Respeto

El primer post de la cuarentena va para las mujeres en relación con los maridos. Emerson Eggerichs ha estudiado a fondo la necesidad de los hombres de sentirse respetados. Vivimos, dice, en una cultura dominada por el amor sentimiento y, desde el “all you need is love” de los Beatles, pensamos que el amor es incondicional pero el respeto se ha de ganar.

Si para la mujer sentirse amada es fundamental (será objeto de un próximo post), para el hombre lo es sentirse respetado. Sin respeto, le es muy difícil dar amor, insiste Eggerichs, de la misma manera que a la mujer, sin amor, le es muy difícil respetar a su marido.

¿Y qué es lo que el hombre entiende por respeto? Shaunti Feldhahn, en su libro For Women Only, después de miles de entrevistas a varones, propone las siguientes aserciones (interpretación propia):

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Hacer de la necesidad virtud

Como decía en mi anterior post, el coronavirus lo ha alterado todo y ha exigido replantear, durante las próximas dos semanas, muchas cosas; entre otras, este blog.

Es probable que, el primer día de cuarentena, en muchos matrimonios se haya producido una situación parecida a la que describo a continuación.

La mujer, que por lo general se maneja mejor en lo doméstico, ha presionado para hablar entre todos cuanto antes y dejar establecidas las pautas y reglas de convivencia, orden doméstico, distribución de espacios y de encargos, fijación de horarios, etc, al tiempo que ha coordinado su trabajo profesional desde casa y ha realizado las tareas propias de cualquier sábado.

El marido, algo ausente, como reconcentrado en sí mismo, dando la sensación de no comprender el grado de dificultad y complejidad que supone la organización de una insólita y desconocida cuarentena familiar, ha estado distante y más centrado en su trabajo profesional y en las noticias y criterios que iba a establecer el Gobierno en el Decreto de Alarma.

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¡Mirad cómo se aman!

Hace menos de una semana anunciaba que iba a espaciar mis posts a una frecuencia quincenal, salvo que alguna circunstancia excepcional me impulsara a escribir. Y llegó el coronavirus. No voy a contribuir a la confusión reinante y me abstendré de hablar de un virus del que no sé nada, pero sí quiero hacerlo de una de sus derivaciones.

Una de las imágenes que me ha causado más tristeza estos días es la de los estantes vacíos de los supermercados. Comprendo que, en estas circunstancias, las desinformaciones y una discutible gestión de la crisis pueden generar miedos infundados, y admito que mi tristeza puede ser más emocional que racional, pero no he podido evitar que me viniera a la cabeza la expresión de Tertuliano que titula este post y que he contextualizado sin dificultad en internet:

«Pero es precisamente esta eficacia del amor entre nosotros lo que nos atrae el odio de algunos, pues dicen: «Mirad cómo se aman», mientras ellos sólo se odian entre sí. «Mirad cómo están dispuestos a morir el uno por el otro», mientras que ellos están más bien dispuestos a matarse unos a otros”. Esta admiración ponía Tertuliano en boca de los paganos, asombrados ante el espíritu de los primeros cristianos.

Otro escritor de los primeros tiempos de la era cristiana, Arístides de Atenas, lo expresaba así: “el que posee da, sin esperar nada a cambio, al que no posee. Cuando ven forasteros, los hacen entrar en casa y se gozan de ello, reconociendo en ellos verdaderos hermanos”.

Y, de pronto, con la mirada utópica que a veces me caracteriza, me he imaginado a los ciudadanos o, por lo menos, a los cristianos del siglo XXI pensando: “no iré al supermercado a arrasar con los bienes para acumularlos para mí y mi familia porque otros pueden necesitarlos y no encontrarlos cuando acudan a comprarlos”.

Es un síntoma, pequeño, sí, pero síntoma, del gran virus que nos amenaza y que esta situación inesperada quizás nos ayude a prevenir en el futuro: el individualismo. Yo procuro por mí y por los míos…, los otros, que se apañen. Eso sí, si me sobra, una vez me haya asegurado de que ni yo ni los míos vamos a sufrir privación alguna, entonces compartiré con los demás.

No hablo de los demás. Hablo de mí mismo. Así pensaba intuitivamente cuando me mandaron la primera foto de un supermercado arrasado: “¡he de apresurarme!”. Pero, de pronto, un hálito de tristeza me invadió y me trajo a la memoria la frase de Tertuliano.

