El viernes y sábado de la semana pasada estuve en Roma, impartiendo unas sesiones sobre matrimonio y sexualidad a un grupo de diáconos que se van a ordenar sacerdotes este mes de mayo. El viaje tenía un diseño perfecto para mí: llegaba con cuatro horas de antelación, con tiempo para preparar las sesiones tranquilamente y hasta de jugar un partido de pádel y ganarlo, que es la contraprestación que les pido por mis servicios. Pero la compañía aérea tenía otros planes, y me pasé las cuatro horas encerrado en el avión, de un lado a otro del aeropuerto, para que revisarán algo del ala que se había estropeado por las fuertes rachas de viento: ¡muy tranquilizador!
Casualmente, entre las lecturas que me acompañaron este tiempo de anquilosamiento corporal, bien comprimido en el generoso espacio de un asiento de avión, leí un artículo publicado en Aceprensa titulado “El duelo de abrazar al hijo real” y escrito por María Paz Montero que me ayudó a comprender mi experiencia de ese día: “El duelo de abrazar el viaje real”.
Pero el artículo decía mucho más. Me trajo a la memoria las palabras del tutor de uno de nuestros hijos cuando este se dio de bruces con la adolescencia de un día para otro. En nuestra experiencia familiar, hay una semana en que los hijos varones se levantan el lunes siendo niños y se acuestan el viernes siendo adolescentes. Nuestras hijas han sido más consideradas y fueron lanzando señales de aviso. El tutor en cuestión nos dijo: “os informo de que vuestro hijo ha decidido dejar de ser bueno”.
También con los nietos pasa algo parecido: algunas señoritas se empeñan en decir que muerden y hasta pegan a los demás; pero aquí no hay discusión: la culpa es siempre de los otros y los nuestros actúan siempre en legítima defensa…, ¡y bien legítima!
Hay un instante —del que habla con acierto el artículo mencionado— en que los padres atraviesan una especie de pequeño duelo. No es una enfermedad ni un fracaso escolar. Es algo más discreto y más íntimo: el descubrimiento de que el hijo real no coincide exactamente con el hijo que habíamos imaginado.
A veces ocurre tras una conversación con un profesor. Las frases no suelen ser tan explícitas como las de nuestro tutor: “Su hijo ha mentido”, “su hija encabezó unas burlas”, “la pillaron copiando en un examen”. No son grandes tragedias, pero el impacto es real. Porque el hijo al que queremos tanto deja de ser el pequeño ángel que habíamos diseñado mentalmente.
En realidad, esto es bastante comprensible. El amor de los padres tiende a idealizar. Desde que nace un hijo proyectamos sobre él una versión luminosa: será noble, generoso, justo, valiente. Durante los primeros años esa imagen funciona bien. Las torpezas se interpretan con ternura, las rabietas como cansancio, y las pequeñas mentiras como fantasías infantiles.
Pero llega un momento —normalmente en la preadolescencia— en que la dimensión moral aparece con más claridad. Ya no hablamos solo de impulsos ingenuos, sino de decisiones que afectan a otros. Y entonces aparece la sorpresa: ese hijo tan querido también es capaz de mentir, excluir o humillar.
Es ahí donde surge el pequeño duelo del que habla el artículo. En el fondo, no es tanto una decepción con el hijo como con nuestra propia mirada. La estatua que cae del pedestal es la que nosotros mismos habíamos esculpido.
Sin embargo, ese momento puede ser profundamente educativo. Educar no consiste en defender siempre al hijo frente al mundo, sino en ayudarle a situarse responsablemente en él. Negar sus errores para proteger su imagen puede parecer un gesto de cariño, pero en realidad lo desorienta. Le transmite que importa más la apariencia que la conducta.
Por eso el colegio suele desempeñar un papel tan importante. Es el primer lugar donde el niño deja de ser el centro del universo familiar y pasa a convivir con otros en igualdad. Allí sus actos tienen consecuencias reales. Cuando un profesor señala una falta, no está atacando a la familia: simplemente está devolviendo una imagen más objetiva de la realidad.
Un chico que se burla de otro no está condenado a ser cruel, pero necesita comprender el daño que provoca. Una niña que copia no está marcada para siempre, pero necesita experimentar que la verdad vale más que la nota.
Cuando los padres corrigen con serenidad y siguen queriendo al hijo con la misma firmeza, están transmitiendo una verdad decisiva: “No te queremos porque seas perfecto. Te queremos porque eres nuestro hijo. Y precisamente por eso queremos que aprendas a ser mejor”.
Quizá ese pequeño duelo —aceptar que el hijo real no coincide con el hijo ideal— no sea una derrota educativa. Tal vez sea, como sugiere el artículo, el comienzo de una educación más honesta. Porque el hijo real, con sus sombras y sus posibilidades, siempre es más educable que el hijo imaginado.
Feliz fin de semana.
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
Muy, muy bueno!
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Maravilloso artículo!!!!
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