Los desheredados

Cuando se estrenó la película La Pasión, dirigida por Mel Gibson, salía yo del cine y escuché, delante de mí, a dos jóvenes debidamente rasurados y tatuados entablar una conversación parecida a esta:

  • ¡Qué tío, el Jesús ese! ¡Qué huevos (en realidad, la expresión fue menos metafórica)! ¡Cómo le contesta al Pilatos!
  • ¡Sí, tío!… Oye, ¿y el que se ahorca era el Pedro o el Judas? ¡Es que se parecían un huevo!

Me ha venido a la memoria esta escena tras la lectura de un libro muy recomendable que me aconsejó mi buen amigo Álex Jordán: “Los desheredados, por qué es urgente transmitir la cultura”.

El libro, escrito por François-Xavier Bellamy, un joven profesor de filosofía francés, aborda con especial lucidez la evolución de la educación en la modernidad. El autor conecta la conclusión de Descartes (solo lo que yo piense es claro e indubitado), con la intuición de Rousseau (la transmisión de la cultura ha introducido la maldad y degradación humanas: la ignorancia del ‘buen salvaje’ es el estado del ser humano que le aportará la sabiduría natural. Véase, como demostración de su influencia, la película Avatar) y culmina con el desarrollo del marxista Bourdieu (la escuela, la familia, la iglesia… son lugares de coacción en los que se perpetúan las diferencias sociales al transmitir un capital cultural clasista contra el que hay que luchar para no condicionar a los estudiantes).

Estos tres autores, junto con otros, han ejercido, en efecto, una decisiva influencia en el rechazo de la transmisión del conocimiento en la educación actual, donde prevalece la apuesta por los recursos, los medios, los debates…, frente a la transmisión del saber mediante el estudio, la lectura y la memorización.

“El desarrollo de las nuevas tecnologías -afirma el autor- deja entrever, en efecto, la posibilidad de un cumplimiento inaudito de la promesa de Rousseau, el de una infancia liberada, por fin, de toda transmisión. Porque, de ahora en adelante, todo el saber estará accesible en Internet y ya no es necesario imponer a nuestros sucesores la condena de tener que aprender”.

La tesis del autor es la que todos intuimos: “el hombre es, por naturaleza, un ser necesitado; y, en la primera línea de las necesidades que le afligen, se encuentra la cultura”. El ser humano es un ser “de mediación”, no es in-mediatamente hombre; necesita a los otros, le es precisa la mediación de los demás para llegar a ser él mismo. Y una mediación esencial es la de la cultura.

Aprender de memoria es dejar que un texto, una música, un saber nos habiten, nos transformen, eleven y aumenten nuestro espíritu y nuestro corazón hasta la altura que le es propia”. Aprender un poema no es lo mismo que encontrarlo en la web, porque los versos aprendidos habitan en nosotros y nos conforman y configuran como seres humanos. Nada hay más hermoso, afirma Bellamy, que aprender de memoria, “par coeur”, “by heart”.

Y otro tanto sucede con el lenguaje. Hace falta cierta riqueza de vocabulario para ser capaz no solo de expresar, sino también de sentir las emociones. ¿Cómo va a poder distinguir un joven con lenguaje empobrecido entre “amar”, “estimar”, “apreciar”, “admirar”, “agradar”, “adorar”, “querer”, “adular”…?, se pregunta el autor, con acierto y preocupación.

El aprendizaje esforzado de la cultura, de una cultura determinada, y no la informe universalización indiferenciada que hoy proponen las tecnologías, contribuirá mucho más a la paz y el respeto en el mundo que todos los debates escolares y asignaturas de educación ciudadana: “recuerden a los estudiantes, en todos los reglamentos y documentos que quieran, que el sexismo está mal; reúnan a los universitarios para hacerles reflexionar sobre el respeto al otro; todo eso no servirá para nada. En cambio, háganles estudiar la vida de Juana de Arco, su historia, su proceso; denles a leer a Madame de La Fayette; háganles aprender todo lo que Madame Curie ha dado a la ciencia: ¿cómo podrá ni un solo alumno afirmar después que la mujer es inferior al hombre?”

No importa qué cultura se transmita, en cada lugar la suya, porque solo el amor a una cultura podrá generar la admiración y el respeto por las otras, al igual que el amor a unos padres, con sus luces y sus sombras, nos permite reconocer y respetar el amor que los demás tienen a los suyos.

Pero, para transmitir la cultura hace falta esfuerzo… y una autoridad que lo exija: “a veces parece como si estuviera creciendo una generación de niños salvajes, una generación de jóvenes abandonados a la inmediatez compulsiva de sus apetitos, instintos e impulsos”. Transmitir lo mejor que hemos recibido no limita la autonomía de nuestros hijos, sino que les abre el camino a la libertad con la que podrán decidir su propia trayectoria, cercana o alejada de la nuestra. “No hay acto de amor más grande que el acto de la autoridad”, llega a afirmar Bellamy, de una autoridad que muestra al niño un verdadero interés por él que nunca podrá percibir en la indiferencia de quien nada exige ni prohíbe.

Volviendo a la anécdota con la que he empezado, recuerda el autor que la ignorancia vuelve mudas las estatuas, indescifrables los cuadros y las imágenes, incomprensibles los textos, ininteligibles las catedrales, irreconocibles nuestros más cotidianos rituales y expresiones.

