“No fue culpa tuya, ni tampoco mía; fue culpa de la monotonía”. Con este verso, que, como dijo el cura, no es de una doctora de la Iglesia sino de Shakira, comenzó el viernes pasado el curso de retiro al que asistí. Es muy recomendable, una vez al año, tomar un poco de distancia del ritmo, ya sea ajetreado o monótono, de la vida diaria y retirarse en el modo que cada uno tenga por conveniente.
En mi caso, ya hace muchos años que asisto a cursos de retiro espiritual organizados por el Opus Dei. Es lo que tiene ser del Opus. Y aunque aparentemente se repite cada año lo mismo, no hay manera de agotar su contenido y su eficacia espiritual. Son retiros con un programa conocido: se puede explicar todo lo que se hace, lo inexplicable es todo lo que sucede.
En el retiro al que fui, el encuentro con Dios se produce al estilo, digámoslo así, característico del cristianismo, el de toda la vida, el de Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Ignacio y tantos otros: en el silencio del corazón. El silencio de María al pie de la cruz. La brisa suave de Elías en el Horeb. Se trata de un retiro que se vive “a la hora de la brisa”, la hora en que, según el Génesis, Dios se paseaba por el jardín del Edén. Porque, como también nos recordó el sacerdote, a Dios no se le experimenta cuando Él nos ama, sino cuando nosotros amamos.
Se trata de un silencio especial, que no se da en el vacío sino en la hondura personal, en la emocionante profundidad de cada alma. Y, como hitos e insinuaciones, se van deslizando ideas, propuestas de meditación para que cada uno se detenga donde quiera.
Temas sugerentes de la predicación del papa Francisco, como la locura del vientre: “hemos abjurado del nombre de hombres, para asumir otro, ‘consumidores’. Ni siquiera nos hemos dado cuenta de que alguien ha empezado a llamarnos así”. O experimentar en la confesión la que él llama “la gracia de la vergüenza de nuestros pecados”, tan necesaria en una sociedad en que la culpa parece haber quedado reducida a una imposición religiosa o a un estorbo emocional.
Y, por supuesto, el matrimonio: “A Dios le interesa el placer de los esposos”, oímos decir en alguna de las charlas encaminada a realzar la grandeza de la sexualidad matrimonial, para hacer de ella un ámbito de encuentro creativo que todavía hoy se rodea de demasiados tabúes.
Hay que admitir que el silencio se veía interrumpido de vez en cuando por las voces cacofónicas de treinta hombres sin piedad cantando a la Virgen con corazón de niño. Pero, paradójicamente, ese diletantismo tan bien intencionado como mal coordinado elevaba el alma a Dios con mayor ingravidez que el último single del grupo religioso de moda.
En todo retiro hay un momento especial. Un momento personalísimo e intransferible en que el alma percibe una especial conexión y ve con nueva luz lo que antes parecía confuso. Es el momento del Espíritu Santo. Esta sí es una experiencia inexplicable. Y cada uno la vive a su manera. El mío fue el rezo personal del Viacrucis. Algo sucedió que no sé transmitir. Terminó el retiro, olvidé las palabras, se atenuó la emoción…, pero ese momento quedó grabado. No es un sentimiento. Es una caricia. Y una certeza: Dios me ama… ¡a mí! Y, si a mí, a todos.
Me despido ya y, siendo el primer viernes de Cuaresma, os dejo un año más el Viacrucis de un forastero… que dejó de serlo.
https://javiervidalquadras.com/wp-content/uploads/2021/03/vicc81a-crucis-de-un-forastero.pdf
Buen fin de semana.
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
Precioso vía crucis Javier! Gracias
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Gracias, Marita!!
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