Dudas y certezas

En mí son más sólidas las certezas morales que las científicas. Debe de ser por mi tendencia más humanista que técnica. Al fin y al cabo, la ciencia no es una abstracción neutra, sino un conocimiento humano sujeto al error y a la interpretación, como ha puesto crudamente de manifiesto la gestión de la pandemia. Yo descubrí esto hace años, en un arbitraje que llevé en el que se debatía acerca de un vicio de construcción en un generador de energía eólica (un molino de viento, vamos). Se presentaron, si no recuerdo mal, cinco informes periciales de distintas ingenierías, a cuál más prestigiosa, y todos dieron con una causa diferente. El asunto, para desesperación de los ingenieros, que no lograban ponerse de acuerdo, lo tuvimos que resolver los abogados con un acuerdo transaccional.

Estos días de Navidad le he estado dando vueltas a este tema de las dudas y las certezas. Y mis cavilaciones se han enriquecido con el resumen de una conferencia del Obispo Munilla que llegó a mis manos en la que constataba, y criticaba, un dogma falaz que sobrevuela nuestra cultura y que a mí siempre me había llamado la atención: “La ‘fe adulta’ es la que duda de todo, la que se despoja de las verdades reveladas, de los dogmas”.

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El abrazo espiritual

Por una circunstancia personal que no viene al caso, en estas últimas horas del año me ha dado por pensar en aquellas personas que, por motivos diversos, se ven forzadas a celebrar o simplemente a vivir el cambio de año ellas solas, sin la compañía de otros.

Es cierto que la alegría, como todos los bienes espirituales, se intensifica cuanta más gente participa de ella, y que los bailes, los abrazos, los besos y las palabras que transmiten buenos deseos ayudan a alegrar el espíritu.

También lo es que, siendo el ser humano cuerpo y alma, la manera característica que tiene de expresar la alegría y el amor son los gestos que regalamos y acogemos con los sentidos.

Pero no es menos cierto que el alma humana es capaz de trascender al cuerpo y encontrar cauces de expresión que el cuerpo ignora. Es más, me atrevería a decir que, sin esos cauces, el cuerpo humano no lograría elevarse a la dignidad que le corresponde por su unión con el alma, y la alegría correría el riesgo de quedarse en el mero alborozo del animal satisfecho.

¿Puede haber tanta alegría en el silencio como en la algarabía? ¿Puede haber el mismo amor en un abrazo que en un guiño o en un simple recuerdo? ¿Puede existir la misma ternura en la cercanía física que en la unión espiritual?

Los primeros cristianos se llamaban santos a sí mismos porque intentaban serlo, y acuñaron una expresión que después se elevó a dogma: la comunión de los santos. Consistía, consiste, en unir a través de la oración y de las intenciones a todos los cristianos que existen (los de aquí abajo y también los que están en el Cielo) con una unión más fuerte que cualquier gesto físico de amor. Yo creo que, a poco que lo pensemos, todos podemos recordar momentos de especial unión espiritual con otras personas que estaban lejos.

Esta comunión ha permitido, por ejemplo, nombrar patrona de las misiones a una monja que no salió de su convento, porque ella misma tenía la convicción de estar en el corazón de Dios, bombeando la corriente sanguínea que necesitaban los misioneros, sacerdotes, catequistas, mártires, apóstoles, etc, quienes ni siquiera sabían de su existencia.

Así veo yo la entrada en el año nuevo de aquellos que, por las razones que sean, no pueden celebrarlo en comunidad, pero viven en la alegría profunda de quien desea lo mejor para todos aquellos a quienes ama: como una comunión, una común unión de los espíritus que, al cabo, acaba siempre por hacer sentir al cuerpo un abrazo especialmente intenso y muy, muy humano.

¡Feliz 2022 a todos, los de cerca y los de lejos, los de arriba y los de abajo!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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¡Feliz Navidad!

Mañana es Navidad. Nos guste o no, celebramos un cumpleaños que cambió el rumbo de la historia. El mensaje fue sencillo y escandaloso: yo soy Dios y Dios es amor. Es decir, yo soy amor. Quizás por eso se hizo niño.

Llevamos más de dos mil años y no hemos aprendido. Queremos ser dioses y buscamos la inmortalidad, el poder, la omnipotencia… ¡el dios de los filósofos! Y, cuando lo hayamos logrado, qué decepción, habremos vuelto al principio, a lo que ya fuimos antes de la manzana de Adán y Eva. ¡Otra vez inmortales! No aprendemos.

