Amor y compromiso

En la última entrada hablé de la incapacidad de la convivencia para contrastar el amor. Y ya avancé que, por razones de espacio, dejaba muchos aspectos de la cuestión en el tintero para futuras ocasiones, aspectos que, dado el interés que el tema suscita, voy a ir abordando en esta y sucesivas entradas.

Una pregunta que enseguida viene a la mente es qué diferencia hay entre convivir estando casado y no estándolo. Aparentemente, todo es igual. Si no es porque se lo dicen, nadie podría distinguir una pareja que convive more uxorio (según la costumbre de los casados) sin estarlo de otra que convive estando casada. ¿No hacen ambas lo mismo? ¿No se quieren y están igual de enamoradas? ¿A qué este empeño en comprometerse?

Y, en efecto, mecánica y externamente, todo es igual. A mí me sucede algo parecido con mi cuñado. Los dos tenemos una edad parecida. Los dos salimos a correr varias veces a la semana. Mecánica y externamente, los dos damos las mismas zancadas y movemos los mismos músculos. Pero él es capaz de correr maratones y yo no.

¿Cuál es la diferencia? El compromiso. Él se ha comprometido consigo mismo —y con los demás, que también lo saben— a correr una maratón. Yo, no. Por eso, sus zancadas no son exactamente las mismas que las mías. Son más comprometidas, más entregadas, si se me permite hablar así de una zancada. Tienen otra proyección. Responden a un entrenamiento específico, a unos tiempos, a unos ritmos, a unas frecuencias orientadas a una meta: poder correr la distancia del maratón en un tiempo determinado. Mientras corre, su mente está concentrada en lograr el objetivo, la mía divaga en mil ocupaciones. Y, cuando no corre, su inconsciente también tiene presente esa meta que se ha propuesto, de modo que mantiene su cuerpo y su mente dispuestos para lograrla. Mi inconsciente, en cambio, sigue siendo tal, no recibe ningún estímulo que le recuerde reto ni objetivo algunos en lo que a correr se trata.

Los besos, las llamadas, la distribución de los tiempos y tareas domésticas, la gestión del ocio, las decisiones logísticas y profesionales, la organización del deporte, la relación con nuestros compañeros de trabajo, las copas con nuestros amigos, hasta las oraciones…, toda nuestra vida se proyecta de manera diferente según hayamos prometido un amor para siempre o no.

Los actos y gestos del amor parecen iguales, y lo son externamente, pero contienen un significado y un alcance muy distintos. Si de verdad hemos decidido amar sin condiciones, cada vez que besamos, fregamos, hacemos la cama, llevamos al niño al cole, acabamos el informe, cogemos la raqueta, bebemos una cerveza con un amigo, chateamos o rezamos, aunque no lo percibamos, estamos preparando nuestro músculo personal para poder correr la maratón del amor sin retorno. Tenemos la convicción —tantas veces inconsciente en el momento— de que esos actos ya no son solo nuestros, sino que forman parte de un proyecto nuevo que no es ya de cada uno, sino que nos pertenece a los dos, al matrimonio.

Tomás Melendo lo expresa con palabras más precisas: el sí incondicionado y para siempre “me capacita para amar”, afirma. Me sitúa, podríamos decir, en un nivel de predisposición, de preparación —forma física, emocional, volitiva y mental— que difícilmente alcanzaré sin una “determinada determinación” (según expresión de santa Teresa) de amar para siempre. Es como el valor para tirarse en paracaídas. Puedo intentar entrenarme para adquirirlo, pero llega un momento, el momento de la verdad, en que todo depende de la decisión, de la voluntad: salto o no salto. Si salto, tengo el valor; si no salto, no lo tengo. Si salto, no hay vuelta atrás. No tiene sentido mirar arriba como queriendo volver y recuperar la seguridad perdida del avión, he de concentrarme en el futuro, que me abre un nuevo horizonte de libertad, de nuevas sensaciones y experiencias que formarán ya parte de mí para siempre. Y es que, como explica Melendo, hay grados de virtud que no se alcanzan mediante la repetición de actos, sino con una determinación irrevocable en un momento preciso.

Cuando me he comprometido para siempre, me hago capaz de amar porque sitúo al otro, al amado, en el centro de la relación y contemplo a esta, la relación, como término y meta de mi vida. Naturalmente, la decisión me capacita, pero no me asegura el éxito; después, he de trabajarla durante toda la vida, haciéndome experto en amores, que en esto del amor no puede uno despistarse, pues la cabra tira siempre al monte como el ‘yo’ tira siempre a sí mismo.

