Cabeza y corazón

Estamos en una época en que el corazón tiende a usurpar el papel de la cabeza. Los sentimientos son muy importantes, pero no deben invadir el terreno de la razón. Von Hildebrand (lo traté aquí) hablaba del corazón tiránico, aquel que ocupa el lugar de la razón y acaba decidiendo por ella. Por ejemplo, aquella persona incapaz de negarle una botella de whisky a un borracho porque le puede más la compasión que experimenta ante su petición conmovedora que el daño que sabe le causará. Es bueno tener un corazón muy grande…, siempre que no se dedique a pensar en lugar de la cabeza.

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Amar hasta el fondo

Confieso que, para mí, uno de los grandes enigmas del amor en esta primera parte del siglo XXI es la resistencia al matrimonio que observo en muchos jóvenes. Alguien podría pensar que lo de casarse era una cuestión de costumbre, ética o religión y está pasado de moda. Y, sin embargo, lo que está en juego es la plenitud del amor.

Cuando me enamoré de Loles, lo último que podía y quería imaginarme era una vida sin ella. Me parecía imposible amar más de lo que la amaba en ese momento, en el esplendor de mis veinte años. Pero era ya capaz de percibir un sentimiento más fuerte y profundo a la vez que no se conformaba con lo que entonces vivía. Siendo tanto… ¡era tan poco!

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El jardín del vecino

Estos días he podido terminar de leer, subrayar y meditar un libro muy interesante sobre el amor humano que ya en parte había comentado aquí.

En sus páginas finales aborda el tema del odio y la envidia, y alcanza una conclusión muy interesante: todo odio es causado por un amor, pues ninguna cosa se aborrece sino por ser contraria al objeto que se ama.

Parece evidente, pero expresada así, con esa naturalidad, ayuda a relajarse. ¿Quién no ha experimentado envidia o algún grado de odio en algún momento determinado de su vida? El odio y la envidia son bastante universales… y avergüenzan mucho.

Uno podría pensar ¿Cómo puede ser que yo, que intento siempre hacer el bien, comportarme rectamente y amar a todo el mundo sea capaz de sentir ramalazos de envidia, incluso de odio? La respuesta es muy sencilla: precisamente por eso, porque amas, odias. O, dicho de otra manera, si odias algo es porque también amas algo (y lo amas más que aquello que odias). El lenguaje del odio es siempre este: no quiero eso, pero por amor de aquello.

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Un amor mágico

“Cuando uno no tiene presente a su amado, más arde y se consume a causa de lo amado, en cuanto que experimenta más el amor; aunque en la presencia de lo amado no sea el amor menor, sino menos percibido”.

No sé si cuando escribió esto Santo Tomás de Aquino estaba pensando en el amor a Dios, en el amor matrimonial, en el amor humano en general o en mi nieto Tomás, pero si a mí me preguntaran hoy qué he hecho esta primera semana de vacaciones, les podría contestar con una sola palabra, un nombre propio: Tomás, y no precisamente el Aquinate.

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El diseño humano

El otro día coincidí con un amigo que no veía hace tiempo y hablamos de nuestros hijos adolescentes. Me hizo una confesión que podríamos suscribir muchos padres: “mi hijo está estudiando fuera, llegó hace una semana y aún no le he visto de pie…, ¡ni sentado! Se pasa el día tumbado, de la cama al sofá, con el móvil en la mano”.

Mi amigo tenía claro que la posición de decúbito supino no está pensada como posición ordinaria del ser humano, que ha sido dotado de unas piernas que parecen diseñadas para caminar y estar de pie y tienen una articulación que les permite también estar sentado. La lombriz, por ejemplo, sí parece diseñada para estar tumbada y moverse por ondulación.

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Volverse a casar

Se acerca el mes de agosto, el mes de vacaciones por excelencia en el hemisferio norte. Y después de él vendrá el mes de septiembre, el de más concentración de separaciones y divorcios. Parece paradójico: según las estadísticas, cuando más tiempo tenemos para enriquecer nuestra relación más la empobrecemos.

Hace un par de meses, en el Workshop sobre Acompañamiento Familiar que organizó la UIC, entre otros grandes ponentes, tuve ocasión de escuchar a Mariolina Ceriotti acerca de las grandes crisis matrimoniales.

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El silencio de las pasiones

En su “Discurso sobre las ciencias y las artes”, Rousseau afirmaba en forma interrogativa: ¿no están grabados tus principios en todos los corazones, y no basta para aprender tus leyes entrar en ti mismo y escuchar la voz de la conciencia en el silencio de las pasiones?” Y, sin embargo, hay asuntos en los que el ruido interior y exterior es de tal calibre que a la conciencia se le hace muy difícil hablar en el silencio de las pasiones. En la civilización actual, uno de ellos es el aborto, y estos días resulta casi inevitable traer este tema a colación.

