Amate-urs

Una de las muchas ventajas de ser padre de familia numerosa, estar profundamente enamorado de tu mujer y dejarte enredar en diversas actividades extraprofesionales es que te queda poco tiempo para dedicarte a ti mismo.

Cuando mi mujer y yo estábamos en la década de los treinta y teníamos ya cinco de nuestros siete hijos, un compañero de despacho de mi misma edad, soltero, me confió, apesadumbrado: “¡Uf! ¡No logro desconectar el fin de semana!” Yo le contesté: “¡Pues, vente a mi casa! ¡Atravesar el dintel y recibir una bofetada ambiental que te ubica rápidamente en la realidad es todo uno!” Y es que a mí me sucedía lo contrario: llegaba el lunes y ya ni recordaba que era abogado (condición que, gracias a Dios, era y sigue siendo accidental y no consustancial a mi persona: ¿se imaginan nacer y vivir en todo momento siendo y ejerciendo de abogado o cualquier otra profesión? ¡Qué pobreza personal!).

Con el correr del tiempo, algunos de esos conocidos que estaban obsesionados por el trabajo y por su escalada profesional se obsesionaron por el deporte. Empieza a ser un patrón preocupante: mitad de la vida, obsesión por el deporte, separación matrimonial. No he hecho una encuesta e ignoro si lo del deporte es, en estos casos, causa o consecuencia de un cierto hastío matrimonial; lo que sí constato es que es un síntoma que concurre a menudo en el varón de edad madura.

En cualquier caso, nadie osará negar que el deporte es muy conveniente: mens sana in corpore sano. Así que, por aquello de la falta de tiempo del padre de familia numerosa que decía al principio, un buen día, hace no mucho, decidí incorporar a mi vida una actividad física más frecuente con la ayuda de una de aquellas aplicaciones (apps) a las que mi hijo mayor es tan aficionado y tan buen resultado le dan. Mientras programaba mi entrenamiento, me quedé adormilado, esperando con ilusión la primera sesión al día siguiente.

Lo primero que me preguntó la app fue mi tipo anatómico y el que quería alcanzar. Me pidió algunos parámetros (sexo, altura, peso, edad…), y me proporcionó algunos ejemplos de cuerpos con distinto porcentaje de grasa para que escogiera el que más se parecía al mío (por pudor, les ahorro el porcentaje que me salió). Después, escogí el modelo de cuerpo que quería obtener (dentro de mis limitaciones, claro, que tampoco soy un iluso). A continuación, antes de ofrecerme una pauta de entrenamiento para alcanzar el resultado anhelado en el tiempo que había introducido, la app me hizo una pregunta que me sorprendió:

“Antes de programar tu entrenamiento, responde sinceramente a la siguiente pregunta:

¿Cuáles son las razones principales que te mueven a ponerte en forma? Escoge las que procedan y ordénalas jerárquicamente:

  1. Quieres encontrarte bien contigo mismo
  2. Quieres estar en forma para los demás
  3. Quieres estar en forma para tu mujer (ignoro lo que aparecía en la opción ‘mujer’)
  4. Otras”

“¡Caramba, pensé, qué app más extraña!” Por curiosidad, pulsé primero solo la opción a), y se desplegaron los siguientes consejos:

“Has escogido como único motivo encontrarte bien contigo mismo. ¡Felicidades! ¡Te mereces lo mejor de ti mismo! Antes de empezar, te recomendamos leer atentamente los siguientes consejos:

A partir de este momento, tú eres lo más importante; no antepongas nada al deporte ni a tus preferencias personales; cuando hayas logrado unos buenos abdominales y pectorales, puedes correr sin la camiseta para exhibirlos; procura ir en grupos con mujeres, que expresan mejor que los hombres la admiración; contémplate cada día varias veces en el espejo y mide con la mirada cada milímetro de grasa que pierdes; pésate frecuentemente; ponte retos deportivos cada vez más difíciles que te exijan mucha dedicación y no los abandones por nada del mundo (¡tienes que demostrar de lo que es capaz!)”…

Dejé de leer y decidí pulsar la letra c). Se desplegaron los siguientes consejos:

“Has escogido como único motivo estar en forma para tu mujer. ¡Felicidades! ¡Ella se merece lo mejor de ti! Antes de empezar, te recomendamos leer atentamente los siguientes consejos:

Procura que ella también haga algún tipo de ejercicio; buscad y practicad algunas actividades comunes; nunca antepongas el deporte a tu mujer; evita salir demasiadas veces en grupos deportivos sin ella, sobre todo si hay otras mujeres en el grupo; no te comprometas excesivamente en actividades que requieran estar mucho tiempo separado de ella; recuerda que ella no se enamoró de ti por tu físico portentoso; no olvides que a ella no le gustan los cuerpos con tableta y pectorales sino las personas enteras; confórmate con estar en forma y ágil para ella (¡no tienes que demostrar nada a nadie!)”…

Me hubiera encantado poder seguir leyendo los consejos de las otras opciones y las combinaciones entre ellas, pero me desperté… y descubrí que todo había sido un sueño y que no existía una app como aquella, una app deportiva para profesionales del amor, para los amantes de verdad. En el amor, el amateurismo está condenado al fracaso porque, si se observa bien, incluso literalmente, acaba siempre desembocando en uno mismo: amateur.

