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~ Ser y vivir en clave de familia

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Archivos mensuales: junio 2018

Amor y lujuria

27 miércoles Jun 2018

Posted by javiervq in Crecimiento personal, Matrimonio

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En algunos posts anteriores he insistido en la importancia de entregar el espíritu junto con el cuerpo porque, siendo la persona humana una e indivisible, no es posible la entrega cabal del primero sin la del segundo. Al estar el cuerpo y el espíritu inescindiblemente unidos, allá donde uno va el otro le acompaña.

Por esta razón, la persona toda sufre cuando se trata al cuerpo como un mero objeto de placer, pues el espíritu no es ajeno ni queda al margen de esa infrautilización, de esa cosificación y le acaba afectando todo lo que sucede al cuerpo.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿cómo sabemos que no estamos infrautilizando nuestro cuerpo o el de otra persona? ¿Cuál es el indicador que permite distinguir un uso adecuado del cuerpo en la relación sexual? Porque, exteriormente, el acto sexual es el mismo entre dos que se acaban de conocer, dos que dicen buscar quererse y dos que se quieren de verdad. ¿Cuándo y en qué circunstancias el acto sexual, placentero por naturaleza, es o deja de ser lujurioso?

Una de las diferencias entre el ser humano y las cosas es que estas pueden ser un medio para alcanzar un fin, mientras que aquel tiene una dignidad que impide (moralmente hablando) su utilización solo como medio, como instrumento para un fin. No puedo (debo) burlarme de una persona por el placer de ver reír a mis amigos. Ni usurpar el trabajo de un compañero para subir un peldaño en mi empresa. Las personas no son instrumentos a mi servicio.

Por la misma razón, no puedo (debo) utilizar un cuerpo humano como mero objeto de placer, como si de un manjar o de un objeto de consumo se tratase. Primero, naturalmente, he de respetar su voluntad. Pero no basta con eso: hay más. Ninguna voluntad humana puede (debe) decidir acerca de su propia dignidad. Una voluntad que, por ejemplo, decidiera esclavizarse y venderse como objeto, estaría tratándose indignamente, estaría equivocada.

Del mismo modo, una voluntad que decidiera tratarse a sí misma -es decir, a su cuerpo inescindiblemente unido- como mero objeto de placer, se estaría tratando indebidamente porque la persona merece ser amada por sí misma y no solo por el mero placer o satisfacción (incluso afectivo) que genera. Y si dos decidieran usar recíprocamente sus cuerpos de esta forma, los dos estarían tratándose, a sí mismos y al otro, inadecuadamente. El reproche moral, podríamos decir, se duplicaría, porque aquí son dos, y no uno solo, los que se tratan indignamente.

Entonces, ¿cuándo se tiene la certeza moral de que no se utiliza el cuerpo, sino que se ama a la persona? Cuando hay una decisión de amar para siempre. En ese momento, deja de ser mi interés, mi satisfacción personal la que reclama la entrega del cuerpo en lo más íntimo. La otra persona puede tener la certeza de que no es mi intención utilizar su cuerpo como mero objeto de placer sexual ni contemplarla a ella como medio para mi satisfacción personal, por la sencilla razón de que se lo he dicho: he prometido amor para siempre a su persona. Le he demostrado con mi promesa que su persona y no mi satisfacción es lo que me mueve a amarle, y, precisamente por eso, puedo amarle para siempre con independencia de mi propio interés. Me pongo a su servicio y le ofrendo todo lo que soy.

En ese momento, la contemplación y entrega de los valores sexuales se transforman en una invitación a la dación mutua: no es una utilización, un préstamo; sino un regalo, una donación.

En el matrimonio, el pudor sexual no es necesario porque tenemos la seguridad de que nuestro marido, nuestra mujer, que nos ha prometido amor para siempre, no nos ve como un mero objeto de placer. En el matrimonio, el pudor corporal se sublima, se transforma en delicadeza. Y, a partir de este momento, esta delicadeza se convierte en el nuevo indicador que determina la bondad de nuestros actos sexuales.

El resquicio por el que la lujuria se introduce en el matrimonio no es ya la búsqueda del placer sexual, que es lo propio y lo que enriquece y humaniza las relaciones sexuales en un contexto de amor verdadero, sino la falta de respeto y delicadeza. Cuando un marido o una mujer abordan la relación sexual en el matrimonio sin tener en cuenta la circunstancia, el deseo y el estado de ánimo de su cónyuge, buscando solo su propia satisfacción sexual, cuando no buscan la unión sino la utilización, entonces le está degradando a mero objeto de placer. Y en eso consiste la lujuria en el matrimonio: no en experimentar el placer unitivo que fortalece la relación, sino en buscarlo de manera egoísta por sí mismo y con olvido, menosprecio o desprecio del otro.

