Rehacer la vida

Podría parecer este un artículo para tranquilizar a los padres, que bastante trabajo tenemos para educar a nuestros hijos. Ya dije en una entrada anterior (¿Se equivocó Dios?) que, si al mismo Creador la criatura le salió respondona, no vamos a ser menos los padres mortales.

Podría parecerlo, digo, porque voy a comenzar con una cita del segundo libro que me he leído de Mariolina Ceriotti Migliarese (este dedicado al varón: “Masculino, fuerza, eros, ternura”): “¡Ningún progenitor, ni siquiera el que sea objetivamente más limitado, puede seguir siendo culpable del fracaso de sus propios hijos más allá de una edad razonable!”. Si así fuera, añado yo, habríamos eliminado de un plumazo la noción de libertad y los hijos no serían más que un apéndice dependiente de la vida de sus padres.

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Cuando Rompetechos leyó Cenicienta

Hace unos días, una escuela de Barcelona decidió retirar de su biblioteca infantil una serie de cuentos por considerarlos inadecuados según los nuevos cánones de la censura feminista.

Voces autorizadas han apoyado la iniciativa. Quizás, una de las que más me ha llamado la atención ha sido la de la escritora Laura Freixas, precisamente por tratarse de una escritora, es decir, de una contadora de cuentos. Escribe con vehemencia en La Vanguardia: “¿Por qué yo nunca le llevaba la contraria a mi marido? ¿Por qué no me enfadaba con él? (…), ¿cómo me convertí en esa mujercita sonriente, a la sombra de su maridito, que nunca había querido ser? (…) Y es que como todo el mundo, yo me hice una idea de lo que es ser mujer u hombre a través de relatos, empezando por los cuentos, como esos que la escuela Tàber ha retirado de su biblioteca infantil”, y termina diciendo: “Ojalá hubiera ido a la escuela Tàber”.

De pequeño, como muchos de mis contemporáneos, leí el Jabato, el Capitán Trueno, Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carpanta, Hansel y Gretel y muchos otros cuentos y tebeos que a mis lectores menores de 50 años les sonarán a chino. Pero nunca se me ocurrió que debía matar sarracenos, hacer trastadas inimaginables, poner explosivos en cualquier recipiente, comerme cuatro barras de pan seguidas o abandonar a mis hijos en pleno bosque.

La figura de varón, padre y ciudadano la aprendí, y todavía lo hago, de Miguel Vidal-Quadras Biada, una persona afable, servicial, trabajadora y respetuosa con todos, que decidió compartir su vida con una mujer también excepcional, Mª Ángeles Trías de Bes, a quien ninguno de sus hijos confundió nunca con Caperucita, la bella Durmiente o la atribulada mujer de Ástérix. Comprendo que no todo el mundo ha tenido la misma suerte que yo en la vida y no puedo ni debo juzgar la infancia de nadie, pero, después de casi treinta años dedicado a la orientación familiar, sí creo poder afirmar que el rol de hombre o mujer, padre o madre, marido o mujer, ciudadano o ciudadana no se aprende en los cuentos sino en casa, en la familia.

Cuando se olvidan las imágenes, la metáfora, la alegoría o la poesía y se priva a la literatura de su simbolismo, dejándola al albur de la fría ciencia (ya sea la sociología, la psicología o la pedagogía), la creatividad humana muere aplastada bajo el peso implacable de una razón sin corazón, ¡o viceversa!, fácilmente ideologizada.

Recomendaría a quien quiera entender el simbolismo de los cuentos proscritos que leyera a Mariolina Ceriotti Migliarese (psiquiatra y mujer), cuyo libro “Erótica y Materna, un viaje al universo femenino”, recientemente publicado en España, además de ofrecer una semblanza extraordinaria del mundo de la mujer, da algunas interesantes pautas interpretativas sobre Cenicienta, Blancanieves y La Bella Duermiente.

En lugar de quemarlos en la hoguera o decidir por los padres qué tienen que leer sus hijos (una vieja tentación totalitaria), propone una aproximación inteligente que permita descifrar los significados simbólicos “que siguen siendo válidos para captar los pasos evolutivos de la psicología femenina”. Por cierto, que el libro es anterior a la polémica generada en España.

Por ejemplo, destaca la encarnación en la hija de los valores más hondos de esa madre fallecida prematuramente, materna y buena, confrontados con la madrastra, que representa la exacerbación de la belleza y la frivolidad. O la superación de los obstáculos de una madre (madrastra) posesiva en el recorrido hacia la vida adulta y su acceso a la vida sexual que representa el encuentro con el príncipe. O el papel gris y secundario de la figura paterna, normalmente blanducha e indecisa, que, en el fondo, “acepta de buena gana lo que está pasando y deja que su hija viva hasta el fondo el encuentro/desencuentro con la imagen negativa de la madre, hasta que llegue a construir su propia identidad adulta”.

