Hoy he ido a ver el musical de Navidad del colegio de mi hijo pequeño. Estaba dedicado a los abuelos. La trama consistía en la lucha de un chico por encontrar a todos los abuelos de su pueblo, quienes, a la vista del poco caso que les hacían sus nietos e hijos entre el trabajo, los móviles y las mil ocupaciones, habían decidido escaparse y desaparecer de sus vidas. Una obra emotiva, bien pensada y mejor ejecutada que nos ha hecho disfrutar… y también llorar y reflexionar.

En realidad, los protagonistas de la obra no eran los abuelos jóvenes que, a veces, hacen casi las veces de padres, sino los abuelitos, aquellos que están ya en la ancianidad. Recuerdo que Rafael Pich, el máximo responsable de mi dedicación al tema de la familia, solía decir expresivamente que la gran ventaja de los abuelos frente a los padres era que “caminaban al mismo paso que los niños pequeños”. Una gran verdad.

Uno de los temas recurrentes cuando se habla de la familia es el de las relaciones intergeneracionales y, en particular, cómo lograr llevar color y alegría a la vida de tantos ancianos que están solos. Hemos logrado dar muchos días a sus vidas, alargando increíblemente la esperanza de vida, pero el gran reto sigue siendo dar vida a sus días, vida de verdad, alegre, optimista y compartida.

Comprendo que el asunto no es fácil y desde las políticas públicas se ensayan distintas propuestas para generar puntos de encuentro donde los más pequeños se encuentren con los más mayores. Todas las iniciativas son bienvenidas, pero echo en falta una visión más ambiciosa, que vea más allá de las carencias actuales; una mirada preventiva, que no se detenga solo en los ancianos de hoy, sino que mire también a los de mañana.

Esa mirada, si existiera en  nuestros gobernantes, se dirigiría, sin duda, a la única instancia y el único lugar donde se puede resolver al problema y donde los más ancianos se pueden encontrar con las otras generaciones y compartir momentos, anhelos y contrariedades sin esfuerzo alguno y de manera gratuita: la familia.

¿Alguien ha visto a un consejero delegado de una multinacional reptar por el césped persiguiendo a un mocoso de dos años o a una abuelita de 85 años bailar un rap con un mozalbete de 16 años en algún lugar que no sea la familia?

No podemos olvidar a nuestros ancianos, hay que habilitar todos los medios para que nuestros hijos y nosotros mismos inundemos las residencias de la tercera edad de sonrisas y alegría, pero, sobre todo, hay que fortalecer las familias. Una familia unida es el mejor antídoto contra el abandono de los ancianos, porque las situaciones de ruptura familiar acaban siempre penalizando a los más débiles: los niños, los ancianos y, todavía, por desgracia, en muchos ámbitos y culturas, las mujeres.

Y que nadie piense que es por altruismo. ¡Es por egoísmo! Quienes más necesitamos a nuestros ancianos somos nosotros, los adultos, y nuestros hijos. Con la aceleración de la vida actual, solo unos pasos lentos, sabios y pacientes pueden devolvernos a esa infancia espiritual desde la que nuestros mayores nos miran con aquella tierna sonrisa indulgente que parece querer decir: “¡Ay, hijo mío, tantas cosas te preocupan y no te dejan ver dónde está la verdadera felicidad!”.

Se acercan los días de Navidad. Un buen momento para cantar villancicos haciéndonos niños… o ancianos, ¡que es casi lo mismo!

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes