Casarse para amar

—“Oye, ¿tú que crees, que tu marido se casó por amor o por interés?”

—¿Mi marido? Por amor, seguro.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo puedes estar tan segura?

—Pues…, ¡porque interés no pone ninguno!

Lo que no es un chiste es la pregunta que se hace Allen Vaysberg, coach, speaker y autor de “The New Love Triangle”, en un artículo publicado recientemente: “¿Estás casado porque amas a tu esposa o porque ella te hace feliz?”

Una pregunta interesante, que el autor responde por etapas. Razona, primero, que si te casaste por amor es porque partías de un principio de abundancia: tenías mucho amor y se lo entregaste a ella; mientras que si te casaste buscando la felicidad, partías de un principio de carencia: necesitabas amor y lo buscaste en ella.

Yo me casé porque la amaba, se responde después a sí mismo, porque disfrutaba viviendo con ella, porque mi vida no era la misma, porque me encantaba su delicadeza, su amabilidad, su manera de ser y por muchas otras razones que aún hoy me mantienen en el amor.

Y, en este punto del razonamiento, nuestro coach se da cuenta de que, en realidad, todas las razones por las que amaba y ama a su esposa se confunden con la felicidad propia y tienen un sesgo ego-centrado: ‘yo’ disfruto, ‘mi’ vida es mejor, ‘me’ encanta… Con lo que se pregunta qué sucederá si, un día, Dios no lo quiera, se van difuminando. ¿Seguirá amándola?

Y es que amor y felicidad están siempre conectados y no es fácil distinguirlos a primera vista, porque el primero suele llevar a la segunda, siempre que sea recíproco, claro.

La conclusión que alcanza Vaysberg es que, si queremos mantener vivo nuestro amor y generar felicidad en nuestro matrimonio, hemos de adoptar una disposición de love giver (dador de amor) y no de love taker (tomador de amor).

El que se empeña en dar amor y procura olvidarse de recibirlo (aunque ‘ser amado’ sea lo que más quiere en este mundo) acaba generando felicidad en su esposa, en su matrimonio y en sí mismo.

Es el mismo enfoque que, desde una perspectiva más práctica, adopta Shaunti Feldhahn, autora de “The Surprising Secrets of Highly Happy Marriages”, en otro artículo que he leído recientemente, titulado “5 steps to make your marriage explode”.

¿Cuáles son los cinco pasos que propone para lograr la explosión (buena) de tu matrimonio?:

  • Asume que tu esposo/a tiene siempre buenas intenciones, aunque te hiera sin querer.
  • Aprende las pequeñas cosas que molestan o gustan a tu esposo/a. Según la autora, a los hombres, por lo general, les hunden especialmente las críticas que a veces se hacen sin reflexionar (¿Por qué guardas la ropa así, no ves que está arrugada?), mientras que a las mujeres les fastidia esa convicción tan masculina de que el amor se demuestra trabajando miles de horas y ganando miles de euros en lugar de pasando miles de minutos juntos.
  • Cambia tú primero cuando detectes algún aspecto a mejorar. ¡No esperes a que él o ella lo hagan!
  • Prioriza la relación sexual. Muchos estudios revelan, según la autora, que mantener relaciones sexuales con periodicidad (idealmente, una vez a la semana o más, según Feldhahn) ayuda a despertar el deseo y es crucial para fortalecer la relación (no en vano es el único acto en que alma y cuerpo se fusionan completamente); mientras que, a fuerza de aplazarlo o evitarlo (por cansancio, tensiones, enfados…), se acaba reduciendo el deseo (especialmente en la mujer, matiza) y puede llegar a verse como una especie de carga o demanda egoísta y perderse el medio de unión más característico del matrimonio.
  • El último, más que un paso es una conclusión. Si llevas a cabo este esfuerzo personal, tarde o temprano percibirás la mejora, personal primero, de tu cónyuge después y de vuestro matrimonio simultáneamente.

Lo sé, es lo de siempre…, aunque yo, lo confieso, me olvido a menudo. Quizás por eso lo escribo aquí.

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Gente corriendo

Ricardo Yepes, filósofo y profesor de Antropología, que falleció prematuramente hace dos décadas, deslizó en una de sus obras una sencilla y feliz frase que es toda una definición del que podríamos denominar ‘homo civitatis’. Afirma apodícticamente: “la gente corriente es gente corriendo”.

Dos anécdotas personales me vienen a la cabeza, y creo que pueden ayudar a ilustrar el pensamiento del autor.

La primera fue una reacción inesperada que experimenté a los treinta y pocos años, cuando solo tenía dos hijos (¡después vinieron 5 más!). Trabajaba entonces en un despacho de abogados de gran tamaño y tenía que apuntar escrupulosamente el tiempo que dedicaba a cada asunto, a fin de facturarlo al cliente. Nada especial, lo habitual en un despacho de abogados. Pero, para mí, que procedía de un despacho unipersonal de un catedrático, constituía una verdadera novedad que me costó incorporar (¡y aún me cuesta!) a mi quehacer diario. Un día, estaba en mi casa, en el suelo, jugando tranquilamente con mis hijos pequeños, cuando, instintivamente, miré el reloj con la intención de calcular el tiempo que llevaba con ellos. La reacción me preocupó, y me prometí a mí mismo, sin descuidar mis obligaciones para con el despacho y los clientes, no obsesionarme con el time report (el anglicismo habitual en la jerga profesional) y darle el carácter instrumental y localizado que tiene.

