Atreverse a amar

Esta semana, estuve negociando una transacción judicial con un abogado cuyo hermano, según me dijo, había estado casado en primeras nupcias con una prima segunda mía. Como disculpándola, en medio de la conversación me dijo algo así: “Es muy buena tía (sic), a mí me cae muy bien, pero ya se sabe que todos los matrimonios acaban por romperse”. Y, como hablaba bastante, pasó, sin solución de continuidad, al tema que nos ocupaba, que, por cierto, terminó bien…, no como los matrimonios que, por lo visto, conocía mi interlocutor.

La frase me dio tristeza. Primero por mi prima segunda (o tercera), a quien, como somos una familia bastante extensa, no creo conocer. Segundo, porque denota un estado de opinión pesimista acerca del matrimonio que está bastante extendido.

Julián Marías afirma, con la claridad que le caracteriza: “la mayoría de personas no se atreven a conseguir lo que esperan, lo que desean, pero hay una falta de atrevimiento más grave y radical: no atreverse a desear porque eso no tiene curso legal, no es ‘lo que se desea’”.

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Si escuchas, no hables

Esta semana ha fallecido la madre de un buen amigo mío. Hubo una época, hace años, en que nos veíamos mucho. Después, la vida nos llevó a cada uno por distintos caminos. Nos hemos ido viendo sobre todo en celebraciones. ¿Qué tal? ¿Cómo va todo? Pues bien, ¿y a ti? No me puedo quejar, ya sabes… Ya, ¿la familia? ¿Todos bien? Sí, ¿y vosotros?, etc.

Cuando una amistad ha cuajado, hay algo que enraíza en la persona y queda en el interior. Pueden pasar largos años sin siquiera verse, sin hablar, pero hay una unión difícil de explicar que permanece como un rescoldo y, un buen día, un pequeño soplo de aire lo enciende y vuelve a prender.

Un funeral es un buen momento para conocer a la gente. Y un funeral de una madre, más todavía. Es un momento muy especial. Parece que algo muy nuestro se nos va, aunque, con el paso del tiempo, vuelve, sobre todo si crees, como a mí me parece evidente, que la vida no termina en este mundo. Y vuelve con una serenidad inesperada.

A mi amigo yo ya le conocía, pero en el funeral de su madre mostró lo mejor de sí mismo. Él no se dio cuenta, claro, porque la gente buena no percibe sus gestos más grandes: lo grande suele manifestarse en lo pequeño.

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Holywins

El lunes fui a comprar el pan a la panadería habitual. Era bastante pronto y no había amanecido. La calle estaba desierta. Desde lejos, me pareció ver el escaparate cubierto en gran parte por una gran mancha gris oscuro. ¿Les habrán atracado?, pensé. Aunque a esa hora mis gafas todavía no parecían haber despertado del todo, a medida que me acercaba, la mancha parecía adoptar la forma de una gran telaraña. Incluso creí vislumbrar una enorme araña negra que trepaba por ella. Por fin, llegué a una distancia más conveniente a mi deteriorada visión matutina y… la araña resultó estar acompañada por un vampiro, ambos de goma, mientras que la telaraña era una especie de trampantojo adherido al cristal: “¡El dichoso Halloween!”

La verdad es que me había olvidado de la estandarización comercial de la fiesta de Todos los Santos. Supongo que nadie será tan iluso como para pensar que la mercantilización de lo truculento en estos días es fruto de una corriente libre y espontánea de la humanidad entera. Hoy es 31 de octubre, y mi visión espectral del lunes se ha confirmado con los niños disfrazados de ultratumba que he ido viendo por la calle.

En mi casa, los días anteriores, como anunciando esta preciosa fiesta de Todos los Santos, habíamos tomado ya panellets (el pastelito de mazapán y piñones típico en Cataluña para estos días) y, pese a que el calor no se había decidido a marcharse hasta este fin de semana pasado, las castañeras (y castañeros) habían ido tomando posiciones en las esquinas de las calles. La verdad, a mí lo de las calabazas siempre me ha sonado a suspensos. No hay más que verlas para confirmarlo.

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Zurupetos

Cuando estudiaba derecho, descubrí por casualidad una palabra que siempre me ha hecho mucha gracia: zurupeto. Un zurupeto es, según del diccionario de la RAE, un intruso en la profesión notarial o un corredor de bolsa no matriculado. Un impostor.

