Amor y lujuria

En algunos posts anteriores he insistido en la importancia de entregar el espíritu junto con el cuerpo porque, siendo la persona humana una e indivisible, no es posible la entrega cabal del primero sin la del segundo. Al estar el cuerpo y el espíritu inescindiblemente unidos, allá donde uno va el otro le acompaña.

Por esta razón, la persona toda sufre cuando se trata al cuerpo como un mero objeto de placer, pues el espíritu no es ajeno ni queda al margen de esa infrautilización, de esa cosificación y le acaba afectando todo lo que sucede al cuerpo.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿cómo sabemos que no estamos infrautilizando nuestro cuerpo o el de otra persona? ¿Cuál es el indicador que permite distinguir un uso adecuado del cuerpo en la relación sexual? Porque, exteriormente, el acto sexual es el mismo entre dos que se acaban de conocer, dos que dicen buscar quererse y dos que se quieren de verdad. ¿Cuándo y en qué circunstancias el acto sexual, placentero por naturaleza, es o deja de ser lujurioso?

Una de las diferencias entre el ser humano y las cosas es que estas pueden ser un medio para alcanzar un fin, mientras que aquel tiene una dignidad que impide (moralmente hablando) su utilización solo como medio, como instrumento para un fin. No puedo (debo) burlarme de una persona por el placer de ver reír a mis amigos. Ni usurpar el trabajo de un compañero para subir un peldaño en mi empresa. Las personas no son instrumentos a mi servicio.

Por la misma razón, no puedo (debo) utilizar un cuerpo humano como mero objeto de placer, como si de un manjar o de un objeto de consumo se tratase. Primero, naturalmente, he de respetar su voluntad. Pero no basta con eso: hay más. Ninguna voluntad humana puede (debe) decidir acerca de su propia dignidad. Una voluntad que, por ejemplo, decidiera esclavizarse y venderse como objeto, estaría tratándose indignamente, estaría equivocada.

Del mismo modo, una voluntad que decidiera tratarse a sí misma -es decir, a su cuerpo inescindiblemente unido- como mero objeto de placer, se estaría tratando indebidamente porque la persona merece ser amada por sí misma y no solo por el mero placer o satisfacción (incluso afectivo) que genera. Y si dos decidieran usar recíprocamente sus cuerpos de esta forma, los dos estarían tratándose, a sí mismos y al otro, inadecuadamente. El reproche moral, podríamos decir, se duplicaría, porque aquí son dos, y no uno solo, los que se tratan indignamente.

Entonces, ¿cuándo se tiene la certeza moral de que no se utiliza el cuerpo, sino que se ama a la persona? Cuando hay una decisión de amar para siempre. En ese momento, deja de ser mi interés, mi satisfacción personal la que reclama la entrega del cuerpo en lo más íntimo. La otra persona puede tener la certeza de que no es mi intención utilizar su cuerpo como mero objeto de placer sexual ni contemplarla a ella como medio para mi satisfacción personal, por la sencilla razón de que se lo he dicho: he prometido amor para siempre a su persona. Le he demostrado con mi promesa que su persona y no mi satisfacción es lo que me mueve a amarle, y, precisamente por eso, puedo amarle para siempre con independencia de mi propio interés. Me pongo a su servicio y le ofrendo todo lo que soy.

En ese momento, la contemplación y entrega de los valores sexuales se transforman en una invitación a la dación mutua: no es una utilización, un préstamo; sino un regalo, una donación.

En el matrimonio, el pudor sexual no es necesario porque tenemos la seguridad de que nuestro marido, nuestra mujer, que nos ha prometido amor para siempre, no nos ve como un mero objeto de placer. En el matrimonio, el pudor corporal se sublima, se transforma en delicadeza. Y, a partir de este momento, esta delicadeza se convierte en el nuevo indicador que determina la bondad de nuestros actos sexuales.

El resquicio por el que la lujuria se introduce en el matrimonio no es ya la búsqueda del placer sexual, que es lo propio y lo que enriquece y humaniza las relaciones sexuales en un contexto de amor verdadero, sino la falta de respeto y delicadeza. Cuando un marido o una mujer abordan la relación sexual en el matrimonio sin tener en cuenta la circunstancia, el deseo y el estado de ánimo de su cónyuge, buscando solo su propia satisfacción sexual, cuando no buscan la unión sino la utilización, entonces le está degradando a mero objeto de placer. Y en eso consiste la lujuria en el matrimonio: no en experimentar el placer unitivo que fortalece la relación, sino en buscarlo de manera egoísta por sí mismo y con olvido, menosprecio o desprecio del otro.

