Hogar

Ayer tuve la ocasión (y el gozo) de participar en una mesa redonda organizada en IESE por Home Renaissance Foundation, un think tank dedicado a promover el reconocimiento y visibilidad del trabajo del hogar (www.homerenaissancefoundation.org).

Se trataba de presentar el libro “The Home: Multidisciplinary Reflections”, lo que se encargó de hacer con maestría el profesor emérito de IESE Antonio Argandoña, quien sintetizó en pocos minutos lo esencial del hogar y de la empresa, pues el tema de debate era: ¿es el hogar una empresa? En la mesa redonda participaban Rosa Pich, influencer, autora del libro “¿Cómo ser feliz con 1, 2, 3… hijos?”, Remei Agulles, profesora universitaria e investigadora del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la Universitat Internacional de Catalunya y quien esto escribe, moderados con destreza por Mireia Las Heras, profesora de IESE Business School.

Como suele suceder con las realidades primarias evidentes, la conclusión afloró nada más comenzar: el hogar y, por extensión, la familia no solo es una empresa, sino que es “la empresa” por excelencia, aquella en la que nos jugamos nuestra felicidad personal. Después, cada ámbito tiene sus propias competencias, aunque también quedó claro que las técnicas de gestión de la empresa tienen mucho que aportar al hogar, al tiempo que la familia, como formadora de personas, puede ser en no pocas ocasiones una brújula que oriente los pasos de la empresa.

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50 años del Fert

Hace 50 años, un grupo de padres tuvo una inspiración: volver a la escuela para formarse como padres y como esposos y llevar a la familia el método del caso. Formarse para lograr el éxito en la única empresa que vale la pena emprender: la familia. Luchar para que cada niño pueda vivir siempre con sus padres, perciba su amor y tenga la seguridad de que ellos también se quieren y procuran con competencia lo mejor para él.

Esos padres constituyeron primero una asociación, el Fert, y después muchas otras. Y llevaron su entusiasmo al mundo entero. Hoy, esa locura que iniciaron unos pioneros a finales de los años 60 ha dado como fruto la ONG dedicada a la familia con presencia más activa en Naciones Unidas. La IFFD, que surgió del Fert, imparte cursos en casi 70 países de los cinco continentes y ha ayudado a cientos de miles de familias en todo el mundo a encontrar su propio camino hacia la felicidad.

Hoy, en el Fert, con estos cincuenta años a la espalda, podemos decir con satisfacción, con legítimo orgullo y, al mismo tiempo, con la humildad de quien sabe que ha avanzado subido a los hombros de aquellos gigantes que nos precedieron, que… hemos dado nuestro primer paso. Un paso pequeño, cincuenta años no son nada para una organización que aspira a acompañar a la humanidad el resto de sus días, pero un paso firme y decidido.

Por eso queríamos celebrarlo. Y lo hicimos ayer, en el aula magna de la Universitat Internacional de Catalunya, con todos los que estamos hoy aquí y con todos aquellos que, en algún lugar del Cielo, contemplan admirados la magnitud de la obra que ayudaron a crecer.

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Disfrutar de la vida

“La medida en el amor está en amar sin medida” es una de las frases de san Agustín que uno ve escritas y dichas con frecuencia. Es bonito decir frases bonitas. Y también es fácil. Vivirlas ya es otra cosa.

Un momento en que se da una fuerte presión social para poner medida al amor es el periodo inmediatamente posterior al matrimonio, en caso de que este exista, claro. El momento de decidir la concepción del primer hijo.

“¡Pero, hombre, no os precipitéis! Disfrutad unos años de la vida y ya luego vendrán los hijos”, suele ser el consejo más escuchado en ese periodo. “¿No ves que ahora te quitará la libertad de los mejores años de tu vida y puede dificultar tu carrera profesional?”.

Desde luego, respeto la postura de quien así piensa. Pero ahora quiero dirigirme a quienes habiendo apostado por la vida sufren esa presión de todo su entorno.

A mí me sucedió algo parecido. Me casé muy joven (con 22 años) y me puse a estudiar una oposición (que después dejé para dedicarme a la abogacía), mientras mi mujer trabajaba. Ya esa decisión fue un notable escándalo en mi círculo de amigos. No se estilaba casarse tan pronto, y menos aún sin que el marido tuviera un trabajo fijo.