Y llegué a la conclusión de que la obsesión por el deporte a ciertas edades, si uno no está muy atento, acaba fácilmente transformándose en obsesión por uno mismo; y esta patología (¡a la que todos estamos expuestos!) tiene muy difícil cura.

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Pantallas

Uno de los efectos secundarios de la exposición excesiva a la tecnología es la pérdida de tolerancia al error. Es cierto que esta intolerancia se venía ya instalando progresivamente en las sociedades modernas como consecuencia de la tecnificación y de la especialización. En el ámbito profesional y político resulta llamativa. Sencillamente, el error no se admite, no entra dentro de las posibilidades de actuación, por lo que las demandas de responsabilidad se multiplican. La consecuencia es evidente: si no se admite el error, se repudia el ser humano. Naturalmente, me estoy refiriendo al error involuntario, no a la impericia negligente.

Existe un derecho al error, un derecho a equivocarse, a hacer las cosas mal, a meter la pata: un derecho, en fin de cuentas, a ser humano.

Cuando este derecho se desconoce, se cultiva una falta de sinceridad, muchas veces clandestina, furtiva, que consiste en intentar ocultar nuestros propios errores, no sea que los demás vayan a pensar que los cometemos. ¿Cuánto tiempo hace que no leen un email de un abogado a su cliente o de un médico a su paciente admitiendo un error? Si reconocerlo ya cuesta, ponerlo por escrito es un suicidio profesional. El destino final de este camino es un cierto artificio en las relaciones personales que desemboca en la falta de autenticidad.

Pues bien, uno de los grandes problemas de la tecnología es que difícilmente admite el error. Es mucho más probable que nos hayamos equivocado nosotros que lo haya hecho ella. Otro grave problema es que no tiene iniciativa personal ni carácter propio. Como no es persona, no tiene personalidad y es incapaz de oponerse a nuestros deseos.

Nuestros hijos viven cada día, y en algunos casos durante varias horas, esta experiencia de una relación unilateral en la que ellos mandan y la pantalla obedece. Una relación en la que uno solo da y otro solo recibe, y no cualquier cosa ni en cualquier momento, sino exactamente lo que pide y con inmediatez: una película, un juego, una respuesta, una imagen…

Si no estamos atentos y no limitamos de alguna manera esta exposición, si no la contrarrestamos con otras actividades más humanizadas o no nos esforzamos en desarrollar en nuestros hijos un espíritu sanamente crítico, irán configurando su personalidad en la intolerancia y la impaciencia.

Otra consecuencia evidente es la huida del esfuerzo y la omisión del respeto. Toda relación humana exige un esfuerzo de respeto, de adaptación al otro. Hay una tensión, porque el otro es real y se resiste a ser un títere de nuestro deseo. La pantalla, en cambio, no ofrece resistencia.

Y quien rehuye ese esfuerzo de adaptación al otro pierde por el camino la capacidad de compromiso. Acostumbrados a que la tecnología y las cosas se ajusten constantemente a ellos, nuestros hijos corren el riesgo de hacerse incapaces, ineptos para el amor, que requiere necesariamente olvido de sí y entrega al otro. Quieren, pero no pueden, o no saben. Por eso, muchos de ellos no se atreven a comprometerse en una relación de amor duradero y leal, capaz de afrontar el reto de una vida, de abrirse a la generación de nuevos seres y de mantenerse en la relación a pesar de los desengaños, errores y dificultades. El amor no admite espontáneos. Para amar a los demás hay que entrenarse continua y duramente. No bastan los ‘memes’ y los ‘youtubes’ cursis y lacrimosos, no sirven los ‘bloggers’ y las ‘influencers’. Y si uno no está dispuesto a negarse, es mejor que siga amándose a sí mismo y a las cosas que le rodean y siga viviendo esa quimera engañosa y, a la larga, lastimosamente feliz del propio yo.

Explica Séneca en De la Ira que un abogado romano llamado Celio estaba cenando con un cliente suyo que le iba dando la razón a todo lo que decía, hasta que no pudo más y le increpó: ¡llévame la contraria en algo de una vez para que podamos ser dos!

