Lo que quieras aprender…

Rafel Pich, uno de los pioneros del Family Enrichment (Orientación Familiar) y su impulsor y referente durante muchos años, me dijo una vez una frase que me quedó grabada y he procurado poner en práctica: “lo que quieras aprender, enséñalo”.

La verdad es que, como tantos otros padres, ya estaba practicándola inadvertidamente. Recuerdo perfectamente cómo, por ejemplo, aprendí, y comencé de verdad, a ser ordenado (en su justa medida, que nadie se engañe) cuando tuve que enseñar a mis hijos la virtud del orden. Resultaba evidente que, si ellos no podían dejar la mochila en el recibidor al llegar a casa (con siete hijos, podía transformarse en una cordillera), tampoco papá podía hacerlo. En esto de la educación todos somos maestros y aprendices, y nuestros hijos nos brindan muchas oportunidades de aprender cuando luchamos por enseñarles.

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¡Inmaculada!

En “El Banquete”, un imaginario diálogo entre intelectuales de su época, Platón puso en boca de Aristófanes el mito del Andrógino, con el que intentó dar una explicación al origen de la Humanidad. Y tuvo una reveladora intuición: consideró que los primeros hombres eran seres esféricos, dotados de todas las perfecciones, que eso expresa la esfera. Tal era su fuerza, que se rebelaron contra los dioses y atacaron el Olimpo. Zeus les lanzó entonces un rayo que les partió en dos y, desde entonces, andan como incompletos, buscándose unos a otros (lo que explicaría, entre otras cosas, la atracción sexual).

Pero, ¿cuál era el estado del ser humano previo a esa división? ¿Cómo era ese ser esférico, unitario? Precisamente, podemos considerar que su rasgo principal era la perfecta unidad de su naturaleza: cuerpo, afectos, voluntad e inteligencia convivían en perfecta armonía. Los dinamismos del ser humano cooperaban al bien común de la persona y no había división interna entre ellos: lo que conocía con la inteligencia y juzgaba que era bueno, lo quería con la voluntad, lo deseaba con los sentimientos y lo hacía con el cuerpo, en un solo movimiento global de su entero ser. Dicho de modo más gráfico: “conozco que suena el despertador, pienso que es bueno levantarse, es lo que más deseo en este momento y mi cuerpo me obedece sin dudarlo”.

Sin embargo, tenemos la experiencia de que esto, hoy, no es así; existe la conciencia universal (y no solo en la cultura cristiana, sino en muchas tradiciones sapienciales) de que el hombre es un ser incompleto, que no habita en sí mismo, que está como caído por debajo de su naturaleza y debe ascender a ella. No en vano Jaspers definió al hombre que “aquel que ha de llegar a serlo”.

Ovidio lo experimentó y lo dejó escrito antes que San Pablo: “veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal”. ¿Qué sucedió? Parece haber acuerdo en que hubo una separación, una disgregación o desintegración. Los dinamismos humanos, antes unidos en perfecta armonía, se fragmentaron: en lugar de buscar siempre el bien que les mostraba la inteligencia, se disgregaron y cada cual tendió a su propio bien.

De esto va la fiesta de hoy, que mucha gente, me temo, no sabe bien qué celebra: la Inmaculada Concepción de la Virgen María en el seno de su madre, Santa Ana.

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Métricas

Es curioso cómo el léxico, que está diseñado para comunicar, puede llegar a alejar cuando se usa como arma arrojadiza. Estos días postelectorales lo vemos en España a niveles casi esperpénticos. Las palabras pierden su sentido y se aplican, con o sin razón (¡qué importa la verdad en esta época de propaganda y frivolidad desbocadas!), con la sola intención de herir y desacreditar al contrario.

Sin embargo, con un mínimo de buena intención y de comprensión (aquello tan manido y tan poco practicado de intentar ponerse en el lugar del otro), es fácil descubrir la realidad que se oculta tras las palabras. Uno de los problemas que dificulta el entendimiento es el arraigo inevitable de un léxico propio en las diferentes culturas y grupos familiares, empresariales, sociales o religiosos.

Sin ir más lejos, hoy mismo hablaba con una persona formada, inteligente y sensata (e intuyo que de procedencia cultural diferente a la mía), especializada en la consultoría de organizaciones, que ha utilizado una serie de expresiones que, en principio, me resultaban ajenas y de difícil comprensión, pero que he ido identificando progresivamente.

