Bar Versalles

Ayer me invitaron a dar una charla a un grupo de jóvenes en el bar Versalles. El bar, aunque tenga este nombre tan parisino, está en Barcelona, que nadie se haga ilusiones, o sí, porque Barcelona es una de las ciudades más bonitas del mundo, si no la más.

La charla fue en una especie de altillo que tiene el bar. Retiraron las mesas, colocaron sillas en forma de U y se juntaron unos treinta jóvenes. Me pidieron hablar sobre noviazgo, amor y comunicación de pareja, y así lo hice. Tuve que improvisar un poco porque, mea culpa, me había confundido de charla y había preparado una sobre el matrimonio.

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Regalos

En la mesa en la que escribo habitualmente cuando estoy en casa tengo ante mis ojos el cristal pintado que aparece en este post. Representa lo que celebramos en el día de hoy: la manifestación de Dios a toda la humanidad. Los Reyes Magos no eran judíos, pero vinieron de lejos a adorar a un Niño. Y le demostraron su amor trayéndole regalos.

Gary Chapman, en su libro “Los cinco lenguajes del amor”, identifica uno de sus lenguajes del amor con hacer y recibir regalos. Ha comprobado en sus estudios e investigaciones que un buen porcentaje de gente percibe el amor por los regalos que les hacen. Naturalmente, no tienen que ser grandes regalos, con un pequeño detalle bien pensado y cargado de ilusión se colma el deseo que todos tenemos de ser regalados. En el fondo, lo que nos gusta es que se acuerden de nosotros.

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La familia que viene

Conviene empezar el año con una buena dosis de esperanza. Y la familia, la tiene.

Como algunos de los lectores de este blog saben, desde hace unos años dedico parte de mi tiempo libre a la IFFD, International Federation for Family Development, de la que soy Secretario General.

Esta federación tiene estatus consultivo general en Naciones Unidas y, desde 2011, en que adquirió ese rango (el máximo que una ONG puede alcanzar), ha venido realizando una labor de investigación sobre la función social de la familia y de información sobre sus resultados en el ámbito de Naciones Unidas, aprovechando la posición privilegiada como consultora que le otorga ese estatus.

Muchos recordarán la Conferencia de Población y Desarrollo de El Cairo, en el lejano año de 1994, en la que unas pocas organizaciones bien posicionadas en la ONU consiguieron una cierta ideologización de la familia que desconcertó al mundo. La ideología de género radical logró imponer sus postulados y algunos alzaron sus voces y avanzaron la muerte de la familia y de la parentalidad como había sido conocida hasta entonces. La presión fue grande sobre los académicos, los creadores de opinión, los políticos, los Estados y Parlamentos, y una corriente impulsada desde diversas estructuras parecía, efectivamente, querer arrasar con lo que, a pesar de ser la experiencia vital de la inmensa mayoría de la humanidad, se quería presentar como un anacronismo: un hombre y una mujer unidos en un proyecto de vida abierto a nuevas vidas y con vocación de estabilidad.

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Donde Dios quiso vivir

Podría haber bajado de forma portentosa, con espectáculo, como cualquier hombre hubiera imaginado la manifestación de un Dios en la Historia.

Podría haber hecho su entrada triunfal en la madurez de la vida, con todas las facultades humanas en pleno apogeo.

Podría haber prescindido de padre y de madre y de familia, incluso haberse reproducido desde una primera célula aislada.

Podría haber venido de mil formas y maneras, si no fuera porque, en verdad, era un Dios el que venía.

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El MAPA

El idioma inglés tiene una especial facilidad de adaptación. Quizás por eso la mayoría de tecnicismos y neologismos son, a la vez, anglicismos. No pocas palabras de las que utilizamos en el día a día son acrónimos en lengua inglesa: WIFI, laser, RAM, PC, USB, etc.

Uno bastante reciente es FOMO, que responde a fear of missing out (miedo a perderse algo). La verdad es que, si tomamos las iniciales de la traducción al español, también resulta un acrónimo interesante, MAPA (Miedo A Perderse Algo), pero nuestra lengua, hay que admitirlo, no es tan ágil como el inglés y, por esnobismo o por pereza, acabamos asimilando la forma inglesa.

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Lo que quieras aprender…

Rafel Pich, uno de los pioneros del Family Enrichment (Orientación Familiar) y su impulsor y referente durante muchos años, me dijo una vez una frase que me quedó grabada y he procurado poner en práctica: “lo que quieras aprender, enséñalo”.