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Amor y convivencia

Hace unos días me tocó moderar una sesión de debate con jóvenes profesionales solteros sobre la conveniencia o no de cohabitar antes de casarse cuando se hace con la buena intención de asegurar el éxito de un matrimonio que se piensa y se quiere para siempre.

El debate fue rico en argumentos y posturas, y fueron surgiendo varias ideas que, naturalmente, no puedo concentrar en la extensión de un post como este. Se barajaron argumentos de gran calado con otros de tipo más práctico, pero una conclusión se fue asentando a medida que la sesión avanzaba: no es posible. Con independencia de las razones de mayor fundamento antropológico, de las que me ocuparé en otra ocasión, se fue comprendiendo que la ‘prueba’ del amor a través de la convivencia no es humanamente posible.

¿De dónde procede la imposibilidad? Digamos que concurren, cuando menos, tres tipos de impedimentos: ontológico, cronológico y lógico.

La ‘imposibilidad ontológica’ consiste en una evidencia de tal calibre que no requiere demostración alguna: las personas no se prueban como quien prueba un electrodoméstico. Nadie lo discutió. Las personas se aceptan tal como son, y como serán, en el grado de amor que a cada una corresponde (al cliente como cliente, al amigo como amigo, al hijo como hijo, al amado como amado), pero no se prueban.

No obstante, quedaba por demostrar que tampoco la relación de amor se puede probar. Y ahí surgió el otro obstáculo: la que he llamado ‘imposibilidad cronológica’. Y es que no es posible probar una relación de futuro en función de una relación de presente. El ser humano es dinámico, -proyectivo, diría Julián Marías- y evoluciona con el tiempo. También las circunstancias que le rodean cambian. Hay matrimonios que se separan a los pocos años sin otra razón que esa evolución propia de la persona humana: ‘es que ha cambiado mucho’, afirman con sorpresa, como si el cambio y el movimiento no formaran parte de nuestras vidas. El problema no es tanto el cambio (nadie se casa con una silla o con una piedra, aunque, a veces, algunos puedan parecerlo), como el no haber estado atento a él.

En cualquier caso, esta realidad incontestable de que vamos transformándonos y avanzando en nuestra trayectoria personal con matices diversos nos indica que la prueba del amor no es posible. ¿Cuándo acaba la prueba? Porque la convivencia que surge del amor no es la misma con trabajo que sin trabajo, a los 30 que a los 60, sano que enfermo, gordo que flaco, con dinero que sin dinero. Ni siquiera la de hoy asegura la de mañana, cuando él o ella pueden caer en una profunda depresión que alterará toda nuestra dinámica vital.

Algunas parejas deciden casarse al cabo de un tiempo, cuando ya se han convencido de que la cosa funciona, porque han decidido tener un hijo y quieren darle más estabilidad familiar. Es decir, han probado todo menos lo que les mueve a casarse. O sea, la prueba no ha servido de nada, porque, cuando el hijo nazca, e incluso antes, su vida va a dar un vuelco de tal naturaleza que ninguna convivencia previa es capaz de anticipar. Para que esa convivencia nos aportara algo significativo sobre lo que asentar nuestro amor, si queremos que este sea para siempre, tendríamos que estar toda la vida probando, es decir, amando. No, el amor matrimonial no puede probarse.

Y la tercera ‘imposibilidad’ es la lógica, que también podemos llamar ‘inversión de los términos’ porque consiste, precisamente, en una subversión de la relación entre el amor y la convivencia. Quien prueba la convivencia para poder decidir si va a amar para siempre subordina el amor a la convivencia, cuando la ecuación es la contraria: ¡es la convivencia la que ha de subordinarse al amor! Es la capacidad de amar la que permitirá convivir y no la capacidad de convivencia la que permitirá amar. “Como te amo, podré convivir contigo porque, entonces, tú serás la importante y yo lucharé por acercarme a ti, como sé que tú lo harás por adaptarte a mí”. Así conviven y han convivido siempre todos los amantes que han existido en la historia de la Humanidad: los padres y los hijos y los hermanos y los abuelos… y hasta los monjes de una comunidad religiosa. Porque se aman, pueden convivir. Se da en la convivencia a modo de prueba una fuerte paradoja: el amor romántico se acaba subordinando a los aspectos más prácticos y materiales.