En fin, que cada uno ve la vida, y los cuentos, del color del cristal con el que mira. Me temo que el problema no está en los cuentos sino en la misma vida.

Por si acaso, voy a esconder “Guerra y Paz”, no sea que la retiren también por violenta, y “El principito”, a la espera de la secuela “La principita”, que ya deben de estar escribiendo en algún despacho subvencionado, eso sí, en prosa de oficinista.

¡Y mira que hay cosas serias de las que ocuparse!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Soneto de Sábado Santo

¿Y si la muerte todo no acabara
y su silencio no prevaleciera?
¿Y si la Cruz el tiempo detuviera
y mañana Jesús resucitara?

¿Y si a mi puerta un día Dios llamara
y yo por sepultado lo tuviera?
¿Y si tocar sus llagas yo pidiera
por no creer que tanto Dios me amara?

¿Y si yo fuera apóstol por un día
y huyera y le negara y sospechara
por miedo, cerrazón y cobardía?

¿Y si Jesús después me confortara
y yo anduviera al lado de María?
¿Y si en amor la Cruz me transformara?

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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Un encuentro semanal

Como sucede en tantas familias, cuando mis cinco hermanos y yo empezamos a volar y mis padres se quedaron con el nido vacío, mi madre (q.e.p.d.) nos pidió que fuéramos un día a la semana a comer, cosa que, naturalmente, hacíamos de muy buen grado. De hecho, durante los primeros años de vida independiente, más de uno intentaba colarse a diario para comer gratis en casa de nuestros padres. A pesar de ser seis varones, cinco casados, las nueras estaban encantadas porque mi madre fue siempre una suegra muy poco ‘suegra’.

Después, vinieron los nietos y a la comida de los martes se añadió otra los sábados, para que los abuelos pudieran disfrutar de hijos y nietos. De hecho, el sábado devino pronto el día principal de encuentro. Como somos algo prolíficos, la comida con tanta gente se fue haciendo complicada y mi madre decidió transformarla en merienda-cena, más informal. Mis padres cuidaban todo al mínimo detalle para que nos encontráramos cómodos y pudieran disfrutar de nosotros, y nosotros de ellos. Los bocadillos, quesos y demás comida que sabían nos gustaban, las pastas de las pastelerías favoritas, las bebidas que cada uno prefería… y, con el tiempo, una canguro (babysitter, para los de fuera de España) que atendiera a los más pequeños y a los más gamberros de los nietos.

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Lo profundo de la vida

Como ya saben los lectores asiduos de mis posts, mi hermano pequeño es monje de la Comunidad del Cordero. Su carisma es ser contemplativo en medio del mundo de la pobreza. No tiene nada propio y pide cada día su comida. Si no se la dan, come en los comedores públicos, en los de la Madre Teresa o donde pueda… o no come. Otras veces, me contaba, les toca comer arroz durante una semana entera, porque es lo que hay. En mi casa, en cambio, cuando se ha comido pasta se procura cenar algo distinto y si, a veces, muy pocas, por error o por descuido, se repite, no es raro escuchar alguna protesta.

Como es un hombre místico y muy metido en Dios, mi hermano pronuncia ciertas frases enigmáticas, que cuesta descifrar. En un post antiguo mencioné, como de pasada, un comentario que me hizo mi hermano un día, hablando de sus hermanos los pobres: “los pobres viven en lo profundo de la vida”, me dijo. Después de mucho tiempo de dar vueltas a la frase, fui captando la verdad honda que encerraba. En efecto, las decisiones diarias de los pobres son de tal calado que pueden significar la vida o la muerte, la salud o la enfermedad, el hambre o la alimentación…

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In… ¡movilizado!

Me decía una persona que hoy lo que mueve son los testimonios, así que he pensado que voy a transmitir el mío. Quiero contar una experiencia extraordinaria, casi mística, que tuve la fortuna de vivir ayer.

Cuando salí de casa todavía ignorante del tremendo descuido que acababa de tener y me subí a mi bicicleta, tuve una visión premonitoria. Un grupo de estudiantes miraban asombrados y hacían todo tipo de comentarios respecto de un raro espécimen de la raza humana que se aproximaba a ellos. Yo le veía de espaldas y, al principio, no observé nada extraño: caminaba, como todos, la cabeza levemente inclinada hacia el móvil. Pero, cuando le adelanté, una imagen espeluznante, inédita e imprevisible azotó mi todavía dormida retina: se trataba de un tipo corriente (ya dijo Ricardo Yepes que hoy la gente corriente es gente corriendo) que caminaba plácidamente, como todos, pero lo que sujetaban sus manos y captaba poderosamente su atención no era un móvil, era… ¡un libro!

