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Familiarmente

~ Ser y vivir en clave de familia

Familiarmente

Archivos de autor: javiervq

Corazones tiránicos

28 sábado Oct 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad, Hijos

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Hace unos días leí un magnífico artículo de Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco, escrito a propósito del independentismo catalán, cuyo título era toda una declaración de intenciones: “Los sentimientos son cuestionables”.

El autor salía al paso del erróneo pero generalizado prejuicio de considerar a los sentimientos como algo natural, inmune a la razón y que se ha de respetar siempre, como si el odio valiera lo mismo que el amor, la envidia que la admiración y la benevolencia que la venganza. “Respetable será siempre el sujeto, pero no siempre su sentimiento”, concluye el autor, sobre todo si tenemos en cuenta que los sentimientos no viven al margen de la razón, “como si no hubiera conexión entre lo que pensamos y lo que sentimos”. De los sentimientos, en efecto, surgen convicciones y, de estas, actuaciones; y viceversa. Como explica el profesor Arteta, “somos responsables de nuestros sentimientos porque somos responsables de cultivar o rechazar las ideas que alientan esos sentimientos y sus consecuencias”.

Estas interesantes reflexiones me han traído a la cabeza un libro de otro filósofo que leí hace tiempo y supuso para mí un auténtico descubrimiento: “El corazón”, de Dietrich Von Hildebrand. En él distingue entre los sentimientos psíquicos y los espirituales.

Los primeros son los que nos generan una película, una canción, una pieza musical…, incluso una noticia sesgada y adecuadamente ‘dramatizada’. Pueden llegar a ser muy intensos y, sin embargo, muy artificiales: el llanto que provoca una película, por ejemplo, procede de una representación que sabemos es irreal y, a pesar de ello, no somos capaces de sustraernos a la profunda emoción que nos invade. El autor nos pone en guardia contra el ‘corazón tiránico’, aquel que ocupa el lugar de la razón y acaba decidiendo por ella: es la persona dominada por el sentimiento, que no es capaz de negarle una botella de whisky a un borracho porque le puede más la compasión que experimenta ante su petición conmovedora que el daño que sabe le causará.

Frente a ellos hay que desarrollar un espíritu crítico, aprender a distinguir la realidad del sentimiento, pues pueden ser cauce de transmisión de aberraciones éticas y morales. En no pocas películas, por ejemplo, las proezas del protagonista, con quien enseguida nos identificamos llegando a ‘sentir’ sus mismas emociones, están motivadas por un sentimiento de venganza, que hacemos nuestro acríticamente, como si fuera un móvil justo de actuación.

Los sentimientos espirituales, en cambio, aclara Von Hildebrand, son la respuesta auténtica de un corazón noble y profundo. Sé que esto es bueno y reacciono, respondo a ello con el sentimiento adecuado. Soy capaz de alegrarme del logro de un amigo que consigue lo que yo también pretendía y no he alcanzado porque me doy cuenta de que he de alegrarme con él por su triunfo; soy capaz de experimentar alegría por la recuperación de un amigo o tristeza por la muerte del padre de un conocido al que veo en contadas ocasiones.

Los sentimientos espirituales proceden de nuestra parte más auténtica, y hemos de ser capaces de generarlos a fuerza de vivir la realidad… con intensidad, sí, pero siempre desde la verdad. Es triste que sintamos mayor pena por la muerte de nuestro perro que por la de cincuenta personas en un atentado terrorista en un país musulmán. Es la inercia emocional, pero hay que vencerla por elevación, con un sentimiento más alto que nos enseñe a salir de nosotros mismos para contemplar la realidad desde fuera de nuestro propio y tantas veces pequeño mundo personal.

Cuando razón y emoción están bien armonizados en el ser humano, ni la primera agosta la segunda ni esta nubla la primera. Estamos viviendo en España tiempos difíciles, en que la pugna entre estas dos dimensiones del ser humano adquiere tintes a veces casi dramáticos. Es una buena ocasión para poner en cuestión nuestras pasiones, armonizarlas con la razón y el sentido común y, desde el respeto a la opción del otro y a las reglas de convivencia y orden jurídico que nos hemos dado, buscar lugares de encuentro desde donde poder volver a construir ese espacio común en el que todos, con esfuerzo y concesiones, nos podamos sentir como en casa.

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13-O

13 viernes Oct 2017

Posted by javiervq in Matrimonio

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Nos conocimos el año previo a entrar en la universidad. Procedíamos de un entorno social similar y, tanto nosotros como nuestras familias, teníamos amigos en común y muchos más puntos de unión que de separación.

Sin embargo, la biografía de cada uno, el estilo particular, las diferentes fortalezas y debilidades, las pequeñas manías que el tiempo podía intensificar, el peso e influencia de cada cual en el perfil familiar que tendríamos que construir, esa tendencia -¡tan difícil de vencer!- a pensar que lo ‘mío’ es siempre mejor que lo ‘suyo’, las dificultades e inesperadas sorpresas que el futuro depara, las sugestiones y los aparentes destellos que ciegan por momentos desde fuera… y tantas otras fuerzas y desafíos estaban ahí, agazapadas, amenazando con enfriar y enturbiar la relación hasta desfigurarla, como, por desgracia, les ha sucedido a tantos que han emprendido un camino en común.

Sin mucha formación específica más allá de las propias experiencias familiares sobre lo que significa estar casado, teníamos claro que queríamos querernos para siempre, lo cual no atenúa un ápice el vértigo que se experimenta ante cualquier decisión de vida y de por vida.