La segunda, ya en mis cuarenta, fue una llamada de un primo mío que, durante un tiempo, estuvo viviendo y trabajando en La Cerdanya, un valle del Pirineo catalán. Iba yo en moto con el móvil apresado entre el casco y la oreja, sonó el teléfono y contesté.

¿Dónde estás, que se oye tanto ruido?”, me dijo mi primo.

“En la moto. Espera un momento, que paro”, contesté (lo puedo contar porque ya ha prescrito la multa que merecía).

“¡Los de Barcelona estáis todos locos!”, me reprendió mi primo cuando, tras bajar de la moto, retomé la conversación, “¡Pero, ¿cómo se te ocurre contestar al teléfono en la moto?! ¿Tan agobiado estás?”

En el otro extremo tengo un cliente que se mueve siempre con 20 ó 30 minutos de holgura. Si llega antes, no le importa esperar. Esos minutos son para él muy importantes porque le permiten hablar con la gente que se encuentra en el camino, ayudar a alguien que ve urgido, hacer un comentario amable a un desconocido, saludar a la florista con la que se cruza a diario o detenerse a comentar la última noticia con el vendedor de la ONCE. Vale la pena hacer cualquier recorrido con él. Es siempre un trayecto humano y enriquecedor.

Y tengo también un hermano, monje mendicante y, como él dice, ‘contemplativo en medio del mundo de la pobreza’, para quien el tiempo parece haberse detenido. Las adoraciones y celebraciones eucarísticas de su Comunidad se elevan entre cantos y oraciones y flotan por encima del tiempo, perdidas en algún ignoto lugar entre el Cielo y la Tierra donde solo el alma parece capaz de acceder. Caminar con él es también una experiencia insospechada: si ve un pobre en la calle, se sienta a su lado, le escucha y se olvida de todo lo demás.

Quizás son los extremos y haya que buscar el equilibrio, pero muchos tenemos que reconocer que la gestión del tiempo es una asignatura pendiente. Y no solo para ser más eficaces, que para eso ya hay muchos expertos, sino, simplemente, para ser más humanos, más auténticos, no vaya a ser que con tanta eficacia y tanta aceleración acabemos dando mucho fruto, pero ninguno maduro.

La conclusión podría ser esta: primero, las personas (¡y, ojo, que Dios también lo es!). Y según un orden jerárquico claramente establecido, claro, no vayamos a postergar ahora a nuestra familia bajo el pretexto de la florista… o incluso de los pobres. ¿Cómo hacerlo? Técnicas hay muchas, y expertos, más. Doctores tiene la Iglesia. Yo solo quería hacer (¿hacerme?) una llamada de atención. Y ya está hecha.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Familia y relación

El agua es una realidad emergente, es decir, tiene unas cualidades y propiedades que no son deducibles de las cualidades y propiedades de sus componentes, el hidrógeno y el oxígeno. Esta imagen sirvió a Pier Paolo Donati, prestigioso sociólogo italiano, para hablar de la familia como ‘bien relacional’ en el acto de investidura del doctorado honoris causa que le fue conferido por la Unversitat Internacional de Catalunya el pasado miércoles, 15 de noviembre.

La tesis de autor, muy sugerente y útil para mejorar la calidad de la vida de la familia, es que también la familia es una realidad emergente, consecuencia de unas relaciones que no estaban anticipadas ni preanunciadas en los individuos que la componen. “Puesto que la relación es un efecto emergente –afirmó-, no está escrito que de dos elementos positivos nazca un efecto emergentemente positivo”. Es decir, no basta con que dos personas sean individualmente buenas para que lo sea la relación entre ellas.

El efecto que esta realidad emergente tiene en las personas deriva de las relaciones que se establezcan. Las personas reciben el influjo de la relación que viven, y esta relación se incorpora a ellas hasta formar parte de su identidad: “es la relación la que me dice quién soy yo. Mi identidad depende del tipo de relación en que estoy”.

Haría falta algo más que un post para desarrollar todas las ricas derivadas de esta tesis de la familia como realidad y bien relacional, pero me parece que hay dos muy evidentes que me gustaría exponer aquí:

La primera, que claramente enunció Donati, es considerar que la relación con mi mujer o mi marido es constitutiva de mi identidad personal. Y si esto es así, me obliga a repensar mi matrimonio desde mi nueva identidad, sin añoranzas de un tiempo pasado ni ensoñaciones de una persona que ya no existe en mí, a pesar de que mi misma memoria me traicione y me quiera seducir con el espejismo de un pasado idealizado. Si, ante las dificultades que puedan surgir en la relación matrimonial, me empeño en huir de esta misma relación que ya es parte constitutiva de mi ser, me acabaré apartando no ya de mi mujer o marido, sino de mí mismo, provocando una quiebra interior difícil de recomponer: “afirmar que la identidad del marido viene generada solo por su conversación interior significa ignorar que la relación con su mujer es constitutiva de su identidad de marido”, afirma el profesor Donati.