¿Tendrá que volver a nacer Dios para recordarnos que su verdadera naturaleza, su esencia, su atributo más íntimo y personal, lo que de verdad le identifica y distingue es el amor? ¿Tendrá que volver a nacer, a hacerse niño de nuevo para que aprendamos de una vez por todas que también nuestra naturaleza consiste en amar?

Pues, sí, este año vuelve a hacerlo. ¡Nace Dios otra vez! Yo tengo la suerte de que este año he podido disfrutar del nacimiento de mi primer nieto y puedo confirmar que, en efecto, el amor endiosa. Por eso he escrito esta felicitación que dedico a todos los abuelos y abuelas del mundo.

¡Feliz Navidad!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Una simple hoja

Hay gente que, ante ciertos acontecimientos o procesos sociales o políticos a los que no encuentra explicación, enseguida piensa en conspiraciones. Y, a veces, aciertan. Hoy os voy a contar una que he vivido, estoy viviendo, en primera persona.

Sí, confieso que llevo unos cuantos años conspirando. Y no solo, con unas cuantas decenas de miles de personas en todo el mundo; en concreto, de casi setenta países. Claro, que conspiramos en el sentido etimológico del término, que viene de ‘con’ (unión) y ‘spirare’ (respirar, vivir): es decir, respiramos juntos.

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Una tarde de cochero

La ventaja de obedecer ciegamente es que no tienes que pensar. La desventaja es que no sabes por qué haces las cosas. Así que el sábado pasado por la tarde me tocó acompañar a mi mujer, a mi hija y a mi nieto Tomás, de siete meses, a unos grandes almacenes. Normalmente, las compras de Navidad las hacemos más tarde. Por no parecer un ignorante, y como era mi primera Navidad con nieto, no me atreví a preguntar por qué este año se adelantaba el temido día.

Este año todo fue distinto. Entrar en los grandes almacenes y descubrir mi insustituible rol de cochero de Tomás fue todo uno. Mi primer aprendizaje fue enterarme de que el cochecito del bebé no puede subir por las escaleras automáticas. Como soy un chófer bien educado y caballeroso, me ofrecí a esperar yo la llegada del ascensor mientras madre y abuela adelantaban compras en el piso cuarto. Pronto descubrí que la tarde estaba solo dedicada a las compras para Tomás…, lo cual quiere decir que me espera otra todavía.

La espera en el rellano del ascensor de unos grandes almacenes es un momento largo y entretenido en el que recibes todo tipo de consejos e instrucciones. “No, ¡que no cabe! Ha de esperar a otro”, “Pero, ¿quiere dejar de apretar el botoncito, que, si no, no se va el ascensor?” Hasta que te das cuenta de que estabas esperando delante del único ascensor que no funciona. Por fin, una amable pareja latinoamericana con cochecito y dos niños me dejó un hueco en su ascensor. “Es que yo voy para arriba, y este baja”, les advertí cuando ya me estaban empujando hacia dentro. La señora resolvió mis dudas al instante: “primero baja, después sube… Si deja pasar este, se queda aquí toda la tarde, joven”. Le agradecí el piropo con la mirada y entré en el ascensor.

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Los buenos amigos

Ayer cenamos tres matrimonios amigos. Los maridos nos conocimos en las milicias universitarias, aquel tiempo dedicado a la formación militar que los más jóvenes desconocen, que a nosotros nos parecía una pérdida de tiempo y que, finalmente, resultó ser la oportunidad para fraguar algunas de las amistades más profundas, intensas y duraderas de nuestras vidas. Todos llevamos en torno a 35 años casados. Hemos hecho muchos planes juntos: cenas, excursiones, eventos familiares varios (primero bautizos, después comuniones, ahora bodas de nuestros hijos), cursos de orientación familiar para formarnos como padres y como esposos…

Tenemos maneras de ser muy diferentes. Hemos ido a colegios distintos. Nuestras mujeres se conocieron a medida que cada uno fuimos teniendo novia. Congeniaron enseguida. Cada cual ha pasado sus avatares personales, profesionales, familiares…, y siempre ha encontrado a los demás ahí, sin entrometerse innecesariamente, sin hacer ruido, con discreción, pero aportando todo lo que tenía y proponiendo lo mejor, siempre dispuestos.

