Parsifal

Parsifal fue educado por su madre en la ignorancia de su estirpe de caballero. Pero su corazón presentía algo y partió, sin saberlo, en busca de su verdad.

Wolfram von Eschenbach escribió su famoso poema épico “Parsifal” (Parzival, en el original) en 1230 recogiendo las tradiciones de las fábulas artúricas cantadas por los trovadores provenzales y situó en el Noreste de España el templo de Montsalvat, más allá del bosque de Salvatierra, donde la orden de Caballeros del Grial custodiaba la copa que había recogido la ‘sangre’ de Cristo en la última cena y quizás también en la Pasión.

El último rey custodio del Grial, Amfortas, recibió una herida en la batalla, que le postró junto al santo Caliz. La herida abierta no cicatrizaba y su reino cristiano, sin rey, se desangraba. Solo un caballero limpio y honesto sería capaz de curar la herida y el reino.

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Gen-erosidad

En mi familia se suelen meter conmigo porque a veces extraigo conclusiones lógicas de determinados datos y las suelto como si fueran un conocimiento previo y contrastado que ya tuviera, en lugar de advertir que es una deducción que yo he hecho. Lo suelo hacer en especial con la etimología de las palabras. Algunas veces, pocas, acierto, y me da mucha satisfacción. El problema es que, cuando me equivoco, normalmente me olvido de decirlo y ahí queda, como una verdad compartida que no es tal. ¡Es lo que tiene la confianza!

Es lo que me sucedió mientras escuchaba las magníficas conferencias sobre masculinidad y feminidad que impartió este fin de semana Mariolina Ceriotti Migliarese en la jornada “Vivir en Familia” organizada por el Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la UIC (Universitat Internacional de Catalunya).

La doctora Ceriotti dijo muchas cosas muy interesantes, la mayoría de ellas recogidas en sus libros sobre la mujer y el varón (“Erótica y Materna” y “Masculino, Fuerza, Eros, Ternura”), que aconsejo vivamente, pero hubo una que me llevó a descubrir la deliciosa etimología de la palabra “generosidad”.

Ser padre, dijo, no es lo mismo que ser papá. Uno deviene papá cuando se encuentra con el hijo en sus brazos, pero se hace padre cuando se encuentra con un proyecto de vida ajeno y decide integrarlo en el propio. Ser padre exige generosidad, reclama revisar y salir del propio proyecto vital para transformarlo y engrandecerlo con el de los hijos. Y, aunque la conferenciante se refería al padre varón, es predicable también de la mujer y del mismo matrimonio.

Y resulta que este es el origen de la palabra “generosidad”. Generoso es el que genera, el que engendra, y esta vez no me lo he inventado, lo he comprobado.

Engendrar, por lo tanto, en la raza humana, no equivale a generar un nuevo ejemplar de la especie, sino a revisar la propia trayectoria, renunciar a itinerarios que parecían inalterables, volver atrás para retomar un camino descartado, salir de uno mismo y centrarse en los demás, refundar la propia existencia.

Pero, claro, esto no se consigue por el mero hecho de engendrar a un hijo. Hace falta reflexión, entrenamiento y preparación remota. Sería una buena asignatura para completar los currículos académicos: la paternidad.

La doctora Ceriotti aconsejaba imaginar al hijo como el padre del futuro, lo que exige ayudarle a no estar egocentrado, recordarle que su vida no va sobre él mismo, explicarle que sus decisiones no pueden encerrarle en los límites de su propio interés, que su carrera profesional es solo relativamente importante y puede llegar a convertirse, como decía Carl Gustav Jung, en “una compensación barata a una personalidad deficiente”, que lo humano está siempre por encima de cualquier otra realidad.

Existe, en efecto, recordaba la conferenciante, una diferencia esencial en la relación que tienen con el hijo la mujer y el varón: el ligamen biológico, directo y fuerte, de la madre es indirecto y débil en el padre, que estrena su relación de paternidad casi de una manera cultural, aprendida y, a veces, más como una pérdida de exclusividad de su relación con la madre que como un enriquecimiento vital.

