Mindgodness

Este fin de semana he asistido a un curso de mindgodness. La verdad es que, con mayor o menor acierto, vengo practicándolo a diario desde hace muchos años.

Y puedo asegurar que es cierto lo que dicen. Tiene efectos saludables para el cuerpo y para el espíritu. Reduce el estrés y la ansiedad, ayuda a dormir mejor, protege el cerebro, acrecienta la capacidad de concentración, desarrolla la autoconciencia y el autoconocimiento, calibra la realidad en su verdadera dimensión, desarrolla la inteligencia emocional, favorece la creatividad, mejora las relaciones personales y muchas cosas más.

Algunos maestros aconsejan comenzar con una postura cómoda pero atenta. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en la pared, a ser posible. No es necesario que sea en la posición de loto. En el curso al que he ido, la verdad, nos sentábamos en unos bancos de madera la mar de cómodos oportunamente dispuestos para la ocasión. Y se meditaba de maravilla.

Tampoco nos era imprescindible repetir un mantra para estimular la liberación de pensamientos intrusivos porque el que dirigía la meditación la introducía con una serie de invocaciones que generaban el mismo efecto en un par de minutos. También los participantes, incluso los más noveles, podían sin dificultad hacerlo por su cuenta.

Una vez introducidos en el estado meditativo, se producía, sin embargo, un efecto no por conocido menos sorprendente. Mi primer impulso autoconsciente era encontrarme con el yo interior, ir en busca de mi ser más profundo y, desde allí, conectar con la realidad conscientemente.

Pero, cuando levantaba la vista y me concentraba en el objeto que tenía delante, una pequeña caja hacia la que todo estaba dispuesto en la habitación y a la que se orientaban todos los bancos, mi pequeño y aburrido yo se diluía y se me hacía esquivo, a tal punto que no lograba concentrarme en él.

En su lugar, surgía otra cosa, algo diferente y más grande, mucho más grande, que percibía como propio y ajeno al mismo tiempo. Era como si mi autoconciencia fuera, en verdad, al mismo tiempo, alteroconciencia.

Aunque en el fondo ya lo sabía, para mi tranquilidad, me volvieron a confirmar que eso era lo que sucedía cuando uno practicaba mindgodness. Que, buscándose a sí mismo en su interior, acababa siempre topándose con quien de verdad habita allí. Agustín de Hipona le llamó el “intimior intimo meo”, el “más íntimo a mí que yo mismo”, en traducción libre.

Es lo que tiene el mindgodness. Que siempre hay quien convoca al Espíritu Santo y trae a Jesús sacramentado, y, entonces, claro, entre que ya habitaba el alma y que se hace especialmente presente, todo se altera y se transforma de manera extraordinaria (sobrenatural, vamos).

Y, como era de esperar, volví a experimentar todos los otros efectos que el mindgodness añade a la clásica meditación del mindfulness y que, a veces, pueden parecer contradictorios. ¡Hay que ver qué lío de palabras! ¡Con lo fácil que era cuando todo era meditación!

¿Cuáles son esos efectos? La dedicación a los demás con olvido de sí mismo, la desconfianza en las propias fuerzas unida a la esperanza cierta de un mundo mejor que Alguien ha ganado ya para nosotros, una alegría inexplicable incluso en el dolor o la dificultad, la convicción de que la trayectoria personal no termina con la muerte, la unión (hay quien, para reforzar la idea, dice comunión) con los demás, la asunción (que no comprensión) de muchos de los misterios que la mente humana no alcanza a entender, la certeza de que sin la ayuda de una fuerza superior estamos condenados a la misma e irremediable historia de siempre… Y otros todavía más estrambóticos como, por ejemplo, ¡el deseo de cargar con una cruz diaria o de vivir más desprendido de los bienes materiales!

Lo que a mí me pasa cada año cuando voy a un curso de estos es que los efectos no me duran mucho. Por eso hago propósitos de continuar practicando mi mindgodness diario.

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Amor y voluntad

No sé si los lectores de este post recordarán una película titulada La Vida es Bella, que narra la experiencia de una pareja que se enamora, se casa, tiene un hijo, es apresada y llevada a sendos campos de concentración: el padre y el hijo, al de hombres; la madre, al de mujeres.

Durante su estancia en el campo de concentración, el padre recrea un escenario de ficción, simulando vivir un juego, para evitar, en la medida de lo posible, el trauma que aquella situación puede representar para el hijo, y consigue, admirable y sorprendentemente, distraerle del drama que están viviendo. Y no cuento más, no sea que alguien no la haya visto todavía.

Traigo a colación esta película a raíz de una expresión que oí el otro día en un curso de Family Enrichment (www.iffd.org): “cuando el sentimiento desaparece, el amor es una farsa, una comedia”.

