Como sucede en tantas familias, cuando mis cinco hermanos y yo empezamos a volar y mis padres se quedaron con el nido vacío, mi madre (q.e.p.d.) nos pidió que fuéramos un día a la semana a comer, cosa que, naturalmente, hacíamos de muy buen grado. De hecho, durante los primeros años de vida independiente, más de uno intentaba colarse a diario para comer gratis en casa de nuestros padres. A pesar de ser seis varones, cinco casados, las nueras estaban encantadas porque mi madre fue siempre una suegra muy poco ‘suegra’.

Después, vinieron los nietos y a la comida de los martes se añadió otra los sábados, para que los abuelos pudieran disfrutar de hijos y nietos. De hecho, el sábado devino pronto el día principal de encuentro. Como somos algo prolíficos, la comida con tanta gente se fue haciendo complicada y mi madre decidió transformarla en merienda-cena, más informal. Mis padres cuidaban todo al mínimo detalle para que nos encontráramos cómodos y pudieran disfrutar de nosotros, y nosotros de ellos. Los bocadillos, quesos y demás comida que sabían nos gustaban, las pastas de las pastelerías favoritas, las bebidas que cada uno prefería… y, con el tiempo, una canguro (babysitter, para los de fuera de España) que atendiera a los más pequeños y a los más gamberros de los nietos.

Todos hacíamos lo posible por ir. Sabíamos que a mi madre le hacía especial ilusión y disfrutaba viéndonos a todos juntos con nuestros hijos. Nos juntábamos muchos y había jaleo, pero no le importaba.

Ninguno de nosotros lo veía como obligación. Al contrario, era el deseo de nuestra madre y la manera más fácil de que los hermanos nos encontráramos y viviéramos la fraternidad no solo a distancia (ya se sabe que el roce hace el cariño). Al ser seis varones y tender cada uno a la familia de su mujer, no era fácil encontrar otra manera de reunirnos a todos. Tampoco pensábamos en esa merienda como en una norma a rellenar. Íbamos a verla con ilusión, y ya está. Y si la habíamos visto más veces esa semana, pues todavía mejor. En fin, no descubro nada nuevo; muchas familias hacen lo mismo.

A nadie se le ocurría pensar, y menos decir a mi madre: “¿Sabes qué, mamá? Yo iré a veros cuando me apetezca…, a ver si ahora me vas a organizar tú a mí la vida” o “mira, como ya hablamos el martes, este sábado no iré, que me apetece más dormir la siesta” o “no seas pesada, mamá, yo ya pienso en ti muchas veces, no hace falta que nos veamos tanto” Naturalmente, si no se podía ir, no se iba, pero todos intentábamos poner todos los medios.

En la medida de lo posible, era importante ir sin prisas, estar relajadamente con ella, con mi padre y el resto de la familia, no como quien cumple un deber filial sino abiertos al tiempo y a la presencia de los demás, atentos a sus intereses, participando en la preparación de la merienda y ofreciéndose para lo que fuera necesario.

Me ha venido a la cabeza este apunte biográfico, ya lo siento, al meditar que mañana, Jueves Santo, en la Última Cena, Jesucristo instituyó la Eucaristía y, aunque parezca increíble -que lo es-, se quedó para siempre entre nosotros.

Consciente de ello, la Iglesia, como todas las madres, nos pide ir a verle, ¡a rozarle!, los domingos todos juntos, en comunidad fraterna.  Vale la pena hacer feliz a una madre… porque, aunque parezca que lo pide para ella, en realidad lo hace por nuestra propia felicidad. Y, hombre, no cuesta tanto.

Feliz Jueves Santo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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