Mi padre me contaba una anécdota que siempre me ha hecho pensar. Conocía a dos hermanos que vivían muy justos de dinero. Su padre, en cambio, tenía una gran fortuna, pero no quería ayudarles en vida. Cuando el padre falleció, uno de los hermanos estaba fuera y el otro le envió un telegrama —eran tiempos sin WhatsApp— con un mensaje tan escueto como elocuente: “Papá ha pasado a mejor vida; nosotros, también”.
La historia provoca una sonrisa, pero encierra una mentalidad que hoy sigo comprobando con frecuencia. En mi ejercicio profesional como abogado, he escuchado en no pocas ocasiones una frase que se repite casi como un eslogan cuando surgen conflictos entre hermanos tras el fallecimiento de los padres: “lo hago por mis hijos”, “se lo debo a mis hijos”. Se dice con convicción, incluso con cierto tono moral, como si esa apelación cancelara cualquier debate. Y, sin embargo, muchas veces esa lógica acaba desembocando en largos pleitos, en reproches irreparables y en hermanos que dejan de hablarse durante años.
Comprendo bien el impulso. Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Es natural desear que tengan seguridad económica, oportunidades y un patrimonio que les facilite el camino. El problema surge cuando ese deseo, legítimo en sí mismo, se convierte en la coartada para tensar hasta el límite —o romper— los lazos con los propios hermanos. Entonces conviene preguntarse con serenidad: ¿de verdad lo estamos haciendo por nuestros hijos?
Nuestros hijos necesitan, ante todo, nuestro amor. Necesitan tiempo compartido, presencia real, ejemplo coherente y una formación sólida en virtudes. Necesitan aprender a trabajar, a esforzarse, a agradecer lo recibido y a respetar a los demás. Si además podemos dejarles unos bienes materiales, una vivienda o unos ahorros, será una ayuda valiosa, pero no es lo esencial. Y, desde luego, no debería ser un absoluto por el que sacrificar la paz familiar.
Cuando un hijo ve a su padre o a su madre enfrentados con sus hermanos por una herencia, el mensaje que recibe es claro, aunque no siempre explícito: el dinero pesa más que la fraternidad; la disputa es el camino natural para defender lo “nuestro”. ¿Es esa la herencia que queremos dejar?
Educar en austeridad es también un regalo, fortalece el carácter y ordena el corazón. A veces, el mejor legado no es asegurar cada ventaja material, sino mostrar con hechos que la familia vale más que cualquier herencia.
He visto familias destrozadas por cantidades que, con el paso de los años, resultan casi insignificantes comparadas con el coste familiar y humano del conflicto. He visto sobrinos que apenas se conocen porque sus padres dejaron de tratarse. Y he visto también hermanos que, aun con diferencias, supieron ceder en algo para conservar lo más valioso: la relación.
No, no “se lo debes a tus hijos”. La herencia material no es un derecho, decimos los abogados, es una expectativa que puede transformarse en realidad o diluirse en vida de los padres. A tus hijos, después de haberles hecho el regalo de la vida, lo único que les debes es un amor incondicionado y bien formado con el que podrás escribir el testamento de tu testimonio personal y de una familia unida, que vale mucho más que cualquier reparto, porque la herencia más grande no se mide en bienes, sino en el ejemplo que queda grabado en el corazón de los hijos..
Feliz fin de semana.
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
Que pena pero que verdad
Me gustaMe gusta
Magistral!!!
¡¡¡Cuánta verdad!!!
Feliz fin de semana,
Mar
Me gustaMe gusta