Un buen reto para nosotros como padres: que nuestros hijos vivan una biografía humanizada, que sean más tiempo dos que uno solo consigo mismo.

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Qué es familia

Hace unos meses tuve ocasión de leer una conferencia que, bajo el título, hoy casi provocativo, de “¿Qué es una familia”? pronunció Fabrice Hadjadj, filósofo, director de la Fundación Anthropos, en Lausanne (Suiza).

En ella, el profesor Hadjadj constataba que existe un consenso generalizado en considerar a la familia como lugar del amor, lugar de la educación y socialización primera y lugar del crecimiento de la personalidad autónoma y respeto de las libertades.

Sin embargo, explicaba el autor, siendo ciertas todas estas afirmaciones, este enfoque desde sus características, sus competencias, sus deberes y derechos, en síntesis, desde su eficacia, se revela insuficiente y nos acaba distrayendo de lo esencial: el ser del hijo y de los padres.

Y buscando la familia perfecta podemos acabar topando con el perfecto orfanato o el centro de acogida más excelso, donde, ciertamente, priman el amor, la educación, la libertad.

El error básico consiste en considerar a la persona como mero individuo, no como hijo, no como ser familiar, con lo cual corremos el riesgo de proponer una familia ‘desfamiliarizada’, en la que lo primordial no sea el ser sino el bienestar. Y, en este terreno, las organizaciones, los centros de acogida, atendidos por especialistas y expertos, estarían siempre en mejores condiciones de educar con mayor eficacia ‘individual’ y ‘social’ que nosotros, los padres de la criatura. Incluso, llevado al extremo, cualquier otra pareja, de dos hombres, dos mujeres o mixta, o cualquier grupo entrenado podría ser capaz de dar a mis propios hijos un amor más perceptible, una instrucción más esmerada y unas cotas mayores de autonomía y libertad que las que mi mujer y yo podríamos proporcionarles.

Si analizamos la familia desde el ser “hijo-de” y “padre-de o madre-de”, las características analizadas adquieren una tonalidad distinta.

  • El amor es un amor sin preferencias y sin elección, porque a nuestros hijos les queremos por el hecho de serlo, por lo que son y no por lo que tienen o aportan. Ni siquiera, en nuestra familia, son el objeto de nuestro deseo directo, porque nuestro deseo primero y primordial era (¡y, en mi caso, desde luego, sigue siendo!) su madre, y ellos fueron un regalo que nuestro amor generó. Como explica Hadjadj: “Cuando un hijo dice a sus padres: “Yo no elegí nacer”, los padres siempre pueden devolver el cumplido: “Nosotros tampoco, no te hemos elegido, nos has sido regalado y tratamos de cambiar nuestra sorpresa en gratitud “.
  • La educación se recibe en la familia desde una ‘autoridad sin competencia’ (que se ha de ir adquiriendo con el tiempo), es decir, a pesar de mis debilidades y carencias, y
  • La libertad responde a unos lazos que no se pueden anular y que generan una red de relaciones que nos desbordan y no forman parte del proyecto original (¿acaso alguien pensó en su suegra, y después abuela de sus hijos, como ‘proyecto vital’?).

La consideración de la familia como “elemento natural y fundamental de la sociedad” (definición del art. 16.3 de la declaración Universal de Derechos Humanos) nos sitúa ante una realidad que nos antecede. La familia, en efecto, estaba ahí antes de que se desarrollara la Sociedad, el Estado y cualquier institución humana, y se encuentra en el principio exacto de cada vida humana concreta. La familia es “fundamento” y, como tal fundamento, no se puede “fundar”: es ella la que funda.

Por eso, acaba diciendo el profesor Hajdajd (perdón por la larga cita, pero no me veo capaz de resumirla con palabras más acertadas), la familia es el lugar de la resistencia: “Resistencia a la ideología, al pensamiento políticamente correcto, a la programación. La familia es la comunidad de origen, dada por la naturaleza y no sólo establecida por convención. Por lo tanto, ofrece siempre, por su anclaje sexual, un contrapunto al artificio, y proporciona espacio para lo que podríamos llamar una verificación. El político puede cultivar su imagen pública, mostrar su mejor perfil en las redes sociales, pero, ¿cuál es su rostro en lo privado, ante su mujer y sus hijos? El gran Hércules, que derrotó a los monstruos, es patético ante Deyanira. El joven genio, que irrumpe en las pantallas, se avergüenza de ser visto con su papá y su mamá, que dan fe de su origen común. La voluntad de poder es siempre contrariada por la proximidad familiar. Por eso, tanto los totalitarismos como el liberalismo, los controles tecnológicos, o el fundamentalismo religioso, siempre empiezan por poner a la familia bajo tutela, antes de intentar destruirla”.