Por ejemplo, en un momento determinado de la conversación, ha dicho que para él era importante tener métricas, que rápidamente he interpretado como sistemas de medición, lo cual es muy propio de la empresa: lo que no se mide, no se conoce y no puede evaluar.

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La espera

Hace unos días me llegaron unas palabras pronunciadas por don Stefano, sacerdote de la Comunidad del Cenáculo, un movimiento que ayuda a jóvenes con adicciones a rehabilitarse mediante la oración, el acompañamiento y el trabajo, dirigidas a los padres de los residentes: “Cuando uno de vuestros hijos nos escribe una carta diciendo que quiere ir a las misiones o quiere hacer aquello o lo otro…, esperan. ¿Y por qué esperan? Porque el tóxico es aquel que escapa siempre de lo que vive, y vive permanentemente escapando. A veces, también nosotros escapamos así. Estás en una casa donde te cuesta un poco…, como uno que no está bien con su mujer y dice: ‘bah, mejor me busco otra que me sonría más…’ o alguna que tiene dificultades con el marido… Así es, para nosotros, la mentalidad intoxicada de nuestra vida. Cuando hay un momento de dificultad, escapamos pensando que esa fuga nos hará más felices y, en cambio, nos acaba entristeciendo más. Por eso hacemos esperar a vuestros hijos, para que su marcha no sea una huida, sino una donación, que sea una semilla que Dios les ha puesto en el corazón y después crece”.

La reflexión me recordó el tiempo en que mi hermano pequeño, monje de la Comunidad del Cordero, barruntaba su vocación. Estaba estudiando Derecho y, como sintió con fuerza la llamada, decidió abandonar la carrera para irse con la Comunidad. El prior le aconsejó que terminara antes la carrera: “si tu vocación es auténtica, seguirás teniéndola entonces”. Terminó la carrera y decidió hacerse objetor de conciencia para no tener que hacer el entonces obligatorio Servicio Militar, pero el prior de la Comunidad le volvió a decir: ‘cumple el Servicio Militar, que, si tienes vocación, la seguirás teniendo cuando acabes la mili’. Mi hermano obedeció y hoy, más de veinte años después, es un monje feliz, entregado a Dios y a los demás.

La espera es importante también en la familia. En especial, cuando se trata de tomar decisiones de calado. Podemos sentir grandes impulsos, a veces meramente pasionales y otras más espirituales, que nos empujan en distintas direcciones. No siempre hay que seguirlos. Es necesario discernir su procedencia, su móvil, su destino y, sobre todo, su coherencia con la plenitud de vida que hemos elegido al optar por el matrimonio y la familia.

En no pocas ocasiones, estos impulsos vienen disfrazados de bondad, incluso de caridad. Otras veces, se confunden con la felicidad…, normalmente la nuestra, claro.

Cuando empezaba a ejercer la profesión de abogado, una persona pidió un día al abogado con el que yo trabajaba que le preparara la transmisión de todo su patrimonio a su mujer y a sus dos hijas pequeñas. Yo, recién licenciado y presente en la reunión, pensé: ‘un gesto noble y desprendido’..., hasta que desveló el motivo: había descubierto que su vocación era la de ser misionero laico y quería abandonar a su mujer y sus hijas por esa generosa y entregada causa. El abogado con quien trabajaba (y mi primer e inolvidable maestro en esta profesión), con gran experiencia y sentido ético, hizo una delicada reflexión y declinó amablemente llevar el asunto.

Detrás del altruismo aparente, se escondía una visión egoísta de la caridad. En el fondo de su decisión estaba él mismo, que era en realidad a quien buscaba, instrumentalizando en cierto modo a los pobres del tercer mundo. Si de verdad pensaba sinceramente en la felicidad de los demás, debía empezar por los suyos, me explicó mi mentor.

San Agustín llamaba a este principio el ‘ordo amoris’: el orden o jerarquía en los amores. Y proponía empezar por los que están más cerca de nosotros, aunque haya momentos en que pueda hacerse exigente.

