Ramblas

En el mes de julio del año pasado escribí dos entradas sobre actos terroristas. La primera, el 6 de julio, después de los atentados de Estambul y Bagdad, ¡tan lejanos!, con más de 50 y de 200 fallecidos, respectivamente, reclamando un esfuerzo a la sociedad occidental ‘bienestante’ para empatizar con el dolor ajeno. La segunda, el 20 de julio, después del atentado de Niza, ¡tan próximo!, intentando entender (aún sin comprender) la monstruosidad y crueldad a que puede llegar el ser humano e insistiendo en la importancia del papel de la familia para evitarlo.

Hoy no puedo escribir sobre otra cosa. ¿Puede alguien hacerlo? El terror ha azotado inmisericordemente el corazón de mi ciudad. Una ciudad que es en sí misma una patria. Somos muchos los barceloneses, de nacimiento, de adopción, de profesión o de simple emoción, que nos sentimos eso, ciudadanos de Barcelona, nada más…, nada menos. Ser ciudadano de Barcelona es ser ciudadano del mundo, de la humanidad entera, que es exactamente donde queremos estar.

Paradójicamente, el atentado más cruel de los que ayer ensombrecieron el verano se ha ejecutado en la Barcelona culturalmente más islámica, comenzando por el nombre del lugar, las Ramblas, que procede del árabe clásico ‘ramlah’ (arenal), y es el lecho por el que discurren las aguas pluviales que caen copiosamente. En Barcelona y muchas otras poblaciones pasó a designar la calle ancha, con árboles y andén central por el que, junto con el agua, discurre también la vida de la ciudad… y, en Barcelona, del mundo entero.

Ayer corrió la sangre por nuestra Rambla. Una sangre de todas las razas, religiones y lugares que, si sabemos encauzarla, dará nueva savia a los árboles que contemplaron la tragedia y regará el mar, que siempre recibe el agua de las Ramblas para llevarla a otras lejanas costas, donde hacer florecer lo imprevisible.

En las películas, la sangre inocente clama venganza. En la política, genera declaraciones y condenas. En la sociedad, exige justicia. En los diversos foros y organismos, impone minutos de silencio.

En este blog no habrá venganza, ni condena, ni justicia, ni minutos de silencio.

Habrá -la hay ya en este momento- una oración profunda y triste, sencilla y esperanzada, que irá al encuentro del corazón herido: el de los fallecidos, que no mueren en el aparente silencio de los muertos, sino que viven en el más alto Diálogo imaginable; el de los heridos y familiares, que no buscan condena ni justicia, sino el calor de una mano amiga y de un corazón cercano que ayuden a soportar el desgarro del alma y de la carne; y también el de los que, directa o indirectamente, han sembrado el terror tan sin sentido, porque solo así, sin venganza, podrán encontrar algún día el camino de vuelta a la condición humana que con tanto sadismo han repudiado.

Escribo ante una imagen de Nuestra Señora de la Merced, Mare de Déu de la Mercè.

Princesa de Barcelona, ¡proteged nuestra ciudad!, ¡protegiu nostra ciutat!

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¿Hablar de Dios?

Debe de ser el sereno discurrir de las horas en verano el que me invita a hablar de un tema tan extraño a los que acostumbro. La culpa es de mi hermano Guillermo, con quien, por aquellas casualidades de la vida, coincidí el martes pasado, 1 de agosto, en el AVE, camino de Madrid. Éramos casi los únicos que llevábamos americana y, acaso para consolarnos mutuamente, nos emplazamos en el coche bar. Y allí, olvidándonos del sempiterno referéndum catalán, de Maduro, de Trump y de otros desconciertos mundanos, hablamos del amor y del desamor, de lo humano y de lo divino. Yo le comenté alguna idea de un libro que acababa de leer (Cómo hablar de Dios hoy, de Fabrice Hadjadj), y él me aconsejó la lectura de la Contra de La Vanguardia de ese día.

La leí y me pareció muy buena. En ella, un lama budista del Nepal (¡propietario de siete monasterios, según decía!) daba tres consejos para ser feliz: contentarse con lo que uno tiene, querer lo mejor para los demás y alegrarse de que lo consigan. ¡Tan fácil, tan difícil!, concluyó mi hermano. Asentí. Un buen programa ético, que el monje resumía en dos palabras: calma y bondad.

Cuando uno ve la foto de un monje budista, con su sonrisa acogedora, su candidez, su indumentaria austera…, tiende a concluir casi espontáneamente que es un hombre coherente y vive lo que predica. No sabemos nada de él, pero transmite autenticidad.

Sin embargo, cuando un burgués se pone a hablar de Dios, no genera esta simpatía. Un halo de sospecha invade a su interlocutor, que no acaba de ver claro el programa moral que le ofrece. Si, encima, en lugar de conceptos universales como la paz o la bondad, se atreve a hablar de una persona que vivió hace más de dos mil años, pero que sigue estando presente de manera inexplicable e ininteligible, entonces la sospecha suele dar paso a la incredulidad, cuando no a la impaciencia o agresividad.

En cierto modo, de eso trata el libro de Hadjadj (filósofo, hijo de padre judío y madre musulmana con inclinaciones taoístas, padre de seis hijos y ateo converso al catolicismo): de burgueses que osan hablar de Dios. Y no solo burgueses, sino también intelectuales y obreros y pobres y aristócratas y toda clase de ‘payasos’ (así les llama, cariñosamente, el autor) que, para el mundo, hacen (¡hacemos!) el ridículo hablando de Dios.