La conclusión del libro (una de ellas) es demoledora: al abandonar la transmisión de la cultura, engendraremos, ciertamente, el buen salvaje que soñaba Rousseau, pero ese salvaje, desheredado de toda herencia cultural, ha perdido toda posibilidad de dar cumplimiento a su humanidad y solo encuentra un medio para imponer sus ideas propias: la violencia. “Lo constatamos ya: en todos los terrenos en los que la autoridad ha desertado prosperan los radicalismos más delirantes y la violencia más absurda. Si la familia y la escuela persisten en la renuncia del papel que deben jugar, pronto tendremos que recordar que ‘las civilizaciones son mortales’”.

¿Estaremos acelerando la muerte de la nuestra?

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Al final lo que dice de que no sabrán apreciar nada

Amor que engorda

“Hasta septiembre…, más morenos y más gordos”, me dijo, con crudo realismo, una compañera de despacho cuando se despedía para irse de vacaciones.

El régimen o dieta prevacacional, la llamada “operación bikini”, es ya un lugar común en los medios durante las semanas, ¡y hasta los meses!, previos a las vacaciones de verano y de Navidad. Importa estar en forma. Nadie lo pone en duda, aunque en ocasiones constituya una tremenda paradoja: ¡dejar de comer para poder comer! Nuestra sociedad moderna, bienestante y opulenta acepta sin problema alguno esta universal y comercial batalla contra la gula -porque de eso se trata: de poner la gula a raya-, siempre que sea para elevar la autoestima y poder exhibir la mejor figura posible enfundada en nuestro indiscreto bañador. O para estar en condiciones de poder disfrutar sin cortapisas de todos los placeres propios de las vacaciones, habiendo conseguido un margen aceptable para el engorde con un previo y exigente adelgazamiento.

En cambio, hay otro tipo de regímenes que no se entienden tan bien. Por ejemplo, como ya he dicho en otras ocasiones, yo tengo un hermano monje. Y, por extraño que parezca, mi hermano hace régimen por amor…, pero no por amor a sí mismo, sino por amor a Dios. Quizás sería más exacto decir que “le hacen” el régimen, porque, al ser monje mendicante, come lo que le dan aquellos a quienes pide.

“¿Cómo? ¿Régimen, un monje? ¿Para estar en forma? ¡Y qué le importará a Dios la figura de un monje ‘contemplativo en medio del mundo de la pobreza’!”, podría objetar cualquier nutricionista aficionado. Y mi hermano le contestaría algo así: “Lo mismo que me importa a mí: nada. No me abstengo de los manjares para modelar mi cuerpo, sino para esculpir mi alma y mi entera persona. Yo quiero estar en forma para Dios y para mis hermanos los pobres, quiero estar ágil y presto para entregarme a ellos en cualquier momento. Y, sobre todo, no quiero que los alimentos y las bebidas se conviertan en mis pequeños y caprichosos dioses, se adueñen de mí y me acaben llevando por donde ellos quieran”. Probablemente, mi hermano daría, además, alguna razón aún más sobrenatural, conectada con Jesucristo, que por algo es monje católico, pero entrar ahora en este terreno excedería el objeto de este post.

Lo interesante para nosotros es que este régimen monacal se puede transformar en matrimonial. ¡Régimen por amor a mi mujer! La verdad, parece mucho más atractivo e interesante que lo de la “operación bikini”. Y, si bien se piensa, no es una opción, ¡es una exigencia del amor! En el fondo, de cualquier amor, pero muy en especial del amor matrimonial.

El amor a mi mujer, a mi marido, en efecto, me exige estar en forma para ella o para él. No que tenga una figura esbelta, de anuncio, lo que no depende solo de mi voluntad; sino que tenga un cuerpo y un alma, sean como sean los que me ha regalado la naturaleza, en la mejor forma posible para poder amar. Que no me abandone. Que conserve la mayor agilidad posible para poderme levantar enseguida y sin esfuerzo cuando haya que hacer algo en casa. Que no me entregue cada tarde del verano largas horas en brazos de Morfeo para que mi cuerpo pueda asimilar los litros de alcohol y los kilos de alimento ingeridos a destajo. Que pueda olvidarme de mis antojos de gourmet aficionado para centrarme en los deseos de aquellos a quienes amo. Que sea capaz de ofrecer una sonrisa cuando un día cualquiera de verano no pueda disfrutar del grado exacto de frío con que a mí me gusta la cerveza. Que pueda ceder sin especial dramatismo el último trago de mi cantimplora al volver de una excursión o el último sorbo de mi bebida refrescante regresando de la playa, cuando el calor y el cansancio se empeñan en tomar las riendas de mi voluntad antojadiza. Y muchas cosas más, porque la gula, aunque ya casi ni se reconozca como vicio, es mala compañera en esto del amor.

Naturalmente, se trata de una disposición habitual, que no excluye, sino que reclama como manifestaciones también evidentes de amor, las licencias propias de quien ama de verdad, que invitan a disfrutar al máximo de los buenos momentos que podamos regalarnos para alimentar y hacer crecer nuestro amor. Ya se entiende. Se trata de amar… y también de ser amado. Por eso es cosa de dos.

¡Feliz verano!