Por eso la espera es tan conveniente, porque nos ayuda a distinguir y a ubicar nuestros amores en el lugar adecuado. Ahora bien, ha de ser una espera activa, prudente y sabia, que pida consejo, si es necesario, para salir de esa “mentalidad intoxicada de nuestra vida” de que hablaba don Stefano, no sea que nos pasemos la vida huyendo de nosotros mismos y nos demos una y otra vez de bruces con nuestra propio y egocéntrico interés.

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes

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Atreverse a amar

Esta semana, estuve negociando una transacción judicial con un abogado cuyo hermano, según me dijo, había estado casado en primeras nupcias con una prima segunda mía. Como disculpándola, en medio de la conversación me dijo algo así: “Es muy buena tía (sic), a mí me cae muy bien, pero ya se sabe que todos los matrimonios acaban por romperse”. Y, como hablaba bastante, pasó, sin solución de continuidad, al tema que nos ocupaba, que, por cierto, terminó bien…, no como los matrimonios que, por lo visto, conocía mi interlocutor.

La frase me dio tristeza. Primero por mi prima segunda (o tercera), a quien, como somos una familia bastante extensa, no creo conocer. Segundo, porque denota un estado de opinión pesimista acerca del matrimonio que está bastante extendido.

Julián Marías afirma, con la claridad que le caracteriza: “la mayoría de personas no se atreven a conseguir lo que esperan, lo que desean, pero hay una falta de atrevimiento más grave y radical: no atreverse a desear porque eso no tiene curso legal, no es ‘lo que se desea’”.

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Si escuchas, no hables

Esta semana ha fallecido la madre de un buen amigo mío. Hubo una época, hace años, en que nos veíamos mucho. Después, la vida nos llevó a cada uno por distintos caminos. Nos hemos ido viendo sobre todo en celebraciones. ¿Qué tal? ¿Cómo va todo? Pues bien, ¿y a ti? No me puedo quejar, ya sabes… Ya, ¿la familia? ¿Todos bien? Sí, ¿y vosotros?, etc.

Cuando una amistad ha cuajado, hay algo que enraíza en la persona y queda en el interior. Pueden pasar largos años sin siquiera verse, sin hablar, pero hay una unión difícil de explicar que permanece como un rescoldo y, un buen día, un pequeño soplo de aire lo enciende y vuelve a prender.

Un funeral es un buen momento para conocer a la gente. Y un funeral de una madre, más todavía. Es un momento muy especial. Parece que algo muy nuestro se nos va, aunque, con el paso del tiempo, vuelve, sobre todo si crees, como a mí me parece evidente, que la vida no termina en este mundo. Y vuelve con una serenidad inesperada.

A mi amigo yo ya le conocía, pero en el funeral de su madre mostró lo mejor de sí mismo. Él no se dio cuenta, claro, porque la gente buena no percibe sus gestos más grandes: lo grande suele manifestarse en lo pequeño.

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Holywins

El lunes fui a comprar el pan a la panadería habitual. Era bastante pronto y no había amanecido. La calle estaba desierta. Desde lejos, me pareció ver el escaparate cubierto en gran parte por una gran mancha gris oscuro. ¿Les habrán atracado?, pensé. Aunque a esa hora mis gafas todavía no parecían haber despertado del todo, a medida que me acercaba, la mancha parecía adoptar la forma de una gran telaraña. Incluso creí vislumbrar una enorme araña negra que trepaba por ella. Por fin, llegué a una distancia más conveniente a mi deteriorada visión matutina y… la araña resultó estar acompañada por un vampiro, ambos de goma, mientras que la telaraña era una especie de trampantojo adherido al cristal: “¡El dichoso Halloween!”

La verdad es que me había olvidado de la estandarización comercial de la fiesta de Todos los Santos. Supongo que nadie será tan iluso como para pensar que la mercantilización de lo truculento en estos días es fruto de una corriente libre y espontánea de la humanidad entera. Hoy es 31 de octubre, y mi visión espectral del lunes se ha confirmado con los niños disfrazados de ultratumba que he ido viendo por la calle.

En mi casa, los días anteriores, como anunciando esta preciosa fiesta de Todos los Santos, habíamos tomado ya panellets (el pastelito de mazapán y piñones típico en Cataluña para estos días) y, pese a que el calor no se había decidido a marcharse hasta este fin de semana pasado, las castañeras (y castañeros) habían ido tomando posiciones en las esquinas de las calles. La verdad, a mí lo de las calabazas siempre me ha sonado a suspensos. No hay más que verlas para confirmarlo.

