Somos los mismos

El jueves pasado asistí a la cena del 50 aniversario de Fert Batxillerat, donde hace 42 años estudié COU, el curso previo a la universidad.

Ese curso (1978/79) me deparaba una sorpresa inesperada e inmerecida: iba a conocer y a enamorarme de Loles, con quien he compartido, he vivido y he sido el resto de mi vida… y seré lo que me quede de ella.

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La fuerza del sí

Tenía que haber escrito durante el fin de semana para respetar la frecuencia quincenal de los posts, pero la vida está llena de acontecimientos y, a veces, estos se concentran y reducen el espacio vital habitual.

Este fin de semana era especial en nuestra familia: se casaban Paloma y Javi. Todo lo demás ha pasado a un segundo plano. La boda es de los novios, y Paloma y Javi querían una boda íntima y recogida. Quiso la providencia que el viernes estuviera yo leyendo un capítulo de un libro dedicado al consentimiento matrimonial. El autor, juez de primera instancia de un tribunal eclesiástico en Roma con gran experiencia en acompañar a matrimonios, destacaba que hoy se da en muchos novios una gran dificultad “para percibir la novedad del consentimiento, mediante el cual lo que era un simple hecho se convierte en realidad, pertenencia recíproca”. Para él, uno de los grandes retos de nuestra cultura es explicar a los jóvenes que el matrimonio no es una formalidad ni una estructura legal extrínseca a la relación amorosa.

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Si Dios existe…

Iván, el segundo de los hermanos Karamazov, en la novela homónima de Dostoievsky, pronuncia una de las frases que mayor eco ha tenido en toda la historia de la literatura: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Hoy, uno de sus compatriotas parece decidido a encarnar el rostro más despiadado de esta sentencia. La guerra de Ucrania ha proyectado una densa sombra sobre el mundo. Por el daño que inflige, el dolor que causa y el miedo que expande.

Si Dios no existe, todo está permitido… ¿Y si Dios existe? Si Dios existe, nada está prohibido. Si Dios existe en la única forma que puede existir, la del amor, nada está prohibido. Quien ama, decía San Agustín, hace lo que quiere. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos.

El amor es el destino de la libertad. Si Dios existe y es amor y vive en nosotros, nada está prohibido: la libertad no necesita límites y la ética no es necesaria porque el amor se convierte en la guía de la persona y ella misma se transforma en su propia norma moral.

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La recogida

En los libros de educación y familia se suelen destacar la comida y la sobremesa como unos de los momentos importantes para hacer familia. Esto de hacer familia en la mesa, en torno a una buena comida y su prolongación normalmente regada de café y copas, es muy mediterráneo.

Sin embargo, se suelen olvidar del momento que viene justo después. Y, a veces, es entonces cuando sale a relucir la verdadera esencia de la familia. En mi casa, en versión muy resumida, suena algo parecido a esto:

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¡Más fuerte, abuelo!

He tenido un fin de semana rebosante que no me ha dejado tiempo para escribir hasta ahora, y aún ahora he de hacerlo rápido porque estoy bajo la amenaza de que Tomás se despierte en cualquier momento de su siesta post desayuno; así que pido disculpas si me sale una prosa precipitada.

Nos dejaron al nieto el viernes por la tarde para todo el fin de semana. Ayer por la mañana fui a dar una conferencia a mi “cole”, La Farga, en el seno de la ITV Matrimonial que vienen organizando un par de veces al año y que a tantos matrimonios ayuda. Y, por la tarde, de paseo con Tomás, nos encontramos con otro Tomás y con Isa, su mujer, unos muy buenos amigos nuestros, que andaban también de canguros de sus nietos, ¡tres, en su caso!

Así que, uniendo las tres cosas (el nieto, los amigos y la ITV), me ha venido un pensamiento a la cabeza.

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Dudas y certezas

En mí son más sólidas las certezas morales que las científicas. Debe de ser por mi tendencia más humanista que técnica. Al fin y al cabo, la ciencia no es una abstracción neutra, sino un conocimiento humano sujeto al error y a la interpretación, como ha puesto crudamente de manifiesto la gestión de la pandemia. Yo descubrí esto hace años, en un arbitraje que llevé en el que se debatía acerca de un vicio de construcción en un generador de energía eólica (un molino de viento, vamos). Se presentaron, si no recuerdo mal, cinco informes periciales de distintas ingenierías, a cuál más prestigiosa, y todos dieron con una causa diferente. El asunto, para desesperación de los ingenieros, que no lograban ponerse de acuerdo, lo tuvimos que resolver los abogados con un acuerdo transaccional.

Estos días de Navidad le he estado dando vueltas a este tema de las dudas y las certezas. Y mis cavilaciones se han enriquecido con el resumen de una conferencia del Obispo Munilla que llegó a mis manos en la que constataba, y criticaba, un dogma falaz que sobrevuela nuestra cultura y que a mí siempre me había llamado la atención: “La ‘fe adulta’ es la que duda de todo, la que se despoja de las verdades reveladas, de los dogmas”.

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El abrazo espiritual

Por una circunstancia personal que no viene al caso, en estas últimas horas del año me ha dado por pensar en aquellas personas que, por motivos diversos, se ven forzadas a celebrar o simplemente a vivir el cambio de año ellas solas, sin la compañía de otros.

Es cierto que la alegría, como todos los bienes espirituales, se intensifica cuanta más gente participa de ella, y que los bailes, los abrazos, los besos y las palabras que transmiten buenos deseos ayudan a alegrar el espíritu.

También lo es que, siendo el ser humano cuerpo y alma, la manera característica que tiene de expresar la alegría y el amor son los gestos que regalamos y acogemos con los sentidos.

