¡No pertenezco a nadie!

El dilema que planteaba la ministra de educación acerca de quién tiene derecho a decidir sobre la educación de la conciencia de un menor lo resolvió mi hijo de 15 años en tres segundos.

Iba el viernes en coche con una de mis hijas mayores, su novio y mi hijo adolescente. Una de las características propias de los adolescentes es que nunca sabes cuándo te escuchan y cuándo no. En un momento determinado, mi hija recordó la polémica frase de la ministra: “no podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres”. Como espoleado por un resorte de autodefensa, mi hijo adolescente se revolvió en el asiento y me interpeló: “¡¿Ah, no?! ¡Entonces, por qué no me dejáis salir y tengo que hacer lo que vosotros decís!” Y, gracias a la señora ministra, volvimos a tener la misma discusión de cada viernes, pero ahora con un argumento de autoridad, la voz de una ministra, a favor de mi hijo.

La trampa argumentativa que, conscientemente o no, introdujo la ministra me obligó a llevar la conversación más allá de una salida de viernes, que, por otro lado, no podía darse porque nos estábamos yendo fuera de Barcelona.

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Vocación y misión

Hoy me ha salido un post largo y pido disculpas. Debe de ser el año nuevo.

He comentado en posts anteriores que mi hermano pequeño es monje mendicante. Esta Navidad envió una carta preciosa a toda la familia que no he podido leer hasta hoy. Mi hermano está íntimamente metido en Dios y es muy consciente de su vocación y de su misión. Son cosas distintas.

La carta es una auténtica homilía (además de monje, es sacerdote) en la que mi hermano, como siempre hace, habla con la libertad de un alma enamorada (de Cristo, se entiende), y me ha traído recuerdos a la memoria.

Cuando tenía ocho o nueve años, yo quería ser misionero. Leía entonces una revista que nos repartían las monjas de mi colegio y que, si no recuerdo mal, se llamaba Agiluchos, donde se explicaban las andanzas de mi santo patrón, San Francisco Javier, y yo me identificaba mucho con él. En aquellos años estaba seguro de que Dios había pensado en mí para una misión especial.

Después, entré en la adolescencia, creo que hasta los 30 años más o menos, y una nube negra devoró cualquier pensamiento sobre vocaciones y misiones infantiles. A los 22 años me casé y asumí como por inercia mi rol de esposo, profesional y, después, padre. Nada nuevo bajo el sol.

De pronto, sin saber cómo ni porqué, volví a experimentar la misma sensación de ser llamado a algo…, a algo más. Lo de misionero quedaba ya lejos, y me puse a buscar. La búsqueda, con altos y bajos, duró varios años. Nada me convencía hasta que di con algo que me pareció nuevo y que coincidía exactamente con lo que yo, sin saberlo, quería.

Todo lo que había encontrado en mi intento de responder a esa llamada se centraba demasiado en la capilla, en el altar, en la parroquia. No tengo nada contra ellas, claro, pero veía que me iba a resultar muy difícil pasar allí muchas horas. No me veía, la verdad.

En cambio, lo que iba leyendo de esa espiritualidad (que ya había conocido antes sin hacerle caso alguno) conducía a una conclusión que para mí fue una auténtica revolución: tu esposa, tus hijos, tu trabajo, tu deporte, tu vida social, tu diversión, tus cervezas, tus aficiones, tus dificultades, tus bienes, todo lo que haces y tienes, en lugar de ser una rémora para tu crecimiento espiritual, son el camino para lograrlo. No hace falta que te recluyas en la capilla para ser santo… o intentarlo, claro.

Me pareció espectacular entonces y me lo sigue pareciendo ahora. De hecho, hoy mismo me invitan continuamente a muchas actividades buenas que consisten en “retirarse”, digámoslo así, a la capilla, huir del mundo, adorar. Y bienvenidas sean, que buena falta hacen, pero a mí lo que me atrajo del Opus Dei fue, junto a eso, poder rezar bañando a un hijo, comiendo en un parque, pedaleando en la bicicleta, escribiendo una demanda, soportando el desplante de un cliente o intentando aislarse en el salón de casa con la tele encendida y siete pantallas destelleando, entre otras cosas.