De la entrega de la intimidad corporal sin la entrega definitiva de la intimidad personal hablaremos otro día.

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Proyecto de 2 (y más…)

Como el título de esta entrada (que tomo prestado del blog homónimo y muy recomendable de Pilar Velilla Flores) sugiere, una de las grandes ventajas del matrimonio en relación con la educación de los hijos es que somos dos. Esta afirmación parece una perogrullada, pero si uno la analiza con atención, no lo es tanto. Como todas las cualidades, esta de la dualidad puede corromperse y acabar siendo una caricatura de sí misma, lo que se produce cuando uno de los dos hace dejación de su compromiso familiar y se inhibe de la dirección y gestión de lo doméstico. En ese caso, la ventaja degenera en desventaja, lo que era ganancia se transforma en pérdida y amenaza con provocar un grave quebranto para los hijos. Como afirmaba Tomás de Aquino, corruptio optimi, pessima (la corrupción de los mejores -y de lo mejor- es lo peor). Trataré hoy solo dos aspectos que me parecen evidentes.

La primera consecuencia de la dualidad matrimonial (para que nadie se llame a engaño, hablo del matrimonio como unión entre un hombre y una mujer) es la diferencia sexual. Nuestros hijos aprenden de manera espontánea y vivencial, sin necesidad de grandes discursos argumentales, que su padre y su madre no son cada uno de ellos una totalidad, sino una polaridad sexual, que se han necesitado mutua y complementariamente para generar la vida que él ha recibido. Esta experiencia genera una sabiduría prudencial en nuestros hijos que amortigua el embate continuo del constructo intelectual de la ideología de género radical y su confusión entre identidades sexuales.

Ahora bien, la premisa para que esto se produzca de manera efectiva es la presencia de los padres, del padre y de la madre, porque su ausencia dificulta y enturbia la asimilación por parte del hijo de la diferencia de roles y de modelos masculino y femenino. Nuestros hijos necesitan tener bien cerca, de manera palpable, cognoscible e imitable, un modelo de varón y un modelo de mujer ante quienes contrastar las indiferenciadas propuestas andróginas que les ofrece (hoy, más bien, impone) la sociedad. Y esto es particularmente importante en la preadolescencia y la adolescencia, períodos en que van afirmando su identidad sexual, e incluso antes.

La segunda cualidad matrimonial que quería comentar es la diferencia de estilos mentales y afectivos. A nadie se le escapa que una de las grandes riquezas del matrimonio es la suma de dos personalidades, que no es una suma aritmética sino más bien una progresión geométrica. En efecto, no vamos al matrimonio a anular sino a sumar personalidades. “Si mi marido se anula, ¿qué me queda para amar?”, se pregunta Marta Brancatisano en “La Gran Aventura”. Es fácil que venga a la memoria el recuerdo de algún genio universal que, llegada la vejez y después de haber anulado por completo la personalidad de una mujer consagrada generosamente a su admirado esposo, henchido de su enorme ego, se olvida de ella y se va con otra que le alegre la vejez.

No es este el camino. Al contrario, interesa que cada cónyuge crezca como persona todo lo que sea capaz con la ayuda del otro, porque ese crecimiento mutuo es lo que enriquece al matrimonio, aunque implique un mayor esfuerzo en la construcción del espacio común y personal.

Pero lo que ahora me interesa destacar es que nuestros hijos también tienen derecho a ese crecimiento en equilibrio de la personalidad de su padre y de su madre. Y no solo al crecimiento, sino a su implicación, más aún, a su compromiso en la dirección y gestión de la familia y de lo familiar (no hace falta recordar aquello del plato de huevos con chorizo, en el que la gallina se ha implicado, pero el cerdo…, el cerdo en verdad se ha comprometido).

Cada uno de nosotros tenemos nuestro estilo afectivo y mental, y nuestros hijos tienen derecho -¡sí, derecho!- a que ambos estilos, el de su padre y el de su madre, se hagan presentes en condiciones de igualdad, con la misma fuerza e intensidad. Es evidente que algunos hijos se parecerán más al padre y otros más a la madre, ya sea en los ritmos, en los afectos, en las capacidades, en las tendencias o en cualquier otro aspecto de la personalidad.