El autor detecta la dificultad que entraña hablar de Cristo a cristianos descristianizados, porque creen saber ya quién es ese Jesús de Nazaret y, por lo tanto, no escuchan. Esto puede explicar que a muchos católicos les gustaría solo promover valores, hablar de grandes principios e ideas, como puede hacer un monje budista. Pero, tarde o temprano, se topan con la tozuda realidad del cristianismo, que no consiste en promover la cultura ni la humanidad, sino en propiciar el encuentro con una Persona. ¿Qué es una cultura cristiana sin Cristo?

El mismo Cristo, recuerda Hadjadj, cuando habla “no tiene como finalidad primera comunicar una teoría o dominar al adversario, sino establecer una alianza, disponer un lugar de encuentro”.

La Revelación no es una tesis filosófica, sino un hecho histórico, y el cristiano no es un maestro, sino un testigo…, testigo de un hecho histórico y de su encuentro personal con Cristo. Y esta primacía del encuentro sobre el razonamiento es, precisamente, la que salva al cristianismo de ser una ideología más.

Hadjadj se pregunta -como hacemos tantos- por qué debe el cristiano hablar de Dios si, como la Iglesia ha enseñado, quienes no conocen a Dios pueden alcanzar también la salvación. La respuesta es, desde luego, evangélica: porque Cristo así lo mandó y es de la esencia del cristianismo. Pero también antropológica: porque “la palabra es un acto, e incluso, para un ser vivo que se caracteriza por la palabra, el acto más profundo (…) El que dice sin hacer es un perverso. El que hace sin decir es un animal” (es decir, alguien que renuncia a lo humano), concluye.

El cristiano es, pues, un testigo que habla, pero, y aquí viene lo del ‘payaso’, el habla del testigo de lo sobrenatural es siempre balbuceante. Cuando el testigo de lo sobrenatural empieza a desarrollar una teoría a través de un discurso perfecto, empieza a levantar sospechas: ¿realmente es testigo? Despierta la misma desconfianza que suscitaría el testigo de un crimen horrendo que lo explicara con toda paz y perfección discursiva: ¿Tan poco le ha afectado lo que ha visto que no titubea ni balbucea al explicarlo? De ahí, la recomendación de Cristo: “cuando os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo que debéis decir”.

Es un testigo que, tarde o temprano, ha de abandonar el discurso de los valores y sublimarlo, dando a conocer lo que no sabe, lo incomprensible: un Dios hecho hombre, un hombre que es Dios, presente en un trozo de pan, tres Dioses que son uno… Y no puede sino balbucear ante verdades super-racionales, que están por encima de la razón.

Un testigo, además, que no habla desde la superioridad de quien vive lo que predica, sino que se siente miserable y comprende que el otro, el que le escucha, es casi siempre mejor que él mismo y puede estar más cerca de Dios a pesar de cualquier apariencia. Un testigo que sabe que en ese maravillarse de que el otro exista y amarle siempre y en toda circunstancia se juega su identidad cristiana. Y, claro, balbucea.

Por eso, una de las tesis de Hadjadj, escrita antes de que Bergoglio fuera elegido Papa, coincide con lo que el Papa Francisco viene enseñando: el cristiano es, ante todo, un amador, no un moralista. Y recoge la respuesta que dio Tristán Bernard, un escritor francés, cuando le detuvieron los nazis: “hasta ahora vivíamos en la angustia; pues bien, ahora vamos a vivir en la esperanza”.

Y yo pienso que esto es lo que necesita este mundo tantas veces deprimido y descreído: ¡pasar de la angustia a la esperanza! Eso es Cristo. Pero necesita testigos que hablen, aunque al hacerlo acaben balbuceando.

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El camino del otro

En el post anterior puse un ejemplo debidamente caricaturizado con el que quería destacar la torpeza que a veces exhibimos, incluso los que nos consideramos más perdidamente enamorados, a la hora de conocer y colmar las expectativas de nuestro cónyuge.

Y es que en todo esto del amor hay un lugar común en que caemos una y otra vez todos, en especial, me atrevería a decir, los más versados y leídos: la confusión entre teoría y práctica, ciencia y experiencia, conocimiento y acción.

Hemos asistido a una conferencia brillante y divertida donde, por enésima vez, nos han descrito las diferencias arquetípicas entre varón y mujer y su dispar manera de experimentar el amor y la sexualidad. Nos hemos reconocido en muchas de las manifestaciones. Volvemos a casa y todo sigue igual. ¿Qué ha sucedido?

Ha sucedido que algunos de nosotros habíamos acudido a la conferencia en modo inteligencia, que es un modo cómodo, lejano y abstracto, muy habitual en los varones (aunque también se da en mujeres), que nos permite aprender sin auténtica comprensión ni compromiso personal. Otros, mayormente otras, habían acudido, en cambio, en modo afectivo, que es un modo amable, próximo y sensible, muy habitual en las mujeres (aunque también se da en varones), que permite ser comprendida sin acabar de comprender.

Y es que conocer la verdad del amor entre un hombre y una mujer, incluso saber con certeza y detalle el estilo y modo en que mi mujer, pongo por ejemplo, experimenta el amor y la sexualidad no modifica un ápice mi manera de vivir uno y otra. Sigo siendo el mismo antes y después de incorporar ese conocimiento a mi acervo cultural.

De modo que el único camino posible hacia el amor es, precisamente, el camino del otro. La sorpresa es que cuando uno se esfuerza en discurrir por el camino del otro y este hace lo propio con el camino del primero, esa senda se ensancha hasta convertirse en una vía amplia, cómoda y placentera en que ambos disfrutan con lo suyo y con lo del otro. Pero exige un primer paso, y detrás de este un segundo, y un tercero…  por el terreno del otro, jugando en campo contrario, sin miedo a perder.

