Carolina, nuestra sexta nieta, hija de Bea y Jaume, ha nacido esta pasada noche mientras dormíamos. La verdad es que en esto de tener nietos ya vamos teniendo una cierta experiencia, y ese era el acuerdo que habíamos alcanzado: dejar dormir a los abuelos. Y Carolina lo ha respetado.

Los que no lo hemos respetado hemos sido nosotros, los abuelos, porque cuando, anoche, Bea nos anunció que tenía contracciones cada diez minutos, se activó la hormona de la abuelitud, que nos ha mantenido en duermevela toda la noche.

Me ha recordado a aquellas películas en que un barco va midiendo la profundidad con una sonda náutica: cinco centímetros; seis centímetros; siete; ¡ocho centímetros!… Y así hasta las 4 de la madrugada. Entre sueño y sueño, me ha parecido que los ocho centímetros que se anunciaban a las tres de la madrugada estaban muy lejos de generar una holgura suficiente para el paso de una cabeza de un bebé. Mi tímido e ignorante comentario ha merecido una inequívoca respuesta que me ha desvelado ya definitivamente: ¡pero si con nueve o diez ya puede nacer!

El caso es que ha ido todo de maravilla y ya la tenemos aquí. La opinión mayoritaria es que se parece a su hermano Nico, lo que tiene cierto sentido porque los padres son los mismos, aunque yo sea bastante torpe para descubrir los parecidos.

Esta mañana, como acostumbro, me he puesto a hacer un rato de oración, y, también como acostumbro cuando acontece un evento familiar de este calibre, mi oración ha tenido a Carolina como centro. De pronto, he levantado la cabeza y me he fijado en el cristal pintado que tengo encima de la mesa. Representa la Epifanía. La Virgen aparece presentando a Jesús a los Reyes Magos, mientras José observa la escena desde detrás. Nunca había reparado en la diferente mirada de uno y otro. La Virgen mira a Jesús con ternura, dando claramente a entender que es el niño más guapo del mundo. San José mira con cierta extrañeza, como desconcertado.

Es curioso cómo el artista, probablemente sin ser consciente de ello, ha captado una realidad que vivimos en cada nacimiento: las mujeres, con independencia de que el hijo sea suyo o de otra y de que esté recién nacido, sucio y con el cráneo deformado por la presión del parto o recién lavado con su gorrito de algodón, se deshacen en sentidos piropos (¡que mona!, ¡es una preciosidad!, ¡que guapísima que es!); a los hombres, salvo nuestros propios hijos, todos nos parecen iguales, y a algunos, iguales de feos. Yo me identifico: mis nietos son preciosos; los de los demás son… recién nacidos, dejémoslo así.

Y esta mañana, mientras rezaba por Carolina y sus padres, me ha dado por pensar que, en realidad, lo que sucede es que la mujer, por ese sexto sentido innato que tiene, es más sensible a descubrir el gen oculto que se esconde en todo bebé: el que ha puesto Dios en el momento de la concepción. Y ven más allá. No contemplan solo las facciones exteriores, sino la belleza interior de un ser prístino y sin mancha propia, una novedad absoluta en el universo, un alma que da vida a un cuerpo vulnerable y dependiente. Son capaces de entrever el espíritu. Por eso, todos los bebés les parecen guapísimos sin importar cómo sea su aspecto exterior.

A mí, Carolina, en un primer momento, me ha parecido especialmente guapa, como todos mis nietos, porque he reconocido el gen familiar (con el permiso de Romy y Manu, los otros abuelos, que también pugnan por este gen), lo admito; pero, con el transcurso de las horas, esa belleza genética ha ido aquilatándose con el gen divino y, ahora, al mirar su foto y elevar mi mirada a los ojos de la Virgen del cuadro de mi mesa, me parece estar contemplando al mismo Cristo, que se hará presente definitivamente en ella con el Bautismo…, y creo que no ando tan descaminado.

Buenas noches a todos ¡y enhorabuena a Bea y Jaume!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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