Y, sin embargo, a veces hay que hacer ‘comedias’ en el amor. El protagonista de La vida es Bella, hace una comedia por amor. Una bella farsa para hacer reír a su hijo. Logra transmitirle alegría desde la tristeza, fuerza desde la debilidad, seguridad desde la vacilación, esperanza desde la desesperación, juego desde el drama. Y eso es amor. No siente nada de lo que hace, pero todo lo hace por amor. Percibe que el amor es un sentimiento espiritual, mucho más alto que los sentimientos físicos y psíquicos de dolor y tragedia que le embargan, y pone estos últimos al servicio de aquel. Un sentimiento más alto, el amor comprometido y para siempre hacia su hijo, logra imponerse a esos otros sentimientos tan humanos que le asaltan día y noche, e impide que se abandone a sí mismo y desista de dar a su hijo lo mejor de sí.

¿Cuántas veces hemos bailado, cantado, contado chistes y hecho las mil y una tonterías para arrancar una sonrisa a un hijo enfermo, aunque no sintiéramos ningunas ganas? ¿No era eso amor? ¿Era farsa, era comedia?

Y, sin embargo, aunque a veces hay que querer así, sin sentir, y no pasa nada, ordinariamente el papel de la voluntad en el amor no es amar a plomo, a pulso, con la sola fuerza del espíritu. La voluntad que ama hará lo que sea por amor, pero, si quiere ser eficaz y competente, no se quedará en sí misma. Concitará a la inteligencia. Estrujará el corazón. Exprimirá la memoria. Soltará la imaginación. Regirá el cuerpo. Se impondrá a todo su ser para llevarlo de nuevo hacia el amor.

El papel de la voluntad es, en efecto, re-crear (volver a crear) el amor, espolear la inteligencia entumecida, rescatar el sentimiento aletargado, despertar la memoria dormida, abrir la puerta a la imaginación enclaustrada, atraer de nuevo al cuerpo confundido… y llevarlos a todos hacia el ser amado. En momentos de dificultad, alguno de ellos se resistirá, pero la voluntad insistirá, con farsa y sin ella, y esperará, paciente, a que esa chispa avivada de nuevo vaya prendiendo poco a poco y crezca hasta quemar otra vez los maderos gruesos, aquellos que se enfriaron porque nadie agitaba el fuelle del amor auténtico. Y, si esto no acontece, la voluntad de amar será capaz de hacer un acto de humildad y buscará ayuda…, un amigo, un experto, alguien con criterio en quien confíe. Todo antes que dejar de amar.

¡Qué importante es la voluntad en el amor! ¡Y qué importante es no dejarla nunca sola!

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Amor y libertad

Una de las grandes dificultades de los jóvenes de hoy en día para casarse es el miedo al compromiso. Según se mire, no es mala señal. Significa que se lo toman en serio. Peor sería que se casaran frívolamente, sin valorar la profundidad de la decisión que están tomando.

Cualquier decisión que compromete la vida entera produce un vértigo existencial. Hay otras decisiones importantes, como la carrera que se va a estudiar, el trabajo que se va a aceptar o la dedicación a un voluntariado que generan dudas, tensiones e inseguridades, pero no ese vértigo característico de las decisiones irrevocables propio de quien no se toma la vida con ligereza.

Entre las decisiones de esta naturaleza hay una que suele escapar a la lógica descrita: tener un hijo. Es, qué duda cabe, una determinación que no admite vuelta atrás y compromete de por vida al más alto nivel, pero está rodeada de una serie de valores (ilusión, alegría, entrega, magnanimidad -ánimo grande-, etc.) que aportan una rara seguridad y alejan el vértigo y el miedo.

Me parece que lo que está en juego en todo esto es uno de los valores más preciados del ser humano: la libertad. Algunos tienden a ver en el matrimonio una atadura, una pérdida de libertad, y esta concepción les arredra y paraliza, de modo que huyen del compromiso o, si lo adquieren, no dejan nunca de verlo como un recorte, una mengua irrecuperable de su libertad personal. Aman hoy, pero no se atreven a prometer amor.

Sería muy pretencioso por mi parte aspirar a resolver esta dificultad en las escasas líneas de este post. La noción de libertad es una de las realidades más poliédricas y complejas con que se ha enfrentado la historia del pensamiento. Sin embargo, algo se puede decir.

Leonardo Polo afirma, apodícticamente, en una de sus obras: “el amor se impera porque es el despliegue de la libertad”. Esta enigmática frase puede ayudar a descifrar el misterio de la relación entre amor y libertad, pues el matrimonio, como la paternidad, no deja de ser un amor elevado a la máxima potencia, a la potencia de una vida entera.

Lo que quiere decir el filósofo es que el amor es obligatorio, imperativo para el ser humano precisamente porque es libre. Aunque se comprende mejor expresado al revés: el ser humano es libre porque solo así es capaz de amar. Sin libertad no hay amor, porque un amor impuesto no lo es. Por esta razón, el único que puede decidir amar es uno mismo. Lo sorprendente es que también puede decidir no hacerlo, porque amar es un imperativo, sí, pero solo moral. Ahora bien, si alguien decide odiar, que puede hacerlo, no ejerce adecuadamente la libertad. El odio es reflejo de la libertad que tengo -porque soy libre puedo decidir odiar -, pero no es su destino. Tenemos libertad para amar, no para odiar. Y, sin embargo, nadie puede obligarnos a hacerlo. Esta es la paradoja.

