¿Y si el problema está en ti?

Después de haber repasado en los últimos posts los principales pensamientos automáticos: visión restringida (La penúltima calle), personalización (El ombligo del mundo), adivinación de pensamiento (¡Ah, era eso!), sobregeneralización (Nunca es tarde), pensamiento polarizado (In medio virtus) y atribuciones negativas (Cuando vuelan los cuchillos), procede ahora hacer una síntesis conclusiva y ofrecer algunas pautas para gestionarlos adecuadamente. Lo intentaré hacer con un ejemplo.

La puntualidad es una gran virtud que pone en juego muchas otras. Caridad: supone pensar en los demás y darles preferencia sobre uno mismo. Templanza: requiere autodominio para dejar hacer lo que se estaba haciendo. Fortaleza: implica tener paciencia con los demás. Prudencia: aconseja escoger los medios adecuados para ser fiel al compromiso horario, etc.

Sin embargo, como toda virtud, puede degradarse en una manía que arrastra al orgullo y a la vanidad, a la crítica acerba o a la dureza de corazón.

No es extraño que las personas muy puntuales sean duras en sus juicios con las que no lo son, pierdan los nervios y magnifiquen la gravedad de la impuntualidad. Muchas veces, todo esto es producto de deformaciones congitivas.

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¡Esto no va de países!

Como ya sabéis algunos de los que me conocéis y me leéis de vez en cuando, dedico buena parte de mi tiempo, a veces robado al sueño, otras al descanso (¡o al trabajo!) y más de las que me gustaría, a mi familia, a una actividad de voluntariado que precisamente intenta llevar la felicidad a las familias de todo el mundo, sí, de todo el mundo. Gracias a Dios, también el tiempo que hurto a mi familia acaba de alguna manera revirtiendo en beneficio de ella. Hoy voy a hablar de esta pasión por la familia. Será un canto al viento que, por falta de información, no todos entenderéis, pero a veces hay que dar rienda suelta al corazón.

Hace ya tiempo que cuando viajo -antes físicamente, ahora más virtualmente- y tengo encuentros con gente tan dispar en origen, cultura, raza, nación…, que comparte poca cosa más que su pasión por la familia, tengo una doble percepción.

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Cuando vuelan los cuchillos

Una de mis extravagancias consiste en intentar encestar los objetos más variados en sus recipientes… o en cualquier lugar que pueda acogerlos. Me gusta lanzar los lápices al cubilete, el cepillo de dientes a su vaso y los papeles a la papelera. En nuestra familia, cuando utilizamos servilletas de papel, no es raro que al terminar la comida se entable una competición: a ver quién consigue encestar su servilleta arrugada en forma de pelota en el vaso más lejano de la mesa, juego que a mi mujer no le acaba de convencer del todo.

He de decir que he adquirido bastante destreza (en tirar, que no en encestar). Una vez, tiré un cuchillo a la cesta del lavaplatos desde la imprudente distancia de un metro y medio y, claro, fallé, el cuchillo dio a una copa de borgoña y se hizo añicos. ¡Quién será el burro que pone una copa de vino al lado de la cesta de los cubiertos!, pensé.

Y, con esta expresión, incurrí en el último pensamiento automático que quiero comentar: las atribuciones negativas, porque, entre nosotros, lo lógico hubiera sido pensar quién es el idiota que lanza cuchillos a la cesta del lavaplatos a metro y medio de distancia.

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In medio virtus

Recuerdo que cuando empecé a dar charlas y conferencias salía a veces muy preocupado a pesar de que la sesión había ido razonablemente bien. Volvía a casa repasando lo que me había olvidado de decir. Y, como solía darlas por la tarde-noche, al meterme en cama, mi cerebro seguía dando vueltas y descubría lo que había dicho mal, los errores que había cometido, etc.