Y pensé…, si hubiera un cataclismo, una persecución, una pandemia realmente mortífera, ¿me gustaría ‘sobrevivir’ a costa de ‘vivir sobre’ los demás o preferiría, como los primeros cristianos, ‘morir por el otro’? Y este pensamiento ha vuelto a poner ante mis ojos lo exigente que es ser cristiano cuando la fe pone en juego la vida.

Lo de los estantes arrasados no deja de ser anecdótico, y estoy convencido de que esta situación difícil que nos va a tocar vivir va a sacar lo mejor de nosotros porque, sea cual sea nuestra filosofía de vida, el espíritu de los primeros cristianos está mucho más arraigado en el ser humano de lo que a veces puede percibirse en una primera y tantas veces irreflexiva reacción.

Para que nadie me sobrestime, confieso que al llegar a casa y ver que teníamos vino suficiente para pasar una breve cuarentena, me he quedado tranquilo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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El coronavirtus

Hace dos semanas decidí espaciar un poco más mis posts. Pienso que uno a la semana es demasiado. Por su extensión y por la materia tratada, suelen requerir un tiempo, tanto para escribirlos como para leerlos y reflexionarlos. Decidí establecer una frecuencia quincenal, y hoy la estreno. Salvo que algún tema de actualidad me urja en algún momento a escribir, claro.

La actualidad informativa está, qué duda cabe, invadida de coronavirus. En la iglesia de mi barrio, el párroco ha dispuesto que la paz se da con una leve inclinación de cabeza y se comulga con la mano. Buena parte de los wasaps que recibo hacen alusión, sea jocosa, dramática, higiénica o informativa, a esta enfermedad.

Y, mira por dónde, ayer me topé con una persona que me contagió de “coronavirtus”, con t intercalada, porque la virtud puede ser también muy contagiosa. Se trata de una persona que dio conmigo a través de este blog, aunque luego ha resultado que tenemos bastantes puntos de conexión.

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Más digna es la vida

Rousseau aconsejaba razonar “en el silencio de las pasiones” y, aunque es cierto que ningún ser humano puede pensar en el vacío emocional, sí es posible hacer un esfuerzo para alejarse de algunos condicionantes emocionales para reflexionar sobre ciertos asuntos. Y la eutanasia es uno de ellos. En esta era de populismo y propaganda la razón suele salir mal parada.

Cada uno tiene su aproximación biográfica a esta realidad, porque, a partir de cierta edad y experiencia de vida, no es difícil haberse topado con situaciones que, implícita o explícitamente, la hayan evocado.

Antes de vivir la dura enfermedad que sufrió mi madre en sus últimos años de vida, que me mostró inesperadamente una imagen diferente, digna y bella en su limitación, de la humanidad, la maternidad y la filiación y me confirmó en el valor y dignidad de cualquier vida, había tenido un curioso contacto con esta realidad.

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Parsifal

Parsifal fue educado por su madre en la ignorancia de su estirpe de caballero. Pero su corazón presentía algo y partió, sin saberlo, en busca de su verdad.

Wolfram von Eschenbach escribió su famoso poema épico “Parsifal” (Parzival, en el original) en 1230 recogiendo las tradiciones de las fábulas artúricas cantadas por los trovadores provenzales y situó en el Noreste de España el templo de Montsalvat, más allá del bosque de Salvatierra, donde la orden de Caballeros del Grial custodiaba la copa que había recogido la ‘sangre’ de Cristo en la última cena y quizás también en la Pasión.

El último rey custodio del Grial, Amfortas, recibió una herida en la batalla, que le postró junto al santo Caliz. La herida abierta no cicatrizaba y su reino cristiano, sin rey, se desangraba. Solo un caballero limpio y honesto sería capaz de curar la herida y el reino.

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Gen-erosidad

En mi familia se suelen meter conmigo porque a veces extraigo conclusiones lógicas de determinados datos y las suelto como si fueran un conocimiento previo y contrastado que ya tuviera, en lugar de advertir que es una deducción que yo he hecho. Lo suelo hacer en especial con la etimología de las palabras. Algunas veces, pocas, acierto, y me da mucha satisfacción. El problema es que, cuando me equivoco, normalmente me olvido de decirlo y ahí queda, como una verdad compartida que no es tal. ¡Es lo que tiene la confianza!

Es lo que me sucedió mientras escuchaba las magníficas conferencias sobre masculinidad y feminidad que impartió este fin de semana Mariolina Ceriotti Migliarese en la jornada “Vivir en Familia” organizada por el Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la UIC (Universitat Internacional de Catalunya).