Y la segunda, que también destacó el autor, es reconocer que una mejora individual no asegura una mejora en la relación. Cambiar o mejorar la familia o la relación de pareja transformando solo al individuo no es una ecuación segura, porque la relación tiene su propia dinámica, que no siempre resulta de los comportamientos individuales ni depende necesariamente de la calidad individual de sus componentes. Aunque la mejora personal es siempre un avance provechoso, la solución a los problemas matrimoniales o familiares se encuentra más fácilmente centrándose en la relación: pensando en “cómo generar y regenerar una relación en que los defectos propios y de los demás sean aceptados e incluso amados”. No se trata, añado yo, de amar los defectos en sí mismos considerados, pero sí a la persona que los tiene, de modo que esos defectos o carencias pasen a formar parte de la fisonomía de nuestro amor.

Si esto hacemos, en lugar de poner la atención en nuestro ‘yo’, como reclama la cultura postmoderna, desviamos la atención hacia la relación, nos olvidamos un poco de nuestros ‘derechos’, y, mejorando la relación, acabamos progresando nosotros mismos. Se trata, como propone Aaron Beck en alguno de sus libros, de ir eliminando de nuestra lista de agravios pequeñas ofensas sin consistencia real que no son sino las actuales aristas de una personalidad en continua progresión a la que amamos como es y como llegará a ser, en parte gracias a la incorporación de lo mejor de nosotros.

Donati propone edificar la estructura personal sobre dos principios: la ética de la primera persona (quién soy yo para mí) y de la segunda persona (quién soy yo para ti). La relación, en síntesis, me dice quién soy. Si cuido la relación, a mí me cuido.

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Summum ius

Es casi una certeza educativa que en las familias con padres inflexibles suelen salir algunos hijos que, al menos durante una época, son rebeldes y contestatarios. Como la educación no es una ciencia exacta ni cerrada, sino que depende de muchos factores -entre otros y como más destacado, la libertad humana del educando y del educador-, la rigidez educativa no siempre genera estas conductas. En no pocos casos, el hijo desarrolla una madurez suficiente que le permite no actuar siempre reactivamente a la severidad paterna y diseñar su propia trayectoria personal, capaz de enriquecerse también con los aspectos positivos del rigor educativo, normalmente ejercido con el cariño propio de lo familiar. De hecho, todos conocemos algunas familias muy estrictas y otras muy bohemias que han educado hijos igualmente maravillosos y sensatos.

Uno de los errores en que, a mi juicio, podemos caer los padres y cualquier persona investida de autoridad es la subordinación reverencial a la norma formalmente expresada (sea verbal o escrita) con olvido de la razón (virtud, normalmente) que nos llevó a establecerla.

Es cierto que la norma establece un marco de conducta objetivo y tiene la ventaja de la seguridad y la objetividad. Es verdad también que la norma acaba protegiendo al más débil, pues sin normas ni criterios de actuación claros y conocidos siempre sale ganando el hijo más osado y rebelde, o el más déspota e insensible, capaz de imponerse a sus hermanos y a sus padres.

Todo esto es cierto, pero no lo es menos que, alejada de un adecuado análisis de la realidad del caso concreto, su aplicación fría y mecánica puede resultar contraproducente y degenerar en un cierto vasallaje de la verdad y la virtud ante la ley.

Cicerón sintetizó esta idea en un aforismo que ha hecho fortuna en el pensamiento jurídico: summum ius, summa iniuria, que se puede traducir como “sumo derecho, suma injusticia” o, incluso, “máxima justicia, máxima injusticia”, para expresar que, en ocasiones, la fría aplicación de la norma al pie de la letra puede dar como resultado una injusticia.

Por esta razón, en el ámbito jurídico, extrapolable con mayor razón al familiar, se ha desarrollado el concepto de equidad, que, en la definición aristotélica, consiste en corregir el necesario carácter absoluto y universal de la norma para adaptarla al caso concreto. La equidad exige más trabajo que la mera aplicación de la ley y requiere un esfuerzo pedagógico superior, pero es imprescindible si queremos educar personalizadamente y no en masa. Cualquier norma o criterio que establezcamos en nuestra familia puede requerir una cierta adaptación, una atemperación al caso concreto en determinadas ocasiones.

Por ejemplo, si el criterio en nuestra familia es que no se poseen ordenadores personales hasta los 18 años y un hijo nuestro empieza, a los 17 años y medio, a estudiar una carrera en que le exigen llevar ordenador a clase, la equidad reclama adaptar la letra de la norma a su espíritu, lo que supone una cierta actividad de interpretación y adaptación. Y al resto de hermanos habrá que explicarles la razón de justicia que inspira esa decisión, que no supone discriminación, sino concreción equitativa del sentido de la norma.