Un día, alguien me dijo: “no te preocupes de lo que te has olvidado o dicho de otra manera; nadie sabía lo que ibas a decir ni cómo lo ibas a decir, solo tú”. A partir de aquel día, me preocupé mucho menos por la perfección en el contenido que por la conexión con los asistentes. “Connection, not perfection” es el lema de un podcast de aprendizaje de inglés que escuchaba una época, y decidí adoptarlo como propio.

El pensamiento polarizado, todo o nada, es otra deformación de la mente que amenaza con socavar nuestra relación matrimonial. Consiste en pensar que si las cosas no se dan exactamente como habíamos previsto, hemos fracasado. Es un pensamiento propio de la infancia…, pero todo tenemos un niño dentro que se rebela (¡y se revela!) de vez en cuando.

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París bien vale una misa

Hoy iba a escribir sobre otro pensamiento automático, pero esta semana he vivido dos experiencias similares que me han hecho cambiar de tema. Por dos veces he oído la expresión, que ya había escuchado en el pasado, “menos misas y más misericordia”, y me he animado a escribir sobre ello.

Por aquellos enigmas de la mente, la frase me ha recordado aquella otra que la historiografía pone en boca de Enrique III de Navarra y IV de Francia y que probablemente nunca pronunció: “París bien vale una misa” (Paris vaut bien une messe). Aunque tenía derecho al trono por sucesión, su condición de protestante calvinista despertó la oposición de las grandes potencias católicas y, después de fracasar en la toma de la corona por la fuerza, decidió convertirse al catolicismo para acceder al trono de la muy católica Francia, y alguien le atribuyó la frase que ha quedado como símbolo de poca firmeza en las convicciones. Solo Dios sabe si su conversión fue sincera.

A mí me ha traído a la memoria aquella otra de Groucho Marx: “¡Estos son mis principios! ¡Y si no le gustan…, aquí tengo otros!” Y, en parte, por eso quiero hablar de la misa y la misericordia, es decir, del amor.

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Nunca es tarde

El conde de Romanones fue una figura señera de la primera mitad del siglo XX. Fue alcalde de Madrid, presidente del Congreso y del Senado, ministro en casi todas las carteras, presidente del Gobierno, prolífico escritor y hasta personaje en la obra Luces de Bohemia, de Valle-Inclán. Se le atribuyen frases apodícticas como aquella de que hagan las leyes, mientras yo pueda hacer los reglamentos…

Otra salida famosa del conde fue la que dio a quienes le criticaban haber aprobado una norma que poco tiempo antes había denostado y proclamado solemnemente no aprobar nunca jamás: tenga usted en cuenta que cuando digo nunca me refiero al momento presente, respondió con toda paz.

Hoy voy a hablar de una deformación de la mente muy presente en el matrimonio y en la familia: la sobregeneralización. Es una de las más insidiosas y, al mismo tiempo, de las más difíciles de cambiar.

Consiste en convertir uno o varios hechos, datos o acciones en una disposición, una conducta o una condición personal absoluta, constante, invariable y, a veces, casi innata.

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¡Ah, era eso!

Unos años atrás, cuando nuestro hijo Pablo estaba inmerso en la profunda adolescencia, que, gracias a Dios, va remitiendo poco a poco, tenía una curiosa manera de pedirnos las cosas que él sospechaba no le íbamos a conceder. Decía, por ejemplo: “ya sé que esta tarde no me vais a dejar salir con mis amigos. ¡Siempre me decís que no a todo!” Y cuando le preguntábamos si eso significaba que quería salir con sus amigos, apostillaba: “¡Claro, pero ya sé que no me vais a dejar!” Entonces, yo, con poca inteligencia emocional, he de admitirlo, le decía: “pues, si tú mismo te contestas…” Y ahí empezaba el crescendo: “¿Lo ves? ¡Lo sabía! ¡Nunca me dejáis hacer nada! ¡Sois unos rancios!” y no sé cuántas cosas más que no cabrían en este post, hasta enfadarse y encerrarse, con un sonoro portazo, en su habitación.