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El triunfo del macho

El verdadero éxito en cualquier negociación, suele decir un buen amigo mío, es que el enemigo se salga con la nuestra. Es decir, que lo que a nosotros nos gustaría lo proponga él. Difícil. Aquí no voy a hablar de enemigos, sino más bien de amigos, amigos complementarios. Traigo este comentario a colación porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que, en algunos ámbitos de nuestra sociedad, el ‘macho’ (o sea, el hombre en crudo), normalmente mucho más torpe que la mujer en el manejo de lo humano, ha logrado llevar a la mujer a su terreno en lo que a relación sexual se refiere, y ha acabado imponiendo los modos masculinos de experimentar esta relación.

Esos modos los explica bien Juan de Dios Larrú cuando confronta la vivencia de la sensualidad del varón y de la mujer: el varón tiene una sensualidad más fuerte y acentuada, más impetuosa, y experimenta una tendencia espontánea hacia la posesión del cuerpo femenino desgajado de la persona (si eso fuera posible), como mera carne que sacie un impulso sexual. Gracias a Dios, es solo una tendencia y es reversible. Pero ahí está. Se puede hacer un experimento: si uno se sienta en cualquier calle o plaza concurrida, sobre todo, ahora, en verano, y se fija en la mirada del varón a la mujer, en especial de ciertos varones, observará sin dificultad que, tendencialmente, se trata de una mirada, digámoslo así, ‘anatómica’. Una mirada que repasa el cuerpo… o se detiene en él, unas veces con descaro, otras con disimulo. Ya después descubre la persona, pero lo primero que avista es el cuerpo.

En cambio, la mirada de la mujer al varón es una mirada ‘psíquica’, no analiza tanto el cuerpo como las intenciones, los sentimientos, el estado interior. Se detiene más en el vestido que en el cuerpo porque el vestido expresa la personalidad, mientras que el cuerpo, en lo que tiene de más material, es casi siempre estandarizable. En síntesis, como explica el autor citado, la mujer experimenta una sensualidad más afectiva, menos corporal, más espiritual, si se quiere. Edith Stein lo explica de manera mucho más poética: “yo pienso que la relación entre alma y cuerpo no es completamente la misma, que la unión natural al cuerpo es de ordinario más íntima en la mujer. Me parece que el alma de la mujer vive y está presente con mayor fuerza en todas las partes del cuerpo y que queda afectada interiormente por todo aquello que ocurre al cuerpo”.

La consecuencia de esta diferente vivencia de la sexualidad es que a la mujer le resulta más extraño que al varón entregar su cuerpo a otro sin entregar su persona, es decir, sin sentir, no solo emocional sino también espiritual, vitalmente, una unión más plena, mientras que el varón es más capaz de separar cuerpo y alma. O eso piensa, porque la verdad es que son inescindibles y todo lo que al cuerpo le sucede acaba afectando a la persona.

Simplificando, y siguiendo la terminología de Edith Stein, se podría decir que, cuando la mujer entrega el cuerpo, entrega también su alma, mientras que el varón es más capaz de separarlos, aunque esto suponga una degradación de su condición de persona, que es una e indivisible. Por esta razón, es fácil y frecuente toparse con mujeres jóvenes rotas por dentro porque han cedido a la insistencia de su pareja o de cualquiera que se les ha insinuado en una discoteca para que anticipe la entrega del cuerpo y la separe de la entrega verdadera y verificada de los afectos y del espíritu. Muchas jóvenes acaban cediendo y terminan dándose cuenta de que, como leí en otro lugar que ahora no recuerdo, han acabado “entregando todo a nadie”.

Una lástima. Justamente en este terreno en que la mujer podría ayudar al varón a experimentar de manera más cabal y humanizada la sensualidad, se ha dejado engañar y ha acabado ‘masculinizando’ su experiencia sexual. No todas, lo sé. Como tampoco todos los hombres tienen una visión tan primitiva de la sexualidad. ¡Faltaría más! Termino, pues, interpelando a estas y estos últimos para que feminicen sin miedo esta parcela de las relaciones humanas. Todos saldremos ganando.

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Gracias I WiL

En esta ocasión, me limito a poner el link al blog de Nuria Chinchilla, donde podréis encontrar un perfecto resumen y el vídeo de la conferencia que tuve ocasión de dar en el foro Iese Women in Leadership.

Agradezco especialmente a Nuria esta oportunidad, y también a Cristina Moreno y a Ana Amat por su cálida y profesional acogida. Es una maravilla poder compartir el anhelo por la verdad del ser humano con profesionales de esta talla.

Y, naturalmente, mi agradecimiento también a todas las asistentes al acto y a la comida posterior. Fue muy motivador comprobar en primera persona que el interés por los temas de fondo sobre la familia y la persona está presente en la agenda de tantas empresas.

Muchas gracias.

https://goo.gl/m99sVu

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¿Casarse por amor?

