En la vida matrimonial puede haber momentos en los que el “nosotros” se debilita. A veces por grandes heridas; otras, por el desgaste silencioso del día a día. Y en esos momentos asoma una tentación muy humana: buscar refugio en quienes sabemos que siempre estarán de nuestra parte.

Sin embargo, como advierte Mariolina Ceriotti en su libro “Cásate conmigo… de nuevo”, esa no siempre es la ayuda que más necesitamos; es más, afirma, “es una tentación que debemos rechazar con decisión”. Cuando la relación se resiente, el “nosotros” suele dejar paso al “yo”, y este tiende a buscar aliados que confirmen sus sospechas. Pero el matrimonio no necesita aliados parciales, sino acompañantes verdaderos. Personas que sepan sostenernos sin dividir, que escuchen sin juzgar y que nos quieran a los dos.

Ceriotti lo expresa con claridad: “En las dificultades de pareja no necesitamos sobre todo a alguien que se posicione a nuestro favor, sino a alguien que pueda ponerse también de parte del otro, con equilibrio, y que nos ayude a no perder de vista la parte de razón que tiene”. Y añade algo profundamente realista: “Para un progenitor… siempre va a ser difícil perdonar plenamente a quien haya hecho sufrir a su hijo”.

No es un reproche a los padres, sino el reconocimiento de la fuerza incondicional de su amor. Precisamente porque nos quieren tanto, les cuesta no tomar partido. Por eso, aunque su consuelo es valioso, no siempre es el acompañamiento más adecuado cuando lo que está en juego es reconstruir la relación.

Y lo mismo se puede decir de amigos íntimos de uno de los dos. Recuerdo una cena en que se comentó la separación de un matrimonio conocido. Uno de los comensales había vivido más o menos de cerca el sufrimiento de uno de los cónyuges separados, y, sin información suficiente, se dejó llevar por el arrebato del momento e hizo un comentario muy duro sobre su pareja, imputándole toda la culpa. Con el tiempo, nos fue llegando información suficiente como para saber que el comentario fue prejuicioso y, probablemente, injusto.

No es lo mismo consolar que ayudar. El consuelo alivia; la verdadera ayuda ilumina. Nos invita —a veces con delicadeza, otras con exigencia— a contemplar también la verdad del otro. Y eso, aunque incomode, abre caminos de sanación.

Por eso, en medio de la dificultad, hay una pregunta clave: ¿con quién estamos hablando de lo que nos pasa? Porque según la respuesta, estaremos más cerca de romper o de rehacer. Lo ideal es acudir a amigos de confianza, que nos quieran a los dos y que nos quieran unidos.

El matrimonio es, en el fondo, una vocación a elegirse cada día. Y hay momentos en los que esa elección necesita ser reaprendida, como si, después de la tormenta, los esposos pudieran decirse de nuevo “sí”, con más verdad, más humildad y más conciencia.

Y en ese camino, elegir bien a quién dejamos que nos acompañe puede marcar la diferencia. Cuando el acompañamiento es el adecuado, el amor no solo se repara: se fortalece. Y el “nosotros” vuelve a nacer, quizá más frágil en apariencia, pero mucho más profundo y auténtico en realidad.

Feliz final de semana.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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