Los primeros meses, y aun años, fueron de acomodamiento: “en mi casa lo hacemos así”, “anda, pues en la mía no”, “¿tú crees que esto es lo correcto?”, “es que mi padre siempre…”, “ya, y mi madre nunca…” Y así, paso a paso, construyendo un proyecto propio, impregnado de influencias externas e internas, pero, sobre todo, “nuestro” y de nadie más. Sin premisas que condicionen, sin imposiciones, sin apriorismos ni prejuicios. Poniendo todo, ¡todo!, en el tamiz de nuestro matrimonio, para contrastarlo, decantarlo y asumirlo como propio, sin dejar entrar a nadie sin permiso de los dos. A nadie más que fuera humano, claro, porque Dios siempre formó parte de nuestro proyecto.

Desde el principio, gracias a los buenos ejemplos recibidos, procuramos movernos en la lógica de la gratuidad y no en la lógica de los equivalentes. Nos propusimos (¡aunque no siempre lo lográramos!) desterrar el cálculo y la comparación. Dos lavadoras no equivalen a tres lavaplatos, ni se cargan las maletas a cambio de hacerlas, porque los dos quisimos poner todo lo que éramos, por poco que fuera. Y, así, sin contar ni sumar ni restar, procuramos dar todo lo que teníamos, tan distinto, tan igual. Y cuando, por cualquier circunstancia, uno no podía dar (¡qué compleja y azarosa puede llegar a ser la vida!) el otro luchaba, aunque le costara, por seguir dando y supliendo, sin limitarse a esperar y exigir. ¡Ah!, y el perdón, un perdón pedido, dado, y recibido una y otra vez.

Cuando fueron llegando, ¡y creciendo!, nuestros hijos, hubo que adaptarse a circunstancias inéditas, negociando mucho, previendo, formándose con lecturas, con amigos, con experiencias y cursos de orientación familiar, escribiendo incluso pequeños objetivos para nosotros y para nuestros hijos, revisando planteamientos, levantando la cabeza en las derrotas, bajándola en los éxitos, aprendiendo con afán de mejora, equivocándonos y acertando, pidiendo ayuda, preguntando, acercándonos a quienes veíamos avanzar por un camino seguro… y, sobre todo, hablando, hablando siempre para construir nuestra propia biografía familiar.

Y el trabajo, ¡los trabajos!, el de casa, los de fuera, procurando integrarlos en la familia sin separarlos ni enfrentarlos, compartiendo todo y cada día, intentando poner siempre por delante a la familia, conscientes de que familia y trabajo no están al mismo nivel porque perder el trabajo es una seria adversidad, pero perder la familia es una tragedia.

Y llegaron éxitos y fracasos, fallecimientos, enfermedades, dificultades, alegrías, metas cumplidas y también amigos, muchas y nuevas amistades, trayectorias vitales que se fueron y se van entrelazando en nuestras vidas hasta crear una gran comunidad de amistad y cercanía que percibimos siempre a nuestro lado, esté o no físicamente próxima. ¡Qué tranquilidad saberse querido, mimado por tanta gente, tantas personas que forman ya parte de nuestra biografía matrimonial y a quienes poder acudir en cualquier circunstancia!

Y, a pesar de este largo recorrido, aquí solo esbozado, que tantos que conozco podrían suscribir y que hoy cumple 33 años (¡más 5 de novios, que ya ni recuerdo haber sido soltero!), no soy capaz de detallar mucho más el pasado…, y no solo por mi mala memoria, sino, muy especialmente, porque sigo teniendo la vista puesta en el futuro. ¡Qué importante es no confundir nunca el punto de partida con el punto de llegada!

Ese amor un poco tosco de los comienzos, empujado por una pasión apenas incoada y en el que no era siempre fácil distinguir la entrega del interés, lejos de menguar ha ido creciendo y enriqueciéndose, aquilatándose con los mil matices y tonalidades que la vida vivida proyecta sobre todo lo humano, hasta adquirir una intensidad y una calidad absolutamente insospechadas cuando, a mis 22 años, me casé convencido de que era imposible amar con más pasión que la que en aquel momento me invadía.

Y ahora, asomándome a estos 33 años, no veo la hora de escribir y publicar este post para clamar a los cuatro vientos lo que tantos como yo sentimos y tantos otros se empeñan en negar; y también para animar a los matrimonios jóvenes a que quemen de verdad las naves y se atrevan a descubrir que a los 33 años de matrimonio les espera un grado de felicidad que, lo siento, por más que se empeñen, no pueden ni siquiera soñar; y, por último, escribo también para sosegar mi alma, inquieta solo con pensar adónde es capaz de llegar esta locura, este delirio hecho realidad de un amor para siempre hecho una carne.

¡Si esto es así a los 33 años, me digo, qué no será a los 50!

Javier Vq

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2-O

02 lunes Oct 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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YO ME ACUSO…

De pensar que la culpa era siempre de los gobernantes y nunca mía.

De no haber hecho el esfuerzo suficiente para entender al otro, para ponerme en su lugar y comprender sus anhelos, preocupaciones, esperanzas y aspiraciones.

De haber entablado conversaciones con una predisposición y un prejuicio que me impedían siquiera entender lo que el otro estaba diciendo.

De haberme alegrado interiormente cuando a los que no pensaban como yo se les cerraban caminos y aspiraciones legítimas.

De haber pensado que la única vía posible era siempre la mía.