El uso de las preposiciones en la lengua española es uno de los grandes retos que afronta cualquier escritor, en especial los que son de algún territorio bilingüe, como es mi caso. En muchas ocasiones no es la influencia del segundo idioma la que distorsiona el uso correcto, sino la frecuencia de ciertas composiciones gramaticales que van arraigando hasta integrarse en el modo de hablar propio de un grupo o de un tiempo.

Recuerdo que, en mis primeros años de dedicación al Family Enrichment, cuando moderaba casos del curso Primeros Pasos, para padres con hijos de 0 a 3 años, era muy frecuente oír la expresión “disfrutar de mis hijos”. Esta inocente frase me daba pie para introducir un interesante debate: ¿es lo mismo disfrutar “de” tus hijos que “con” tus hijos? ¿Qué es mejor? Porque también se puede disfrutar “contra” o “a pesar” de tus hijos. Al final, una anécdota gramatical permitía ahondar un poco en la dignidad del hijo como ser autónomo y no como una pertenencia de sus padres.

Algo parecido sucede con la expresión “casarse por amor”, que tiene una fuerza innata que parece expulsar cualquier otra motivación para el matrimonio. La pregunta “¿tú por qué te casas?” remite de manera espontánea a la respuesta “porque le/la quiero”. Y, sin embargo, siendo muy loable, es una razón insuficiente para casarse.

Nadie duda de que es muy bueno querer a alguien. De hecho, todos queremos a muchas personas y nunca nos hemos planteado casarnos con ellas. Aun admitiendo que solo a una de ellas la amamos de verdad, con todos nuestros afectos, nuestra voluntad y con todo lo que somos, ¿por qué casarnos? ¿Por amor? ¿Por el amor que le dispensamos ahora?

Desde luego, el amor que experimentamos hoy es el motor que nos impulsa a querer estar con esa persona, pero no puede asegurar el éxito de nuestro matrimonio. Hay que casarse no por amor, sino “para amar”. Este es el enfoque correcto: me caso “para” amar siempre y en todo momento a esta persona. O, si se quiere, me caso porque quiero quererla, amarla para siempre.

Si no, más vale no casarse. Por amor puedes hacer mil y una tonterías: cantar en la ducha, dar saltos por la calle, sonreír a todo el que te mire, hurtar unas flores en un parterre municipal o gastarte el sueldo de un mes en un regalo extraordinario…, pero ¿casarte? ¿Solo por amor? Es poco.

En posts anteriores he tratado la importancia de poner todos los dinamismos en el amor (afectos, voluntad, inteligencia, memoria, imaginación…), y seguiré haciéndolo. Hoy quería invocar solo la ilusión, el entusiasmo, la convicción de que os vais a amar para siempre y de que esa es la razón (y el corazón) por la que os casáis. ¡Sí! ¡Me caso para amar! ¡Y lo haré siempre, pase lo que pase! No basta el amor que os tenéis en el presente. Si descansáis solo en él, estáis perdidos, vuestro matrimonio fracasará inevitablemente. Pensáis que es mucho, pero yo os digo, desde la experiencia de casi 35 años de matrimonio y 5 de novios, que vuestro amor de ahora, ese que os impulsa a casaros para asegurar vuestra unión y que os parece insuperable, no es nada comparado con la intensidad que puede alcanzar en el futuro, en la fragua de una vida bien acrisolada. Hay que atreverse a amar. Sin miedo. Sin red. Lanzarse a la mayor aventura que existe sin volver la vista atrás. Enamorándose cada día. Volviendo a empezar una y otra vez.

Si el vuestro es un corazón avejentado y mustio que no cree en el amor para siempre…, de verdad, mejor que no os caséis. Pero si el vuestro es un corazón enamorado, joven y resuelto, que se ve poca cosa y desconfía de sí mismo y de su pasado, pero tiene una fe grande en el futuro que el amor es capaz de construir con las fuerzas propias y ajenas (¡Dios incluido!), entonces, si queréis ser felices de verdad, en la profundidad del corazón humano, no lo dudéis: casaos, haceos vulnerables y poneos en manos de quien quiere edificar una vida nueva con vosotros. Y tened la valentía de poner todos los medios, divinos y humanos, para hacer de esa unión el destino de vuestras trayectorias personales, calibrando una y otra vez la brújula sin admitir otro puerto al que arribar que no seáis vosotros dos, aunque soplen vientos contrarios.

¿Veis adónde nos ha llevado una inocente y discutible cuestión gramatical?

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Chusqueros

En la mili[1], más tarde o más temprano, todo el mundo se topaba con un sargento chusquero. Naturalmente, había sargentos de todo tipo: algunos íntegros y con gran calidad humana, otros mediocres y otros malos, como sucede en cualquier profesión. Pero, en todo cuartel que se preciase, solía haber un personajillo oscuro y resentido, soberbio y resabiado, con sagaz dominio de la vida cuartelera y poca formación humana, que se las hacía pasar canutas a los soldados. Su norma de actuación parecía ser que los demás sufrieran todo lo que él había sufrido para llegar a ser sargento. La figura del chusquero se reproducía con relativa facilidad porque siempre había un aspirante a aprendiz que tomaba el testigo de su maestro.

