Cuerpos… y almas

En las últimas semanas, con ocasión de unas declaraciones francamente ofensivas para las mujeres, resulta inevitable que Donald Trump se cuele en las conversaciones. Sin embargo, me voy a abstener de hablar del personaje; sé muy pocas cosas de él y podría ser injusto. Tampoco analizaré sus palabras, no sea que vaya a fomentar la obscenidad.

Pero sí me gustaría analizar el trasfondo que subyace bajo esta postura (o impostura). Esta sociedad nuestra tiene de vez en cuando algunos ramalazos farisaicos que llaman la atención.

Me explicaré. Buena parte de nuestra sociedad está instalada en una enfermedad del alma que no quiere reconocer: la ignorancia de que el cuerpo es también parte de la persona y tiene su misma dignidad.

Lo habitual en muchos entornos es que al cuerpo se le trate como a mero objeto. Por ejemplo, entre los jóvenes ya no escandaliza a nadie que, además de amigos y conocidos, se tengan uno o varios follamigos/as. Como suena. Se trata de un cuerpo con el que se evita tener otro trato personal que no sea la obtención de placer mutuo cuando aprieta el deseo. Basta una llamada y se consuma la relación genital. Lo importante es no elevarse al nivel de la persona, no entregar el espíritu, mantenerse siempre a un nivel de objeto, de mero instrumento de placer. Estoy seguro de que a ninguno de los que así actúan les habrán escandalizado las opiniones del Sr. Trump cuando ha degradado a la mujer al nivel de cosa.

Decía que quería ir al trasfondo. Pienso que lo que está en juego es el triunfo de la intimidad, que es uno de los rasgos que nos define como personas y nos distingue de los animales: “no me mires como a un objeto, soy un cuerpo personal, tengo una intimidad que también forma parte de mí. Si solo te fijas en mi cuerpo, no me conoces, no sabes quién soy y me cosificas”.

Por eso, de manera natural, surge en el ser humano el pudor, del que carecen los animales. El pudor, como explica José Noriega, constituye una reacción de autodefensa ante el riesgo de ser reducido por la mirada ajena del mismo modo que mis tendencias quieren a veces reducir a los demás, contemplando sus cuerpos como un mero objeto de placer.

El ejemplo clásico para ilustrar la importancia del pudor es el de la mujer que se desnuda por una razón justificada, por ejemplo, para una exploración ginecológica. Esta mujer vence el pudor ante la mirada del médico, pero, si dos jóvenes se asoman por la puerta, siente vergüenza porque percibe de inmediato que aquella es una mirada impúdica, que la ve solo como objeto de placer, no como persona.

Descendiendo ya al plano educativo, podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el criterio del pudor? ¿Cómo lo transmito a mis hijos? El criterio lo determina la mirada, la mirada ajena. Mi forma de vestir y de exhibirme debe ser tal que permita a la mirada ajena entrever en el cuerpo a la persona. En la medida en que mi forma de vestir o mis demostraciones afectivas impiden o dificultan esa mirada honda, personal, mi conducta puede ser considerada impúdica, inadecuada para la persona humana. Claro que hay miradas enfermas, incapaces de elevarse al nivel personal, pero, como padres, nuestra responsabilidad primera son las miradas de nuestros hijos e hijas, tanto las que lanzan como las que provocan. ¿Educamos en este pudor a nuestros hijos y a nuestras hijas, para evitar que a nadie se le ocurra nunca más tratarles como a mero objeto de placer o nos da igual que jueguen con su cuerpo como si de un juguete se tratara?

Buenas personas

A medida que nuestros hijos van creciendo, las amistades van adquiriendo relevancia en sus vidas. Lo importante, he dicho muchas veces a mis hijos, es que tus amigos y amigas sean buenas personas, con lo que quiero destacar que hay que mirar el interior de las personas, lo que son, y no lo que poseen o saben o han recibido sin mérito propio.

Sin embargo, de pronto y por distintas circunstancias, este verano me he dado cuenta de que estaba parcialmente equivocado. Ser buena persona es una premisa necesaria, pero no suficiente.

Me explicaré.

