La familia, el rostro de lo humano

El fin de semana del 19-20 de octubre, la IFFD (International Federation for Family Development) celebra su congreso internacional sobre la familia bajo el título “La familia, el rostro de lo humano”, un congreso abierto a todo aquel que crea en la familia como hábitat humano. Quedan pocas plazas y un fin de semana en Londres es “familiarmente” muy aconsejable. Aquí os dejo el link: www.iffd.org.

Y, en efecto, desde cualquier punto de vista que se contemple, la familia es el rostro de lo humano.

La perspectiva biológica lo confirma cuando, sabiamente, permite que el cachorro de hombre, tan indigente en sus primeros años de vida, nazca del seno de una madre que lo ha llevado con amor consciente y muchas veces esforzado, y se encuentre con un padre dispuesto a ofrecer el mismo cuidado y mantener en la vida a ese ser que tardará años en ser autónomo y subsistente.

También la aproximación antropológica y pedagógica corroboran la necesidad de la familia, el entorno en que la naturaleza se hace cultura y donde el ser humano, como decía Karl Jaspers, puede llegar a serlo cabalmente. El padre y la madre tienen, en este sentido, afirma Fabrice Hadjadj, una autoridad sin competencia. El hijo tiene derecho a ellos, a recibir su formación humana de quienes un día decidieron darle la vida y están a priori en las mejores condiciones para hacerlo. Y tiene también derecho a que se formen y adquieran esa competencia que les transforme, en verdad, en los primeros, preferentes y mejores educadores.

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Familia sostenible

Una de las definiciones de sostenibilidad más citadas es la que propuso Brundtland en el ya lejano año de 1987: satisfacer las necesidades de la actual generación sin sacrificar la capacidad de futuras generaciones de satisfacer sus propias necesidades.

Han hecho falta muchos años para que fraguara una conciencia verdadera sobre la necesidad de hacer de nuestro mundo un mundo sostenible. Y aquí he de entonar el mea culpa, porque quizás yo soy de los retrasados en adquirirla. Y eso que esfuerzo ponía, pero a veces no acababa de cerrar el círculo. Por ejemplo, en nuestra casa, durante un largo tiempo, hemos estado discriminando la basura. Ha costado no poco esfuerzo. Incluso una de nuestras hijas dibujó un esquema de las basuras, que imantamos en la nevera, el punto de encuentro de toda familia numerosa. Poco a poco fuimos aprendiendo que aquello de nuestros padres de guardar cada cosa en su sitio había que completarlo con lo de tirar cada cosa en su lugar. Al final lo logramos. ¡Primer paso! Ah, pero el segundo fue mucho más arduo. No bastaba con echar cada desecho en su bolsa…, ¡había que llevar después cada bolsa a su contenedor! Eso nos costó un poco más y, durante un tiempo francamente paradójico, segregábamos en casa y agregábamos fuera. Esperpéntico, lo admito. Pero, lo hemos conseguido. La virtud no se suele adquirir en un día.

En cambio, en otros aspectos de nuestra vida, hemos intentado siempre ser muy sostenibles, y no nos va mal. Creo que, desde el punto de vista familiar, lo conseguimos en un alto grado.

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Design Holidays

Hoy, Loles y yo hemos hecho una excursión por un precioso valle del pirineo francés: el valle de Eyne. Era un día caluroso, pero el sendero, que ya conocíamos de otras veces, ascendía por la ribera de un arroyo de montaña alternando bosques y praderas. Como sé muy poco de botánica, no soy capaz de decir los nombres de las flores y plantas que ofrecían el indescriptible espectáculo de colores y formas que cada primavera se acercan a ver los mejores especialistas.

Durante los tiempos de silencio exterior que permite toda excursión he estado dando vueltas a las vacaciones de verano. Y las he conectado con un método de pensamiento para el cambio y mejora de las organizaciones que, por otros motivos, estoy aprendiendo últimamente. Se trata, básicamente y en lo que es trasladable a la familia, de intentar empatizar con el usuario para, partiendo de ese conocimiento y conexión, rediseñar tu propia realidad y generar un nuevo modelo de negocio que sea más eficaz.