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Disforia LGTBI

A partir de Descartes ha ido evolucionando una corriente de pensamiento que ha situado la condición de persona en la voluntad, la razón y la libertad desnudas, es decir, en la parte espiritual del hombre. Esta corriente se ha ido radicalizando hasta el punto de negar cualquier significación a la parte corporal, que se comprende como algo extraño a la persona, con la que se puede hacer lo que se quiera según los deseos del espíritu. Por el contrario, otra corriente, en la convicción de que el cuerpo humano es portador de un mensaje ético que conviene atender, ha insistido en la unidad inescindible de cuerpo y espíritu y considera que la condición de persona reside en una razón, una voluntad y una libertad capaces de interpretar ese mensaje del cuerpo que invita a conducirse en la vida conforme a ese todo que forma la persona y no obedeciendo solo a una de sus dimensiones.

La primera doctrina justifica el suicidio y la muerte programada (mi cuerpo no soy yo, sino algo, una cosa que poseo y con la que hago lo que quiero) y niega la condición sexuada del ser humano (es mi yo espiritual quien decide el género que impondrá al cuerpo que posee). La segunda tesis opta por la vida en cualquier circunstancia (el instinto de conservación, que procede del cuerpo, me indica que he de luchar por mantenerme en la vida) y afirma la condición sexuada del hombre y la mujer (mi naturaleza corporal muestra una complementariedad biológica que he de procurar integrar en mi espíritu). Naturalmente, ambas aceptan que hay casos problemáticos que generan dilemas morales de difícil solución y que hay un amplio ámbito de ejercicio de la libertad personal que pertenece al terreno de lo moral y no de lo legal.

La primera corriente parece haberse instaurado, y normativizado, en nuestro país de manera acrítica como pensamiento dominante. Se ha impuesto una suerte de dictadura ambiental que impide discrepar. Se han aprobado leyes en distintas Comunidades Autónomas de distinto signo político (Galicia, Catalunya, Madrid…) que mutilan la libertad, sancionan la discrepancia, obligan al estado a tomar partido por una ideología concreta -la denominada LGTBI, por ejemplo, imponiendo colocar en los edificios oficiales la bandera arcoíris en los días de celebración del orgullo gay-, imponen el adoctrinamiento infantil sin contar con la opinión de los padres, etc. Algunas de las ideologías del siglo XX que tantos sufrimientos causaron empezaron con medidas de este estilo, en una connivencia y confusión entre ideología, estado y democracia que intentó zanjar la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Y todo ello se está edificando sobre la base de un constructo intelectual altamente problemático: la llamada ‘disforia de género’. Este palabro, ‘disforia’, procedente de la Psicología y que todavía no recoge el diccionario de la RAE, es el antónimo de ‘euforia’ y significa ‘emoción desagradable o molesta, como la tristeza, ansiedad, irritabilidad o inquietud’.

En algunas de las leyes comentadas se recoge el derecho de quien sienta ‘disforia de género’ a exigir, sin más comprobación, que le dejen acceder a baños e instalaciones tradicionalmente reservadas para uno de los antiguos sexos (varón o mujer), al tiempo que se prohíbe (con las sanciones oportunas) a todo profesional de la psiquiatría o psicología realizar tratamientos que la ley, con gran carga ideológica, tilda de ‘aversión o conversión de género’. Es decir, un ciudadano puede estar incómodo (disfórico) con su sexo y exigir un cambio de sexo (por supuesto, las leyes establecen el deber del estado de cubrir estas operaciones), pero no puede estar ‘disfórico’ con su tendencia u orientación sexual y acudir a un tratamiento psicológico que le ayude a conciliarla con su sexo.

La conclusión es inevitable. Ahora que parece haberse descubierto la fuerza de la ‘disforia’ en la configuración personal, ¿por qué detenerse en el denominado género? Me pregunto: ¿puede un hombre que mide 1,60 estar disfórico con lo que su cuerpo le indica acerca de su altura y exigir que le cuenten como de 1,65, talla mínima para acceder a algunos cuerpos de seguridad del estado? ¿O alguien sentir ‘disforia de edad’ y exigir que le tengan por un niño de 7 años para entrar gratis a los museos o volver a ser penalmente inimputable? ¿Puede un ciudadano sentir ‘disforia de actividad’ -lo que antes se llamaba pereza- y exigir que le paguen el doble que a los demás porque eso, el doble, es lo que le cuesta a él ponerse a trabajar? ¿Dónde está el límite? ¿Quién lo decide? Y, lo más importante, si me doy cuenta de que algunas de estas disforias no me convienen y pienso que es mejor acomodar la vivencia de mi espíritu a lo que mi cuerpo me muestra, ¿no tengo la libertad para hacerlo? ¿No puede un psicólogo ayudarme a descubrir que es mejor la diligencia que la pereza, aunque con esta no haga daño a nadie?

