La primera papilla

Esta semana han coincidido tres eventos sin aparente conexión: en el Congreso se ha aprobado la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, un Conseller iluminado ha dicho que en el siglo XXI no se puede financiar la educación diferenciada y hemos dado la primera papilla a mi primer nieto.

Empezaré por lo más importante. Las primeras cucharadas parecían disgustarle un poco, pero, a fuerza de insistir, ha ido cogiendo el sabor y ha tomado bastante. Su madre confía que en las próximas tomas vaya aceptando la fruta porque, aunque él no lo sabe, es lo que le conviene.

Sigue leyendo

Una sola carne

Empecé a salir con mi mujer a los 17 años, nos casamos a mis 22 y llevamos casi 37 años de matrimonio. A nadie extraña que, a veces, entre bromas y veras afirme que no recuerdo haber sido soltero. En serio, no soy capaz de imaginarme a mí mismo sin ella.

A los teólogos les cuesta explicar la expresión “una sola carne” con que el Génesis, y después el mismo Cristo, definen el matrimonio. San Juan Pablo II escribió más de seiscientas páginas para desarrollar esta idea. A un esposo unido a su mujer le basta un pensamiento en voz alta de ella para captar la idea. “Cariño, tendríamos que cambiar estas bombillas”, dice su mujer. Y él, después de 37 años, oye: “cariño, ¿puedes cambiar esas bombillas? Y, lo mejor de todo, va y lo hace. Una sola carne.

La matrimonialidad es otra de las dimensiones de la familiaridad. Y de ella, aunque esté siempre presente en este blog, voy a hablar hoy brevemente.

Sigue leyendo

¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?

Mi padre me explicó una vez una anécdota muy curiosa. Tenía un amigo que pasaba penurias económicas cuyo padre era muy rico y no quería dejar nada a los hijos en vida. El hombre vivía a la espera de la herencia. Cuando murió el padre, uno de los hermanos se encontraba fuera de España, y el amigo de mi padre le mandó el siguiente telegrama para informarle del triste suceso (entonces, no existía el whatspp y había que ahorrar palabras): “Papá ha pasado a mejor vida… ¡Nosotros, también!

Me ha venido a la cabeza este recuerdo, por contraste, al afrontar la siguiente dimensión de la familiaridad, la fraternidad, porque, en la anécdota, el fallecimiento del padre parece actuar como espoleta de la unión entre hermanos (un poco materialista en este caso), mientras que muchas veces sucede lo contrario.

Sigue leyendo

De padres a hijos… ¡y a nietos!

Una de las tácticas de las ideologías para disfrazar la realidad es la utilización de eufemismos. Por ejemplo, desde la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo celebrada en El Cairo en 1994 se insistió en la salud reproductiva como “la capacidad de disfrutar de una vida sexual satisfactoria y sin riesgos, y de procrear, y la libertad para decidir hacerlo o no hacerlo, cuándo y con qué frecuencia” (CIPD, El Cairo). Una descripción con la que es fácil estar de acuerdo. De hecho, muchos matrimonios lo intentan vivir a diario: con la fidelidad procuran eliminar riesgos para su salud reproductiva y con la libertad y el conocimiento de sus cuerpos procuran tener una vida sexual rica y satisfactoria y decidir cuándo tener cada hijo. Nada nuevo bajo el sol.

Sin embargo, en muchas políticas, el aborto, cuyo fin inmediato es terminar con la salud y la vida de un ser humano, se acaba colando como un derecho de la salud reproductiva de la mujer. No voy a entrar hoy en el tema del aborto; era a título de ejemplo. Quiero hablar de la tercera dimensión de la familiaridad: la progenitorialidad o fecundidad, que, naturalmente, no se agota con la reproducción.

Sigue leyendo

Andrógino versus Adán y Eva

En su obra El Banquete, Platón, tratando de explicar la atracción sexual, concibió el mito del andrógino. El andrógino era un ser con cuatro piernas, cuatro brazos, dos rostros en una sola cabeza y dos sexos, diferentes o repetidos. Los andróginos se rebelaron contra los dioses del Olimpo, y Zeus, para debilitarlos, los partió por la mitad, dejando solo hombres y mujeres. Desde entonces, buscan su otra mitad. Esto explicaría la atracción de los sexos, y también la homosexualidad, pues algunos andróginos tenían el mismo sexo en las dos mitades.

Sigue leyendo

¿Tú quién eres?

Ante la pregunta “tú quién eres”, la respuesta inmediata es personal y familiar: soy Javier Vidal-Quadras Trías de Bes. Lo personal se expresa en el nombre; lo familiar, en los apellidos. En otras épocas importaba más la tribu o el lugar (soy Pablo de Tarso), pero hoy nadie se identifica así, a pesar de que estamos inmersos en una cultura identitaria, que tiende a confundir la parte con el todo y a construir identidades sobre aspectos parciales de la persona (la nacionalidad, la ideología política, las tendencias sexuales…).

El nombre es importante, lo más importante, porque yo he de construirme como persona y desarrollar mi propio ser, pero la familia es el punto de partida.