Lo mismo sucede con las medidas preventivas que, como padres, podemos adoptar. Si no queremos que un hijo nuestro salga una tarde porque está castigado, podemos llevarlo con nosotros a la merienda que teníamos o dejarlo en casa con la orden de no salir. En el primer caso, le privamos legítimamente de libertad y aseguramos que no saldrá. En el segundo, apelamos a su responsabilidad y nos arriesgamos a que salga. Ambas decisiones respetan la norma y ambas pueden ser equitativas. Habrá que analizar todas las circunstancias: las experiencias previas con ese hijo, su madurez personal, el efecto pedagógico que una u otra medida pueden tener en él y en sus hermanos, la gravedad de la falta que provocó el castigo… Muchas veces compensará confiar en él y asumir el riesgo.

Algo me dice que este post puede leerse también en clave de actualidad judicial y política. Es lo que tiene la familia: que, salvando las diferencias, es el espejo y referente de todo grupo humano que quiera seguir siendo de verdad humano. Y, como seres humanos, todos estamos sujetos al acierto y al error.

Javier Vidal-Quadras

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Corazones tiránicos

Hace unos días leí un magnífico artículo de Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco, escrito a propósito del independentismo catalán, cuyo título era toda una declaración de intenciones: “Los sentimientos son cuestionables”.

El autor salía al paso del erróneo pero generalizado prejuicio de considerar a los sentimientos como algo natural, inmune a la razón y que se ha de respetar siempre, como si el odio valiera lo mismo que el amor, la envidia que la admiración y la benevolencia que la venganza. “Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento”, concluye el autor, sobre todo si tenemos en cuenta que los sentimientos no viven al margen de la razón, “como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos”. De los sentimientos, en efecto, surgen convicciones y, de estas, actuaciones; y viceversa. Como explica el profesor Arteta, “somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de cultivar o rechazar las ideas que alientan esos sentimientos y sus consecuencias”.

Estas interesantes reflexiones me han traído a la cabeza un libro de otro filósofo que leí hace tiempo y supuso para mí un auténtico descubrimiento: “El corazón”, de Dietrich Von Hildebrand. En él distingue entre los sentimientos psíquicos y los espirituales.

Los primeros son los que nos generan una película, una canción, una pieza musical…, incluso una noticia sesgada y adecuadamente ‘dramatizada’. Pueden llegar a ser muy intensos y, sin embargo, muy artificiales: el llanto que provoca una película, por ejemplo, procede de una representación que sabemos es irreal y, a pesar de ello, no somos capaces de sustraernos a la profunda emoción que nos invade. El autor nos pone en guardia contra el ‘corazón tiránico’, aquel que ocupa el lugar de la razón y acaba decidiendo por ella: es la persona dominada por el sentimiento, que no es capaz de negarle una botella de whisky a un borracho porque le puede más la compasión que experimenta ante su petición conmovedora que el daño que sabe le causará.

Frente a ellos hay que desarrollar un espíritu crítico, aprender a distinguir la realidad del sentimiento, pues pueden ser cauce de transmisión de aberraciones éticas y morales. En no pocas películas, por ejemplo, las proezas del protagonista, con quien enseguida nos identificamos llegando a ‘sentir’ sus mismas emociones, están motivadas por un sentimiento de venganza, que hacemos nuestro acríticamente, como si fuera un móvil justo de actuación.

Los sentimientos espirituales, en cambio, aclara Von Hildebrand, son la respuesta auténtica de un corazón noble y profundo. Sé que esto es bueno y reacciono, respondo a ello con el sentimiento adecuado. Soy capaz de alegrarme del logro de un amigo que consigue lo que yo también pretendía y no he alcanzado porque me doy cuenta de que he de alegrarme con él por su triunfo; soy capaz de experimentar alegría por la recuperación de un amigo o tristeza por la muerte del padre de un conocido al que veo en contadas ocasiones.

Los sentimientos espirituales proceden de nuestra parte más auténtica, y hemos de ser capaces de generarlos a fuerza de vivir la realidad… con intensidad, sí, pero siempre desde la verdad. Es triste que sintamos mayor pena por la muerte de nuestro perro que por la de cincuenta personas en un atentado terrorista en un país musulmán. Es la inercia emocional, pero hay que vencerla por elevación, con un sentimiento más alto que nos enseñe a salir de nosotros mismos para contemplar la realidad desde fuera de nuestro propio y tantas veces pequeño mundo personal.

Cuando razón y emoción están bien armonizados en el ser humano, ni la primera agosta la segunda ni esta nubla la primera. Estamos viviendo en España tiempos difíciles, en que la pugna entre estas dos dimensiones del ser humano adquiere tintes a veces casi dramáticos. Es una buena ocasión para poner en cuestión nuestras pasiones, armonizarlas con la razón y el sentido común y, desde el respeto a la opción del otro y a las reglas de convivencia y orden jurídico que nos hemos dado, buscar lugares de encuentro desde donde poder volver a construir ese espacio común en el que todos, con esfuerzo y concesiones, nos podamos sentir como en casa.

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

13-O

Nos conocimos el año previo a entrar en la universidad. Procedíamos de un entorno social similar y, tanto nosotros como nuestras familias, teníamos amigos en común y muchos más puntos de unión que de separación.