Yo pienso que nuestra libertad de elección está diseñada para las cosas grandes. Quien se mueve siempre en el terreno de las pequeñas elecciones (cerveza o Cocacola; falda o pantalón) acaba malgastando y frustrando su libertad, que aspira a algo más, a mucho más.

Se comprende, entonces, que casarse no sea fácil para todo el mundo: es un exceso de libertad. Lo mismo sucede con los hijos: son un exceso de libertad. Solo las personas enteramente libres y soberanas, capaces de poseer todo su pasado, todo su presente y todo su futuro y entregarlos al ser amado (el cónyuge o el hijo) están en las condiciones óptimas para tomar la decisión de casarse. Casarse exige una libertad soberana. Los esclavos (¡hoy tenemos tantos dueños!) no pueden casarse porque no saben si serán capaces de poseerse y decidir sus pasos dentro de cinco, diez o treinta años, y no tienen otro remedio que ceder las riendas de su vida a las circunstancias. Están excesivamente condicionados. No pueden prometer amor para siempre.

En el fondo, lo que sucede es que cuando decidimos entregar nuestra vida por entero a otra persona no perdemos la libertad, sino que le abrimos un horizonte inédito, nuestro matrimonio, y es ahí donde tendremos que desplegarla de nuevo.

La elección no es pérdida sino ejercicio de la libertad. Y si rodeamos esa determinación de aquellos valores de que hablaba más arriba (alegría, ilusión, entrega, magnanimidad…), no experimentaremos pérdida de libertad ni atadura algunas porque nos habremos ubicado en un nuevo escenario que nos brindará la oportunidad de volver a desarrollar y ejercer la libertad. Para ello, hay que rechazar la tentación de mirar atrás, como si importara más lo que perdemos que lo que ganamos con la elección.

Javier Vidal-Quadras

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La libertad no se conquista rehuyendo el compromiso, se forja a golpe de libertad.

En lo alto de la cascada

Cuenta la leyenda que, en un país muy lejano, un hombre bueno vio al pie de una cascada a un joven ahogándose en un remolino. Con gran esfuerzo, el buen hombre logró sacarlo del agua y llamó a un vecino para que lo ayudara a revivirlo. Cuando estaban en esa tarea, vieron que otro joven caía por la cascada. Mientras intentaban salvar al segundo, notaron que caía un tercero. Horas después, un gentío bien intencionado se esforzaba por rescatar a los que caían, uno tras otro. Algunos meses más tarde, los vecinos fundaron la Asociación de Ayuda al Ahogado, y con mucho sacrificio reunieron fondos para contratar a un batallón de buzos, que iba sacando del agua a los jóvenes que seguían cayendo. Cierta vez llegó a la comarca un hombre sabio, que preguntó: ¿No sería mejor subir a lo alto de la cascada y averiguar por qué se cae tanta gente? Los esforzados vecinos le contestaron, con poca paciencia: ¿No ves que estamos muy ocupados salvando vidas? ¡No tenemos tiempo ni dinero para excursiones! Entonces, el sabio subió al cerro en sentido contrario a la corriente y descubrió en la cima una aldea muy pobre, con una sola escuela. Frente a ésta, había un terreno baldío, enfangado y sin vallas situado justo al lado del nacimiento de la cascada donde los jóvenes resbalaban e iban cayendo uno tras otro.

Con este sugerente relato, tomado de Nieves Tapia, empezó Cristian Conen, abogado, profesor e investigador de la Universidad de La Sabana, la conferencia que impartió este fin de semana en el Congreso Latinoamericano de Líderes de Family Enrichment (también conocida como Orientación Familiar) organizado por la IFFD (International Federation for Family Development) en Cartagena de Indias, Colombia.

Unas doscientas personas, en representación de 18 países latinoamericanos, decidimos subir la cuesta de la cascada en busca de la raíz de tantas y tantas corrientes que arrastran y ahogan a nuestros jóvenes hoy en día: el aumento de adicciones, la delincuencia, la violencia, la apatía vital, los trastornos de personalidad y el suicidio juvenil; la continuidad intergeneracional de fenómenos familiares dolorosos como la infidelidad, las separaciones, el maltrato de mujeres, los niños huérfanos de padres vivos y recientemente, de padres digitales…

Durante dos días nos olvidamos de rescatar a los jóvenes que se iban precipitando por la cascada y nos concentramos en encontrar la causa de sus caídas.

Cuando llegamos arriba no vimos la escuela ni el fango ni el baldío, sino una multitud. Miles y miles, millones de familias desorientadas, deambulando sin norte en busca de una felicidad que se les escapaba entre los dedos.

Y volvimos a darles la esperanza que desde la IFFD venimos ofreciendo desde hace ya 50 años: la certeza de que es posible amar para siempre, y cada día con mayor pasión e intensidad; la convicción de que los padres seguimos siendo los titulares del derecho a la educación de nuestros hijos y sus primeros educadores, y de que ningún Gobierno puede dictarnos cómo hacerlo; la inevitable realidad de que la educación no es una ciencia cierta ni un recetario de cocina, sino una sabiduría prudencial que se adquiere con la misma formación, dedicación y competencia con que se logran las carreras profesionales; y la seguridad de que la familia es el hábitat del ser humano y el lugar privilegiado en que la felicidad se puede ver y tocar.