Pues bien, si uno de los padres se inhibe y no se corresponsabiliza en el establecimiento de los criterios, pautas, límites, instrucciones, modos de actuación, actitudes, etc., que han de regir su familia, habrá un grupo de hijos, los que más se parezcan a ese progenitor, que siempre irán a contracorriente, mientras que el resto, los más parecidos al progenitor que lleva la batuta, irán siempre a favor de la corriente. Unos tenderán a estar más incómodos con el funcionamiento de la familia, mientras que los otros estarán en su salsa. Los más bohemios disfrutarán cuando dirija el progenitor más flexible, mientras que los más disciplinados descansarán con el programa metódico del otro progenitor.

Se mire por donde se mire, la conclusión es siempre la misma, la del título del blog de mi amiga Pilar: es un proyecto para 2 (¡y mucho más!…).

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Tácticas de amor

En el último post introduje el tema de la educación sentimental, afirmando que hemos de lograr que nuestros hijos (y nosotros mismos) lleguen a sentir la verdad: lo bueno como bueno y lo malo como malo, para que su propio organismo afectivo les ayude a actuar y reaccionar adecuadamente ante la realidad que les circunda. Esta semana he coincidido con Marisa, una buena amiga mexicana, quien, apenas saludarnos, me inquirió: Javier, leí tu último post y estoy muy de acuerdo…, pero, ¿cómo hacerlo? ¡Dame algún tip!”.  Lo primero que hice fue remitirle a Loles, mi mujer, porque, como saben bien los que me conocen de verdad, mi papel consiste muchas veces en elaborar las teorías que ella antes ha puesto en práctica.

¡Ojalá existiera una receta! Ahora mismo la copiaba de donde fuera y la daba a conocer a todos los lectores de este blog, pero me temo que, como enseña Gregorio Luri, “no hay soluciones técnicas para las cuestiones humanas”.

Sin embargo, pienso que sí se pueden enunciar algunos principios que ayuden a desarrollar las ‘estrategias de amor’ (virtudes) de que hablaba en mi anterior entrada en un nivel más táctico, que proporcione herramientas para la educación de los sentimientos. Naturalmente, cada uno tendrá que concretarlos según su propia circunstancia. Veamos algunos.

Principio biográfico. Me parece que es importante hacer un esfuerzo por generar una rica y atractiva biografía familiar, un acervo de tradiciones propias, eventos, anécdotas, experiencias familiares que creen un perfil propio con el que nuestros hijos se puedan sentir identificados. Afirma Julián Marías que “no se piensa con el cerebro, sino con la vida, con la vida biográfica”. Y es bueno que nuestros hijos se identifiquen con una manera de ser, la de nuestra familia, que les irá configurando también afectivamente. Así, cuando regresen de la adolescencia (en algún momento entre los 30 y los 50 años, siento no poder ser más preciso), un buen día se reencontrarán con lo que en verdad son y redescubrirán aquellas virtudes que en mala hora abandonaron. Es el efecto ‘magdalena de Proust’, hoy más conocido como efecto Ratatouille.

Principio de realidad: nuestros hijos tienen que aprender en casa que las cosas son como son y no se pliegan siempre a su capricho, que existe una realidad fuera de ellos que tiene su propia entidad que hay que respetar. Que los otros existen y son como son, verdaderamente otros, resistentes, reales y diferentes a uno mismo. Y que muchas veces serán ellos los que tengan que adaptarse a la realidad y no esta a su arbitrio. En términos más prácticos: que si tienen un problema que pueden resolver ellos, no se lo resolvemos nosotros; si se atascan en el triciclo, nos limitamos a ver cómo se desatascan; si se olvidan el bocadillo, no se lo llevamos a la escuela; si se van sin jersey, pasan frío; si llegan tarde, no juegan el partido y no llamamos al entrenador para excusarles; si no trabajan a cierta edad, tienen poco dinero; si hay un funeral, se alteran los planes; si el abuelo está en la clínica o necesita compañía, también se modifican los planes personales, porque se le va a ver cuando a él le conviene, no cuando a nosotros nos va bien. Naturalmente, que nadie se escandalice, caben las excepciones, que somos una familia, no un ejército. Creo que se entiende el mensaje, es muy sencillo de expresar: “hijo, hija, tú no eres el ombligo del mundo”.

