Desde joven he leído bastante a san Juan de la Cruz. Salvando las distancias de tiempo y santidad, me identifiqué enseguida con su pensamiento.
Algo parecido me sucedió con san Agustín. La primera vez que leí sus Confesiones mi alma experimentó un torbellino de emociones.
Otro santo que, desde que me casé, me ha atraído bastante por una razón simplemente geográfica (a él está dedicada la parroquia que tengo más cerca) ha sido san Juan Bosco.
Y, naturalmente, san Francisco Javier, mi santo patrón, del que he leído varias biografías, ha sido uno de mis grandes inspiradores. Aunque he de admitir que las cerca de cuatro mil páginas de la Obra Francisco Javier, de Schurhammer, las tengo inacabadas desde hace años.
Y, sin embargo, nunca he sentido el impulso de hacerme carmelita descalzo, seguir la Regla de san Agustín, entrar en la Congregación Salesiana o militar en la Compañía de Jesús.
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