De haber considerado que muchas de las cuestiones puestas a debate, siendo, como son, opinables y mudables, eran inmutables e intocables.

De haber hurgado en el pasado y en las redes sociales en busca de argumentos que poder lanzar contra quienes no opinan como yo.

Y ME PROPONGO…

Asumir mi parte de culpa y no mirar a otro lado.

Acercarme a quienes no piensan como yo e intentar comprender sus sentimientos, sus miedos, sus anhelos e inquietudes.

Fomentar foros de opinión plural en que cada uno pueda expresar lo que piensa y todos respeten la opinión contraria.

Sufrir cuando el otro, que no piensa como yo, sufre, y alegrarme cuando se alegra, aunque yo no experimente esos sentimientos.

Contemplar con mente y corazón abiertos el sendero por el que el otro camina en busca de atajos que acerquen y comuniquen nuestros destinos.

Revisar aquellos de mis planteamientos que estén rígidos y anquilosados.

Olvidar el pasado, dejar de buscar culpables y mirar hacia adelante, también con la mirada del otro.

Y, sobre todo, de todo esto me acuso y todo esto me propongo sin condición alguna y sin esperar siquiera que los demás, los que piensan igual o diferente a mí, decidan emprender este camino.

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1-0

28 jueves Sep 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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La verdad es que no pensaba escribir más este mes, y menos de este tema, pero mi mujer se ha ido a cenar con sus primas y cuñadas y yo, después de ayudar a mi hijo a terminar los deberes, he sentido el impulso de escribir. Me pasa a menudo: cuando algo sucede, me pongo a escribir.

Y qué quieren que les diga, a mí lo del 1-0 me da mala espina. Si, por lo menos, le quitaran el guion, podría confundirse con un 10, que representa la excelencia en muchos ámbitos de actividad social y académica. Pero con el guion, que es como se presenta, evoca a un resultado deportivo en el que uno necesariamente gana y otro necesariamente pierde. Y no me gusta.

No me gusta porque tengo amigos en los dos equipos. Es verdad que tengo más amigos en un equipo que en otro, pero, como explicó Kant, en términos de dignidad humana, no existen cálculos matemáticos ni comparativos posibles: cada vida, cada persona, es un absoluto.

Aunque aquí no hablamos de vidas, ¡espero!, sino de trayectorias vitales. Y, como cada uno tiene su biografía lingüística, cultural, geográfica y emocional, cualquier opinión merece respeto. Lo que no merece respeto, ni siquiera atención, es la demagogia y el sofisma en que nos tienen apresados nuestros políticos y agitadores de masas, tanto más cuanta mayor es la ignorancia…, que, últimamente, es mucha.

A lo que iba. A mí no me gusta que mis amigos pierdan, aunque otros amigos, o yo mismo, ganemos. Salvo en el juego, claro, que para eso está diseñado. Bien mirado, todo lo que está pasando… ¿No es como un juego? ¿No parece irreal? ¿No es increíble? ¿De verdad vale tanto un pedazo de tierra, de historia, de cultura, o nuestra vinculación con ellas -de los de fuera y de los de dentro- como para que nos peleemos de esta manera tan incomprensible?

A mí me sucede un fenómeno curioso: allá donde voy me siento como en casa. Viajo bastante y tengo la gran suerte de topar con grandes personas (lo habitual, vaya) que tienden a hacerme la vida agradable, aunque a veces el idioma nos distancie un poco, muy poquito, porque siempre suple el corazón. A lo mejor es desapego, desafección, como dicen ahora.

Pero yo no lo creo porque mi gran apego, mi gran afección son las personas, sobre todo las de mi familia: ¡ésa sí es mi tierra, esté donde esté! (y alguna, créanme, está muy lejos de aquí). Así que, como todo lo que está pasando estos días me parece una quimera y no puedo entenderlo, el día 1 de octubre me dedicaré a lo verdaderamente importante: mi familia.

Haré el propósito de sonreír a cuantos me encuentre en el camino, del equipo que sean y cualquiera que sea el resultado del partido. Llamaré a una tía mía muy querida que cumple 80 años. Es catalana y estará fuera de Catalunya ese día, visitando a un hijo suyo, como Dios manda. Felicitaré a una cuñada mía que también cumple años ese día (muy poquitos, creo, muchos menos que yo). Iré a Misa, como hago los domingos, con los que puedan venir de mi familia. Tendremos una comida familiar, compartiremos experiencias, reiremos y haremos una fantástica sobremesa entre cabezadas y cabezonadas. Seguiré por wassap las peripecias de mi familia de fuera… y de dentro, que algunos wassapean con tanta intensidad que a veces ya no sé si vivo mi vida o la suya. Iré a visitar a mi padre, que enviudó el año pasado y vive ahora solo. Probablemente, allí me encontraré con alguno de mis hermanos y comentaremos los eventos del día. Intentaré hacer algo de deporte en algún momento. Y ya por la noche, procuraré enterarme de las cosas secundarias a mi familia, como el lío ese del 1-0 que están organizando, y me iré a dormir esperando el día 2, que, por razones que ahora no vienen al caso, es para mí mucho más importante que el 1.

Feliz fin de semana.

P.D.: Para los de fuera de España que no hayan entendido nada (¡como yo!), 1-0 significa 1 de Octubre, el día en que algunos quieren concebir la independencia de Cataluña (aquí la escribo con «ñ» para compensar, que arriba la escribí con «ny»).