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Amor encofrado

Mi hija Belén, de 19 años de edad, está en la India, con un grupo de jóvenes, haciendo un voluntariado (ellos prefieren llamarlo compartiriado) organizado por una asociación que se llama Hakuna, impulsada por un sacerdote católico: José Pedro Manglano (Don Josepe para los amigos). Bueno, lo de ‘grupo’ de jóvenes es un eufemismo, ¡porque son 200! Para que sepamos que siguen con vida y cómo sigue su vida, nos van mandando, a los padres, las cartas que van escribiendo algunos de ellos.

En una de las últimas, después de describir con realismo las calles de Calcuta, las ratas correteando, los cuervos graznando, las basuras exhibiéndose sin rubor y los mil hedores pugnando por sobresalir, hay frases como estas: “a la gran mayoría de pacientes que hemos tratado, Dios les ha entregado una cruz con la cual han tenido que cargar toda su vida cargada de miseria, falta de amor y tristeza” (…) “Nosotros tenemos la suerte de tener familias maravillosas que nos lo han dado todo sin dar nada nosotros a cambio. Una de las lecciones que hemos comprendido es la necesidad de dar sin tener que recibir nada a cambio, nos sentimos tan agradecidos”.

La pregunta, en un blog dedicado a la familia y al matrimonio, y retomando ya la serie de posts sobre el amor y sus opuestos, es inevitable: ¿por qué nos olvidamos tan fácilmente de que es posible dar sin tener que recibir nada a cambio? ¡Qué extraña suena esta frase en nuestro entorno! Nos hemos acostumbrado a vivir una caricatura del amor, un supuesto “amor” egocentrado, exigente y caprichoso. ¿Qué le ha pasado al amor en Occidente que se parece más a una exigencia que a una entrega? ¿Será necesario ir a Calcuta para volver a aprender a amar?

De eso va el post de hoy, del amor avaro. Una contradicción en los términos y, sin embargo, una experiencia diaria. Es el ‘amor’ de la primera persona, el de ‘mis’ derechos, ‘mi’ fama, ‘mi’ prestigio, ‘mi’ orgullo herido, ‘mi’ tiempo, ‘mi’ carrera, ‘mi’ deporte, ‘mi’ realización personal, ‘mi’ seguridad, ‘mi’ dinero, ‘mi’ futuro, ‘mi’ jubilación, ‘mis’ planes de pensiones… y, después, si encajas en todo esto, y solo entonces, vendrás ‘tú’.

Ego, ego, ego, ego…
Y va balando el borrego.

¡Qué poco original! Andar todo el día a vueltas con uno mismo. Vivimos en el siglo y en el lugar de las seguridades y estamos intranquilos, nos falta siempre algo, nos sentimos vacíos. Y algún joven desprendido nos tiene que recordar de vez en cuando que, sí, ¡se puede ser feliz en un centro de tuberculosos de Calcuta!

Y, claro, por ese camino de comodidad, seguridad, tranquilidad y desarrollo personal se nos acaba marchitando el amor.

Nos hemos creído tanto aquello de “nadie da lo que no tiene” que nos hemos centrado en tener y nos hemos olvidado de dar. Habrá que recordar una vez más que, cuando de amor hablamos, es igualmente cierta la afirmación contraria: “nadie tiene lo que no da”. Lo que no se entrega, lo que se conserva y se guarda para uno mismo se pierde para el amor. El tiempo que no regalamos, la sonrisa que no ofrecemos, el beso que no damos, la incomodidad que no aceptamos, la aventura que no emprendemos, la locura que no vivimos en esa disparatada, ¡y tan humana!, osadía de un amor que no calcula la intensidad de su entrega…, todo esto caduca y se pudre en nosotros para siempre.

Hay amores encofrados, que van acumulando objetos en el cofre de su propio esplendor. Pero todo el mundo sabe que los cofres que no se abren acaban siempre en el desván con sus abalorios roídos y apolillados. ¡Cuánta razón tenía santa Teresa de Calcuta!: quien no vive para servir, no sirve para vivir.

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Gentleman Jack

El teniente Jack Cambria, que se jubiló el año pasado, ha dedicado más de treinta años de su vida, como experto en negociación del New York Police Department’s (NYPD’s), a liberar rehenes y convencer a suicidas y atracadores para que desistan de su propósito. Su brillante carrera ha suscitado un reconocimiento general y, recientemente, le entrevistaron en el Wall Street Journal. Sus declaraciones las comenta Katie Shonk en el blog del Programa de Negociación de la Harvard Law School y nos pueden ayudar a nosotros, padres de familia, a “negociar” con nuestros hijos. Pienso, especialmente, en los adolescentes.

Predisposición. Cambria explica que, cuando accedió al cuerpo de policía, tenía preconcebidos a los homeless como ‘sucios’, ‘violentos’ y ‘mentalmente enfermos’. Un día, inspeccionando la mochila de uno de ellos, encontró una obra de teatro en la que el homeless explicaba sus luchas por mejorar en la vida. “Esos dos minutos, explica Cambria, bastaron para transportarme desde el homeless que llevaba en mi mochila hasta el dramaturgo que encontré en la suya”, y su visión cambió totalmente. A partir de ese día, su mirada prevenida y desconfiada se transformó en una sonrisa que le hizo ganar el sobrenombre de ‘Gentleman Jack’ en los suburbios neoyorquinos. Descubrió que la sonrisa era mucho más eficaz que la desconfianza. Partiendo de esta premisa, Jack Cambria da tres consejos para cualquier negociación:

  1. Tratar primero las emociones. Cualquier actitud de aparente agresividad responde a emociones y relaciones, por lo que ellas son las primeras que hay que gestionar. Sea lo que sea lo que pidan los secuestradores, detrás de ello hay una preocupación emocional subyacente (deseo de respeto, de atención, de amor). Por lo tanto, antes de dar una respuesta racional, es conveniente intentar conectar emocionalmente y descubrir el sentimiento que hay detrás de la acción. De esta manera es más fácil tratar el asunto con calma y comprensión mutua.
  2. Aprender a escuchar. Tanto a nivel emocional como a nivel racional, la escucha atenta y sin prejuicios es fundamental. En lugar de introducirse, desde la razón, en un debate sin salida con reflexiones del estilo “pero, hombre, si tiene usted toda la vida por delante”, Cambria aconseja escuchar mucho, intentar descubrir las ansiedades del secuestrador y utilizar frases de soporte, del tipo “entiendo que se sienta incomprendido”. Es más importante comprender sus motivaciones que preparar nuestra respuesta, para lo cual hay que escuchar con todos los sentidos puestos en ello. El lema del equipo de Cambria es: “talk to me”.
  3. Construir la confianza con pequeñas concesiones. No es difícil encontrar pequeñas concesiones que pueden ayudar a facilitar una solución que no era la inicialmente querida por el atracador, pero que era previsible si su plan fallaba. Por ejemplo, dejarle elegir el distrito de policía al que ir (por lo visto, para él tiene su pequeña importancia). Katie Shonk, en su artículo, traslada la cuestión a la negociación profesional y sugiere, por ejemplo, conceder que la reunión tenga lugar en la oficina de nuestro interlocutor, como deferencia hacia él.

Diría que en los anteriores consejos hay suficiente materia como para replantear la relación con nuestros hijos, y sigo pensando especialmente en los adolescentes, que están sumidos en esa confusión temperamental de no fácil manejo.

Por ejemplo, nuestro hijo no ha terminado los deberes, tal como habíamos convenido, y nos dice que se va a poner a jugar un rato a Fortnite (o cualquier juego de ordenador online) con sus amigos, lo que significa, con toda probabilidad, que ya difícilmente los terminará.

Nuestra predisposición puede ser: “ha faltado a su palabra y no quiere hacer los deberes”, pero también podría ser: “quiere hacer los deberes, pero le cuesta y le atrae más jugar con sus amigos”. La primera incorpora un juicio de intenciones que pone a la defensiva y aleja. La segunda, más comprensiva, aproxima.

Nuestra reacción puede ser estrictamente racional: “Has dicho que harías los deberes antes de jugar. Has de ser consecuente con tus decisiones. No puedes jugar hasta que los termines”.

La reacción Cambria podría ser más bien algo así: “la verdad es que este juego no lo acabo de entender: ¿en qué dices que consiste?” o algo similar, y, al rato: “hummm…, pues sí parece divertido…, y, dime, ¿los deberes cuándo los harás, ahora, en un momento, y así ya están, o dentro de un rato? No te queda mucho tiempo, ¿los haces ahora o fijamos una hora para terminarlos? ¿Qué prefieres? Eso sí, ¡con la condición de que ganes a tus amigos!”. Y aquí viene lo más difícil: creerle y que lo note, aunque estemos convencidos de que no los va a hacer. Y avisarle cuando llegue la hora, claro.

En fin, que nadie lo tome como receta. Es una propuesta y no siempre será el mejor camino. Cada uno conoce a los suyos y es el más indicado para afrontar la situación concreta en que se encuentra. Pero sí aconsejo dar alguna vuelta a las recomendaciones de ‘Gentleman Jack’: nos pueden ayudar a descubrir nuevos y fructíferos caminos que explorar. Al fin y al cabo, nuestros adolescentes nos ponen muchas veces en situaciones de estrés que poco tienen que envidiar a un robo con rehenes.

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Amor que bosteza

En los posts anteriores he hablado de lujuria y de ira. Ahora le toca a la pereza, que también amenaza al amor.

El secreto de la desgracia del ser humano -enseñaba Armando Segura en una conferencia a la que tuve ocasión de asistir hace unos años- es considerar el punto de partida como punto de llegada. Y el secreto de su felicidad, considerar el punto de llegada como punto de partida.

En efecto, seguía explicando, el ser humano, para ser esencialmente lo que es, vive fundamentalmente de lo que no existe. Lo que existe, lo que conoce, lo que tiene es siempre punto de partida, y el hombre que se limita a conservarlo (el conservador por naturaleza) es un desgraciado, pues no tiene tarea. O, peor aún, se tiene a sí mismo como tarea.

El hombre sin tarea, sin misión, concluía, es el mayor desgraciado del mundo. Es el hombre que sólo se tiene a sí mismo, que no sueña, que no avanza, que sólo se repite. Es el drogadicto, el alcohólico, el adicto al sexo, para quien su tarea es la repetición y su punto de partida es siempre punto de llegada, ya conoce el final, siempre conoce el final al que está irremisiblemente atado.

Es curioso cómo el amor inteligente, activo, imaginativo y sagaz, tan característico de la época de conquista, puede llegar a degradarse en un amor tonto, perezoso, romo y obtuso, incapaz de activar ningún resorte de atracción. Suele suceder cuando el amante consigue el amor tan deseado y lo confunde con un apéndice de sí mismo en lugar de verlo como su propio proyecto de vida.