Los sociólogos y antropólogos del siglo XX debatieron mucho sobre el tabú del incesto. Les llamaba la atención que todas las culturas y civilizaciones conocidas hubieran establecido la prohibición del matrimonio o de las relaciones sexuales entre miembros de la misma familia hasta cierto grado (variable según los casos). Lo que les intrigaba era la universalidad, y discutieron si era una regla de origen natural, social o ambas. Lèvy-Strauss fue uno de los que más se significó, y concluyó que el tabú del incesto es el único fenómeno que tiene al mismo tiempo una dimensión natural (la naturaleza se mueve en lo universal) y una cultural (la cultura se rige más por lo particular).

No me voy a entretener en esta interesante polémica. En el post pasado anuncié que hablaría de las dimensiones de la familiaridad y la primera es esta: la identidad personal.

Sigue leyendo

Y tu familia, ¿qué tal?

Como habréis deducido, me he tomado unos días de descanso aprovechando el verano del hemisferio norte. Tampoco es que este blog me ocupe tanto tiempo, pero decidí suspenderlo en agosto porque pensé que mi familia merecía que me dedicara más comprensivamente a ella durante este período. A veces, lo que importa no es tanto el tiempo material como el tiempo de atención, de interés, para lo que hay que eliminar las distracciones.

Hablando de mi “familia”, antes de verano estuve reunido con un grupo de universitarias y hablamos de uno de los grandes temas de la actualidad: el concepto de familia. A nadie se le escapa que el término “familia” tiene una cierta plasticidad y es susceptible de aproximaciones muy diversas.

Por ejemplo, cabe una aproximación simplemente coloquial. Si te encuentras a un compañero de universidad que no ves desde hace diez años y le lanzas la pregunta que da título a este post —Y tu familia, ¿qué tal?—, la respuesta variará según su situación personal. Si está casado y tiene hijos, probablemente diga: “Pues, muy bien, me casé, hemos tenido el tercero y nos acabamos de mudar”. En cambio, si está casado o vive en pareja sin hijos, es más probable que diga: “bien, ya sabes, mis padres trabajando en la tienda y mi hermana a punto de casarse”, y no relacione el concepto familia con su mujer o pareja. La cosa se complica si se ha casado o emparejado tres veces y tiene hijos de las tres uniones: el término familia se torna claramente equívoco en este escenario.

Sigue leyendo

Duérmete, Madre

Llega el momento, María,
la hora de la verdad,
Él te espera y la alegría
rebosa en tu nuevo Hogar.

Todo el Cielo es una fiesta
esperando a celebrar
la llegada de la reina
que nunca quiso reinar.

“¿A qué vienen esas dudas,
Madre, a la hora de marchar?
¿No te espero Yo en el Cielo,
donde vivir es amar?”

“Una pena me retiene,
y es no poder consolar
a todos los que me quieren
en esta tierra mortal”.

“Entonces, duérmete, Madre,
y sube en cuerpo mortal,
para que no dude nadie
que el cuerpo revivirá.

En cuerpo y alma te espero,
desde aquí podrás amar
con todo tu ser entero
a toda la Humanidad”.

¿Y si el problema está en ti?

Después de haber repasado en los últimos posts los principales pensamientos automáticos: visión restringida (La penúltima calle), personalización (El ombligo del mundo), adivinación de pensamiento (¡Ah, era eso!), sobregeneralización (Nunca es tarde), pensamiento polarizado (In medio virtus) y atribuciones negativas (Cuando vuelan los cuchillos), procede ahora hacer una síntesis conclusiva y ofrecer algunas pautas para gestionarlos adecuadamente. Lo intentaré hacer con un ejemplo.

La puntualidad es una gran virtud que pone en juego muchas otras. Caridad: supone pensar en los demás y darles preferencia sobre uno mismo. Templanza: requiere autodominio para dejar hacer lo que se estaba haciendo. Fortaleza: implica tener paciencia con los demás. Prudencia: aconseja escoger los medios adecuados para ser fiel al compromiso horario, etc.

Sin embargo, como toda virtud, puede degradarse en una manía que arrastra al orgullo y a la vanidad, a la crítica acerba o a la dureza de corazón.

No es extraño que las personas muy puntuales sean duras en sus juicios con las que no lo son, pierdan los nervios y magnifiquen la gravedad de la impuntualidad. Muchas veces, todo esto es producto de deformaciones congitivas.

Sigue leyendo

¡Esto no va de países!

Como ya sabéis algunos de los que me conocéis y me leéis de vez en cuando, dedico buena parte de mi tiempo, a veces robado al sueño, otras al descanso (¡o al trabajo!) y más de las que me gustaría, a mi familia, a una actividad de voluntariado que precisamente intenta llevar la felicidad a las familias de todo el mundo, sí, de todo el mundo. Gracias a Dios, también el tiempo que hurto a mi familia acaba de alguna manera revirtiendo en beneficio de ella. Hoy voy a hablar de esta pasión por la familia. Será un canto al viento que, por falta de información, no todos entenderéis, pero a veces hay que dar rienda suelta al corazón.

Hace ya tiempo que cuando viajo -antes físicamente, ahora más virtualmente- y tengo encuentros con gente tan dispar en origen, cultura, raza, nación…, que comparte poca cosa más que su pasión por la familia, tengo una doble percepción.

Sigue leyendo