En “El Banquete”, un imaginario diálogo entre intelectuales de su época, Platón puso en boca de Aristófanes el mito del Andrógino, con el que intentó dar una explicación al origen de la Humanidad. Y tuvo una reveladora intuición: consideró que los primeros hombres eran seres esféricos, dotados de todas las perfecciones, que eso expresa la esfera. Tal era su fuerza, que se rebelaron contra los dioses y atacaron el Olimpo. Zeus les lanzó entonces un rayo que les partió en dos y, desde entonces, andan como incompletos, buscándose unos a otros (lo que explicaría, entre otras cosas, la atracción sexual).

Pero, ¿cuál era el estado del ser humano previo a esa división? ¿Cómo era ese ser esférico, unitario? Precisamente, podemos considerar que su rasgo principal era la perfecta unidad de su naturaleza: cuerpo, afectos, voluntad e inteligencia convivían en perfecta armonía. Los dinamismos del ser humano cooperaban al bien común de la persona y no había división interna entre ellos: lo que conocía con la inteligencia y juzgaba que era bueno, lo quería con la voluntad, lo deseaba con los sentimientos y lo hacía con el cuerpo, en un solo movimiento global de su entero ser. Dicho de modo más gráfico: “conozco que suena el despertador, pienso que es bueno levantarse, es lo que más deseo en este momento y mi cuerpo me obedece sin dudarlo”.

Sin embargo, tenemos la experiencia de que esto, hoy, no es así; existe la conciencia universal (y no solo en la cultura cristiana, sino en muchas tradiciones sapienciales) de que el hombre es un ser incompleto, que no habita en sí mismo, que está como caído por debajo de su naturaleza y debe ascender a ella. No en vano Jaspers definió al hombre que “aquel que ha de llegar a serlo”.

Ovidio lo experimentó y lo dejó escrito antes que San Pablo: “veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal”. ¿Qué sucedió? Parece haber acuerdo en que hubo una separación, una disgregación o desintegración. Los dinamismos humanos, antes unidos en perfecta armonía, se fragmentaron: en lugar de buscar siempre el bien que les mostraba la inteligencia, se disgregaron y cada cual tendió a su propio bien.

De esto va la fiesta de hoy, que mucha gente, me temo, no sabe bien qué celebra: la Inmaculada Concepción de la Virgen María en el seno de su madre, Santa Ana.

Lo central en el cristianismo es la Redención de Cristo, que vino a ofrecer al ser humano la posibilidad de volver, con su ayuda, a un estado similar al de antes de esa caída que las distintas culturas recuerdan y la Biblia explica con la caída de Adán y Eva a instancias de la serpiente.

Y, claro, si Cristo vino a rehabilitar a todo el género humano, es lógico que los teólogos se preguntaran si su madre, la Virgen, también había sucumbido a esa falla originaria, ese “pecado original” que debilitó al género humano.

Costó llegar a un acuerdo, porque, en la Iglesia Occidental, teólogos prestigiosos como San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Alberto Magno o San Buenaventura se inclinaron por pensar que María no había quedado eximida de esa falla, pues, si Cristo redimió a todos, alegaban, también tuvo que redimirla a Ella. De no ser así, la redención no habría sido universal ni Cristo el único Salvador.

Sin embargo, algunas voces se alzaron en contra, como la de San Cirilo, que, de manera gráfica, afirmaba: «¿cuándo se ha oído jamás que un arquitecto se edifique una casa y la deje ocupar por su enemigo?»

Al correr de los siglos, fue Duns Scoto quien elaboró el argumento definitivo, porque el catolicismo siempre ha avanzado a impulsos de fe y de razón: «Se afirma que en Adán todos pecaron y que en Cristo y por Cristo todos fueron redimidos. Y que si todos, también Ella. Y respondo que sí, Ella también, pero Ella de modo diferente. Como hija y descendiente de Adán, María debía contraer el pecado de origen, pero redimida perfectísimamente por Cristo, no incurrió en él. ¿Quién actúa más eximiamente, el médico que cura la herida del hijo que ha caído, o el que, sabiendo que su hijo ha de pasar por determinado lugar, se adelanta y quita la piedra que provocaría el traspié? Sin duda que el segundo. Cristo no fuera perfectísimo redentor, si por lo menos en un caso no redimiera de la manera más perfecta posible. Ahora bien, es posible prevenir la caída de alguno en el pecado original. Y si debía hacerlo en un caso, lo hizo en su Madre».

Su argumento quedó sintetizado en el famoso y sencillo “potuit, decuit, ergo fecit” (pudo, convino, luego lo hizo), pero a Duns Scoto le costó grandes debates en las universidades europeas. Y no fue hasta varios siglos después, en 1854, cuando se definió como verdad teológica.

¡Feliz fiesta de la Inmaculada!

Javier Vidal-Quadras

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