Nunca es tarde

El conde de Romanones fue una figura señera de la primera mitad del siglo XX. Fue alcalde de Madrid, presidente del Congreso y del Senado, ministro en casi todas las carteras, presidente del Gobierno, prolífico escritor y hasta personaje en la obra Luces de Bohemia, de Valle-Inclán. Se le atribuyen frases apodícticas como aquella de que hagan las leyes, mientras yo pueda hacer los reglamentos…

Otra salida famosa del conde fue la que dio a quienes le criticaban haber aprobado una norma que poco tiempo antes había denostado y proclamado solemnemente no aprobar nunca jamás: tenga usted en cuenta que cuando digo nunca me refiero al momento presente, respondió con toda paz.

Hoy voy a hablar de una deformación de la mente muy presente en el matrimonio y en la familia: la sobregeneralización. Es una de las más insidiosas y, al mismo tiempo, de las más difíciles de cambiar.

Consiste en convertir uno o varios hechos, datos o acciones en una disposición, una conducta o una condición personal absoluta, constante, invariable y, a veces, casi innata.

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¡Ah, era eso!

Unos años atrás, cuando nuestro hijo Pablo estaba inmerso en la profunda adolescencia, que, gracias a Dios, va remitiendo poco a poco, tenía una curiosa manera de pedirnos las cosas que él sospechaba no le íbamos a conceder. Decía, por ejemplo: “ya sé que esta tarde no me vais a dejar salir con mis amigos. ¡Siempre me decís que no a todo!” Y cuando le preguntábamos si eso significaba que quería salir con sus amigos, apostillaba: “¡Claro, pero ya sé que no me vais a dejar!” Entonces, yo, con poca inteligencia emocional, he de admitirlo, le decía: “pues, si tú mismo te contestas…” Y ahí empezaba el crescendo: “¿Lo ves? ¡Lo sabía! ¡Nunca me dejáis hacer nada! ¡Sois unos rancios!” y no sé cuántas cosas más que no cabrían en este post, hasta enfadarse y encerrarse, con un sonoro portazo, en su habitación.

Parece una deformación adolescente, pero se trata de un pensamiento automático, una distorsión de la mente que nos afecta a todos: la adivinación de pensamiento. En el matrimonio está más presente de lo que pensamos, y consiste en atribuir a nuestro cónyuge intenciones, pensamientos o motivaciones que inventamos nosotros mismos.

Estás pasando una mala época, has ganado unos kilos, no te encuentras bien contigo mismo, estás especialmente irritable y has percibido que los últimos días tu mujer parece rehuir las relaciones sexuales. Piensas: “se está alejando de mí. Parece que ya no le atraiga”, e intensificas tu baja autoestima encerrándote en ti mismo e incrementando tu irritabilidad. Tu mujer lo percibe y parece cada vez más distante. “Nuestra relación se enfría, piensas, ¿estará pensando que no estoy a la altura?”, y vas espaciando tus muestras de cariño.

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El ombligo del mundo

Antes solía ir en moto por Barcelona. Tuve un accidente un poco aparatoso cuya única causa fue mi despiste y tendencia a correr y decidí cambiar la moto por la bici, una forma de desplazarse mucho más jovial y distendida.

No sé la razón, pero en moto iba más tenso. Entre motoristas y taxistas, por ejemplo, suele darse una relación problemática. Recuerdo una vez en que intenté adelantar a un taxista subiendo por la calle Iradier, una buena cuesta más bien estrecha en la que, cuando se podía aparcar en ambos lados de la calzada, cabían a duras penas un coche y una moto. Cuando me disponía a pasarlo por la izquierda, el taxista hizo una fea maniobra para impedirme el paso que casi da con mis huesos en el duro asfalto.

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La penúltima calle

¿Para qué nos vamos a ir a celebrarlo, para acabar como el año pasado?, fue la respuesta que recibió Ernesto de su esposa cuando le propuso ir a cenar y al cine para celebrar su aniversario de boda.