La verdad es que, como tantos otros padres, ya estaba practicándola inadvertidamente. Recuerdo perfectamente cómo, por ejemplo, aprendí, y comencé de verdad, a ser ordenado (en su justa medida, que nadie se engañe) cuando tuve que enseñar a mis hijos la virtud del orden. Resultaba evidente que, si ellos no podían dejar la mochila en el recibidor al llegar a casa (con siete hijos, podía transformarse en una cordillera), tampoco papá podía hacerlo. En esto de la educación todos somos maestros y aprendices, y nuestros hijos nos brindan muchas oportunidades de aprender cuando luchamos por enseñarles.

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¡Inmaculada!

En “El Banquete”, un imaginario diálogo entre intelectuales de su época, Platón puso en boca de Aristófanes el mito del Andrógino, con el que intentó dar una explicación al origen de la Humanidad. Y tuvo una reveladora intuición: consideró que los primeros hombres eran seres esféricos, dotados de todas las perfecciones, que eso expresa la esfera. Tal era su fuerza, que se rebelaron contra los dioses y atacaron el Olimpo. Zeus les lanzó entonces un rayo que les partió en dos y, desde entonces, andan como incompletos, buscándose unos a otros (lo que explicaría, entre otras cosas, la atracción sexual).

Pero, ¿cuál era el estado del ser humano previo a esa división? ¿Cómo era ese ser esférico, unitario? Precisamente, podemos considerar que su rasgo principal era la perfecta unidad de su naturaleza: cuerpo, afectos, voluntad e inteligencia convivían en perfecta armonía. Los dinamismos del ser humano cooperaban al bien común de la persona y no había división interna entre ellos: lo que conocía con la inteligencia y juzgaba que era bueno, lo quería con la voluntad, lo deseaba con los sentimientos y lo hacía con el cuerpo, en un solo movimiento global de su entero ser. Dicho de modo más gráfico: “conozco que suena el despertador, pienso que es bueno levantarse, es lo que más deseo en este momento y mi cuerpo me obedece sin dudarlo”.

Sin embargo, tenemos la experiencia de que esto, hoy, no es así; existe la conciencia universal (y no solo en la cultura cristiana, sino en muchas tradiciones sapienciales) de que el hombre es un ser incompleto, que no habita en sí mismo, que está como caído por debajo de su naturaleza y debe ascender a ella. No en vano Jaspers definió al hombre que “aquel que ha de llegar a serlo”.

Ovidio lo experimentó y lo dejó escrito antes que San Pablo: “veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal”. ¿Qué sucedió? Parece haber acuerdo en que hubo una separación, una disgregación o desintegración. Los dinamismos humanos, antes unidos en perfecta armonía, se fragmentaron: en lugar de buscar siempre el bien que les mostraba la inteligencia, se disgregaron y cada cual tendió a su propio bien.

De esto va la fiesta de hoy, que mucha gente, me temo, no sabe bien qué celebra: la Inmaculada Concepción de la Virgen María en el seno de su madre, Santa Ana.

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Métricas

Es curioso cómo el léxico, que está diseñado para comunicar, puede llegar a alejar cuando se usa como arma arrojadiza. Estos días postelectorales lo vemos en España a niveles casi esperpénticos. Las palabras pierden su sentido y se aplican, con o sin razón (¡qué importa la verdad en esta época de propaganda y frivolidad desbocadas!), con la sola intención de herir y desacreditar al contrario.

Sin embargo, con un mínimo de buena intención y de comprensión (aquello tan manido y tan poco practicado de intentar ponerse en el lugar del otro), es fácil descubrir la realidad que se oculta tras las palabras. Uno de los problemas que dificulta el entendimiento es el arraigo inevitable de un léxico propio en las diferentes culturas y grupos familiares, empresariales, sociales o religiosos.

Sin ir más lejos, hoy mismo hablaba con una persona formada, inteligente y sensata (e intuyo que de procedencia cultural diferente a la mía), especializada en la consultoría de organizaciones, que ha utilizado una serie de expresiones que, en principio, me resultaban ajenas y de difícil comprensión, pero que he ido identificando progresivamente.

Por ejemplo, en un momento determinado de la conversación, ha dicho que para él era importante tener métricas, que rápidamente he interpretado como sistemas de medición, lo cual es muy propio de la empresa: lo que no se mide, no se conoce y no puede evaluar.