Pero en ningún momento se me ocurrió, se nos ocurrió, que debiéramos aplazar el nacimiento de nuestro primer hijo. Y eso que nos costó lo nuestro. Cada mes que pasaba sin que mi mujer se quedara embarazada suponía una gran decepción.

Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que lo que nos sucedía era justamente lo mismo que ocurre a quienes aconsejan, y ya aconsejaban entonces, esperar. La razón que nos movía a buscar denodadamente abrir paso a la vida en nuestro matrimonio era, paradójicamente, la misma: ¡queríamos disfrutar de la vida! Y pensábamos que la mejor manera de disfrutar de la vida era con la vida misma, con la vida que llevábamos en nuestras entrañas.

¡Y vaya si lo hicimos! Aún recuerdo con nostalgia aquellos años en que el tiempo del amor propio se deslizaba entre los dedos y se transformaba en amor paterno, a veces casi impuesto y a contrapelo, pero siempre con la fuerza y la intensidad de lo nuevo y maravilloso. Aquel tiempo en que leer un libro constituía una auténtica proeza y dormir ocho horas, un bendito regalo. Y, sin embargo, era un tiempo feliz, de abandono de sí mismo. Un tiempo en que percibías con inusitada intensidad que la vida te estaba regalando un crecimiento personal que ni el mejor gurú del mundo te podía proporcionar.

Aunque entonces yo no sabía expresarlo, amaba tanto a mi mujer que no era capaz de separar su persona de sus bienes. Y buscaba, acaso sin plena conciencia de hacerlo, todo aquello que la completara como persona y nos colmara a nosotros como matrimonio. ¿Y cuál era el bien fundamental sino la vida, la vida que intuíamos se escondía en nuestros cuerpos?

Gracias a Dios, mis amigos más próximos pensaban del mismo modo, aunque quizás debería decir que ninguno de nosotros lo pensábamos mucho: amábamos a nuestras mujeres y eso era suficiente. Veíamos natural que, junto con la diversión, el servicio, el tiempo juntos, las delicadezas, las caricias, los abrazos y la relación sexual, los hijos formaran parte de la esencia del amor matrimonial. Y, como todos teníamos hijos y estábamos igual de ocupados con ellos y en ellos, compartíamos anhelos y experiencias, agobios y alegrías. Nos acompañábamos en el camino de la vida y disfrutábamos de ella con mucha más intensidad, en parte y precisamente, gracias a los hijos que tuvimos sin poner límite ni trabas al amor, como Agustín de Hipona aconsejaba.

El tiempo también me ha mostrado que muchos de aquellos que decidieron aplazar sine die la llegada de los hijos y calcularon con la fría y torpe cabeza (¡que tan poco sabe de amores!) su trayectoria profesional, matrimonial y paternal, acabaron encerrados en su propio cálculo y, cuando se despertaron al amor completo, la naturaleza les negó o dificultó gravemente su programa.

La vida tiene una parte de misterio que nadie puede descifrar. Hay que aceptarlo. Ni en este siglo de las seguridades somos capaces de controlarlo todo. Mi consejo, pues, a los recién casados no puede ser otro que el de Agustín. No te engañes. Pon lo esencial primero. Ábrete al amor sin condiciones y no juzgues el futuro con tus capacidades del presente, que, cuando llegue a tu vida ese hijo tempranero, tu amor de padre y de madre te mostrará el camino a seguir con una nueva lucidez y competencia.

¡Y a disfrutar de la vida!

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Amor de taxista

Hoy no me tocaba escribir el post, pero hay momentos especiales en la vida en que uno se siente como agitado por una intensa descarga espiritual, emocional o intelectual, una especie de confirmación que la vida te reserva, un rayo de luz que, de pronto, ilumina alguna verdad. Una inspiración.

Hay quien la siente en momentos espiritualmente fuertes, en un curso de retiro, haciendo una peregrinación o en actos colectivos de especial fervor. Pero no me refiero aquí solo a las inspiraciones más místicas, por decirlo de alguna manera, sino también a las que alumbran verdades estrictamente humanas. A mí me suele acontecer en los lugares más peregrinos: en la ducha, en la bicicleta, camino del despacho, corriendo, en el tren o en el taxi. Inopinadamente. Debe de ser cosa de mi vocación de laico, tan metido en el mundo.