En efecto, el año anterior habían hecho un plan similar. A Susana le gusta bailar y habían reservado una mesa en un buen restaurante que ofrecía baile después de la cena. Habían hablado de todo y disfrutado como cuando eran novios. Bromas, risas, complicidades, baile hasta el agotamiento… ¡Casi se habían olvidado de que tenían hijos!

Pero, de vuelta a casa, ya de madrugada, cansados y alegres, hasta más de la cuenta, Susana propuso un itinerario que Ernesto decidió cambiar ya casi llegando, en la penúltima calle, con tan mala fortuna que se encontraron el camión de la basura vaciando cuatro contenedores.

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El cristal con que se mira

Se acerca el verano en el hemisferio norte y las vacaciones de invierno en el sur. Dicen las estadísticas que después de las vacaciones se incrementa el índice de separaciones matrimoniales. Al parecer, el mismo efecto ha causado la pandemia. El roce hace el cariño, afirma la sabiduría popular, pero, por lo que parece, el roce continuo también puede irritar la piel de algunos matrimonios. 

Creo que este periodo prevacacional es un buen momento para entrenarse a amar. Sí, el amor tiene su técnica. Leí en un libro la anécdota de aquel catedrático de Estética (una rama de la filosofía) que impartió una conferencia sobre la belleza y, molesto ante la objeción de una de las asistentes basada en el argumento de que “sobre gustos no hay nada escrito”, le espetó: “Señora, sobre gustos hay mucho escrito; lo que pasa es usted no lee nada”. Pues, lo mismo sucede con el amor: hay mucho escrito, y no querer aprovecharlo podría ser un acto de absurda arrogancia. 

Uno de los libros que a mí más me ha aportado es el de Aaron Beck, “Con el amor no basta”. Entre otras muchas cosas, trata allí las que él llama deformaciones cognitivas, una buena área de mejora en la comunicación matrimonial. Me he propuesto tratar algunas de ellas durante los siguientes posts, ¡a ver si, a fuerza de escribirlas, las voy corrigiendo en mí mismo!

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La virtud es difusiva

Esta semana, Loles y yo hemos abandonado a nuestro nieto en las solas manos de sus padres con mucho dolor de corazón y nos hemos ido a Roma tres días, a trabajar. Un abuelo experimentado nos dijo que los padres también tienen derecho al nieto. ¡Lo qué hay que oír!

Han sido tres jornadas intensas compartiendo experiencias sobre el matrimonio, la feminidad y masculinidad, la comunicación, la afectividad y sexualidad, el noviazgo y, cómo no, nuestra propia experiencia de vida matrimonial, que es mi verdadera tarjeta de presentación. También hemos hablado de la IFFD, que tantas veces he mencionado en este blog y que el viernes presentó sus actividades en el marco de la celebración del Día Internacional de la Familia en Naciones Unidas (https://www.youtube.com/watch?v=jS1FZ704Bjw).

Aunque era el tercer año que impartía estas sesiones, algunas yo solo y otras con la colaboración de Loles, los días previos fueron también muy intensos: organizar la familia (confieso que en esto he colaborado poco), adelantar el trabajo en el despacho, acumular horas de nieto para compensar su ausencia estos días, despedirse de él la mañana del día previo a nuestra partida, volverlo a hacer por la tarde, y por la noche, y a las cinco de la madrugada antes de salir hacia el aeropuerto: ¡agotador!

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Tomás

Hace un par de horas ha nacido Tomás, nuestro primer nieto. Me habían avisado: “ya verás, ¡es otra dimensión!” Cuando Alejandra nos ha dicho este mediodía que llevaba desde las tres de la madrugada con contracciones, he empezado a ponerme nervioso. No acababa de entender por qué no me llamaba después de cada contracción.

A Fran, mi yerno, le había dado instrucciones precisas: “sobre todo, llámame en cuanto empiecen las contracciones, que te iré diciendo lo que tienes que hacer”. Y nada. Tampoco me ha llamado.