Recuerdo que un familiar muy próximo y algo alejado de la Iglesia me dijo un día, después de conocer a un miembro de la Obra un tanto excéntrico: “Este tipo es la prueba de que en el Opus Dei cabe todo el mundo”. Y este fue otro elemento que me atrajo. Cada cual en su circunstancia puede recorrer su propio camino de vida interior.

Y eso que yo no soy ningún ejemplo. Una de las grandes paradojas de mi vida es que pocas veces me reconocen como lo que soy y quiero ser. Durante toda mi vida he oído: “pues tú no pareces del Opus”, que es justamente lo que me gustaría parecer. Aunque eso me pasa en otros órdenes de la vida. Me han dicho también muchas veces que no parezco abogado, y más todavía que no parezco catalán. Aunque el mejor piropo me lo lanzó una buena amiga mía y moderadora del Fert cuando me dijo: “tú, Javier, aunque eres varón, tienes alma de mujer”. En el fondo, estoy encantado de no responder a estereotipos, que en gran parte proceden de la ignorancia.

En fin, esta desnudez biográfica del post de hoy viene a cuento de la carta de mi hermano monje (iba a decir santo, que es lo que me sale cuando pienso en él). A lo mejor también de la copa de bourbon que me estoy tomando, quién sabe.

A lo que iba, mi hermano, además de vocación, tiene misión. Su misión consiste, como él mismo explica en la carta, en mostrar el rostro de Cristo a los pobres y abandonados. Y es cierto. Puede parecer petulante, pero decir otra cosa sería falsa humildad porque, en efecto, en su rostro se descubre a Cristo, y casi no hace falta ni que hable. Por eso, porque tiene clara su misión, no puede ni quiere dedicarse a otra cosa. No puede distraer la atención. Una hija mía le pidió si le podía casar y él declinó amablemente. A mí me encantó que lo hiciera porque casar sobrinas no es su misión. De hecho, ahora está en Kansas llevando la luz de ese Cristo que su rostro refleja a presos y a familias destrozadas.

Salvando las distancias -que, como se colige, son muchas-, a mí me pasa algo parecido. Una vez descubierta mi vocación, sin yo buscarla, más bien resistiéndome, di con mi misión, y no quiero distraerme. Mi misión es la familia: la mía y la de toda la humanidad. La vida me ha llevado a ella y yo quiero servirla. Gracias a Dios, esta misión la comparto con muchos.

Por eso, porque tengo vocación y tengo misión, cuando me invitan a otras actividades e iniciativas de vida interior, de apostolado, de influencia social o de lo que sea, todas ellas muy buenas, declino amablemente, aunque muchas veces no me entiendan, porque no es mi camino y no quiero dispersar energías (¡mi gran tentación!). Lo tengo claro.

¡Qué bueno es tener una vocación… y una misión (o varias, que hay quien tiene mucha capacidad) en esta vida!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Colas

Normalmente, en mi casa prefieren que yo no vaya a comprar porque soy un consumidor bastante ingenuo y los vendedores expertos me suelen colocar todo lo que quieren. Se ha dado el caso de ir con un encargo específico y volver con varias cosas y sin el encargo que tenía. Cosas de la vida.

Tampoco soy muy dado a recordar las tiendas. Mis hijos aún se ríen de cuando, en el Paseo de Gracia de Barcelona, pregunté por una librería a la que estaba seguro de haber ido unos meses antes y nos dijeron que había cerrado unos diez años atrás.