Principio de proporción: los acontecimientos y sucesos tienen distinto valor, y los sentimientos que generan son cuestionables. Su pequeña contradicción no tiene el mismo peso que el dolor ajeno; la muerte del gato es triste, pero no es comparable con el dolor de un atentado terrorista; se puede ir al cole con un dolor de cabeza y sonreír durante una mala digestión; el desplante de una amiga no tiene porqué proyectarse a la familia, como el enfado con un hijo no autoriza a deteriorar a la relación con nuestro cónyuge. Como escribí en otro post, mi hermano pequeño, que es monje mendicante, me dijo una vez: “el pobre vive en lo profundo de la vida”, es decir, sus decisiones diarias tienen tal calado que pueden afectar de manera seria e irrevocable a su vida, a su salud o a otros bienes auténticos. Lo contrario que suele suceder a nuestros hijos (y a nosotros mismos), que vivimos demasiadas veces en la superficie de la vida, inmersos en decisiones y eventos frívolos e insustanciales. Creo que es un buen consejo este de llevar a nuestros hijos, de vez en cuando, física y no solo espiritualmente, a lo profundo de la vida, a la pobreza y la precariedad, para que vean otra realidad.

Principio de emulación. Afirma Romano Guardini que “el factor más eficaz para educar es cómo es el educador; el segundo, lo que hace; el tercero, lo que dice”. Nuestros hijos, de pequeños, copian lo que hacemos, pero muy pronto acaban viendo lo que somos. No hace falta decir nada más.

Principio de buen humor. La mejor manera de ‘atemperar’ los sentimientos de nuestros hijos, es decir, de ayudarles a desarrollar un buen temperamento, de manera que logren adaptar sus sentimientos a la realidad, es reírnos mucho de nosotros mismos, de nuestros errores y desaciertos, de nuestras emociones a veces tontas y egoístas… y también, con delicadeza, pero con realismo, y siempre junto con ellos, de las suyas.

Y, como siempre, ¡mucho ánimo!

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Estrategias de amor

C.S. Lewis, el autor de “Las Crónicas de Narnia”, entre sus muchas obras, escribió un opúsculo denominado “La Abolición del Hombre” en el que afirma: “sin la ayuda de sentimientos orientados, el intelecto es débil frente al organismo animal. Yo jugaría antes a las cartas con un hombre escéptico respecto a la ética pero educado en la creencia de que “un caballero no hace trampas” que con un intachable filósofo moral que haya sido educado entre estafadores. En medio de una guerra no serán los silogismos los que mantendrán firmes los nervios y los músculos tras tres horas de bombardeo. El sentimentalismo más burdo hacia una bandera, un país o un regimiento sería más útil”.

En otras palabras, ya podemos esforzarnos los padres en transmitir a nuestros hijos las más grandes y bellas verdades o los más altos principios, que si no les hemos enseñado a “sentir” —así: sentir—  agrado y simpatía por lo que “en verdad” y no “en apetencia” es bueno y verdadero, y disgusto y repulsa por aquello que, también “realmente”, es malo o falso, todos nuestros esfuerzos pueden ser en vano. Si sus sentimientos no han sido educados parejamente a su entendimiento y, por el contrario, han campado arbitraria y caprichosamente por sus anchas, serán incapaces de hacer suyas esas verdades porque, aunque quieran, no podrán ni sabrán vivirlas y sentirlas como propias.

¿Y cómo se educan los sentimientos? Me temo que no hay otro camino que el de la virtud, la adquisición de hábitos buenos.

Ahora bien, la virtud tiene dos aspectos inseparables: uno es el hábito. El sentimiento necesita un cierto acostumbramiento para hacer suya una acción. Por ejemplo, yo, a los 15 años, estaba acostumbrado a decir palabrotas, me sentía natural diciéndolas y parecía que formaban parte de mi configuración personal. Sin embargo, con el tiempo y cierto esfuerzo, fui abandonando esa manera de hablar adolescente y hoy me resulta extraña; más bien he de forzarme para decirlas, salvo alguna que surge espontáneamente en momentos puntuales.

Toda virtud requiere, pues, entrenamiento. Pero ese entrenamiento, ese hábito adquirido no se transformará en virtud (he aquí el otro aspecto) hasta que se dirija al amor. Si todo mi esfuerzo por hablar educadamente hubiera tenido como única finalidad ascender socialmente o poder adular a quienes pueden favorecerme, pongo por caso, habría quedado en mera perfección técnica egoísta, y no sería virtud propiamente dicha. Por eso, Paul J. Wadell define a las virtudes como “estrategias de amor”. Son estrategia, técnica, entrenamiento, pero dirigidas al amor. Si no, se desvirtúan (nunca mejor dicho).