He disimulado, claro. Y me he contenido. No he llamado cada dos minutos, como me pedía el corazón. Como quien no quiere la cosa, de vez en cuando, con indisimulada serenidad, le he preguntado a Loles, mi mujer: “Qué, cómo va. ¿Se sabe algo?” Y me he ofrecido a llevarlos a la clínica cuando llegue el momento.

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Viaje de novios

Este jueves vinieron a cenar a casa Paco y María. Paco es mi ahijado. María, su novia. Se casan este mes de mayo, con o sin el permiso del Covid y de nuestras autoridades, como tiene que ser, porque la norma está hecha para el hombre y no al revés, y en la boda lo único esencial son los novios.

Los dos son jóvenes y tienen muchas ganas de empezar una vida en común. Durante la cena comentamos anécdotas de las vivencias de la familia de Paco y la nuestra, nos explicaron cómo se conocieron, hablamos de sus trabajos y de muchas cosas más.

Y, claro, salió el viaje de novios. No diré adónde se van para respetar su intimidad. Mi hija Alejandra tuvo una pesadilla antes de casarse, en la que yo le insistía en acompañarle en el viaje de novios y ella no sabía cómo decirme que no, así que para evitar a María pesadillas sobre lectores del blog del inoportuno padrino de su novio persiguiéndoles en su viaje, me abstendré de dar datos.

Pero comentaron una cosa que a mí me llamó mucho la atención. En la agencia de viajes estaban sorprendidos de que no se apuntaran a los mil planes que les proponían en su primer destino, una playa en un mar remoto. “Tenéis que aprovechar, que a lo mejor no volvéis nunca a este lugar paradisíaco -les decían-, ¡os vais a aburrir!

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El éxtasis de la intimidad

Ayer tuve la ocasión de compartir un buen rato con un nutrido grupo de universitarias en el Colegio Mayor Bonaigua, gracias a los buenos oficios de Almu Martínez y Júlia Boher. Hablamos de la intimidad, el amor, los sentimientos y muchas otras cosas. No podía decir muchas tonterías porque mi sobrina Elena, una universitaria con ambición de saber y de formarse, estaba ahí para controlar qué decía su tío.

Uno de los temas que salió fue el del título de este post, tomado de un libro homónimo de Juan Cruz Cruz y una de las más bellas definiciones del amor que he leído. Sí, el amor es el éxtasis de la intimidad. Cuando nuestra intimidad personal, aquello que somos en lo más profundo, sale de sí (en esto consiste el éxtasis) y se centra en el amado, cristaliza el amor, que es siempre una persistencia afectiva en el ser amado, una vivencia alterocéntrica, fuera de sí.

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La cruz sola

En esta cruz vacía que me espera
y llevo junto a mí todos los días
parece no haber nada y está llena
de todo lo que pasa por mi vida.

Es la cruz que rompió la tuya entera,
Madre, cuando a tu Hijo tú perdías,
la misma que miraste, el alma en pena,
y te dejó una tarde malherida.

Es la cruz que quedó sola, a la vera,
matando a un Dios que solo tú veías,
la misma que mudó su palo en vena
y recogió la sangre allí vertida.

Es la cruz paradoja que aligera
el peso de mis falsas agonías,
aquella en que mi alma se serena,
si en ti, Jesús, la carga desprendida.

Es la cruz de mi vida, compañera
que las penas transforma en alegrías,
la cruz sin cruz que el desespero frena
y alienta la esperanza redimida.

Es la cruz que Tú llevas, cruz ligera,
cuando pierdo el temor, como pedías,
y dejo de mirarla como ajena
para hacerla mi cruz, mi cruz querida.

Es la cruz que tu despertar advera,
la que anuncia el triunfo en que morías
de dolor hecho amor en la condena
injusta que dictó un alma engreída.

La cruz que de mi vida se apodera
y me eleva al lugar en que extasías,
aquella en que veré, ya de amor plena,
la luz de mi existencia en ti fundida.

Javier Vidal-Quadras Trias de Bes

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