Christchurch: Dios no es poder

Hoy no me tocaba escribir, pero he recibido un mensaje y no he podido evitarlo. Tengo varios amigos neozelandeses, y mi segundo hijo, Javi, todavía más. Pasó varios meses precisamente en Christchurch, ciudad de bello y hoy paradójico nombre, en un intercambio universitario. Ahora vive en México y nos ha explicado que varios de sus amigos musulmanes han perdido familiares y amigos o se han salvado de milagro de morir bajo las balas del terror incomprensible.

Las escalofriantes imágenes de la matanza asustan sobre todo por lo ordinario y anodino. La banalidad del mal, como advertía Hannah Arendt. Si cualquiera de nosotros hubiéramos pasado por el salón de nuestra casa y nos hubiéramos encontrado a nuestro hijo de doce años ante una pantalla viendo las crudas imágenes que grabó el asesino, probablemente nos habríamos limitado a decirle: “Hola, hijo, ¿a qué estás jugando?

Sigue leyendo

Inmortales por amor

Desde una perspectiva estrictamente química, un ser humano que pesara 70 kilos estaría compuesto de los siguientes elementos:

45,5 kg de oxígeno (65%)
12,6 kg de carbono (18 %)
7kg de hidrógeno (10%)
2,2 kg de nitrógeno (3.14%)
1,05 kg de calcio (1.5%)
770 g de fósforo (1.1%)
245 g de potasio (0.35%)
175 g de azufre (0.25%)
105 g de sodio (0.15%)
100 g de cloro (0.14%)
3 g de hierro (0.004%)
3,5 g de magnesio (0.005%)
2 g de zinc (0.0028%)
0,2 g de manganeso (0.00028%)
0,15 g de cobre (0.0002%)
0,03 g de yodo (0.000004%)
Y pequeñas trazas de:
Boro
Bromo
Cromo
Cobalto
Flúor
Hierro
Manganeso
Molibdeno
Níquel
Selenio
Silicio
Vanadio

Francamente desilusionante. Todo materia, todo caduco. Se comprende que quienes tienen esta visión del ser humano encuentren dificultades insalvables para prometer amor para siempre. No es fácil localizar en esta composición el lugar en que la persona amada puede albergar nuestra promesa de amor. Menos aún dar con el núcleo de su correspondencia: ¿me amará con el oxígeno?, ¿cuánto azufre pondrá en nuestra relación?, ¿brillará su amor como el fósforo o el nitrógeno lo hará explosivo?

Sigue leyendo

Vegetarianos por amor

Hubo un tiempo en que parecía estar de moda definirse como católico no practicante. Y a mí, que era (y sigo siendo) católico, me parecía una contradicción. La primera imagen que me venía a la cabeza era la de una persona zampándose un gran filete de buey que dijera: soy vegetariano no practicante. Un contrasentido. Nadie le tomaría en serio. No resulta muy coherente ser vegetariano y engullir un entrecot.

Y es que ser católico y no ponerlo en práctica es perderse lo mejor de ser católico. Sobre todo hoy en día, que ser católico no tiene muy buena prensa, mientras que practicar lo propio del catolicismo sí la tiene (sobre todo si no se asocia con ser católico): ayudar a los demás, ser solidario, dar dinero a los que lo necesitan, ser austero en el uso de los medios y no esquilmar los recursos naturales, amar a todos sin distinción, practicar la meditación personal, participar en asambleas (en griego, ἐκκλησία, es decir ecclesia)…, en fin, lo característico del catolicismo. A no ser que uno haya tenido la mala suerte de conocer a pocos católicos y que todos practiquen mal su fe, que ya es mala suerte, con la de millones que hay.

Sigue leyendo

Prejuicios

Estaba satisfecho: hacía tan solo unos meses que se había incorporado a una de las firmas de mayor prestigio del país. Tenía ante sí una brillante carrera y era consciente de lo mucho que podía aportar. Era un joven abogado con una familia incipiente, cinco años ya de ejercicio profesional, una depurada educación y formación académica y, además, profesor universitario. 

Bastaron dos o tres reuniones con el director de la oficina, unos treinta años mayor que él, para darse cuenta de que el hombre estaba ya un tanto desfasado. Aunque el director podía aportar el peso de su experiencia y veteranía, algunos jóvenes asociados no parecían reconocer en esas cualidades otra cosa que el paso del tiempo: “¿Acaso es esto un Ministerio, en que la gente progresa por quinquenios? Aquí lo que cuenta es la eficacia y la rentabilidad -le había dicho un compañero al joven abogado, criticando al director-, a este le queda un telediario”.

