No me gustan las multitudes. La última vez que fui a un concierto, me encontré de pronto luchando por quitarme una pulsera que me habían regalado al entrar y me había puesto ingenuamente, cuando me percaté de que el cantante nos invitaba a moverla pendularmente al compás de una emotiva y bella melodía con cuya letra discrepaba frontalmente. Hay en mí como una resistencia natural, casi atávica: ya desde niño, la incitación de un payaso o de un conductor de espectáculo a chillar mas fuerte (¡no os oigo!), me producía el efecto contrario, como una invitación al silencio.

Tampoco me siento cómodo entre los codazos y urgencias por ser el primero en ver, tocar o simplemente acercarse al líder o al famoso que convoca a la multitud, ni entre ciertos movimientos preliminares de los días o minutos previos para conseguir el mejor lugar. Algo leí en su día acerca de los últimos y los primeros que me convenció bastante.

Pero, bueno, hay muchas otras cosas que no me gustan y las hago, por mí mismo o por los demás, como levantarme esta mañana muy temprano después de haber dormido pocas horas tras haber pasado una inolvidable tarde y noche con el papa León y 40.000 personas más.

Kierkegaard decía que “la multitud es mentira”, por la superficialidad y facilidad de manipulación a que está sujeta y porque amenaza con diluir lo individual en lo colectivo, y Ortega y Gasset lo confirmaba un siglo después, al denunciar, en La rebelión de las masas, la mentalidad de rebaño y masificación, que tanto aqueja a nuestra sociedad actual.

Por todo esto, me encantó poder estar sentado ayer en el asiento 27 de la fila 10 del sector 207, es decir, justamente en el gol contrario adonde se sentaba el papa en el Estadi Olímpic de Montjuic. Desde el primer momento, supe que ahí, exactamente ahí, era donde el Espíritu Santo me había convocado. Y también supe que era Él y no una pantalla ni unos metros de proximidad quien iba a traer y depositar suavemente en mi alma el mensaje de este papa, capaz de hablar al corazón de cada uno, aunque esté diluido entre cuarenta mil.

Cuando el papa León entró en el estadio me pareció percibir en sus labios y en sus cejas (esta vez, sí, gracias a las pantallas) un gesto humilde, casi de contrariedad, por recibir él una gloria que sabe es prestada y su humildad rechaza, y casi pude leer su pensamiento: «Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam» (No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria), con las palabras del Salmo 115.

Me fijé, después, en un gesto revelador: una madre sostenía su hijo esperando que el Papa lo bendijera, pero el séquito avanzaba y los escoltas (¡espectacular, su trabajo!), abrumados por tantas peticiones, no lo vieron. Ya rebasada la altura de la madre, el Papa se volvió, tocó el hombro de uno de los escoltas, le indicó unos metros atrás e hizo parar la comitiva hasta que el bebé le fue acercado y pudo bendecirlo. Il dolce Cristo in terra, gustaba llamar al papa santa Catalina de Siena, y el detalle me recordó el pasaje de la hemorroísa, en que Cristo se vuelve y pregunta quién de los cientos de personas que se le agolpaban le había tocado el manto.

Y, luego, las palabras: ninguna concesión al populismo, a la demagogia o al halago fácil. Palabras como saetas, directas al blanco. Iba a decir directas al corazón, pero no: directas a la inteligencia y a la voluntad de que nos ha dotado Dios, como él mismo recordó, y pasadas por el corazón que las humaniza. Palabras perfectamente estructuradas y fundadas en la verdad que ha venido a recordar: la dignidad de la persona humana enraizada en su semejanza con Dios y encarnada en su Palabra humana, Cristo.

Y un último gesto, hablar en catalán, con un tremendo esfuerzo, que me evocó las palabras de San Pablo en la primera carta a los Corintios, 9,19 y ss.: me he hecho todo para todos (…) judio con los judíos (…) gentil con los gentiles (…) Y todo esto lo hago por causa del Evangelio.

Ayer, el Estadi Olímpic no fue una multitud, fue un encuentro personal en comunión con cuarenta mil personas en el que el papa León respetó cada conciencia y expuso, con claridad y caridad, la de la Iglesia, maestra en humanidad. Vino a traer lo que el mismo Kierkegaard anhelaba en su obra Mi punto de vista:  Lo que la época necesita en el más profundo sentido puede decirse total y completamente en una sola palabra: necesita… eternidad.

Feliz miércoles.

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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