Hay parejas que se separan por aburrimiento. El aburrimiento suele tener dos causas: la autocontemplación y la pereza. La primera es evidente: si me centro en mí mismo, me aburro porque ya me conozco mucho. La segunda, también: si no activo mis neuronas y mis músculos emocionales para actualizar mi amor, acabo, por defecto, centrado en mí mismo. Y me acaba dando pereza salir de mí.

Otras, al contrario, se separan por exceso de cambio. ¡Es que ha cambiado tanto!, dicen, con sorpresa, como si de repente cayeran en la cuenta de que no se casaron con un mueble, sino con una persona, que crece y decrece y va y vuelve y se mueve y evoluciona, que es dinámica, proyectiva y futuriza. Normalmente, lo que sucede no es que el otro haya cambiado mucho, sino que yo no he estado atento a su evolución y me he quedado atrás, en mi pobre y aburrido mundo personal.

Hay que vivir el amor en ‘modo conquista’. ¿Quién no recuerda aquella época en que el amor era activo, diligente y perspicaz? ¿Aquellos días, semanas, meses o años en que lo único importante era ella/él y nada costaba esfuerzo porque el sentimiento nos llevaba en volandas?

Esa es una de las grandes virtudes de la fase de enamoramiento, enseña José Pedro Manglano en Construir el Amor: que nos enseña al principio el final. Aquella actitud pronta y decidida, dispuesta a enfrentarse al mundo entero para conquistar a la persona amada es la que hemos de recordar y actualizar. Hay que volver la vista atrás y sacudirse esa pereza existencial que amenaza con instalarse en nuestro matrimonio. ¿Qué puedo hacer? ¡Lo que sea! ¡Todo menos estar parado, estancado! ¡Es mejor equivocarse por exceso que por defecto! ¿Qué hacíamos? ¿Qué le atraía de mí? ¿Qué espera? ¿Qué puedo darle?

¡No hemos llegado! ¡Partimos ahora! Poco importa la mochila que llevemos, los años que tengamos ni lo torpes que hayamos podido llegar a ser en el pasado. ¡Ahora es el momento de comenzar de nuevo! No mañana; ¡hoy! Ahora mismo me pongo a erradicar aquella erosionante rutina de la crítica, a fortalecer el músculo atrofiado del cariño, a recuperar aquel hábito perdido de la delicadeza o a generar de nuevo la confianza ciega que he ido minando yo mismo con mi constante escepticismo…

Contra pereza, diligencia, decían nuestras abuelas cuando no se tenía vergüenza de llamar a las cosas por su nombre. Nuestra mujer, nuestro marido lo merecen. Y nosotros, también, porque, incluso cuando somos incapaces de verlo, allí está nuestra felicidad: en nuestro amor de siempre.

Solo queda una advertencia: dejarse amar. Todo un aprendizaje. Si tu marido o tu mujer intenta algo nuevo o viejo o torpe o ingenuo, pero lucha por amarte más y mejor, no frustres su iniciativa. Déjate amar. Acepta el don, el regalo. ¡Son tantas las veces que ahogamos el amor antes de que pueda acabar de expresarse!

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Amor airado

Cuentan que Julián Marías se dirigía en una ocasión a la universidad con un amigo, se detuvo a comprar el diario en su quiosco habitual y el quiosquero, malhumorado, le trató a cajas destempladas. Julián Marías, en cambio, le respondió con exquisita educación, como si aquello no fuera con él. El amigo, entre sorprendido e indignado, le preguntó después si aquel hombre era siempre así y quiso saber por qué él no le pagaba con la  misma moneda. Julián Marías le explicó entonces que no le compensaba: había decidido hacía ya tiempo que no iba a permitir que aquel hombre malcarado decidiera su propio estado de ánimo, de modo que, fuera cual fuera el que él tuviera esa mañana, nunca lo variaba como consecuencia de las provocaciones del quiosquero, que era, ciertamente, un hombre amargado.

Afirma Aaron Beck en alguno de sus libros: “cuando las parejas se pelean, se establece una progresión: primero, perciben que han sido agraviados de alguna manera; segundo, se enojan; después se sienten impulsados a atacar; y, por último, atacan. Es posible interrumpir esta secuencia en cualquier etapa”.

En efecto, en cualquier momento de la estructura psíquica del enfado podemos intervenir eficazmente…, aunque cada paso lo hace más difícil.

Mi consejo, por lo tanto, es centrarse en el primero, que somos nosotros mismos. Es evidente que, si no hay agravio, no hay enfado. Es un ejercicio interesante. Demasiadas veces estamos tensos por alguna razón que no acertamos a concretar y esa tensión intensifica nuestra susceptibilidad y magnifica los agravios.

Creo que el primer paso para mejorar en nuestra gestión del enfado es conocer los enemigos de nuestra paz emocional. Y me refiero al enfado interior o exterior, porque, aunque en determinadas personas no se manifieste, sigue estando ahí. No hace falta ser psiquiatra. Con el tiempo y un poco de entrenamiento, uno acaba conociéndose.

Por ejemplo, yo tengo comprobado que, cuando me espera un acto público, sea una conferencia, un juicio oral, un speech o una simple charla, lo que, por mi profesión y ocupaciones habituales, sucede con bastante frecuencia, tengo riesgo de especial susceptibilidad. Pero también tengo contrastado que, si las preparo con antelación (lo que no siempre es posible), soy capaz de reducir y hasta eliminar la tensión aneja a la inminencia de estos eventos.