Partiendo de esta base, he pensado que mi familia era también una cierta organización, aunque quizás es más acertado decir que es una NONG: “No Organización No Gubernamental”. Y el verano no deja de ser una época especial en que la organización, a veces, no acaba de funcionar como a uno le gustaría.

Por ejemplo, como se habrá deducido, me encantan las excursiones, pero mis usuarios, es decir, mis hijos y sus amigos, no acaban de estar de acuerdo en que esta sea la mejor actividad familiar. Hace unos años bautizamos algunas excursiones familiares como EFOs, que quiere decir Excursión Familia Obligatoria, con el propósito de blindar al menos una o dos excursiones a la semana.

Este año voy a intentar aplicar a mi familia el método que estoy aprendiendo. Por si a alguien le sirve, voy a intentar seguir los siguientes pasos:

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Tu verano en pareja… o no

Antes de entrar en materia, quiero daros muy sinceramente las gracias a todos por la increíble respuesta y difusión que ha tenido mi post anterior sobre Teresa Cardona. Fue un impulso del corazón, una exclamación más que una descripción, que el viento de las redes sociales, sin duda movido por el soplo de Teresa, ha difundido por todo el mundo. Muchas gracias de verdad. Teresa se lo merece.

Ahora, después de estos días tan extraordinarios, toca volver a lo ordinario. Y, sin embargo, este fin de semana ha sido también especial.

Mi mujer y yo hemos ido a Murcia, donde me habían invitado a dar una conferencia sobre el matrimonio. La ola de calor amenazaba con derretirlo todo, pero la experiencia ha sido inmejorable.

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Teresa: Dios sabe más

No la llegué a conocer muy a fondo. Cuando ella era pequeña, yo iba a jugar a su casa porque su hermano Javier era uno de mis ‘mejoresamigos’ en algunos años de primaria. Para demostrar que existió esa amistad que perdura, Javier (a quien mando un fuerte abrazo) y yo, cada vez que nos vemos, recitamos el teléfono de nuestros padres y nuestras fechas de nacimiento, aunque, como él dice, yo juego con ventaja porque su teléfono era muy fácil y él nació el mismo día que uno de mis hermanos.

Mientras escribo esto, Javier está volando a Abidjan, para repatriar el cuerpo de Teresa, fallecida en un accidente ayer mismo en Costa de Marfil.

Años más tarde, me la encontré inesperadamente en una reunión de Canigó, el colegio de mis hijas. La reconocí al instante. La sonrisa franca, la mirada limpia y transparente. Cruzamos unas palabras y enseguida detecté el sentido del humor característico de su familia (¡su padre me había dado clases de Derecho Político!). Después, fuimos coincidiendo en diversos eventos. Siempre atenta a todo, dispuesta a ayudar, sin querer hacer sombra a nadie, dejando que los demás brillaran, incluso con la luz que ella les prestaba. Ella fue asumiendo nuevas responsabilidades, acordes a su preparación y disposición. Ahora era subdirectora.

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Amor… y poco más

Hay un pensamiento que, a fuerza de repetición, se ha convertido en un lugar común al que se vuelve una y otra vez sin verdadero contraste: “hoy en día los jóvenes lo tienen muy difícil para casarse”, se dice. Se supone que la razón es económica.

Sin embargo, mi experiencia es que muchos jóvenes de hoy se emancipan mucho antes que los de hace unos años. La tendencia es irse de casa pronto, compartir un piso con un amigo o con varios, decidir con libertad el curso de la propia vida sin depender en exceso de la opinión de los padres o de las limitaciones que impone el dinero. ¿Por qué, entonces, lo tienen fácil para irse a vivir con un amigo y difícil para casarse? ¿Tan difícil es casarse, en lo material? ¿Qué hace falta para casarse? ¿Qué grado de seguridad económica se necesita? ¿Quién tiene la vara de medir?

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Noa

Me he retrasado en escribir el post y, antes siquiera de haber podido pensar en el siguiente, la muerte de Noa nos ha golpeado con dureza.

