Los enamorados procuramos estar el máximo tiempo juntos. Y cuando no lo estamos, tendemos a dirigir nuestro pensamiento a la persona amada. Muchas parejas empiezan así, pero luego su enamoramiento va languideciendo. ¿Por qué?

¿Sera una cuestión hormonal? La verdad es que yo llevo muchos años intentando aclararme entre la oxitocina, la dopamina, la serotonina y el cortisol y no acabo de interiorizarlas. Mi primera dificultad es estético-literaria. Me parece imposible que unos nombres tan grotescos puedan tener alguna relación con el amor. Sé que es un pensamiento irracional, que procede de mi yo romántico, pero no lo puedo evitar. Cuando pienso en excitar la oxitocina, no me sale dar un beso o un abrazo a mi mujer, sino en ofrecerle una píldora o un preparado farmacéutico, de modo que acabo inhibiendo mi deseo.

Así que vuelvo la vista a la gran paradoja: el enamoramiento profundo, inquebrantable y pasional de quienes han amado con más fuerza, los santos. Digo paradoja porque los santos célibes (¡que también los hay casados!) amaron (y aman) a un ser espiritual, al que no pueden abrazar ni besar. Y, sin embargo, han escrito, con sus vidas y con sus escritos, algunas de las páginas más bellas y auténticamente pasionales de la historia. ¿Cómo lo hicieron?

«Amar es… no albergar más que un solo pensamiento, vivir para la persona amada, no pertenecerse, estar sometido venturosa y libremente, con el alma y el corazón, a una voluntad ajena… y a la vez propia«, revelaba uno de estos santos. Y añadía: «nos mantendremos en su presencia, como los enamorados dirigen continuamente su pensamiento a la persona que aman».

La lectura de estas frases ha coincidido con un hecho anodino y habitual en nuestra tecnológica existencia: me he bajado una aplicación nueva en el móvil. Al instalarla, me ha saltado un mensaje que me ha preguntado si quería que la aplicación siguiera ejecutándose en segundo plano, es decir, recibiendo datos, enviando mensajes y trabajando por detrás.

Le he dicho que no, pero me ha dejado pensativo. ¿En segundo plano? ¿No es así como hay que amar cuando la presencia física no es posible? ¿Es posible amar en segundo plano?

Creo que los grandes santos y místicos nos dan la clave: mantenerse en su presencia, no albergar más que un solo pensamiento… Se trata de un pensamiento que ha de mantenerse en segundo plano, claro, porque necesitamos concentrarnos en lo que hacemos, pero es un pensamiento que está presente, se nota, va trabajando, ejecutándose en el inconsciente, hasta transformarse en un ‘prejuicio psicológico’, un sesgo que impregna toda nuestra vida. Ante una alegría, pensamos: ¡ojalá estuviera ella aquí, la voy a llamar ahora mismo! Ante una dificultad o un mal trago: ¡cómo la necesito, esta noche pido su consejo! Pasamos por un escaparate y recordamos lo que le gusta, vemos una pareja de enamorados y la cabeza se nos va a ella. Y, como amamos en segundo plano y la tenemos siempre presente, evitamos ponernos en la tesitura de generar algún sentimiento hacia otra persona que pueda ocupar el que tenemos puesto en ella.

Sí, se puede amar en segundo plano. El santo que he citado cerró su primera y más conocida obra, Camino, con estas palabras: ¿Que cuál es el secreto de la perseverancia? El Amor. Enamórate, y no «le» dejarás. Se refería a Dios, pero, para una persona casada, la vocación matrimonial y la vocación a Dios no se distinguen, por lo que el consejo es extrapolable. Aunque hay que completarlo con la prolongación que propuso Álvaro del Portillo, su hijo más fiel: No le dejes, y te enamorarás.

Feliz fin de semana.

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