Amor y desamor

Yo, (nombre), te dejo de querer a ti, (nombre), como esposa
y me aparto de ti, y prometo dejar de serte fiel
en la prosperidad y en la adversidad,
en la salud y en la enfermedad,
y así olvidarte e ignorarte
todos los días de mi vida.

Suena muy duro… y, sin embargo, podría ser la formula del divorcio.

Hoy no me tocaba escribir, pero, a raíz de mi último post, “El acierto”, he recibido un comentario de una persona buena e inteligente que se preguntaba si no era un poco duro y cerrado ese pensar que la felicidad se encuentra en dar amor. ¿Qué pasa si no lo recibes?, se preguntaba. ¿Dónde queda la felicidad cuando no hay correspondencia en el amor? Y decidí ponerme a escribir.

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El acierto

Este lunes estrenaba yo mi bicicleta nueva. Fui a Misa y salí con prisa porque llegaba tarde a otro sitio. Al salir, desplegué mi bicicleta, que tenía escondida tras un banco, salí apresuradamente y, cuando iba a montar en ella, oí detrás de mí una voz que me llamaba. Era un joven que había conocido un par de años antes. Me asaltó sobre la marcha. Me dijo que había leído mi post sobre el avión y el paracaídas y quería hacerme una pregunta: “tú dices que, una vez has saltado en paracaídas, has de centrarte en abrir el paracaídas y olvidarte del avión. Pero…, yo me pregunto, ¿y si no acertaste al escoger el avión? ¿cómo puedes estar seguro de que ese era el avión de tu vida, tu avión?”

Recordé enseguida la analogía del avión y el paracaídas, que he utilizado varias veces, aunque no recordaba exactamente el contenido del post. La idea de fondo es que, una vez has adquirido el valor de tomar la decisión de amar a alguien para siempre, te has de concentrar en el nuevo horizonte de libertad que te ofrece esa decisión, es decir, en la persona amada, y olvidarte de si esa decisión fue o no acertada.

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¿Mi mejor amiga?

Ayer tuve la oportunidad de compartir un buen rato telemático con los padres del colegio Itahue, en Concepción, Chile, durante los eventos de su 30 aniversario, dando una charla sobre comunicación matrimonial. En el tiempo de preguntas, me hicieron una muy interesante: ¿qué te parece que un hombre casado tenga como mejor amiga a una mujer -distinta de la suya, claro- o, viceversa, una mujer casada tenga un varón mejor-amigo?

Cuando te hacen una pregunta nueva tras una conferencia, tu cerebro va intentando recordar lo que sabe sobre aquella cuestión, la memoria busca en las experiencias, las lecturas, las conversaciones, etc. Y, a mí, lo primero que se me vino a la cabeza fueron casos más o menos cercanos de infidelidades o separaciones matrimoniales que comenzaron por una amistad aparentemente inocua.

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Fuertes para amar

Hablar de fortaleza es hablar de libertad, de libertad para amar, para hacer el bien. El bien es muchas veces arduo y difícil, y la tendencia a huir de lo doloroso es una dificultad para el uso de la libertad que libremente debo vencer, explica Carlos Cardona en Ética del quehacer educativo.

Este es el marco adecuado de la fortaleza: la tendencia al bien, al mayor bien posible. También para hacer el mal con eficacia es necesaria la fortaleza, aunque en este caso, al no estar informada por el amor, deja de ser virtud.

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El padre de tus hijos

Recuerdo que, cuando mis hijos eran pequeños, un amigo que tenía solo niñas me dijo: de vez en cuando pido prestado algún sobrinito para que mis hijas vayan conociendo de manera natural la diferencia entre hombre y mujer. Hablo de edades muy tempranas, cuando los niños todavía viven en la que San Juan Pablo II llamó la “inocencia originaria”.

Me pareció una forma ingeniosa de ponerles ante la realidad de la condición sexuada del ser humano. Al fin y al cabo, la única manera de entender el cuerpo del varón es a través del cuerpo de la mujer, y viceversa.

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Homo deus?

Este mes de agosto tenía que escribir un artículo sobre la familia y he dedicado parte del tiempo de lectura a releer algunos libros que me orientaran. Cómo no, uno de ellos ha sido una de las joyas sobre la ética educativa en la familia y fuera de ella: Ética del quehacer educativo, de Carlos Cardona.