En el terreno de la sexualidad, recuerdo una regla infalible que no me canso de repetir: en el varón, el deseo sexual atendido (que no caprichosamente satisfecho) favorece la inclinación a la ternura; en la mujer, el anhelo de cariño colmado (hasta donde un hombre, ¡este hombre en particular!, puede hacerlo) favorece la inclinación al deseo sexual.

Y en el terreno más amplio del amor, lanzo tres interrogantes que recojo de un libro de Gary Chapman, “Los cinco lenguajes del amor”: ¿Qué echas en falta? ¿Qué pides con mayor frecuencia? ¿Cómo expresas habitualmente tu amor? La respuesta a estos tres interrogantes abrirá una puerta al conocimiento propio. Después, hay que tomarse el tiempo para compartirlo serenamente con aquel o aquella que sabemos nos ama y quiere amarnos como a nosotros nos gusta ser amados, aunque, a veces, no sepa hacerlo.

Es muy probable que esto no sea suficiente. Entonces, mi consejo es: busquen en internet el test de los lenguajes del amor de Gary Chapman (distingue hasta cinco), que les ayudará a identificar el suyo o suyos (nadie tiene uno solo), contéstenlo, compártanlo y aprovechen el verano para descubrir no el amor de las conferencias, los libros y las películas, sino el que tienen a su lado, que, a fin de cuentas, será el termómetro de su felicidad o de su desgracia. Por muchos años que lleve a su lado, no le quepa la menor duda, le queda un mundo por descubrir.

Contestó una vez un lord inglés, miembro de la cámara de los lores, a un periodista escandalizado de que se tomara un mes entero de vacaciones y, encima, se jactara de ello: “Mire usted, es muy fácil de entender, yo lo que puedo hacer en once meses no soy capaz de hacerlo en doce. Por eso necesito un descanso”. Ignoro cuántos días de vacaciones podrá disfrutar usted. Sean los que sean, haga de lord inglés y dedíquese en ese tiempo a lo que de verdad importa: su felicidad…, que está en la de los suyos, sobre todo en la de ella o él.

¡Felices vacaciones!

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Expectativas

Una de las áreas más inestables y menos abordadas de la relación matrimonial es la de las expectativas, que son, como se intuye, las esperanzas puestas en que algo suceda o se consiga. Es muy poco probable que, ante una vivencia determinada, marido y mujer tengan las mismas expectativas. En consecuencia, es también raro que el grado de satisfacción o de frustración tras esa experiencia sea el mismo. Veámoslo con un ejemplo.

Un matrimonio lleva tiempo intentando hacer una escapada romántica. Hace años que no lo consiguen y, ¡por fin!, él le ha dado la sorpresa: regalo de aniversario. Han colocado los niños, encontrado el tiempo y el lugar. Todo está dispuesto. Al final, solo ha podido ser una noche, pero no importa, será más que suficiente.

Salen en coche hacia un hotelito en la costa ‘con encanto’. Vencido el primer amago de añoranza de los niños por parte de ella, llegan al hotel. Y es, ciertamente, ‘encantador’. Hace un día precioso. El sol se está poniendo y salen a dar un paseo por la playa. A ella le encanta la naturaleza y él lo sabe. Después de cenar en un chiringuito moderno y acogedor, se estiran en la playa a la caza de estrellas fugaces.

Es ya la una de la madrugada y deciden retirarse al hotel. La habitación está limpia y cuidada. Mientras ella se va cambiando, él descubre la cama, apaga la indiscreta luz del techo y la espera. Ella llega y le suelta: “¡Uy, la una y media ya, qué tarde es! Cariño, tenemos que dormirnos enseguida, que mañana me gustaría levantarme pronto para ver la salida del sol… ¡Dicen que se pueden avistar delfines a esa hora!”

Él, intentando no mostrar decepción alguna, contesta: “Claro, cariño, como tú quieras. Es tu fin de semana”. Y, por dentro, se dice a sí mismo: “¡La próxima escapada romántica la hago con un reportero del National Geographic!”

Cuando frustraciones como esta se repiten a menudo en un matrimonio, se va generando, en uno o en ambos cónyuges, una desilusión que, al principio, no parece de importancia y se va superando con entrega, elegancia y elevación de miras, pero, con el tiempo, va, poco a poco, socavando la relación.

Uno de los problemas de las expectativas es que, en ocasiones, ni nosotros mismos las tenemos identificadas. Nunca hemos pensado en ello detenidamente. ¿Qué espero yo de mi mujer o de mi marido cuando vamos a casa de mis padres, cuando debato con nuestros amigos delante de ella o él, cuando le comunico un éxito o fracaso profesional, cuando los niños se pelean o cuando llegamos a casa cargados y cansados después de un fin de semana agotador?

Otra dificultad en el manejo de las expectativas es que no las damos a conocer suficientemente. A veces, por descuido: ¿le he dicho a mi marido que me encanta que me llame a media mañana sin otra razón que escuchar mi voz, como me dijo una vez hace siete años?  Otras veces, porque pensamos, erróneamente, que él o ella discurren de la misma manera que nosotros y, como nos quieren tanto, van a hacer todo tal y como lo hemos pensado, sin decírselo, claro. “Seguro que mañana, por mi cumpleaños, me regalará aquel pañuelo color burdeos que le enseñé hace cinco meses en El Corte Inglés cuando él buscaba, afanado, una mancha de bicicleta para poder salir con sus amigos que le estaban esperando en la calle” [aclaración: para un hombre estándar, con menos píxeles oculares que su mujer, ‘burdeos’ no es un color, es un vino].