Por eso, al educar los sentimientos de nuestros hijos, es importante que vayan asimilando ciertas acciones para integrarlas en su configuración sentimental, que las perciban como suyas, como propias de su organismo a fuerza de repetirlas. Pero más lo es aún que sepan ver en su entorno un destino atractivo al que dirigir esas competencias que van adquiriendo. En otras palabras, que descubran la verdad y el bien rodeados de belleza, para poder seguirlos con esos hábitos que han ido desarrollando.

Por ejemplo, si usted quiere que su hijo llegue algún día a amar a una persona para siempre, comience por ayudarle a poner las últimas piedras en lo que haga, a terminarse la manzana que no le gusta, a prestar servicios a la familia, para que comprenda, a golpe de esfuerzo personal, que hay una realidad fuera de él que no se transforma según su capricho, que un alimento no es un desecho ni una persona un instrumento, que el amor es muchas veces esforzado y que él no es el centro del universo.

Pero, al mismo tiempo, muéstrele la belleza, la verdad y el bien que hay en el matrimonio para que pueda enamorarse de él. Muéstrele la cara amable de su propio matrimonio: la preferencia que tiene siempre su esposa sobre su trabajo, sus amigos, sus aficiones ¡o sus propios hijos!, el beso especial que reserva para ella, los detalles que le prepara, las galanterías que le brinda, la atención que le procura, el roce, el cariño, los abrazos, el entrelazar de manos, el sentarse juntos, la alegría de su vida matrimonial.

Si no, aunque, con el correr de los años, sea capaz de entender con la inteligencia que el amor para siempre es el ámbito privilegiado de la felicidad, su voluntad no será capaz de preservarlo y su sentimiento, que tantas veces es la prolongación de la voluntad, no percibirá una atracción suficiente que le impulse.

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José

La vida te hace a veces regalos inesperados. Yo acabo de vivir uno de ellos: un viaje a Tierra Santa. No puedo verter aquí todas las impresiones, fuertes, que me ha dejado, pero, teniendo en cuenta los días especiales en que estamos y la temática familiar de este blog, sí me gustaría reflexionar brevemente sobre una de las figuras de aquel primer pesebre: San José.

Tuve la ocasión de estar en Belén, Nazaret, Cafarnaúm…, lugares donde la evocación de José, aquel varón de la tribu de David, originaria de Belén, estaba humildemente presente.

Siempre me han atraído las películas en que una persona ordinaria, del montón, como usted y como yo, se encuentra de pronto, sin quererlo ni beberlo, inmerso en una aventura planetaria y va tomando conciencia de que de él depende el futuro de la humanidad. Ése es San José.

Un buen día se entera de que su novia es, en realidad, la madre de Dios y, claro, el hijo que espera, que, por cierto, no es suyo, es Dios mismo. Y hace lo mismo que todos los héroes inesperados de las películas. Se da la vuelta. “Mira, María, yo te quiero mucho, pero… esto es demasiado. No es que no te crea, eres el amor de mi vida y confío más en ti que en todos los notarios del mundo, pero no me veo preparado. Mejor que lo dejemos correr”.

Y no es de extrañar. Al margen de lo increíble de la historia, es una complicación espectacular. Todos los planes, al traste. Una vida nueva. ¿Y qué se supone que he de hacer yo?… ¡Uf! Olvídalo. Esto no es para mí, un simple carpintero… Y se va.

Pero, de repente, le da un ataque de realismo, provocado por un sueño angélico, y se mete en el misterio. Suena a paradoja, pero así es: el misterio es hiperrealismo, una medida sobreabundante de verdad, según la definición de Guardini. Una verdad que no alcanzamos a entender pero que se nos hace evidente, por encima de nuestra capacidad de intelección.

El episodio de la concepción de Jesús da mucho más juego, pero me parece que, por hoy y en vísperas de Navidad, con lo dicho es suficiente para extraer dos claras consecuencias que pueden ayudarnos en nuestra vida matrimonial y familiar.

La primera. Nosotros (me refiero ahora a los maridos) también somos como ese héroe anodino que, de pronto, se encuentra con un destino que le excede: amar y cuidar a su mujer y a sus hijos, consciente de que ellos son mucho más valiosos que él. Sabiendo que sus vidas y sus personas han de convertirse en el centro de gravedad de su amor y que él importa poco porque, como le sucedió a José en la Sagrada Familia, entre la madre de Dios, Dios mismo y él, él era el menos importante. Partir de esta premisa de humildad personal es fundamental para no confundir el matrimonio y la familia con una extensión de nuestros proyectos y deseos personales y ponerse al servicio de algo mucho más grande que nosotros mismos.