No le di más importancia y me fui a Misa (ya saben, esa costumbre tan humana de intentar ver cada día a los que más amas). Al terminar, metí la mano en el bolsillo de la chaqueta en busca de mi móvil. Vacío. Mantuve la calma. Estará en el pantalón. Esta mañana lo he usado en casa antes de ponerme la chaqueta. Vacío. No puede ser… Palpé todos mis bolsillos, y tampoco. ¡Ah, la mochila! Claro, lo habré metido sin querer junto con el portátil. Ya me pasó una vez.

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Happycondríacos

Hace unos años publiqué un libro breve bajo el título “A las alfombras felices no les gusta volar”. Quería ser una sencilla respuesta a los clásicos y autorreferenciales libros de autoayuda, muchos de los cuales defienden una filosofía de vida centrada en uno mismo e invitan a pensar que la felicidad consiste en ir apartando de tu vida todo aquello que impide tu propia expresión personal. Y, desde esta perspectiva, hay muchos factores a purgar: un marido o mujer que ya no aporta, unos hijos que robarán tiempo, los amigos pesados, los aspectos rutinarios del trabajo, un ser dependiente que molesta y mil ataduras más que no nos dejan volar a nuestro libre albedrío.

Por eso, el subtítulo del libro era: “un libro de autoayuda a los demás” y la conclusión, una poco original y antigua verdad que fue revelada hace ya más de veinte siglos: hay más alegría en dar que en recibir.

Ahora, recibo la agradable sorpresa de la publicación en España, por parte de socióloga israelí Eva Illouz y el psicólogo español Edgar Cabanas, de su obra “Happycracia, cómo la ciencia y la industria de la felicidad controlan nuestras vidas”, que ha tenido un notable éxito editorial en Francia.

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Christchurch: Dios no es poder

Hoy no me tocaba escribir, pero he recibido un mensaje y no he podido evitarlo. Tengo varios amigos neozelandeses, y mi segundo hijo, Javi, todavía más. Pasó varios meses precisamente en Christchurch, ciudad de bello y hoy paradójico nombre, en un intercambio universitario. Ahora vive en México y nos ha explicado que varios de sus amigos musulmanes han perdido familiares y amigos o se han salvado de milagro de morir bajo las balas del terror incomprensible.

Las escalofriantes imágenes de la matanza asustan sobre todo por lo ordinario y anodino. La banalidad del mal, como advertía Hannah Arendt. Si cualquiera de nosotros hubiéramos pasado por el salón de nuestra casa y nos hubiéramos encontrado a nuestro hijo de doce años ante una pantalla viendo las crudas imágenes que grabó el asesino, probablemente nos habríamos limitado a decirle: “Hola, hijo, ¿a qué estás jugando?

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Inmortales por amor

Desde una perspectiva estrictamente química, un ser humano que pesara 70 kilos estaría compuesto de los siguientes elementos:

45,5 kg de oxígeno (65%)
12,6 kg de carbono (18 %)
7kg de hidrógeno (10%)
2,2 kg de nitrógeno (3.14%)
1,05 kg de calcio (1.5%)
770 g de fósforo (1.1%)
245 g de potasio (0.35%)
175 g de azufre (0.25%)
105 g de sodio (0.15%)
100 g de cloro (0.14%)
3 g de hierro (0.004%)
3,5 g de magnesio (0.005%)
2 g de zinc (0.0028%)
0,2 g de manganeso (0.00028%)
0,15 g de cobre (0.0002%)
0,03 g de yodo (0.000004%)
Y pequeñas trazas de:
Boro
Bromo
Cromo
Cobalto
Flúor
Hierro
Manganeso
Molibdeno
Níquel
Selenio
Silicio
Vanadio

Francamente desilusionante. Todo materia, todo caduco. Se comprende que quienes tienen esta visión del ser humano encuentren dificultades insalvables para prometer amor para siempre. No es fácil localizar en esta composición el lugar en que la persona amada puede albergar nuestra promesa de amor. Menos aún dar con el núcleo de su correspondencia: ¿me amará con el oxígeno?, ¿cuánto azufre pondrá en nuestra relación?, ¿brillará su amor como el fósforo o el nitrógeno lo hará explosivo?

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