Bien, valor, virtud… y Reyes Magos

Descubrí la diferencia entre el bien y el valor cuando, en los comienzos de mi carrera profesional, un cliente planteó una peculiar consulta. Quería dejar en vida todo su patrimonio a su mujer y a sus dos hijas pequeñas. Desposeerse de todo. ¡Qué generoso!, pensé, hasta que aclaró el motivo: había descubierto su vocación y quería dejar a su esposa e hijas para irse como misionero laico a un país del Tercer Mundo.

Lo que parecía un acto de generosidad se había transformado de pronto en un acto de búsqueda de la propia realización personal a costa de la felicidad ajena. Fallaba lo que San Agustín había llamado el ordo amoris, la jerarquía de los amores, porque dejar de amar a los cercanos, a quienes se ha prometido amor, por razón de los extraños, por más que se vista de generosidad, no deja de ser una actitud egocéntrica, en la que el fin soy yo y los medios o instrumentos para lograrlo, los otros, que devienen intercambiables.

El bien es lo que objetivamente conviene al ser humano. La generosidad, la entrega a los demás es, por lo tanto, objetivamente, un bien. El valor es, en cambio, “lo que ‘aparece’ como bien, y naturalmente para mí y según mi situación”, explica Carlos Cardona; la concreción, la individualización del bien general según mis circunstancias personales. Pero, para que siga siendo valor, ha de estar anclado al bien y a la valoración objetiva de mis circunstancias, porque si mi interés personal lo transmuta, puede llegar a parecerme valor lo que, siendo objetivamente un bien, deja de serlo ‘para mí, ahora’, como sucede en el ejemplo.

Ahora bien, el valor tampoco es suficiente para educar, ni para amar. El valor es lo que se descubre como valioso y pide simplemente ser descubierto y contemplado. Para vivir un valor hace falta la virtud, que se adquiere habitualmente a fuerza de repetir actos buenos. Según José Antonio Marina, la educación en virtudes fue abandonada “de manera estúpida” por considerarla vinculada a la religión, aunque no tiene su origen en el cristianismo sino en la cultura griega. En un intento por secularizar esta idea se empezó a hablar de “educación en valores”, lo que, para este autor, supone un reduccionismo y resulta “muy teórica, muy descafeinada y muy poco eficaz”. La virtud es, en efecto, según una definición clásica, la realización de las posibilidades humanas en el aspecto natural y sobrenatural. La virtud otorga, por tanto, la capacidad de vivir un valor.

Esta semana vienen los Reyes Magos…, y todos queremos ser generosos. La generosidad, qué duda cabe, es un bien. Pero hay que hacer de ese bien un valor; es decir, transformarlo en regalos que realmente, según nuestras circunstancias, las de nuestros hijos y las de la sociedad en que vivimos, sean un auténtico valor, y no necesariamente material. Y después, desde el minuto inmediatamente posterior a la apertura de los regalos, vivir esos valores con la fuerza de la virtud, para que nosotros y nuestros hijos sepamos ser agradecidos y pongamos nuestros regalos (talentos, capacidades…) al servicio de los demás, porque una virtud sin amor fácilmente se degrada en fría competencia.

Que los Reyes traigan muchas cosas buenas…, ¡y también se lleven algunas malas!

¿Se equivocó Dios?


Hace unos cuantos años, cuando empezaba a interesarme por los temas de educación y familia, un experimentado moderador de cursos de orientación familiar para padres me dijo que él ya no moderaba sesiones porque no se sentía con autoridad para hacerlo, dado que, según él creía, había fracasado con algunos de sus hijos. Deducía este fracaso del estilo de vida de esos hijos, alejado del suyo propio, y fundado, al menos en apariencia, en otros valores.

Pensé entonces que era una actitud coherente: si no has sabido transmitir a tus hijos los bienes y valores que tú vives, ¿cómo los vas a enseñar a los demás?

Dejando al margen que un moderador en un curso de orientación familiar no debería enseñar, sino compartir y aprender de los padres a quienes modera, logrando que ellos digan lo que a él le gustaría haber dicho, pienso ahora que, aunque coherente, mi interlocutor estaba equivocado.