Comprendo que, para muchos de los lectores, lo que acabo de decir resulta una Perogrullada, pero a mí, que debo de ser un poco tocho en esto de la gestión de las emociones, me ha costado años llegar a esta conclusión y descubrir que la gran mayoría de mis enfados (interiores, porque no suelo exteriorizarlos) durante esos períodos obedecen a esa causa.

Y, solo por el hecho de saberlo, puedo (no siempre lo logro) conseguir dos interesantes efectos: desasociar la conducta de los otros de mi propio enfado, es decir, no atribuir mi estado de ánimo a los demás, y llegar a no percibir esos agravios que antes me irritaban.

Esto segundo es muy interesante y puede extenderse a todos los periodos de nuestra existencia, sin limitarse a los de especial tensión. Consiste en aquello tan simple y tan difícil de olvidarse de uno mismo, reclamar el derecho a no tener derechos, del que creo haber hablado ya en algún otro post. Si uno no se cree con derecho a nada, no hay nada que le moleste, porque todo se convierte en un regalo.

Quizás este nivel es pedir demasiado (aunque yo conozco a un par o tres que parecen haberlo alcanzado), pero ir eliminando agravios tontos, que no son tales y que obedecen a nuestra tantas veces exagerada autoestima, léase soberbia, que tanto nos molesta rebajar, tampoco es tan complicado. Eso sí, requiere lápiz y papel, agenda digital o una buena memoria.

Por ejemplo, a partir de ahora, no me enfadará que mi hijo adolescente utilice conmigo expresiones habituales que usa con sus amigos. Le corregiré, naturalmente, pero no alterará mi humor. Tampoco me enfadaré ni me desanimaré cuando mi mujer o mi marido vuelva a informarme tardíamente de un plan que nos compromete a los dos. Se lo diré y le pediré más delicadeza y el uso de los recursos que la tecnología ha puesto a nuestro alcance para suplir la falta de memoria, pero no alterará mi estado de ánimo.

¿Y por qué no me alterará?, podríamos preguntarnos. Porque lo he decidido de antemano y mi mente lo ha procesado. Hacerme de nuevo cada día. Sencillo y apasionante, como el amor. Un verdadero reto. Casi un atrevimiento.

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Amor y lujuria

En algunos posts anteriores he insistido en la importancia de entregar el espíritu junto con el cuerpo porque, siendo la persona humana una e indivisible, no es posible la entrega cabal del primero sin la del segundo. Al estar el cuerpo y el espíritu inescindiblemente unidos, allá donde uno va el otro le acompaña.

Por esta razón, la persona toda sufre cuando se trata al cuerpo como un mero objeto de placer, pues el espíritu no es ajeno ni queda al margen de esa infrautilización, de esa cosificación y le acaba afectando todo lo que sucede al cuerpo.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿cómo sabemos que no estamos infrautilizando nuestro cuerpo o el de otra persona? ¿Cuál es el indicador que permite distinguir un uso adecuado del cuerpo en la relación sexual? Porque, exteriormente, el acto sexual es el mismo entre dos que se acaban de conocer, dos que dicen buscar quererse y dos que se quieren de verdad. ¿Cuándo y en qué circunstancias el acto sexual, placentero por naturaleza, es o deja de ser lujurioso?

Una de las diferencias entre el ser humano y las cosas es que estas pueden ser un medio para alcanzar un fin, mientras que aquel tiene una dignidad que impide (moralmente hablando) su utilización solo como medio, como instrumento para un fin. No puedo (debo) burlarme de una persona por el placer de ver reír a mis amigos. Ni usurpar el trabajo de un compañero para subir un peldaño en mi empresa. Las personas no son instrumentos a mi servicio.

Por la misma razón, no puedo (debo) utilizar un cuerpo humano como mero objeto de placer, como si de un manjar o de un objeto de consumo se tratase. Primero, naturalmente, he de respetar su voluntad. Pero no basta con eso: hay más. Ninguna voluntad humana puede (debe) decidir acerca de su propia dignidad. Una voluntad que, por ejemplo, decidiera esclavizarse y venderse como objeto, estaría tratándose indignamente, estaría equivocada.

Del mismo modo, una voluntad que decidiera tratarse a sí misma -es decir, a su cuerpo inescindiblemente unido- como mero objeto de placer, se estaría tratando indebidamente porque la persona merece ser amada por sí misma y no solo por el mero placer o satisfacción (incluso afectivo) que genera. Y si dos decidieran usar recíprocamente sus cuerpos de esta forma, los dos estarían tratándose, a sí mismos y al otro, inadecuadamente. El reproche moral, podríamos decir, se duplicaría, porque aquí son dos, y no uno solo, los que se tratan indignamente.

Entonces, ¿cuándo se tiene la certeza moral de que no se utiliza el cuerpo, sino que se ama a la persona? Cuando hay una decisión de amar para siempre. En ese momento, deja de ser mi interés, mi satisfacción personal la que reclama la entrega del cuerpo en lo más íntimo. La otra persona puede tener la certeza de que no es mi intención utilizar su cuerpo como mero objeto de placer sexual ni contemplarla a ella como medio para mi satisfacción personal, por la sencilla razón de que se lo he dicho: he prometido amor para siempre a su persona. Le he demostrado con mi promesa que su persona y no mi satisfacción es lo que me mueve a amarle, y, precisamente por eso, puedo amarle para siempre con independencia de mi propio interés. Me pongo a su servicio y le ofrendo todo lo que soy.