Y para que estas declaraciones no se transformaran en un brindis al sol, profundizamos durante dos días en todos los aspectos de los cursos de Family Enrichment que la IFFD imparte cada año a más de 30.000 personas en 68 países del mundo, que han llevado la felicidad a tantas familias y recibido el reconocimiento de Naciones Unidas en varias resoluciones del más alto nivel.

Cristian Conen, en su conferencia inaugural, abogó por una rebelión educativa pacífica que ampliara el enfoque del desarrollo aislado de la dimensión intelectual de la persona al desarrollo de la capacidad de amar en sus dimensiones intelectual, física, afectiva, social y espiritual para poder superar todas las lacras sociales que aquejan hoy a la familia.

Y nosotros le hicimos caso. Los cerca de doscientos participantes en el congreso, decidimos subir a lo alto de la cascada y preparamos el único terreno en que puede evitarse que los jóvenes sigan cayendo por la pendiente resbaladiza hasta la cascada del fracaso vital: la familia.

Ahora, de vuelta a nuestros países, vamos a seguir propagando la noticia a voz en grito: ¡poned en lo alto de la cascada una familia fuerte y no necesitaréis rescatar ahogados! Y, junto con el anuncio, continuaremos ofreciendo y perfeccionando el mejor instrumento para lograrlo: la formación familiar.

http://www.iffd.org

 

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Hoy

Hoy, al verte en la cruz, ¡hoy!, enclavado,
la razón se rebela, humana y fría:
¿Cómo un Dios agoniza así, colgado?
¿Cómo un hombre doliente Dios envía?

Hoy, al verte en la cueva, ¡hoy!, sepultado,
la voluntad se rompe y desconfía:
¿Cómo un Dios bajo tierra y olvidado?
¿Cómo un hombre, acabado, nuestro guía?

Hoy, al hundirte, ¡hoy!, en la amargura,
el corazón repudia esta quimera:
¿Cómo un Dios que se cubre de negrura?
¿Cómo un hombre que puede ser cualquiera?

Hoy, al no verte, ¡hoy!, en mi alma oscura,
mi memoria se olvida y desespera:
¿Cómo un Dios sin presencia ni figura?
¿Cómo un hombre que muere y nadie espera?

Pero hoy, que mi mente no comprende,
hoy, que mi voluntad duerme vacía,
hoy, que mi corazón ya ni se enciende,
y mi olvido de noche cubre al día….

¡Hoy es cuando te entiendo sin pensar,
cuando quiero quererte sin querer!
¡Y hoy es cuando te siento de verdad
y veo lo que en ti no supe ver!

¡Hoy es cuando mi mente tú reclamas,
cuando mi voluntad tú solicitas!
¡Y hoy es cuando, en recuerdos, tú me llamas
y cuando más mi amor tú necesitas!

¡Porque hoy es mi razón… tu prendimiento
y hoy es mi voluntad… tu sufrimiento,
la fuerza que me mueve…, tu tormento
y hoy es mi corazón… tu sentimiento!

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Donde hay confianza…

En mis años de juventud física (la espiritual, gracias a Dios, aún la conservo), uno de los chicos del grupo con el que iba hizo una ‘bromita’ a una de las chicas que me quedó grabada, para mal. Estábamos en una piscina, se le acercó por detrás y le desabrochó el lazo de la parte de arriba del bikini. Previamente, había avisado a sus amigos de chanzas y andanzas para que estuvieran atentos, porque, claro, si nadie lo veía ni se reía, qué gracia tenía la cosa.

La chica se tapó al ver su intimidad corporal al descubierto, se volvió, le dirigió una mirada que habría fulminado a cualquiera y se fue corriendo, con lágrimas en los ojos, a refugiarse donde las otras chicas, que afearon la conducta al graciosillo.

¨Donde hay confianza, da asco”, reza el dicho. Y, en efecto, hay quien confunde la confianza con la falta de respeto. En particular, esta confusión se intensifica durante los ambiguos años de la tardoadolescencia, que en algunas personas parece no acabar nunca.

En el fondo, esa falta de respeto que surge del exceso de confianza consiste en una incapacidad de reconocer de verdad, sin complejos, vergüenzas ni respetos humanos, la dignidad de la otra persona, que tiene derecho a ser tratada siempre como tal.

En los grupos de jóvenes es una postura muy extendida, agravada con la falta de personalidad propia de algunos en esta edad (¡y en todas las edades!), que se dejan llevar inevitablemente por la presión del grupo y de sus líderes. Esta conducta gregaria irrespetuosa, descortés e irreverente acaba contaminando las relaciones, hasta que llega un momento en que la diversión del grupo se alimenta del sufrimiento, a veces callado y doloroso, de otros.