Me viene a la cabeza justamente ahora, en vísperas de Navidad, cuando Dios se hace hombre. Y me hago la pregunta que da título a esta entrada: ¿se equivocó Dios? ¿Le salió mal el hombre? ¿No supo educarlo? Y, después de ese fracaso, ¿osó enviar a su Hijo para que enseñara el hombre al hombre? ¿No hubiera sido más coherente olvidarse de su criatura y no venir con nuevas enseñanzas, precisamente Él, que había fracasado la primera vez?

Y es que los padres nos olvidamos demasiado frecuentemente de una condición del ser humano de la que, naturalmente, participan también nuestros hijos: la libertad. Sí, nos lo han dicho muchas veces, hay que educar a los hijos para la libertad, pero no nos lo acabamos de creer. Y, cuando la ejercen y toman una dirección diferente a la nuestra, nos parece que hemos fracasado nosotros.

Varios comentarios quisiera hacer aquí: (i) no somos propietarios de nuestros hijos, intentamos educarlos de la mejor manera que sabemos, y ellos, cuando maduran, toman sus propias decisiones, (ii) como ni ellos son autómatas ni nosotros (hablo por mí) somos deterministas, no existe una relación de causalidad directa entre nuestra educación y sus decisiones futuras, una vez alcanzan la plena autonomía personal, (iii) ellos pueden equivocarse al decidir y nosotros al juzgarlos: ¡qué difícil es en ocasiones saber quién está en lo cierto!, y (iv) hay que huir de los juicios maximalistas tipo bueno o malo, cielo o infierno, entre muchas otras razones que no hay espacio para desarrollar, porque solo Dios ve en los corazones de los hombres y ya advirtió que ‘las prostitutas nos precederían en el Reino de los Cielos’.

Así que, al cabo de los años, pienso que, de la misma manera que Dios no se equivocó, sino que hizo al hombre libre y, a pesar de educarlo bien en el Jardín del Edén, el hombre ejerció, equivocadamente (en este caso, sí), su libertad, los padres, que nos equivocamos muchas veces, hemos de evitar culpabilizarnos de lo que podríamos considerar como fracaso (aparente, insisto) en la educación de algunos de nuestros hijos cuando hemos luchado de verdad por formarnos y educarles bien. Si lo hacemos, podemos acabar negando la libertad, la responsabilidad personal de nuestros hijos, que, a partir de cierta edad, son dueños, -¡y responsables!- de sus propias decisiones, y acabamos convirtiéndolos en posesiones nuestras.

Y, por el camino, nos vamos ensoberbeciendo, al pensar que somos nosotros los que acertamos o fracasamos en las decisiones de nuestros hijos, como si fuéramos más que Dios, que tuvo, ¡y aún tiene!, una paciencia de siglos con todos nosotros.

Menos mal que Él sí se tomó en serio nuestra libertad. Por eso puedo escribir este artículo… ¡y equivocarme!

De nuevo, ¡feliz Navidad!

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Corazones rotos

Hoy voy a escribir sobre un tema difícil pero inevitable que todos hemos de afrontar alguna vez en nuestra vida: el dolor incomprensible.

No me refiero a las penas y contradicciones ordinarias con las que, quién más quién menos, todos aprendemos a convivir. Me refiero al gran desgarro, al más intenso sufrimiento, a aquel que no se puede entender, que rotura nuestras más profundas estructuras y, cuando golpea, parece imposible superar. Me refiero a la pérdida de un hijo, de un marido, de una esposa o de una madre en la plenitud de la vida.

Leí en algún sitio que aquí, en la Tierra, estamos demasiado cerca del dolor, excesivamente pegados a él como para poder vislumbrar la otra cara del sufrimiento, la cara que no vemos, la que está oculta a nuestros ojos, la que solo se ve desde el Cielo. Para entender el sufrimiento solo hay un camino, un camino que parece una paradoja: abrazarlo. Solo así se logra apenas acariciar la otra cara del dolor, la que mira al Cielo y solo Dios conoce. Solo así las manos pueden recibir la luz imperceptible pero cierta que irá invadiendo la persona toda con la humilde suavidad de las cosas grandes. Una luz serena, incluso, con el tiempo, alegre, porque cabe alegría incluso en el dolor.

Abrazarlo, sí, pero no dejarse abrazar por él. Leí también en algún lugar que un alma desgarrada tiene tres salidas para evitar quedarse atrapada en el dolor: hablar, llorar y rezar. Hablar con quien sepa escuchar y pueda entender el dolor ajeno hasta donde esto sea posible; llorar todas las lágrimas interiores y exteriores que quiera verter nuestro amor; rezar con toda la fuerza de que seamos capaces. Hablar, llorar, rezar. Tres salidas para el dolor: boca, ojos, corazón.

Conocí a una madre que trajo varios hijos al mundo consciente del riesgo de que desarrollaran una enfermedad congénita de pronóstico reservado. Un día, alguien poco delicado le dijo: “¿por qué tienes hijos si sabes que se pueden morir en su infancia o juventud?” Ella sonrió y contestó con serenidad: “Traigo mis hijos a la Tierra, pero su último destino es el Cielo”.

Fue una respuesta valiente que escandalizó a más de uno. A mí me evocó unas misteriosas palabras de Santa Teresa: “sabe el Señor lo que puede sufrir cada uno, y a quien ve con fuerza, no se detiene en cumplir en él su voluntad”.  Palabras misteriosas, ciertamente, porque el dolor es un misterio. Pero no olvidemos que, como enseñó Romano Guardini, el misterio es “una medida sobreabundante de verdad, una verdad mayor que nuestras fuerzas. El misterio no está para que el hombre lo resuelva y, de ese modo, lo haga desaparecer, sino para que el hombre se ponga en concordancia con él, respire en él, eche raíces en él”. Probablemente, Santa Teresa se inspiró en el sufrimiento, incomprensible para ella, del amor de su vida, Jesucristo, en su Pasión.

Lo sé, he tenido que recurrir a la fe. Fuera de ella, lo admito, hay grados de sufrimiento difíciles de abrazar. Y en ella, aunque se abrace -que nadie se engañe-, hiere con la misma intensidad.

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Cuerpos… y almas

En las últimas semanas, con ocasión de unas declaraciones francamente ofensivas para las mujeres, resulta inevitable que Donald Trump se cuele en las conversaciones. Sin embargo, me voy a abstener de hablar del personaje; sé muy pocas cosas de él y podría ser injusto. Tampoco analizaré sus palabras, no sea que vaya a fomentar la obscenidad.

Pero sí me gustaría analizar el trasfondo que subyace bajo esta postura (o impostura). Esta sociedad nuestra tiene de vez en cuando algunos ramalazos farisaicos que llaman la atención.

Me explicaré. Buena parte de nuestra sociedad está instalada en una enfermedad del alma que no quiere reconocer: la ignorancia de que el cuerpo es también parte de la persona y tiene su misma dignidad.

Lo habitual en muchos entornos es que al cuerpo se le trate como a mero objeto. Por ejemplo, entre los jóvenes ya no escandaliza a nadie que, además de amigos y conocidos, se tengan uno o varios follamigos/as. Como suena. Se trata de un cuerpo con el que se evita tener otro trato personal que no sea la obtención de placer mutuo cuando aprieta el deseo. Basta una llamada y se consuma la relación genital. Lo importante es no elevarse al nivel de la persona, no entregar el espíritu, mantenerse siempre a un nivel de objeto, de mero instrumento de placer. Estoy seguro de que a ninguno de los que así actúan les habrán escandalizado las opiniones del Sr. Trump cuando ha degradado a la mujer al nivel de cosa.

Decía que quería ir al trasfondo. Pienso que lo que está en juego es el triunfo de la intimidad, que es uno de los rasgos que nos define como personas y nos distingue de los animales: “no me mires como a un objeto, soy un cuerpo personal, tengo una intimidad que también forma parte de mí. Si solo te fijas en mi cuerpo, no me conoces, no sabes quién soy y me cosificas”.

