Ayer tuve un encuentro con un grupo de jóvenes para charlar sobre la administración del tiempo. Cuando me preparaba la sesión, me asaltó la duda acerca del concepto ‘tiempo’. ¿Qué es, exactamente? El diccionario de la RALE lo define, en su primera acepción, como ‘duración de las cosas sujetas a mudanza’, pero eso nos dice poco de su razón de ser. En su segunda acepción, lo considera una ‘magnitud física que permite ordenar la sucesión de secuencias en pasado, presente y futuro’, lo que tampoco da razón de la experiencia personal del tiempo.
En efecto, en nuestra vivencia personal, el tiempo más que una magnitud física es una magnitud subjetiva: es una experiencia universal que no dura lo mismo el tiempo de la enfermedad, del dolor o del aburrimiento que el tiempo de la salud, de la alegría o de la actividad. Los primeros transcurren lentamente; los segundos, terminan siempre antes de lo que nos gustaría.
Lo que parece indudable es que el tiempo es una realidad propia de nuestra existencia terrena. Según parece, en el Cielo no habrá tiempo. Para Dios no hay tiempo, decimos, está fuera del tiempo. Por lo tanto, desde esta perspectiva, podríamos definir el tiempo como ‘la ausencia de eternidad’. Y no deja de ser un fastidio. Estábamos llamados a vivir en la eternidad desde el principio y, de pronto, por una errónea decisión de nuestros ancestros, nos encontramos viviendo en el tiempo. Hay quien opina que el tiempo es una misericordia de Dios: la oportunidad que nos ha dado para reconciliarnos con Él y con nosotros mismos y poder volver, después de una vida plena, a vivir en la eternidad, fuera del tiempo.
Esta reflexión me llevó a pensar en cómo sería el amor fuera del tiempo. Aquí abajo, el que quiere amar de verdad se compromete a amar de por vida, ‘hasta que la muerte nos separe’, decían las películas. Amar para siempre no es cosa fácil, y eso que nuestro ‘siempre’ es francamente breve, pues está limitado por la duración de nuestra vida: vita brevis!
A fuerza de darle vueltas, me di cuenta de que, como tantas veces sucede con las verdades humanas más profundas, la que tiene la clave del amor para siempre es la Iglesia Católica, que acumula ya una experiencia milenaria y ha ido perfeccionando sus propuestas a los hombres.
En efecto, he llegado a la conclusión (probablemente, gratuita y desinformada) de que la fórmula canónica del consentimiento matrimonial está inspirada no en el amor humano, sino en el amor divino, es decir, en el amor eterno. ¿Cómo es posible que alguien pueda pedirnos un compromiso de amor para siempre, si no somos capaces ni de asegurar nuestro amor durante el mes siguiente? ¿A quién se le ha ocurrido pensar que un ser frágil e incompetente como el humano sea capaz de asegurar un amor durante toda su vida?
Si prestamos atención a lo que dice el ritual del matrimonio, observaremos que no promete nada de eso. Lo que promete es ‘amarte y respetarte todos los días de mi vida’. Es muy diferente amar para siempre que amar cada día. La promesa, aunque engloba el futuro, está formulada en presente: te amo todos los presentes de mi vida. Que es tanto como decir: hoy te amo hoy, y mañana también te amaré hoy porque, cuando ese futuro llegue será ya presente, y así sucesivamente.
Pienso que el amor eterno, el que experimentaremos cuando lleguemos al Cielo, consistirá en algo parecido: un amor en eterno presente. Y pienso también que podemos inspirarnos en ese amor para amar ya hoy de esta manera. Sí, te amaré todos los días de mi vida, empezando por hoy y continuando también por hoy porque cuando mañana te ame, será ya hoy cuando te ame. Por lo tanto, ¿cuál es el secreto del amor para siempre? Amar hoy con todas mis fuerzas. Bueno, para los cristianos, hay otro secreto, la gracia sacramental, pero, incluso esta, la hemos de traer nosotros mismos cada día a nuestro amor.
Feliz domingo.
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
Brutal, Javier! Muchas gracias. Cuándo sale el libro? Un abrazo y rezo, Quic
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Muchas gracias, Quic! Sale el día 4 de junio.
Un abrazo!!
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Bingo Javier!!! Extraordinario pensamiento
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Muchas gracias!!
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