Ser una buena persona puede confundirse con ser bondadoso. Está muy bien ser bondadoso, pacífico, manso, amable, tratar bien a los demás, etc., pero puede no bastar. Hay bondadosos improductivos: no hacen daño a nadie, pero tampoco hacen, activamente, bien a nadie. Se limitan a estar: escuchan (que no es poco), aconsejan (que es bastante), incluso templan los ánimos (que es hasta mucho), pero no tiran del carro. Se dejan llevar.

Mi socio y buen amigo, Xavier Amat, muy dado a las imágenes, distingue siempre entre los que tiran del carro y los que van subidos en él. Hay muchos bondadosos, bonachones, que van siempre encima del carro. Y desaprovechan buena parte de sus cualidades.

Así que, a partir de ahora, no me limitaré a aconsejar a mis hijos que ayuden a sus amigos a ser buenas personas, sino, también y sobre todo, a ser personas buenas.

Una buena persona, un bondadoso, lo puede ser por naturaleza, por carácter, casi por casualidad. Una persona buena, no. Una persona buena es la que se hace tal. Puede ser de natural maliciosa, torcida, desconfiada, zafia, pero se da cuenta y decide ser buena. Claro que también se puede ser bondadoso y decidir, además, ser bueno.

¿Y cómo se logra ser una persona buena además de una buena persona? Pues, haciendo cosas buenas. Hay quien piensa que las personas bondadosas hacen cosas buenas y las maliciosas cosas malas, pero  esto no siempre se cumple; más bien, la ecuación es a la inversa: los que hacen cosas buenas sí acaban siendo personas buenas, como consecuencia de la fuerza configuradora de la personalidad que tiene la virtud.

En efecto, este verano he coincidido con algunas buenas personas que, literalmente, han tirado el mes de agosto por la borda, un mes perdido. Han deambulado por él. Sin hacer daño a nadie, claro, porque son bondadosos, pero teniendo muy poca iniciativa para hacer cosas buenas, buenas de verdad, con esfuerzo y olvido de sí, con iniciativa, por los demás. Han dormido, han bailado, han bebido, han comido, han jugado, según procedía en cada momento,… y, de repente, ha llegado septiembre.

Y a mí me gustaría que los amigos y amigas de mis hijos, además de ser buenas personas, hicieran cosas buenas, que no se limitaran a vagar por el aburrido campo de los propios antojos y deseos. E, incluso, que alguno de ellos soñara con cambiar el mundo…, ¡y lo intentara!

Y de estos, gracias a Dios, también he conocido a unos cuantos.

Amar se escribe contigo

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La entrada de hoy es daros a conocer el libro que acabo de publicar con la editorial Teconté (http://edicionesteconte.com/). A continuación transcribo  el texto que consta en la contracubierta. ¡Espero que os guste!:

¡Qué fácil, escribir sobre el amor! ¡Qué difícil, vivirlo en plenitud! Y, sin embargo, es nuestra realidad diaria, el camino hacia nuestra felicidad. ¿Cuánto tiempo dedicamos a leer y a estudiar para ser un buen profesional, para entender las nuevas tecnologías o para aprobar el carnet de conducir? ¿Y cuánto tiempo dedicamos a prepararnos para ser felices en nuestro matrimonio, en el ámbito próximo y seguro de nuestra felicidad?

“Escribir sobre el amor es lo más normal. No debería extrañar a nadie. Amar es nuestra naturaleza. Nuestra condición es el amor. Y, como estamos hechos para amar, la manera de amarnos a nosotros mismos consiste en amar a los demás. Cuanto más amamos, más nos amamos, porque amando realizamos y colmamos nuestra naturaleza”.

Si usted no está de acuerdo con esta tesis, que el autor de este libro lanza desde sus primeras páginas, no hace falta que lo compre. Si le parece asumible, adelante. Quizás logre encontrar en él algo de sí mismo.

“Sobre el amor y el matrimonio está todo dicho. Solo cabe encontrar diferentes maneras de decir lo mismo. El reto no es decirlo, sino vivirlo. Y, sin embargo, uno, que no tiene remedio, anda siempre a vueltas con el amor”.