Por eso, de manera natural, surge en el ser humano el pudor, del que carecen los animales. El pudor, como explica José Noriega, constituye una reacción de autodefensa ante el riesgo de ser reducido por la mirada ajena del mismo modo que mis tendencias quieren a veces reducir a los demás, contemplando sus cuerpos como un mero objeto de placer.

El ejemplo clásico para ilustrar la importancia del pudor es el de la mujer que se desnuda por una razón justificada, por ejemplo, para una exploración ginecológica. Esta mujer vence el pudor ante la mirada del médico, pero, si dos jóvenes se asoman por la puerta, siente vergüenza porque percibe de inmediato que aquella es una mirada impúdica, que la ve solo como objeto de placer, no como persona.

Descendiendo ya al plano educativo, podríamos preguntarnos: ¿Cuál es el criterio del pudor? ¿Cómo lo transmito a mis hijos? El criterio lo determina la mirada, la mirada ajena. Mi forma de vestir y de exhibirme debe ser tal que permita a la mirada ajena entrever en el cuerpo a la persona. En la medida en que mi forma de vestir o mis demostraciones afectivas impiden o dificultan esa mirada honda, personal, mi conducta puede ser considerada impúdica, inadecuada para la persona humana. Claro que hay miradas enfermas, incapaces de elevarse al nivel personal, pero, como padres, nuestra responsabilidad primera son las miradas de nuestros hijos e hijas, tanto las que lanzan como las que provocan. ¿Educamos en este pudor a nuestros hijos y a nuestras hijas, para evitar que a nadie se le ocurra nunca más tratarles como a mero objeto de placer o nos da igual que jueguen con su cuerpo como si de un juguete se tratara?

Buenas personas

A medida que nuestros hijos van creciendo, las amistades van adquiriendo relevancia en sus vidas. Lo importante, he dicho muchas veces a mis hijos, es que tus amigos y amigas sean buenas personas, con lo que quiero destacar que hay que mirar el interior de las personas, lo que son, y no lo que poseen o saben o han recibido sin mérito propio.

Sin embargo, de pronto y por distintas circunstancias, este verano me he dado cuenta de que estaba parcialmente equivocado. Ser buena persona es una premisa necesaria, pero no suficiente.

Me explicaré.

Ser una buena persona puede confundirse con ser bondadoso. Está muy bien ser bondadoso, pacífico, manso, amable, tratar bien a los demás, etc., pero puede no bastar. Hay bondadosos improductivos: no hacen daño a nadie, pero tampoco hacen, activamente, bien a nadie. Se limitan a estar: escuchan (que no es poco), aconsejan (que es bastante), incluso templan los ánimos (que es hasta mucho), pero no tiran del carro. Se dejan llevar.

Mi socio y buen amigo, Xavier Amat, muy dado a las imágenes, distingue siempre entre los que tiran del carro y los que van subidos en él. Hay muchos bondadosos, bonachones, que van siempre encima del carro. Y desaprovechan buena parte de sus cualidades.

Así que, a partir de ahora, no me limitaré a aconsejar a mis hijos que ayuden a sus amigos a ser buenas personas, sino, también y sobre todo, a ser personas buenas.

Una buena persona, un bondadoso, lo puede ser por naturaleza, por carácter, casi por casualidad. Una persona buena, no. Una persona buena es la que se hace tal. Puede ser de natural maliciosa, torcida, desconfiada, zafia, pero se da cuenta y decide ser buena. Claro que también se puede ser bondadoso y decidir, además, ser bueno.

¿Y cómo se logra ser una persona buena además de una buena persona? Pues, haciendo cosas buenas. Hay quien piensa que las personas bondadosas hacen cosas buenas y las maliciosas cosas malas, pero  esto no siempre se cumple; más bien, la ecuación es a la inversa: los que hacen cosas buenas sí acaban siendo personas buenas, como consecuencia de la fuerza configuradora de la personalidad que tiene la virtud.