“Los sueños de la razón producen monstruos”, advirtió Goya.

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Chema Postigo

 

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Me resistía a este momento. No quería escribir sobre Chema. Me parecía que no había papel ni teclado capaces de resistir la energía del trazo que una vida como la de Chema reclama. Siempre por delante, junto con Rosa. Por delante en el amor. Por delante en la entrega. Por delante en la generosidad. Por delante en el dolor. Por delante en la amistad. Por delante en la actividad. Por delante en la contemplación. Por delante… en el Cielo.

Hace más de 25 años, un grupo de matrimonios jóvenes iniciamos con Rosa y Chema la que su suegro, Rafael Pich, llamaba la nueva era de la orientación Familiar, la nueva era de la felicidad para miles y miles de familias. El curso de Primeros Pasos, y el de Primeras Letras y Decisiones y Adolescencia y Amor Matrimonial… Y Chema, con su muñeca, como en la foto, a todas partes, enseñando lo grande y lo pequeño. Enseñando el amor. Lo que quieras aprender, enséñalo, decía Rafael, y a él le resultaba fácil, muy fácil, porque se limitaba a enseñar lo que él era, un corazón inabarcable, sin afán de protagonismo alguno. Hacer y desaparecer, pero desaparecer estando ahí, en la sombra, al servicio de todos.

Nunca un no. Una llamada de Mari Carmen Navarro, desde el Fert: “Chema, nos ha fallado un moderador. Su sesión es dentro de dos horas… en Lleida”. Y Chema cogía su petate, su muñeca, apretaba el corazón entre sus dedos y salía hacia Lérida.

Y, después, los países. Desde la IFFD, federación que coordina los cursos de orientación familiar en todo el mundo, ni siquiera teníamos que llamarle. Brasil, Hong Kong, Corea, Chequia, Eslovaquia, Croacia, Eslovenia, Costa de Marfil, Ucrania y tantos otros. Era él quien llamaba. ¡A la vuelta! Con todo hecho… y muchas veces, nosotros sin saberlo, y todo en marcha. Los lugares más comprometidos. Siempre dispuesto. Con Rosa, la mejor embajadora de la familia, llevando su libro, “¿Como ser feliz con 1,2,3… hijos?” y, con él, la verdadera vida de familia por todo el mundo.

Su última locura fue el Family Enrichment Holidays en Torreciudad. Quince días de vacaciones para los demás. Y Rosa y él sirviendo a las familias que venían de lugares lejanos para formarse como directivos de las actividades de Orientación Familiar en sus países. Recogidas en aeropuertos, viajes arriba y abajo, organización de actividades, sesiones de formación… Y la sonrisa permanente. Nunca pasa nada. Nada te turbe, nada te espante…

Chema tenía un sueño. Y lo vivió con Rosa. Un sueño que -hoy lo está comprobando- es un pensamiento divino: el sueño del amor sin límites. Amor a Rosa, a sus 18 hijos -tres, con él, en el Cielo- y también, en lo que a mí más me ha tocado vivir, a todas las familias del mundo. Quien no ha conocido a alguien como Rosa y Chema difícilmente puede entender la capacidad de expansión del corazón humano, que crece y crece y crece cuando se olvida de sí y se da sin reservas.

Estos días, rezando por la curación de Chema, pensaba que, con diez como Rosa y Chema, daríamos la vuelta a esta ciudad de Barcelona y, desde ella, al mundo entero, para hacer de él la Familia que nunca debió dejar de ser. Chema se sabía miembro de esa familia humana y luchó toda su vida por mantenerla unida y acercarla, uno a uno, corazón a corazón, como han de ser tratadas las personas, al Padre común.

Les confieso una pequeña intimidad: tengo la costumbre de pedir a Dios que me conceda un cachito, aunque sea pequeño, de la virtud más destacada de las personas próximas a mí que nos dejan, en la certeza de que ellas las tienen ya en grado sumo.

Encontrar diez Chemas es un imposible metafísico, pero nos queda Rosa… Con tu permiso, Rosa, me atrevo a pedir a todos cuantos lean estas palabras que hagan como yo y pidan al Señor que les conceda algo, por poco que sea, de Chema. Y quizás entre todos podremos ir colmando poco a poco ese gran vacío que ahora sentimos… y que Chema, irrumpiendo desde su nuevo hogar silenciosa y discretamente, como siempre hacía, sabrá llenar y desbordar con sobreabundancia de todas las cosas buenas que pidamos por su medio.

