Debe de ser el sereno discurrir de las horas en verano el que me invita a hablar de un tema tan extraño a los que acostumbro. La culpa es de mi hermano Guillermo, con quien, por aquellas casualidades de la vida, coincidí el martes pasado, 1 de agosto, en el AVE, camino de Madrid. Éramos casi los únicos que llevábamos americana y, acaso para consolarnos mutuamente, nos emplazamos en el coche bar. Y allí, olvidándonos del sempiterno referéndum catalán, de Maduro, de Trump y de otros desconciertos mundanos, hablamos del amor y del desamor, de lo humano y de lo divino. Yo le comenté alguna idea de un libro que acababa de leer (Cómo hablar de Dios hoy, de Fabrice Hadjadj), y él me aconsejó la lectura de la Contra de La Vanguardia de ese día.

La leí y me pareció muy buena. En ella, un lama budista del Nepal (¡propietario de siete monasterios, según decía!) daba tres consejos para ser feliz: contentarse con lo que uno tiene, querer lo mejor para los demás y alegrarse de que lo consigan. ¡Tan fácil, tan difícil!, concluyó mi hermano. Asentí. Un buen programa ético, que el monje resumía en dos palabras: calma y bondad.

Cuando uno ve la foto de un monje budista, con su sonrisa acogedora, su candidez, su indumentaria austera…, tiende a concluir casi espontáneamente que es un hombre coherente y vive lo que predica. No sabemos nada de él, pero transmite autenticidad.

Sin embargo, cuando un burgués se pone a hablar de Dios, no genera esta simpatía. Un halo de sospecha invade a su interlocutor, que no acaba de ver claro el programa moral que le ofrece. Si, encima, en lugar de conceptos universales como la paz o la bondad, se atreve a hablar de una persona que vivió hace más de dos mil años, pero que sigue estando presente de manera inexplicable e ininteligible, entonces la sospecha suele dar paso a la incredulidad, cuando no a la impaciencia o agresividad.

En cierto modo, de eso trata el libro de Hadjadj (filósofo, hijo de padre judío y madre musulmana con inclinaciones taoístas, padre de seis hijos y ateo converso al catolicismo): de burgueses que osan hablar de Dios. Y no solo burgueses, sino también intelectuales y obreros y pobres y aristócratas y toda clase de ‘payasos’ (así les llama, cariñosamente, el autor) que, para el mundo, hacen (¡hacemos!) el ridículo hablando de Dios.

El autor detecta la dificultad que entraña hablar de Cristo a cristianos descristianizados, porque creen saber ya quién es ese Jesús de Nazaret y, por lo tanto, no escuchan. Esto puede explicar que a muchos católicos les gustaría solo promover valores, hablar de grandes principios e ideas, como puede hacer un monje budista. Pero, tarde o temprano, se topan con la tozuda realidad del cristianismo, que no consiste en promover la cultura ni la humanidad, sino en propiciar el encuentro con una Persona. ¿Qué es una cultura cristiana sin Cristo?

El mismo Cristo, recuerda Hadjadj, cuando habla “no tiene como finalidad primera comunicar una teoría o dominar al adversario, sino establecer una alianza, disponer un lugar de encuentro”.

La Revelación no es una tesis filosófica, sino un hecho histórico, y el cristiano no es un maestro, sino un testigo…, testigo de un hecho histórico y de su encuentro personal con Cristo. Y esta primacía del encuentro sobre el razonamiento es, precisamente, la que salva al cristianismo de ser una ideología más.

Hadjadj se pregunta -como hacemos tantos- por qué debe el cristiano hablar de Dios si, como la Iglesia ha enseñado, quienes no conocen a Dios pueden alcanzar también la salvación. La respuesta es, desde luego, evangélica: porque Cristo así lo mandó y es de la esencia del cristianismo. Pero también antropológica: porque “la palabra es un acto, e incluso, para un ser vivo que se caracteriza por la palabra, el acto más profundo (…) El que dice sin hacer es un perverso. El que hace sin decir es un animal” (es decir, alguien que renuncia a lo humano), concluye.

El cristiano es, pues, un testigo que habla, pero, y aquí viene lo del ‘payaso’, el habla del testigo de lo sobrenatural es siempre balbuceante. Cuando el testigo de lo sobrenatural empieza a desarrollar una teoría a través de un discurso perfecto, empieza a levantar sospechas: ¿realmente es testigo? Despierta la misma desconfianza que suscitaría el testigo de un crimen horrendo que lo explicara con toda paz y perfección discursiva: ¿Tan poco le ha afectado lo que ha visto que no titubea ni balbucea al explicarlo? De ahí, la recomendación de Cristo: “cuando os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo que debéis decir”.

Es un testigo que, tarde o temprano, ha de abandonar el discurso de los valores y sublimarlo, dando a conocer lo que no sabe, lo incomprensible: un Dios hecho hombre, un hombre que es Dios, presente en un trozo de pan, tres Dioses que son uno… Y no puede sino balbucear ante verdades super-racionales, que están por encima de la razón.

Un testigo, además, que no habla desde la superioridad de quien vive lo que predica, sino que se siente miserable y comprende que el otro, el que le escucha, es casi siempre mejor que él mismo y puede estar más cerca de Dios a pesar de cualquier apariencia. Un testigo que sabe que en ese maravillarse de que el otro exista y amarle siempre y en toda circunstancia se juega su identidad cristiana. Y, claro, balbucea.

Por eso, una de las tesis de Hadjadj, escrita antes de que Bergoglio fuera elegido Papa, coincide con lo que el Papa Francisco viene enseñando: el cristiano es, ante todo, un amador, no un moralista. Y recoge la respuesta que dio Tristán Bernard, un escritor francés, cuando le detuvieron los nazis: “hasta ahora vivíamos en la angustia; pues bien, ahora vamos a vivir en la esperanza”.

Y yo pienso que esto es lo que necesita este mundo tantas veces deprimido y descreído: ¡pasar de la angustia a la esperanza! Eso es Cristo. Pero necesita testigos que hablen, aunque al hacerlo acaben balbuceando.

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