Todos andamos a vueltas con el amor. En las páginas de este libro hay retazos de vida, golpes de experiencia, propia y ajena, y reflexiones procedentes de muchos años de dedicación a diversas actividades sobre el matrimonio. No se pretende la adhesión acrítica a las ideas en él expuestas, sino despertar, o solo avivar, la inquietud, primero intelectual, después vital, sobre nuestra felicidad matrimonial. Nadie se casa para separarse. Nadie decide amar a otra persona para hacerla infeliz. Pero no basta con querer…, hay que saber.

 

Titulum Vitae

La vuelta al cole, y a la universidad. De nuevo, los deberes, el horario y la rutina de estudio, los exámenes…, y nuestra postura (de los padres) ante todo ello. ¿Qué pedimos a nuestros hijos en términos de estudio y conocimiento? ¿Qué mensajes les lanzamos?

¿Tenemos la visión utilitarista que denuncia Tomás Melendo en su libro ‘La Hora de la Familia’?: “Cuando los colegios e institutos se olvidan de comunicar a los alumnos la idea de que aprender tiene en sí su propia paga -entre otras, y por delante de ellas, el mismo saber-, cuando juegan en exceso con las calificaciones, presentándolas como premio o como castigo de la labor realizada, cuando los exámenes son el móvil supremo…, están alimentando en sus alumnos el convencimiento de que el trabajo no encuentra en sí mismo y en el servicio a los demás su propia recompensa, y hacen todo lo posible para que, con el correr del tiempo, sus ex-pupilos se sumerjan, con toda la fuerza y el empuje que permiten sus propias capacidades y las circunstancias del entorno, en la cultura del éxito por el éxito”.

Se comprende que, para alcanzar cualquier meta, es inevitable motivar con objetivos parciales, y los exámenes y calificaciones constituyen en este sentido un objetivo, una meta provisional que ayuda a lograr el fin auténtico: el conocimiento, la mejora personal y el mejor servicio a los demás que esa mejora permite.

Pero no podemos olvidar que, en este ámbito, el éxito no está en conseguir el objetivo, sino en participar del bien que el objetivo ayuda a conseguir. El bien (el saber) es aquí el fin, mientras que el objetivo (sacar la mejor nota posible en el examen) es el medio para alcanzarlo. En otro caso, si solo el objetivo diera sentido a la vida, resultaría que una vida en pos de un objetivo (por alto que este fuera) que se truncara antes de conseguirlo sería una vida malograda. Y esto no se puede aceptar en absoluto, pues puede ser una vida mucho más plena aquella que lucha por un objetivo participando del bien que se persigue que aquella otra que va solo en pos del resultado (el éxito por el éxito) y lo obtiene sin alcanzar ni reconocer siquiera el bien que aquél está llamado a procurarle.

Carl Gustav Jung, el conocido psicólogo, ya advirtió de este peligro de la ‘titulitis’ o ‘profesionalitis’: “[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”.

Que aprueben, sí; que saquen buenas notas, mejor; pero, por encima de todo, que aprendan a valorar el saber que les permitirá crecer como personas para poder ayudar a los demás mejor y más eficazmente y devolver a la sociedad todo lo que les ha dado tras siglos de civilización.

Todo un reto para los padres en este inicio de curso.

Vacar

Vacaciones viene del verbo ‘vacar’, que no consiste en hacer la vaca, sino en “cesar por algún tiempo en los habituales negocios, estudios o trabajo”. Sin embargo, lo más frecuente es que se confunda con un verbo muy similar, ‘vagar’, cuya acepción más extendida es “estar ocioso”.

Lo curioso es que el primer verbo, vacar, se completa con una acepción mucho más interesante: “dedicarse o entregarse enteramente a un ejercicio determinado”. ¡Eso son las vacaciones! No el ‘dolce far niente’, cuya dulzura dura apenas el tiempo, breve, que cada uno tarda en transformarse en una ameba humana, sino el cambiar de actividad para dedicarse (‘enteramente’, dice el diccionario) a otra u otras diferentes. De lo contrario, uno acaba diseñando unas ‘vagaciones’ en lugar de unas ‘vacaciones’, y, entonces, el riesgo de acabar pastando como una vaca empieza a ser muy real.