Peor sería que nuestra mujer o nuestro marido no nos comunicara sus expectativas porque no se atreviese, porque temiera, por ejemplo, nuestra reacción agresiva, irónica, cínica o de desprecio.

Se acerca el verano y, quién más quién menos, todos nos vamos haciendo nuestras ilusiones y vamos teniendo determinadas expectativas. Eso es bueno, pero mejor es contrastarlas con nuestro cónyuge e intentar lograr un adecuado equilibrio para que todos podamos disfrutar de verdad del merecido descanso.

Y, después, vale la pena trasladar esa costumbre al día a día de nuestra relación. El agua que se estanca se acaba pudriendo. En nuestro matrimonio no puede haber agua encharcada ni corrientes subterráneas. Ha de ser agua viva, que fluya franca, abierta y permanentemente.

La conclusión es sencilla: nuestro cónyuge quiere amarnos como a nosotros nos gusta ser amados, pero, a veces, no sabe cómo. ¡Ayudémosle!

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Amate-urs

Una de las muchas ventajas de ser padre de familia numerosa, estar profundamente enamorado de tu mujer y dejarte enredar en diversas actividades extraprofesionales es que te queda poco tiempo para dedicarte a ti mismo.

Cuando mi mujer y yo estábamos en la década de los treinta y teníamos ya cinco de nuestros siete hijos, un compañero de despacho de mi misma edad, soltero, me confió, apesadumbrado: “¡Uf! ¡No logro desconectar el fin de semana!” Yo le contesté: “¡Pues, vente a mi casa! ¡Atravesar el dintel y recibir una bofetada ambiental que te ubica rápidamente en la realidad es todo uno!” Y es que a mí me sucedía lo contrario: llegaba el lunes y ya ni recordaba que era abogado (condición que, gracias a Dios, era y sigue siendo accidental y no consustancial a mi persona: ¿se imaginan nacer y vivir en todo momento siendo y ejerciendo de abogado o cualquier otra profesión? ¡Qué pobreza personal!).

Con el correr del tiempo, algunos de esos conocidos que estaban obsesionados por el trabajo y por su escalada profesional se obsesionaron por el deporte. Empieza a ser un patrón preocupante: mitad de la vida, obsesión por el deporte, separación matrimonial. No he hecho una encuesta e ignoro si lo del deporte es, en estos casos, causa o consecuencia de un cierto hastío matrimonial; lo que sí constato es que es un síntoma que concurre a menudo en el varón de edad madura.

En cualquier caso, nadie osará negar que el deporte es muy conveniente: mens sana in corpore sano. Así que, por aquello de la falta de tiempo del padre de familia numerosa que decía al principio, un buen día, hace no mucho, decidí incorporar a mi vida una actividad física más frecuente con la ayuda de una de aquellas aplicaciones (apps) a las que mi hijo mayor es tan aficionado y tan buen resultado le dan. Mientras programaba mi entrenamiento, me quedé adormilado, esperando con ilusión la primera sesión al día siguiente.

Lo primero que me preguntó la app fue mi tipo anatómico y el que quería alcanzar. Me pidió algunos parámetros (sexo, altura, peso, edad…), y me proporcionó algunos ejemplos de cuerpos con distinto porcentaje de grasa para que escogiera el que más se parecía al mío (por pudor, les ahorro el porcentaje que me salió). Después, escogí el modelo de cuerpo que quería obtener (dentro de mis limitaciones, claro, que tampoco soy un iluso). A continuación, antes de ofrecerme una pauta de entrenamiento para alcanzar el resultado anhelado en el tiempo que había introducido, la app me hizo una pregunta que me sorprendió:

“Antes de programar tu entrenamiento, responde sinceramente a la siguiente pregunta:

¿Cuáles son las razones principales que te mueven a ponerte en forma? Escoge las que procedan y ordénalas jerárquicamente:

  1. Quieres encontrarte bien contigo mismo
  2. Quieres estar en forma para los demás
  3. Quieres estar en forma para tu mujer (ignoro lo que aparecía en la opción ‘mujer’)
  4. Otras”

“¡Caramba, pensé, qué app más extraña!” Por curiosidad, pulsé primero solo la opción a), y se desplegaron los siguientes consejos:

“Has escogido como único motivo encontrarte bien contigo mismo. ¡Felicidades! ¡Te mereces lo mejor de ti mismo! Antes de empezar, te recomendamos leer atentamente los siguientes consejos:

A partir de este momento, tú eres lo más importante; no antepongas nada al deporte ni a tus preferencias personales; cuando hayas logrado unos buenos abdominales y pectorales, puedes correr sin la camiseta para exhibirlos; procura ir en grupos con mujeres, que expresan mejor que los hombres la admiración; contémplate cada día varias veces en el espejo y mide con la mirada cada milímetro de grasa que pierdes; pésate frecuentemente; ponte retos deportivos cada vez más difíciles que te exijan mucha dedicación y no los abandones por nada del mundo (¡tienes que demostrar de lo que es capaz!)”…

Dejé de leer y decidí pulsar la letra c). Se desplegaron los siguientes consejos:

“Has escogido como único motivo estar en forma para tu mujer. ¡Felicidades! ¡Ella se merece lo mejor de ti! Antes de empezar, te recomendamos leer atentamente los siguientes consejos:

Procura que ella también haga algún tipo de ejercicio; buscad y practicad algunas actividades comunes; nunca antepongas el deporte a tu mujer; evita salir demasiadas veces en grupos deportivos sin ella, sobre todo si hay otras mujeres en el grupo; no te comprometas excesivamente en actividades que requieran estar mucho tiempo separado de ella; recuerda que ella no se enamoró de ti por tu físico portentoso; no olvides que a ella no le gustan los cuerpos con tableta y pectorales sino las personas enteras; confórmate con estar en forma y ágil para ella (¡no tienes que demostrar nada a nadie!)”…

Me hubiera encantado poder seguir leyendo los consejos de las otras opciones y las combinaciones entre ellas, pero me desperté… y descubrí que todo había sido un sueño y que no existía una app como aquella, una app deportiva para profesionales del amor, para los amantes de verdad. En el amor, el amateurismo está condenado al fracaso porque, si se observa bien, incluso literalmente, acaba siempre desembocando en uno mismo: amateur.

