Este verano estábamos Loles y yo haciendo una pequeña excursión cuando, desde la ladera de la montaña, pudimos escuchar con todo detalle la conversación de dos ciclistas que subían por una carretera secundaria en la ladera del otro lado de un estrecho valle, a no menos de 500 metros de distancia en línea recta.

Uno de los grandes misterios que encierra la montaña es el silencio. El mar es un rumor que no se oye y la montaña, un silencio que se escucha.

Estas vacaciones me ha dado por rezar con el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, un poema largo, exigente y difícil de entender, más aún para un ciudadano del siglo XXI, si no se siguen las explicaciones del autor (muy recomendables, por cierto), que yo ya no recordaba porque las leí hace no menos de 25 años.

Sin embargo, como la poesía son imágenes y música escritas, basta a veces la lectura reposada de una estrofa para captar la esencia de lo que el poeta quería transmitir.

En el poema, la amada (el alma humana) va en busca del amado (Dios) y, cuando lo encuentra, el lector se topa con estos versos:

La noche sosegada,
en par de los levantes de la aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.

Y, de pronto, se lee el silencio en las palabras. ¿Para qué sirve el silencio? En un blog como este, dedicado al matrimonio y la familia, la respuesta es inequívoca: para encontrarse con la amada.

Una vez sosegada la noche del espíritu, acalladas las voces que la agitan y dispersan, iluminada con la amable y envolvente luz de la aurora, el corazón, como el alma del poeta, puede recostarse sin miedo en el pecho del amado, de la amada. Allí podrá escuchar de nuevo el silencio y, sofocado el ruido que antes le impedía oír, podrá disfrutar de la unión, a veces escondida, que siempre le ha impulsado a amar.

En el silencio de la cena que enamora podrá el alma tomar el alimento que le ayude a re-crear, volver a crear la pasión amortiguada por las mil preocupaciones que el bullicio exterior concibe y fantasea. Allí podrá actualizar aquel amor de los comienzos, embozado muchas veces tras los años y ajetreos. Descubrir una vez más las maravillas de esta entrega de vida y de por vida. Elevar a la amada a su estado más puro, aquel en que Dios la pensó un día y la hace a cada hora, apartando las telarañas que embotan nuestra vista y desfiguran la mirada. Y acompañarla en ese viaje hacia su destino más alto, oculto a veces como las cumbres tras las nubes.

Sí, es en el silencio donde podemos reconstruir la propia vida y rehacerla consigo misma, donde podemos tejer un plan de acción y reconquista. Un silencio que, cuando es compartido en el mutuo compromiso de un amor para siempre, tiene la virtud de transformarse en música callada y nos envuelve con la certeza de que él, ella estará también recreando nuestro amor en su soledad sonora.

Pero, atención, no es el silencio del mindfulness, que se vuelve a sí mismo y se agosta en el yo reconcentrado, sino el silencio del Godfulness, que crece hacia fuera y empuja siempre a salir de uno mismo para ir al encuentro del otro, del otro con minúscula y del Otro con mayúscula.

La noche sosegada, la música callada, la soledad sonora…, y un amor que será un eterno ahora.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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