Sufrir es duro, muy duro. Hay grados de sufrimiento insoportables. ¿Se puede exigir a un ser humano que sufra lo insufrible? Y si duro es el sufrimiento propio, más cruel todavía es el ajeno, el de los seres más queridos, el de unos padres viendo sufrir irremisible a una hija sin recursos psíquicos ni emocionales para ayudarla a salir del infierno que la oprime. Tantos años luchando, luchando de verdad, hasta el agotamiento, y la vida que no asoma, se hace esquiva y se retuerce. Un golpe detrás de otro, una herida sobre otra. No hay más que ver los brazos de Noa, con sus cicatrices agoreras, para comprender el tremendo sufrimiento que la tiranizaba sin piedad. Esclava del infortunio y la tristeza, con la depresión agazapada, esperando a derribarla al levantarse después de cada caída. Exhausta, agotada, incapaz ya de soportar la misma idea de un futuro humanizado. Y un padre, una madre, viendo cada día la derrota al levantarse, sin descanso, una caída tras otra, imaginando un pasado imposible de dolor oculto en la intimidad de una infancia lacerada, robada de cuajo por unos monstruos desalmados.

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Sobrecarga emocional

Hace tiempo que no escribo sobre comunicación matrimonial. Quizás es por mala conciencia, pues últimamente ando más despistado de la cuenta…, y eso que la cuenta de mi despiste es bastante larga. Ayer, sin ir más lejos, entre un semáforo y otro, me olvidé de que tenía que recoger a mi hijo pequeño (¡15 años ya!) y le dejé tirado en la calle, con el agravante de que pasé por delante de él en coche sin tan siquiera verle.

Aunque peor fue lo que me sucedió el otro día en la oficina. Entré en el despacho de una compañera abogada, me fijé en una orquídea que tenía encima del armario, que me sonaba haber visto antes y, orgulloso de mis dotes de observación, le dije: “¡cómo ha crecido esta planta!” Ella, conteniendo la carcajada, me contestó: “hombre, no mucho, lleva aquí con el mismo aspecto unos diez años…, es de plástico”.

En fin, no sigo, cada uno tiene sus talentos y sus lagunas…

Estas anécdotas me han traído a la memoria un concepto que Aaron Beck describe en su libro “Con el amor no basta”: la sobrecarga emocional. Consiste este fenómeno en una cierta distorsión de la realidad objetiva que se suele dar en la relación matrimonial, y el autor lo describe así: “Las tareas prácticas y mecánicas se juzgan más por su capacidad de satisfacer valores y expectativas emocionales que por la de resolver problemas prácticos”.

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Tiempo femenino, tiempo masculino

Como saben bien en mi familia, tengo una irremediable tendencia a deducir conclusiones a partir de los hechos sueltos que llegan a mi mente y mi memoria logra retener, que tampoco son muchos. Yo creo que es una deformación profesional propia del abogado, que anda siempre metido en interpretaciones de los documentos y los hechos que le relatan sus clientes para encontrar el mejor camino de defensa de sus intereses. Como lo hago con convicción, después explico mis teorías sin contrastarlas con la realidad y, claro, no pocas veces me equivoco.

Por ejemplo, una vez leí un experimento que habían hecho en una universidad de psicología. Consistía en colocar, primero, a dos hombres sentados en sendas sillas mirando en la misma dirección en una habitación desnuda y pedirles que hablaran entre sí durante un rato en esas sillas. Los hombres charlaron sin problema durante el tiempo del experimento mirando a la pared vacía que tenían delante. Después, probaron con dos mujeres. Las mujeres parecían no estar cómodas en esa situación, poco a poco se iban girando para poder ver la cara y los gestos de su interlocutora, hasta que terminaron moviendo las pesadas sillas para poder hablar mirándose a los ojos. Y así sucedió repetidamente.

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Del enamoramiento al amor…

Esta semana descanso de post y os envío, en su lugar, la convocatoria de una conferencia que daré en el club Llar, en la que intentaré hacer un recorrido por el amor entre un hombre y una mujer desde sus comienzos hasta la felicidad de una vida compartida que lucha cada día por reescribir conjuntamente ese amor…

Matrimonios, novios, parejas y los que aún no la tenéis…, todos estáis invitados.

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