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~ Ser y vivir en clave de familia

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Archivos mensuales: abril 2017

Qué es familia

22 sábado Abr 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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Hace unos meses tuve ocasión de leer una conferencia que, bajo el título, hoy casi provocativo, de “¿Qué es una familia”? pronunció Fabrice Hadjadj, filósofo, director de la Fundación Anthropos, en Lausanne (Suiza).

En ella, el profesor Hadjadj constataba que existe un consenso generalizado en considerar a la familia como lugar del amor, lugar de la educación y socialización primera y lugar del crecimiento de la personalidad autónoma y respeto de las libertades.

Sin embargo, explicaba el autor, siendo ciertas todas estas afirmaciones, este enfoque desde sus características, sus competencias, sus deberes y derechos, en síntesis, desde su eficacia, se revela insuficiente y nos acaba distrayendo de lo esencial: el ser del hijo y de los padres.

Y buscando la familia perfecta podemos acabar topando con el perfecto orfanato o el centro de acogida más excelso, donde, ciertamente, priman el amor, la educación, la libertad.

El error básico consiste en considerar a la persona como mero individuo, no como hijo, no como ser familiar, con lo cual corremos el riesgo de proponer una familia ‘desfamiliarizada’, en la que lo primordial no sea el ser sino el bienestar. Y, en este terreno, las organizaciones, los centros de acogida, atendidos por especialistas y expertos, estarían siempre en mejores condiciones de educar con mayor eficacia ‘individual’ y ‘social’ que nosotros, los padres de la criatura. Incluso, llevado al extremo, cualquier otra pareja, de dos hombres, dos mujeres o mixta, o cualquier grupo entrenado podría ser capaz de dar a mis propios hijos un amor más perceptible, una instrucción más esmerada y unas cotas mayores de autonomía y libertad que las que mi mujer y yo podríamos proporcionarles.

Si analizamos la familia desde el ser “hijo-de” y “padre-de o madre-de”, las características analizadas adquieren una tonalidad distinta.

  • El amor es un amor sin preferencias y sin elección, porque a nuestros hijos les queremos por el hecho de serlo, por lo que son y no por lo que tienen o aportan. Ni siquiera, en nuestra familia, son el objeto de nuestro deseo directo, porque nuestro deseo primero y primordial era (¡y, en mi caso, desde luego, sigue siendo!) su madre, y ellos fueron un regalo que nuestro amor generó. Como explica Hadjadj: “Cuando un hijo dice a sus padres: “Yo no elegí nacer”, los padres siempre pueden devolver el cumplido: “Nosotros tampoco, no te hemos elegido, nos has sido regalado y tratamos de cambiar nuestra sorpresa en gratitud “.
  • La educación se recibe en la familia desde una ‘autoridad sin competencia’ (que se ha de ir adquiriendo con el tiempo), es decir, a pesar de mis debilidades y carencias, y
  • La libertad responde a unos lazos que no se pueden anular y que generan una red de relaciones que nos desbordan y no forman parte del proyecto original (¿acaso alguien pensó en su suegra, y después abuela de sus hijos, como ‘proyecto vital’?).

La consideración de la familia como “elemento natural y fundamental de la sociedad” (definición del art. 16.3 de la declaración Universal de Derechos Humanos) nos sitúa ante una realidad que nos antecede. La familia, en efecto, estaba ahí antes de que se desarrollara la Sociedad, el Estado y cualquier institución humana, y se encuentra en el principio exacto de cada vida humana concreta. La familia es “fundamento” y, como tal fundamento, no se puede “fundar”: es ella la que funda.

Por eso, acaba diciendo el profesor Hajdajd (perdón por la larga cita, pero no me veo capaz de resumirla con palabras más acertadas), la familia es el lugar de la resistencia: “Resistencia a la ideología, al pensamiento políticamente correcto, a la programación. La familia es la comunidad de origen, dada por la naturaleza y no sólo establecida por convención. Por lo tanto, ofrece siempre, por su anclaje sexual, un contrapunto al artificio, y proporciona espacio para lo que podríamos llamar una verificación. El político puede cultivar su imagen pública, mostrar su mejor perfil en las redes sociales, pero, ¿cuál es su rostro en lo privado, ante su mujer y sus hijos? El gran Hércules, que derrotó a los monstruos, es patético ante Deyanira. El joven genio, que irrumpe en las pantallas, se avergüenza de ser visto con su papá y su mamá, que dan fe de su origen común. La voluntad de poder es siempre contrariada por la proximidad familiar. Por eso, tanto los totalitarismos como el liberalismo, los controles tecnológicos, o el fundamentalismo religioso, siempre empiezan por poner a la familia bajo tutela, antes de intentar destruirla”.