En el fondo, nada nuevo bajo el sol: a la transmisión de la vida siempre se la ha llamado generosidad, que es lo propio del amor. El reto consiste en introducir ese gen en la educación de nuestros hijos desde el primer momento. Y el primer paso, como siempre, es el ejemplo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Si no…

Si no te hubieras casado ni hubieras tenido tantos hijos; si no hubieras rechazado aquella promoción profesional que te obligaba a trabajar en exceso o a viajar demasiado y alejarte de tu familia; si no hubieras renunciado a tantos planes con tus amigos porque intuías que ella (él, ellos) te necesitaba cerca en esos momentos; si no hubieras cedido en tantas cosas y hubieras decidido más por ti mismo y no tanto con ella; si no hubieras puesto tantas defensas a tantas emociones y oportunidades que la vida te ofrecía porque en ellas no cabían todos los tuyos y tu corazón se dividía; si hubieras escuchado aquella insinuación que te ofrecía una nueva aventura con una persona distinta; si hubieras aprendido a poner en sordina los reclamos de tus ‘obligaciones’ familiares y hubieras pensado un poco más en ti mismo, como te susurraban tantas voces a tu alrededor; si no hubieras pronunciado ese “sí” definitivo…

Un “sí”, bien lo recuerdas, que te llevó a una tierra nueva donde no quisiste ser extranjero ni volver a ser el que eras antes de decidir que ya siempre serías de ella y con ella y para ella. Un “sí” que te movió a quemar las naves cuando llegaste a puerto en ese viaje definitivo de tu vida.

Pero ahora ves a tantos que conservaron su nave en el puerto, su propia y preciosa nave, tan suya, tan propia, tan seductora. Hicieron el mismo viaje que tú, pero fueron más… ¿precavidos?, ¿cautelosos?, ¿inseguros? Y no quemaron sus naves. Las conservaron y las mantuvieron en disposición de zarpar. Quisieron tener un anclaje a ellos mismos, a ellos solos. Y, como no la quemaron, “su” nave estuvo allí esperándoles, ofreciendo cada día una oportunidad de dejar de ser futuro y volver a ser pasado, de volver a ellos mismos y zarpar al horizonte, ellos solos o con otros nuevos navegantes, en busca de otros destinos, dejando en tierra cualquier rémora.

Fueron o se hicieron, sin quererlo y a veces sin saberlo, extranjeros en esa tierra nueva que inauguró el matrimonio, no quisieron o no supieron abonarla y, como “su” nave les esperaba, tentadora, evocadora, se subieron de nuevo a ellos mismos y llegaron lejos, muy lejos, tanto que, desde la tierra que abandonaban, aquellos que dejaron atrás apenas les podían reconocer en el horizonte de sus vidas.

Cada vida es un misterio que hay que contemplar con profundo respeto. Nadie que no sea Dios puede juzgar la vida de otro, sus motivaciones, sus dificultades, sus decisiones, sus trayectorias. Pero hoy quiero dirigirme a tantos y tantas que han apostado por un amor, un solo amor y sienten (¿quién está libre de él?) el insidioso susurro de una vida deslumbrante en una nave mágica arrullada por cautivadores cantos de sirena.

Aún estáis a tiempo de quemar las naves y amar sin red, sin vuelta atrás. Aún podéis volver a ser lo que queríais, lo que soñasteis un día, cuando pronunciasteis aquel “sí” que en vuestro corazón era para siempre. Cuando decidisteis vivir de verdad la única aventura que vale la pena, la de las emociones auténticas, la de la pasión sin término, la que es capaz de superar las peores borrascas, de agarrarse al timón sin descanso y hasta el límite de las fuerzas, desafiando las olas más violentas con la vista puesta solo en aquella o en aquel que invitasteis a bordo cuando el “sí” de la nueva vida soltó decididamente las amarras y desplegó las velas del viaje sin retorno.