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Un acto de amor

Un acto de amor

Después de escuchar los grandes consejos de los conferenciantes de Lovetalks (lovetalks.iffd.org –link a la web del congreso), congreso digital del que ya he hablado mucho, este sábado pasado decidí hacer un gran acto de amor. Me inspiré en la recomendación de mi amigo y compañero de charla en Lovetalks, Pep Borrell, cuando aconsejó a los maridos que estudien los motores de explosión si este es el gran hobby de sus mujeres. Gracias a Dios, no es mi caso.

Sin embargo, una de las actividades que le gusta a Loles y a mí no tanto es ir a la playa, así que el sábado hice de tripas corazón, busqué (¡y encontré!) mi bañador de gomas podridas por el tiempo y nos fuimos a una playa cerca de Barcelona. Tras una breve negociación, pactamos el tiempo de exposición: dos horas.

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Libertades

El otro día tuve ocasión de escuchar una conferencia de Mariano Fazio, un fino analista de la cultura actual, sobre la libertad.

La distinción que hizo de tres niveles de libertad me pareció muy interesante y útil para los lectores de este blog dedicado a la familia.

Habría primero una libertad fundamental que equivaldría al fin, al objeto propio de la libertad. La libertad personal no es fruto de ninguna conquista humana. Es más bien un elemento esencial al ser humano. Nos la hemos encontrado en nuestra naturaleza sin haber hecho nada para ganarla. Simplemente, está ahí; forma parte de nuestro ser. Al toparnos con ella, la pregunta que podemos hacernos es: ¿para qué somos libres? Y la respuesta es: para amar, porque la única manera posible de amar es hacerlo libremente. No se puede amar por imposición. Si descubres tu verdad, que es el amor, y la vives, harás un buen uso de la libertad.

Alguien podría pensar que el mismo razonamiento sirve para la tesis contraria. ¿Y si resulta que el ser humano está hecho para odiar? En este caso, el buen uso de la libertad consistiría en aborrecer a los demás. Sin embargo, en todas las tradiciones sapienciales (judía, cristiana, islámica, hinduista, budista, animista, etc.) se recoge la regla de oro de la ética: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti, es decir, ama a los demás como te amas a ti mismo. Y es una máxima de la experiencia que son más felices los que aman que los que odian: basta con ver sus caras. Esta regla, además de un mandato ético para ser feliz, es una garantía: si amas a los demás, te aseguras de que te amas a ti mismo porque, si tu naturaleza es amar, la mejor manera de llevarte a plenitud es amando.

Vendría después la libertad de elección. Habiendo optado por el amor, toca ahora escoger cómo hacerlo. Estoy pensando ahora en elecciones de cierta entidad. La verdadera libertad de elección no consiste en elegir entre piña colada o cerveza. Como afirma Leonardo Polo, la escasa entidad de las elecciones deprime a la libertad. Y está claro que no todas las elecciones nos conducen al mismo destino.

Por último, estaría la que podríamos llamar libertad de acción, que es el grado de dependencia o autonomía para llevar a cabo las elecciones hechas, porque, habiendo optado por el amor y elegido una concreción del amor específica (el matrimonio, por ejemplo), falta todavía hacerse capaz de vivir ese amor. Tomás Melendo lo explica gráficamente: “La persona que no ha hecho operativa su libertad, extendiendo el imperio de la voluntad y del entendimiento al resto de sus facultades y potencias, la persona dominada por las pasiones, por el ambiente, por los vaivenes de un humor incontrolado, esa persona, si no lucha por dominarse, es incapaz de amar. Sólo quien ejerce el señorío de su propio ser puede, en un acto soberano de libertad, entregarlo plenamente a los otros, al hombre o mujer elegidos, a quien haya hecho objeto de sus amores”.

Por lo tanto, y dado que este es un blog dedicado a la familia, es indudable que el matrimonio y la familia son una opción por el amor que la libertad primero descubre, después elige y, con ayuda del resto de facultades humanas, logra con esfuerzo y competencia transformar día a día en ámbito de felicidad.

Una buena ayuda para conseguirlo es la formación continua (¡sí, también hay que formarse en el amor!), como la que este fin de semana ha empezado en el congreso digital Lovetalks: sexualidad y afectividad, de la IFFD, con más de 40 ponencias de los mejores expertos mundiales (salvo un dentista y un abogado -el que esto escribe- que se han colado en el plantel) que se pueden disfrutar durante seis meses. ¡Y aún está la inscripción abierta! [link a la web del congreso – clicar la pestaña de arriba a la derecha: comprar ticket]

Feliz semana (y perdón por el retraso en escribir).

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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