Sin llegar a estos extremos, vengo observando entre algunos jóvenes, sobre todo varones, una tendencia inconsciente a lastimar la dignidad y consideración de las chicas con quienes se relacionan, sin darse cuenta de que quienes realmente se degradan son ellos mismos. Expresiones como “churri”, “guarri”, “pava” y otras semejantes para referirse o para llamar a una amiga son pequeños menosprecios, tantas veces inadvertidos, a su condición de persona. Paradójicamente, quienes cometen estos excesos se suelen justificar con la intensidad de la amistad o la confianza mutua, lo que es tanto como decir: a quien más quiero, peor le trato; sé tanto sobre ella que yo decido lo que le conviene y cómo ha de ser tratada. Lo cual evoca la concepción posesiva del amor que, por desgracia, tantos hombres tienen y tanto dolor provoca.

Lo primero que hacen los tiranos con sus víctimas en todos los regímenes totalitarios es intentar desposeerles de su identidad y anularles como personas por la vía de sustituir su nombre por un número, de modo que aprendan desde el primer día que allí no son nadie.

¡Qué importante es el respeto! Se empieza por perderlo en estos pequeños detalles de delicadeza y, si no se cortan, se acaba por desconocer al otro, que termina convirtiéndose en un mero instrumento a nuestro servicio. Poco importa lo que ella prefiera: “Total, si lo hago sin mala intención. Es que nos queremos mucho, hay mucha confianza y, por eso, me permito esos pequeños abusos cariñosos”. Pero hay amores que matan. Y, con el tiempo, esas faltas de delicadeza, de tono humano, se transforman en ironías, luego derivan en sarcasmos, hasta que llega un momento en que la relación se hace insostenible.

Esos años de juventud son un momento decisivo en la vida de muchas personas. Son años críticos (en el doble sentido de la palabra) en que se da forma definitiva a muchos aspectos de la personalidad. Y uno de ellos es nuestra futura relación con la mujer (hoy me dirijo a los varones) con la que construiremos nuestro común proyecto vital.

Pensar: “cuando la encuentre cambiaré y la trataré de otra manera” es desconocer absolutamente la naturaleza humana. Todo acto me conforma como persona y, si no me acostumbro ya, con mis amigas y mis amigos, a ser delicado en las formas y atento en el trato, no seré capaz de hacerlo cuando llegue el momento. Por desgracia, lo he visto ya en más de una ocasión.

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Amor, donación y préstamo

Hace una semana mantuve una entretenida tertulia con un grupo de jóvenes universitarios y salió el tema de la cohabitación previa al matrimonio que traté días atrás en otra entrada (Amor y convivencia). Como una de las tesis que sostengo allí es que el amor precede a la convivencia y la sustenta, siendo esta la que se subordina a aquel, surgió una dificultad conceptual en uno de los asistentes con formación aristotélica.

¿Cómo puede ser que primero tenga que decidir amar y después conviva, si no es posible amar lo que no se conoce?

Me vino a la cabeza, entonces, una de las aproximaciones intelectuales más lúcidas que he leído acerca del noviazgo y las relaciones prematrimoniales. La que desarrolla José Noriega en su libro El Destino del Eros.

En efecto, como mi amigo aristotélico sostenía, no es posible amar lo que no se conoce, y el camino de la virtud pasa de ordinario por la reiteración de hábitos y conductas, por lo que resulta anómalo decidir amar antes de conocer (a pesar de que en otras culturas no occidentales se sigue, a veces, ese camino).

La tarea del noviazgo es, para Noriega, la verificación, pero no la verificación de las rutinas (si baja la tapa del váter y cambia el rollo de papel cuando se termina), que son fáciles de modificar cuando hay determinación, sino la verificación del amor.

Lo primero que hay que verificar es que en los dos se ha producido la misma revelación, vamos en pos de la misma verdad y estamos dispuestos a luchar por ella. Es decir, si me ama como yo entiendo el amor y está dispuesto a hacerlo para siempre. Lo segundo es comprobar que se va dando una concordia en los caminos que vamos a recorrer, sobre todo en los asuntos importantes de nuestra vida (hijos, padres, trabajo, amigos, familias de ambos, prioridades y jerarquías, vida de fe, etc.), lo que requiere largos ratos de diálogo sincero “en el silencio de las pasiones”, como diría Rousseau. Y lo tercero es verificar que ambos hemos sido capaces de ir integrando nuestros dinamismos humanos en el amor: que vamos adquiriendo las virtudes que nos permitirán esa comunión plena de vida que será nuestro matrimonio y aprendemos a recoger nuestras distintas dimensiones personales (sexualidad, afectividad, inteligencia, voluntad, imaginación, memoria) para dirigirlas al amor, a nuestro amor y no a otros.

Se dirá que esta verificación se puede realizar en la convivencia. Y, en efecto, así es. Que la convivencia o cohabitación no tenga la capacidad de asegurar el amor en el futuro no significa que impida verificarlo en el presente. Pero no añade nada esencial, porque lo que se trata de verificar es el amor, una disposición del corazón que se extiende a toda la persona, y no la practicidad de una mejor o peor organización doméstica y de un más lento o rápido acomodo recíproco en la cohabitación o en los tiempos y ritmos del acontecer diario.