Quemad las naves. Construid, si queréis, una nueva en la que puedan embarcar aquellos que vosotros, solo vosotros, decidisteis llevar o germinar en esa tierra nueva en que atracasteis hace diez, veinte, treinta años… Esta es la nave de vuestra vida. Aquella otra que un día olvidasteis quemar dejó de serlo el mismo día en que vosotros dejasteis de ser uno solo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Vivir en ti

Cuando iba a primaria, las monjas de mi cole premiaban la buena conducta con medallas de disciplina, de aplicación y de honor. En primero tuve la fortuna de ganar una medalla de honor y el premio consistía en una estatuilla de la Virgen. Las había de todos los tamaños. Unas brillaban en la noche, otras estaban llenas de agua bendita y otras estaban pintadas de vivos colores. Pero a mí me atrajo la atención una pequeñita, de plástico color marfil y, ante la sorpresa de la monja y la alegría del que escogía detrás de mí, la elegí.

Desde ese día fue mi virgen preferida y me acompañó incluso en mis años de olvido y menosprecio, cuando no la miraba ninguna noche o la arrinconaba en un cajón. Alrededor de mis treinta años, la perdí. Por suerte, poco tiempo antes de perderla, le hice una foto, la que reproduzco en este post, y pasó a compartir mi cartera con el DNI. Ahora, además, tiene un lugar seguro en la nube. A lo largo de los más de cincuenta años que han pasado desde que la elegí, ha habido temporadas, a veces largas, en que no la he atendido como debiera, pero siempre ha estado ahí. Ha sido, podríamos decir, la imagen de la Virgen María que ha quedado grabada en mi retina y que me viene espontáneamente a la memoria cuando pienso en ella.

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¡No pertenezco a nadie!

El dilema que planteaba la ministra de educación acerca de quién tiene derecho a decidir sobre la educación de la conciencia de un menor lo resolvió mi hijo de 15 años en tres segundos.

Iba el viernes en coche con una de mis hijas mayores, su novio y mi hijo adolescente. Una de las características propias de los adolescentes es que nunca sabes cuándo te escuchan y cuándo no. En un momento determinado, mi hija recordó la polémica frase de la ministra: “no podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres”. Como espoleado por un resorte de autodefensa, mi hijo adolescente se revolvió en el asiento y me interpeló: “¡¿Ah, no?! ¡Entonces, por qué no me dejáis salir y tengo que hacer lo que vosotros decís!” Y, gracias a la señora ministra, volvimos a tener la misma discusión de cada viernes, pero ahora con un argumento de autoridad, la voz de una ministra, a favor de mi hijo.

La trampa argumentativa que, conscientemente o no, introdujo la ministra me obligó a llevar la conversación más allá de una salida de viernes, que, por otro lado, no podía darse porque nos estábamos yendo fuera de Barcelona.

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Vocación y misión

Hoy me ha salido un post largo y pido disculpas. Debe de ser el año nuevo.

He comentado en posts anteriores que mi hermano pequeño es monje mendicante. Esta Navidad envió una carta preciosa a toda la familia que no he podido leer hasta hoy. Mi hermano está íntimamente metido en Dios y es muy consciente de su vocación y de su misión. Son cosas distintas.

La carta es una auténtica homilía (además de monje, es sacerdote) en la que mi hermano, como siempre hace, habla con la libertad de un alma enamorada (de Cristo, se entiende), y me ha traído recuerdos a la memoria.

Cuando tenía ocho o nueve años, yo quería ser misionero. Leía entonces una revista que nos repartían las monjas de mi colegio y que, si no recuerdo mal, se llamaba Agiluchos, donde se explicaban las andanzas de mi santo patrón, San Francisco Javier, y yo me identificaba mucho con él. En aquellos años estaba seguro de que Dios había pensado en mí para una misión especial.

Después, entré en la adolescencia, creo que hasta los 30 años más o menos, y una nube negra devoró cualquier pensamiento sobre vocaciones y misiones infantiles. A los 22 años me casé y asumí como por inercia mi rol de esposo, profesional y, después, padre. Nada nuevo bajo el sol.

De pronto, sin saber cómo ni porqué, volví a experimentar la misma sensación de ser llamado a algo…, a algo más. Lo de misionero quedaba ya lejos, y me puse a buscar. La búsqueda, con altos y bajos, duró varios años. Nada me convencía hasta que di con algo que me pareció nuevo y que coincidía exactamente con lo que yo, sin saberlo, quería.

Todo lo que había encontrado en mi intento de responder a esa llamada se centraba demasiado en la capilla, en el altar, en la parroquia. No tengo nada contra ellas, claro, pero veía que me iba a resultar muy difícil pasar allí muchas horas. No me veía, la verdad.