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Tu vida no va sobre ti

24 domingo Sep 2017

Posted by javiervq in Hijos

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Jean Twenge, profesora de Psicología en la Universidad Estatal de San Diego, acaba de publicar un libro bajo el sugerente título de “iGen”, que está compuesto por el pronombre “yo” y la raíz de “generation”, y quiere evocar al iphone, ipad, ipod y demás compañeros tecnológicos de la generación nacida entre 1995 y 2012, objeto del estudio: la generación del yo tecnológico.

El título del libro se completa con un sugerente y extenso subtítulo en forma de pregunta que, en traducción propia, dice: “Por qué los chicos superconectados de hoy en día están creciendo menos rebeldes, más tolerantes, menos felices -y completamente faltos de preparación para la vida adulta- y qué significa esto para nosotros”.

La vida no me ha dado suficientemente de sí las últimas semanas como para haberlo podido leer, pero sí he leído alguna breve recensión, y una de las conclusiones a las que llega la autora es que estos jóvenes fuertemente ‘virtualizados’ maduran más lentamente: actualmente, un/a joven de 18 años tiene una personalidad equivalente a otro/a de 15 años de cualquier generación anterior, constata. De hecho, la autora acuña una gráfica expresión para describir este fenómeno, que, por otra parte, tampoco es nuevo ni exclusivo de nuestros jóvenes, no nos engañemos: “aversion to adulting” (aversión a la adultez, podríamos traducir).

La noticia de este libro me llegó cuando acababa de escuchar una referencia a otro, en este caso de un sacerdote estadounidense, Richard Rohr: “El retorno de Adán” (Adam`s return). En el libro, el autor estudia los ritos de iniciación de los varones a la vida adulta en las diferentes culturas. La tesis de fondo es que, históricamente, a las mujeres les ha introducido en la vida adulta su propia naturaleza, es decir, sus cambios hormonales y la maternidad, mientras que los hombres, que no experimentan transformaciones hormonales tan ‘pedagógicas’, han necesitado de un rito de iniciación a la vida adulta que les ubique ante la realidad y les evidencie y recuerde que es hora de abandonar la edad de la inocencia y de la autocomplacencia. Los ritos son variados, pero todos suelen tener un elemento esencial de alejamiento del cómodo entorno familiar y enfrentamiento al hostil mundo exterior. En la actualidad, piensa el autor, como no hay tal rito, a los jóvenes varones les cuesta distinguir la entrada en la vida adulta y la asunción de responsabilidades.

A mi juicio, sin embargo, hoy se ha diluido bastante, en este aspecto de maduración, la diferencia entre hombres y mujeres, y los mensajes que, según el autor, hay que transmitir en el rito de iniciación a la vida adulta, me parece, sirven igual para unos que para otras.

¿Y cuáles son esos mensajes, promesas o advertencias? Son cinco, según Rohr, y a cuál más interesante:

  1. La vida es dura.
  2. Tú no eres tan importante como piensas.
  3. Tu vida no va sobre ti.
  4. Tú no la controlas.
  5. Vas a morir.

Me parece que es un buen programa para nosotros, los padres. Y no como rito de iniciación en un momento determinado, sino como un objetivo educativo. Recuerdo a un conferenciante que, en una ponencia sobre la adolescencia, empezó diciendo: “cuando se trae un hijo al mundo, solo hay un objetivo: ¡sacarlo de casa!” Es decir, prepararlo para que pueda descubrir y afrontar su propio destino con libertad y responsabilidad lo antes posible.

Diría que la secuencia podría sonar algo parecido a esto: “La vida es dura”, hijo, pero tú la has de vivir sin timideces ni apocamientos, olvidándote de ti mismo y dedicándote a los demás porque “tú no eres tan importante como piensas”, y los llantos y rabietas de tu infancia ya no tienen ese poder taumatúrgico de generar siempre una respuesta satisfactoria y consoladora de quienes te rodean. Es hora también de que aprendas que “tu vida no va sobre ti”, puesto que, aunque te cueste creerlo, si sigues empeñado en ser el centro de gravedad de tu vida, acabarás siendo un pobre desgraciado que solo se tendrá a sí mismo como meta y volverás una y otra vez al punto de partida. Y es que un día te darás cuenta de que “tú no controlas tu vida”, porque tu vida, que tomará algunos derroteros inesperados, está más hecha de los demás que de ti mismo; aunque, a medida que avancen los años y comprendas que no solo se muere la gente, sino que tú también “vas a morir”, comprenderás que el ser humano no tiene todas las respuestas y acabarás buscando a Aquél que te creó y te espera al final de tus días.

Sin agobios. Nosotros cumplimos con transmitírselo cuanto antes y como mejor sepamos hacerlo. Ellos, como toda la humanidad precedente, tienen -¡tenemos!- toda una vida para descubrirlo. Es la grandeza de la libertad humana. Mucho ánimo.

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Miradas

09 sábado Sep 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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Romano Guardini escribió un librito titulado “El comienzo de todas las cosas” en el que sostuvo que el paraíso terrenal está a nuestro alcance y cuya tesis me inspiró para escribir el primer capítulo de mi último libro. Resumidamente, la argumentación del autor es la siguiente.

Hay días en que todo parece salirnos mal y otros en que todo va sobre ruedas. Pero el mundo de ayer era el mismo de hoy. Las cosas no han cambiado, ni las personas que nos encontramos. La misma maquinilla de afeitar, el mismo autobús, el charco en el mismo lugar, nuestro ordenador de siempre, el mismo compañero de trabajo que ayer nos eran favorables hoy parecen volverse contra nosotros.