Y, en esta grata tarea, topé con la enumeración de las que él llama “reducciones falsificadoras” de nuestra cultura. Una de ellas la enuncia así: “la eternidad como temporalidad ilimitada”. Y me llamó la atención.

Por aquellos enigmas de la mente, asocié este binomio (eternidad versus temporalidad ilimitada) con los best sellers Sapiens y Homo deus, de Yuval Noah Harari, una de cuyas tesis es que el ser humano está a punto de traspasar la frontera que le transformará en dios (con minúscula), es decir, en inmortal.

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El pestillo

Hace ya unos años, un amigo mío me comentó, preocupado, que últimamente su mujer rehuía habitualmente las relaciones sexuales. En los últimos meses (¿años?) las habían tenido raramente. La relación matrimonial era buena y no existían grandes discrepancias ni enfrentamientos en el matrimonio. Al indagar un poco más las probables causas, me contó que ni su propia mujer sabía bien lo que le pasaba. Una de las razones que ella le daba era que se sentía incómoda teniendo relaciones mientras los hijos, muy pequeños todavía, estaban en casa y estaba tensa por si se levantaban y entraban en la habitación.

Le hice una pregunta muy sencilla: ¿tenéis pestillo? No tenían.

Recuerdo que una de nuestras hijas, cuando era pequeña, llegó un día algo desconcertada del parvulario porque una amiga suya le había dicho que sus padres algunas noches se peleaban, ella se acercaba a ver qué pasaba y veía que su padre se ponía encima de su madre.

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Persona y cualidades

Desde una perspectiva superficial, el amor puede parecer caprichoso. Me parece que es una experiencia común sorprenderse ante la falta de aparente equilibrio o sintonía de ciertos matrimonios. Vas a una cena, conoces a un matrimonio nuevo, les ves tan felices, pero, desde tu visión superflua y exterior, hay algo que no encaja. Y, volviendo, comentas con tu mujer: “extraña pareja, no pega nada”.

A lo mejor, ha sido algo tan insustancial como la altura (ella es 10 cm más alta que él), la edad (él es 8 años menor que ella) o el tamaño. Aunque puede tratarse de algo más profundo: el tono vital, la educación, la alegría, el origen familiar, el sentido del humor…, disonancias aparentes en atributos que se quedan por debajo de la condición personal.

Es natural que deseemos para la persona amada la máxima cantidad de cualidades. El peligro consiste en detenerse en ellas. La persona es algo más que la suma de cualidades.

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Mejor prevenir que curar

Vivimos tiempos de prevención, prevención de incendios, prevención de enfermedades… Los dichos populares no son garantía de acierto, pero todo el mundo parece coincidir en que es mejor prevenir que curar. Y aún más si la cura no existe o no es del todo eficaz, como pasa con el coronavirus.

Lo mismo sucede en materia de amores. Si uno quiere mantenerse unido, hay que tomar una serie de prevenciones. En eso consiste esencialmente el amor, en estar cada día más unidos. En no separarse. Sobre todo, emocional, psíquica y espiritualmente, aunque también, si se puede, físicamente.

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Imago Dei

Hay gente a la que no le gustan las bodas. Les parecen un montaje. Y es comprensible si uno se queda solo con la fiesta, que no deja de tener su importancia.

El sábado pasado se casó la primera de nuestras hijas. La primera en casarse, quiero decir, porque fue la cuarta en nacer. Y he dejado pasar una semana antes de escribir este post porque no quería que fuera algo íntimo y teñido de emociones. Con nuestra hija he tenido ya muchos momentos de emoción muy intensa estos días, también durante la celebración, pero eso ha de quedar en nuestros corazones.

Esta semana, mientras meditaba sobre este gran acontecimiento, iban cobrando sentido tantos detalles de una boda que antes me habían pasado desapercibidos.

La novedad del amor, su condición de acontecimiento nuevo e imprevisible antes de encontrarse con él, tan bien reflejado en la blancura del vestido de la novia, que invita a pensar en esa hoja en blanco que es el matrimonio, en que cada día hay que escribir y reescribir una historia inédita.

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