Y llegué a la conclusión de que la obsesión por el deporte a ciertas edades, si uno no está muy atento, acaba fácilmente transformándose en obsesión por uno mismo; y esta patología (¡a la que todos estamos expuestos!) tiene muy difícil cura.

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Pantallas

Uno de los efectos secundarios de la exposición excesiva a la tecnología es la pérdida de tolerancia al error. Es cierto que esta intolerancia se venía ya instalando progresivamente en las sociedades modernas como consecuencia de la tecnificación y de la especialización. En el ámbito profesional y político resulta llamativa. Sencillamente, el error no se admite, no entra dentro de las posibilidades de actuación, por lo que las demandas de responsabilidad se multiplican. La consecuencia es evidente: si no se admite el error, se repudia el ser humano. Naturalmente, me estoy refiriendo al error involuntario, no a la impericia negligente.

Existe un derecho al error, un derecho a equivocarse, a hacer las cosas mal, a meter la pata: un derecho, en fin de cuentas, a ser humano.

Cuando este derecho se desconoce, se cultiva una falta de sinceridad, muchas veces clandestina, furtiva, que consiste en intentar ocultar nuestros propios errores, no sea que los demás vayan a pensar que los cometemos. ¿Cuánto tiempo hace que no leen un email de un abogado a su cliente o de un médico a su paciente admitiendo un error? Si reconocerlo ya cuesta, ponerlo por escrito es un suicidio profesional. El destino final de este camino es un cierto artificio en las relaciones personales que desemboca en la falta de autenticidad.

Pues bien, uno de los grandes problemas de la tecnología es que difícilmente admite el error. Es mucho más probable que nos hayamos equivocado nosotros que lo haya hecho ella. Otro grave problema es que no tiene iniciativa personal ni carácter propio. Como no es persona, no tiene personalidad y es incapaz de oponerse a nuestros deseos.

Nuestros hijos viven cada día, y en algunos casos durante varias horas, esta experiencia de una relación unilateral en la que ellos mandan y la pantalla obedece. Una relación en la que uno solo da y otro solo recibe, y no cualquier cosa ni en cualquier momento, sino exactamente lo que pide y con inmediatez: una película, un juego, una respuesta, una imagen…

Si no estamos atentos y no limitamos de alguna manera esta exposición, si no la contrarrestamos con otras actividades más humanizadas o no nos esforzamos en desarrollar en nuestros hijos un espíritu sanamente crítico, irán configurando su personalidad en la intolerancia y la impaciencia.

Otra consecuencia evidente es la huida del esfuerzo y la omisión del respeto. Toda relación humana exige un esfuerzo de respeto, de adaptación al otro. Hay una tensión, porque el otro es real y se resiste a ser un títere de nuestro deseo. La pantalla, en cambio, no ofrece resistencia.

Y quien rehuye ese esfuerzo de adaptación al otro pierde por el camino la capacidad de compromiso. Acostumbrados a que la tecnología y las cosas se ajusten constantemente a ellos, nuestros hijos corren el riesgo de hacerse incapaces, ineptos para el amor, que requiere necesariamente olvido de sí y entrega al otro. Quieren, pero no pueden, o no saben. Por eso, muchos de ellos no se atreven a comprometerse en una relación de amor duradero y leal, capaz de afrontar el reto de una vida, de abrirse a la generación de nuevos seres y de mantenerse en la relación a pesar de los desengaños, errores y dificultades. El amor no admite espontáneos. Para amar a los demás hay que entrenarse continua y duramente. No bastan los ‘memes’ y los ‘youtubes’ cursis y lacrimosos, no sirven los ‘bloggers’ y las ‘influencers’. Y si uno no está dispuesto a negarse, es mejor que siga amándose a sí mismo y a las cosas que le rodean y siga viviendo esa quimera engañosa y, a la larga, lastimosamente feliz del propio yo.

Explica Séneca en De la Ira que un abogado romano llamado Celio estaba cenando con un cliente suyo que le iba dando la razón a todo lo que decía, hasta que no pudo más y le increpó: ¡llévame la contraria en algo de una vez para que podamos ser dos!

Un buen reto para nosotros como padres: que nuestros hijos vivan una biografía humanizada, que sean más tiempo dos que uno solo consigo mismo.

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Qué es familia

Hace unos meses tuve ocasión de leer una conferencia que, bajo el título, hoy casi provocativo, de “¿Qué es una familia”? pronunció Fabrice Hadjadj, filósofo, director de la Fundación Anthropos, en Lausanne (Suiza).

En ella, el profesor Hadjadj constataba que existe un consenso generalizado en considerar a la familia como lugar del amor, lugar de la educación y socialización primera y lugar del crecimiento de la personalidad autónoma y respeto de las libertades.