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La espera

Hace unos días me llegaron unas palabras pronunciadas por don Stefano, sacerdote de la Comunidad del Cenáculo, un movimiento que ayuda a jóvenes con adicciones a rehabilitarse mediante la oración, el acompañamiento y el trabajo, dirigidas a los padres de los residentes: “Cuando uno de vuestros hijos nos escribe una carta diciendo que quiere ir a las misiones o quiere hacer aquello o lo otro…, esperan. ¿Y por qué esperan? Porque el tóxico es aquel que escapa siempre de lo que vive, y vive permanentemente escapando. A veces, también nosotros escapamos así. Estás en una casa donde te cuesta un poco…, como uno que no está bien con su mujer y dice: ‘bah, mejor me busco otra que me sonría más…’ o alguna que tiene dificultades con el marido… Así es, para nosotros, la mentalidad intoxicada de nuestra vida. Cuando hay un momento de dificultad, escapamos pensando que esa fuga nos hará más felices y, en cambio, nos acaba entristeciendo más. Por eso hacemos esperar a vuestros hijos, para que su marcha no sea una huida, sino una donación, que sea una semilla que Dios les ha puesto en el corazón y después crece”.

La reflexión me recordó el tiempo en que mi hermano pequeño, monje de la Comunidad del Cordero, barruntaba su vocación. Estaba estudiando Derecho y, como sintió con fuerza la llamada, decidió abandonar la carrera para irse con la Comunidad. El prior le aconsejó que terminara antes la carrera: “si tu vocación es auténtica, seguirás teniéndola entonces”. Terminó la carrera y decidió hacerse objetor de conciencia para no tener que hacer el entonces obligatorio Servicio Militar, pero el prior de la Comunidad le volvió a decir: ‘cumple el Servicio Militar, que, si tienes vocación, la seguirás teniendo cuando acabes la mili’. Mi hermano obedeció y hoy, más de veinte años después, es un monje feliz, entregado a Dios y a los demás.

La espera es importante también en la familia. En especial, cuando se trata de tomar decisiones de calado. Podemos sentir grandes impulsos, a veces meramente pasionales y otras más espirituales, que nos empujan en distintas direcciones. No siempre hay que seguirlos. Es necesario discernir su procedencia, su móvil, su destino y, sobre todo, su coherencia con la plenitud de vida que hemos elegido al optar por el matrimonio y la familia.

En no pocas ocasiones, estos impulsos vienen disfrazados de bondad, incluso de caridad. Otras veces, se confunden con la felicidad…, normalmente la nuestra, claro.

Cuando empezaba a ejercer la profesión de abogado, una persona pidió un día al abogado con el que yo trabajaba que le preparara la transmisión de todo su patrimonio a su mujer y a sus dos hijas pequeñas. Yo, recién licenciado y presente en la reunión, pensé: ‘un gesto noble y desprendido’..., hasta que desveló el motivo: había descubierto que su vocación era la de ser misionero laico y quería abandonar a su mujer y sus hijas por esa generosa y entregada causa. El abogado con quien trabajaba (y mi primer e inolvidable maestro en esta profesión), con gran experiencia y sentido ético, hizo una delicada reflexión y declinó amablemente llevar el asunto.

Detrás del altruismo aparente, se escondía una visión egoísta de la caridad. En el fondo de su decisión estaba él mismo, que era en realidad a quien buscaba, instrumentalizando en cierto modo a los pobres del tercer mundo. Si de verdad pensaba sinceramente en la felicidad de los demás, debía empezar por los suyos, me explicó mi mentor.

San Agustín llamaba a este principio el ‘ordo amoris’: el orden o jerarquía en los amores. Y proponía empezar por los que están más cerca de nosotros, aunque haya momentos en que pueda hacerse exigente.

Por eso la espera es tan conveniente, porque nos ayuda a distinguir y a ubicar nuestros amores en el lugar adecuado. Ahora bien, ha de ser una espera activa, prudente y sabia, que pida consejo, si es necesario, para salir de esa “mentalidad intoxicada de nuestra vida” de que hablaba don Stefano, no sea que nos pasemos la vida huyendo de nosotros mismos y nos demos una y otra vez de bruces con nuestra propio y egocéntrico interés.

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes

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Atreverse a amar

Esta semana, estuve negociando una transacción judicial con un abogado cuyo hermano, según me dijo, había estado casado en primeras nupcias con una prima segunda mía. Como disculpándola, en medio de la conversación me dijo algo así: “Es muy buena tía (sic), a mí me cae muy bien, pero ya se sabe que todos los matrimonios acaban por romperse”. Y, como hablaba bastante, pasó, sin solución de continuidad, al tema que nos ocupaba, que, por cierto, terminó bien…, no como los matrimonios que, por lo visto, conocía mi interlocutor.

La frase me dio tristeza. Primero por mi prima segunda (o tercera), a quien, como somos una familia bastante extensa, no creo conocer. Segundo, porque denota un estado de opinión pesimista acerca del matrimonio que está bastante extendido.

Julián Marías afirma, con la claridad que le caracteriza: “la mayoría de personas no se atreven a conseguir lo que esperan, lo que desean, pero hay una falta de atrevimiento más grave y radical: no atreverse a desear porque eso no tiene curso legal, no es ‘lo que se desea’”.

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