Además, su vida personal tampoco era una maravilla. Estaba divorciado. No como él, que tenía una familia creciente y unida.

Una tarde, el joven y -según algunos decían- brillante abogado entró en el despacho del director para preparar la estrategia a seguir ante una eventual demanda judicial con la que habían amenazado a un cliente. Se trataba de elucubrar acerca de las posibles acciones que emprendería el contrario y preparar una estrategia defensiva que mejorara la posición del cliente.

Cuando estaban reunidos delante del ordenador del director analizando los documentos enviados por su cliente, el aviso de un email entrante saltó a la pantalla. El asunto del email era: “estrategia procesal”.

-Qué raro… -se extrañó el director-. Es del abogado contrario de este asunto. A ver si quiere llegar a un acuerdo…

El email adjuntaba un archivo en formato Word con el mismo título. Lo abrió y se encontró con un regalo inesperado: el informe que el abogado contrario dirigía a su cliente y que, como se deducía de las primeras líneas del índice, contenía la propuesta de ejercicio de acciones judiciales detallada hasta el extremo.

-¡Has visto! ¡Se ha equivocado! Nos ha mandado a nosotros el email dirigido a su cliente… ¡Lo tenemos! ¡Qué fuerte! –exclamó el joven abogado.

El director le miró sin inmutarse, pulsó las teclas mayús+supr y eliminó el email permanentemente. Acto seguido, envió un email al abogado contrario advirtiéndole de su error y asegurándole que, naturalmente, no había accedido al contenido del archivo adjunto y lo había eliminado de forma definitiva.

Después, sin dar explicación alguna, se dirigió al joven y supuestamente brillante abogado y le invitó a reflexionar aún con más ahínco y perspicacia sobre la estrategia defensiva a seguir, ahora que tenían la certeza de que una acción judicial bien estudiada iba a ser presentada en breve.

El joven y ya menos brillante abogado no acertó a decir nada. Acababa de recibir de la manera más natural y delicada una de las lecciones profesionales más extraordinarias que recibiría en su vida. Y, junto a la profesional, una todavía más profunda lección humana. En escasos diez segundos había podido calibrar la hondura moral de alguien a quien, con cuatro datos mal interpretados, había tenido la tentación de mirar por encima del hombro.

La verdad es que cuando, hace ya unos 25 años, me sucedió esto, no existían los emails, el informe lo recibimos por fax, el director (que ya ha fallecido) lo hizo trizas ante mis narices, lo tiró a su papelera y acto seguido contestó con otro fax indicando al remitente el error que había cometido, pero he pensado que valía la pena modernizar la anécdota, que tanto me sirvió en el futuro para reprimir los juicios temerarios y para orientar mi conducta profesional, a fin de que los lectores de cualquier edad la pudieran entender en la primera lectura.

¡Qué injustos pueden llegar a ser los prejuicios!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Influencias

Un asunto crucial en la educación y, en general, en las relaciones humanas es el de la libertad. En más de una ocasión he recordado las palabras con que Luis Bordonaba, gran profesor y mejor persona, comenzó una conferencia sobre la adolescencia a la que tuve la fortuna de poder asistir: “cuando se trae un hijo al mundo, solo hay un objetivo: ¡sacarlo de casa!” Después explicó que “sacarlo de casa” consistía en educarle para la libertad, para que sea él mismo, autónomo, resistente y real lo antes posible. Hoy diríamos: empoderarle.

Podríamos preguntarnos: entonces, ¿hasta qué punto es bueno que en nuestra tarea educativa ejerzamos una profunda influencia en nuestros hijos? Si así lo hacemos, ¿no estaremos impidiendo el desarrollo de su propia personalidad?

Sigue leyendo

Belleza y corazón

En el último post, a propósito del transhumanismo, advertía de la gran tentación que amenaza al ser humano cuando se encuentra con un poder que no está preparado para gestionar y utiliza solo en su propio beneficio. Supongo que no hará falta poner ejemplos concretos. Cada uno estará pensando en este momento en personas que se han dejado llevar por esa ambición de poder, de riqueza, de prestigio, de sensualidad desmedidas hasta el punto de ver en los demás meros instrumentos o peldaños para su satisfacción y promoción personal.

Una de las asignaturas pendientes para lograr esta madurez personal que nos conduzca a olvidarnos un poco de nosotros mismos y centrarnos en los demás es la educación de los sentimientos, de la que ya he hablado en alguna ocasión.