En cambio, lo que iba leyendo de esa espiritualidad (que ya había conocido antes sin hacerle caso alguno) conducía a una conclusión que para mí fue una auténtica revolución: tu esposa, tus hijos, tu trabajo, tu deporte, tu vida social, tu diversión, tus cervezas, tus aficiones, tus dificultades, tus bienes, todo lo que haces y tienes, en lugar de ser una rémora para tu crecimiento espiritual, son el camino para lograrlo. No hace falta que te recluyas en la capilla para ser santo… o intentarlo, claro.

Me pareció espectacular entonces y me lo sigue pareciendo ahora. De hecho, hoy mismo me invitan continuamente a muchas actividades buenas que consisten en “retirarse”, digámoslo así, a la capilla, huir del mundo, adorar. Y bienvenidas sean, que buena falta hacen, pero a mí lo que me atrajo del Opus Dei fue, junto a eso, poder rezar bañando a un hijo, comiendo en un parque, pedaleando en la bicicleta, escribiendo una demanda, soportando el desplante de un cliente o intentando aislarse en el salón de casa con la tele encendida y siete pantallas destelleando, entre otras cosas.

Recuerdo que un familiar muy próximo y algo alejado de la Iglesia me dijo un día, después de conocer a un miembro de la Obra un tanto excéntrico: “Este tipo es la prueba de que en el Opus Dei cabe todo el mundo”. Y este fue otro elemento que me atrajo. Cada cual en su circunstancia puede recorrer su propio camino de vida interior.

Y eso que yo no soy ningún ejemplo. Una de las grandes paradojas de mi vida es que pocas veces me reconocen como lo que soy y quiero ser. Durante toda mi vida he oído: “pues tú no pareces del Opus”, que es justamente lo que me gustaría parecer. Aunque eso me pasa en otros órdenes de la vida. Me han dicho también muchas veces que no parezco abogado, y más todavía que no parezco catalán. Aunque el mejor piropo me lo lanzó una buena amiga mía y moderadora del Fert cuando me dijo: “tú, Javier, aunque eres varón, tienes alma de mujer”. En el fondo, estoy encantado de no responder a estereotipos, que en gran parte proceden de la ignorancia.

En fin, esta desnudez biográfica del post de hoy viene a cuento de la carta de mi hermano monje (iba a decir santo, que es lo que me sale cuando pienso en él). A lo mejor también de la copa de bourbon que me estoy tomando, quién sabe.

A lo que iba, mi hermano, además de vocación, tiene misión. Su misión consiste, como él mismo explica en la carta, en mostrar el rostro de Cristo a los pobres y abandonados. Y es cierto. Puede parecer petulante, pero decir otra cosa sería falsa humildad porque, en efecto, en su rostro se descubre a Cristo, y casi no hace falta ni que hable. Por eso, porque tiene clara su misión, no puede ni quiere dedicarse a otra cosa. No puede distraer la atención. Una hija mía le pidió si le podía casar y él declinó amablemente. A mí me encantó que lo hiciera porque casar sobrinas no es su misión. De hecho, ahora está en Kansas llevando la luz de ese Cristo que su rostro refleja a presos y a familias destrozadas.

Salvando las distancias -que, como se colige, son muchas-, a mí me pasa algo parecido. Una vez descubierta mi vocación, sin yo buscarla, más bien resistiéndome, di con mi misión, y no quiero distraerme. Mi misión es la familia: la mía y la de toda la humanidad. La vida me ha llevado a ella y yo quiero servirla. Gracias a Dios, esta misión la comparto con muchos.

Por eso, porque tengo vocación y tengo misión, cuando me invitan a otras actividades e iniciativas de vida interior, de apostolado, de influencia social o de lo que sea, todas ellas muy buenas, declino amablemente, aunque muchas veces no me entiendan, porque no es mi camino y no quiero dispersar energías (¡mi gran tentación!). Lo tengo claro.

¡Qué bueno es tener una vocación… y una misión (o varias, que hay quien tiene mucha capacidad) en esta vida!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Colas

Normalmente, en mi casa prefieren que yo no vaya a comprar porque soy un consumidor bastante ingenuo y los vendedores expertos me suelen colocar todo lo que quieren. Se ha dado el caso de ir con un encargo específico y volver con varias cosas y sin el encargo que tenía. Cosas de la vida.