Parece una deformación adolescente, pero se trata de un pensamiento automático, una distorsión de la mente que nos afecta a todos: la adivinación de pensamiento. En el matrimonio está más presente de lo que pensamos, y consiste en atribuir a nuestro cónyuge intenciones, pensamientos o motivaciones que inventamos nosotros mismos.

Estás pasando una mala época, has ganado unos kilos, no te encuentras bien contigo mismo, estás especialmente irritable y has percibido que los últimos días tu mujer parece rehuir las relaciones sexuales. Piensas: “se está alejando de mí. Parece que ya no le atraiga”, e intensificas tu baja autoestima encerrándote en ti mismo e incrementando tu irritabilidad. Tu mujer lo percibe y parece cada vez más distante. “Nuestra relación se enfría, piensas, ¿estará pensando que no estoy a la altura?», y vas espaciando tus muestras de cariño.

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El ombligo del mundo

Antes solía ir en moto por Barcelona. Tuve un accidente un poco aparatoso cuya única causa fue mi despiste y tendencia a correr y decidí cambiar la moto por la bici, una forma de desplazarse mucho más jovial y distendida.

No sé la razón, pero en moto iba más tenso. Entre motoristas y taxistas, por ejemplo, suele darse una relación problemática. Recuerdo una vez en que intenté adelantar a un taxista subiendo por la calle Iradier, una buena cuesta más bien estrecha en la que, cuando se podía aparcar en ambos lados de la calzada, cabían a duras penas un coche y una moto. Cuando me disponía a pasarlo por la izquierda, el taxista hizo una fea maniobra para impedirme el paso que casi da con mis huesos en el duro asfalto.

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La penúltima calle

¿Para qué nos vamos a ir a celebrarlo, para acabar como el año pasado?, fue la respuesta que recibió Ernesto de su esposa cuando le propuso ir a cenar y al cine para celebrar su aniversario de boda.

En efecto, el año anterior habían hecho un plan similar. A Susana le gusta bailar y habían reservado una mesa en un buen restaurante que ofrecía baile después de la cena. Habían hablado de todo y disfrutado como cuando eran novios. Bromas, risas, complicidades, baile hasta el agotamiento… ¡Casi se habían olvidado de que tenían hijos!

Pero, de vuelta a casa, ya de madrugada, cansados y alegres, hasta más de la cuenta, Susana propuso un itinerario que Ernesto decidió cambiar ya casi llegando, en la penúltima calle, con tan mala fortuna que se encontraron el camión de la basura vaciando cuatro contenedores.

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El cristal con que se mira

Se acerca el verano en el hemisferio norte y las vacaciones de invierno en el sur. Dicen las estadísticas que después de las vacaciones se incrementa el índice de separaciones matrimoniales. Al parecer, el mismo efecto ha causado la pandemia. El roce hace el cariño, afirma la sabiduría popular, pero, por lo que parece, el roce continuo también puede irritar la piel de algunos matrimonios. 

Creo que este periodo prevacacional es un buen momento para entrenarse a amar. Sí, el amor tiene su técnica. Leí en un libro la anécdota de aquel catedrático de Estética (una rama de la filosofía) que impartió una conferencia sobre la belleza y, molesto ante la objeción de una de las asistentes basada en el argumento de que “sobre gustos no hay nada escrito”, le espetó: “Señora, sobre gustos hay mucho escrito; lo que pasa es usted no lee nada”. Pues, lo mismo sucede con el amor: hay mucho escrito, y no querer aprovecharlo podría ser un acto de absurda arrogancia. 

Uno de los libros que a mí más me ha aportado es el de Aaron Beck, “Con el amor no basta”. Entre otras muchas cosas, trata allí las que él llama deformaciones cognitivas, una buena área de mejora en la comunicación matrimonial. Me he propuesto tratar algunas de ellas durante los siguientes posts, ¡a ver si, a fuerza de escribirlas, las voy corrigiendo en mí mismo!

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