Hoy en día, los chusqueros se han desplazado y pululan por las grandes organizaciones profesionales y empresariales: consultoras, auditoras, bancos, grandes y no tan grandes firmas de abogados, multinacionales, instituciones públicas, etc.

Tienen alguna nota definitoria que difiere del clásico chusquero militar, pero el perfil psicológico es el mismo. Me atrevería a decir que las únicas diferencias esenciales son que los de ahora han estudiado una carrera, hablan idiomas y no huelen a esa mezcla de hierro y sudor tan característica del entorno militar.

En todo lo demás son muy parecidos.

Algunos de sus rasgos más destacados son: una irremisible tendencia a colocarse por encima de los demás, ellos son los importantes; una instrumentalización, a veces burda, a veces sofisticada, de los otros; una incapacidad absoluta de servicio a los demás; una ineptitud evidente para reconocer y agradecer el trabajo ajeno; una ignorancia supina sobre las preocupaciones, anhelos y dificultades de los miembros de sus equipos; en muchos casos, no en todos, una enfermiza veneración al trabajo y una tendencia innata a apropiarse de los éxitos ajenos, ente otras.

No todos estos rasgos son siempre fáciles de detectar porque se combinan con una aguda inteligencia que sabe cómo manejar los hilos, los tiempos y las personas para hacer carrera en la organización que les emplea y, muchas veces, también con unas suaves y hasta educadas formas externas. Sin embargo, hay una prueba irrefutable de la presencia de un chusquero: el menosprecio de la vida personal de sus subordinados, a quienes no ven como personas sino como piezas de una máquina.

¿Y en qué se nota? Yo destacaría dos manifestaciones muy comunes al jefe chusquero: los horarios absurdos e inhumanos, que obligan a muchos jóvenes a llegar a sus casas, con carácter habitual, después de la medianoche tras 14 o más horas de trabajo y la falta de respeto a la agenda de sus subordinados, que han de interrumpir cualquier cosa que estén haciendo a la mínima insinuación del chusquero. Es decir, la prohibición o gran dificultad de desarrollar una vida personal plena e integral que incluya relación social (a veces, incluso de pareja), familia, vida cultural, solidaridad o voluntariado, vida interior y trascendente, etc.

Luego esta realidad se disfraza de formación, de entrenamiento para la vida, de preparación para la presión del trabajo de manager y otras excusas, pero la razón de fondo es la chusquería, y se resume en un par de frases: ‘yo pasé por esto y tú también has de pasar por ello’ y ‘aprende que, hasta que llegues adonde yo he llegado, no eres nadie’. Aunque, en no pocas ocasiones, se añade otra razón: el ahorro de mano de obra para que los socios y jefes puedan seguir ganando lo que apetecen. Y, claro, como les sucedía a los sargentos chusqueros, los roles profesionales se repiten y reproducen con tremenda facilidad, pues el que logra llegar no va a ser menos que sus predecesores.

Termino con una expresiva cita de Carl Gustav Jung, el padre de la psicología analítica, que ya transcribí en otro post:  “[la profesión] tiene algo de seductor y por ello tantos hombres no son, en el fondo, nada más que la dignidad que les ha concedido la sociedad. Sería inútil buscarles una personalidad detrás de la cáscara. Detrás de grandes apariencias representativas no son otra cosa que un hombrecillo digno de lástima. Por eso la profesión es tan seductora: porque representa una compensación barata a una personalidad deficiente”

Ah, y una confesión final: iba a titular este post ‘Esclavos y Negreros’. Otra aproximación posible al tema.

[1] Para los más jóvenes, una aclaración: la mili, término coloquial de Servicio Militar Obligatorio, era un período de desarrollo de la actividad militar que los jóvenes varones hacíamos en la reciente antigüedad durante aproximadamente un año.

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El bien del otro

Como prueba de lo poco que hemos cambiado los seres humanos en los últimos siglos, una de las definiciones de amor que ha tenido más aceptación en la historia del pensamiento tiene una antigüedad de más de 2.300 años: “amar es querer el bien del otro en cuanto otro”. Y se la debemos, cómo no, a Aristóteles.