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Disforia LGTBI

01 sábado Abr 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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A partir de Descartes ha ido evolucionando una corriente de pensamiento que ha situado la condición de persona en la voluntad, la razón y la libertad desnudas, es decir, en la parte espiritual del hombre. Esta corriente se ha ido radicalizando hasta el punto de negar cualquier significación a la parte corporal, que se comprende como algo extraño a la persona, con la que se puede hacer lo que se quiera según los deseos del espíritu. Por el contrario, otra corriente, en la convicción de que el cuerpo humano es portador de un mensaje ético que conviene atender, ha insistido en la unidad inescindible de cuerpo y espíritu y considera que la condición de persona reside en una razón, una voluntad y una libertad capaces de interpretar ese mensaje del cuerpo que invita a conducirse en la vida conforme a ese todo que forma la persona y no obedeciendo solo a una de sus dimensiones.

La primera doctrina justifica el suicidio y la muerte programada (mi cuerpo no soy yo, sino algo, una cosa que poseo y con la que hago lo que quiero) y niega la condición sexuada del ser humano (es mi yo espiritual quien decide el género que impondrá al cuerpo que posee). La segunda tesis opta por la vida en cualquier circunstancia (el instinto de conservación, que procede del cuerpo, me indica que he de luchar por mantenerme en la vida) y afirma la condición sexuada del hombre y la mujer (mi naturaleza corporal muestra una complementariedad biológica que he de procurar integrar en mi espíritu). Naturalmente, ambas aceptan que hay casos problemáticos que generan dilemas morales de difícil solución y que hay un amplio ámbito de ejercicio de la libertad personal que pertenece al terreno de lo moral y no de lo legal.

La primera corriente parece haberse instaurado, y normativizado, en nuestro país de manera acrítica como pensamiento dominante. Se ha impuesto una suerte de dictadura ambiental que impide discrepar. Se han aprobado leyes en distintas Comunidades Autónomas de distinto signo político (Galicia, Catalunya, Madrid…) que mutilan la libertad, sancionan la discrepancia, obligan al estado a tomar partido por una ideología concreta -la denominada LGTBI, por ejemplo, imponiendo colocar en los edificios oficiales la bandera arcoíris en los días de celebración del orgullo gay-, imponen el adoctrinamiento infantil sin contar con la opinión de los padres, etc. Algunas de las ideologías del siglo XX que tantos sufrimientos causaron empezaron con medidas de este estilo, en una connivencia y confusión entre ideología, estado y democracia que intentó zanjar la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Y todo ello se está edificando sobre la base de un constructo intelectual altamente problemático: la llamada ‘disforia de género’. Este palabro, ‘disforia’, procedente de la Psicología y que todavía no recoge el diccionario de la RAE, es el antónimo de ‘euforia’ y significa ‘emoción desagradable o molesta, como la tristeza, ansiedad, irritabilidad o inquietud’.

En algunas de las leyes comentadas se recoge el derecho de quien sienta ‘disforia de género’ a exigir, sin más comprobación, que le dejen acceder a baños e instalaciones tradicionalmente reservadas para uno de los antiguos sexos (varón o mujer), al tiempo que se prohíbe (con las sanciones oportunas) a todo profesional de la psiquiatría o psicología realizar tratamientos que la ley, con gran carga ideológica, tilda de ‘aversión o conversión de género’. Es decir, un ciudadano puede estar incómodo (disfórico) con su sexo y exigir un cambio de sexo (por supuesto, las leyes establecen el deber del estado de cubrir estas operaciones), pero no puede estar ‘disfórico’ con su tendencia u orientación sexual y acudir a un tratamiento psicológico que le ayude a conciliarla con su sexo.

La conclusión es inevitable. Ahora que parece haberse descubierto la fuerza de la ‘disforia’ en la configuración personal, ¿por qué detenerse en el denominado género? Me pregunto: ¿puede un hombre que mide 1,60 estar disfórico con lo que su cuerpo le indica acerca de su altura y exigir que le cuenten como de 1,65, talla mínima para acceder a algunos cuerpos de seguridad del estado? ¿O alguien sentir ‘disforia de edad’ y exigir que le tengan por un niño de 7 años para entrar gratis a los museos o volver a ser penalmente inimputable? ¿Puede un ciudadano sentir ‘disforia de actividad’ -lo que antes se llamaba pereza- y exigir que le paguen el doble que a los demás porque eso, el doble, es lo que le cuesta a él ponerse a trabajar? ¿Dónde está el límite? ¿Quién lo decide? Y, lo más importante, si me doy cuenta de que algunas de estas disforias no me convienen y pienso que es mejor acomodar la vivencia de mi espíritu a lo que mi cuerpo me muestra, ¿no tengo la libertad para hacerlo? ¿No puede un psicólogo ayudarme a descubrir que es mejor la diligencia que la pereza, aunque con esta no haga daño a nadie?

“Los sueños de la razón producen monstruos”, advirtió Goya.

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