Sin embargo, la biografía de cada uno, el estilo particular, las diferentes fortalezas y debilidades, las pequeñas manías que el tiempo podía intensificar, el peso e influencia de cada cual en el perfil familiar que tendríamos que construir, esa tendencia -¡tan difícil de vencer!- a pensar que lo ‘mío’ es siempre mejor que lo ‘suyo’, las dificultades e inesperadas sorpresas que el futuro depara, las sugestiones y los aparentes destellos que ciegan por momentos desde fuera… y tantas otras fuerzas y desafíos estaban ahí, agazapadas, amenazando con enfriar y enturbiar la relación hasta desfigurarla, como, por desgracia, les ha sucedido a tantos que han emprendido un camino en común.

Sin mucha formación específica más allá de las propias experiencias familiares sobre lo que significa estar casado, teníamos claro que queríamos querernos para siempre, lo cual no atenúa un ápice el vértigo que se experimenta ante cualquier decisión de vida y de por vida.

Los primeros meses, y aun años, fueron de acomodamiento: “en mi casa lo hacemos así”, “anda, pues en la mía no”, “¿tú crees que esto es lo correcto?”, “es que mi padre siempre…”, “ya, y mi madre nunca…” Y así, paso a paso, construyendo un proyecto propio, impregnado de influencias externas e internas, pero, sobre todo, “nuestro” y de nadie más. Sin premisas que condicionen, sin imposiciones, sin apriorismos ni prejuicios. Poniendo todo, ¡todo!, en el tamiz de nuestro matrimonio, para contrastarlo, decantarlo y asumirlo como propio, sin dejar entrar a nadie sin permiso de los dos. A nadie más que fuera humano, claro, porque Dios siempre formó parte de nuestro proyecto.

Desde el principio, gracias a los buenos ejemplos recibidos, procuramos movernos en la lógica de la gratuidad y no en la lógica de los equivalentes. Nos propusimos (¡aunque no siempre lo lográramos!) desterrar el cálculo y la comparación. Dos lavadoras no equivalen a tres lavaplatos, ni se cargan las maletas a cambio de hacerlas, porque los dos quisimos poner todo lo que éramos, por poco que fuera. Y, así, sin contar ni sumar ni restar, procuramos dar todo lo que teníamos, tan distinto, tan igual. Y cuando, por cualquier circunstancia, uno no podía dar (¡qué compleja y azarosa puede llegar a ser la vida!) el otro luchaba, aunque le costara, por seguir dando y supliendo, sin limitarse a esperar y exigir. ¡Ah!, y el perdón, un perdón pedido, dado, y recibido una y otra vez.

Cuando fueron llegando, ¡y creciendo!, nuestros hijos, hubo que adaptarse a circunstancias inéditas, negociando mucho, previendo, formándose con lecturas, con amigos, con experiencias y cursos de orientación familiar, escribiendo incluso pequeños objetivos para nosotros y para nuestros hijos, revisando planteamientos, levantando la cabeza en las derrotas, bajándola en los éxitos, aprendiendo con afán de mejora, equivocándonos y acertando, pidiendo ayuda, preguntando, acercándonos a quienes veíamos avanzar por un camino seguro… y, sobre todo, hablando, hablando siempre para construir nuestra propia biografía familiar.

Y el trabajo, ¡los trabajos!, el de casa, los de fuera, procurando integrarlos en la familia sin separarlos ni enfrentarlos, compartiendo todo y cada día, intentando poner siempre por delante a la familia, conscientes de que familia y trabajo no están al mismo nivel porque perder el trabajo es una seria adversidad, pero perder la familia es una tragedia.

Y llegaron éxitos y fracasos, fallecimientos, enfermedades, dificultades, alegrías, metas cumplidas y también amigos, muchas y nuevas amistades, trayectorias vitales que se fueron y se van entrelazando en nuestras vidas hasta crear una gran comunidad de amistad y cercanía que percibimos siempre a nuestro lado, esté o no físicamente próxima. ¡Qué tranquilidad saberse querido, mimado por tanta gente, tantas personas que forman ya parte de nuestra biografía matrimonial y a quienes poder acudir en cualquier circunstancia!

Y, a pesar de este largo recorrido, aquí solo esbozado, que tantos que conozco podrían suscribir y que hoy cumple 33 años (¡más 5 de novios, que ya ni recuerdo haber sido soltero!), no soy capaz de detallar mucho más el pasado…, y no solo por mi mala memoria, sino, muy especialmente, porque sigo teniendo la vista puesta en el futuro. ¡Qué importante es no confundir nunca el punto de partida con el punto de llegada!

Ese amor un poco tosco de los comienzos, empujado por una pasión apenas incoada y en el que no era siempre fácil distinguir la entrega del interés, lejos de menguar ha ido creciendo y enriqueciéndose, aquilatándose con los mil matices y tonalidades que la vida vivida proyecta sobre todo lo humano, hasta adquirir una intensidad y una calidad absolutamente insospechadas cuando, a mis 22 años, me casé convencido de que era imposible amar con más pasión que la que en aquel momento me invadía.

