Estaba satisfecho: hacía tan solo unos meses que se había incorporado a una de las firmas de mayor prestigio del país. Tenía ante sí una brillante carrera y era consciente de lo mucho que podía aportar. Era un joven abogado con una familia incipiente, cinco años ya de ejercicio profesional, una depurada educación y formación académica y, además, profesor universitario. 

Bastaron dos o tres reuniones con el director de la oficina, unos treinta años mayor que él, para darse cuenta de que el hombre estaba ya un tanto desfasado. Aunque el director podía aportar el peso de su experiencia y veteranía, algunos jóvenes asociados no parecían reconocer en esas cualidades otra cosa que el paso del tiempo: “¿Acaso es esto un Ministerio, en que la gente progresa por quinquenios? Aquí lo que cuenta es la eficacia y la rentabilidad -le había dicho un compañero al joven abogado, criticando al director-, a este le queda un telediario”.

Además, su vida personal tampoco era una maravilla. Estaba divorciado. No como él, que tenía una familia creciente y unida.

Una tarde, el joven y -según algunos decían- brillante abogado entró en el despacho del director para preparar la estrategia a seguir ante una eventual demanda judicial con la que habían amenazado a un cliente. Se trataba de elucubrar acerca de las posibles acciones que emprendería el contrario y preparar una estrategia defensiva que mejorara la posición del cliente.

Cuando estaban reunidos delante del ordenador del director analizando los documentos enviados por su cliente, el aviso de un email entrante saltó a la pantalla. El asunto del email era: “estrategia procesal”.

-Qué raro… -se extrañó el director-. Es del abogado contrario de este asunto. A ver si quiere llegar a un acuerdo…

El email adjuntaba un archivo en formato Word con el mismo título. Lo abrió y se encontró con un regalo inesperado: el informe que el abogado contrario dirigía a su cliente y que, como se deducía de las primeras líneas del índice, contenía la propuesta de ejercicio de acciones judiciales detallada hasta el extremo.

-¡Has visto! ¡Se ha equivocado! Nos ha mandado a nosotros el email dirigido a su cliente… ¡Lo tenemos! ¡Qué fuerte! –exclamó el joven abogado.

El director le miró sin inmutarse, pulsó las teclas mayús+supr y eliminó el email permanentemente. Acto seguido, envió un email al abogado contrario advirtiéndole de su error y asegurándole que, naturalmente, no había accedido al contenido del archivo adjunto y lo había eliminado de forma definitiva.

Después, sin dar explicación alguna, se dirigió al joven y supuestamente brillante abogado y le invitó a reflexionar aún con más ahínco y perspicacia sobre la estrategia defensiva a seguir, ahora que tenían la certeza de que una acción judicial bien estudiada iba a ser presentada en breve.

El joven y ya menos brillante abogado no acertó a decir nada. Acababa de recibir de la manera más natural y delicada una de las lecciones profesionales más extraordinarias que recibiría en su vida. Y, junto a la profesional, una todavía más profunda lección humana. En escasos diez segundos había podido calibrar la hondura moral de alguien a quien, con cuatro datos mal interpretados, había tenido la tentación de mirar por encima del hombro.

La verdad es que cuando, hace ya unos 25 años, me sucedió esto, no existían los emails, el informe lo recibimos por fax, el director (que ya ha fallecido) lo hizo trizas ante mis narices, lo tiró a su papelera y acto seguido contestó con otro fax indicando al remitente el error que había cometido, pero he pensado que valía la pena modernizar la anécdota, que tanto me sirvió en el futuro para reprimir los juicios temerarios y para orientar mi conducta profesional, a fin de que los lectores de cualquier edad la pudieran entender en la primera lectura.

¡Qué injustos pueden llegar a ser los prejuicios!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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