La segunda. Aceptado el misterio, y nuestra mujer, como toda persona, tiene una parte de misterio que es inútil empeñarse en resolver (se resuelven los enigmas, no los misterios), llega el momento de la lealtad. Te creo porque tú lo dices. Estaré siempre a tu lado, pase lo que pase, y tenga a quien tenga enfrente. Tomaré partido por ti en toda ocasión, te defenderé frente a los demás. Nunca te criticaré, menos aún en público, ni haré uso de la ironía o el sarcasmo en nuestra relación.

Humildad, misterio y lealtad, solo tres de las muchas lecciones que estos días podemos aprender ante el Belén. De nuevo, ¡feliz Navidad!

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Casarse para amar

—“Oye, ¿tú que crees, que tu marido se casó por amor o por interés?”

—¿Mi marido? Por amor, seguro.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo puedes estar tan segura?

—Pues…, ¡porque interés no pone ninguno!

Lo que no es un chiste es la pregunta que se hace Allen Vaysberg, coach, speaker y autor de “The New Love Triangle”, en un artículo publicado recientemente: “¿Estás casado porque amas a tu esposa o porque ella te hace feliz?”

Una pregunta interesante, que el autor responde por etapas. Razona, primero, que si te casaste por amor es porque partías de un principio de abundancia: tenías mucho amor y se lo entregaste a ella; mientras que si te casaste buscando la felicidad, partías de un principio de carencia: necesitabas amor y lo buscaste en ella.

Yo me casé porque la amaba, se responde después a sí mismo, porque disfrutaba viviendo con ella, porque mi vida no era la misma, porque me encantaba su delicadeza, su amabilidad, su manera de ser y por muchas otras razones que aún hoy me mantienen en el amor.

Y, en este punto del razonamiento, nuestro coach se da cuenta de que, en realidad, todas las razones por las que amaba y ama a su esposa se confunden con la felicidad propia y tienen un sesgo ego-centrado: ‘yo’ disfruto, ‘mi’ vida es mejor, ‘me’ encanta… Con lo que se pregunta qué sucederá si, un día, Dios no lo quiera, se van difuminando. ¿Seguirá amándola?

Y es que amor y felicidad están siempre conectados y no es fácil distinguirlos a primera vista, porque el primero suele llevar a la segunda, siempre que sea recíproco, claro.

La conclusión que alcanza Vaysberg es que, si queremos mantener vivo nuestro amor y generar felicidad en nuestro matrimonio, hemos de adoptar una disposición de love giver (dador de amor) y no de love taker (tomador de amor).

El que se empeña en dar amor y procura olvidarse de recibirlo (aunque ‘ser amado’ sea lo que más quiere en este mundo) acaba generando felicidad en su esposa, en su matrimonio y en sí mismo.

Es el mismo enfoque que, desde una perspectiva más práctica, adopta Shaunti Feldhahn, autora de “The Surprising Secrets of Highly Happy Marriages”, en otro artículo que he leído recientemente, titulado “5 steps to make your marriage explode”.

¿Cuáles son los cinco pasos que propone para lograr la explosión (buena) de tu matrimonio?:

  • Asume que tu esposo/a tiene siempre buenas intenciones, aunque te hiera sin querer.
  • Aprende las pequeñas cosas que molestan o gustan a tu esposo/a. Según la autora, a los hombres, por lo general, les hunden especialmente las críticas que a veces se hacen sin reflexionar (¿Por qué guardas la ropa así, no ves que está arrugada?), mientras que a las mujeres les fastidia esa convicción tan masculina de que el amor se demuestra trabajando miles de horas y ganando miles de euros en lugar de pasando miles de minutos juntos.
  • Cambia tú primero cuando detectes algún aspecto a mejorar. ¡No esperes a que él o ella lo hagan!
  • Prioriza la relación sexual. Muchos estudios revelan, según la autora, que mantener relaciones sexuales con periodicidad (idealmente, una vez a la semana o más, según Feldhahn) ayuda a despertar el deseo y es crucial para fortalecer la relación (no en vano es el único acto en que alma y cuerpo se fusionan completamente); mientras que, a fuerza de aplazarlo o evitarlo (por cansancio, tensiones, enfados…), se acaba reduciendo el deseo (especialmente en la mujer, matiza) y puede llegar a verse como una especie de carga o demanda egoísta y perderse el medio de unión más característico del matrimonio.
  • El último, más que un paso es una conclusión. Si llevas a cabo este esfuerzo personal, tarde o temprano percibirás la mejora, personal primero, de tu cónyuge después y de vuestro matrimonio simultáneamente.