¿Qué ha cambiado?, se pregunta Guardini. Nosotros. Nuestro estado de ánimo, nuestro humor, nuestros pensamientos, nuestra mirada al mundo exterior. Ayer estaban serenos y equilibrados; hoy están tensos y en zozobra.

Sucede, y aquí está el secreto, que, si cambiamos nosotros, cambia el mundo. Las cosas exteriores, el mundo, no se dan en la abstracción, no son algo extraño a nosotros. Mi mundo no es el tuyo, aunque parezca serlo. Para cada cual su mundo consiste no en las cosas exteriores, sino en su relación con ellas. Mi ordenador no es un ordenador cualquiera, sino el que yo quiero ver en cada momento. Es mi mirada la que hace, la que construye ‘mi’ mundo, el lugar en que voy a habitar hoy, aquí y ahora. Es decir, si yo estoy diferente, las cosas se me darán de manera diferente.

Esta tesis le permite concluir que, si el ser humano que se encuentra cada día con el mundo es un ser alegre, libre, equilibrado, respetuoso, lleno de vida y de ganas de vivir, optimista y volcado en los demás, el mundo que saldrá de su mirada, de su sentimiento, de su visión, será… ¡el paraíso!

José Antonio Marina nos puede ayudar a describir esa mirada de la que habla Guardini: “A mis alumnos les digo que las cosas no nos aburren porque sean aburridas sino que, porque somos aburridos nos aburren. Y es que ante una mirada pasiva las cosas se repiten, aunque sean nuevas y maravillosas. Por eso, lo que caracteriza, en último término, a la inteligencia creadora es la libertad para decidir en cada caso el significado que quiere que tengan las cosas”

En efecto, la realidad depende de nuestra mirada, porque nadie que no sea una almeja mira ni piensa en el vacío emocional. Una mirada activa y alegre es lo que hace falta en estos momentos de tensión postvacacional y de comienzo de un curso políticamente tenso en nuestro país y azotado por guerras y catástrofes naturales en otros.

Una mirada generosa, que no se deje influir demasiado por las circunstancias y que sea capaz de descubrir las necesidades de los más próximos para hacerles la vida un poco más agradable. Una mirada capaz de separar lo personal de lo colectivo, la persona de sus ideas, el individuo del grupo.

Puede servir de guía la recomendación de Unamuno a su sobrino en su opúsculo “¡Adentro!”: No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas, que andan solas. No en el progreso de las ideas, no, sino en el crecimiento de las almas, en cada alma, en una sola alma y basta (…) coge a cada uno, si puedes, por separado y a solas en su camerín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud no conocerá el descanso. Sé confesor más que predicador. Comunícate con el alma de cada uno y no con la colectividad.

En los días que vivimos y en los que se avecinan en Cataluña, en que la demagogia impera y las personas van a ser, ya lo están siendo, manipuladas, instrumentalizadas y confundidas con los grupos, ideologías y colectividades, reducidas a un número o, peor, a un solo aspecto, a una sola idea y des-personalizadas, es de vital importancia tener y ejercer la convicción de que, al final del camino y se defienda la postura que se defienda en el debate político omnipresente, lo que queda no son pueblos ni naciones ni países, sino personas. Personas que merecen siempre y en toda circunstancia respeto…, aunque lo que de verdad necesitan es amor. Y más cuanta más hostilidad muestren. La regla de San Juan de la Cruz no admite excepciones: donde no hay amor, pon amor y sacarás amor. Así podremos llegar a cualquier lugar y, en la meta, cualquiera que sea, nos volveremos a encontrar las personas de siempre, paseando, trabajando, comprando el pan o mandando un wasap, con la mirada alegre, confiada y distendida.

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Ramblas

18 viernes Ago 2017

Posted by javiervq in Familia y sociedad

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En el mes de julio del año pasado escribí dos entradas sobre actos terroristas. La primera, el 6 de julio, después de los atentados de Estambul y Bagdad, ¡tan lejanos!, con más de 50 y de 200 fallecidos, respectivamente, reclamando un esfuerzo a la sociedad occidental ‘bienestante’ para empatizar con el dolor ajeno. La segunda, el 20 de julio, después del atentado de Niza, ¡tan próximo!, intentando entender (aún sin comprender) la monstruosidad y crueldad a que puede llegar el ser humano e insistiendo en la importancia del papel de la familia para evitarlo.

Hoy no puedo escribir sobre otra cosa. ¿Puede alguien hacerlo? El terror ha azotado inmisericordemente el corazón de mi ciudad. Una ciudad que es en sí misma una patria. Somos muchos los barceloneses, de nacimiento, de adopción, de profesión o de simple emoción, que nos sentimos eso, ciudadanos de Barcelona, nada más…, nada menos. Ser ciudadano de Barcelona es ser ciudadano del mundo, de la humanidad entera, que es exactamente donde queremos estar.

Paradójicamente, el atentado más cruel de los que ayer ensombrecieron el verano se ha ejecutado en la Barcelona culturalmente más islámica, comenzando por el nombre del lugar, las Ramblas, que procede del árabe clásico ‘ramlah’ (arenal), y es el lecho por el que discurren las aguas pluviales que caen copiosamente. En Barcelona y muchas otras poblaciones pasó a designar la calle ancha, con árboles y andén central por el que, junto con el agua, discurre también la vida de la ciudad… y, en Barcelona, del mundo entero.