Tampoco soy muy dado a recordar las tiendas. Mis hijos aún se ríen de cuando, en el Paseo de Gracia de Barcelona, pregunté por una librería a la que estaba seguro de haber ido unos meses antes y nos dijeron que había cerrado unos diez años atrás.

Pero llegó el temido momento de las compras, y fui. No solo, claro. Con mi mujer, y ahí ya cambia todo. Si lo sabes enfocar, es un momento matrimonial de alta intensidad. No deja de admirarme la habilidad que tiene para saber qué hay que comprar y cómo hacerlo. A ella no parece abrumarle, como a mí, la concentración de reclamos para la vista, el oído y el olfato que supone entrar en unos grandes almacenes. El efecto parálisis que a mí me invade no parece generarse en ella.

De todos modos, este año he salido triunfante. Y hasta me lo he pasado bien. Pensaba que no tenía ninguna aptitud -la actitud sí procuro ponerla- y he encontrado una especialización que se me da francamente bien: hacer colas.

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Un villancico

Cuando el corazón está alegre, la boca canta. A veces, mal, como en mi caso. Por eso escribo en lugar de cantar. La excusa de que en Misa todos se giraban a verme porque cantaba muy bien no se la tragaron nunca mis hijos.

El año pasado, saliendo de casa de Paqui y Baldo, que cada Navidad invitan a sus amigos a cantar villancicos, salió la idea de componer uno para las familias, ¡muchas!, cada año más, que allí nos reuníamos.

Y este año, cuando nos volvimos a encontrar, sobre la marcha, los que tienen buen oído (Baldo, Javier, Yago…) , pusieron música a la letra que les había enviado. Y salió este villancico, que me hace ilusión compartir con vosotros justamente hoy, que el corazón está alegre.

Muchas gracias a Yago y sus hijas, que se han ofrecido a grabarlo en estos días atareados, para que pudiera insertar un audio. Espero que se oiga bien.

Ahí va.

Hemos seguido una estrella
y en un alto del camino
ha alumbrado a una doncella
que lleva nuestro destino.

Somos, Madre, tus familias,
las que cada año venimos
para hacerte compañía
hasta que nazca tu Niño.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones

Y si no encuentras posada,
dile a José que aquí estamos
preparando una morada
para el Niño que adoramos.

Dile que puede nacer
en todos los que cantamos,
que lo vamos a mecer
con las voces que juntamos.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones.

Mientras llegan los pastores,
tendrás nuestra compañía,
villancicos y canciones,
y mucha, mucha alegría.

Y hasta que lleguen los Reyes
tendrás, Jesús, el regalo
de estas familias que quieren
siempre vivir a tu lado.

Hoy venimos a cantarte,
Jesús de nuestros amores,
hoy venimos a entregarte
todos nuestros corazones.

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De nuevo, ¡feliz Navidad!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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¡¡Feliz Navidad!!

Vinimos de lejos
siguiendo una estrella
y en Jerusalén
perdimos su estela.
Ni sabios ni reyes
vieron la centella,
pero un pastorcillo,
cargando una oveja,
seguidme -nos dijo-,
que está en una cueva:
¡El rey es un niño,
su madre, doncella!
¡Venid y veréis 
qué guapa está Ella!”
Seguimos al mozo
con mucha cautela:
¿qué clase de rey
nace en una cueva?
Entramos y vimos,
con grande sorpresa,
¡Que el Niño era Dios!
Su Madre… ¡tan bella!

¡Pues, eso, muy feliz y santa Navidad a todos!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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El sueño de José

Tenían su cuento escrito. Ella, la más guapa de la comunidad, reunía todas las gracias. No había otra igual. Por razones que ella misma ignoraba, destacaba por encima de todas. Él, de estirpe real, joven, fuerte y humilde. Un artesano trabajador e íntegro.

Se habían conocido en un pequeño pueblo de Galilea, estaban prometidos y soñaban con una vida tranquila. Hijos, trabajo, familia, amigos… Lo propio de su tiempo y lugar.

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