Y ahora, asomándome a estos 33 años, no veo la hora de escribir y publicar este post para clamar a los cuatro vientos lo que tantos como yo sentimos y tantos otros se empeñan en negar; y también para animar a los matrimonios jóvenes a que quemen de verdad las naves y se atrevan a descubrir que a los 33 años de matrimonio les espera un grado de felicidad que, lo siento, por más que se empeñen, no pueden ni siquiera soñar; y, por último, escribo también para sosegar mi alma, inquieta solo con pensar adónde es capaz de llegar esta locura, este delirio hecho realidad de un amor para siempre hecho una carne.

¡Si esto es así a los 33 años, me digo, qué no será a los 50!

Javier Vq

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

2-O

YO ME ACUSO…

De pensar que la culpa era siempre de los gobernantes y nunca mía.

De no haber hecho el esfuerzo suficiente para entender al otro, para ponerme en su lugar y comprender sus anhelos, preocupaciones, esperanzas y aspiraciones.

De haber entablado conversaciones con una predisposición y un prejuicio que me impedían siquiera entender lo que el otro estaba diciendo.

De haberme alegrado interiormente cuando a los que no pensaban como yo se les cerraban caminos y aspiraciones legítimas.

De haber pensado que la única vía posible era siempre la mía.

De haber considerado que muchas de las cuestiones puestas a debate, siendo, como son, opinables y mudables, eran inmutables e intocables.

De haber hurgado en el pasado y en las redes sociales en busca de argumentos que poder lanzar contra quienes no opinan como yo.

Y ME PROPONGO…

Asumir mi parte de culpa y no mirar a otro lado.

Acercarme a quienes no piensan como yo e intentar comprender sus sentimientos, sus miedos, sus anhelos e inquietudes.

Fomentar foros de opinión plural en que cada uno pueda expresar lo que piensa y todos respeten la opinión contraria.

Sufrir cuando el otro, que no piensa como yo, sufre, y alegrarme cuando se alegra, aunque yo no experimente esos sentimientos.

Contemplar con mente y corazón abiertos el sendero por el que el otro camina en busca de atajos que acerquen y comuniquen nuestros destinos.

Revisar aquellos de mis planteamientos que estén rígidos y anquilosados.

Olvidar el pasado, dejar de buscar culpables y mirar hacia adelante, también con la mirada del otro.

Y, sobre todo, de todo esto me acuso y todo esto me propongo sin condición alguna y sin esperar siquiera que los demás, los que piensan igual o diferente a mí, decidan emprender este camino.

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

1-0

La verdad es que no pensaba escribir más este mes, y menos de este tema, pero mi mujer se ha ido a cenar con sus primas y cuñadas y yo, después de ayudar a mi hijo a terminar los deberes, he sentido el impulso de escribir. Me pasa a menudo: cuando algo sucede, me pongo a escribir.

Y qué quieren que les diga, a mí lo del 1-0 me da mala espina. Si, por lo menos, le quitaran el guion, podría confundirse con un 10, que representa la excelencia en muchos ámbitos de actividad social y académica. Pero con el guion, que es como se presenta, evoca a un resultado deportivo en el que uno necesariamente gana y otro necesariamente pierde. Y no me gusta.

No me gusta porque tengo amigos en los dos equipos. Es verdad que tengo más amigos en un equipo que en otro, pero, como explicó Kant, en términos de dignidad humana, no existen cálculos matemáticos ni comparativos posibles: cada vida, cada persona, es un absoluto.

Aunque aquí no hablamos de vidas, ¡espero!, sino de trayectorias vitales. Y, como cada uno tiene su biografía lingüística, cultural, geográfica y emocional, cualquier opinión merece respeto. Lo que no merece respeto, ni siquiera atención, es la demagogia y el sofisma en que nos tienen apresados nuestros políticos y agitadores de masas, tanto más cuanta mayor es la ignorancia…, que, últimamente, es mucha.

A lo que iba. A mí no me gusta que mis amigos pierdan, aunque otros amigos, o yo mismo, ganemos. Salvo en el juego, claro, que para eso está diseñado. Bien mirado, todo lo que está pasando… ¿No es como un juego? ¿No parece irreal? ¿No es increíble? ¿De verdad vale tanto un pedazo de tierra, de historia, de cultura, o nuestra vinculación con ellas -de los de fuera y de los de dentro- como para que nos peleemos de esta manera tan incomprensible?

A mí me sucede un fenómeno curioso: allá donde voy me siento como en casa. Viajo bastante y tengo la gran suerte de topar con grandes personas (lo habitual, vaya) que tienden a hacerme la vida agradable, aunque a veces el idioma nos distancie un poco, muy poquito, porque siempre suple el corazón. A lo mejor es desapego, desafección, como dicen ahora.

Pero yo no lo creo porque mi gran apego, mi gran afección son las personas, sobre todo las de mi familia: ¡ésa sí es mi tierra, esté donde esté! (y alguna, créanme, está muy lejos de aquí). Así que, como todo lo que está pasando estos días me parece una quimera y no puedo entenderlo, el día 1 de octubre me dedicaré a lo verdaderamente importante: mi familia.