Ayer corrió la sangre por nuestra Rambla. Una sangre de todas las razas, religiones y lugares que, si sabemos encauzarla, dará nueva savia a los árboles que contemplaron la tragedia y regará el mar, que siempre recibe el agua de las Ramblas para llevarla a otras lejanas costas, donde hacer florecer lo imprevisible.

En las películas, la sangre inocente clama venganza. En la política, genera declaraciones y condenas. En la sociedad, exige justicia. En los diversos foros y organismos, impone minutos de silencio.

En este blog no habrá venganza, ni condena, ni justicia, ni minutos de silencio.

Habrá -la hay ya en este momento- una oración profunda y triste, sencilla y esperanzada, que irá al encuentro del corazón herido: el de los fallecidos, que no mueren en el aparente silencio de los muertos, sino que viven en el más alto Diálogo imaginable; el de los heridos y familiares, que no buscan condena ni justicia, sino el calor de una mano amiga y de un corazón cercano que ayuden a soportar el desgarro del alma y de la carne; y también el de los que, directa o indirectamente, han sembrado el terror tan sin sentido, porque solo así, sin venganza, podrán encontrar algún día el camino de vuelta a la condición humana que con tanto sadismo han repudiado.

Escribo ante una imagen de Nuestra Señora de la Merced, Mare de Déu de la Mercè.

Princesa de Barcelona, ¡proteged nuestra ciudad!, ¡protegiu nostra ciutat!

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¿Hablar de Dios?

05 sábado Ago 2017

Posted by javiervq in Espíritu

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Debe de ser el sereno discurrir de las horas en verano el que me invita a hablar de un tema tan extraño a los que acostumbro. La culpa es de mi hermano Guillermo, con quien, por aquellas casualidades de la vida, coincidí el martes pasado, 1 de agosto, en el AVE, camino de Madrid. Éramos casi los únicos que llevábamos americana y, acaso para consolarnos mutuamente, nos emplazamos en el coche bar. Y allí, olvidándonos del sempiterno referéndum catalán, de Maduro, de Trump y de otros desconciertos mundanos, hablamos del amor y del desamor, de lo humano y de lo divino. Yo le comenté alguna idea de un libro que acababa de leer (Cómo hablar de Dios hoy, de Fabrice Hadjadj), y él me aconsejó la lectura de la Contra de La Vanguardia de ese día.

La leí y me pareció muy buena. En ella, un lama budista del Nepal (¡propietario de siete monasterios, según decía!) daba tres consejos para ser feliz: contentarse con lo que uno tiene, querer lo mejor para los demás y alegrarse de que lo consigan. ¡Tan fácil, tan difícil!, concluyó mi hermano. Asentí. Un buen programa ético, que el monje resumía en dos palabras: calma y bondad.

Cuando uno ve la foto de un monje budista, con su sonrisa acogedora, su candidez, su indumentaria austera…, tiende a concluir casi espontáneamente que es un hombre coherente y vive lo que predica. No sabemos nada de él, pero transmite autenticidad.

Sin embargo, cuando un burgués se pone a hablar de Dios, no genera esta simpatía. Un halo de sospecha invade a su interlocutor, que no acaba de ver claro el programa moral que le ofrece. Si, encima, en lugar de conceptos universales como la paz o la bondad, se atreve a hablar de una persona que vivió hace más de dos mil años, pero que sigue estando presente de manera inexplicable e ininteligible, entonces la sospecha suele dar paso a la incredulidad, cuando no a la impaciencia o agresividad.

En cierto modo, de eso trata el libro de Hadjadj (filósofo, hijo de padre judío y madre musulmana con inclinaciones taoístas, padre de seis hijos y ateo converso al catolicismo): de burgueses que osan hablar de Dios. Y no solo burgueses, sino también intelectuales y obreros y pobres y aristócratas y toda clase de ‘payasos’ (así les llama, cariñosamente, el autor) que, para el mundo, hacen (¡hacemos!) el ridículo hablando de Dios.

El autor detecta la dificultad que entraña hablar de Cristo a cristianos descristianizados, porque creen saber ya quién es ese Jesús de Nazaret y, por lo tanto, no escuchan. Esto puede explicar que a muchos católicos les gustaría solo promover valores, hablar de grandes principios e ideas, como puede hacer un monje budista. Pero, tarde o temprano, se topan con la tozuda realidad del cristianismo, que no consiste en promover la cultura ni la humanidad, sino en propiciar el encuentro con una Persona. ¿Qué es una cultura cristiana sin Cristo?

El mismo Cristo, recuerda Hadjadj, cuando habla “no tiene como finalidad primera comunicar una teoría o dominar al adversario, sino establecer una alianza, disponer un lugar de encuentro”.

La Revelación no es una tesis filosófica, sino un hecho histórico, y el cristiano no es un maestro, sino un testigo…, testigo de un hecho histórico y de su encuentro personal con Cristo. Y esta primacía del encuentro sobre el razonamiento es, precisamente, la que salva al cristianismo de ser una ideología más.

Hadjadj se pregunta -como hacemos tantos- por qué debe el cristiano hablar de Dios si, como la Iglesia ha enseñado, quienes no conocen a Dios pueden alcanzar también la salvación. La respuesta es, desde luego, evangélica: porque Cristo así lo mandó y es de la esencia del cristianismo. Pero también antropológica: porque “la palabra es un acto, e incluso, para un ser vivo que se caracteriza por la palabra, el acto más profundo (…) El que dice sin hacer es un perverso. El que hace sin decir es un animal” (es decir, alguien que renuncia a lo humano), concluye.