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El triunfo del macho

21 jueves Jun 2018

Posted by javiervq in Crecimiento personal, Familia y sociedad

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El verdadero éxito en cualquier negociación, suele decir un buen amigo mío, es que el enemigo se salga con la nuestra. Es decir, que lo que a nosotros nos gustaría lo proponga él. Difícil. Aquí no voy a hablar de enemigos, sino más bien de amigos, amigos complementarios. Traigo este comentario a colación porque, de un tiempo a esta parte, tengo la sensación de que, en algunos ámbitos de nuestra sociedad, el ‘macho’ (o sea, el hombre en crudo), normalmente mucho más torpe que la mujer en el manejo de lo humano, ha logrado llevar a la mujer a su terreno en lo que a relación sexual se refiere, y ha acabado imponiendo los modos masculinos de experimentar esta relación.

Esos modos los explica bien Juan de Dios Larrú cuando confronta la vivencia de la sensualidad del varón y de la mujer: el varón tiene una sensualidad más fuerte y acentuada, más impetuosa, y experimenta una tendencia espontánea hacia la posesión del cuerpo femenino desgajado de la persona (si eso fuera posible), como mera carne que sacie un impulso sexual. Gracias a Dios, es solo una tendencia y es reversible. Pero ahí está. Se puede hacer un experimento: si uno se sienta en cualquier calle o plaza concurrida, sobre todo, ahora, en verano, y se fija en la mirada del varón a la mujer, en especial de ciertos varones, observará sin dificultad que, tendencialmente, se trata de una mirada, digámoslo así, ‘anatómica’. Una mirada que repasa el cuerpo… o se detiene en él, unas veces con descaro, otras con disimulo. Ya después descubre la persona, pero lo primero que avista es el cuerpo.

En cambio, la mirada de la mujer al varón es una mirada ‘psíquica’, no analiza tanto el cuerpo como las intenciones, los sentimientos, el estado interior. Se detiene más en el vestido que en el cuerpo porque el vestido expresa la personalidad, mientras que el cuerpo, en lo que tiene de más material, es casi siempre estandarizable. En síntesis, como explica el autor citado, la mujer experimenta una sensualidad más afectiva, menos corporal, más espiritual, si se quiere. Edith Stein lo explica de manera mucho más poética: “yo pienso que la relación entre alma y cuerpo no es completamente la misma, que la unión natural al cuerpo es de ordinario más íntima en la mujer. Me parece que el alma de la mujer vive y está presente con mayor fuerza en todas las partes del cuerpo y que queda afectada interiormente por todo aquello que ocurre al cuerpo”.

La consecuencia de esta diferente vivencia de la sexualidad es que a la mujer le resulta más extraño que al varón entregar su cuerpo a otro sin entregar su persona, es decir, sin sentir, no solo emocional sino también espiritual, vitalmente, una unión más plena, mientras que el varón es más capaz de separar cuerpo y alma. O eso piensa, porque la verdad es que son inescindibles y todo lo que al cuerpo le sucede acaba afectando a la persona.

Simplificando, y siguiendo la terminología de Edith Stein, se podría decir que, cuando la mujer entrega el cuerpo, entrega también su alma, mientras que el varón es más capaz de separarlos, aunque esto suponga una degradación de su condición de persona, que es una e indivisible. Por esta razón, es fácil y frecuente toparse con mujeres jóvenes rotas por dentro porque han cedido a la insistencia de su pareja o de cualquiera que se les ha insinuado en una discoteca para que anticipe la entrega del cuerpo y la separe de la entrega verdadera y verificada de los afectos y del espíritu. Muchas jóvenes acaban cediendo y terminan dándose cuenta de que, como leí en otro lugar que ahora no recuerdo, han acabado “entregando todo a nadie”.

Una lástima. Justamente en este terreno en que la mujer podría ayudar al varón a experimentar de manera más cabal y humanizada la sensualidad, se ha dejado engañar y ha acabado ‘masculinizando’ su experiencia sexual. No todas, lo sé. Como tampoco todos los hombres tienen una visión tan primitiva de la sexualidad. ¡Faltaría más! Termino, pues, interpelando a estas y estos últimos para que feminicen sin miedo esta parcela de las relaciones humanas. Todos saldremos ganando.

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Gracias I WiL

14 jueves Jun 2018

Posted by javiervq in Uncategorized

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En esta ocasión, me limito a poner el link al blog de Nuria Chinchilla, donde podréis encontrar un perfecto resumen y el vídeo de la conferencia que tuve ocasión de dar en el foro Iese Women in Leadership.

Agradezco especialmente a Nuria esta oportunidad, y también a Cristina Moreno y a Ana Amat por su cálida y profesional acogida. Es una maravilla poder compartir el anhelo por la verdad del ser humano con profesionales de esta talla.