En efecto, este verano he coincidido con algunas buenas personas que, literalmente, han tirado el mes de agosto por la borda, un mes perdido. Han deambulado por él. Sin hacer daño a nadie, claro, porque son bondadosos, pero teniendo muy poca iniciativa para hacer cosas buenas, buenas de verdad, con esfuerzo y olvido de sí, con iniciativa, por los demás. Han dormido, han bailado, han bebido, han comido, han jugado, según procedía en cada momento,… y, de repente, ha llegado septiembre.

Y a mí me gustaría que los amigos y amigas de mis hijos, además de ser buenas personas, hicieran cosas buenas, que no se limitaran a vagar por el aburrido campo de los propios antojos y deseos. E, incluso, que alguno de ellos soñara con cambiar el mundo…, ¡y lo intentara!

Y de estos, gracias a Dios, también he conocido a unos cuantos.

Amar se escribe contigo

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La entrada de hoy es daros a conocer el libro que acabo de publicar con la editorial Teconté (http://edicionesteconte.com/). A continuación transcribo  el texto que consta en la contracubierta. ¡Espero que os guste!:

¡Qué fácil, escribir sobre el amor! ¡Qué difícil, vivirlo en plenitud! Y, sin embargo, es nuestra realidad diaria, el camino hacia nuestra felicidad. ¿Cuánto tiempo dedicamos a leer y a estudiar para ser un buen profesional, para entender las nuevas tecnologías o para aprobar el carnet de conducir? ¿Y cuánto tiempo dedicamos a prepararnos para ser felices en nuestro matrimonio, en el ámbito próximo y seguro de nuestra felicidad?

“Escribir sobre el amor es lo más normal. No debería extrañar a nadie. Amar es nuestra naturaleza. Nuestra condición es el amor. Y, como estamos hechos para amar, la manera de amarnos a nosotros mismos consiste en amar a los demás. Cuanto más amamos, más nos amamos, porque amando realizamos y colmamos nuestra naturaleza”.

Si usted no está de acuerdo con esta tesis, que el autor de este libro lanza desde sus primeras páginas, no hace falta que lo compre. Si le parece asumible, adelante. Quizás logre encontrar en él algo de sí mismo.

“Sobre el amor y el matrimonio está todo dicho. Solo cabe encontrar diferentes maneras de decir lo mismo. El reto no es decirlo, sino vivirlo. Y, sin embargo, uno, que no tiene remedio, anda siempre a vueltas con el amor”.

Todos andamos a vueltas con el amor. En las páginas de este libro hay retazos de vida, golpes de experiencia, propia y ajena, y reflexiones procedentes de muchos años de dedicación a diversas actividades sobre el matrimonio. No se pretende la adhesión acrítica a las ideas en él expuestas, sino despertar, o solo avivar, la inquietud, primero intelectual, después vital, sobre nuestra felicidad matrimonial. Nadie se casa para separarse. Nadie decide amar a otra persona para hacerla infeliz. Pero no basta con querer…, hay que saber.

 

Titulum Vitae

La vuelta al cole, y a la universidad. De nuevo, los deberes, el horario y la rutina de estudio, los exámenes…, y nuestra postura (de los padres) ante todo ello. ¿Qué pedimos a nuestros hijos en términos de estudio y conocimiento? ¿Qué mensajes les lanzamos?

¿Tenemos la visión utilitarista que denuncia Tomás Melendo en su libro ‘La Hora de la Familia’?: “Cuando los colegios e institutos se olvidan de comunicar a los alumnos la idea de que aprender tiene en sí su propia paga -entre otras, y por delante de ellas, el mismo saber-, cuando juegan en exceso con las calificaciones, presentándolas como premio o como castigo de la labor realizada, cuando los exámenes son el móvil supremo…, están alimentando en sus alumnos el convencimiento de que el trabajo no encuentra en sí mismo y en el servicio a los demás su propia recompensa, y hacen todo lo posible para que, con el correr del tiempo, sus ex-pupilos se sumerjan, con toda la fuerza y el empuje que permiten sus propias capacidades y las circunstancias del entorno, en la cultura del éxito por el éxito”.