Sin embargo, explicaba el autor, siendo ciertas todas estas afirmaciones, este enfoque desde sus características, sus competencias, sus deberes y derechos, en síntesis, desde su eficacia, se revela insuficiente y nos acaba distrayendo de lo esencial: el ser del hijo y de los padres.

Y buscando la familia perfecta podemos acabar topando con el perfecto orfanato o el centro de acogida más excelso, donde, ciertamente, priman el amor, la educación, la libertad.

El error básico consiste en considerar a la persona como mero individuo, no como hijo, no como ser familiar, con lo cual corremos el riesgo de proponer una familia ‘desfamiliarizada’, en la que lo primordial no sea el ser sino el bienestar. Y, en este terreno, las organizaciones, los centros de acogida, atendidos por especialistas y expertos, estarían siempre en mejores condiciones de educar con mayor eficacia ‘individual’ y ‘social’ que nosotros, los padres de la criatura. Incluso, llevado al extremo, cualquier otra pareja, de dos hombres, dos mujeres o mixta, o cualquier grupo entrenado podría ser capaz de dar a mis propios hijos un amor más perceptible, una instrucción más esmerada y unas cotas mayores de autonomía y libertad que las que mi mujer y yo podríamos proporcionarles.

Si analizamos la familia desde el ser “hijo-de” y “padre-de o madre-de”, las características analizadas adquieren una tonalidad distinta.

  • El amor es un amor sin preferencias y sin elección, porque a nuestros hijos les queremos por el hecho de serlo, por lo que son y no por lo que tienen o aportan. Ni siquiera, en nuestra familia, son el objeto de nuestro deseo directo, porque nuestro deseo primero y primordial era (¡y, en mi caso, desde luego, sigue siendo!) su madre, y ellos fueron un regalo que nuestro amor generó. Como explica Hadjadj: “Cuando un hijo dice a sus padres: “Yo no elegí nacer”, los padres siempre pueden devolver el cumplido: “Nosotros tampoco, no te hemos elegido, nos has sido regalado y tratamos de cambiar nuestra sorpresa en gratitud “.
  • La educación se recibe en la familia desde una ‘autoridad sin competencia’ (que se ha de ir adquiriendo con el tiempo), es decir, a pesar de mis debilidades y carencias, y
  • La libertad responde a unos lazos que no se pueden anular y que generan una red de relaciones que nos desbordan y no forman parte del proyecto original (¿acaso alguien pensó en su suegra, y después abuela de sus hijos, como ‘proyecto vital’?).

La consideración de la familia como “elemento natural y fundamental de la sociedad” (definición del art. 16.3 de la declaración Universal de Derechos Humanos) nos sitúa ante una realidad que nos antecede. La familia, en efecto, estaba ahí antes de que se desarrollara la Sociedad, el Estado y cualquier institución humana, y se encuentra en el principio exacto de cada vida humana concreta. La familia es “fundamento” y, como tal fundamento, no se puede “fundar”: es ella la que funda.

Por eso, acaba diciendo el profesor Hajdajd (perdón por la larga cita, pero no me veo capaz de resumirla con palabras más acertadas), la familia es el lugar de la resistencia: “Resistencia a la ideología, al pensamiento políticamente correcto, a la programación. La familia es la comunidad de origen, dada por la naturaleza y no sólo establecida por convención. Por lo tanto, ofrece siempre, por su anclaje sexual, un contrapunto al artificio, y proporciona espacio para lo que podríamos llamar una verificación. El político puede cultivar su imagen pública, mostrar su mejor perfil en las redes sociales, pero, ¿cuál es su rostro en lo privado, ante su mujer y sus hijos? El gran Hércules, que derrotó a los monstruos, es patético ante Deyanira. El joven genio, que irrumpe en las pantallas, se avergüenza de ser visto con su papá y su mamá, que dan fe de su origen común. La voluntad de poder es siempre contrariada por la proximidad familiar. Por eso, tanto los totalitarismos como el liberalismo, los controles tecnológicos, o el fundamentalismo religioso, siempre empiezan por poner a la familia bajo tutela, antes de intentar destruirla”.

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Disforia LGTBI

A partir de Descartes ha ido evolucionando una corriente de pensamiento que ha situado la condición de persona en la voluntad, la razón y la libertad desnudas, es decir, en la parte espiritual del hombre. Esta corriente se ha ido radicalizando hasta el punto de negar cualquier significación a la parte corporal, que se comprende como algo extraño a la persona, con la que se puede hacer lo que se quiera según los deseos del espíritu. Por el contrario, otra corriente, en la convicción de que el cuerpo humano es portador de un mensaje ético que conviene atender, ha insistido en la unidad inescindible de cuerpo y espíritu y considera que la condición de persona reside en una razón, una voluntad y una libertad capaces de interpretar ese mensaje del cuerpo que invita a conducirse en la vida conforme a ese todo que forma la persona y no obedeciendo solo a una de sus dimensiones.

La primera doctrina justifica el suicidio y la muerte programada (mi cuerpo no soy yo, sino algo, una cosa que poseo y con la que hago lo que quiero) y niega la condición sexuada del ser humano (es mi yo espiritual quien decide el género que impondrá al cuerpo que posee). La segunda tesis opta por la vida en cualquier circunstancia (el instinto de conservación, que procede del cuerpo, me indica que he de luchar por mantenerme en la vida) y afirma la condición sexuada del hombre y la mujer (mi naturaleza corporal muestra una complementariedad biológica que he de procurar integrar en mi espíritu). Naturalmente, ambas aceptan que hay casos problemáticos que generan dilemas morales de difícil solución y que hay un amplio ámbito de ejercicio de la libertad personal que pertenece al terreno de lo moral y no de lo legal.