Pero llegó el temido momento de las compras, y fui. No solo, claro. Con mi mujer, y ahí ya cambia todo. Si lo sabes enfocar, es un momento matrimonial de alta intensidad. No deja de admirarme la habilidad que tiene para saber qué hay que comprar y cómo hacerlo. A ella no parece abrumarle, como a mí, la concentración de reclamos para la vista, el oído y el olfato que supone entrar en unos grandes almacenes. El efecto parálisis que a mí me invade no parece generarse en ella.

De todos modos, este año he salido triunfante. Y hasta me lo he pasado bien. Pensaba que no tenía ninguna aptitud -la actitud sí procuro ponerla- y he encontrado una especialización que se me da francamente bien: hacer colas.

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Un villancico

Cuando el corazón está alegre, la boca canta. A veces, mal, como en mi caso. Por eso escribo en lugar de cantar. La excusa de que en Misa todos se giraban a verme porque cantaba muy bien no se la tragaron nunca mis hijos.

El año pasado, saliendo de casa de Paqui y Baldo, que cada Navidad invitan a sus amigos a cantar villancicos, salió la idea de componer uno para las familias, ¡muchas!, cada año más, que allí nos reuníamos.

Y este año, cuando nos volvimos a encontrar, sobre la marcha, los que tienen buen oído (Baldo, Javier, Yago…) , pusieron música a la letra que les había enviado. Y salió este villancico, que me hace ilusión compartir con vosotros justamente hoy, que el corazón está alegre.

Muchas gracias a Yago y sus hijas, que se han ofrecido a grabarlo en estos días atareados, para que pudiera insertar un audio. Espero que se oiga bien.

Ahí va.

Hemos seguido una estrella
y en un alto del camino
ha alumbrado a una doncella
que lleva nuestro destino.

Somos, Madre, tus familias,
las que cada año venimos
para hacerte compañía
hasta que nazca tu Niño.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones

Y si no encuentras posada,
dile a José que aquí estamos
preparando una morada
para el Niño que adoramos.

Dile que puede nacer
en todos los que cantamos,
que lo vamos a mecer
con las voces que juntamos.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones.

Mientras llegan los pastores,
tendrás nuestra compañía,
villancicos y canciones,
y mucha, mucha alegría.

Y hasta que lleguen los Reyes
tendrás, Jesús, el regalo
de estas familias que quieren
siempre vivir a tu lado.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones.

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De nuevo, ¡feliz Navidad!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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¡¡Feliz Navidad!!

Vinimos de lejos
siguiendo una estrella
y en Jerusalén
perdimos su estela.
Ni sabios ni reyes
vieron la centella,
pero un pastorcillo,
cargando una oveja,
seguidme -nos dijo-,
que está en una cueva:
¡El rey es un niño,
su madre, doncella!
¡Venid y veréis 
qué guapa está Ella!”
Seguimos al mozo
con mucha cautela:
¿qué clase de rey
nace en una cueva?
Entramos y vimos,
con grande sorpresa,
¡Que el Niño era Dios!
Su Madre… ¡tan bella!

¡Pues, eso, muy feliz y santa Navidad a todos!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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El sueño de José

Tenían su cuento escrito. Ella, la más guapa de la comunidad, reunía todas las gracias. No había otra igual. Por razones que ella misma ignoraba, destacaba por encima de todas. Él, de estirpe real, joven, fuerte y humilde. Un artesano trabajador e íntegro.

Se habían conocido en un pequeño pueblo de Galilea, estaban prometidos y soñaban con una vida tranquila. Hijos, trabajo, familia, amigos… Lo propio de su tiempo y lugar.

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Abuelitos

Hoy he ido a ver el musical de Navidad del colegio de mi hijo pequeño. Estaba dedicado a los abuelos. La trama consistía en la lucha de un chico por encontrar a todos los abuelos de su pueblo, quienes, a la vista del poco caso que les hacían sus nietos e hijos entre el trabajo, los móviles y las mil ocupaciones, habían decidido escaparse y desaparecer de sus vidas. Una obra emotiva, bien pensada y mejor ejecutada que nos ha hecho disfrutar… y también llorar y reflexionar.