Un efecto extraño que producen las vacaciones en algunos que solo saben conjugar el verbo vagar (y no conocen el verbo vacar) es que solo se acuerdan de sí mismos, de sus intereses y ‘necesidades’. Y, claro, cuando uno se centra en sí mismo, además de acabar aburriéndose como una ostra (o como un adolescente, que suele ser el egocentrado por excelencia), llega incluso a olvidarse de verdades esenciales. Por ejemplo, que está casado, que su mujer también tiene intención de descansar en vacaciones, que tiene hijos, que el tiempo sigue siendo limitado, etc., etc., etc. Por este camino se acaban preparando unas egocaciones, que consisten, básicamente, en preparar ‘mi’ golf, ‘mi pádel’, ‘mis’ salidas en moto, ‘mis’ lecturas, ‘mis’ cervezas, ‘mis’ siestas… y olvidarse de todo y de todos los demás.

Otro peligro de las vacaciones es el dominio de la imaginación sobre la razón, que afecta más a los varones que a las mujeres.

Por ejemplo: un amigo que tiene un precioso yate nos invita a navegar el próximo sábado

El marido, que es a quien se transmite la invitación, imagina: “A ver…, estamos de vacaciones, anuncian buen tiempo para el sábado, a mi mujer y a mí nos encanta navegar, hace tiempo que no vemos a estos amigos. ¡Genial!” Y acepta sobre la marcha la invitación, encantado de la vida.

Cuando llega a casa, su mujer no imagina, piensa: “Tenemos un bebé de seis meses con otitis, este sábado Juan tiene una fiesta de cumpleaños, hemos dicho a mis suegros que vengan a casa a comer y María se va a la hípica con sus amigas… -Les has dicho que no podemos, ¿verdad, cariño?

Como algunos estamos ya vacando, termino ya. Tres ideas sencillas para las vacaciones: (i) descansar cambiando de actividad, no cayendo en la inactividad; (ii) acordarse de que los que nos rodean también quieren descansar y les gustaría escoger su propia actividad y (iii) si has decidido imaginar en lugar de pensar, entonces no puedes tomar decisiones (has de consultar antes).

Felices vacaciones.

Monstruos

En uno de los grabados de la serie Los Caprichos, de Goya, se puede leer la famosa frase: “El sueño de la razón produce monstruos”. El propio Goya la explica en el manuscrito que se conserva en el Museo del Prado: «La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas».

La fantasía, la utopía, la pasión incontrolada, en efecto, producen monstruos. Pero las mismas facultades unidas a la razón generan bien, verdad y belleza.

Después de los atentados de Niza, todos hemos oído y utilizado las expresiones habituales: es una salvajada, una bestialidad, ¿cómo puede hacer esto un hombre?

Solo el ser humano puede transformarse en un monstruo

Y, precisamente, ahí radica parte del problema, en la dificultad que a veces tenemos para aceptar que solo el hombre es capaz de una barbarie semejante. El animal, la bestia está limitada y condicionada por su propia estructura biológica, que sigue a ciegas, respondiendo siempre de la misma manera a los mismos estímulos. Por eso, el animal nunca se transforma en un monstruo: su propia naturaleza se lo impide. No mata por matar; no acumula riqueza por capricho…

Por el contrario, el ser humano es capaz de lo más alto y de lo más bajo, de lo más loable y de lo más despreciable, de lo más noble y de lo más mísero. Porque su naturaleza no es mera biología, sino cuerpo y espíritu: tendencias biológicas, sí, pero también afectos, emociones, pasiones, y, con ellas, razón, memoria, voluntad. “Inteligencia deseosa” o “deseo inteligente”, como decía Aristóteles.

El dominio de la pasión

Cuando la pasión, cualquier pasión, se separa o se apodera de la razón, produce monstruos capaces de generar el máximo mal posible, el dolor más profundo.