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El amor y sus contornos

A veces, los padres tenemos la sensación de ser unos aguafiestas profesionales. Esta impresión adquiere especial intensidad durante los años de adolescencia de nuestros hijos, en que la palabra “no” sale con frecuencia de nuestros labios.

José Miguel Reig, gran amigo mío y uno de los más directos culpables de que yo me introdujera en esta aventura apasionante del Family Enrichment (Orientación Familiar), nos tranquilizó mucho a Loles y a mí cuando nos dio la pauta mágica: “hay que aprender a convivir con malas caras”.

Pero, ¿de dónde procede esta sensación de que la educación, como la moral, tiene una carga en exceso negativa?

Leonardo Polo, un filósofo de frases enigmáticas cargadas de contenido, lo explica con la mejor definición de moral (trasladable, creo, a la educación) que he leído: “la moral es el amor y sus contornos”.

San Agustín había dicho ya aquello de “ama et quod vis fac”, que algunos comodones han traducido como “ama y haz lo que te apetezca”. En realidad, intuyo (no soy latinista, pero todavía conservo bastante sentido común) que algo, no todo, de lo que quería decir el de Hipona era: “ama y lo que ames haz”, dicho de otra manera: “obras son amores y no buenas razones”.

En efecto, tanto la moral como la educación consisten en enseñar a amar. Pero, ¿cómo se enseña a amar? Están, claro es, el ejemplo, la motivación, el acompañamiento, etc. Y también está la obligación de mostrar los límites.

Muchas reglas morales son negativas porque, como dice Polo, son los contornos del amor. Indican el límite fuera del cual no hay amor: no mates, no robes, no engañes, no mientas, no seas desleal… Quien ama mucho y bien no necesita límites ni reglas ni mandatos. Él mismo es su norma de conducta, porque lo malo no le viene a la cabeza. Ese es el trasfondo de la frase agustiniana.

Además, la moral y la educación, sobre todo cuando se trata de adultos o jóvenes con un cierto grado de autonomía personal, se expresan a menudo en forma negativa porque así respetan la libertad. Si las reglas morales o las instrucciones educativas fueran siempre positivas, afirmativas, no dejarían ningún margen de libertad al educando.

Cuando digo “no puedes hacer esto”, lo que estoy diciendo es “puedes hacer lo que quieras menos esto”. Cuando digo “haz esto”, estoy diciendo “no puedes hacer otra cosa que no sea esto”. Es decir, cuando pongo un límite, abro un horizonte de libertad, indico el camino mejor (según mi criterio, claro, que, a veces, puede estar equivocado). Por eso, la formulación de la moral es muchas veces negativa. No debe preocuparnos.

Es natural que a nuestros hijos les cueste entenderlo, pero la verdad es que cuando les decimos “hoy no puedes ir a la discoteca”, en realidad les estamos diciendo “hoy puedes hacer lo que quieras menos una cosa: ir a la discoteca”. Es decir: “¡hoy es tu gran noche; pon imaginación y haz lo que quieras (casi)!”. Lo admito: quizás me he pasado un poco en el entusiasmo de este contorno del amor.

Conclusión: la moral no es negativa, pues consiste en amar, y amar es siempre positivo; pero su formulación en reglas concretas sí es negativa con frecuencia, pues consiste en definir los contornos del territorio del amor, para no salirnos de él. Por eso, en el fondo, el único precepto positivo, imperativo, es el amor: ama… y sigue amando. ¡A pesar de las malas caras de tus hijos!

Bien, valor, virtud… y Reyes Magos

Descubrí la diferencia entre el bien y el valor cuando, en los comienzos de mi carrera profesional, un cliente planteó una peculiar consulta. Quería dejar en vida todo su patrimonio a su mujer y a sus dos hijas pequeñas. Desposeerse de todo. ¡Qué generoso!, pensé, hasta que aclaró el motivo: había descubierto su vocación y quería dejar a su esposa e hijas para irse como misionero laico a un país del Tercer Mundo.

Lo que parecía un acto de generosidad se había transformado de pronto en un acto de búsqueda de la propia realización personal a costa de la felicidad ajena. Fallaba lo que San Agustín había llamado el ordo amoris, la jerarquía de los amores, porque dejar de amar a los cercanos, a quienes se ha prometido amor, por razón de los extraños, por más que se vista de generosidad, no deja de ser una actitud egocéntrica, en la que el fin soy yo y los medios o instrumentos para lograrlo, los otros, que devienen intercambiables.