El viernes pasado estuve en Murcia. Rosa Vázquez, directora del colegio Nelva, me invitó a dar una conferencia a padres de los colegios Nelva y Monteagudo. La ocasión era mi último libro (Amar se escribe contigo), publicado por Teconté. Por la mañana, aprovechamos la ocasión para tener una interesante charla con las niñas de segundo de bachillerato acerca del amor humano, las relaciones hombre-mujer y el noviazgo.

Después, el APA del colegio me invitó a una deliciosa y entretenida comida con los matrimonios miembros de la junta de asociación Alquibla (www.alquibla.es), que imparte los cursos de Family Enrichment (orientación familiar) en la región. Me sentí como en casa. Recordamos viejos tiempos, reímos, diseñamos, proyectamos, ¡soñamos! y nos despedimos aún más convencidos de que teníamos que seguir intentando cambiar el mundo acercándolo sin descanso a la familia.

Llegaron las cuatro de la tarde, la hora de la conferencia y aparecieron un cámara y un entrevistador de Canal 7, una televisión local. Me hicieron una entrevista un poco anárquica con el murmullo de todos los asistentes a la conferencia detrás de nosotros. Una experiencia nueva.

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La cara amable

Este mediodía he ido a misa. Sí, hay misas a mediodía (aclaro que, por mediodía, en España entendemos también la hora de comer, que se extiende entre 2 y 4 de la tarde, cuando en otros países están casi cenando). Y se puede ir. Incluso, un día laborable. Hay gente que lo hace. Por lo menos, habría unas treinta personas. Recuerdo que, una vez, al preguntar en un hotel por una iglesia cercana, la recepcionista me indicó amablemente dónde estaba y, acto seguido, con toda su buena intención, me previno: “pero hoy no creo que haya misas, ¡no es domingo!”.

El caso es que estábamos tranquilamente escuchando el Evangelio cuando ha entrado una joven muy atractiva y se ha sentado junto a un joven que también tenía buena estampa. Tendrían la edad de mis hijos mayores: en torno a los 30. Solo había una discordancia en el modo de vestir: él iba con camiseta, pantalón de chándal y zapatillas de deporte, mientras que ella iba con tacón alto y mucho más elegante. Sin duda, venían de lugares diferentes.

“¡Caramba, pues sí que estabas atento a la celebración!”, podrá pensar alguien a estas alturas. Y, ciertamente, me he distraído porque, cuando ella ha llegado al banco en que él la esperaba, la pareja en cuestión se ha abrazado y besado largamente (en la mejilla), con especial intensidad y alegría, como si se reencontraran después de un largo tiempo. Los que estábamos en los bancos de detrás no hemos podido evitar observar los rodeos de sus brazos, las manos entrelazadas, los susurros cómplices, las mal disimuladas sonrisas, pues eran los únicos cuerpos que se movían con frecuencia. Algunos de los feligreses hacían gestos de desaprobación.

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No necesito casarme

Andaba yo todavía flotando a la estela de la celebración, íntima e intensa, de mis primeros 34 años de matrimonio, cuando ayer me topé con una interesante entrevista a Laura Pausini, cantante. La entrevista destilaba sentido común y mostraba a una persona luchadora, empática y con energía, a quien no se le ha subido el éxito a la cabeza.

Sin embargo, hubo una respuesta que me desconcertó y que solo puedo entender por las malas experiencias previas de engaños que tuvo la entrevistada. La respuesta inesperada siguió a la pregunta ¿qué tal con su actual pareja?: “Encantada de estos trece años y medio, día a día, y ahora con Paola… y no necesitamos casarnos. ¡Ella nos lo pide! Pero, por ahora, no”.

Y digo que me sorprendió por dos motivos. El primero, que no me encaja mucho con el perfil que muestra la entrevistada de persona que no teme los grandes retos. El segundo, porque nunca se me había ocurrido pensar en el matrimonio como necesidad. Y esta visión, nueva para mí, me ha arrojado no poca luz.

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Hogar

Ayer tuve la ocasión (y el gozo) de participar en una mesa redonda organizada en IESE por Home Renaissance Foundation, un think tank dedicado a promover el reconocimiento y visibilidad del trabajo del hogar (www.homerenaissancefoundation.org).