La doctora Ceriotti dijo muchas cosas muy interesantes, la mayoría de ellas recogidas en sus libros sobre la mujer y el varón (“Erótica y Materna” y “Masculino, Fuerza, Eros, Ternura”), que aconsejo vivamente, pero hubo una que me llevó a descubrir la deliciosa etimología de la palabra “generosidad”.

Ser padre, dijo, no es lo mismo que ser papá. Uno deviene papá cuando se encuentra con el hijo en sus brazos, pero se hace padre cuando se encuentra con un proyecto de vida ajeno y decide integrarlo en el propio. Ser padre exige generosidad, reclama revisar y salir del propio proyecto vital para transformarlo y engrandecerlo con el de los hijos. Y, aunque la conferenciante se refería al padre varón, es predicable también de la mujer y del mismo matrimonio.

Y resulta que este es el origen de la palabra “generosidad”. Generoso es el que genera, el que engendra, y esta vez no me lo he inventado, lo he comprobado.

Engendrar, por lo tanto, en la raza humana, no equivale a generar un nuevo ejemplar de la especie, sino a revisar la propia trayectoria, renunciar a itinerarios que parecían inalterables, volver atrás para retomar un camino descartado, salir de uno mismo y centrarse en los demás, refundar la propia existencia.

Pero, claro, esto no se consigue por el mero hecho de engendrar a un hijo. Hace falta reflexión, entrenamiento y preparación remota. Sería una buena asignatura para completar los currículos académicos: la paternidad.

La doctora Ceriotti aconsejaba imaginar al hijo como el padre del futuro, lo que exige ayudarle a no estar egocentrado, recordarle que su vida no va sobre él mismo, explicarle que sus decisiones no pueden encerrarle en los límites de su propio interés, que su carrera profesional es solo relativamente importante y puede llegar a convertirse, como decía Carl Gustav Jung, en “una compensación barata a una personalidad deficiente”, que lo humano está siempre por encima de cualquier otra realidad.

Existe, en efecto, recordaba la conferenciante, una diferencia esencial en la relación que tienen con el hijo la mujer y el varón: el ligamen biológico, directo y fuerte, de la madre es indirecto y débil en el padre, que estrena su relación de paternidad casi de una manera cultural, aprendida y, a veces, más como una pérdida de exclusividad de su relación con la madre que como un enriquecimiento vital.

En el fondo, nada nuevo bajo el sol: a la transmisión de la vida siempre se la ha llamado generosidad, que es lo propio del amor. El reto consiste en introducir ese gen en la educación de nuestros hijos desde el primer momento. Y el primer paso, como siempre, es el ejemplo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Si no…

Si no te hubieras casado ni hubieras tenido tantos hijos; si no hubieras rechazado aquella promoción profesional que te obligaba a trabajar en exceso o a viajar demasiado y alejarte de tu familia; si no hubieras renunciado a tantos planes con tus amigos porque intuías que ella (él, ellos) te necesitaba cerca en esos momentos; si no hubieras cedido en tantas cosas y hubieras decidido más por ti mismo y no tanto con ella; si no hubieras puesto tantas defensas a tantas emociones y oportunidades que la vida te ofrecía porque en ellas no cabían todos los tuyos y tu corazón se dividía; si hubieras escuchado aquella insinuación que te ofrecía una nueva aventura con una persona distinta; si hubieras aprendido a poner en sordina los reclamos de tus ‘obligaciones’ familiares y hubieras pensado un poco más en ti mismo, como te susurraban tantas voces a tu alrededor; si no hubieras pronunciado ese “sí” definitivo…

Un “sí”, bien lo recuerdas, que te llevó a una tierra nueva donde no quisiste ser extranjero ni volver a ser el que eras antes de decidir que ya siempre serías de ella y con ella y para ella. Un “sí” que te movió a quemar las naves cuando llegaste a puerto en ese viaje definitivo de tu vida.

Pero ahora ves a tantos que conservaron su nave en el puerto, su propia y preciosa nave, tan suya, tan propia, tan seductora. Hicieron el mismo viaje que tú, pero fueron más… ¿precavidos?, ¿cautelosos?, ¿inseguros? Y no quemaron sus naves. Las conservaron y las mantuvieron en disposición de zarpar. Quisieron tener un anclaje a ellos mismos, a ellos solos. Y, como no la quemaron, “su” nave estuvo allí esperándoles, ofreciendo cada día una oportunidad de dejar de ser futuro y volver a ser pasado, de volver a ellos mismos y zarpar al horizonte, ellos solos o con otros nuevos navegantes, en busca de otros destinos, dejando en tierra cualquier rémora.