Los santos y héroes de la humanidad han sido grandes apasionados, pero no han renegado de su condición humana, no han vivido ni actuado de espaldas a la razón. El peligro no está en la intensidad de la pasión —un hombre sin pasiones no es un hombre—, sino en la usurpación del papel de la razón por parte del sentimiento. Cuando el sentimiento asume un rol que no le corresponde y dirige a la persona, la razón se pone a su servicio y puede concebir un monstruo inteligente.

¿Cómo evitar que la fantasía humana o la pasión desmedida (¡tan humana!) se separen de la razón?

La familia como antídoto

Apunto un camino: la familia. La familia, sobre todo cuando es estable, nos da la identidad personal, nos ubica en el mundo, nos humaniza. La familia nos otorga la filiación, nos sumerge en la fraternidad, que es la base sobre la que se edifica la futura solidaridad.

En la mayoría de los casos, si se sigue la biografía de un terrorista, de un ‘monstruo’ humano, se descubre un momento en que se produce una ‘desafiliación’, una desafección familiar, un apartamiento. Al asesino de Niza le recuerdan sus vecinos como “solitario, silencioso, cerrado, aislado y de pocos amigos”.

Y el ser humano solo, sin lazos familiares, sin vida de familia compartida se encuentra perdido, no sabe quién es y busca un ‘lugar’ al que afiliarse, hacerse hijo, miembro de un grupo. Y ahí están las organizaciones terroristas, al acecho, para darle un cobijo, un techo de identidad compartida, despertando hábilmente alguna pasión que dirija y controle su vida a expensas de la razón.

Batacazos

En estas fechas se habla mucho de las pruebas de la Selectividad. Y, sin embargo, en algunas carreras, la auténtica selección se hace en el primer curso. En algunos casos, sobre todo en las ingenierías y otras carreras técnicas, parece ser un criterio establecido.

Cuando el alumno no aprende

A mí me parece un poco absurdo, pero admito que no soy un experto en la materia. Cuando hace ya casi treinta años empecé a dar clases en la Universidad, una persona muy querida me lanzó una frase que nunca he olvidado: “cuando el alumno no aprende es que el profesor no enseña”. Y, desde entonces, he desconfiado de los profesores que se jactan de tener un alto índice de suspensos, como si la dificultad para transmitir ciencia a sus alumnos de manera comprensible fuera un indicador del nivel académico del profesor.

Ya les suspenderá la vida

Es cierto que la postura opuesta —aprobar sin exigencia— no es menos nociva que la anterior. Cuentan de un prestigioso catedrático que, cuando le interrogaban sobre el alto índice de aprobados de su asignatura, contestaba: “yo les apruebo, ya les suspenderá la vida”. Mal profesor, pienso yo. Una de las misiones que los padres encomendamos a la Universidad es, precisamente, que prepare a nuestros hijos para que aprueben en la vida, aunque para ello tengan que suspender en la Universidad.

El uso de la libertad

Pero hay otra selección que también se produce en primero de carrera y que no depende ni del profesor ni del tipo de carrera escogida: la del uso de la libertad.

Saliendo del colegio, a sus 18 años, nuestros jóvenes se topan de bruces con un nivel de autonomía que antes la mayoría de ellos desconocían, y no todos saben administrarla.

Una de las acciones más características de la libertad humana es la facultad de elegir. Pero toda elección implica renuncia y, a veces, cuesta aceptarlo. A todos nos ha pasado alguna vez: hacemos una elección y percibimos una falta de libertad, como si lo que hemos dejado al elegir tuviera más peso que lo que hemos escogido. Y nos engañamos pensando que si mantenemos abiertas las otras opciones que no hemos escogido (en los años universitarios: ‘salir’ con mayor frecuencia de la que permiten los estudios, acumular mil actividades –¡incluso buenas!-, postergar invariablemente el estudio, etc.), conservamos un mayor margen de libertad.

Coherencia vital

La consecuencia es una falta de coherencia vital, pues no sabemos vivir en la elección que hemos hecho. La libertad se deprime entonces, porque no ha sido capaz de ser ella misma. La libertad auténtica, primero, escoge y, después, se introduce de plano, con audacia, en el nuevo horizonte de libertad que le abre la elección realizada. Y allí descubre un nuevo ámbito de ejercicio, una nueva libertad. La libertad se conquista a golpes de libertad. Por eso, para saber a qué hemos de decir ‘no’ es muy conveniente antes saber —y recordar— a qué hemos dicho ‘sí’.