Querer el bien del otro es, en efecto, lo propio del amor, pero no basta. Es una premisa necesaria pero no suficiente. Con un ejemplo se ve enseguida. Había previsto un plan especial con mi mujer esta noche y me llama a media tarde diciéndome que su madre no se encuentra bien, que tiene que ir a cuidarla y que, si no la ve bien, tendrá que quedarse a dormir con ella, que me llama en un rato y me dice. Tras la llamada, yo deseo intensamente la inmediata curación de mi suegra, incluso rezo por ella. Quiero su bien, diría Aristóteles, pero por no en cuanto ella (por razón de ella) sino en cuanto yo (por razón de mí). Es decir, su bien es un medio para conseguir el mío. Probablemente, Kant añadiría aquí que, al no tratar a mi suegra como un fin en sí misma, sino como un medio, la estoy degradando como persona, lo que también me hace a mí indigno de esta condición. ¡Qué barbaridad! ¿Todo esto solo por querer estar con mi mujer?

Es normal que nuestras intenciones no sean siempre puras, sino que estén transidas de emociones e intereses propios, pues, como dijo Enrique Rojas, nadie que no sea una almeja piensa en el vacío emocional. No hay que preocuparse. Son reacciones humanas. Pero también es humano, incluso más, enmendarlas y, aunque la primera reacción pueda tener un tinte egocéntrico, se puede enderezar rectificando la intención. No pasa nada, es un buen ejercicio que nos irá perfeccionando como personas. Con la suegra a lo mejor no es tan fácil, pero no hay que desesperar, todo es posible… En mi caso, por ejemplo, sí era fácil. Y lo sigue siendo, porque, desde que está en el Cielo, solo hago que pedirle ayuda.

Pero la definición de Aristóteles da mucho más juego. ¿Qué es querer el bien de otro? Hay muchos amores que se quedan en la persona del otro, lo cual está muy bien, pero hay que trascenderla. No solo hay que amar a la persona sino también los bienes (se entiende que me refiero preferentemente a bienes espirituales) que está llamada a poseer. Su bien y sus bienes.

Los amores que se detienen en la persona y se encierran en ella corren el riesgo de transformarse en amores posesivos y de acabar viendo al otro como una pertenencia. Esta actitud está detrás de muchos actos de violencia matrimonial o de pareja. Y nuestros jóvenes están especialmente expuestos porque la sociedad les presenta con demasiada frecuencia una parodia de amor que consiste en la posesión inmediata del cuerpo como un objeto de placer, sin contemplar a la persona en toda su profundidad.

Querer el bien del otro consiste, por el contrario, en ayudarle a que se desarrolle como persona, en presentarle los bienes culturales, profesionales, personales o espirituales que le están esperando para hacer de él o ella mejor persona y en invitarle a luchar por ellos. Es animarle y empujarle, si hace falta, a alcanzar las grandes cotas que Dios tiene pensadas para ella. Es allanarle en lo posible el camino de su desarrollo personal sin renunciar a mostrarle sus carencias y puntos de mejora. Es confiar en él o ella en todo lo que haga. Y es pensar siempre en su bien antes que en el nuestro, sabiendo que su crecimiento personal será nuestra mayor conquista, pues, si nuestra naturaleza y nuestro destino es el amor, cuanto más amemos más nos amaremos.

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Tengo a mis hijos…

“El miércoles no puedo, tengo a mis hijos por la tarde”, me contestó el otro día un abogado cuando le propuse tener una reunión. Estaba separado y esa tarde recogía a sus hijos en el colegio y la dedicaba a ellos, pues el resto de la semana convivían con su madre. No era la primera vez que me daban esa razón para descartar un horario de reunión. Como las otras veces, lo encontré muy natural. ¡Faltaría más! Lo primero es lo primero. Y la familia está por encima del trabajo. Pero esta vez me dio que pensar.

Es una experiencia común darse cuenta de lo que uno tiene cuando percibe el riesgo de perderlo. Con la familia también sucede. Tu mujer, tu marido, tus hijos están ahí. No siempre tenemos conciencia actual de su existencia ni de la influencia que ejercen en nuestro bienestar. No se quejan mucho de nuestras ausencias, de nuestras desatenciones, de nuestra falta de disponibilidad. Y, de pronto, un día, por la razón que sea, percibimos su ausencia, el riesgo de perderlos, de que se alejen de nuestras vidas… y reaccionamos.

¿Alguien ha recibido alguna vez una respuesta como esta al convocar una reunión?: “Lo siento, el jueves no puedo, tengo a mi mujer y a mis hijos por la tarde”. Sonaría extraña. Claro que podría cambiarse por: “lo siento, el jueves no puedo, lo dedico a mi marido y a mis hijos”, porque, claro, tenerlos, lo que se dice tenerlos, los tenemos siempre. Y acaso ese sea el problema. Están ahí y nos cuesta percibir el riesgo de perderlos.