Hoy ha sido en el taxi. Y, como me llevaba a la estación del AVE, de vuelta a Barcelona, he aprovechado para escribirlo sin demora en el tren porque no quiero que se mitigue el efecto.

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Uniformes

En alguno de los múltiples cursos de Family Enrichment (orientación familiar) en los que he participado en mi vida aprendí la diferencia entre responsabilidad y ejecución en lo que se refiere a las tareas del hogar y la familia.

La responsabilidad es (ha de ser) siempre compartida entre marido y mujer. Ambos han de decidir de mutuo acuerdo su propio estilo, ir concretando las distintas tareas y obligaciones domésticas y, después, distribuirlas y asignar su ejecución a quien corresponda. Pero la responsabilidad no termina ahí: consiste no solo en decidir y asignar las tareas, sino, sobre todo, en exigir que se cumplan por el encargado.

Quién sea el encargado no tiene mayor importancia: el que corresponda según las circunstancias de la familia. Puede ser alguno de los hijos, de los padres o la persona que ayuda en casa, si la hay. Ejecutar las tareas es lo fácil. Lo que más cansa es responsabilizarse de que se cumplan… y por el encargado, sin suplirle cómodamente, que cuesta más exigir a los hijos que hacer las cosas por ellos.

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El Cielo son los otros

En un lugar de esta tierra de cuyo nombre no quiero acordarme, una persona cuyo rostro he olvidado me describió el otro día un programa de televisión cuyo título sí retuve aunque intentaré no recordar: First Dates. Lo vino a definir como una feria de los egoísmos más burdos, en que se ponen en contacto dos personas que se dedican a buscar un apéndice para sus vidas, un títere que les acepte sin pretender de ellos ningún esfuerzo, mucho menos algo que lejanamente se parezca al amor.

Este comentario divertido en una comida de amigos me trajo a la memoria una frase que se ha convertido en un lugar común aceptado acríticamente en la concepción actual de la libertad: “mi libertad termina donde la de los demás empieza”. Se trata de una visión individualista de la libertad humana que, como afirma Bellamy, considera la sociedad como una yuxtaposición de libertades en la que las libertades de los demás se presentan como una amenaza constante a la mía. Ciertamente, si mi libertad termina donde comienza la de los otros, la convivencia en sociedad es un juego de suma cero (cuando uno gana, otro pierde) en el que, cuanta más libertad tienen los que me rodean, menos tengo yo y viceversa, de modo que he de estar siempre atento a defender mi propia parcela de libertad, no vaya a ser menoscabada por la libertad ajena.
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Hijos del amor más puro

Pido disculpas de antemano por este exceso sentimental, pero hoy se me han juntado dos emociones fuertes: he ido a Lourdes con mi familia y una buena amiga de mi mujer le ha dicho que espera… ¡el undécimo hijo!

Estos dos impactos han bastado para traerme a la memoria un texto que escribí hace tiempo y he decidido traer aquí:

Desde siempre apostaste por la vida. Desde el primer momento supiste, sin que nadie te lo dijera, que aquel acto sublime, corolario y no principio del amor, en que el alma se hace cuerpo y la vida se acaricia, en que se encarna tu entrega de vida y de por vida, aquel acto extremo y casi sagrado en que la sexualidad culmina, era cosa vuestra y sólo vuestra. Desde el principio te opusiste tenazmente a que cualquier elemento ajeno a ti misma, extraño a tu naturaleza se interpusiera entre tú y la vida y cortara el vuelo del amor.

Desde la primera vez sentiste que en aquel acto rodeado de placer se empeñaba toda tu persona, cuerpo y alma, sin tacaño regateo. Y comprendiste que ese empeño, esa entrega, ese continuo regalo de ti misma que es tu vida conyugal sólo era posible en un gesto de suprema libertad. Sabías, como sabes, que sólo quien es auténticamente libre es capaz, en un acto de radical y casi loca libertad, de poseerse a sí mismo por completo y entonces, y sólo entonces, una vez liberado de cualquier externa coacción, entregarse del todo y para siempre.

Desde que en ti nació la vida primeriza contemplaste admirada cómo se desbordaba tu humana plenitud y ya nunca quisiste poner trabas al amor. Desde entonces intuiste con cegadora claridad que un gen divino impregnaba, en un acto único e irrepetible, vuestros humanos genes que se unían… y viste -porque es cierto que lo viste- crecer en tu seno al hijo de vuestro amor bajo Su mirada, la mirada de un Dios que lo hizo imagen de Sí mismo para siempre. Y supiste que en ti la vida tendría siempre ancho margen y holgura en que moverse. Y ella campeó por ti sabiendo que tu generosidad la regalaba.