En ese momento, la contemplación y entrega de los valores sexuales se transforman en una invitación a la dación mutua: no es una utilización, un préstamo; sino un regalo, una donación.

En el matrimonio, el pudor sexual no es necesario porque tenemos la seguridad de que nuestro marido, nuestra mujer, que nos ha prometido amor para siempre, no nos ve como un mero objeto de placer. En el matrimonio, el pudor corporal se sublima, se transforma en delicadeza. Y, a partir de este momento, esta delicadeza se convierte en el nuevo indicador que determina la bondad de nuestros actos sexuales.

El resquicio por el que la lujuria se introduce en el matrimonio no es ya la búsqueda del placer sexual, que es lo propio y lo que enriquece y humaniza las relaciones sexuales en un contexto de amor verdadero, sino la falta de respeto y delicadeza. Cuando un marido o una mujer abordan la relación sexual en el matrimonio sin tener en cuenta la circunstancia, el deseo y el estado de ánimo de su cónyuge, buscando solo su propia satisfacción sexual, cuando no buscan la unión sino la utilización, entonces le está degradando a mero objeto de placer. Y en eso consiste la lujuria en el matrimonio: no en experimentar el placer unitivo que fortalece la relación, sino en buscarlo de manera egoísta por sí mismo y con olvido, menosprecio o desprecio del otro.

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El triunfo del macho

El verdadero éxito en cualquier negociación, suele decir un buen amigo mío, es que el enemigo se salga con la nuestra. Es decir, que lo que a nosotros nos gustaría lo proponga él. Difícil. Aquí no voy a hablar de enemigos, sino más bien de amigos, amigos complementarios. Traigo este comentario a colación porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que, en algunos ámbitos de nuestra sociedad, el ‘macho’ (o sea, el hombre en crudo), normalmente mucho más torpe que la mujer en el manejo de lo humano, ha logrado llevar a la mujer a su terreno en lo que a relación sexual se refiere, y ha acabado imponiendo los modos masculinos de experimentar esta relación.

Esos modos los explica bien Juan de Dios Larrú cuando confronta la vivencia de la sensualidad del varón y de la mujer: el varón tiene una sensualidad más fuerte y acentuada, más impetuosa, y experimenta una tendencia espontánea hacia la posesión del cuerpo femenino desgajado de la persona (si eso fuera posible), como mera carne que sacie un impulso sexual. Gracias a Dios, es solo una tendencia y es reversible. Pero ahí está. Se puede hacer un experimento: si uno se sienta en cualquier calle o plaza concurrida, sobre todo, ahora, en verano, y se fija en la mirada del varón a la mujer, en especial de ciertos varones, observará sin dificultad que, tendencialmente, se trata de una mirada, digámoslo así, ‘anatómica’. Una mirada que repasa el cuerpo… o se detiene en él, unas veces con descaro, otras con disimulo. Ya después descubre la persona, pero lo primero que avista es el cuerpo.

En cambio, la mirada de la mujer al varón es una mirada ‘psíquica’, no analiza tanto el cuerpo como las intenciones, los sentimientos, el estado interior. Se detiene más en el vestido que en el cuerpo porque el vestido expresa la personalidad, mientras que el cuerpo, en lo que tiene de más material, es casi siempre estandarizable. En síntesis, como explica el autor citado, la mujer experimenta una sensualidad más afectiva, menos corporal, más espiritual, si se quiere. Edith Stein lo explica de manera mucho más poética: “yo pienso que la relación entre alma y cuerpo no es completamente la misma, que la unión natural al cuerpo es de ordinario más íntima en la mujer. Me parece que el alma de la mujer vive y está presente con mayor fuerza en todas las partes del cuerpo y que queda afectada interiormente por todo aquello que ocurre al cuerpo”.

La consecuencia de esta diferente vivencia de la sexualidad es que a la mujer le resulta más extraño que al varón entregar su cuerpo a otro sin entregar su persona, es decir, sin sentir, no solo emocional sino también espiritual, vitalmente, una unión más plena, mientras que el varón es más capaz de separar cuerpo y alma. O eso piensa, porque la verdad es que son inescindibles y todo lo que al cuerpo le sucede acaba afectando a la persona.

Simplificando, y siguiendo la terminología de Edith Stein, se podría decir que, cuando la mujer entrega el cuerpo, entrega también su alma, mientras que el varón es más capaz de separarlos, aunque esto suponga una degradación de su condición de persona, que es una e indivisible. Por esta razón, es fácil y frecuente toparse con mujeres jóvenes rotas por dentro porque han cedido a la insistencia de su pareja o de cualquiera que se les ha insinuado en una discoteca para que anticipe la entrega del cuerpo y la separe de la entrega verdadera y verificada de los afectos y del espíritu. Muchas jóvenes acaban cediendo y terminan dándose cuenta de que, como leí en otro lugar que ahora no recuerdo, han acabado “entregando todo a nadie”.

Una lástima. Justamente en este terreno en que la mujer podría ayudar al varón a experimentar de manera más cabal y humanizada la sensualidad, se ha dejado engañar y ha acabado ‘masculinizando’ su experiencia sexual. No todas, lo sé. Como tampoco todos los hombres tienen una visión tan primitiva de la sexualidad. ¡Faltaría más! Termino, pues, interpelando a estas y estos últimos para que feminicen sin miedo esta parcela de las relaciones humanas. Todos saldremos ganando.