Escuché una vez a un experto en gestión de tiempo protestar vehementemente contra la conciliación familia-trabajo, contra el balance, el equilibrio entre estas realidades. “¡Cómo vamos a conciliar o equilibrar realidades que están en un nivel tan diferente de importancia!  Podemos arriesgarnos a perder el trabajo, es duro, pero es sustituible. ¡Pero no podemos arriesgarnos a perder la familia!”, argumentaba. Y defendía que podemos estar engañándonos toda la vida buscando términos soft que disimulen la distinta entidad de estas realidades, pero hasta que alcancemos la conclusión de que la única relación posible es la subordinación del trabajo a la familia, no encontraremos la felicidad en este ámbito. Creo que, últimamente, los más expertos prefieren hablar de ‘integración’ de la vida laboral y la vida de familia. Mucho mejor.

Hay trabajos muy exigentes. Y también mucha gente que se engaña a sí misma acerca de la importancia del trabajo o la profesión, cuya relación con la persona y la familia, aunque a veces nos cueste verlo, es de medio a fin.

Y no creo que sea solo una cuestión de horas (que también), sino de prioridades. He conocido personas que han pasado temporadas de durísimo trabajo, con exigencias de dedicación casi sobrehumanas y no han dejado de llevar consigo a su familia ni de volver a ella una y otra vez, creativa y perseverantemente, en cuanto podían.

No me cuesta admitir que en este terreno la mujer suele ir por delante del varón. Ella lleva siempre a su familia consigo con tremenda naturalidad. Nunca se olvida. No tiene vergüenza alguna de hablar de su familia en cualquier reunión, por encopetada que sea. A nosotros nos cuesta más. ¡Y cuánto ayuda a humanizar las relaciones meter la familia en la conversación!

Vuelvo al principio. La respuesta de aquel abogado me ha hecho reflexionar. ¿No deberíamos, precisamente los que estamos casados, es decir, los que hemos hecho profesión de amar, ser más explícitos acerca del amor a nuestra mujer o marido y a nuestros hijos?  ¿No tendríamos que evidenciar más palmariamente la preferencia, una tarde o una mañana cualquiera, de nuestra familia sobre el trabajo o, simplemente, hablar de ellos en cualquier ocasión?

Soy consciente de que es una realidad muy compleja. Hay grandes expertos, trabajos muy diferentes, algunos con sujeción horaria inevitable (lo que no excluye la ‘presencia’ de la familia), y no se puede generalizar. Solo quería apuntar una reflexión personal y lanzar al aire una pregunta que me hago a mí mismo: ¿es mi familia realmente prioritaria? Y, ya puestos, sugerir un camino: hacer más visibles a nuestras familias; visibilizarlas, como se dice ahora.

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Mindgodness

Este fin de semana he asistido a un curso de mindgodness. La verdad es que, con mayor o menor acierto, vengo practicándolo a diario desde hace muchos años.

Y puedo asegurar que es cierto lo que dicen. Tiene efectos saludables para el cuerpo y para el espíritu. Reduce el estrés y la ansiedad, ayuda a dormir mejor, protege el cerebro, acrecienta la capacidad de concentración, desarrolla la autoconciencia y el autoconocimiento, calibra la realidad en su verdadera dimensión, desarrolla la inteligencia emocional, favorece la creatividad, mejora las relaciones personales y muchas cosas más.

Algunos maestros aconsejan comenzar con una postura cómoda pero atenta. Sentados en el suelo con la espalda apoyada en la pared, a ser posible. No es necesario que sea en la posición de loto. En el curso al que he ido, la verdad, nos sentábamos en unos bancos de madera la mar de cómodos oportunamente dispuestos para la ocasión. Y se meditaba de maravilla.

Tampoco nos era imprescindible repetir un mantra para estimular la liberación de pensamientos intrusivos porque el que dirigía la meditación la introducía con una serie de invocaciones que generaban el mismo efecto en un par de minutos. También los participantes, incluso los más noveles, podían sin dificultad hacerlo por su cuenta.

Una vez introducidos en el estado meditativo, se producía, sin embargo, un efecto no por conocido menos sorprendente. Mi primer impulso autoconsciente era encontrarme con el yo interior, ir en busca de mi ser más profundo y, desde allí, conectar con la realidad conscientemente.

Pero, cuando levantaba la vista y me concentraba en el objeto que tenía delante, una pequeña caja hacia la que todo estaba dispuesto en la habitación y a la que se orientaban todos los bancos, mi pequeño y aburrido yo se diluía y se me hacía esquivo, a tal punto que no lograba concentrarme en él.

En su lugar, surgía otra cosa, algo diferente y más grande, mucho más grande, que percibía como propio y ajeno al mismo tiempo. Era como si mi autoconciencia fuera, en verdad, al mismo tiempo, alteroconciencia.

Aunque en el fondo ya lo sabía, para mi tranquilidad, me volvieron a confirmar que eso era lo que sucedía cuando uno practicaba mindgodness. Que, buscándose a sí mismo en su interior, acababa siempre topándose con quien de verdad habita allí. Agustín de Hipona le llamó el “intimior intimo meo”, el “más íntimo a mí que yo mismo”, en traducción libre.

