Esta tarde me he quedado a trabajar en casa para acompañar en el estudio a uno de mis hijos y, revisando algunos emails antiguos con noticias que algún día guardé, me ha llamado la atención una que informaba de las 22 (algunos dicen 31) modalidades de identidad de género que recoge Tinder, la conocida aplicación de búsqueda de pareja. No lo puedo comprobar porque no la tengo.

Las he buscado por internet y he encontrado alguna lista con definiciones. Menos mal, porque los nombres solos son indescifrables. La verdad es que me ha costado entender muchas de ellas, pero de su lectura una cosa me ha quedado clara: la famosa identidad de género, en la mayoría de los casos, es una cuestión de gustos y sentimientos.

Ahora bien, no todos los gustos y sentimientos valen lo mismo. Los gustos y sentimientos generan convicciones, las convicciones desembocan en conductas y las conductas afectan a la gente. Por eso son discutibles (es decir, susceptibles de ser discutidos) y cuestionables (pueden ser cuestionados) y cabe hacer juicios de valor sobre ellos. Hay conductas que se acomodan mejor a la verdad y otras menos, aunque no siempre sea fácil saber dónde está la verdad.

Recuerdo que en su libro “El Poder de la Belleza”, Magda Bosch cuenta la anécdota de un conocido catedrático que pronunció una conferencia sobre el buen gusto y, ante la objeción de una asistente, que le recordó el dicho “sobre gustos no hay nada escrito”, el catedrático, molesto por esa enmienda a la totalidad de su conferencia, contestó: “sobre gustos hay mucho escrito, señora, lo que ocurre es que usted lee muy poco”.

Pero no voy a entrar a valorar los gustos de los 22 géneros de Tinder. Lo que me interesa destacar es la erosión y el debilitamiento que esta efusión incesante de géneros (¡hace poco oí hablar ya de 112!) está produciendo en el constructo intelectual de los años 90 acerca de la ideología de género radical.

En efecto, durante unos años parecía que la humanidad había dejado de dividirse en hombres y mujeres y tenía que hacerlo entre homosexuales y heterosexuales. Esta distinción parecía omnipresente y constituía una verdadera tarjeta de presentación. Parecía que, si alguien se presentaba como homosexual, estaba ya todo dicho.

A muchos nos parecía absurda esa deriva, porque construir una identidad personal sobre una sola de las dimensiones de la persona, la sexual, nos parecía muy reductor de la persona humana. En efecto, la tendencia sexual es importante en la persona humana, pero no es definitoria de la misma, como tampoco lo es el estilo mental, la percepción psíquica o la consistencia o inconsistencia de la voluntad. Resultaría chocante que alguien dividiera la humanidad entre voluntariosos, inconstantes y apáticos, por más que son rasgos reconocibles en muchas personas.

La ventaja del tiempo es que acaba poniendo cada cosa en su lugar, y el ser humano lleva ya demasiados años siendo hombre o mujer como para que ahora vengan a cambiarlo con criterios de dudosa realidad.

A medida que afloran identidades sexuales se diluye su peso en la configuración de lo humano. El mismo lobby que impulsa esta visión de género, se va dispersando a fuerza de agregar conceptos, que se traducen en iniciales, y ya se empieza a parecer demasiado al alfabeto: LGTBIQ. Con tantas supuestas identidades que ya ni se pueden recordar, todo apunta a que el género ha vuelto a ser lo que era: cuestión de gustos… o de disgustos, que, como dice otro refrán, “hay gustos que merecen palos”.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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