el punto de partida.

Los sociólogos y antropólogos del siglo XX debatieron mucho sobre el tabú del incesto. Les llamaba la atención que todas las culturas y civilizaciones conocidas hubieran establecido la prohibición del matrimonio o de las relaciones sexuales entre miembros de la misma familia hasta cierto grado (variable según los casos). Lo que les intrigaba era la universalidad, y discutieron si era una regla de origen natural, social o ambas. Lèvy-Strauss fue uno de los que más se significó, y concluyó que el tabú del incesto es el único fenómeno que tiene al mismo tiempo una dimensión natural (la naturaleza se mueve en lo universal) y una cultural (la cultura se rige más por lo particular).

No me voy a entretener en esta interesante polémica. En el post pasado anuncié que hablaría de las dimensiones de la familiaridad y la primera es esta: la identidad personal.

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Y tu familia, ¿qué tal?

Como habréis deducido, me he tomado unos días de descanso aprovechando el verano del hemisferio norte. Tampoco es que este blog me ocupe tanto tiempo, pero decidí suspenderlo en agosto porque pensé que mi familia merecía que me dedicara más comprensivamente a ella durante este período. A veces, lo que importa no es tanto el tiempo material como el tiempo de atención, de interés, para lo que hay que eliminar las distracciones.

Hablando de mi “familia”, antes de verano estuve reunido con un grupo de universitarias y hablamos de uno de los grandes temas de la actualidad: el concepto de familia. A nadie se le escapa que el término “familia” tiene una cierta plasticidad y es susceptible de aproximaciones muy diversas.

Por ejemplo, cabe una aproximación simplemente coloquial. Si te encuentras a un compañero de universidad que no ves desde hace diez años y le lanzas la pregunta que da título a este post —Y tu familia, ¿qué tal?—, la respuesta variará según su situación personal. Si está casado y tiene hijos, probablemente diga: “Pues, muy bien, me casé, hemos tenido el tercero y nos acabamos de mudar”. En cambio, si está casado o vive en pareja sin hijos, es más probable que diga: “bien, ya sabes, mis padres trabajando en la tienda y mi hermana a punto de casarse”, y no relacione el concepto familia con su mujer o pareja. La cosa se complica si se ha casado o emparejado tres veces y tiene hijos de las tres uniones: el término familia se torna claramente equívoco en este escenario.

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