Nos acercamos a los tres días santos por excelencia en el cristianismo, que reviven la Pasión de Cristo. Hay algo profundamente desconcertante —y, al mismo tiempo, irresistiblemente atractivo— en la figura de Jesucristo. No es un atractivo superficial ni inmediato, ni siquiera cómodo. Más bien al contrario: es un atractivo que nace del sufrimiento, de la entrega, de una humanidad llevada hasta el extremo.
En un mundo como el nuestro, donde lo atractivo suele identificarse con el éxito, la belleza o el poder, la contemplación de Cristo en su Pasión rompe todos los esquemas. ¿Cómo puede enamorar un hombre desfigurado, humillado, abandonado, clavado en una cruz? ¿Qué hay en ese rostro ensangrentado que sigue atrayendo corazones dos mil años después?