El cristiano es, pues, un testigo que habla, pero, y aquí viene lo del ‘payaso’, el habla del testigo de lo sobrenatural es siempre balbuceante. Cuando el testigo de lo sobrenatural empieza a desarrollar una teoría a través de un discurso perfecto, empieza a levantar sospechas: ¿realmente es testigo? Despierta la misma desconfianza que suscitaría el testigo de un crimen horrendo que lo explicara con toda paz y perfección discursiva: ¿Tan poco le ha afectado lo que ha visto que no titubea ni balbucea al explicarlo? De ahí, la recomendación de Cristo: “cuando os conduzcan para entregaros, no os preocupéis por lo que debéis decir”.

Es un testigo que, tarde o temprano, ha de abandonar el discurso de los valores y sublimarlo, dando a conocer lo que no sabe, lo incomprensible: un Dios hecho hombre, un hombre que es Dios, presente en un trozo de pan, tres Dioses que son uno… Y no puede sino balbucear ante verdades super-racionales, que están por encima de la razón.

Un testigo, además, que no habla desde la superioridad de quien vive lo que predica, sino que se siente miserable y comprende que el otro, el que le escucha, es casi siempre mejor que él mismo y puede estar más cerca de Dios a pesar de cualquier apariencia. Un testigo que sabe que en ese maravillarse de que el otro exista y amarle siempre y en toda circunstancia se juega su identidad cristiana. Y, claro, balbucea.

Por eso, una de las tesis de Hadjadj, escrita antes de que Bergoglio fuera elegido Papa, coincide con lo que el Papa Francisco viene enseñando: el cristiano es, ante todo, un amador, no un moralista. Y recoge la respuesta que dio Tristán Bernard, un escritor francés, cuando le detuvieron los nazis: «hasta ahora vivíamos en la angustia; pues bien, ahora vamos a vivir en la esperanza».

Y yo pienso que esto es lo que necesita este mundo tantas veces deprimido y descreído: ¡pasar de la angustia a la esperanza! Eso es Cristo. Pero necesita testigos que hablen, aunque al hacerlo acaben balbuceando.

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El camino del otro

26 miércoles Jul 2017

Posted by javiervq in Matrimonio

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En el post anterior puse un ejemplo debidamente caricaturizado con el que quería destacar la torpeza que a veces exhibimos, incluso los que nos consideramos más perdidamente enamorados, a la hora de conocer y colmar las expectativas de nuestro cónyuge.

Y es que en todo esto del amor hay un lugar común en que caemos una y otra vez todos, en especial, me atrevería a decir, los más versados y leídos: la confusión entre teoría y práctica, ciencia y experiencia, conocimiento y acción.

Hemos asistido a una conferencia brillante y divertida donde, por enésima vez, nos han descrito las diferencias arquetípicas entre varón y mujer y su dispar manera de experimentar el amor y la sexualidad. Nos hemos reconocido en muchas de las manifestaciones. Volvemos a casa y todo sigue igual. ¿Qué ha sucedido?

Ha sucedido que algunos de nosotros habíamos acudido a la conferencia en modo inteligencia, que es un modo cómodo, lejano y abstracto, muy habitual en los varones (aunque también se da en mujeres), que nos permite aprender sin auténtica comprensión ni compromiso personal. Otros, mayormente otras, habían acudido, en cambio, en modo afectivo, que es un modo amable, próximo y sensible, muy habitual en las mujeres (aunque también se da en varones), que permite ser comprendida sin acabar de comprender.

Y es que conocer la verdad del amor entre un hombre y una mujer, incluso saber con certeza y detalle el estilo y modo en que mi mujer, pongo por ejemplo, experimenta el amor y la sexualidad no modifica un ápice mi manera de vivir uno y otra. Sigo siendo el mismo antes y después de incorporar ese conocimiento a mi acervo cultural.

De modo que el único camino posible hacia el amor es, precisamente, el camino del otro. La sorpresa es que cuando uno se esfuerza en discurrir por el camino del otro y este hace lo propio con el camino del primero, esa senda se ensancha hasta convertirse en una vía amplia, cómoda y placentera en que ambos disfrutan con lo suyo y con lo del otro. Pero exige un primer paso, y detrás de este un segundo, y un tercero…  por el terreno del otro, jugando en campo contrario, sin miedo a perder.

En el terreno de la sexualidad, recuerdo una regla infalible que no me canso de repetir: en el varón, el deseo sexual atendido (que no caprichosamente satisfecho) favorece la inclinación a la ternura; en la mujer, el anhelo de cariño colmado (hasta donde un hombre, ¡este hombre en particular!, puede hacerlo) favorece la inclinación al deseo sexual.

Y en el terreno más amplio del amor, lanzo tres interrogantes que recojo de un libro de Gary Chapman, “Los cinco lenguajes del amor”: ¿Qué echas en falta? ¿Qué pides con mayor frecuencia? ¿Cómo expresas habitualmente tu amor? La respuesta a estos tres interrogantes abrirá una puerta al conocimiento propio. Después, hay que tomarse el tiempo para compartirlo serenamente con aquel o aquella que sabemos nos ama y quiere amarnos como a nosotros nos gusta ser amados, aunque, a veces, no sepa hacerlo.

