Si no te hubieras casado ni hubieras tenido tantos hijos; si no hubieras rechazado aquella promoción profesional que te obligaba a trabajar en exceso o a viajar demasiado y alejarte de tu familia; si no hubieras renunciado a tantos planes con tus amigos porque intuías que ella (él, ellos) te necesitaba cerca en esos momentos; si no hubieras cedido en tantas cosas y hubieras decidido más por ti mismo y no tanto con ella; si no hubieras puesto tantas defensas a tantas emociones y oportunidades que la vida te ofrecía porque en ellas no cabían todos los tuyos y tu corazón se dividía; si hubieras escuchado aquella insinuación que te ofrecía una nueva aventura con una persona distinta; si hubieras aprendido a poner en sordina los reclamos de tus ‘obligaciones’ familiares y hubieras pensado un poco más en ti mismo, como te susurraban tantas voces a tu alrededor; si no hubieras pronunciado ese “sí” definitivo…

Un “sí”, bien lo recuerdas, que te llevó a una tierra nueva donde no quisiste ser extranjero ni volver a ser el que eras antes de decidir que ya siempre serías de ella y con ella y para ella. Un “sí” que te movió a quemar las naves cuando llegaste a puerto en ese viaje definitivo de tu vida.

Pero ahora ves a tantos que conservaron su nave en el puerto, su propia y preciosa nave, tan suya, tan propia, tan seductora. Hicieron el mismo viaje que tú, pero fueron más… ¿precavidos?, ¿cautelosos?, ¿inseguros? Y no quemaron sus naves. Las conservaron y las mantuvieron en disposición de zarpar. Quisieron tener un anclaje a ellos mismos, a ellos solos. Y, como no la quemaron, “su” nave estuvo allí esperándoles, ofreciendo cada día una oportunidad de dejar de ser futuro y volver a ser pasado, de volver a ellos mismos y zarpar al horizonte, ellos solos o con otros nuevos navegantes, en busca de otros destinos, dejando en tierra cualquier rémora.

Fueron o se hicieron, sin quererlo y a veces sin saberlo, extranjeros en esa tierra nueva que inauguró el matrimonio, no quisieron o no supieron abonarla y, como “su” nave les esperaba, tentadora, evocadora, se subieron de nuevo a ellos mismos y llegaron lejos, muy lejos, tanto que, desde la tierra que abandonaban, aquellos que dejaron atrás apenas les podían reconocer en el horizonte de sus vidas.

Cada vida es un misterio que hay que contemplar con profundo respeto. Nadie que no sea Dios puede juzgar la vida de otro, sus motivaciones, sus dificultades, sus decisiones, sus trayectorias. Pero hoy quiero dirigirme a tantos y tantas que han apostado por un amor, un solo amor y sienten (¿quién está libre de él?) el insidioso susurro de una vida deslumbrante en una nave mágica arrullada por cautivadores cantos de sirena.

Aún estáis a tiempo de quemar las naves y amar sin red, sin vuelta atrás. Aún podéis volver a ser lo que queríais, lo que soñasteis un día, cuando pronunciasteis aquel “sí” que en vuestro corazón era para siempre. Cuando decidisteis vivir de verdad la única aventura que vale la pena, la de las emociones auténticas, la de la pasión sin término, la que es capaz de superar las peores borrascas, de agarrarse al timón sin descanso y hasta el límite de las fuerzas, desafiando las olas más violentas con la vista puesta solo en aquella o en aquel que invitasteis a bordo cuando el “sí” de la nueva vida soltó decididamente las amarras y desplegó las velas del viaje sin retorno.

Quemad las naves. Construid, si queréis, una nueva en la que puedan embarcar aquellos que vosotros, solo vosotros, decidisteis llevar o germinar en esa tierra nueva en que atracasteis hace diez, veinte, treinta años… Esta es la nave de vuestra vida. Aquella otra que un día olvidasteis quemar dejó de serlo el mismo día en que vosotros dejasteis de ser uno solo.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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