Como saben bien en mi familia, tengo una irremediable tendencia a deducir conclusiones a partir de los hechos sueltos que llegan a mi mente y mi memoria logra retener, que tampoco son muchos. Yo creo que es una deformación profesional propia del abogado, que anda siempre metido en interpretaciones de los documentos y los hechos que le relatan sus clientes para encontrar el mejor camino de defensa de sus intereses. Como lo hago con convicción, después explico mis teorías sin contrastarlas con la realidad y, claro, no pocas veces me equivoco.

Por ejemplo, una vez leí un experimento que habían hecho en una universidad de psicología. Consistía en colocar, primero, a dos hombres sentados en sendas sillas mirando en la misma dirección en una habitación desnuda y pedirles que hablaran entre sí durante un rato en esas sillas. Los hombres charlaron sin problema durante el tiempo del experimento mirando a la pared vacía que tenían delante. Después, probaron con dos mujeres. Las mujeres parecían no estar cómodas en esa situación, poco a poco se iban girando para poder ver la cara y los gestos de su interlocutora, hasta que terminaron moviendo las pesadas sillas para poder hablar mirándose a los ojos. Y así sucedió repetidamente.

En este momento, lo sé, vienen a la cabeza todas las teorías acerca de los hombres de Marte que se resisten a preguntar por una dirección cuando están perdidos y las mujeres de Venus que no saben leer los planos, pero, dejando esto al margen, yo extraje otra conclusión, probablemente peregrina.

Primero, conecté este recuerdo con una experiencia que vivo frecuentemente y que tengo bien contrastada con muchos amigos: en los eventos sociales, cuando los hombres se despiden, se van, y pueden salir hablando con otra persona mientras se marchan, sin problema alguno; pero las mujeres tienden a quedarse o a detenerse a hablar con los conocidos que se van encontrando, lo cual ralentiza notablemente la salida.

Me bastó conectar estos dos hechos para extraer la conclusión: a las mujeres les cuesta mucho caminar y hablar al mismo tiempo porque no pueden mirarse a los ojos mientras caminan.

Y puede ser que algo de eso haya, pero recientemente he aprendido de una especialista, experta y no amateur como yo, en conducta humana una explicación mucho más profunda, bella y acertada.

Que el tiempo no dura siempre lo mismo es una experiencia universal que ya tenía yo detectada: el tiempo del dolor transcurre lentamente, los minutos se alargan y nos parecen eternos, mientras que el tiempo del placer vuela alocadamente y se nos escapa sin remedio aunque queramos detenerlo.

Pero nunca había caído en que hay también un tiempo masculino y un tiempo femenino, que se vive tendencialmente de manera diferente. El tiempo del hombre suele ser más un tiempo de actividad, de ejecución y de resultado. El tiempo de la mujer suele ser preferentemente un tiempo de vivencia, de intercambio, de encuentro y acogida.

Por eso, cuando un hombre decide irse, lo que procede es hacerlo, es una especie de compromiso consigo mismo: hemos dicho que nos vamos, y nos vamos. Cuando una mujer decide irse, lo que procede es comunicarlo y compartirlo, hasta el extremo de que si alguien, en ese momento, tiene que explicar algo, la despedida pasa a un segundo plano porque se coloca a la persona en el primero. Por el mismo motivo, el hombre intentará evitar cruzarse con las personas que aún no había podido saludar, puesto que, en su concepción ejecutora de una decisión, esos encuentros inesperados le retrasarán la salida iniciando una conversación inoportuna. La mujer, por el contrario, es capaz de ir en busca de esas personas porque para ella irse no es una meta a cumplir en un tiempo determinado, sino el acto que sigue a los encuentros personales, que son siempre prioritarios.

Se entiende que hablo en términos de arquetipo, que luego cada uno es como es y, gracias a Dios, hay muchos hombres con talentos femeninos y mujeres con talentos masculinos. Pero confieso que a mí esta explicación me ha ayudado a comprender y me ayudará a contemplar las despedidas y tantas otras situaciones de otra manera.

Y luego dicen que el matrimonio puede ser aburrido. Quizás lo será para aquellos que lo saben todo de antemano y no se maravillan nunca con nada, pero para nosotros, pobres mortales ignorantes, que seguimos aprendiendo cada día cosas nuevas de nuestra mujer después de 35 años de casados, el matrimonio sigue siendo una gran aventura. Eso sí, como toda aventura, para disfrutarla se requiere tener espíritu aventurero.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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