Lo sé, es lo de siempre…, aunque yo, lo confieso, me olvido a menudo. Quizás por eso lo escribo aquí.

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Gente corriendo

Ricardo Yepes, filósofo y profesor de Antropología, que falleció prematuramente hace dos décadas, deslizó en una de sus obras una sencilla y feliz frase que es toda una definición del que podríamos denominar ‘homo civitatis’. Afirma apodícticamente: “la gente corriente es gente corriendo”.

Dos anécdotas personales me vienen a la cabeza, y creo que pueden ayudar a ilustrar el pensamiento del autor.

La primera fue una reacción inesperada que experimenté a los treinta y pocos años, cuando solo tenía dos hijos (¡después vinieron 5 más!). Trabajaba entonces en un despacho de abogados de gran tamaño y tenía que apuntar escrupulosamente el tiempo que dedicaba a cada asunto, a fin de facturarlo al cliente. Nada especial, lo habitual en un despacho de abogados. Pero, para mí, que procedía de un despacho unipersonal de un catedrático, constituía una verdadera novedad que me costó incorporar (¡y aún me cuesta!) a mi quehacer diario. Un día, estaba en mi casa, en el suelo, jugando tranquilamente con mis hijos pequeños, cuando, instintivamente, miré el reloj con la intención de calcular el tiempo que llevaba con ellos. La reacción me preocupó, y me prometí a mí mismo, sin descuidar mis obligaciones para con el despacho y los clientes, no obsesionarme con el time report (el anglicismo habitual en la jerga profesional) y darle el carácter instrumental y localizado que tiene.

La segunda, ya en mis cuarenta, fue una llamada de un primo mío que, durante un tiempo, estuvo viviendo y trabajando en La Cerdanya, un valle del Pirineo catalán. Iba yo en moto con el móvil apresado entre el casco y la oreja, sonó el teléfono y contesté.

¿Dónde estás, que se oye tanto ruido?”, me dijo mi primo.

“En la moto. Espera un momento, que paro”, contesté (lo puedo contar porque ya ha prescrito la multa que merecía).

“¡Los de Barcelona estáis todos locos!”, me reprendió mi primo cuando, tras bajar de la moto, retomé la conversación, “¡Pero, ¿cómo se te ocurre contestar al teléfono en la moto?! ¿Tan agobiado estás?”

En el otro extremo tengo un cliente que se mueve siempre con 20 ó 30 minutos de holgura. Si llega antes, no le importa esperar. Esos minutos son para él muy importantes porque le permiten hablar con la gente que se encuentra en el camino, ayudar a alguien que ve urgido, hacer un comentario amable a un desconocido, saludar a la florista con la que se cruza a diario o detenerse a comentar la última noticia con el vendedor de la ONCE. Vale la pena hacer cualquier recorrido con él. Es siempre un trayecto humano y enriquecedor.

Y tengo también un hermano, monje mendicante y, como él dice, ‘contemplativo en medio del mundo de la pobreza’, para quien el tiempo parece haberse detenido. Las adoraciones y celebraciones eucarísticas de su Comunidad se elevan entre cantos y oraciones y flotan por encima del tiempo, perdidas en algún ignoto lugar entre el Cielo y la Tierra donde solo el alma parece capaz de acceder. Caminar con él es también una experiencia insospechada: si ve un pobre en la calle, se sienta a su lado, le escucha y se olvida de todo lo demás.

Quizás son los extremos y haya que buscar el equilibrio, pero muchos tenemos que reconocer que la gestión del tiempo es una asignatura pendiente. Y no solo para ser más eficaces, que para eso ya hay muchos expertos, sino, simplemente, para ser más humanos, más auténticos, no vaya a ser que con tanta eficacia y tanta aceleración acabemos dando mucho fruto, pero ninguno maduro.

La conclusión podría ser esta: primero, las personas (¡y, ojo, que Dios también lo es!). Y según un orden jerárquico claramente establecido, claro, no vayamos a postergar ahora a nuestra familia bajo el pretexto de la florista… o incluso de los pobres. ¿Cómo hacerlo? Técnicas hay muchas, y expertos, más. Doctores tiene la Iglesia. Yo solo quería hacer (¿hacerme?) una llamada de atención. Y ya está hecha.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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