La primera corriente parece haberse instaurado, y normativizado, en nuestro país de manera acrítica como pensamiento dominante. Se ha impuesto una suerte de dictadura ambiental que impide discrepar. Se han aprobado leyes en distintas Comunidades Autónomas de distinto signo político (Galicia, Catalunya, Madrid…) que mutilan la libertad, sancionan la discrepancia, obligan al estado a tomar partido por una ideología concreta -la denominada LGTBI, por ejemplo, imponiendo colocar en los edificios oficiales la bandera arcoíris en los días de celebración del orgullo gay-, imponen el adoctrinamiento infantil sin contar con la opinión de los padres, etc. Algunas de las ideologías del siglo XX que tantos sufrimientos causaron empezaron con medidas de este estilo, en una connivencia y confusión entre ideología, estado y democracia que intentó zanjar la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Y todo ello se está edificando sobre la base de un constructo intelectual altamente problemático: la llamada ‘disforia de género’. Este palabro, ‘disforia’, procedente de la Psicología y que todavía no recoge el diccionario de la RAE, es el antónimo de ‘euforia’ y significa ‘emoción desagradable o molesta, como la tristeza, ansiedad, irritabilidad o inquietud’.

En algunas de las leyes comentadas se recoge el derecho de quien sienta ‘disforia de género’ a exigir, sin más comprobación, que le dejen acceder a baños e instalaciones tradicionalmente reservadas para uno de los antiguos sexos (varón o mujer), al tiempo que se prohíbe (con las sanciones oportunas) a todo profesional de la psiquiatría o psicología realizar tratamientos que la ley, con gran carga ideológica, tilda de ‘aversión o conversión de género’. Es decir, un ciudadano puede estar incómodo (disfórico) con su sexo y exigir un cambio de sexo (por supuesto, las leyes establecen el deber del estado de cubrir estas operaciones), pero no puede estar ‘disfórico’ con su tendencia u orientación sexual y acudir a un tratamiento psicológico que le ayude a conciliarla con su sexo.

La conclusión es inevitable. Ahora que parece haberse descubierto la fuerza de la ‘disforia’ en la configuración personal, ¿por qué detenerse en el denominado género? Me pregunto: ¿puede un hombre que mide 1,60 estar disfórico con lo que su cuerpo le indica acerca de su altura y exigir que le cuenten como de 1,65, talla mínima para acceder a algunos cuerpos de seguridad del estado? ¿O alguien sentir ‘disforia de edad’ y exigir que le tengan por un niño de 7 años para entrar gratis a los museos o volver a ser penalmente inimputable? ¿Puede un ciudadano sentir ‘disforia de actividad’ -lo que antes se llamaba pereza- y exigir que le paguen el doble que a los demás porque eso, el doble, es lo que le cuesta a él ponerse a trabajar? ¿Dónde está el límite? ¿Quién lo decide? Y, lo más importante, si me doy cuenta de que algunas de estas disforias no me convienen y pienso que es mejor acomodar la vivencia de mi espíritu a lo que mi cuerpo me muestra, ¿no tengo la libertad para hacerlo? ¿No puede un psicólogo ayudarme a descubrir que es mejor la diligencia que la pereza, aunque con esta no haga daño a nadie?

“Los sueños de la razón producen monstruos”, advirtió Goya.

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Chema Postigo

 

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Me resistía a este momento. No quería escribir sobre Chema. Me parecía que no había papel ni teclado capaces de resistir la energía del trazo que una vida como la de Chema reclama. Siempre por delante, junto con Rosa. Por delante en el amor. Por delante en la entrega. Por delante en la generosidad. Por delante en el dolor. Por delante en la amistad. Por delante en la actividad. Por delante en la contemplación. Por delante… en el Cielo.

Hace más de 25 años, un grupo de matrimonios jóvenes iniciamos con Rosa y Chema la que su suegro, Rafael Pich, llamaba la nueva era de la orientación Familiar, la nueva era de la felicidad para miles y miles de familias. El curso de Primeros Pasos, y el de Primeras Letras y Decisiones y Adolescencia y Amor Matrimonial… Y Chema, con su muñeca, como en la foto, a todas partes, enseñando lo grande y lo pequeño. Enseñando el amor. Lo que quieras aprender, enséñalo, decía Rafael, y a él le resultaba fácil, muy fácil, porque se limitaba a enseñar lo que él era, un corazón inabarcable, sin afán de protagonismo alguno. Hacer y desaparecer, pero desaparecer estando ahí, en la sombra, al servicio de todos.

Nunca un no. Una llamada de Mari Carmen Navarro, desde el Fert: “Chema, nos ha fallado un moderador. Su sesión es dentro de dos horas… en Lleida”. Y Chema cogía su petate, su muñeca, apretaba el corazón entre sus dedos y salía hacia Lérida.

Y, después, los países. Desde la IFFD, federación que coordina los cursos de orientación familiar en todo el mundo, ni siquiera teníamos que llamarle. Brasil, Hong Kong, Corea, Chequia, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia, Costa de Marfil, Ucrania y tantos otros. Era él quien llamaba. ¡A la vuelta! Con todo hecho… y muchas veces, nosotros sin saberlo, y todo en marcha. Los lugares más comprometidos. Siempre dispuesto. Con Rosa, la mejor embajadora de la familia, llevando su libro, “¿Como ser feliz con 1,2,3… hijos?” y, con él, la verdadera vida de familia por todo el mundo.

