De padres a hijos… ¡y a nietos!

Una de las tácticas de las ideologías para disfrazar la realidad es la utilización de eufemismos. Por ejemplo, desde la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo celebrada en El Cairo en 1994 se insistió en la salud reproductiva como “la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos, y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia” (CIPD, El Cairo). Una descripción con la que es fácil estar de acuerdo. De hecho, muchos matrimonios lo intentan vivir a diario: con la fidelidad procuran eliminar riesgos para su salud reproductiva y con la libertad y el conocimiento de sus cuerpos procuran tener una vida sexual rica y satisfactoria y decidir cuándo tener cada hijo. Nada nuevo bajo el sol.

Sin embargo, en muchas políticas, el aborto, cuyo fin inmediato es terminar con la salud y la vida de un ser humano, se acaba colando como un derecho de la salud reproductiva de la mujer. No voy a entrar hoy en el tema del aborto; era a título de ejemplo. Quiero hablar de la tercera dimensión de la familiaridad: la progenitorialidad o fecundidad, que, naturalmente, no se agota con la reproducción.

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Andrógino versus Adán y Eva

En su obra El Banquete, Platón, tratando de explicar la atracción sexual, concibió el mito del andrógino. El andrógino era un ser con cuatro piernas, cuatro brazos, dos rostros en una sola cabeza y dos sexos, diferentes o repetidos. Los andróginos se rebelaron contra los dioses del Olimpo, y Zeus, para debilitarlos, los partió por la mitad, dejando solo hombres y mujeres. Desde entonces, buscan su otra mitad. Esto explicaría la atracción de los sexos, y también la homosexualidad, pues algunos andróginos tenían el mismo sexo en las dos mitades.

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¿Tú quién eres?

Ante la pregunta “tú quién eres”, la respuesta inmediata es personal y familiar: soy Javier Vidal-Quadras Trías de Bes. Lo personal se expresa en el nombre; lo familiar, en los apellidos. En otras épocas importaba más la tribu o el lugar (soy Pablo de Tarso), pero hoy nadie se identifica así, a pesar de que estamos inmersos en una cultura identitaria, que tiende a confundir la parte con el todo y a construir identidades sobre aspectos parciales de la persona (la nacionalidad, la ideología política, las tendencias sexuales…).

El nombre es importante, lo más importante, porque yo he de construirme como persona y desarrollar mi propio ser, pero la familia es el punto de partida.

Los sociólogos y antropólogos del siglo XX debatieron mucho sobre el tabú del incesto. Les llamaba la atención que todas las culturas y civilizaciones conocidas hubieran establecido la prohibición del matrimonio o de las relaciones sexuales entre miembros de la misma familia hasta cierto grado (variable según los casos). Lo que les intrigaba era la universalidad, y discutieron si era una regla de origen natural, social o ambas. Lèvy-Strauss fue uno de los que más se significó, y concluyó que el tabú del incesto es el único fenómeno que tiene al mismo tiempo una dimensión natural (la naturaleza se mueve en lo universal) y una cultural (la cultura se rige más por lo particular).

No me voy a entretener en esta interesante polémica. En el post pasado anuncié que hablaría de las dimensiones de la familiaridad y la primera es esta: la identidad personal.

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Y tu familia, ¿qué tal?

Como habréis deducido, me he tomado unos días de descanso aprovechando el verano del hemisferio norte. Tampoco es que este blog me ocupe tanto tiempo, pero decidí suspenderlo en agosto porque pensé que mi familia merecía que me dedicara más comprensivamente a ella durante este período. A veces, lo que importa no es tanto el tiempo material como el tiempo de atención, de interés, para lo que hay que eliminar las distracciones.

Hablando de mi “familia”, antes de verano estuve reunido con un grupo de universitarias y hablamos de uno de los grandes temas de la actualidad: el concepto de familia. A nadie se le escapa que el término “familia” tiene una cierta plasticidad y es susceptible de aproximaciones muy diversas.

Por ejemplo, cabe una aproximación simplemente coloquial. Si te encuentras a un compañero de universidad que no ves desde hace diez años y le lanzas la pregunta que da título a este post —Y tu familia, ¿qué tal?—, la respuesta variará según su situación personal. Si está casado y tiene hijos, probablemente diga: “Pues, muy bien, me casé, hemos tenido el tercero y nos acabamos de mudar”. En cambio, si está casado o vive en pareja sin hijos, es más probable que diga: “bien, ya sabes, mis padres trabajando en la tienda y mi hermana a punto de casarse”, y no relacione el concepto familia con su mujer o pareja. La cosa se complica si se ha casado o emparejado tres veces y tiene hijos de las tres uniones: el término familia se torna claramente equívoco en este escenario.

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Duérmete, Madre

Llega el momento, María,
la hora de la verdad,
Él te espera y la alegría
rebosa en tu nuevo Hogar.

Todo el Cielo es una fiesta
esperando a celebrar
la llegada de la reina
que nunca quiso reinar.

“¿A qué vienen esas dudas,
Madre, a la hora de marchar?
¿No te espero Yo en el Cielo,
donde vivir es amar?”

“Una pena me retiene,
y es no poder consolar
a todos los que me quieren
en esta tierra mortal”.

“Entonces, duérmete, Madre,
y sube en cuerpo mortal,
para que no dude nadie
que el cuerpo revivirá.

En cuerpo y alma te espero,
desde aquí podrás amar
con todo tu ser entero
a toda la Humanidad”.

¿Y si el problema está en ti?