Es lo que tiene el mindgodness. Que siempre hay quien convoca al Espíritu Santo y trae a Jesús sacramentado, y, entonces, claro, entre que ya habitaba el alma y que se hace especialmente presente, todo se altera y se transforma de manera extraordinaria (sobrenatural, vamos).

Y, como era de esperar, volví a experimentar todos los otros efectos que el mindgodness añade a la clásica meditación del mindfulness y que, a veces, pueden parecer contradictorios. ¡Hay que ver qué lío de palabras! ¡Con lo fácil que era cuando todo era meditación!

¿Cuáles son esos efectos? La dedicación a los demás con olvido de sí mismo, la desconfianza en las propias fuerzas unida a la esperanza cierta de un mundo mejor que Alguien ha ganado ya para nosotros, una alegría inexplicable incluso en el dolor o la dificultad, la convicción de que la trayectoria personal no termina con la muerte, la unión (hay quien, para reforzar la idea, dice comunión) con los demás, la asunción (que no comprensión) de muchos de los misterios que la mente humana no alcanza a entender, la certeza de que sin la ayuda de una fuerza superior estamos condenados a la misma e irremediable historia de siempre… Y otros todavía más estrambóticos como, por ejemplo, ¡el deseo de cargar con una cruz diaria o de vivir más desprendido de los bienes materiales!

Lo que a mí me pasa cada año cuando voy a un curso de estos es que los efectos no me duran mucho. Por eso hago propósitos de continuar practicando mi mindgodness diario.

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Amor y voluntad

No sé si los lectores de este post recordarán una película titulada La Vida es Bella, que narra la experiencia de una pareja que se enamora, se casa, tiene un hijo, es apresada y llevada a sendos campos de concentración: el padre y el hijo, al de hombres; la madre, al de mujeres.

Durante su estancia en el campo de concentración, el padre recrea un escenario de ficción, simulando vivir un juego, para evitar, en la medida de lo posible, el trauma que aquella situación puede representar para el hijo, y consigue, admirable y sorprendentemente, distraerle del drama que están viviendo. Y no cuento más, no sea que alguien no la haya visto todavía.

Traigo a colación esta película a raíz de una expresión que oí el otro día en un curso de Family Enrichment (www.iffd.org): “cuando el sentimiento desaparece, el amor es una farsa, una comedia”.

Y, sin embargo, a veces hay que hacer ‘comedias’ en el amor. El protagonista de La vida es Bella, hace una comedia por amor. Una bella farsa para hacer reír a su hijo. Logra transmitirle alegría desde la tristeza, fuerza desde la debilidad, seguridad desde la vacilación, esperanza desde la desesperación, juego desde el drama. Y eso es amor. No siente nada de lo que hace, pero todo lo hace por amor. Percibe que el amor es un sentimiento espiritual, mucho más alto que los sentimientos físicos y psíquicos de dolor y tragedia que le embargan, y pone estos últimos al servicio de aquel. Un sentimiento más alto, el amor comprometido y para siempre hacia su hijo, logra imponerse a esos otros sentimientos tan humanos que le asaltan día y noche, e impide que se abandone a sí mismo y desista de dar a su hijo lo mejor de sí.

¿Cuántas veces hemos bailado, cantado, contado chistes y hecho las mil y una tonterías para arrancar una sonrisa a un hijo enfermo, aunque no sintiéramos ningunas ganas? ¿No era eso amor? ¿Era farsa, era comedia?

Y, sin embargo, aunque a veces hay que querer así, sin sentir, y no pasa nada, ordinariamente el papel de la voluntad en el amor no es amar a plomo, a pulso, con la sola fuerza del espíritu. La voluntad que ama hará lo que sea por amor, pero, si quiere ser eficaz y competente, no se quedará en sí misma. Concitará a la inteligencia. Estrujará el corazón. Exprimirá la memoria. Soltará la imaginación. Regirá el cuerpo. Se impondrá a todo su ser para llevarlo de nuevo hacia el amor.

El papel de la voluntad es, en efecto, re-crear (volver a crear) el amor, espolear la inteligencia entumecida, rescatar el sentimiento aletargado, despertar la memoria dormida, abrir la puerta a la imaginación enclaustrada, atraer de nuevo al cuerpo confundido… y llevarlos a todos hacia el ser amado. En momentos de dificultad, alguno de ellos se resistirá, pero la voluntad insistirá, con farsa y sin ella, y esperará, paciente, a que esa chispa avivada de nuevo vaya prendiendo poco a poco y crezca hasta quemar otra vez los maderos gruesos, aquellos que se enfriaron porque nadie agitaba el fuelle del amor auténtico. Y, si esto no acontece, la voluntad de amar será capaz de hacer un acto de humildad y buscará ayuda…, un amigo, un experto, alguien con criterio en quien confíe. Todo antes que dejar de amar.