El batacazo y… ¡arriba!

Naturalmente, cabe el error —¡somos humanos!—, y siempre se está a tiempo de rectificar; pero no hay peor error que, por querer ser libre, dejar de serlo y no ejercer la libertad: un contrasentido. Entonces llega el batacazo. No importa. Para eso está la Universidad: para aprender de estos batacazos… y aprobar después en la vida.

Dolor

 Martes, 28 de junio. Cuarenta y tres muertos y más de doscientos heridos en un ataque suicida del terrorismo yihadista en Estambul. Una protesta, algún aspaviento, un suspiro, comentarios de rutina, imágenes en la retina ya medio olvidadas… Hace apenas una semana y ya es un vago recuerdo, sepultado por otras más de doscientas personas que encontraron la muerte en Bagdad antes de ayer, lunes, 4 de julio.

Me ha venido a la cabeza este versito de mi juventud:

Esas lágrimas que viertes
pueden al mundo salvar
si son gotas de una fuente
con que lo puedas regar.
Mas, si son lágrimas solas,
deja de lloriquear,
que ya tiene quien le llora
sin que le sepa aliviar

No es fácil hacer algo desde tan lejos. ¡Hay tantas causas por las que luchar! Sin embargo, hay una tarea pendiente en muchas familias y en muchos de nosotros: la educación sentimental. Consiste, básicamente, en lograr la que Alejandro Llano denomina “libertad emocional”: “la integración positiva de los sentimientos y pasiones en la recta comprensión del mundo y de uno mismo”. Es decir, sentir las cosas como son, que nos parezca y sintamos como bueno lo que es bueno y como malo lo que es malo.

Un primer paso es que lo verdaderamente importante no pase desapercibido ni resbale por nuestra piel encallecida, no vaya a suceder que sintamos más próxima y dolorosa la muerte de nuestro perro que la de doscientas personas. El dolor ajeno reclama algo más que un comentario. Exige, en primer lugar, tiempo. Un tiempo de reflexión, a solas, en tu habitación. Con esfuerzo emocional. Intentando poner el corazón para sentir el dolor y la tristeza que afligen a los supervivientes y a los familiares de las víctimas.

Consiste en hacerse poeta por unos momentos, intentar penetrar sus sentimientos, retener su angustia, capturar su desesperación, abrazar su impotencia y escribir un poema interior que nos ayude a ponernos en lugar del otro. Y, después, revestir la emoción de humanidad, no dejarla suelta ni encerrada en sí misma, dar sentido al sentimiento y transformar la rabia inicial en comprensión, incluso en amor. “Odia el delito, compadece al delincuente”, sugería Concepción Arenal.

Si se da este paso, la meditación personal, ya es mucho. El siguiente es compartirlo en familia, hacer ver a nuestros hijos que no pueden, no deben pasar de puntillas por el dolor ajeno, aunque sea lejano y casi imperceptible; que han de detenerse en él, no para recrearse, pero sí para ‘compadecer’ (padecer con) y acompañar, aun desde la distancia.

Esa es la libertad emocional, la capacidad de crear un sentimiento auténtico e integrarlo en nuestra biografía. La vida hará el resto, pues, como recordaba Julián Marías, “no se piensa con el cerebro, sino con la vida”. Ella, la vida misma, al “sentir” y no sólo conocer la verdad, nos indicará la causa que hemos de apoyar para que nuestras lágrimas no sean estériles.

Pactos

El lugar del ser humano

Una de las ideas fuerza de este blog es que la familia es el lugar propio del ser humano y, por lo tanto, el referente de todas sus actuaciones. La empresa, la política, el ocio, el deporte, la cultura… y, dentro de ellas, cualquier grupo humano, ha de mirarse en el espejo de la familia ante las encrucijadas del destino si de verdad quiere respetar a la persona.

