CAL Y CANTO
Mi familia es un pequeño microcosmos de vocaciones. Hay vocaciones religiosas y sacerdotales, de celibato laico y, naturalmente, también vocaciones matrimoniales. En este blog suelo tratar estas últimas, pero hay aspectos y exigencias de la vocación que son comunes a todas ellas. Uno muy claro es el cuidado de la entrega. En toda vocación de vida y de por vida hay un compromiso de entrega total, cuerpo y alma en su intimidad, es decir, fidelidad.
Pero la fidelidad no surge espontáneamente de la relación de amor. Hay que trabajarla cada día. La fidelidad se fragua en la lealtad, que es la decisión firme de preferir siempre y por encima de todo a la persona amada. Y ambas se ponen en juego en las pequeñas decisiones de la vida diaria.
Santa Teresa de Jesús, con su lengua fresca y desenvuelta, daba a sus monjas un consejo que hoy no resulta muy practicable: entre santa y santo, pared de cal y canto. Aunque se entiende lo que quiere decir. Funciona a modo de advertencia: ojo, que en esto de las afinidades personales es fácil deslizarse hacia el enamoriscamiento, la fase previa al enamoramiento.
Enrique Rojas habla en uno de sus libros de los enamoramientos no deseados, a los que todo el mundo está expuesto. Hay situaciones en que hay que estar especialmente atento: un largo viaje de negocios o un proyeto profesional que exigen compartir intensas horas de trabajo y ocio, con la conexión que generan la tensión, la lucha y el éxito o el fracaso, unidos a la tendencia que todos tenemos a ponernos a prueba por juego, vanidad, superficialidad o por probar las propias posibilidades de conquista, es el escenario perfecto para introducirse en una relación “no deseada”. Aunque ni siquiera hacen falta circunstancias excepcionales: la anodina rutina del día a día y del codo con codo o una afición común para la que estamos ambos especialmente dotados y va creciendo en intensidad y tiempo pueden ser suficiente. Cada uno tiene su punto débil, el resquicio por el que puede introducirse el virus de la deslealtad, que nos puede deslizar por una pendiente resbaladiza. No se trata de hacer cosas raras. Basta con estar vigilante.
Como decía, lo de la pared de cal y canto no parece muy extrapolable a la sociedad actual, por lo que habrá que pensar en otro criterio más manejable. Tomás Melendo, en uno de sus libros, da un consejo interesante: todo aquello que hago con mi mujer (o marido) precisamente por ser mi mujer, he de evitarlo a toda costa con las demás. La razón de fondo es que mi condición de varón, con todo lo que conlleva, ya la he entregado y no debería ponerla en juego con otras mujeres. Hay ciertos signos y actitudes exteriores que actúan a modo de pared de cal y canto: el anillo de casado, las fotos de nuestra familia, la aclaración oportuna de nuestro compromiso de entrega y, en consecuencia, de nuestra falta de ‘disponibilidad’…
Una vez establecido el criterio, cada uno lo ha de ajustar a su propio temperamento (hay quien es más extravertido y quien lo es menos) y a su profesión o trabajo y circunstancia personal (hay profesiones que requieren ámbitos de mayor confidencia que otras). Yo diría que hay que tener una disposición habitual de alerta y de desconfianza de uno mismo, actitud que es muy útil en el amor. Cuando uno esta convencido de que él es tan perfecto y está tan enamorado que nunca le puede ocurrir algo así, es cuando le pasa. Ya nos conocemos: hay síntomas claros que, si estamos atentos, detectaremos sin dificultad.
Algunas actitudes que pueden favorecer estos enamoramientos no deseados son las siguientes: roces, manoseos y abrazos excesivos; galanterías inapropiadas; una ingenua dosis de cariño con quien no toca; confesiones, confidencias e intimidades personales, en especial las que tienen que ver con nuestra mujer o marido; la búsqueda de consuelo en aquella compañera o compañero tan solícito; la exposición incauta de nuestras emociones más íntimas…
¿Y si, a pesar de toda la cal y de todo el canto posibles, sucede y empezamos a sentir algo? No hay que preocuparse. Si de verdad queremos amar a nuestro amante verdadero (Dios, en el caso de los célibes; nuestra mujer o marido, en el de los casados), nunca es tarde para retroceder. La fórmula es muy sencilla de enunciar, aunque no tan fácil de aplicar: tiempo y distancia. Tiempo, porque los sentimientos que no se alimentan languidecen al transcurrir de los días. Y distancia, porque, como dice el refrán, ojos que no ven, corazón que no siente. El tipo de distancia dependerá del grado de enamoriscamiento y de las posibilidades de cada uno. Puede ser distancia geográfica o meramente física; pero siempre, emocional, lo que implica cortar por lo sano, incluso quedando mal, si es necesario, como un grosero.
Esta última es una interesante prueba de amor: ¿eres capaz de quedar mal con otros por amor a tu mujer o a tu marido? ¿Te trae sin ciudado, e incluso te cuesta reprimir una sonrisa de condescendencia, que te llamen calzonazos (mandilón, para mi familia mexicana) o retrógrado porque renuncias a ciertos planes, gestos o actitudes por amor a tu esposa o esposo? Entonces, vas por buen camino: ladran, luego cabalgamos. Bienvenido al club de los enamorados: ¡somos así de extraños!
Feliz semana.
Javier Vidal-Quadras Trías de Bes
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Brutal, Javier! Muchas gracias, Quic
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