Se trataba de presentar el libro “The Home: Multidisciplinary Reflections”, lo que se encargó de hacer con maestría el profesor emérito de IESE Antonio Argandoña, quien sintetizó en pocos minutos lo esencial del hogar y de la empresa, pues el tema de debate era: ¿es el hogar una empresa? En la mesa redonda participaban Rosa Pich, influencer, autora del libro “¿Cómo ser feliz con 1, 2, 3… hijos?”, Remei Agulles, profesora universitaria e investigadora del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la Universitat Internacional de Catalunya y quien esto escribe, moderados con destreza por Mireia Las Heras, profesora de IESE Business School.

Como suele suceder con las realidades primarias evidentes, la conclusión afloró nada más comenzar: el hogar y, por extensión, la familia no solo es una empresa, sino que es “la empresa” por excelencia, aquella en la que nos jugamos nuestra felicidad personal. Después, cada ámbito tiene sus propias competencias, aunque también quedó claro que las técnicas de gestión de la empresa tienen mucho que aportar al hogar, al tiempo que la familia, como formadora de personas, puede ser en no pocas ocasiones una brújula que oriente los pasos de la empresa.

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50 años del Fert

Hace 50 años, un grupo de padres tuvo una inspiración: volver a la escuela para formarse como padres y como esposos y llevar a la familia el método del caso. Formarse para lograr el éxito en la única empresa que vale la pena emprender: la familia. Luchar para que cada niño pueda vivir siempre con sus padres, perciba su amor y tenga la seguridad de que ellos también se quieren y procuran con competencia lo mejor para él.

Esos padres constituyeron primero una asociación, el Fert, y después muchas otras. Y llevaron su entusiasmo al mundo entero. Hoy, esa locura que iniciaron unos pioneros a finales de los años 60 ha dado como fruto la ONG dedicada a la familia con presencia más activa en Naciones Unidas. La IFFD, que surgió del Fert, imparte cursos en casi 70 países de los cinco continentes y ha ayudado a cientos de miles de familias en todo el mundo a encontrar su propio camino hacia la felicidad.

Hoy, en el Fert, con estos cincuenta años a la espalda, podemos decir con satisfacción, con legítimo orgullo y, al mismo tiempo, con la humildad de quien sabe que ha avanzado subido a los hombros de aquellos gigantes que nos precedieron, que… hemos dado nuestro primer paso. Un paso pequeño, cincuenta años no son nada para una organización que aspira a acompañar a la humanidad el resto de sus días, pero un paso firme y decidido.

Por eso queríamos celebrarlo. Y lo hicimos ayer, en el aula magna de la Universitat Internacional de Catalunya, con todos los que estamos hoy aquí y con todos aquellos que, en algún lugar del Cielo, contemplan admirados la magnitud de la obra que ayudaron a crecer.

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Disfrutar de la vida

“La medida en el amor está en amar sin medida” es una de las frases de san Agustín que uno ve escritas y dichas con frecuencia. Es bonito decir frases bonitas. Y también es fácil. Vivirlas ya es otra cosa.

Un momento en que se da una fuerte presión social para poner medida al amor es el periodo inmediatamente posterior al matrimonio, en caso de que este exista, claro. El momento de decidir la concepción del primer hijo.

“¡Pero, hombre, no os precipitéis! Disfrutad unos años de la vida y ya luego vendrán los hijos”, suele ser el consejo más escuchado en ese periodo. “¿No ves que ahora te quitará la libertad de los mejores años de tu vida y puede dificultar tu carrera profesional?”.

Desde luego, respeto la postura de quien así piensa. Pero ahora quiero dirigirme a quienes habiendo apostado por la vida sufren esa presión de todo su entorno.

A mí me sucedió algo parecido. Me casé muy joven (con 22 años) y me puse a estudiar una oposición (que después dejé para dedicarme a la abogacía), mientras mi mujer trabajaba. Ya esa decisión fue un notable escándalo en mi círculo de amigos. No se estilaba casarse tan pronto, y menos aún sin que el marido tuviera un trabajo fijo.

Pero en ningún momento se me ocurrió, se nos ocurrió, que debiéramos aplazar el nacimiento de nuestro primer hijo. Y eso que nos costó lo nuestro. Cada mes que pasaba sin que mi mujer se quedara embarazada suponía una gran decepción.