Haré el propósito de sonreír a cuantos me encuentre en el camino, del equipo que sean y cualquiera que sea el resultado del partido. Llamaré a una tía mía muy querida que cumple 80 años. Es catalana y estará fuera de Catalunya ese día, visitando a un hijo suyo, como Dios manda. Felicitaré a una cuñada mía que también cumple años ese día (muy poquitos, creo, muchos menos que yo). Iré a Misa, como hago los domingos, con los que puedan venir de mi familia. Tendremos una comida familiar, compartiremos experiencias, reiremos y haremos una fantástica sobremesa entre cabezadas y cabezonadas. Seguiré por wassap las peripecias de mi familia de fuera… y de dentro, que algunos wassapean con tanta intensidad que a veces ya no sé si vivo mi vida o la suya. Iré a visitar a mi padre, que enviudó el año pasado y vive ahora solo. Probablemente, allí me encontraré con alguno de mis hermanos y comentaremos los eventos del día. Intentaré hacer algo de deporte en algún momento. Y ya por la noche, procuraré enterarme de las cosas secundarias a mi familia, como el lío ese del 1-0 que están organizando, y me iré a dormir esperando el día 2, que, por razones que ahora no vienen al caso, es para mí mucho más importante que el 1.

Feliz fin de semana.

P.D.: Para los de fuera de España que no hayan entendido nada (¡como yo!), 1-0 significa 1 de Octubre, el día en que algunos quieren concebir la independencia de Cataluña (aquí la escribo con “ñ” para compensar, que arriba la escribí con “ny”).

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Tu vida no va sobre ti

Jean Twenge, profesora de Psicología en la Universidad Estatal de San Diego, acaba de publicar un libro bajo el sugerente título de “iGen”, que está compuesto por el pronombre “yo” y la raíz de “generation”, y quiere evocar al iphone, ipad, ipod y demás compañeros tecnológicos de la generación nacida entre 1995 y 2012, objeto del estudio: la generación del yo tecnológico.

El título del libro se completa con un sugerente y extenso subtítulo en forma de pregunta que, en traducción propia, dice: “Por qué los chicos superconectados de hoy en día están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices -y completamente faltos de preparación para la vida adulta- y qué significa esto para nosotros”.

La vida no me ha dado suficientemente de sí las últimas semanas como para haberlo podido leer, pero sí he leído alguna breve recensión, y una de las conclusiones a las que llega la autora es que estos jóvenes fuertemente ‘virtualizados’ maduran más lentamente: actualmente, un/a joven de 18 años tiene una personalidad equivalente a otro/a de 15 años de cualquier generación anterior, constata. De hecho, la autora acuña una gráfica expresión para describir este fenómeno, que, por otra parte, tampoco es nuevo ni exclusivo de nuestros jóvenes, no nos engañemos: “aversion to adulting” (aversión a la adultez, podríamos traducir).

La noticia de este libro me llegó cuando acababa de escuchar una referencia a otro, en este caso de un sacerdote estadounidense, Richard Rohr: “El retorno de Adán” (Adam`s return). En el libro, el autor estudia los ritos de iniciación de los varones a la vida adulta en las diferentes culturas. La tesis de fondo es que, históricamente, a las mujeres les ha introducido en la vida adulta su propia naturaleza, es decir, sus cambios hormonales y la maternidad, mientras que los hombres, que no experimentan transformaciones hormonales tan ‘pedagógicas’, han necesitado de un rito de iniciación a la vida adulta que les ubique ante la realidad y les evidencie y recuerde que es hora de abandonar la edad de la inocencia y de la autocomplacencia. Los ritos son variados, pero todos suelen tener un elemento esencial de alejamiento del cómodo entorno familiar y enfrentamiento al hostil mundo exterior. En la actualidad, piensa el autor, como no hay tal rito, a los jóvenes varones les cuesta distinguir la entrada en la vida adulta y la asunción de responsabilidades.

A mi juicio, sin embargo, hoy se ha diluido bastante, en este aspecto de maduración, la diferencia entre hombres y mujeres, y los mensajes que, según el autor, hay que transmitir en el rito de iniciación a la vida adulta, me parece, sirven igual para unos que para otras.

¿Y cuáles son esos mensajes, promesas o advertencias? Son cinco, según Rohr, y a cuál más interesante:

  1. La vida es dura.
  2. Tú no eres tan importante como piensas.
  3. Tu vida no va sobre ti.
  4. Tú no la controlas.
  5. Vas a morir.

Me parece que es un buen programa para nosotros, los padres. Y no como rito de iniciación en un momento determinado, sino como un objetivo educativo. Recuerdo a un conferenciante que, en una ponencia sobre la adolescencia, empezó diciendo: “cuando se trae un hijo al mundo, solo hay un objetivo: ¡sacarlo de casa!” Es decir, prepararlo para que pueda descubrir y afrontar su propio destino con libertad y responsabilidad lo antes posible.