El bien es lo que objetivamente conviene al ser humano. La generosidad, la entrega a los demás es, por lo tanto, objetivamente, un bien. El valor es, en cambio, “lo que ‘aparece’ como bien, y naturalmente para mí y según mi situación”, explica Carlos Cardona; la concreción, la individualización del bien general según mis circunstancias personales. Pero, para que siga siendo valor, ha de estar anclado al bien y a la valoración objetiva de mis circunstancias, porque si mi interés personal lo transmuta, puede llegar a parecerme valor lo que, siendo objetivamente un bien, deja de serlo ‘para mí, ahora’, como sucede en el ejemplo.

Ahora bien, el valor tampoco es suficiente para educar, ni para amar. El valor es lo que se descubre como valioso y pide simplemente ser descubierto y contemplado. Para vivir un valor hace falta la virtud, que se adquiere habitualmente a fuerza de repetir actos buenos. Según José Antonio Marina, la educación en virtudes fue abandonada “de manera estúpida” por considerarla vinculada a la religión, aunque no tiene su origen en el cristianismo sino en la cultura griega. En un intento por secularizar esta idea se empezó a hablar de “educación en valores”, lo que, para este autor, supone un reduccionismo y resulta “muy teórica, muy descafeinada y muy poco eficaz”. La virtud es, en efecto, según una definición clásica, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural. La virtud otorga, por tanto, la capacidad de vivir un valor.

Esta semana vienen los Reyes Magos…, y todos queremos ser generosos. La generosidad, qué duda cabe, es un bien. Pero hay que hacer de ese bien un valor; es decir, transformarlo en regalos que realmente, según nuestras circunstancias, las de nuestros hijos y las de la sociedad en que vivimos, sean un auténtico valor, y no necesariamente material. Y después, desde el minuto inmediatamente posterior a la apertura de los regalos, vivir esos valores con la fuerza de la virtud, para que nosotros y nuestros hijos sepamos ser agradecidos y pongamos nuestros regalos (talentos, capacidades…) al servicio de los demás, porque una virtud sin amor fácilmente se degrada en fría competencia.

Que los Reyes traigan muchas cosas buenas…, ¡y también se lleven algunas malas!

¿Se equivocó Dios?


Hace unos cuantos años, cuando empezaba a interesarme por los temas de educación y familia, un experimentado moderador de cursos de orientación familiar para padres me dijo que él ya no moderaba sesiones porque no se sentía con autoridad para hacerlo, dado que, según él creía, había fracasado con algunos de sus hijos. Deducía este fracaso del estilo de vida de esos hijos, alejado del suyo propio, y fundado, al menos en apariencia, en otros valores.

Pensé entonces que era una actitud coherente: si no has sabido transmitir a tus hijos los bienes y valores que tú vives, ¿cómo los vas a enseñar a los demás?

Dejando al margen que un moderador en un curso de orientación familiar no debería enseñar, sino compartir y aprender de los padres a quienes modera, logrando que ellos digan lo que a él le gustaría haber dicho, pienso ahora que, aunque coherente, mi interlocutor estaba equivocado.

Me viene a la cabeza justamente ahora, en vísperas de Navidad, cuando Dios se hace hombre. Y me hago la pregunta que da título a esta entrada: ¿se equivocó Dios? ¿Le salió mal el hombre? ¿No supo educarlo? Y, después de ese fracaso, ¿osó enviar a su Hijo para que enseñara el hombre al hombre? ¿No hubiera sido más coherente olvidarse de su criatura y no venir con nuevas enseñanzas, precisamente Él, que había fracasado la primera vez?

Y es que los padres nos olvidamos demasiado frecuentemente de una condición del ser humano de la que, naturalmente, participan también nuestros hijos: la libertad. Sí, nos lo han dicho muchas veces, hay que educar a los hijos para la libertad, pero no nos lo acabamos de creer. Y, cuando la ejercen y toman una dirección diferente a la nuestra, nos parece que hemos fracasado nosotros.

Varios comentarios quisiera hacer aquí: (i) no somos propietarios de nuestros hijos, intentamos educarlos de la mejor manera que sabemos, y ellos, cuando maduran, toman sus propias decisiones, (ii) como ni ellos son autómatas ni nosotros (hablo por mí) somos deterministas, no existe una relación de causalidad directa entre nuestra educación y sus decisiones futuras, una vez alcanzan la plena autonomía personal, (iii) ellos pueden equivocarse al decidir y nosotros al juzgarlos: ¡qué difícil es en ocasiones saber quién está en lo cierto!, y (iv) hay que huir de los juicios maximalistas tipo bueno o malo, cielo o infierno, entre muchas otras razones que no hay espacio para desarrollar, porque solo Dios ve en los corazones de los hombres y ya advirtió que ‘las prostitutas nos precederían en el Reino de los Cielos’.