Pero hoy, sin esperarlo, la vida te ha visitado de nuevo y aún no sabes qué pensar. Le dejaste un resquicio generoso –acaso sin saberlo bien del todo- y ella, como siempre, ha penetrado por él y se ha hecho forma, hijo. Justo ahora, que apenas respirabas. Ahora, que creías haber llegado a la frontera del amor, porque… ¡son ya tantas las vidas que albergaste y te consumen! Ya casi nadie comprendía tu locura, pero ahora…: “¡Otro!”, dirán con sonsonete las voces agoreras. Y tú, en tus pensamientos: “¡Señor! ¿Ahora? ¿Cómo lo haré si ni tan sólo lo deseo?” Y en tu memoria traicionera revolotean aquellas palabras que en mala hora pronunció alguien que nunca supo del Amor la esencia pura: “los hijos no deseados no reciben el mismo amor”.

¡Qué sabrán ellos del Amor y sus dolencias! ¿Qué sabrá quien no ha entregado su vida? ¿Qué sabrá quien no se ha hecho libre por un día y para siempre; quien no se ha hecho hombre entero, mujer entera; quien no se da por miedo a malograr lo que le dieren? ¿Qué sabrán…? Tú sí lo sabes, y hoy quiero recordarte que este hijo que esperas, pero acaso no deseas; que no buscaste, pero fuerte sostienes; que te cuesta, pero amas cada día… es el hijo del amor más puro, de aquel amor que muchos siquiera soñarán que existir pueda.

Este es el hijo de un amor sin concesiones, de un amor que a pulso nace y corre y vuela, de un amor que enraíza en tierra extraña y a fuerza de rasgar encuentra el agua y luego crece y crece… y crece y crece.

Es el hijo del amor más verdadero, de aquel que deja atrás al sentimiento y elige cada día a quien se entrega. Y es el amor que quiere aunque no quiera -¡qué triste es desear si no se ama!-. Es el amor que ríe y llora y clama… y al cabo sólo sabe amar a aquél a quien espera. Es el amor del ángel, de Dios mismo, hecho de don, de libertad, servicio. Es el amor que nada espera, que sólo ama porque sólo amar es su existencia.

Y este amor que tanto cuesta hacer afecto es el amor que más se eleva, que mejor llega y más hondo penetra en la persona amada. Por eso, cuando escuches a aquellos que no supieron del amor sincero, diles -o piensa sólo- que el deseo si está solo es egoísmo y el amor si solo está es amor más puro.

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Los desheredados

Cuando se estrenó la película La Pasión, dirigida por Mel Gibson, salía yo del cine y escuché, delante de mí, a dos jóvenes debidamente rasurados y tatuados entablar una conversación parecida a esta:

  • ¡Qué tío, el Jesús ese! ¡Qué huevos (en realidad, la expresión fue menos metafórica)! ¡Cómo le contesta al Pilatos!
  • ¡Sí, tío!… Oye, ¿y el que se ahorca era el Pedro o el Judas? ¡Es que se parecían un huevo!

Me ha venido a la memoria esta escena tras la lectura de un libro muy recomendable que me aconsejó mi buen amigo Álex Jordán: “Los desheredados, por qué es urgente transmitir la cultura”.

El libro, escrito por François-Xavier Bellamy, un joven profesor de filosofía francés, aborda con especial lucidez la evolución de la educación en la modernidad. El autor conecta la conclusión de Descartes (solo lo que yo piense es claro e indubitado), con la intuición de Rousseau (la transmisión de la cultura ha introducido la maldad y degradación humanas: la ignorancia del ‘buen salvaje’ es el estado del ser humano que le aportará la sabiduría natural. Véase, como demostración de su influencia, la película Avatar) y culmina con el desarrollo del marxista Bourdieu (la escuela, la familia, la iglesia… son lugares de coacción en los que se perpetúan las diferencias sociales al transmitir un capital cultural clasista contra el que hay que luchar para no condicionar a los estudiantes).