Después de haber repasado en los últimos posts los principales pensamientos automáticos: visión restringida (La penúltima calle), personalización (El ombligo del mundo), adivinación de pensamiento (¡Ah, era eso!), sobregeneralización (Nunca es tarde), pensamiento polarizado (In medio virtus) y atribuciones negativas (Cuando vuelan los cuchillos), procede ahora hacer una síntesis conclusiva y ofrecer algunas pautas para gestionarlos adecuadamente. Lo intentaré hacer con un ejemplo.

La puntualidad es una gran virtud que pone en juego muchas otras. Caridad: supone pensar en los demás y darles preferencia sobre uno mismo. Templanza: requiere autodominio para dejar hacer lo que se estaba haciendo. Fortaleza: implica tener paciencia con los demás. Prudencia: aconseja escoger los medios adecuados para ser fiel al compromiso horario, etc.

Sin embargo, como toda virtud, puede degradarse en una manía que arrastra al orgullo y a la vanidad, a la crítica acerba o a la dureza de corazón.

No es extraño que las personas muy puntuales sean duras en sus juicios con las que no lo son, pierdan los nervios y magnifiquen la gravedad de la impuntualidad. Muchas veces, todo esto es producto de deformaciones congitivas.

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¡Esto no va de países!

Como ya sabéis algunos de los que me conocéis y me leéis de vez en cuando, dedico buena parte de mi tiempo, a veces robado al sueño, otras al descanso (¡o al trabajo!) y más de las que me gustaría, a mi familia, a una actividad de voluntariado que precisamente intenta llevar la felicidad a las familias de todo el mundo, sí, de todo el mundo. Gracias a Dios, también el tiempo que hurto a mi familia acaba de alguna manera revirtiendo en beneficio de ella. Hoy voy a hablar de esta pasión por la familia. Será un canto al viento que, por falta de información, no todos entenderéis, pero a veces hay que dar rienda suelta al corazón.

Hace ya tiempo que cuando viajo -antes físicamente, ahora más virtualmente- y tengo encuentros con gente tan dispar en origen, cultura, raza, nación…, que comparte poca cosa más que su pasión por la familia, tengo una doble percepción.

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Cuando vuelan los cuchillos

Una de mis extravagancias consiste en intentar encestar los objetos más variados en sus recipientes… o en cualquier lugar que pueda acogerlos. Me gusta lanzar los lápices al cubilete, el cepillo de dientes a su vaso y los papeles a la papelera. En nuestra familia, cuando utilizamos servilletas de papel, no es raro que al terminar la comida se entable una competición: a ver quién consigue encestar su servilleta arrugada en forma de pelota en el vaso más lejano de la mesa, juego que a mi mujer no le acaba de convencer del todo.

He de decir que he adquirido bastante destreza (en tirar, que no en encestar). Una vez, tiré un cuchillo a la cesta del lavaplatos desde la imprudente distancia de un metro y medio y, claro, fallé, el cuchillo dio a una copa de borgoña y se hizo añicos. ¡Quién será el burro que pone una copa de vino al lado de la cesta de los cubiertos!, pensé.

Y, con esta expresión, incurrí en el último pensamiento automático que quiero comentar: las atribuciones negativas, porque, entre nosotros, lo lógico hubiera sido pensar quién es el idiota que lanza cuchillos a la cesta del lavaplatos a metro y medio de distancia.

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In medio virtus

Recuerdo que cuando empecé a dar charlas y conferencias salía a veces muy preocupado a pesar de que la sesión había ido razonablemente bien. Volvía a casa repasando lo que me había olvidado de decir. Y, como solía darlas por la tarde-noche, al meterme en cama, mi cerebro seguía dando vueltas y descubría lo que había dicho mal, los errores que había cometido, etc.

Un día, alguien me dijo: “no te preocupes de lo que te has olvidado o dicho de otra manera; nadie sabía lo que ibas a decir ni cómo lo ibas a decir, solo tú”. A partir de aquel día, me preocupé mucho menos por la perfección en el contenido que por la conexión con los asistentes. “Connection, not perfection” es el lema de un podcast de aprendizaje de inglés que escuchaba una época, y decidí adoptarlo como propio.

El pensamiento polarizado, todo o nada, es otra deformación de la mente que amenaza con socavar nuestra relación matrimonial. Consiste en pensar que si las cosas no se dan exactamente como habíamos previsto, hemos fracasado. Es un pensamiento propio de la infancia…, pero todo tenemos un niño dentro que se rebela (¡y se revela!) de vez en cuando.

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París bien vale una misa

Hoy iba a escribir sobre otro pensamiento automático, pero esta semana he vivido dos experiencias similares que me han hecho cambiar de tema. Por dos veces he oído la expresión, que ya había escuchado en el pasado, “menos misas y más misericordia”, y me he animado a escribir sobre ello.

Por aquellos enigmas de la mente, la frase me ha recordado aquella otra que la historiografía pone en boca de Enrique III de Navarra y IV de Francia y que probablemente nunca pronunció: “París bien vale una misa” (Paris vaut bien une messe). Aunque tenía derecho al trono por sucesión, su condición de protestante calvinista despertó la oposición de las grandes potencias católicas y, después de fracasar en la toma de la corona por la fuerza, decidió convertirse al catolicismo para acceder al trono de la muy católica Francia, y alguien le atribuyó la frase que ha quedado como símbolo de poca firmeza en las convicciones. Solo Dios sabe si su conversión fue sincera.

A mí me ha traído a la memoria aquella otra de Groucho Marx: “¡Estos son mis principios! ¡Y si no le gustan…, aquí tengo otros!” Y, en parte, por eso quiero hablar de la misa y la misericordia, es decir, del amor.

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