¡Qué importante es la voluntad en el amor! ¡Y qué importante es no dejarla nunca sola!

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Amor y libertad

Una de las grandes dificultades de los jóvenes de hoy en día para casarse es el miedo al compromiso. Según se mire, no es mala señal. Significa que se lo toman en serio. Peor sería que se casaran frívolamente, sin valorar la profundidad de la decisión que están tomando.

Cualquier decisión que compromete la vida entera produce un vértigo existencial. Hay otras decisiones importantes, como la carrera que se va a estudiar, el trabajo que se va a aceptar o la dedicación a un voluntariado que generan dudas, tensiones e inseguridades, pero no ese vértigo característico de las decisiones irrevocables propio de quien no se toma la vida con ligereza.

Entre las decisiones de esta naturaleza hay una que suele escapar a la lógica descrita: tener un hijo. Es, qué duda cabe, una determinación que no admite vuelta atrás y compromete de por vida al más alto nivel, pero está rodeada de una serie de valores (ilusión, alegría, entrega, magnanimidad -ánimo grande-, etc.) que aportan una rara seguridad y alejan el vértigo y el miedo.

Me parece que lo que está en juego en todo esto es uno de los valores más preciados del ser humano: la libertad. Algunos tienden a ver en el matrimonio una atadura, una pérdida de libertad, y esta concepción les arredra y paraliza, de modo que huyen del compromiso o, si lo adquieren, no dejan nunca de verlo como un recorte, una mengua irrecuperable de su libertad personal. Aman hoy, pero no se atreven a prometer amor.

Sería muy pretencioso por mi parte aspirar a resolver esta dificultad en las escasas líneas de este post. La noción de libertad es una de las realidades más poliédricas y complejas con que se ha enfrentado la historia del pensamiento. Sin embargo, algo se puede decir.

Leonardo Polo afirma, apodícticamente, en una de sus obras: “el amor se impera porque es el despliegue de la libertad”. Esta enigmática frase puede ayudar a descifrar el misterio de la relación entre amor y libertad, pues el matrimonio, como la paternidad, no deja de ser un amor elevado a la máxima potencia, a la potencia de una vida entera.

Lo que quiere decir el filósofo es que el amor es obligatorio, imperativo para el ser humano precisamente porque es libre. Aunque se comprende mejor expresado al revés: el ser humano es libre porque solo así es capaz de amar. Sin libertad no hay amor, porque un amor impuesto no lo es. Por esta razón, el único que puede decidir amar es uno mismo. Lo sorprendente es que también puede decidir no hacerlo, porque amar es un imperativo, sí, pero solo moral. Ahora bien, si alguien decide odiar, que puede hacerlo, no ejerce adecuadamente la libertad. El odio es reflejo de la libertad que tengo -porque soy libre puedo decidir odiar -, pero no es su destino. Tenemos libertad para amar, no para odiar. Y, sin embargo, nadie puede obligarnos a hacerlo. Esta es la paradoja.

Yo pienso que nuestra libertad de elección está diseñada para las cosas grandes. Quien se mueve siempre en el terreno de las pequeñas elecciones (cerveza o Cocacola; falda o pantalón) acaba malgastando y frustrando su libertad, que aspira a algo más, a mucho más.

Se comprende, entonces, que casarse no sea fácil para todo el mundo: es un exceso de libertad. Lo mismo sucede con los hijos: son un exceso de libertad. Solo las personas enteramente libres y soberanas, capaces de poseer todo su pasado, todo su presente y todo su futuro y entregarlos al ser amado (el cónyuge o el hijo) están en las condiciones óptimas para tomar la decisión de casarse. Casarse exige una libertad soberana. Los esclavos (¡hoy tenemos tantos dueños!) no pueden casarse porque no saben si serán capaces de poseerse y decidir sus pasos dentro de cinco, diez o treinta años, y no tienen otro remedio que ceder las riendas de su vida a las circunstancias. Están excesivamente condicionados. No pueden prometer amor para siempre.

En el fondo, lo que sucede es que cuando decidimos entregar nuestra vida por entero a otra persona no perdemos la libertad, sino que le abrimos un horizonte inédito, nuestro matrimonio, y es ahí donde tendremos que desplegarla de nuevo.

La elección no es pérdida sino ejercicio de la libertad. Y si rodeamos esa determinación de aquellos valores de que hablaba más arriba (alegría, ilusión, entrega, magnanimidad…), no experimentaremos pérdida de libertad ni atadura algunas porque nos habremos ubicado en un nuevo escenario que nos brindará la oportunidad de volver a desarrollar y ejercer la libertad. Para ello, hay que rechazar la tentación de mirar atrás, como si importara más lo que perdemos que lo que ganamos con la elección.

Javier Vidal-Quadras

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La libertad no se conquista rehuyendo el compromiso, se forja a golpe de libertad.