En realidad, los protagonistas de la obra no eran los abuelos jóvenes que, a veces, hacen casi las veces de padres, sino los abuelitos, aquellos que están ya en la ancianidad. Recuerdo que Rafael Pich, el máximo responsable de mi dedicación al tema de la familia, solía decir expresivamente que la gran ventaja de los abuelos frente a los padres era que “caminaban al mismo paso que los niños pequeños”. Una gran verdad.

Uno de los temas recurrentes cuando se habla de la familia es el de las relaciones intergeneracionales y, en particular, cómo lograr llevar color y alegría a la vida de tantos ancianos que están solos. Hemos logrado dar muchos días a sus vidas, alargando increíblemente la esperanza de vida, pero el gran reto sigue siendo dar vida a sus días, vida de verdad, alegre, optimista y compartida.

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Dos rombos

Cuando yo era pequeño, las películas que no podían ver los niños se calificaban con dos rombos que aparecían en una de las esquinas superiores de la pantalla de la televisión. Entonces, los pequeños nos íbamos a la cama. Y todo lo que guardara la mínima relación con el sexo merecía enseguida esta calificación.

Estas últimas semanas me han invitado a dar un par de sesiones sobre matrimonio y sexualidad y, cuando las preparaba, di con una frase que me gustó mucho y, sin duda, hubiera merecido dos rombos en mi infancia: “a Dios le importa el placer de los esposos”.

El término placer evoca enseguida el goce sexual, aunque tiene un alcance mucho mayor. Nadie pondría en duda que a Dios le importe el placer espiritual, intelectual o, incluso, emocional de los esposos, pero… ¿también el sexual?

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¿Cuestión de gustos?

Esta tarde me he quedado a trabajar en casa para acompañar en el estudio a uno de mis hijos y, revisando algunos emails antiguos con noticias que algún día guardé, me ha llamado la atención una que informaba de las 22 (algunos dicen 31) modalidades de identidad de género que recoge Tinder, la conocida aplicación de búsqueda de pareja. No lo puedo comprobar porque no la tengo.

Las he buscado por internet y he encontrado alguna lista con definiciones. Menos mal, porque los nombres solos son indescifrables. La verdad es que me ha costado entender muchas de ellas, pero de su lectura una cosa me ha quedado clara: la famosa identidad de género, en la mayoría de los casos, es una cuestión de gustos y sentimientos.

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Una vida sin freno

CHEMA POSTIGO-FIGA VAELLO-9788490619353

Ayer tuve la gran alegría de que me invitaran a presentar el libro “Chema Postigo, el hombre que hizo volar su corazón”, un hombre corriente, como le definió su mujer, Rosa Pich-Aguilera. Sí, sobre la marcha convinimos que seguía siendo su mujer porque el amor, cuando lo ha sido de verdad, no se extingue con la muerte, se transforma y espiritualiza.

Jaume Figa Vaello, un periodista experto en cine y fotografía, es el autor del libro. Un buen día del año 2017 se preguntó quién podía ser aquel hombre desconocido que hacía añicos cualquier cálculo humano. 13 hermanos suyos, 15 de su mujer, ¡18 hijos!, tres de los cuales ya en el Cielo, alrededor de 4.000 personas en su funeral celebrado en Barcelona y otras mil en el que después se celebró en Madrid.

Jaume acababa de terminar su tesis doctoral… y decidió empezar una nueva, pero esta no sería propiamente docta sino meramente humana. Después de un año de investigación, 130 entrevistas grabadas, decenas de visitas, reuniones y comentarios, lectura de miles de emails, cartas y anotaciones personales, ha escrito un libro documentadísimo. Pero no es un libro de investigación. Es una biografía trepidante, escrita en un estilo intimista, emotivo y próximo, en el que no hay una afirmación que no esté respaldada por un testigo o documento.

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