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Zurupetos

Cuando estudiaba derecho, descubrí por casualidad una palabra que siempre me ha hecho mucha gracia: zurupeto. Un zurupeto es, según del diccionario de la RAE, un intruso en la profesión notarial o un corredor de bolsa no matriculado. Un impostor.

El viernes pasado estuve en Murcia. Rosa Vázquez, directora del colegio Nelva, me invitó a dar una conferencia a padres de los colegios Nelva y Monteagudo. La ocasión era mi último libro (Amar se escribe contigo), publicado por Teconté. Por la mañana, aprovechamos la ocasión para tener una interesante charla con las niñas de segundo de bachillerato acerca del amor humano, las relaciones hombre-mujer y el noviazgo.

Después, el APA del colegio me invitó a una deliciosa y entretenida comida con los matrimonios miembros de la junta de asociación Alquibla (www.alquibla.es), que imparte los cursos de Family Enrichment (orientación familiar) en la región. Me sentí como en casa. Recordamos viejos tiempos, reímos, diseñamos, proyectamos, ¡soñamos! y nos despedimos aún más convencidos de que teníamos que seguir intentando cambiar el mundo acercándolo sin descanso a la familia.

Llegaron las cuatro de la tarde, la hora de la conferencia y aparecieron un cámara y un entrevistador de Canal 7, una televisión local. Me hicieron una entrevista un poco anárquica con el murmullo de todos los asistentes a la conferencia detrás de nosotros. Una experiencia nueva.

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La cara amable

Este mediodía he ido a misa. Sí, hay misas a mediodía (aclaro que, por mediodía, en España entendemos también la hora de comer, que se extiende entre 2 y 4 de la tarde, cuando en otros países están casi cenando). Y se puede ir. Incluso, un día laborable. Hay gente que lo hace. Por lo menos, habría unas treinta personas. Recuerdo que, una vez, al preguntar en un hotel por una iglesia cercana, la recepcionista me indicó amablemente dónde estaba y, acto seguido, con toda su buena intención, me previno: “pero hoy no creo que haya misas, ¡no es domingo!”.

El caso es que estábamos tranquilamente escuchando el Evangelio cuando ha entrado una joven muy atractiva y se ha sentado junto a un joven que también tenía buena estampa. Tendrían la edad de mis hijos mayores: en torno a los 30. Solo había una discordancia en el modo de vestir: él iba con camiseta, pantalón de chándal y zapatillas de deporte, mientras que ella iba con tacón alto y mucho más elegante. Sin duda, venían de lugares diferentes.

“¡Caramba, pues sí que estabas atento a la celebración!”, podrá pensar alguien a estas alturas. Y, ciertamente, me he distraído porque, cuando ella ha llegado al banco en que él la esperaba, la pareja en cuestión se ha abrazado y besado largamente (en la mejilla), con especial intensidad y alegría, como si se reencontraran después de un largo tiempo. Los que estábamos en los bancos de detrás no hemos podido evitar observar los rodeos de sus brazos, las manos entrelazadas, los susurros cómplices, las mal disimuladas sonrisas, pues eran los únicos cuerpos que se movían con frecuencia. Algunos de los feligreses hacían gestos de desaprobación.

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No necesito casarme

Andaba yo todavía flotando a la estela de la celebración, íntima e intensa, de mis primeros 34 años de matrimonio, cuando ayer me topé con una interesante entrevista a Laura Pausini, cantante. La entrevista destilaba sentido común y mostraba a una persona luchadora, empática y con energía, a quien no se le ha subido el éxito a la cabeza.

Sin embargo, hubo una respuesta que me desconcertó y que solo puedo entender por las malas experiencias previas de engaños que tuvo la entrevistada. La respuesta inesperada siguió a la pregunta ¿qué tal con su actual pareja?: “Encantada de estos trece años y medio, día a día, y ahora con Paola… y no necesitamos casarnos. ¡Ella nos lo pide! Pero, por ahora, no”.

Y digo que me sorprendió por dos motivos. El primero, que no me encaja mucho con el perfil que muestra la entrevistada de persona que no teme los grandes retos. El segundo, porque nunca se me había ocurrido pensar en el matrimonio como necesidad. Y esta visión, nueva para mí, me ha arrojado no poca luz.

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