Estos tres autores, junto con otros, han ejercido, en efecto, una decisiva influencia en el rechazo de la transmisión del conocimiento en la educación actual, donde prevalece la apuesta por los recursos, los medios, los debates…, frente a la transmisión del saber mediante el estudio, la lectura y la memorización.

“El desarrollo de las nuevas tecnologías -afirma el autor- deja entrever, en efecto, la posibilidad de un cumplimiento inaudito de la promesa de Rousseau, el de una infancia liberada, por fin, de toda transmisión. Porque, de ahora en adelante, todo el saber estará accesible en Internet y ya no es necesario imponer a nuestros sucesores la condena de tener que aprender”.

La tesis del autor es la que todos intuimos: “el hombre es, por naturaleza, un ser necesitado; y, en la primera línea de las necesidades que le afligen, se encuentra la cultura”. El ser humano es un ser “de mediación”, no es in-mediatamente hombre; necesita a los otros, le es precisa la mediación de los demás para llegar a ser él mismo. Y una mediación esencial es la de la cultura.

Aprender de memoria es dejar que un texto, una música, un saber nos habiten, nos transformen, eleven y aumenten nuestro espíritu y nuestro corazón hasta la altura que le es propia”. Aprender un poema no es lo mismo que encontrarlo en la web, porque los versos aprendidos habitan en nosotros y nos conforman y configuran como seres humanos. Nada hay más hermoso, afirma Bellamy, que aprender de memoria, “par coeur”, “by heart”.

Y otro tanto sucede con el lenguaje. Hace falta cierta riqueza de vocabulario para ser capaz no solo de expresar, sino también de sentir las emociones. ¿Cómo va a poder distinguir un joven con lenguaje empobrecido entre “amar”, “estimar”, “apreciar”, “admirar”, “agradar”, “adorar”, “querer”, “adular”…?, se pregunta el autor, con acierto y preocupación.

El aprendizaje esforzado de la cultura, de una cultura determinada, y no la informe universalización indiferenciada que hoy proponen las tecnologías, contribuirá mucho más a la paz y el respeto en el mundo que todos los debates escolares y asignaturas de educación ciudadana: “recuerden a los estudiantes, en todos los reglamentos y documentos que quieran, que el sexismo está mal; reúnan a los universitarios para hacerles reflexionar sobre el respeto al otro; todo eso no servirá para nada. En cambio, háganles estudiar la vida de Juana de Arco, su historia, su proceso; denles a leer a Madame de La Fayette; háganles aprender todo lo que Madame Curie ha dado a la ciencia: ¿cómo podrá ni un solo alumno afirmar después que la mujer es inferior al hombre?”

No importa qué cultura se transmita, en cada lugar la suya, porque solo el amor a una cultura podrá generar la admiración y el respeto por las otras, al igual que el amor a unos padres, con sus luces y sus sombras, nos permite reconocer y respetar el amor que los demás tienen a los suyos.

Pero, para transmitir la cultura hace falta esfuerzo… y una autoridad que lo exija: “a veces parece como si estuviera creciendo una generación de niños salvajes, una generación de jóvenes abandonados a la inmediatez compulsiva de sus apetitos, instintos e impulsos”. Transmitir lo mejor que hemos recibido no limita la autonomía de nuestros hijos, sino que les abre el camino a la libertad con la que podrán decidir su propia trayectoria, cercana o alejada de la nuestra. “No hay acto de amor más grande que el acto de la autoridad”, llega a afirmar Bellamy, de una autoridad que muestra al niño un verdadero interés por él que nunca podrá percibir en la indiferencia de quien nada exige ni prohíbe.

Volviendo a la anécdota con la que he empezado, recuerda el autor que la ignorancia vuelve mudas las estatuas, indescifrables los cuadros y las imágenes, incomprensibles los textos, ininteligibles las catedrales, irreconocibles nuestros más cotidianos rituales y expresiones.

La conclusión del libro (una de ellas) es demoledora: al abandonar la transmisión de la cultura, engendraremos, ciertamente, el buen salvaje que soñaba Rousseau, pero ese salvaje, desheredado de toda herencia cultural, ha perdido toda posibilidad de dar cumplimiento a su humanidad y solo encuentra un medio para imponer sus ideas propias: la violencia. “Lo constatamos ya: en todos los terrenos en los que la autoridad ha desertado prosperan los radicalismos más delirantes y la violencia más absurda. Si la familia y la escuela persisten en la renuncia del papel que deben jugar, pronto tendremos que recordar que ‘las civilizaciones son mortales’”.