No añade nada esencial, decía, pero sí introduce un elemento de especial calado: la relación sexual previa al futuro matrimonio. Es esta, cuando es sincera, una relación sexual honesta, que nace de un contexto afectivo de unión mutua (no hablo aquí de una aventura sexual caprichosa), pero se da en un marco de referencia muy diferente al del matrimonio.

Esta entrega anticipada carece de una voluntad real de donación recíproca. Existe, ciertamente, un acto de entrega mutua, pero está teñido de circunstancialidad. Está circunscrito a la lógica de la experimentación y gozo mutuo porque no es capaz de prometer el tiempo, lo que impide que la entrega sea total. El propio Noriega, a quien estoy siguiendo en este post, afirma que “la persona es también su tiempo”, y la entrega del tiempo introduce una diferencia esencial, la misma que hay entre la donación y el préstamo. En la primera, que incorpora el tiempo, se excluye la posibilidad de reclamar lo dado; en la segunda, que lo excluye, el prestamista se reserva ese derecho a reclamar para sí lo transmitido. De modo que el amado puede preguntar legítimamente: ¿en verdad te entregas o te prestas?

Podríamos decir que la acogida del otro no es total, se introduce una reserva. Por eso, al margen de la experiencia previa de cada uno, solo en el momento en que los novios deciden despojar a las circunstancias del papel rector que les habían concedido en sus vidas y se determinan a tomar ellos las riendas de su futuro con el sí definitivo e incondicionado de su amor, se disponen realmente a abandonar la lógica de la experimentación y entrar en la lógica de la donación, del amor pleno.

Y, aunque pueda haber periodos de ofuscamiento, ese es el camino hacia la felicidad.

Sexo sin amor

Ricardo Yepes utiliza una gráfica expresión para referirse al sexo sin compromiso. Le llama “la sonrisa falsa” porque una sonrisa falsa es un grupo de músculos que se mueven para expresar lo que en verdad no significan.

La entrega de la mera sexualidad sin la entrega de la persona entera comparte esta condición: expresa lo que no significa. Parece querer darlo todo, pero acaba entregando solo una parte. Desde el punto de vista intencional, esta entrega puede ser absolutamente burda y superficial o puede ser sincera y honesta, aunque en ambos casos sea incompleta.

Hace tan solo unas décadas, la entrega más burda de la sexualidad, es decir, la relación meramente genital y corporal, fría, sin mayor pretensión ni afecto alguno, al más puro estilo animal (pero con la sofisticación humana del placer), solía identificarse con la prostitución. Todo el mundo comprendía que era producto de un ansia de satisfacer instintos que conllevaba una degradación de la persona, que se utilizaba como mero instrumento de placer, como mero objeto al servicio del ‘cliente’, pues de la prostituta no se esperaba otra cosa que la entrega del cuerpo. Y de un cuerpo desgajado de la persona, si eso fuera posible. Así se evitaba cualquier riesgo de vínculo emocional que pudiera complicar la cosa al cliente. Era muy importante no enamorarse, ¡y todavía más no amarse! Sin embargo, surgían problemas: costaba dinero y propiciaba la transmisión de ciertas enfermedades asociadas a la promiscuidad.

Hoy el tema se ha perfeccionado y se han resuelto en buena parte estos inconvenientes. Ya no hace falta pagar. Hay aplicaciones que te indican las personas-objeto que están cerca de ti por si quieres utilizarlas un rato. O, todavía mejor, para evitar el engorro de tener que ir buscándolas y reducir el riesgo para la salud, puedes cerrar con alguna de ellas un acuerdo, normalmente verbal, de uso recíproco de cuerpo ajeno. Para que la sonrisa sea totalmente falsa, se utiliza un eufemismo que acaba degradando no solo a la persona sino también la amistad: a ese objeto-persona se le llama follamigo/a. Lo que ya no sé es si se puede incluir una cláusula de exclusividad para reducir aún más el riesgo de padecer enfermedades de transmisión sexual.

Uno de los rasgos más destacados de la sexualidad humana es que tiende a la unión personal y la genera. El follamigo o follamiga de turno está probablemente convencido de que ese sexo desinhibido es un juego inocuo e inocente. No se da cuenta de que la relación sexual tiene, en la persona humana, lo que podríamos llamar ‘razón de amor’ y es una fuerza unitiva muy potente. Unir está en su naturaleza. Es lo suyo.

Uno de los problemas de entregar la sexualidad de esta manera tan trivial es que ese efecto de unión se sigue produciendo, aunque los follamigos no quieran verlo. Pero, claro, como se ha anulado la persona y solo se busca el placer que provoca su cuerpo, el efecto de unión se produce solo con los genitales, no se eleva al nivel de la persona. Y ya se sabe que todos los genitales ‘despersonalizados’ son igual de eficaces en lo que a generación de placer se refiere. Son sustituibles.

