El viernes y sábado de la semana pasada estuve en Roma, impartiendo unas sesiones sobre matrimonio y sexualidad a un grupo de diáconos que se van a ordenar sacerdotes este mes de mayo. El viaje tenía un diseño perfecto para mí: llegaba con cuatro horas de antelación, con tiempo para preparar las sesiones tranquilamente y hasta de jugar un partido de pádel y ganarlo, que es la contraprestación que les pido por mis servicios. Pero la compañía aérea tenía otros planes, y me pasé las cuatro horas encerrado en el avión, de un lado a otro del aeropuerto, para que revisarán algo del ala que se había estropeado por las fuertes rachas de viento: ¡muy tranquilizador!
Casualmente, entre las lecturas que me acompañaron este tiempo de anquilosamiento corporal, bien comprimido en el generoso espacio de un asiento de avión, leí un artículo publicado en Aceprensa titulado “El duelo de abrazar al hijo real” y escrito por María Paz Montero que me ayudó a comprender mi experiencia de ese día: “El duelo de abrazar el viaje real”.
Pero el artículo decía mucho más. Me trajo a la memoria las palabras del tutor de uno de nuestros hijos cuando este se dio de bruces con la adolescencia de un día para otro. En nuestra experiencia familiar, hay una semana en que los hijos varones se levantan el lunes siendo niños y se acuestan el viernes siendo adolescentes. Nuestras hijas han sido más consideradas y fueron lanzando señales de aviso. El tutor en cuestión nos dijo: “os informo de que vuestro hijo ha decidido dejar de ser bueno”.
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