Ayer tuve la ocasión (y el gozo) de participar en una mesa redonda organizada en IESE por Home Renaissance Foundation, un think tank dedicado a promover el reconocimiento y visibilidad del trabajo del hogar (www.homerenaissancefoundation.org).

Se trataba de presentar el libro “The Home: Multidisciplinary Reflections”, lo que se encargó de hacer con maestría el profesor emérito de IESE Antonio Argandoña, quien sintetizó en pocos minutos lo esencial del hogar y de la empresa, pues el tema de debate era: ¿es el hogar una empresa? En la mesa redonda participaban Rosa Pich, influencer, autora del libro “¿Cómo ser feliz con 1, 2, 3… hijos?”, Remei Agulles, profesora universitaria e investigadora del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la Universitat Internacional de Catalunya y quien esto escribe, moderados con destreza por Mireia Las Heras, profesora de IESE Business School.

Como suele suceder con las realidades primarias evidentes, la conclusión afloró nada más comenzar: el hogar y, por extensión, la familia no solo es una empresa, sino que es “la empresa” por excelencia, aquella en la que nos jugamos nuestra felicidad personal. Después, cada ámbito tiene sus propias competencias, aunque también quedó claro que las técnicas de gestión de la empresa tienen mucho que aportar al hogar, al tiempo que la familia, como formadora de personas, puede ser en no pocas ocasiones una brújula que oriente los pasos de la empresa.

La longitud que conviene a un post no permite abordar todos los temas, ricos y variados, que se debatieron, pero sí me gustaría hacer hincapié en uno que sobrevoló toda la sesión: la necesidad de formación de las familias. La familia es educadora, pero, como dijo el profesor Argandoña, un buen día se encuentra con un bebé en los brazos y pregunta: ¿y esto qué es?, ¿qué se hace ahora?

Durante casi toda la historia de la humanidad, aclaró la profesora Agulles, el ámbito primario y preferente de educación era la familia. De manera espontánea, los hijos (más las hijas que los hijos, a fuer de ser sinceros, y en algunos ámbitos, por desgracia, solo ellas) recibían lecciones de humanidad, de trato, de cuidado, de exigencia, de fraternidad, de gestión del hogar y de tantos otros valores, competencias y habilidades, en el seno de sus familias de origen, de modo que cuando formaban las suyas propias habían acumulado un bagaje de conocimientos que les permitían afrontar el futuro inmediato con ciertas garantías. Eran, ciertamente, conocimientos limitados y, a veces, muy sesgados, pues procedían de una sola fuente, pero les capacitaban para crear su propio hogar.

Rosa Pich mostró más que argumentó, porque el movimiento se demuestra andando, cómo hoy día, siendo madre viuda, con 15 hijos y trabajando también fuera de casa se pueden y se deben transmitir estos mismos valores y capacidades. También dejó claro, y lo ilustró con no pocas anécdotas y experiencias personales, que la casualidad (¡hay que ver qué bien nos ha salido este hijo!) juega un papel modesto en el desarrollo de la personalidad si se compara con la influencia que ejerce sobre ella una vocación decidida de los padres a la familia y al hogar, que sepa gestionar de manera eficaz todos los medios al alcance para la formación de los hijos y la constitución de una familia.

Me vino a la cabeza, y la expliqué, una anécdota de cuando yo empezaba en las lides del Family Enrichment (orientación familiar). Unos días después de un congreso internacional, leí una carta de uno de los asistentes que contaba cómo, convencido de que le gustaría, había relatado con ilusión a su madre todo lo que habían aprendido en el congreso: educar a los hijos en la fortaleza, la austeridad, el servicio a los demás, la alegría, la cooperación en casa, exigirles que coman de todo, que respeten un horario, que vayan a la cama a su hora y duerman en su cama desde pequeñitos, que reconozcan y agradezcan el trabajo de los demás, que tengan objetivos y encargos para que hagan suya la familia y el hogar, etc. Su madre, explicaba, le había estado escuchando atentamente mientras asentía con la cabeza y, cuando el hijo terminó, se limitó a decir: “Muy interesante, hijo, Y, dime, ¿para esto habéis necesitado un congreso?”

El hogar, una realidad paradójica: el lugar en que uno se encuentra a sí mismo, el anclaje con nuestra propia realidad personal, el ámbito más influyente de desarrollo de la personalidad y, sin embargo, el gran olvidado, la tierra de nadie que ignoran la mayoría de los políticos, desconocen no pocas empresas y miran de soslayo tantos padres y madres como a una pesada carga que obstruye y condiciona. El lugar que desnuda a la persona y la desposee de toda jerarquía, el espacio en que cada uno es de verdad él mismo.

Gracias Home Renaissance Foundation por recordarnos dónde están nuestras raíces, aquellas que nos permiten crecer fuertes para poder volar cuando llegue el momento. Porque me temo que hoy sí, hoy hace falta un congreso y una fundación y una decisión colectiva para volver a situar el hogar en el lugar preferente que tiene en nuestras vidas sin miedos ni complejos. Y si no, pregúntenle a la abuela.

Javier Vidal-Quadras

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