Su última locura fue el Family Enrichment Holidays en Torreciudad. Quince días de vacaciones para los demás. Y Rosa y él sirviendo a las familias que venían de lugares lejanos para formarse como directivos de las actividades de Orientación Familiar en sus países. Recogidas en aeropuertos, viajes arriba y abajo, organización de actividades, sesiones de formación… Y la sonrisa permanente. Nunca pasa nada. Nada te turbe, nada te espante…

Chema tenía un sueño. Y lo vivió con Rosa. Un sueño que -hoy lo está comprobando- es un pensamiento divino: el sueño del amor sin límites. Amor a Rosa, a sus 18 hijos -tres, con él, en el Cielo- y también, en lo que a mí más me ha tocado vivir, a todas las familias del mundo. Quien no ha conocido a alguien como Rosa y Chema difícilmente puede entender la capacidad de expansión del corazón humano, que crece y crece y crece cuando se olvida de sí y se da sin reservas.

Estos días, rezando por la curación de Chema, pensaba que, con diez como Rosa y Chema, daríamos la vuelta a esta ciudad de Barcelona y, desde ella, al mundo entero, para hacer de él la Familia que nunca debió dejar de ser. Chema se sabía miembro de esa familia humana y luchó toda su vida por mantenerla unida y acercarla, uno a uno, corazón a corazón, como han de ser tratadas las personas, al Padre común.

Les confieso una pequeña intimidad: tengo la costumbre de pedir a Dios que me conceda un cachito, aunque sea pequeño, de la virtud más destacada de las personas próximas a mí que nos dejan, en la certeza de que ellas las tienen ya en grado sumo.

Encontrar diez Chemas es un imposible metafísico, pero nos queda Rosa… Con tu permiso, Rosa, me atrevo a pedir a todos cuantos lean estas palabras que hagan como yo y pidan al Señor que les conceda algo, por poco que sea, de Chema. Y quizás entre todos podremos ir colmando poco a poco ese gran vacío que ahora sentimos… y que Chema, irrumpiendo desde su nuevo hogar silenciosa y discretamente, como siempre hacía, sabrá llenar y desbordar con sobreabundancia de todas las cosas buenas que pidamos por su medio.

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El amor y sus contornos

A veces, los padres tenemos la sensación de ser unos aguafiestas profesionales. Esta impresión adquiere especial intensidad durante los años de adolescencia de nuestros hijos, en que la palabra “no” sale con frecuencia de nuestros labios.

José Miguel Reig, gran amigo mío y uno de los más directos culpables de que yo me introdujera en esta aventura apasionante del Family Enrichment (Orientación Familiar), nos tranquilizó mucho a Loles y a mí cuando nos dio la pauta mágica: “hay que aprender a convivir con malas caras”.

Pero, ¿de dónde procede esta sensación de que la educación, como la moral, tiene una carga en exceso negativa?

Leonardo Polo, un filósofo de frases enigmáticas cargadas de contenido, lo explica con la mejor definición de moral (trasladable, creo, a la educación) que he leído: “la moral es el amor y sus contornos”.

San Agustín había dicho ya aquello de “ama et quod vis fac”, que algunos comodones han traducido como “ama y haz lo que te apetezca”. En realidad, intuyo (no soy latinista, pero todavía conservo bastante sentido común) que algo, no todo, de lo que quería decir el de Hipona era: “ama y lo que ames haz”, dicho de otra manera: “obras son amores y no buenas razones”.

En efecto, tanto la moral como la educación consisten en enseñar a amar. Pero, ¿cómo se enseña a amar? Están, claro es, el ejemplo, la motivación, el acompañamiento, etc. Y también está la obligación de mostrar los límites.

Muchas reglas morales son negativas porque, como dice Polo, son los contornos del amor. Indican el límite fuera del cual no hay amor: no mates, no robes, no engañes, no mientas, no seas desleal… Quien ama mucho y bien no necesita límites ni reglas ni mandatos. Él mismo es su norma de conducta, porque lo malo no le viene a la cabeza. Ese es el trasfondo de la frase agustiniana.

Además, la moral y la educación, sobre todo cuando se trata de adultos o jóvenes con un cierto grado de autonomía personal, se expresan a menudo en forma negativa porque así respetan la libertad. Si las reglas morales o las instrucciones educativas fueran siempre positivas, afirmativas, no dejarían ningún margen de libertad al educando.

Cuando digo “no puedes hacer esto”, lo que estoy diciendo es “puedes hacer lo que quieras menos esto”. Cuando digo “haz esto”, estoy diciendo “no puedes hacer otra cosa que no sea esto”. Es decir, cuando pongo un límite, abro un horizonte de libertad, indico el camino mejor (según mi criterio, claro, que, a veces, puede estar equivocado). Por eso, la formulación de la moral es muchas veces negativa. No debe preocuparnos.

Es natural que a nuestros hijos les cueste entenderlo, pero la verdad es que cuando les decimos “hoy no puedes ir a la discoteca”, en realidad les estamos diciendo “hoy puedes hacer lo que quieras menos una cosa: ir a la discoteca”. Es decir: “¡hoy es tu gran noche; pon imaginación y haz lo que quieras (casi)!”. Lo admito: quizás me he pasado un poco en el entusiasmo de este contorno del amor.

Conclusión: la moral no es negativa, pues consiste en amar, y amar es siempre positivo; pero su formulación en reglas concretas sí es negativa con frecuencia, pues consiste en definir los contornos del territorio del amor, para no salirnos de él. Por eso, en el fondo, el único precepto positivo, imperativo, es el amor: ama… y sigue amando. ¡A pesar de las malas caras de tus hijos!