Y, naturalmente, mi agradecimiento también a todas las asistentes al acto y a la comida posterior. Fue muy motivador comprobar en primera persona que el interés por los temas de fondo sobre la familia y la persona está presente en la agenda de tantas empresas.

Muchas gracias.

https://goo.gl/m99sVu

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¿Casarse por amor?

09 sábado Jun 2018

Posted by javiervq in Uncategorized

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El uso de las preposiciones en la lengua española es uno de los grandes retos que afronta cualquier escritor, en especial los que son de algún territorio bilingüe, como es mi caso. En muchas ocasiones no es la influencia del segundo idioma la que distorsiona el uso correcto, sino la frecuencia de ciertas composiciones gramaticales que van arraigando hasta integrarse en el modo de hablar propio de un grupo o de un tiempo.

Recuerdo que, en mis primeros años de dedicación al Family Enrichment, cuando moderaba casos del curso Primeros Pasos, para padres con hijos de 0 a 3 años, era muy frecuente oír la expresión “disfrutar de mis hijos”. Esta inocente frase me daba pie para introducir un interesante debate: ¿es lo mismo disfrutar “de” tus hijos que “con” tus hijos? ¿Qué es mejor? Porque también se puede disfrutar “contra” o “a pesar” de tus hijos. Al final, una anécdota gramatical permitía ahondar un poco en la dignidad del hijo como ser autónomo y no como una pertenencia de sus padres.

Algo parecido sucede con la expresión “casarse por amor”, que tiene una fuerza innata que parece expulsar cualquier otra motivación para el matrimonio. La pregunta “¿tú por qué te casas?” remite de manera espontánea a la respuesta “porque le/la quiero”. Y, sin embargo, siendo muy loable, es una razón insuficiente para casarse.

Nadie duda de que es muy bueno querer a alguien. De hecho, todos queremos a muchas personas y nunca nos hemos planteado casarnos con ellas. Aun admitiendo que solo a una de ellas la amamos de verdad, con todos nuestros afectos, nuestra voluntad y con todo lo que somos, ¿por qué casarnos? ¿Por amor? ¿Por el amor que le dispensamos ahora?

Desde luego, el amor que experimentamos hoy es el motor que nos impulsa a querer estar con esa persona, pero no puede asegurar el éxito de nuestro matrimonio. Hay que casarse no por amor, sino “para amar”. Este es el enfoque correcto: me caso “para” amar siempre y en todo momento a esta persona. O, si se quiere, me caso porque quiero quererla, amarla para siempre.

Si no, más vale no casarse. Por amor puedes hacer mil y una tonterías: cantar en la ducha, dar saltos por la calle, sonreír a todo el que te mire, hurtar unas flores en un parterre municipal o gastarte el sueldo de un mes en un regalo extraordinario…, pero ¿casarte? ¿Solo por amor? Es poco.

En posts anteriores he tratado la importancia de poner todos los dinamismos en el amor (afectos, voluntad, inteligencia, memoria, imaginación…), y seguiré haciéndolo. Hoy quería invocar solo la ilusión, el entusiasmo, la convicción de que os vais a amar para siempre y de que esa es la razón (y el corazón) por la que os casáis. ¡Sí! ¡Me caso para amar! ¡Y lo haré siempre, pase lo que pase! No basta el amor que os tenéis en el presente. Si descansáis solo en él, estáis perdidos, vuestro matrimonio fracasará inevitablemente. Pensáis que es mucho, pero yo os digo, desde la experiencia de casi 35 años de matrimonio y 5 de novios, que vuestro amor de ahora, ese que os impulsa a casaros para asegurar vuestra unión y que os parece insuperable, no es nada comparado con la intensidad que puede alcanzar en el futuro, en la fragua de una vida bien acrisolada. Hay que atreverse a amar. Sin miedo. Sin red. Lanzarse a la mayor aventura que existe sin volver la vista atrás. Enamorándose cada día. Volviendo a empezar una y otra vez.

Si el vuestro es un corazón avejentado y mustio que no cree en el amor para siempre…, de verdad, mejor que no os caséis. Pero si el vuestro es un corazón enamorado, joven y resuelto, que se ve poca cosa y desconfía de sí mismo y de su pasado, pero tiene una fe grande en el futuro que el amor es capaz de construir con las fuerzas propias y ajenas (¡Dios incluido!), entonces, si queréis ser felices de verdad, en la profundidad del corazón humano, no lo dudéis: casaos, haceos vulnerables y poneos en manos de quien quiere edificar una vida nueva con vosotros. Y tened la valentía de poner todos los medios, divinos y humanos, para hacer de esa unión el destino de vuestras trayectorias personales, calibrando una y otra vez la brújula sin admitir otro puerto al que arribar que no seáis vosotros dos, aunque soplen vientos contrarios.

¿Veis adónde nos ha llevado una inocente y discutible cuestión gramatical?

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