En mi familia, el día de Reyes siempre se ha vivido con especial intensidad. Mis padres cuidaban cada detalle. No importaba la edad que tuviéramos: había que entrar de uno en uno, por orden inverso de edad y con mi padre dentro filmando. Los regalos materiales tenían su importancia, no lo voy a negar, y los “Reyes de calle Mandri” siempre habían sido especialmente generosos; incluso en los periodos de apreturas económicas, hacían un esfuerzo para que todo el mundo estuviera contento y recibiera algo de lo que había pedido. Pero lo primordial era el espíritu, el cuidado, la presentación, la puesta en escena.
Mis hermanos y yo conservamos muy vivo ese recuerdo y hemos heredado el gen de los Reyes Magos. En la familia de Loles sucedía los mismo, así que en nuestra familia íntima los Reyes Magos se viven con la misma intensidad, en este caso multiplicada por una serie de circunstancias que hacen de este día un día especialísimo.
La primera es que vivimos en una especie de comuna. Un edificio de diez viviendas, seis de las cuales están ocupadas por nosotros, cuatro hermanos y una prima de Loles, otra por mi padre, otra por los consuegros de mi cuñado y las dos restantes por dos familas encantadoras que ya son como una extensión de la nuestra. Yo creo que, en sus buenos tiempos, fue de los edificios con más población infantil de España: ¡llegamos a contar que vivían 50 niños (algunos ya mayorcitos)!
La segunda es que, de un tiempo a esta parte, la cabalgata de Sarriá, el barrio en que vivimos, pasa justo por delante de nuestro edificio, por lo que podemos verla desde diversas alturas y perspectivas, aunque solemos acabar todos en la calle, encontrándonos con consuegros, amigos y vecinos de barrio.
Terminada la cabalgata, todo el mundo a su casa. Hay que prepararlo todo: los turrones, una botella de cava y lo que se tercie por si los Reyes quieren avituallamiento, que, para ellos, es una noche exigente, incluido un barreño con agua para los camellos, no sea que vayan a tener sed. Nuestra casa debe de estar situada en un lugar estratégico porque los camellos siempre acaban haciendo pipí en el barreño, uno de los indicios claros de la venida de los Reyes que nuestros hijos encontraban al levantarse. El primer grito siempre era el mismo: “¡Han venido los Reyes, y los camellos se han vuelto a hacer pipí!”
A partir de cierta hora de la mañana, la comuna Artós (así se llama la plaza donde vivimos) se transforma en un hormiguero revoltoso de gente que sube y baja por las escaleras para ver los regalos de los primos y para degustar las diversas chuches que los Reyes han dejado en cada casa.
Este año, con cuatro nietos -Tomás, el mayor, ya con casi cuatro años observándolo todo, Félix y Nico, de año y medio, peleándose por los mismos coches y Elena, escasos siete meses, expectante y risueña como siempre- hemos vuelto a revivir muchas sensaciones. Por ejemplo, los Reyes nos han traído a Tomás y a mí una espada. Sí, yo también pedí la mía porque, pensé, si no, ¿Tomás con quién podrá luchar? Además de la espada, le trajeron un arco, que, para desesperación de la abuela Loles, a mí se me ocurrió estrenar en un momento en que había como veinte personas en el salón de casa: entre la sorpresa de unos y el sobresalto de otros, la flecha atravesó el salón y dio en el blanco, un globo de helio.
Y, por si esto no fuera bastante, el día termina con una merienda-cena en casa de nuestros cuñados Pepe y Nuria, que nos ofrecen un chocolate con pastas excepcionales y, sobre todo, muchas risas en la competición matrimonial que siempre organizan con juegos divertidísimos que, este año, pusieron de manifiesto mi nula lógica matemática.
En fin, solo quería compartir con vosotros algunos trazos este día tan especial. Quizás os preguntéis qué me trajeron los Reyes. Volved a leer el post y obtendréis la respuesta: la familia, ¡el mejor regalo de Reyes!
Feliz fin de semana.
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
Qué mono!
En casa, en día y noche de Reyes siempre han sido mágicos …
Mar
Enviado desde mi iPhone
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Como ha de ser! Gracias, Mar!!
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en mi casa yo sigo haciendo que haya magia, y mi marido no participa pero le gusta ver luego la magia y a los niños ensimismados
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Eso es que tu ‘magia’, que es en realidad admiración humana ante la verdad de la Epifanía, ejerce también su influjo sobre tu marido. Gracias por el comentario!!
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