La consecuencia es que quienes acceden a este tipo de relación no se aperciben de que, con cada una de ellas, se van vaciando por dentro. Algo de su interior se escapa en cada encuentro y va hipotecando su capacidad de amar en el futuro. Además, de tanto tratarse a sí mismos como objetos, acaban contemplando a los demás como instrumentos de su propio placer y se alejan del ideal de amor: querer el bien del otro en cuanto otro y no en cuanto instrumento de mi propia felicidad.

A veces escandaliza la profusión de la pornografía. He aquí una de las razones de su existencia. La unión de la persona con una persona-objeto no es capaz de colmar los altos anhelos del corazón humano. No es suficiente. Y acaba sucediendo lo mismo que pasa con los objetos de verdad —el dinero, los móviles, los coches, las casas, los vestidos o los relojes—: que siempre queremos más y mejor, y vamos en pos de la última versión, de la experiencia nueva, de la más moderna sofisticación…, hasta generar una adicción.

Solo la persona entera, con exclusión de toda reserva, con todo su cuerpo y sus afectos y su voluntad y su inteligencia, con todo su presente y todo su futuro, con toda la profundidad de su ser insondable es capaz de colmar esas altas aspiraciones del alma humana.

Claro que para una entrega de esta naturaleza hace falta algo que hoy es difícil de encontrar: una libertad soberana. Solo un ser soberanamente libre es capaz de casarse. Pero de esto hablaremos otro día.

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Amor y compromiso

En la última entrada hablé de la incapacidad de la convivencia para contrastar el amor. Y ya avancé que, por razones de espacio, dejaba muchos aspectos de la cuestión en el tintero para futuras ocasiones, aspectos que, dado el interés que el tema suscita, voy a ir abordando en esta y sucesivas entradas.

Una pregunta que enseguida viene a la mente es qué diferencia hay entre convivir estando casado y no estándolo. Aparentemente, todo es igual. Si no es porque se lo dicen, nadie podría distinguir una pareja que convive more uxorio (según la costumbre de los casados) sin estarlo de otra que convive estando casada. ¿No hacen ambas lo mismo? ¿No se quieren y están igual de enamoradas? ¿A qué este empeño en comprometerse?

Y, en efecto, mecánica y externamente, todo es igual. A mí me sucede algo parecido con mi cuñado. Los dos tenemos una edad parecida. Los dos salimos a correr varias veces a la semana. Mecánica y externamente, los dos damos las mismas zancadas y movemos los mismos músculos. Pero él es capaz de correr maratones y yo no.

¿Cuál es la diferencia? El compromiso. Él se ha comprometido consigo mismo —y con los demás, que también lo saben— a correr una maratón. Yo, no. Por eso, sus zancadas no son exactamente las mismas que las mías. Son más comprometidas, más entregadas, si se me permite hablar así de una zancada. Tienen otra proyección. Responden a un entrenamiento específico, a unos tiempos, a unos ritmos, a unas frecuencias orientadas a una meta: poder correr la distancia del maratón en un tiempo determinado. Mientras corre, su mente está concentrada en lograr el objetivo, la mía divaga en mil ocupaciones. Y, cuando no corre, su inconsciente también tiene presente esa meta que se ha propuesto, de modo que mantiene su cuerpo y su mente dispuestos para lograrla. Mi inconsciente, en cambio, sigue siendo tal, no recibe ningún estímulo que le recuerde reto ni objetivo algunos en lo que a correr se trata.

Los besos, las llamadas, la distribución de los tiempos y tareas domésticas, la gestión del ocio, las decisiones logísticas y profesionales, la organización del deporte, la relación con nuestros compañeros de trabajo, las copas con nuestros amigos, hasta las oraciones…, toda nuestra vida se proyecta de manera diferente según hayamos prometido un amor para siempre o no.

Los actos y gestos del amor parecen iguales, y lo son externamente, pero contienen un significado y un alcance muy distintos. Si de verdad hemos decidido amar sin condiciones, cada vez que besamos, fregamos, hacemos la cama, llevamos al niño al cole, acabamos el informe, cogemos la raqueta, bebemos una cerveza con un amigo, chateamos o rezamos, aunque no lo percibamos, estamos preparando nuestro músculo personal para poder correr la maratón del amor sin retorno. Tenemos la convicción —tantas veces inconsciente en el momento— de que esos actos ya no son solo nuestros, sino que forman parte de un proyecto nuevo que no es ya de cada uno, sino que nos pertenece a los dos, al matrimonio.

Tomás Melendo lo expresa con palabras más precisas: el sí incondicionado y para siempre “me capacita para amar”, afirma. Me sitúa, podríamos decir, en un nivel de predisposición, de preparación —forma física, emocional, volitiva y mental— que difícilmente alcanzaré sin una “determinada determinación” (según expresión de santa Teresa) de amar para siempre. Es como el valor para tirarse en paracaídas. Puedo intentar entrenarme para adquirirlo, pero llega un momento, el momento de la verdad, en que todo depende de la decisión, de la voluntad: salto o no salto. Si salto, tengo el valor; si no salto, no lo tengo. Si salto, no hay vuelta atrás. No tiene sentido mirar arriba como queriendo volver y recuperar la seguridad perdida del avión, he de concentrarme en el futuro, que me abre un nuevo horizonte de libertad, de nuevas sensaciones y experiencias que formarán ya parte de mí para siempre. Y es que, como explica Melendo, hay grados de virtud que no se alcanzan mediante la repetición de actos, sino con una determinación irrevocable en un momento preciso.