Se comprende que, para alcanzar cualquier meta, es inevitable motivar con objetivos parciales, y los exámenes y calificaciones constituyen en este sentido un objetivo, una meta provisional que ayuda a lograr el fin auténtico: el conocimiento, la mejora personal y el mejor servicio a los demás que esa mejora permite.

Pero no podemos olvidar que, en este ámbito, el éxito no está en conseguir el objetivo, sino en participar del bien que el objetivo ayuda a conseguir. El bien (el saber) es aquí el fin, mientras que el objetivo (sacar la mejor nota posible en el examen) es el medio para alcanzarlo. En otro caso, si solo el objetivo diera sentido a la vida, resultaría que una vida en pos de un objetivo (por alto que este fuera) que se truncara antes de conseguirlo sería una vida malograda. Y esto no se puede aceptar en absoluto, pues puede ser una vida mucho más plena aquella que lucha por un objetivo participando del bien que se persigue que aquella otra que va solo en pos del resultado (el éxito por el éxito) y lo obtiene sin alcanzar ni reconocer siquiera el bien que aquél está llamado a procurarle.

Carl Gustav Jung, el conocido psicólogo, ya advirtió de este peligro de la ‘titulitis’ o ‘profesionalitis’: “[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”.

Que aprueben, sí; que saquen buenas notas, mejor; pero, por encima de todo, que aprendan a valorar el saber que les permitirá crecer como personas para poder ayudar a los demás mejor y más eficazmente y devolver a la sociedad todo lo que les ha dado tras siglos de civilización.

Todo un reto para los padres en este inicio de curso.

Vacar

Vacaciones viene del verbo ‘vacar’, que no consiste en hacer la vaca, sino en “cesar por algún tiempo en los habituales negocios, estudios o trabajo”. Sin embargo, lo más frecuente es que se confunda con un verbo muy similar, ‘vagar’, cuya acepción más extendida es “estar ocioso”.

Lo curioso es que el primer verbo, vacar, se completa con una acepción mucho más interesante: “dedicarse o entregarse enteramente a un ejercicio determinado”. ¡Eso son las vacaciones! No el ‘dolce far niente’, cuya dulzura dura apenas el tiempo, breve, que cada uno tarda en transformarse en una ameba humana, sino el cambiar de actividad para dedicarse (‘enteramente’, dice el diccionario) a otra u otras diferentes. De lo contrario, uno acaba diseñando unas ‘vagaciones’ en lugar de unas ‘vacaciones’, y, entonces, el riesgo de acabar pastando como una vaca empieza a ser muy real.

Un efecto extraño que producen las vacaciones en algunos que solo saben conjugar el verbo vagar (y no conocen el verbo vacar) es que solo se acuerdan de sí mismos, de sus intereses y ‘necesidades’. Y, claro, cuando uno se centra en sí mismo, además de acabar aburriéndose como una ostra (o como un adolescente, que suele ser el egocentrado por excelencia), llega incluso a olvidarse de verdades esenciales. Por ejemplo, que está casado, que su mujer también tiene intención de descansar en vacaciones, que tiene hijos, que el tiempo sigue siendo limitado, etc., etc., etc. Por este camino se acaban preparando unas egocaciones, que consisten, básicamente, en preparar ‘mi’ golf, ‘mi pádel’, ‘mis’ salidas en moto, ‘mis’ lecturas, ‘mis’ cervezas, ‘mis’ siestas… y olvidarse de todo y de todos los demás.

Otro peligro de las vacaciones es el dominio de la imaginación sobre la razón, que afecta más a los varones que a las mujeres.

Por ejemplo: un amigo que tiene un precioso yate nos invita a navegar el próximo sábado

El marido, que es a quien se transmite la invitación, imagina: “A ver…, estamos de vacaciones, anuncian buen tiempo para el sábado, a mi mujer y a mí nos encanta navegar, hace tiempo que no vemos a estos amigos. ¡Genial!” Y acepta sobre la marcha la invitación, encantado de la vida.

