Cuando tengo que acostar a mis nietos, les cuento siempre el mismo cuento, que, con distintas variantes, según funcione mi memoria ese día, ya contaba a mis hijos: el de un caracol que perdió su casita porque se la habían robado las hormigas para protegerse del oso hormiguero (este personaje es una incorporación reciente; lo digo por mis hijos) y va recabando ayuda de sus primos y de los distintos animales del bosque para recuperarla. Como el bosque tiene muchos animales y mis nietos comienzan a tener muchos primos, la extensión del cuento es ilimitada, según lo que tarde el sueño en llegar. Al final, el águila convence al oso hormiguero de que coma hojas de los árboles, el caracol recupera su casita y todos contentos.

En unos días, vendrán los Reyes Magos, una tradición que, en algunos adultos, genera algún reparo moral: es un gran embuste creado por los adultos para los niños.

Martin Rhonheimer, en su libro La perspectiva de la moral, explica la diferencia entre mentir y faltar a la verdad. La primera es un ilícito moral, la segunda es un hecho que puede no tener trascendencia moral (todo el mundo entiende que quien se equivoca no miente, sino que yerra). Ahora bien, la pregunta es ¿faltar conscientemente a la verdad es siempre una mentira en sentido moral?

Rhonheimer da un criterio muy interesante: depende de si existe una comunidad comunicativa. En circunstancias ordinarias, faltar a la verdad conscientemente es siempre una mentira y una inmoralidad porque, en esa comunidad comunicativa, el otro tiene derecho y espera ser tratado como persona y recibir la verdad. Yo no puedo, ni siquiera por diversión, dar una indicación incorrecta a quien me pide una dirección por la calle porque es una falta de caridad y de reconocimiento del otro como persona, al reducirlo a medio para mi propia diversión.

Ahora bien, si la comunidad comunicativa que se establece es distinta, entonces faltar a la verdad puede no ser una mentira, moralmente hablando. El ejemplo más claro es el juego. Hay muchos juegos que consisten en engañar y faltar a la verdad. Si en esos juegos, eres sincero, estás rompiendo las reglas (la comunidad comunicativa acordada), de modo que lo moralmente reprobable ahí es decir la verdad porque no es lo que se espera. Lo contrario sería una deslealtad. En el mus se espera que mientas y, al tirar un penalti, que engañes al portero y no le indiques por dónde vas a chutar. Algo parecido sucede en la guerra: la comunidad comunicativa ha sido pulverizada y sería una traición sincerarse con el enemigo delatando la posición de las tropas aliadas.

Los hermanos Andersen, los hermanos Grimm o el mismo Esopo optaron por la fantasía como medio para transmitir valores, y lo mismo hacemos los padres y los abuelos con los cuentos. No son mentiras, sino medios de transmitir grandes verdades acompasadas al progresivo uso de razón de los niños.

Para los cristianos hay una verdad central e irrenunciable: Dios se hizo hombre como un niño. Y muy poca gente se dio cuenta: algunos pastores, un rey psicópata y unos magos que llegaron de oriente y le ofrecieron regalos, como si fuera un rey: oro, incienso y mirra.

Es un misterio, es decir, una medida sobreabundante de verdad, que creemos, a duras penas entendemos y nos cuesta explicar. Pero es una verdad tan grande que la mejor manera que hemos encontrado los padres de todo el mundo para explicarla es intentar reproducirla, por un día, en la vida de nuestros hijos. Por un día, Jesús, que estaba llamado a sufrir lo indecible, a pesar de haber nacido en la máxima penuria y abandono, como una ovejita, fue tratado como un rey. Por un día, hijo, tus padres hemos querido que tú te sintieras como Jesús, un rey que utilizó todos sus regalos y todos sus talentos al servicio de los demás, para que, así, pudieras imitarle. Estos regalos representan todo lo que tus padres quisieran darte para que tú, después, aprendas también a darte a los demás.

Aunque también podemos darle otro enfoque menos creativo y más… ¿realista?, es decir, centrarnos solo en los regalos e irles preparando para el verdadero embuste, que acaso llegará cuando nuestros hijos alcancen el uso de razón y, en lugar de transmitirles valores a través de la fantasía y la imaginación, les introduzcamos en la triste realidad de un sistema enfocado al éxito personal, la competencia, el poder, el prestigio y el dinero.

Así que, de momento, no les revelaré a mis nietos que los caracoles no pierden sus casitas, las águilas no hablan y los osos hormigueros van a seguir siempre comiendo hormigas.

Os deseo a todos unos muy felices Reyes Magos: ¡que os traigan todo aquello que pedís y, sobre todo, aquello que no pedís y ni siquiera sabéis, pero tanto merecéis.

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