María Wolter es una profesora de filosofía de la Universidad Franciscana de Steubenville, en Ohio, experta en el que podríamos llamar el filósofo de los sentimientos, Dietrich von Hildebrand, quien dejó escritas páginas certeras y profundas acerca de la dimensión que él denominaba “el corazón” y que, según enseñaba, iba más allá de la mera sentimentalidad para erigirse en el centro de la espiritualidad humana.

La profesora Wolter, inspirada en von Hildebrand, ofrece los siguientes criterios para educar los sentimientos y adaptarlos a la realidad, a fin de evitar que acaben siempre vueltos hacia nosotros mismos:

Sigue leyendo

¿Transhumanos?

Ayer tuve ocasión de asistir a una conferencia pronunciada por Joan Costa sobre el transhumanismo, que es la ideología que está detrás de la aplicación indiscriminada al ser humano de cualquier tecnología que le permita superar sus límites originarios y adquirir unas capacidades y poderes casi inimaginables. La carrera hacia el superhombre. La técnica ya existe. Solo queda desarrollarla y perfeccionarla.

¿Por qué no manipular nuestros genes para que nos salgan alas o implantar un músculo o un hueso mil veces más potente y resistente que los que tenemos actualmente? ¿Por qué no regenerar nuestras células para extender la juventud y la vida mientras el mundo exista? ¿Acaso no lo hemos intentado siempre con métodos más rudimentarios como el deporte, el entrenamiento o los cosméticos? Muchos interrogantes percutieron en nuestras cabezas y no es posible resumir aquí todo lo que se dijo.

Sigue leyendo

Amor y celos

El otro día tuve ocasión de escuchar en youtube (¡si uno busca bien, hay algo más que vídeos graciosos y tutoriales!) una breve lección de Robert Spaemann, uno de los grandes filósofos del siglo XX, fallecido el pasado 10 de diciembre. El título era “Las paradojas del amor” y, como acostumbra, abordó el asunto con brillantez y profundidad. Lo siento, a pesar de ser un blog más bien divulgativo, hoy subo un poco el nivel de concentración exigible.

Una de las tesis que sostuvo fue la del carácter único y exclusivo del amor. Partió de una sugerente definición de amor de Valentín Tomberg: “amar es hacer al otro real para mí”. En efecto, normalmente, el otro se me presenta como menos real de lo que yo mismo me percibo. Su dolor de muelas, ejemplificaba Spaemann, por más intenso que sea, no lo percibo como el mío, es menos real que el mío. Solo el amor auténtico, fuerte y comprometido le puede otorgar un grado de realidad más intenso. El budismo o el estoicismo, por ejemplo, proponen igualar por abajo, es decir, hacerme a mí tan irreal como son los otros para mí, insensibilizarme para no tener que sufrir. Es lo que José Antonio Marina llama la felicidad de la almeja, bien encerrada en sí misma. El cristianismo consiste precisamente en lo contrario, en amar al otro como a mí mismo, es decir, en hacer al otro tan real para mí como lo soy yo. Amar al otro consistiría, pues, en este sentido, en alegrarse con las alegrías del otro y sufrir con sus penas, en sentir con él.

Sigue leyendo

Better united than right

Esta semana pasada he estado conviviendo con australianos y neozelandeses. El Family Enrichment (www.iffd.org), del que ya he hablado en alguna ocasión, me da la oportunidad de viajar y conocer a mucha gente buena que dedica su tiempo libre a ayudar a los demás.

La verdad es que he ido a Australia, pero no me atrevo a decirlo mucho porque, gracias a Dios, he conocido más personas que lugares y no he podido ni siquiera visitar el puerto de Sydney. Aunque esta vez he ido solo, más de una vez, en estos viajes increíbles y supersónicos, hemos comentado mi mujer y yo que ahora nos toca conocer personas y, ya cuando nos jubilemos (quizás en la vida eterna, ¡quién sabe!), visitaremos los lugares con las buenas amistades que hemos ido cuajando por el mundo. Eso, sí, vi tres canguros. Tengo fotos que pueden probarlo.

Sigue leyendo

Bar Versalles

Ayer me invitaron a dar una charla a un grupo de jóvenes en el bar Versalles. El bar, aunque tenga este nombre tan parisino, está en Barcelona, que nadie se haga ilusiones, o sí, porque Barcelona es una de las ciudades más bonitas del mundo, si no la más.

La charla fue en una especie de altillo que tiene el bar. Retiraron las mesas, colocaron sillas en forma de U y se juntaron unos treinta jóvenes. Me pidieron hablar sobre noviazgo, amor y comunicación de pareja, y así lo hice. Tuve que improvisar un poco porque, mea culpa, me había confundido de charla y había preparado una sobre el matrimonio.

Sigue leyendo