Es muy probable que esto no sea suficiente. Entonces, mi consejo es: busquen en internet el test de los lenguajes del amor de Gary Chapman (distingue hasta cinco), que les ayudará a identificar el suyo o suyos (nadie tiene uno solo), contéstenlo, compártanlo y aprovechen el verano para descubrir no el amor de las conferencias, los libros y las películas, sino el que tienen a su lado, que, a fin de cuentas, será el termómetro de su felicidad o de su desgracia. Por muchos años que lleve a su lado, no le quepa la menor duda, le queda un mundo por descubrir.

Contestó una vez un lord inglés, miembro de la cámara de los lores, a un periodista escandalizado de que se tomara un mes entero de vacaciones y, encima, se jactara de ello: “Mire usted, es muy fácil de entender, yo lo que puedo hacer en once meses no soy capaz de hacerlo en doce. Por eso necesito un descanso”. Ignoro cuántos días de vacaciones podrá disfrutar usted. Sean los que sean, haga de lord inglés y dedíquese en ese tiempo a lo que de verdad importa: su felicidad…, que está en la de los suyos, sobre todo en la de ella o él.

¡Felices vacaciones!

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Expectativas

13 jueves Jul 2017

Posted by javiervq in Matrimonio

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Una de las áreas más inestables y menos abordadas de la relación matrimonial es la de las expectativas, que son, como se intuye, las esperanzas puestas en que algo suceda o se consiga. Es muy poco probable que, ante una vivencia determinada, marido y mujer tengan las mismas expectativas. En consecuencia, es también raro que el grado de satisfacción o de frustración tras esa experiencia sea el mismo. Veámoslo con un ejemplo.

Un matrimonio lleva tiempo intentando hacer una escapada romántica. Hace años que no lo consiguen y, ¡por fin!, él le ha dado la sorpresa: regalo de aniversario. Han colocado los niños, encontrado el tiempo y el lugar. Todo está dispuesto. Al final, solo ha podido ser una noche, pero no importa, será más que suficiente.

Salen en coche hacia un hotelito en la costa ‘con encanto’. Vencido el primer amago de añoranza de los niños por parte de ella, llegan al hotel. Y es, ciertamente, ‘encantador’. Hace un día precioso. El sol se está poniendo y salen a dar un paseo por la playa. A ella le encanta la naturaleza y él lo sabe. Después de cenar en un chiringuito moderno y acogedor, se estiran en la playa a la caza de estrellas fugaces.

Es ya la una de la madrugada y deciden retirarse al hotel. La habitación está limpia y cuidada. Mientras ella se va cambiando, él descubre la cama, apaga la indiscreta luz del techo y la espera. Ella llega y le suelta: “¡Uy, la una y media ya, qué tarde es! Cariño, tenemos que dormirnos enseguida, que mañana me gustaría levantarme pronto para ver la salida del sol… ¡Dicen que se pueden avistar delfines a esa hora!”

Él, intentando no mostrar decepción alguna, contesta: “Claro, cariño, como tú quieras. Es tu fin de semana”. Y, por dentro, se dice a sí mismo: “¡La próxima escapada romántica la hago con un reportero del National Geographic!”

Cuando frustraciones como esta se repiten a menudo en un matrimonio, se va generando, en uno o en ambos cónyuges, una desilusión que, al principio, no parece de importancia y se va superando con entrega, elegancia y elevación de miras, pero, con el tiempo, va, poco a poco, socavando la relación.

Uno de los problemas de las expectativas es que, en ocasiones, ni nosotros mismos las tenemos identificadas. Nunca hemos pensado en ello detenidamente. ¿Qué espero yo de mi mujer o de mi marido cuando vamos a casa de mis padres, cuando debato con nuestros amigos delante de ella o él, cuando le comunico un éxito o fracaso profesional, cuando los niños se pelean o cuando llegamos a casa cargados y cansados después de un fin de semana agotador?

Otra dificultad en el manejo de las expectativas es que no las damos a conocer suficientemente. A veces, por descuido: ¿le he dicho a mi marido que me encanta que me llame a media mañana sin otra razón que escuchar mi voz, como me dijo una vez hace siete años?  Otras veces, porque pensamos, erróneamente, que él o ella discurren de la misma manera que nosotros y, como nos quieren tanto, van a hacer todo tal y como lo hemos pensado, sin decírselo, claro. “Seguro que mañana, por mi cumpleaños, me regalará aquel pañuelo color burdeos que le enseñé hace cinco meses en El Corte Inglés cuando él buscaba, afanado, una mancha de bicicleta para poder salir con sus amigos que le estaban esperando en la calle” [aclaración: para un hombre estándar, con menos píxeles oculares que su mujer, ‘burdeos’ no es un color, es un vino].

Peor sería que nuestra mujer o nuestro marido no nos comunicara sus expectativas porque no se atreviese, porque temiera, por ejemplo, nuestra reacción agresiva, irónica, cínica o de desprecio.

Se acerca el verano y, quién más quién menos, todos nos vamos haciendo nuestras ilusiones y vamos teniendo determinadas expectativas. Eso es bueno, pero mejor es contrastarlas con nuestro cónyuge e intentar lograr un adecuado equilibrio para que todos podamos disfrutar de verdad del merecido descanso.

Y, después, vale la pena trasladar esa costumbre al día a día de nuestra relación. El agua que se estanca se acaba pudriendo. En nuestro matrimonio no puede haber agua encharcada ni corrientes subterráneas. Ha de ser agua viva, que fluya franca, abierta y permanentemente.

La conclusión es sencilla: nuestro cónyuge quiere amarnos como a nosotros nos gusta ser amados, pero, a veces, no sabe cómo. ¡Ayudémosle!

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