Fueron o se hicieron, sin quererlo y a veces sin saberlo, extranjeros en esa tierra nueva que inauguró el matrimonio, no quisieron o no supieron abonarla y, como “su” nave les esperaba, tentadora, evocadora, se subieron de nuevo a ellos mismos y llegaron lejos, muy lejos, tanto que, desde la tierra que abandonaban, aquellos que dejaron atrás apenas les podían reconocer en el horizonte de sus vidas.

Cada vida es un misterio que hay que contemplar con profundo respeto. Nadie que no sea Dios puede juzgar la vida de otro, sus motivaciones, sus dificultades, sus decisiones, sus trayectorias. Pero hoy quiero dirigirme a tantos y tantas que han apostado por un amor, un solo amor y sienten (¿quién está libre de él?) el insidioso susurro de una vida deslumbrante en una nave mágica arrullada por cautivadores cantos de sirena.

Aún estáis a tiempo de quemar las naves y amar sin red, sin vuelta atrás. Aún podéis volver a ser lo que queríais, lo que soñasteis un día, cuando pronunciasteis aquel “sí” que en vuestro corazón era para siempre. Cuando decidisteis vivir de verdad la única aventura que vale la pena, la de las emociones auténticas, la de la pasión sin término, la que es capaz de superar las peores borrascas, de agarrarse al timón sin descanso y hasta el límite de las fuerzas, desafiando las olas más violentas con la vista puesta solo en aquella o en aquel que invitasteis a bordo cuando el “sí” de la nueva vida soltó decididamente las amarras y desplegó las velas del viaje sin retorno.

Quemad las naves. Construid, si queréis, una nueva en la que puedan embarcar aquellos que vosotros, solo vosotros, decidisteis llevar o germinar en esa tierra nueva en que atracasteis hace diez, veinte, treinta años… Esta es la nave de vuestra vida. Aquella otra que un día olvidasteis quemar dejó de serlo el mismo día en que vosotros dejasteis de ser uno solo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Vivir en ti

Cuando iba a primaria, las monjas de mi cole premiaban la buena conducta con medallas de disciplina, de aplicación y de honor. En primero tuve la fortuna de ganar una medalla de honor y el premio consistía en una estatuilla de la Virgen. Las había de todos los tamaños. Unas brillaban en la noche, otras estaban llenas de agua bendita y otras estaban pintadas de vivos colores. Pero a mí me atrajo la atención una pequeñita, de plástico color marfil y, ante la sorpresa de la monja y la alegría del que escogía detrás de mí, la elegí.

Desde ese día fue mi virgen preferida y me acompañó incluso en mis años de olvido y menosprecio, cuando no la miraba ninguna noche o la arrinconaba en un cajón. Alrededor de mis treinta años, la perdí. Por suerte, poco tiempo antes de perderla, le hice una foto, la que reproduzco en este post, y pasó a compartir mi cartera con el DNI. Ahora, además, tiene un lugar seguro en la nube. A lo largo de los más de cincuenta años que han pasado desde que la elegí, ha habido temporadas, a veces largas, en que no la he atendido como debiera, pero siempre ha estado ahí. Ha sido, podríamos decir, la imagen de la Virgen María que ha quedado grabada en mi retina y que me viene espontáneamente a la memoria cuando pienso en ella.

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¡No pertenezco a nadie!

El dilema que planteaba la ministra de educación acerca de quién tiene derecho a decidir sobre la educación de la conciencia de un menor lo resolvió mi hijo de 15 años en tres segundos.

Iba el viernes en coche con una de mis hijas mayores, su novio y mi hijo adolescente. Una de las características propias de los adolescentes es que nunca sabes cuándo te escuchan y cuándo no. En un momento determinado, mi hija recordó la polémica frase de la ministra: “no podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres”. Como espoleado por un resorte de autodefensa, mi hijo adolescente se revolvió en el asiento y me interpeló: “¡¿Ah, no?! ¡Entonces, por qué no me dejáis salir y tengo que hacer lo que vosotros decís!” Y, gracias a la señora ministra, volvimos a tener la misma discusión de cada viernes, pero ahora con un argumento de autoridad, la voz de una ministra, a favor de mi hijo.

La trampa argumentativa que, conscientemente o no, introdujo la ministra me obligó a llevar la conversación más allá de una salida de viernes, que, por otro lado, no podía darse porque nos estábamos yendo fuera de Barcelona.

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