Pero no es menos cierto que el alma humana es capaz de trascender al cuerpo y encontrar cauces de expresión que el cuerpo ignora. Es más, me atrevería a decir que, sin esos cauces, el cuerpo humano no lograría elevarse a la dignidad que le corresponde por su unión con el alma, y la alegría correría el riesgo de quedarse en el mero alborozo del animal satisfecho.

¿Puede haber tanta alegría en el silencio como en la algarabía? ¿Puede haber el mismo amor en un abrazo que en un guiño o en un simple recuerdo? ¿Puede existir la misma ternura en la cercanía física que en la unión espiritual?

Los primeros cristianos se llamaban santos a sí mismos porque intentaban serlo, y acuñaron una expresión que después se elevó a dogma: la comunión de los santos. Consistía, consiste, en unir a través de la oración y de las intenciones a todos los cristianos que existen (los de aquí abajo y también los que están en el Cielo) con una unión más fuerte que cualquier gesto físico de amor. Yo creo que, a poco que lo pensemos, todos podemos recordar momentos de especial unión espiritual con otras personas que estaban lejos.

Esta comunión ha permitido, por ejemplo, nombrar patrona de las misiones a una monja que no salió de su convento, porque ella misma tenía la convicción de estar en el corazón de Dios, bombeando la corriente sanguínea que necesitaban los misioneros, sacerdotes, catequistas, mártires, apóstoles, etc, quienes ni siquiera sabían de su existencia.

Así veo yo la entrada en el año nuevo de aquellos que, por las razones que sean, no pueden celebrarlo en comunidad, pero viven en la alegría profunda de quien desea lo mejor para todos aquellos a quienes ama: como una comunión, una común unión de los espíritus que, al cabo, acaba siempre por hacer sentir al cuerpo un abrazo especialmente intenso y muy, muy humano.

¡Feliz 2022 a todos, los de cerca y los de lejos, los de arriba y los de abajo!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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¡Feliz Navidad!

Mañana es Navidad. Nos guste o no, celebramos un cumpleaños que cambió el rumbo de la historia. El mensaje fue sencillo y escandaloso: yo soy Dios y Dios es amor. Es decir, yo soy amor. Quizás por eso se hizo niño.

Llevamos más de dos mil años y no hemos aprendido. Queremos ser dioses y buscamos la inmortalidad, el poder, la omnipotencia… ¡el dios de los filósofos! Y, cuando lo hayamos logrado, qué decepción, habremos vuelto al principio, a lo que ya fuimos antes de la manzana de Adán y Eva. ¡Otra vez inmortales! No aprendemos.

¿Tendrá que volver a nacer Dios para recordarnos que su verdadera naturaleza, su esencia, su atributo más íntimo y personal, lo que de verdad le identifica y distingue es el amor? ¿Tendrá que volver a nacer, a hacerse niño de nuevo para que aprendamos de una vez por todas que también nuestra naturaleza consiste en amar?

Pues, sí, este año vuelve a hacerlo. ¡Nace Dios otra vez! Yo tengo la suerte de que este año he podido disfrutar del nacimiento de mi primer nieto y puedo confirmar que, en efecto, el amor endiosa. Por eso he escrito esta felicitación que dedico a todos los abuelos y abuelas del mundo.

¡Feliz Navidad!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

Una simple hoja

Hay gente que, ante ciertos acontecimientos o procesos sociales o políticos a los que no encuentra explicación, enseguida piensa en conspiraciones. Y, a veces, aciertan. Hoy os voy a contar una que he vivido, estoy viviendo, en primera persona.

Sí, confieso que llevo unos cuantos años conspirando. Y no solo, con unas cuantas decenas de miles de personas en todo el mundo; en concreto, de casi setenta países. Claro, que conspiramos en el sentido etimológico del término, que viene de ‘con’ (unión) y ‘spirare’ (respirar, vivir): es decir, respiramos juntos.

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Una tarde de cochero

La ventaja de obedecer ciegamente es que no tienes que pensar. La desventaja es que no sabes por qué haces las cosas. Así que el sábado pasado por la tarde me tocó acompañar a mi mujer, a mi hija y a mi nieto Tomás, de siete meses, a unos grandes almacenes. Normalmente, las compras de Navidad las hacemos más tarde. Por no parecer un ignorante, y como era mi primera Navidad con nieto, no me atreví a preguntar por qué este año se adelantaba el temido día.

Este año todo fue distinto. Entrar en los grandes almacenes y descubrir mi insustituible rol de cochero de Tomás fue todo uno. Mi primer aprendizaje fue enterarme de que el cochecito del bebé no puede subir por las escaleras automáticas. Como soy un chófer bien educado y caballeroso, me ofrecí a esperar yo la llegada del ascensor mientras madre y abuela adelantaban compras en el piso cuarto. Pronto descubrí que la tarde estaba solo dedicada a las compras para Tomás…, lo cual quiere decir que me espera otra todavía.

La espera en el rellano del ascensor de unos grandes almacenes es un momento largo y entretenido en el que recibes todo tipo de consejos e instrucciones. “No, ¡que no cabe! Ha de esperar a otro”, “Pero, ¿quiere dejar de apretar el botoncito, que, si no, no se va el ascensor?” Hasta que te das cuenta de que estabas esperando delante del único ascensor que no funciona. Por fin, una amable pareja latinoamericana con cochecito y dos niños me dejó un hueco en su ascensor. “Es que yo voy para arriba, y este baja”, les advertí cuando ya me estaban empujando hacia dentro. La señora resolvió mis dudas al instante: “primero baja, después sube… Si deja pasar este, se queda aquí toda la tarde, joven”. Le agradecí el piropo con la mirada y entré en el ascensor.

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