Estoy todavía navegando en la estela que ha dejado el congreso de Family Enrichment celebrado en Londres hace dos semanas cuando me llegan dos informaciones relacionadas.

Por un lado, una estadística que se anuncia así: “57 de cada 100 matrimonios terminan en divorcio en España”.

Por otro lado, una petición de un seguidor del blog, que solicita “razones para animar a los matrimonios a formarse y fortalecer su relación”.

Confieso que, de manera intuitiva, siempre he desconfiado de las estadísticas. No porque no las crea, que lo hago, sino porque, a pesar de ser el método más científico y aséptico de aproximarse a muchas realidades, olvidan el aspecto humano de la cuestión.

En alguna ocasión, cuando algún cliente me ha preguntado el porcentaje de probabilidad de ganar el pleito, le he contestado: yo creo que, estadísticamente, un 75%; lo que no le puedo asegurar es si usted está en el 75 o en el 25.

Y me ha traído a la memoria el episodio que cuenta Mariano Fazio en su libro Transformar el Mundo desde Dentro, extraído de la novela Tiempos Difíciles, de Charles Dickens. Se trata de un diálogo entre un profesor, que representa la visión sociológica, estadística y utilitaria de la sociedad, y una alumna suya, en plena clase, y termina con esta pregunta del profesor y la siguiente respuesta de la alumna:

  • ¿Qué tanto por ciento representan quinientas personas ahogadas entre cien mil que se embarcaron en un año para hacer una travesía marítima?
  • Ningún tanto por ciento representa para los parientes y amigos de los que fallecieron -responde la niña.

La relación que guardan estas dos informaciones con el congreso es que una de las metas que tenemos más interiorizadas en la IFFD (www.iffd.org), la organizadora del congreso, es ayudar no a todas las familias, sino, tomado prestada una expresión de Carlos Cardona, a “cada familia de todas”, que es muy diferente. La diferencia es la misma que hay entre dirigirse a las masas y hablar a cada corazón.

Un matrimonio no es un valor estadístico, es un camino hacia la felicidad. Pero hay que recorrerlo. Nadie se casa para separarse…, y, sin embargo, la vida se puede ir complicando, a veces con nuestra complicidad, hasta extremos inimaginables.

Escuché una vez a un conferenciante decir que en esto del amor no caben los espontáneos. Hay que hacerse competente para amar. Los espontáneos, que se lanzan a amar temeraria e ingenuamente, sin querer hacer ningún esfuerzo para entender en qué consiste esto del amor, no sirven para amar y suelen acabar amándose a sí mismos, que es lo que a todos nos sale sin pensar. Y la competencia se adquiere con decisión, con perseverancia y con conocimientos.

Cuántos matrimonios hemos conocido que querían amarse y lo intentaban con la mejor de las disposiciones, pero no acertaban a hacerlo y su relación se iba enfriando progresivamente. A veces es, simplemente, una cuestión de técnica. ¡Sí, el amor tiene su técnica! Otras veces es falta de atención: ese esfuerzo por tener las antenas desplegadas hacia el otro, para captar sus mensajes. Otras, es falta de olvido de sí: no acabamos de creernos que la felicidad es como un boomerang que vuelve a nosotros solo cuando la lanzamos con fuerza lejos de nosotros, hacia los demás. Y, casi siempre, detrás del distanciamiento se esconde una resistencia a perdonar, a “purificar la memoria” (tomando la feliz expresión de Jutta Burggraf), que consiste en elevar al otro por encima de su culpa y recordar las injusticias, las heridas, aunque sean reales, como perdonadas, de modo que, aunque formen parte de nuestra biografía, ya no nos duelen ni nos impiden volver a amar más y mejor.

Ayer salieron a la calle los muertos macabros, los tristes y sombríos que no tienen vida ni futuro; hoy nos encontramos con los santos, los alegres y luminosos, que de verdad creyeron en el amor, lo construyeron día a día y hoy lo viven en plenitud. Seguro que conocimos a alguno que nos puede servir de faro. Una buena ocasión para pedirle ayuda.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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