El fin de semana pasado fui a un curso de retiro. Tuvo lugar en una casa cerca de Barcelona, a unos 20 kilómetros, en una población llamada Premiá. Ahí nos encontramos una treintena de hombres para dedicar un fin de semana más intenso a Dios.
Hubo meditaciones y charlas muy interesantes, y ratos largos de oración y reflexión personal en el oratorio, la sala de estar o paseando por el jardín. Desde el primer momento, nos insistieron en que el más importante estaba encerrado en una cajita, el Sagrario, y ante Él nos emplazábamos una y otra vez para distintas actividades. Ahí pasé largas horas, algunos ratos simplemente estando. Como nos dijo el sacerdote recordando una imagen del papa Francisco, la acción de Dios es como el bronceado: tú te expones a Él y lo demás no tiene ya mucha importancia. Puedes experimentar intensos afectos, tener una sequedad grande o dormirte, que Dios, al igual que el sol, te va bronceando.
Pero yo no quería hablar hoy del Sagrario, sino del comedor y de todo lo que se esconde detrás de él. He ido a muchos retiros, pero en este experimenté una especie de toma de conciencia de algo que, en realidad, me habían explicado muchas veces. Todo empezó con una sonrisa…
Enseguida percibí que aquella no era una sonrisa cualquiera. Me habían hablado muchas veces de la importancia de quienes sirven en un curso de retiro. En algunos lugares hasta les llaman así, servidores, y ellos están encantados con este nombre porque saben que servir es amar. Se encargan de que todo, lo material y lo espiritual, esté en disposición y al servicio del alma que va a encontrarse con Dios. Y, sobre todo, rezan por esas almas.
Pero aquí había algo más. No se trataba de un servicio, digámoslo así, de fin de semana, de voluntariado, sino de una vida hecha servicio. Los mil detalles del cuidado de la casa, el orden y disposición de las cosas, los topes de fieltro en las patas de las mesas, sillas y sillones, los amortiguadores en las paredes para preservarlas de los golpes, los protectores alrededor de las manetas de los armarios, las flores del Sagrario, las fotos, la limpieza, el olor, la esmerada y excelente comida, el ambiente de hogar familiar…, todo invitaba a crecer por fuera y por dentro. Y ese “algo divino” que se esconde en las cosas más materiales, como le gustaba llamarlo a san Josemaría, impregnaba todo y nos contagiaba a todos. Al hacerte la cama, pensabas: “he de hacerla bien y sin arrugas”. Y al guardar la ropa: “ha de quedar bien doblada”. Y al salir del cuarto: “he de cerrar la puerta sin golpearla”. Y al sentarte a la mesa: «he de coger bien los cubiertos». Y al cruzarte con los demás: “he de sonreír y rezar por él”. Y así con todo.
Las charlas y meditaciones fueron muy interesantes y nos acercaban a un Dios que es amor. Pero esa sonrisa permanente que nos cautivaba cuando coincidíamos con ella en el comedor y tras la que se adivinaba una oración constante se prolongaba misteriosamente durante todo el día y nos mostraba algo más: que Dios no solo es amor en abstracto, sino que nos ama a cada uno con especial predilección, y que hay quien ha hecho de su vida esa misma verdad.
Todo aquello no podía proceder de una mera y esmerada formación profesional en restauración o en gestión hotelera. Tampoco podía ser fruto de algunos ratos de oración específicos destinados a aquella actividad de fin de semana.
Sumido en el entusiasmo contemplativo propio del retiro, me dio por imaginarnos a los que allí estábamos desde la mirada de Dios, y vi claramente que, en realidad, quienes servían eran quienes dirigían. Imaginé una compañía de treinta hombres a las órdenes de dos capitanas que transmitían sus órdenes mediante la sonrisa y la palabra amable hasta obtener lo mejor de cada uno de nosotros, desde refinar nuestros modales en la mesa hasta despertar y embellecer la nobleza de nuestras almas. Ellas parecían servir, pero, en realidad, desde esta nueva perspectiva, éramos nosotros quienes servíamos, como dóciles instrumentos, en la lucha por la santidad de cada una de ellas, que después se vertía en la de cada uno de nosotros.
En estas cavilaciones andaba yo enfrascado cuando oí a lo lejos una voz que contestaba a alguien que no salía de su asombro: “no es ninguna empresa; las que llevan la casa son numerarias auxiliares del Opus Dei”.
Y yo desperté de mi ensoñación y volví a comprender tantas cosas que, en el fondo, ya sabía.
Feliz fin de semana.
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
Me encanta¡¡¡ gracias por este alimento tan único¡¡
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Muchas gracias, Montse!
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Coincido plenamente con estas apreciaciones tan bien expresadas. Replicaré el artículo para que llegue a más gente.
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Muchas gracias, Magali!
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¡Sí, son una bendición! Gracias Javier, muchas…
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Gracias, Álex! Un abrazo.
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Simplemente gracias x artículo La sonrisa, lo he compartido c muchas n auxiliares p q se sientan orgullosas de su profesión. Un saludo desde Mdeo, Uy. Maria
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Muchas gracias, María!!
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