Diría que la secuencia podría sonar algo parecido a esto: “La vida es dura”, hijo, pero tú la has de vivir sin timideces ni apocamientos, olvidándote de ti mismo y dedicándote a los demás porque “tú no eres tan importante como piensas”, y los llantos y rabietas de tu infancia ya no tienen ese poder taumatúrgico de generar siempre una respuesta satisfactoria y consoladora de quienes te rodean. Es hora también de que aprendas que “tu vida no va sobre ti”, puesto que, aunque te cueste creerlo, si sigues empeñado en ser el centro de gravedad de tu vida, acabarás siendo un pobre desgraciado que solo se tendrá a sí mismo como meta y volverás una y otra vez al punto de partida. Y es que un día te darás cuenta de que “tú no controlas tu vida”, porque tu vida, que tomará algunos derroteros inesperados, está más hecha de los demás que de ti mismo; aunque, a medida que avancen los años y comprendas que no solo se muere la gente, sino que tú también “vas a morir”, comprenderás que el ser humano no tiene todas las respuestas y acabarás buscando a Aquél que te creó y te espera al final de tus días.

Sin agobios. Nosotros cumplimos con transmitírselo cuanto antes y como mejor sepamos hacerlo. Ellos, como toda la humanidad precedente, tienen -¡tenemos!- toda una vida para descubrirlo. Es la grandeza de la libertad humana. Mucho ánimo.

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Miradas

Romano Guardini escribió un librito titulado “El comienzo de todas las cosas” en el que sostuvo que el paraíso terrenal está a nuestro alcance y cuya tesis me inspiró para escribir el primer capítulo de mi último libro. Resumidamente, la argumentación del autor es la siguiente.

Hay días en que todo parece salirnos mal y otros en que todo va sobre ruedas. Pero el mundo de ayer era el mismo de hoy. Las cosas no han cambiado, ni las personas que nos encontramos. La misma maquinilla de afeitar, el mismo autobús, el charco en el mismo lugar, nuestro ordenador de siempre, el mismo compañero de trabajo que ayer nos eran favorables hoy parecen volverse contra nosotros.

¿Qué ha cambiado?, se pregunta Guardini. Nosotros. Nuestro estado de ánimo, nuestro humor, nuestros pensamientos, nuestra mirada al mundo exterior. Ayer estaban serenos y equilibrados; hoy están tensos y en zozobra.

Sucede, y aquí está el secreto, que, si cambiamos nosotros, cambia el mundo. Las cosas exteriores, el mundo, no se dan en la abstracción, no son algo extraño a nosotros. Mi mundo no es el tuyo, aunque parezca serlo. Para cada cual su mundo consiste no en las cosas exteriores, sino en su relación con ellas. Mi ordenador no es un ordenador cualquiera, sino el que yo quiero ver en cada momento. Es mi mirada la que hace, la que construye ‘mi’ mundo, el lugar en que voy a habitar hoy, aquí y ahora. Es decir, si yo estoy diferente, las cosas se me darán de manera diferente.

Esta tesis le permite concluir que, si el ser humano que se encuentra cada día con el mundo es un ser alegre, libre, equilibrado, respetuoso, lleno de vida y de ganas de vivir, optimista y volcado en los demás, el mundo que saldrá de su mirada, de su sentimiento, de su visión, será… ¡el paraíso!

José Antonio Marina nos puede ayudar a describir esa mirada de la que habla Guardini: “A mis alumnos les digo que las cosas no nos aburren porque sean aburridas sino que, porque somos aburridos nos aburren. Y es que ante una mirada pasiva las cosas se repiten, aunque sean nuevas y maravillosas. Por eso, lo que caracteriza, en último término, a la inteligencia creadora es la libertad para decidir en cada caso el significado que quiere que tengan las cosas”

En efecto, la realidad depende de nuestra mirada, porque nadie que no sea una almeja mira ni piensa en el vacío emocional. Una mirada activa y alegre es lo que hace falta en estos momentos de tensión postvacacional y de comienzo de un curso políticamente tenso en nuestro país y azotado por guerras y catástrofes naturales en otros.

Una mirada generosa, que no se deje influir demasiado por las circunstancias y que sea capaz de descubrir las necesidades de los más próximos para hacerles la vida un poco más agradable. Una mirada capaz de separar lo personal de lo colectivo, la persona de sus ideas, el individuo del grupo.

Puede servir de guía la recomendación de Unamuno a su sobrino en su opúsculo “¡Adentro!”: No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas, que andan solas. No en el progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta (…) coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camerín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud no conocerá el descanso. Sé confesor más que predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad.

En los días que vivimos y en los que se avecinan en Cataluña, en que la demagogia impera y las personas van a ser, ya lo están siendo, manipuladas, instrumentalizadas y confundidas con los grupos, ideologías y colectividades, reducidas a un número o, peor, a un solo aspecto, a una sola idea y des-personalizadas, es de vital importancia tener y ejercer la convicción de que, al final del camino y se defienda la postura que se defienda en el debate político omnipresente, lo que queda no son pueblos ni naciones ni países, sino personas. Personas que merecen siempre y en toda circunstancia respeto…, aunque lo que de verdad necesitan es amor. Y más cuanta más hostilidad muestren. La regla de San Juan de la Cruz no admite excepciones: donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. Así podremos llegar a cualquier lugar y, en la meta, cualquiera que sea, nos volveremos a encontrar las personas de siempre, paseando, trabajando, comprando el pan o mandando un wasap, con la mirada alegre, confiada y distendida.

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.