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Gracias I WiL

En esta ocasión, me limito a poner el link al blog de Nuria Chinchilla, donde podréis encontrar un perfecto resumen y el vídeo de la conferencia que tuve ocasión de dar en el foro Iese Women in Leadership.

Agradezco especialmente a Nuria esta oportunidad, y también a Cristina Moreno y a Ana Amat por su cálida y profesional acogida. Es una maravilla poder compartir el anhelo por la verdad del ser humano con profesionales de esta talla.

Y, naturalmente, mi agradecimiento también a todas las asistentes al acto y a la comida posterior. Fue muy motivador comprobar en primera persona que el interés por los temas de fondo sobre la familia y la persona está presente en la agenda de tantas empresas.

Muchas gracias.

https://goo.gl/m99sVu

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¿Casarse por amor?

El uso de las preposiciones en la lengua española es uno de los grandes retos que afronta cualquier escritor, en especial los que son de algún territorio bilingüe, como es mi caso. En muchas ocasiones no es la influencia del segundo idioma la que distorsiona el uso correcto, sino la frecuencia de ciertas composiciones gramaticales que van arraigando hasta integrarse en el modo de hablar propio de un grupo o de un tiempo.

Recuerdo que, en mis primeros años de dedicación al Family Enrichment, cuando moderaba casos del curso Primeros Pasos, para padres con hijos de 0 a 3 años, era muy frecuente oír la expresión “disfrutar de mis hijos”. Esta inocente frase me daba pie para introducir un interesante debate: ¿es lo mismo disfrutar “de” tus hijos que “con” tus hijos? ¿Qué es mejor? Porque también se puede disfrutar “contra” o “a pesar” de tus hijos. Al final, una anécdota gramatical permitía ahondar un poco en la dignidad del hijo como ser autónomo y no como una pertenencia de sus padres.

Algo parecido sucede con la expresión “casarse por amor”, que tiene una fuerza innata que parece expulsar cualquier otra motivación para el matrimonio. La pregunta “¿tú por qué te casas?” remite de manera espontánea a la respuesta “porque le/la quiero”. Y, sin embargo, siendo muy loable, es una razón insuficiente para casarse.

Nadie duda de que es muy bueno querer a alguien. De hecho, todos queremos a muchas personas y nunca nos hemos planteado casarnos con ellas. Aun admitiendo que solo a una de ellas la amamos de verdad, con todos nuestros afectos, nuestra voluntad y con todo lo que somos, ¿por qué casarnos? ¿Por amor? ¿Por el amor que le dispensamos ahora?

Desde luego, el amor que experimentamos hoy es el motor que nos impulsa a querer estar con esa persona, pero no puede asegurar el éxito de nuestro matrimonio. Hay que casarse no por amor, sino “para amar”. Este es el enfoque correcto: me caso “para” amar siempre y en todo momento a esta persona. O, si se quiere, me caso porque quiero quererla, amarla para siempre.

Si no, más vale no casarse. Por amor puedes hacer mil y una tonterías: cantar en la ducha, dar saltos por la calle, sonreír a todo el que te mire, hurtar unas flores en un parterre municipal o gastarte el sueldo de un mes en un regalo extraordinario…, pero ¿casarte? ¿Solo por amor? Es poco.

En posts anteriores he tratado la importancia de poner todos los dinamismos en el amor (afectos, voluntad, inteligencia, memoria, imaginación…), y seguiré haciéndolo. Hoy quería invocar solo la ilusión, el entusiasmo, la convicción de que os vais a amar para siempre y de que esa es la razón (y el corazón) por la que os casáis. ¡Sí! ¡Me caso para amar! ¡Y lo haré siempre, pase lo que pase! No basta el amor que os tenéis en el presente. Si descansáis solo en él, estáis perdidos, vuestro matrimonio fracasará inevitablemente. Pensáis que es mucho, pero yo os digo, desde la experiencia de casi 35 años de matrimonio y 5 de novios, que vuestro amor de ahora, ese que os impulsa a casaros para asegurar vuestra unión y que os parece insuperable, no es nada comparado con la intensidad que puede alcanzar en el futuro, en la fragua de una vida bien acrisolada. Hay que atreverse a amar. Sin miedo. Sin red. Lanzarse a la mayor aventura que existe sin volver la vista atrás. Enamorándose cada día. Volviendo a empezar una y otra vez.

Si el vuestro es un corazón avejentado y mustio que no cree en el amor para siempre…, de verdad, mejor que no os caséis. Pero si el vuestro es un corazón enamorado, joven y resuelto, que se ve poca cosa y desconfía de sí mismo y de su pasado, pero tiene una fe grande en el futuro que el amor es capaz de construir con las fuerzas propias y ajenas (¡Dios incluido!), entonces, si queréis ser felices de verdad, en la profundidad del corazón humano, no lo dudéis: casaos, haceos vulnerables y poneos en manos de quien quiere edificar una vida nueva con vosotros. Y tened la valentía de poner todos los medios, divinos y humanos, para hacer de esa unión el destino de vuestras trayectorias personales, calibrando una y otra vez la brújula sin admitir otro puerto al que arribar que no seáis vosotros dos, aunque soplen vientos contrarios.

¿Veis adónde nos ha llevado una inocente y discutible cuestión gramatical?

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