Así que, al cabo de los años, pienso que, de la misma manera que Dios no se equivocó, sino que hizo al hombre libre y, a pesar de educarlo bien en el Jardín del Edén, el hombre ejerció, equivocadamente (en este caso, sí), su libertad, los padres, que nos equivocamos muchas veces, hemos de evitar culpabilizarnos de lo que podríamos considerar como fracaso (aparente, insisto) en la educación de algunos de nuestros hijos cuando hemos luchado de verdad por formarnos y educarles bien. Si lo hacemos, podemos acabar negando la libertad, la responsabilidad personal de nuestros hijos, que, a partir de cierta edad, son dueños, -¡y responsables!- de sus propias decisiones, y acabamos convirtiéndolos en posesiones nuestras.

Y, por el camino, nos vamos ensoberbeciendo, al pensar que somos nosotros los que acertamos o fracasamos en las decisiones de nuestros hijos, como si fuéramos más que Dios, que tuvo, ¡y aún tiene!, una paciencia de siglos con todos nosotros.

Menos mal que Él sí se tomó en serio nuestra libertad. Por eso puedo escribir este artículo… ¡y equivocarme!

De nuevo, ¡feliz Navidad!

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Corazones rotos

Hoy voy a escribir sobre un tema difícil pero inevitable que todos hemos de afrontar alguna vez en nuestra vida: el dolor incomprensible.

No me refiero a las penas y contradicciones ordinarias con las que, quién más quién menos, todos aprendemos a convivir. Me refiero al gran desgarro, al más intenso sufrimiento, a aquel que no se puede entender, que rotura nuestras más profundas estructuras y, cuando golpea, parece imposible superar. Me refiero a la pérdida de un hijo, de un marido, de una esposa o de una madre en la plenitud de la vida.

Leí en algún sitio que aquí, en la Tierra, estamos demasiado cerca del dolor, excesivamente pegados a él como para poder vislumbrar la otra cara del sufrimiento, la cara que no vemos, la que está oculta a nuestros ojos, la que solo se ve desde el Cielo. Para entender el sufrimiento solo hay un camino, un camino que parece una paradoja: abrazarlo. Solo así se logra apenas acariciar la otra cara del dolor, la que mira al Cielo y solo Dios conoce. Solo así las manos pueden recibir la luz imperceptible pero cierta que irá invadiendo la persona toda con la humilde suavidad de las cosas grandes. Una luz serena, incluso, con el tiempo, alegre, porque cabe alegría incluso en el dolor.

Abrazarlo, sí, pero no dejarse abrazar por él. Leí también en algún lugar que un alma desgarrada tiene tres salidas para evitar quedarse atrapada en el dolor: hablar, llorar y rezar. Hablar con quien sepa escuchar y pueda entender el dolor ajeno hasta donde esto sea posible; llorar todas las lágrimas interiores y exteriores que quiera verter nuestro amor; rezar con toda la fuerza de que seamos capaces. Hablar, llorar, rezar. Tres salidas para el dolor: boca, ojos, corazón.

Conocí a una madre que trajo varios hijos al mundo consciente del riesgo de que desarrollaran una enfermedad congénita de pronóstico reservado. Un día, alguien poco delicado le dijo: “¿por qué tienes hijos si sabes que se pueden morir en su infancia o juventud?” Ella sonrió y contestó con serenidad: “Traigo mis hijos a la Tierra, pero su último destino es el Cielo”.

Fue una respuesta valiente que escandalizó a más de uno. A mí me evocó unas misteriosas palabras de Santa Teresa: “sabe el Señor lo que puede sufrir cada uno, y a quien ve con fuerza, no se detiene en cumplir en él su voluntad”.  Palabras misteriosas, ciertamente, porque el dolor es un misterio. Pero no olvidemos que, como enseñó Romano Guardini, el misterio es “una medida sobreabundante de verdad, una verdad mayor que nuestras fuerzas. El misterio no está para que el hombre lo resuelva y, de ese modo, lo haga desaparecer, sino para que el hombre se ponga en concordancia con él, respire en él, eche raíces en él”. Probablemente, Santa Teresa se inspiró en el sufrimiento, incomprensible para ella, del amor de su vida, Jesucristo, en su Pasión.

Lo sé, he tenido que recurrir a la fe. Fuera de ella, lo admito, hay grados de sufrimiento difíciles de abrazar. Y en ella, aunque se abrace -que nadie se engañe-, hiere con la misma intensidad.

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