¿Estaremos acelerando la muerte de la nuestra?

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Al final lo que dice de que no sabrán apreciar nada

Amor que engorda

“Hasta septiembre…, más morenos y más gordos”, me dijo, con crudo realismo, una compañera de despacho cuando se despedía para irse de vacaciones.

El régimen o dieta prevacacional, la llamada “operación bikini”, es ya un lugar común en los medios durante las semanas, ¡y hasta los meses!, previos a las vacaciones de verano y de Navidad. Importa estar en forma. Nadie lo pone en duda, aunque en ocasiones constituya una tremenda paradoja: ¡dejar de comer para poder comer! Nuestra sociedad moderna, bienestante y opulenta acepta sin problema alguno esta universal y comercial batalla contra la gula -porque de eso se trata: de poner la gula a raya-, siempre que sea para elevar la autoestima y poder exhibir la mejor figura posible enfundada en nuestro indiscreto bañador. O para estar en condiciones de poder disfrutar sin cortapisas de todos los placeres propios de las vacaciones, habiendo conseguido un margen aceptable para el engorde con un previo y exigente adelgazamiento.

En cambio, hay otro tipo de regímenes que no se entienden tan bien. Por ejemplo, como ya he dicho en otras ocasiones, yo tengo un hermano monje. Y, por extraño que parezca, mi hermano hace régimen por amor…, pero no por amor a sí mismo, sino por amor a Dios. Quizás sería más exacto decir que “le hacen” el régimen, porque, al ser monje mendicante, come lo que le dan aquellos a quienes pide.

“¿Cómo? ¿Régimen, un monje? ¿Para estar en forma? ¡Y qué le importará a Dios la figura de un monje ‘contemplativo en medio del mundo de la pobreza’!”, podría objetar cualquier nutricionista aficionado. Y mi hermano le contestaría algo así: “Lo mismo que me importa a mí: nada. No me abstengo de los manjares para modelar mi cuerpo, sino para esculpir mi alma y mi entera persona. Yo quiero estar en forma para Dios y para mis hermanos los pobres, quiero estar ágil y presto para entregarme a ellos en cualquier momento. Y, sobre todo, no quiero que los alimentos y las bebidas se conviertan en mis pequeños y caprichosos dioses, se adueñen de mí y me acaben llevando por donde ellos quieran”. Probablemente, mi hermano daría, además, alguna razón aún más sobrenatural, conectada con Jesucristo, que por algo es monje católico, pero entrar ahora en este terreno excedería el objeto de este post.

Lo interesante para nosotros es que este régimen monacal se puede transformar en matrimonial. ¡Régimen por amor a mi mujer! La verdad, parece mucho más atractivo e interesante que lo de la “operación bikini”. Y, si bien se piensa, no es una opción, ¡es una exigencia del amor! En el fondo, de cualquier amor, pero muy en especial del amor matrimonial.

El amor a mi mujer, a mi marido, en efecto, me exige estar en forma para ella o para él. No que tenga una figura esbelta, de anuncio, lo que no depende solo de mi voluntad; sino que tenga un cuerpo y un alma, sean como sean los que me ha regalado la naturaleza, en la mejor forma posible para poder amar. Que no me abandone. Que conserve la mayor agilidad posible para poderme levantar enseguida y sin esfuerzo cuando haya que hacer algo en casa. Que no me entregue cada tarde del verano largas horas en brazos de Morfeo para que mi cuerpo pueda asimilar los litros de alcohol y los kilos de alimento ingeridos a destajo. Que pueda olvidarme de mis antojos de gourmet aficionado para centrarme en los deseos de aquellos a quienes amo. Que sea capaz de ofrecer una sonrisa cuando un día cualquiera de verano no pueda disfrutar del grado exacto de frío con que a mí me gusta la cerveza. Que pueda ceder sin especial dramatismo el último trago de mi cantimplora al volver de una excursión o el último sorbo de mi bebida refrescante regresando de la playa, cuando el calor y el cansancio se empeñan en tomar las riendas de mi voluntad antojadiza. Y muchas cosas más, porque la gula, aunque ya casi ni se reconozca como vicio, es mala compañera en esto del amor.