Con el paso del tiempo, me he dado cuenta de que lo que nos sucedía era justamente lo mismo que ocurre a quienes aconsejan, y ya aconsejaban entonces, esperar. La razón que nos movía a buscar denodadamente abrir paso a la vida en nuestro matrimonio era, paradójicamente, la misma: ¡queríamos disfrutar de la vida! Y pensábamos que la mejor manera de disfrutar de la vida era con la vida misma, con la vida que llevábamos en nuestras entrañas.

¡Y vaya si lo hicimos! Aún recuerdo con nostalgia aquellos años en que el tiempo del amor propio se deslizaba entre los dedos y se transformaba en amor paterno, a veces casi impuesto y a contrapelo, pero siempre con la fuerza y la intensidad de lo nuevo y maravilloso. Aquel tiempo en que leer un libro constituía una auténtica proeza y dormir ocho horas, un bendito regalo. Y, sin embargo, era un tiempo feliz, de abandono de sí mismo. Un tiempo en que percibías con inusitada intensidad que la vida te estaba regalando un crecimiento personal que ni el mejor gurú del mundo te podía proporcionar.

Aunque entonces yo no sabía expresarlo, amaba tanto a mi mujer que no era capaz de separar su persona de sus bienes. Y buscaba, acaso sin plena conciencia de hacerlo, todo aquello que la completara como persona y nos colmara a nosotros como matrimonio. ¿Y cuál era el bien fundamental sino la vida, la vida que intuíamos se escondía en nuestros cuerpos?

Gracias a Dios, mis amigos más próximos pensaban del mismo modo, aunque quizás debería decir que ninguno de nosotros lo pensábamos mucho: amábamos a nuestras mujeres y eso era suficiente. Veíamos natural que, junto con la diversión, el servicio, el tiempo juntos, las delicadezas, las caricias, los abrazos y la relación sexual, los hijos formaran parte de la esencia del amor matrimonial. Y, como todos teníamos hijos y estábamos igual de ocupados con ellos y en ellos, compartíamos anhelos y experiencias, agobios y alegrías. Nos acompañábamos en el camino de la vida y disfrutábamos de ella con mucha más intensidad, en parte y precisamente, gracias a los hijos que tuvimos sin poner límite ni trabas al amor, como Agustín de Hipona aconsejaba.

El tiempo también me ha mostrado que muchos de aquellos que decidieron aplazar sine die la llegada de los hijos y calcularon con la fría y torpe cabeza (¡que tan poco sabe de amores!) su trayectoria profesional, matrimonial y paternal, acabaron encerrados en su propio cálculo y, cuando se despertaron al amor completo, la naturaleza les negó o dificultó gravemente su programa.

La vida tiene una parte de misterio que nadie puede descifrar. Hay que aceptarlo. Ni en este siglo de las seguridades somos capaces de controlarlo todo. Mi consejo, pues, a los recién casados no puede ser otro que el de Agustín. No te engañes. Pon lo esencial primero. Ábrete al amor sin condiciones y no juzgues el futuro con tus capacidades del presente, que, cuando llegue a tu vida ese hijo tempranero, tu amor de padre y de madre te mostrará el camino a seguir con una nueva lucidez y competencia.

¡Y a disfrutar de la vida!

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Amor de taxista

Hoy no me tocaba escribir el post, pero hay momentos especiales en la vida en que uno se siente como agitado por una intensa descarga espiritual, emocional o intelectual, una especie de confirmación que la vida te reserva, un rayo de luz que, de pronto, ilumina alguna verdad. Una inspiración.

Hay quien la siente en momentos espiritualmente fuertes, en un curso de retiro, haciendo una peregrinación o en actos colectivos de especial fervor. Pero no me refiero aquí solo a las inspiraciones más místicas, por decirlo de alguna manera, sino también a las que alumbran verdades estrictamente humanas. A mí me suele acontecer en los lugares más peregrinos: en la ducha, en la bicicleta, camino del despacho, corriendo, en el tren o en el taxi. Inopinadamente. Debe de ser cosa de mi vocación de laico, tan metido en el mundo.

Hoy ha sido en el taxi. Y, como me llevaba a la estación del AVE, de vuelta a Barcelona, he aprovechado para escribirlo sin demora en el tren porque no quiero que se mitigue el efecto.

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