El lugar de la diversidad

La familia es, además, el lugar de la diversidad. En ella hay esencialmente un elemento que une: el amor mutuo. Lo demás es pura diversidad: edad, salud, formación, capacidades, intereses, horarios, preferencias de ocio, opciones políticas… Pero lo que une, siendo poco en extensión es mucho en intensidad. Básicamente, que el otro interesa, es querido por lo que es y no por lo que hace, tiene o aporta.

Presunción de inocencia

Por eso, los pactos son más fáciles en familia, porque, por un lado, se impone una auténtica presunción de inocencia: “incluso cuando se equivoca creo que tiene buena intención y busca mi bien y el de todos, no el suyo propio”. Más que nada porque pensar lo contrario es considerarme a mí mismo un egoísta, pues estoy convencido de que nadie en mi familia dudará de que yo también tengo buenas intenciones cuando, por error o por torpeza, hago daño a alguien, lo que, a veces y muy a mi pesar, ocurre.

Averiguar lo que une

Y, por otro lado, aquello que une en la familia es tan fuerte que constituye un mínimo común denominador, una base sólida sobre la cual se puede construir. A veces, no sucede así, y la familia acaba rompiéndose, pero si uno se empeña, acaba siempre descubriendo el punto de partida que une y desde el que se puede volver a edificar la relación.

En efecto, todas las familias han de integrar biografías diferentes, procedencias diversas, estilos particulares. Y esta armonización exige concesiones. No se trata de anular al otro, sino de encontrar el equilibrio que permita a cada uno crecer en el nuevo horizonte de libertad que ofrece la unión, sin ceder en lo esencial, pero adaptando lo secundario, hasta edificar la nueva personalidad que nos identificará y distinguirá como familia. Agustín de Hipona aconsejaba: “in necesariis, unitas; in dubiis, libertas; in ómnibus, caritas” (en lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad).

Pactos para formar Gobierno

En España es la hora de los pactos para formar Gobierno, y también la familia puede servir de ejemplo: buscar primero lo que une (que suele ser más que lo que separa), partir de la buena intención de todos (si no se acredita lo contrario, que todo es posible) y empezar a construir a partir de estas premisas.

¡Lo siento! ¡Olvídenlo! No funcionará. Me olvidaba de algo fundamental, tanto en familia como en política: la humildad de saber perdonar los agravios, olvidarlos y reconocer que el otro también puede acertar, o equivocarse sin mala intención. ¡Ah, y la capacidad de rectificación!

¿O… incluso esto es posible también en política?

Familiarmente

¡Por fin, el blog! Lo mío me ha costado. Primero, mentalizarme (“es exigente”, “te obligará a escribir periódicamente”, “cada semana”, “no, quince días”, “has de ordenar todo lo que tienes escrito”…). Después, aclararme (menos mal que mi hija y mi sobrino me han dado una clase de urgencia). Por último, lanzarme.

Así que me he puesto. Y aquí está. Todavía en pañales. Sin experiencia. Sin contenido suficiente. Poco colorido. Con estética discutible. Todo se irá mejorando. De momento, empiezo, que ya es mucho, y el tiempo dirá.

Y lo hago en un fin de semana especial: brexit, elecciones en España, escándalos políticos. ¿Especial? No tanto. Cambia lo que tiene que cambiar. Lo inestable, lo epidérmico: británico, europeo, escocés, gibraltareño, catalán y español, Ciudadanos, PP, PSOE, Unidos-Podemos… ¿Qué grado de influencia tienen en mi condición personal?

Y permanece lo que ha de hacerlo. Mi familia, mis amigos, yo mismo. ¿O acaso ha puesto usted su personalidad en su opción política, o en el lugar de su nacimiento, o en su nacionalidad? Si así fuera, ¡qué triste! ¿No? Confundir el todo con la parte. ¿No es capaz usted de reconocer en sí mismo un fondo auténtico, que le hace ser quien es con independencia de dónde haya nacido, a quién vote y cuánto baje la bolsa?

El ser humano es un ser familiar. Nuestra identidad está en nuestra familia. De ahí este blog. Sin familia todo es más difícil. Si tiene un mal día, viva en clave de familia, “familiarmente”, y todo volverá a su cauce.