Cuando llega a casa, su mujer no imagina, piensa: “Tenemos un bebé de seis meses con otitis, este sábado Juan tiene una fiesta de cumpleaños, hemos dicho a mis suegros que vengan a casa a comer y María se va a la hípica con sus amigas… -Les has dicho que no podemos, ¿verdad, cariño?

Como algunos estamos ya vacando, termino ya. Tres ideas sencillas para las vacaciones: (i) descansar cambiando de actividad, no cayendo en la inactividad; (ii) acordarse de que los que nos rodean también quieren descansar y les gustaría escoger su propia actividad y (iii) si has decidido imaginar en lugar de pensar, entonces no puedes tomar decisiones (has de consultar antes).

Felices vacaciones.

Monstruos

En uno de los grabados de la serie Los Caprichos, de Goya, se puede leer la famosa frase: “El sueño de la razón produce monstruos”. El propio Goya la explica en el manuscrito que se conserva en el Museo del Prado: «La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles: unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas».

La fantasía, la utopía, la pasión incontrolada, en efecto, producen monstruos. Pero las mismas facultades unidas a la razón generan bien, verdad y belleza.

Después de los atentados de Niza, todos hemos oído y utilizado las expresiones habituales: es una salvajada, una bestialidad, ¿cómo puede hacer esto un hombre?

Solo el ser humano puede transformarse en un monstruo

Y, precisamente, ahí radica parte del problema, en la dificultad que a veces tenemos para aceptar que solo el hombre es capaz de una barbarie semejante. El animal, la bestia está limitada y condicionada por su propia estructura biológica, que sigue a ciegas, respondiendo siempre de la misma manera a los mismos estímulos. Por eso, el animal nunca se transforma en un monstruo: su propia naturaleza se lo impide. No mata por matar; no acumula riqueza por capricho…

Por el contrario, el ser humano es capaz de lo más alto y de lo más bajo, de lo más loable y de lo más despreciable, de lo más noble y de lo más mísero. Porque su naturaleza no es mera biología, sino cuerpo y espíritu: tendencias biológicas, sí, pero también afectos, emociones, pasiones, y, con ellas, razón, memoria, voluntad. “Inteligencia deseosa” o “deseo inteligente”, como decía Aristóteles.

El dominio de la pasión

Cuando la pasión, cualquier pasión, se separa o se apodera de la razón, produce monstruos capaces de generar el máximo mal posible, el dolor más profundo.

Los santos y héroes de la humanidad han sido grandes apasionados, pero no han renegado de su condición humana, no han vivido ni actuado de espaldas a la razón. El peligro no está en la intensidad de la pasión —un hombre sin pasiones no es un hombre—, sino en la usurpación del papel de la razón por parte del sentimiento. Cuando el sentimiento asume un rol que no le corresponde y dirige a la persona, la razón se pone a su servicio y puede concebir un monstruo inteligente.

¿Cómo evitar que la fantasía humana o la pasión desmedida (¡tan humana!) se separen de la razón?

La familia como antídoto

Apunto un camino: la familia. La familia, sobre todo cuando es estable, nos da la identidad personal, nos ubica en el mundo, nos humaniza. La familia nos otorga la filiación, nos sumerge en la fraternidad, que es la base sobre la que se edifica la futura solidaridad.

En la mayoría de los casos, si se sigue la biografía de un terrorista, de un ‘monstruo’ humano, se descubre un momento en que se produce una ‘desafiliación’, una desafección familiar, un apartamiento. Al asesino de Niza le recuerdan sus vecinos como “solitario, silencioso, cerrado, aislado y de pocos amigos”.

Y el ser humano solo, sin lazos familiares, sin vida de familia compartida se encuentra perdido, no sabe quién es y busca un ‘lugar’ al que afiliarse, hacerse hijo, miembro de un grupo. Y ahí están las organizaciones terroristas, al acecho, para darle un cobijo, un techo de identidad compartida, despertando hábilmente alguna pasión que dirija y controle su vida a expensas de la razón.