Pido disculpas de antemano por este exceso sentimental, pero hoy se me han juntado dos emociones fuertes: he ido a Lourdes con mi familia y una buena amiga de mi mujer le ha dicho que espera… ¡el undécimo hijo!

Estos dos impactos han bastado para traerme a la memoria un texto que escribí hace tiempo y he decidido traer aquí:

Desde siempre apostaste por la vida. Desde el primer momento supiste, sin que nadie te lo dijera, que aquel acto sublime, corolario y no principio del amor, en que el alma se hace cuerpo y la vida se acaricia, en que se encarna tu entrega de vida y de por vida, aquel acto extremo y casi sagrado en que la sexualidad culmina, era cosa vuestra y sólo vuestra. Desde el principio te opusiste tenazmente a que cualquier elemento ajeno a ti misma, extraño a tu naturaleza se interpusiera entre tú y la vida y cortara el vuelo del amor.

Desde la primera vez sentiste que en aquel acto rodeado de placer se empeñaba toda tu persona, cuerpo y alma, sin tacaño regateo. Y comprendiste que ese empeño, esa entrega, ese continuo regalo de ti misma que es tu vida conyugal sólo era posible en un gesto de suprema libertad. Sabías, como sabes, que sólo quien es auténticamente libre es capaz, en un acto de radical y casi loca libertad, de poseerse a sí mismo por completo y entonces, y sólo entonces, una vez liberado de cualquier externa coacción, entregarse del todo y para siempre.

Desde que en ti nació la vida primeriza contemplaste admirada cómo se desbordaba tu humana plenitud y ya nunca quisiste poner trabas al amor. Desde entonces intuiste con cegadora claridad que un gen divino impregnaba, en un acto único e irrepetible, vuestros humanos genes que se unían… y viste -porque es cierto que lo viste- crecer en tu seno al hijo de vuestro amor bajo Su mirada, la mirada de un Dios que lo hizo imagen de Sí mismo para siempre. Y supiste que en ti la vida tendría siempre ancho margen y holgura en que moverse. Y ella campeó por ti sabiendo que tu generosidad la regalaba.

Pero hoy, sin esperarlo, la vida te ha visitado de nuevo y aún no sabes qué pensar. Le dejaste un resquicio generoso –acaso sin saberlo bien del todo- y ella, como siempre, ha penetrado por él y se ha hecho forma, hijo. Justo ahora, que apenas respirabas. Ahora, que creías haber llegado a la frontera del amor, porque… ¡son ya tantas las vidas que albergaste y te consumen! Ya casi nadie comprendía tu locura, pero ahora…: “¡Otro!”, dirán con sonsonete las voces agoreras. Y tú, en tus pensamientos: “¡Señor! ¿Ahora? ¿Cómo lo haré si ni tan sólo lo deseo?” Y en tu memoria traicionera revolotean aquellas palabras que en mala hora pronunció alguien que nunca supo del Amor la esencia pura: “los hijos no deseados no reciben el mismo amor”.

¡Qué sabrán ellos del Amor y sus dolencias! ¿Qué sabrá quien no ha entregado su vida? ¿Qué sabrá quien no se ha hecho libre por un día y para siempre; quien no se ha hecho hombre entero, mujer entera; quien no se da por miedo a malograr lo que le dieren? ¿Qué sabrán…? Tú sí lo sabes, y hoy quiero recordarte que este hijo que esperas, pero acaso no deseas; que no buscaste, pero fuerte sostienes; que te cuesta, pero amas cada día… es el hijo del amor más puro, de aquel amor que muchos siquiera soñarán que existir pueda.

Este es el hijo de un amor sin concesiones, de un amor que a pulso nace y corre y vuela, de un amor que enraíza en tierra extraña y a fuerza de rasgar encuentra el agua y luego crece y crece… y crece y crece.

Es el hijo del amor más verdadero, de aquel que deja atrás al sentimiento y elige cada día a quien se entrega. Y es el amor que quiere aunque no quiera -¡qué triste es desear si no se ama!-. Es el amor que ríe y llora y clama… y al cabo sólo sabe amar a aquél a quien espera. Es el amor del ángel, de Dios mismo, hecho de don, de libertad, servicio. Es el amor que nada espera, que sólo ama porque sólo amar es su existencia.

Y este amor que tanto cuesta hacer afecto es el amor que más se eleva, que mejor llega y más hondo penetra en la persona amada. Por eso, cuando escuches a aquellos que no supieron del amor sincero, diles -o piensa sólo- que el deseo si está solo es egoísmo y el amor si solo está es amor más puro.

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