Cuando me he comprometido para siempre, me hago capaz de amar porque sitúo al otro, al amado, en el centro de la relación y contemplo a esta, la relación, como término y meta de mi vida. Naturalmente, la decisión me capacita, pero no me asegura el éxito; después, he de trabajarla durante toda la vida, haciéndome experto en amores, que en esto del amor no puede uno despistarse, pues la cabra tira siempre al monte como el ‘yo’ tira siempre a sí mismo.

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Amor y convivencia

Hace unos días me tocó moderar una sesión de debate con jóvenes profesionales solteros sobre la conveniencia o no de cohabitar antes de casarse cuando se hace con la buena intención de asegurar el éxito de un matrimonio que se piensa y se quiere para siempre.

El debate fue rico en argumentos y posturas, y fueron surgiendo varias ideas que, naturalmente, no puedo concentrar en la extensión de un post como este. Se barajaron argumentos de gran calado con otros de tipo más práctico, pero una conclusión se fue asentando a medida que la sesión avanzaba: no es posible. Con independencia de las razones de mayor fundamento antropológico, de las que me ocuparé en otra ocasión, se fue comprendiendo que la ‘prueba’ del amor a través de la convivencia no es humanamente posible.

¿De dónde procede la imposibilidad? Digamos que concurren, cuando menos, tres tipos de impedimentos: ontológico, cronológico y lógico.

La ‘imposibilidad ontológica’ consiste en una evidencia de tal calibre que no requiere demostración alguna: las personas no se prueban como quien prueba un electrodoméstico. Nadie lo discutió. Las personas se aceptan tal como son, y como serán, en el grado de amor que a cada una corresponde (al cliente como cliente, al amigo como amigo, al hijo como hijo, al amado como amado), pero no se prueban.

No obstante, quedaba por demostrar que tampoco la relación de amor se puede probar. Y ahí surgió el otro obstáculo: la que he llamado ‘imposibilidad cronológica’. Y es que no es posible probar una relación de futuro en función de una relación de presente. El ser humano es dinámico, -proyectivo, diría Julián Marías- y evoluciona con el tiempo. También las circunstancias que le rodean cambian. Hay matrimonios que se separan a los pocos años sin otra razón que esa evolución propia de la persona humana: ‘es que ha cambiado mucho’, afirman con sorpresa, como si el cambio y el movimiento no formaran parte de nuestras vidas. El problema no es tanto el cambio (nadie se casa con una silla o con una piedra, aunque, a veces, algunos puedan parecerlo), como el no haber estado atento a él.

En cualquier caso, esta realidad incontestable de que vamos transformándonos y avanzando en nuestra trayectoria personal con matices diversos nos indica que la prueba del amor no es posible. ¿Cuándo acaba la prueba? Porque la convivencia que surge del amor no es la misma con trabajo que sin trabajo, a los 30 que a los 60, sano que enfermo, gordo que flaco, con dinero que sin dinero. Ni siquiera la de hoy asegura la de mañana, cuando él o ella pueden caer en una profunda depresión que alterará toda nuestra dinámica vital.

Algunas parejas deciden casarse al cabo de un tiempo, cuando ya se han convencido de que la cosa funciona, porque han decidido tener un hijo y quieren darle más estabilidad familiar. Es decir, han probado todo menos lo que les mueve a casarse. O sea, la prueba no ha servido de nada, porque, cuando el hijo nazca, e incluso antes, su vida va a dar un vuelco de tal naturaleza que ninguna convivencia previa es capaz de anticipar. Para que esa convivencia nos aportara algo significativo sobre lo que asentar nuestro amor, si queremos que este sea para siempre, tendríamos que estar toda la vida probando, es decir, amando. No, el amor matrimonial no puede probarse.

Y la tercera ‘imposibilidad’ es la lógica, que también podemos llamar ‘inversión de los términos’ porque consiste, precisamente, en una subversión de la relación entre el amor y la convivencia. Quien prueba la convivencia para poder decidir si va a amar para siempre subordina el amor a la convivencia, cuando la ecuación es la contraria: ¡es la convivencia la que ha de subordinarse al amor! Es la capacidad de amar la que permitirá convivir y no la capacidad de convivencia la que permitirá amar. “Como te amo, podré convivir contigo porque, entonces, tú serás la importante y yo lucharé por acercarme a ti, como sé que tú lo harás por adaptarte a mí”. Así conviven y han convivido siempre todos los amantes que han existido en la historia de la Humanidad: los padres y los hijos y los hermanos y los abuelos… y hasta los monjes de una comunidad religiosa. Porque se aman, pueden convivir. Se da en la convivencia a modo de prueba una fuerte paradoja: el amor romántico se acaba subordinando a los aspectos más prácticos y materiales.

De la entrega de la intimidad corporal sin la entrega definitiva de la intimidad personal hablaremos otro día.

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