Cuando volvíamos a casa después de la cena, Loles y yo comentábamos: ¡qué suerte haber encontrado unos amigos como estos… y tantos otros que nos han ayudado a amarnos más cada día! ¿Y realmente es así? ¿Los amigos te ayudan a amar más a tu mujer, a tu marido?

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La fuerza de la palabra

Hace algunos años me contaron esta anécdota. Subían un padre y su hijo pequeño por la escalera de un parking y, detrás de ellos, un señor con acento extranjero se ofreció a llevar la bolsa del pequeño, que pesaba mucho. Cuando llegaron a la puerta de salida, le devolvió la bolsa, le sujetó la puerta para que pudiera pasar y se despidió amablemente. El niño dijo a su padre: papá, ¿ese señor era francés? Creo que sí, hijo, contestó el padre. Y el niño apostilló: Qué raro, porque era muy simpático. A partir de aquel día, aquel padre revisó los comentarios que hacía en su casa sobre los franceses.

Me acordé de esta anécdota al leer la recomendación de David Neuhaus, superior de los jesuitas en Tierra Santa, en una entrevista: “una de las cosas más importantes que tenemos que hacer es vigilar nuestras lenguas. Que cada palabra que hablemos promueva la justicia y la paz, el perdón y la reconciliación. Nuestras palabras crean los mundos en los que vivimos nosotros y nuestros hijos”.

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Es de bien nacido ser agradecido

El viernes pasado subíamos con nuestro hijo Pablo, el último adolescente, a una casa que tenemos mi mujer, el banco y yo en la montaña. En mis oídos aún retumbaba la amenaza que habíamos recibido una de las veces que habíamos ‘invitado con firmeza’ (por utilizar un eufemismo al uso) a un hijo adolescente a disfrutar de un idílico fin de semana en la naturaleza solo con sus amados padres: subió al coche y, antes de abrocharse el cinturón de seguridad, dijo en tono apocalíptico, casi a modo de despedida: “Este va a ser el peor fin de semana de vuestras vidas”. Como en el fondo son buenos chicos, se apiadó de nosotros y no cumplió su amenaza.

El viaje transcurrió plácidamente y, al llegar a nuestra casa, entendí por qué Pablo no había ofrecido la resistencia que yo esperaba: mi familia me había preparado una sorpresa para celebrar mis sesenta años, que cumplí este lunes pasado, y estaban todos nuestros hijos, nieto incluido, esperándome para hacerme el mejor regalo que podía imaginar: ¡un fin de semana todos juntos! Y, lo que es mejor, estando todo el mundo atento a mí, sin discutir mis decisiones. Incluso pude escoger yo la excursión (de entre las dos que me dijo mi mujer, claro, tampoco hay que exagerar) ¡y nadie protestó en ningún momento! Esta semana, cuando lo explicaba a un grupo de amigos, uno me dijo: ¡Ah, ¿es a los sesenta cuando se logra esto?!

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La primera papilla

Esta semana han coincidido tres eventos sin aparente conexión: en el Congreso se ha aprobado la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, un Conseller iluminado ha dicho que en el siglo XXI no se puede financiar la educación diferenciada y hemos dado la primera papilla a mi primer nieto.

Empezaré por lo más importante. Las primeras cucharadas parecían disgustarle un poco, pero, a fuerza de insistir, ha ido cogiendo el sabor y ha tomado bastante. Su madre confía que en las próximas tomas vaya aceptando la fruta porque, aunque él no lo sabe, es lo que le conviene.

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Una sola carne

Empecé a salir con mi mujer a los 17 años, nos casamos a mis 22 y llevamos casi 37 años de matrimonio. A nadie extraña que, a veces, entre bromas y veras afirme que no recuerdo haber sido soltero. En serio, no soy capaz de imaginarme a mí mismo sin ella.

A los teólogos les cuesta explicar la expresión “una sola carne” con que el Génesis, y después el mismo Cristo, definen el matrimonio. San Juan Pablo II escribió más de seiscientas páginas para desarrollar esta idea. A un esposo unido a su mujer le basta un pensamiento en voz alta de ella para captar la idea. “Cariño, tendríamos que cambiar estas bombillas”, dice su mujer. Y él, después de 37 años, oye: “cariño, ¿puedes cambiar esas bombillas? Y, lo mejor de todo, va y lo hace. Una sola carne.

La matrimonialidad es otra de las dimensiones de la familiaridad. Y de ella, aunque esté siempre presente en este blog, voy a hablar hoy brevemente.

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