Naturalmente, se trata de una disposición habitual, que no excluye, sino que reclama como manifestaciones también evidentes de amor, las licencias propias de quien ama de verdad, que invitan a disfrutar al máximo de los buenos momentos que podamos regalarnos para alimentar y hacer crecer nuestro amor. Ya se entiende. Se trata de amar… y también de ser amado. Por eso es cosa de dos.

¡Feliz verano!

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Amor encofrado

Mi hija Belén, de 19 años de edad, está en la India, con un grupo de jóvenes, haciendo un voluntariado (ellos prefieren llamarlo compartiriado) organizado por una asociación que se llama Hakuna, impulsada por un sacerdote católico: José Pedro Manglano (Don Josepe para los amigos). Bueno, lo de ‘grupo’ de jóvenes es un eufemismo, ¡porque son 200! Para que sepamos que siguen con vida y cómo sigue su vida, nos van mandando, a los padres, las cartas que van escribiendo algunos de ellos.

En una de las últimas, después de describir con realismo las calles de Calcuta, las ratas correteando, los cuervos graznando, las basuras exhibiéndose sin rubor y los mil hedores pugnando por sobresalir, hay frases como estas: “a la gran mayoría de pacientes que hemos tratado, Dios les ha entregado una cruz con la cual han tenido que cargar toda su vida cargada de miseria, falta de amor y tristeza” (…) “Nosotros tenemos la suerte de tener familias maravillosas que nos lo han dado todo sin dar nada nosotros a cambio. Una de las lecciones que hemos comprendido es la necesidad de dar sin tener que recibir nada a cambio, nos sentimos tan agradecidos”.

La pregunta, en un blog dedicado a la familia y al matrimonio, y retomando ya la serie de posts sobre el amor y sus opuestos, es inevitable: ¿por qué nos olvidamos tan fácilmente de que es posible dar sin tener que recibir nada a cambio? ¡Qué extraña suena esta frase en nuestro entorno! Nos hemos acostumbrado a vivir una caricatura del amor, un supuesto “amor” egocentrado, exigente y caprichoso. ¿Qué le ha pasado al amor en Occidente que se parece más a una exigencia que a una entrega? ¿Será necesario ir a Calcuta para volver a aprender a amar?

De eso va el post de hoy, del amor avaro. Una contradicción en los términos y, sin embargo, una experiencia diaria. Es el ‘amor’ de la primera persona, el de ‘mis’ derechos, ‘mi’ fama, ‘mi’ prestigio, ‘mi’ orgullo herido, ‘mi’ tiempo, ‘mi’ carrera, ‘mi’ deporte, ‘mi’ realización personal, ‘mi’ seguridad, ‘mi’ dinero, ‘mi’ futuro, ‘mi’ jubilación, ‘mis’ planes de pensiones… y, después, si encajas en todo esto, y solo entonces, vendrás ‘tú’.

Ego, ego, ego, ego…
Y va balando el borrego.

¡Qué poco original! Andar todo el día a vueltas con uno mismo. Vivimos en el siglo y en el lugar de las seguridades y estamos intranquilos, nos falta siempre algo, nos sentimos vacíos. Y algún joven desprendido nos tiene que recordar de vez en cuando que, sí, ¡se puede ser feliz en un centro de tuberculosos de Calcuta!

Y, claro, por ese camino de comodidad, seguridad, tranquilidad y desarrollo personal se nos acaba marchitando el amor.

Nos hemos creído tanto aquello de “nadie da lo que no tiene” que nos hemos centrado en tener y nos hemos olvidado de dar. Habrá que recordar una vez más que, cuando de amor hablamos, es igualmente cierta la afirmación contraria: “nadie tiene lo que no da”. Lo que no se entrega, lo que se conserva y se guarda para uno mismo se pierde para el amor. El tiempo que no regalamos, la sonrisa que no ofrecemos, el beso que no damos, la incomodidad que no aceptamos, la aventura que no emprendemos, la locura que no vivimos en esa disparatada, ¡y tan humana!, osadía de un amor que no calcula la intensidad de su entrega…, todo esto caduca y se pudre en nosotros para siempre.

Hay amores encofrados, que van acumulando objetos en el cofre de su propio esplendor. Pero todo el mundo sabe que los cofres que no se abren acaban siempre en el desván con sus abalorios roídos y apolillados. ¡Cuánta razón tenía santa Teresa de Calcuta!: quien no vive para servir, no sirve para vivir.

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